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Un recuerdo imborrable, las mudanzas

jueves, febrero 24th, 2011

Después de vivir en unos ocho sitios, en pueblos y ciudades, de mudanzas me lo sé todo; pero absolutamente todo. Yo sabía, por ejemplo, que una reunión de mis padres con otras personas en la cocina, sino eran Navidades era que cambiábamos de casa y muchas veces me preguntaba si con tanto ajetreo realmente cambiábamos de casa o nos fugábamos. Y hasta creo que si ya de pequeño me gustaba la fotografía es porque inconscientemente me imaginaba a toda mi familia ya retratada en la Benemérita, de frente y de lado… eso sí, mi madre María Teresiña de tacones finos, aunque fuera al cadalso.

Lo que nunca entendí fue por qué mi padre no ponía ya un caldero colgado detrás en el coche y al lado un perrillo como los que llevan los zíngaros en los carromatos y de paso (pues como algún desplazamiento fue de San Sebastián a La Coruña, casi 800 kilómetros) por qué no lo aprovechábamos para ir vendiendo por los pueblos pues mantas, cerámica, cristalerías, mantelerías, albornoces, pijamas, bañadores, sujetadores, soltadores… yo que sé, lo que sobraba de casa y sacarle algún rendimiento al asunto.

No sé tú; pero yo he vivido tantas mudanzas que casi recuerdo los miles de objetos volantes que he visto entrar por las ventanas: sillones, tresillos, mesas, chineros, butacas, consolas, armarios, espejos, neveras, friegaplatos… y la frase más repetida: «Sepárate niño», «sepárate niño»; y el niño, yo, que no se separaba mientras veía a los del transporte moviendo muebles y más muebles en tanto se miraban mutuamente como diciendo: «O el chaval se aparta Pepe o lo embalamos como hay Dios, pesadito el niño de los… ».

Y yo, «el de los… », se separaba; pero solo se separaba cuando recibía algún golpe y oía: «Si ya se lo dijimos nosotros, señora, que ahí… pero el niño… ». Y estoy convencido que los tipos eran felices mientras me echaban la mercromina o el betadine, pero ni por lo más remoto se imaginaban en aquellos instantes que una vez vendado volvería a la carga, adonde estaban ellos, que así era de simpático el niño Guisande por aquella época.

Y la verdad que en el fondo tuve suerte, porque fue mejor recibir un tresillazo o un butacazo que una bofetada de aquellos tíos, que tenían unas manos amplias como playas en las que bien podían entrar dos camas de matrimonio, una cuna y un aparador.

Y claro, como los que quitaban los muebles eran los mismos que luego los ponían en la otra casa… pues lo que era el traslado en sí, el viaje, era como un descanso para todos, una tregua, especialmente para ellos. Y al llegar lugar de destino estoy fijo, pero fijo, que solo verme decían: «Dios, ahí está el niño; ganas da Pepe de lanzarle este botellín de cerveza a la cabeza ¿verdad?».

Y yo, que de mudanzas ya era un experto, veía con toda naturalidad cómo de un tremendo camión sacaban y sacaban cosas y más cosas durante horas y horas mientras había gente que se paraba en la calle, los que salían del edificio nos preguntaban a qué piso íbamos a vivir, de dónde veníamos y mi madre saludaba a los primeros vecinos, mientras yo pensaba «tanto saludo, para lo que vamos a estar… ».

Y todo parecía muy tranquilo, pero había sin embargo una guerra soterrada entre los de las mudanzas y yo; así ocho veces, ocho traslados; pero suerte, mucha suerte tuvieron los del transporte que nunca eran los mismo o… o, quizás, ahora que lo pienso, la suerte creo que la tuve yo porque aquellas manos eran… eso, como playas.