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El niño y la mirada

Escrito por Manuel Guisande
18 de Mayo de 2009 a las 10:39h

Esta anécdota me la comentó hace muchos años mi padre con el cual, además de llevarme muy bien, supe que era precisamente eso, mi padre, cuando un día me dijo: «Hay una cosa que no comprendo». «¿Cuál?», le pregunté. Y a continuación añadió: «Que el vino vicie…. normal, ¿pero que la calvicie?». Desde entonces nunca necesité, para estar seguro de que era mi progenitor, ni acudir al Registro Civil, ni mirar el Libro de Familia ni hacerme la prueba de ADN; lo que hice, que fue casi igual, es el DNI y, la verdad, me pareció hasta demasiado.

La anécdota que me contó ocurrió cuando una familia visitó a otra en un chalet y los niños entablaran amistad, que ya se sabe como lo hacen, a medio camino entre el cariño y la bestialidad, entre «ven que te dejo este juego» y «es que me dio en la cabeza con un palo», y a curar la herida cuando no la brecha. El caso es que uno de los padres dijo al otro que no hacía bueno de uno de sus niños, que siempre estaba haciendo tonterías, portándose mal y que, más o menos, lo tenía desquiciado. Entonces su colega le explicó su técnica disciplinar para tales ocasiones: «Pues yo a mi hijo, cuando hace una bobada, con solo mirarlo….».

Pasados unos días, estaban comiendo en casa cuando el niño traste hizo una de las suyas y riñó con su hermana a la hora de comer por algo tan trascendente como ver quién cogía primero el bote de tomate. El padre, recordando a su amigo, no dijo nada y se quedó mirando fijamente para su hijo. La mirada era terrible, inmóvil, penetrante, desafiante, hasta diría que cuasiasesina. El niño, entonces, para sorpresa del cabeza de familia, se quedó callado. El padre, impertérrito, con sangre fría, ni pestañeaba. Fueron tres segundos, tensos, muy tensos, en los que el progenitor sufrió una alegría interior indescriptible casi acercándose a una parada cardiorrespiratoria; pero fueron eso, solo tres, tres segundos, los suficientes como para que el niño, al verlo tan hierático e inmóvil le dijera «Papá, ¿qué te pasa, te pasa algo?»

Los norteamericanos y la Geografía

Escrito por Manuel Guisande
15 de Mayo de 2009 a las 11:46h

Que los norteamericanos no saben dónde está el resto de los países del mundo excepto el suyo no es un tópico. Y lo digo con conocimiento de causa, ya que mi mujer, que es india americana, de Ohio, de la tribu Sioux, ha hecho grandes esfuerzos para situar a todos los países de Europa y África, y ahora nos queda Oceanía y Asia; aunque según la ONU hay un Continente más que es la Antártida porque el Polo Norte no lo es ya que se trata de una masa de hielo. Bueno, de hielo hasta que no se derrita y aparezca allí un campo de margaritas o de florecillas silvestre que entonces… Pero es que además, según los norteamericanos, aún hay otro Continente, porque para ellos está Norteamérica y Suramérica y la explicación que dan es que entre Norteamérica y Suramérica «pasa el agua», y ese «pasa el agua», no te lo pierdas, es el canal de Panamá.

El caso es que mis suegros, Theodore Paynther Jr. (tampoco te pierdas lo del Jr., que el chaval tiene 75 años y es de la tribu Choctaw) y su mujer Jewel (Cheyenne), vinieron a pasar una temporada con nosotros. Al cabo de un mes, unos amigos suyos de Estados Unidos les preguntaron dónde estaban de vacaciones, y ellos le dijeron que en España, concretamente en A Coruña.

Desconozco si les dieron más explicaciones sobre donde se hallaba la ciudad herculina, pero me imagino que no cuando Jewel me preguntó para que sus amigos supieran exactamente donde se encontraban: «¿Sabes la coordenadas de La Coruña?». «¿Las qué?», dije sorprendido. «Las coordenadas», respondió ella como quien pide azúcar en la cocina.

Por un momento me imaginé a los amigos de Theodore y Jewel en su casa de Estados Unidos con un megamapamundi sobre una mesa, con regla y cartabón, trazando líneas y más líneas con un lápiz sobre el paralelo de Greenwich y colocando chinchetas de colores. Y la verdad, en ese momento, a la vez que entraba en Google pensaba que no solo es que los norteamericanos no tienen ni idea de Geografía, sino que a lo mejor estaba revelando un secreto de Estado y hasta me entró un escalofrío porque estos, con las coordenadas en la mano son un peligro, o van de viaje o te invaden. Por cierto, las coordenadas son: latitud 43º, 22´ N y 8º23´ O de longitud.

