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Los lobos, el juez y la burocracia

miércoles, junio 10th, 2009

La burocracia siempre ha sido un problema; pero dependiendo en qué época a muchos les ha creado un momento de pánico, que podría haber sido permanente, sobre todo cuando vivía Franco. Así le ocurrió a un alcalde de un pueblo burgalés de poco más de quinientos habitantes en la década de los cincuenta. Estaba el regidor tan tranquilo en su despacho cuando recibió una circular de la Diputación de Burgos en la que le preguntaban cuántos lobos había en el municipio. El asunto era porque los lobos habían matado a varias reses en la provincia y los ganaderos habían protestado.

El alcalde, de nombre Ramón, quedó estupefacto al recibir el escrito (ya que entonces era impensable que una institución se dirigiera a un pequeño ayuntamiento) e inmediatamente acudió a pedir consejo a su mejor amigo: el juez. Este, que se llamaba Alejandro Blanco, nada más verlo tan preocupado le preguntó qué pasaba, a lo que el regidor contestó exaltado: «¡¡¡ Una circular de la Diputación, una circular de la Diputación !!!. Que preguntan cuántos lobos hay en el municipio». «¿Lobos?», dijo el juez un tanto extrañado. «Sí, lobos», respondió el alcalde. «Pues diles que diez», propuso el jurista. «¿No serán pocos?», comentó el regidor. «Y yo que sé de lobos, Ramón, pues diles que veinte». Así que entre ambos escribieron una carta en la que más o menos se venía a decir: «Hablando con ganaderos y cazadores de la zona, podemos casi asegurar, salvo error, que unos veinte lobeznos campan por el municipio. Siempre a su entera disposición y para lo que…..».

Al cabo de un mes, el alcalde recibió otra misiva de la Diputación de Burgos en la que se indicaba: «Recibido el escrito de ese excelentísimo Ayuntamiento, y cotejando con otros de parecida extensión y población, consideramos que son muy pocos los lobos que moran en el término municipal». Nuevamente el regidor y juez se reunieron, y éste último, que ya tenía un poco de tablas, redactaron un nuevo documento marco. «Excelentísimo presidente de la Diputación, recibido el nuevo informe sobre cuántos lobos hay en el municipio, en el enviado hace un mes por este Ayuntamiento se decía que unos veinte, pero tras una nueva evaluación y exhaustiva inspección in situ, y hablando con más ganaderos y cazadores de la zona, casi podemos asegurarles sin riesgo a equivocarnos que hay sobre cuarenta». Unas semanas más tarde, a la Casa Consistorial llegaba otra misiva de la Diputación en la que se recalcaba que «recibida la notificación de ese excelentísimo Ayuntamiento, también esta institución, cotejando nuevamente con otros municipios con similar extensión y población, sigue considerando que realmente son muy pocos los lobos existentes en la zona».

Notablemente preocupado el alcalde, que estaba convencido que el tema de los lobos acabaría con su carrera «política» y que todo terminaría como el rosario de la aurora, y el juez harto también del asunto de los lobeznos, decidieron redactar una nueva carta, que el jurista consideró que sería concluyente. Así que tras reunirse, en ella se decía. «Excelentísimo presidente de la Diputación, como en el escrito llegado a esta Casa Consistorial no se indica para qué se desea saber el número de lobos, aunque suponemos que es por una buena causa como todo lo que hace la Diputación que usted tan bien preside, y como este Ayuntamiento cree que es para un control de las manadas, solicitamos una partida económica y que nos indique si es para preservarlos o aniquilarlos». Desde entonces, y hoy es 10 de junio de 2009, al Ayuntamiento no ha llegado ni una nueva carta ni, por supuesto, la subvención.

PD: Como prometí a los bloglectores, en unos días publicaré como son las bodas en Francia

Un juez insultado

lunes, mayo 11th, 2009

Un día de esos que te encuentras como más desinhibido o, más bien, menos congruente, lo que me suele ocurrir con frecuencia, le pregunté a un magistrado si en alguna ocasión le habían insultado. Me miró como diciendo: «Qué cosas se le ocurren a estos periodistas». Así, tras mi pregunta respondió: «Sí, en una ocasión». «¿Y cómo fue?», insistí.

El hecho ocurrió en Castrojeriz, un pueblecito de la provincia de Burgos, que fue el primer destino que tuvo este juez. Un día llegó a sus oídos la noticia de que había fallecido un hombre que dejaba en herencia una finca denominada «Castrojeriz » y que la única heredera era una sevillana de mucho postín. A los pocos días se presentó en el despacho una señora muy emperifollada que le dijo al joven jurista que venía a recoger «el pueblo, que es la herencia que me dejaron». El juez le explicó entonces que había una cierta confusión, que aunque comprendía que en Andalucía había latifundios, en Burgos no era así y, que lo que le habían dejado en herencia no era el pueblo, sino unos terrenos de varias hectáreas que se llamaban igual que la villa «Castrojeriz».

Después de que la mujer comprendiera el entuerto, el juez pasó entonces al formulismo rutinario para iniciar unos trámites relacionados con la citada herencia. Así que el joven jurisconsulto, como estipulan las leyes, comenzó por el principio. «¿Nombre?», a lo que la señora contestó algo así como María de las Mercedes Angustias de la Torre y Luria, marquesa de Balandajar y Andujar, a la vez que fue añadiendo una retahíla de nobles títulos y subtítulos que el juez escuchó de forma atenta. Tras un silencio, el magistrado preguntó: «¿Edad?». Entonces el silencio se hizo más largo, bastante más, la mujer tomó aire y visiblemente molesta respondió: «La suficiente para llamarle a usted maleducado».

Una sentencia inapelable

lunes, abril 27th, 2009

Buenos días, aunque sea lunes.

No digo todas, pero de sobra es conocido que algunas sentencias no hay por donde cogerlas; pero en su gran mayoría están muy bien estudiadas y fundamentadas en todos su aspectos para no dejar duda alguna o flecos que sean motivo para ser revocadas o mal interpretadas.

 Una de las que en principio podría ser objeto de un gran debate fue dictada cerca de Burgos, en la década de los años cincuenta por el juez Alejandro Ortiz de la Torre cuando España era muy distinta a la España actual. El asunto en cuestión fue que un día de feria en un pueblo, quienes iban a hacer negocio llevaban todo tipo de cosas para la venta. Allí, como haciendo una improvisada calle en la villa y sobre el suelo, podían verse objetos de cerámica, toda clase de hortalizas, frutas, carnes, pescados, gallinas, huevos, quesos, aperos de labranza, ropa, rosquillas… excepto esclavos, de todo.

La jornada transcurría con normalidad hasta que por ese pasillo pasó una burra con su dueño y detrás un burro también con su propietario. A saber lo que ocurrió, que las cosas del amor son difíciles de conocer y, sobre todo, irrefrenables; pero el hecho es que el burro montó a la burra y como esto de la fusión es un poco el desenfreno, entre burro y burra y en abruptos movimientos verticales rompieron numerosos objetos de cerámica. ¿Muchos, pocos?  Los suficientes como para que el alfarero dijera a los dueños de los animales que tenían que pagarle los desperfectos ocasionados; pero como ni el dueño del burro ni el de la burra estaban por la labor de apoquinar peseta alguna terminaron en el juzgado.

La cuestión a dilucidar era bien clara: ¿Quién era el culpable de los destrozos?, ¿quién tendría que abonar las piezas que alfarero había elaborado con sus manos?, ¿uno, los dos?  En efecto, los dos, pero…. ¿a partes iguales?  Pues no. La sentencia no dejaba lugar a dudas y más o menos se expresaba en estos términos. «En tanto en cuanto es el burro quien por natura monta a la burra, y teniendo este, por la situación referida y condición, dos patas en el suelo, y es la hembra la que tiene las cuatro sobre el mismo pavimento, es obvio suponer, por la imagen referida, que la burra, con sus patas, rompe el doble de cacharros que el burro, por lo que compete al propietario de esta pagar el doble que el dueño del macho». La sentencia, la verdad, no dejaba lugar a dudas. Como los penaltis, inapelable.