No hay como ser inútil

Escrito por Manuel Guisande
13 de Mayo de 2009 a las 10:57h

No hay como ser inútil, y lo digo por experiencia. Eres un gran nadador, un tipo que ya en el pueblo eras el mejor del barrio y del que todo el mundo decía: «Chuchi nada que nin diola» pues Chuchi tiene todo los boletos para acabar fiambre. ¿Por qué?, porque la vida es así, ni más ni menos. Un sobreesfuerzo, un mareo, un golpe fortuito…. pero eres un torpe total, un inútil, que nadas a espaldas y te haces el muerto no porque te guste, sino porque te olvidas de bracear… pues no te pasa nada, ni un calambrillo.

Pero esto ocurre en todos los ámbitos. Por ejemplo, hay una avería eléctrica en tu edificio y por eso de la vida te juntas con cuatro vecinos en el sótano para solucionar el problema (del que por supuesto no tienes ni idea) y vas tú, tocas por tocar un cable rojo, a ver que pasa y no sucede nada; y va el del quinto, armado como si fuera a la guerra de las galaxias porque trabaja en Eléctricos Paragüay S A, toca el otro cable, el azul, y allí se queda frito. ¿Que por qué? Psss…. tú, con cara de parvo, ni idea; pero luego te enteras que tras una ardua investigación han averiguado que en Alemania, donde fabricaron el condenado cable, se confundieron de color y que el peligroso era el azul cuando tenía que ser el rojo. Y te dicen, además, que eso solo ocurre una entre mil millones de veces, y tú, que ni tenías ideas de lo que era una pila, pues macho, eres el uno o la una, que de todo hay, que queda vivo.

Estas situaciones no solo suceden cuando se trata de actividades, digamos, un poco peligrosas, que para ti no hay ninguna, por supuesto. ¡¡¡¡ Que va !!!!!. !!!! Ni mucho menos ¡¡¡. Entras en un bar a tomar a una tapa de ensaladilla y no me digas cómo; pero al poco rato, el que está a tu lado y que entró casi al mismo tiempo y tomó otra, se siente mal, se marea, cae de la silla, se pone pálido, azulado, el camarero y otros clientes lo atienden, llaman a una ambulancia y como los bolos, directo al hospital, sino al hoyo. Y luego se averigua que justo fuiste tú, sí tú, el último que tomaste la última tapa de la última bandeja de ensaladilla y que un minuto después, ni dos ni tres ni cuatro; uno, pero uno solo, se puso una bandeja nueva que era la que contenía la mayonesa en mal estado.

Cuando se es inútil se es de por vida y en el fondo se sufre; se sufre porque sabes que a ti no te va a pasar nada, porque la naturaleza ni se para contigo, pero al que está a tu lado ya les ves cara cadavérica… ¿Y qué vas a hacer?, ir diciendo a diestro y siniestro: «¡¡¡¡¡ Cuidado con lo que hacen, que yo soy el inútil !!!!!»… pues no hombre no, te dejas ir, porque las cosas ocurren porque ocurren, pasan porque tienen que pasar y tú eres el inútil y ellos… ellos eran los expertos.

Un juez insultado

Escrito por Manuel Guisande
11 de Mayo de 2009 a las 23:48h

Un día de esos que te encuentras como más desinhibido o, más bien, menos congruente, lo que me suele ocurrir con frecuencia, le pregunté a un magistrado si en alguna ocasión le habían insultado. Me miró como diciendo: «Qué cosas se le ocurren a estos periodistas». Así, tras mi pregunta respondió: «Sí, en una ocasión». «¿Y cómo fue?», insistí.

El hecho ocurrió en Castrojeriz, un pueblecito de la provincia de Burgos, que fue el primer destino que tuvo este juez. Un día llegó a sus oídos la noticia de que había fallecido un hombre que dejaba en herencia una finca denominada «Castrojeriz » y que la única heredera era una sevillana de mucho postín. A los pocos días se presentó en el despacho una señora muy emperifollada que le dijo al joven jurista que venía a recoger «el pueblo, que es la herencia que me dejaron». El juez le explicó entonces que había una cierta confusión, que aunque comprendía que en Andalucía había latifundios, en Burgos no era así y, que lo que le habían dejado en herencia no era el pueblo, sino unos terrenos de varias hectáreas que se llamaban igual que la villa «Castrojeriz».

Después de que la mujer comprendiera el entuerto, el juez pasó entonces al formulismo rutinario para iniciar unos trámites relacionados con la citada herencia. Así que el joven jurisconsulto, como estipulan las leyes, comenzó por el principio. «¿Nombre?», a lo que la señora contestó algo así como María de las Mercedes Angustias de la Torre y Luria, marquesa de Balandajar y Andujar, a la vez que fue añadiendo una retahíla de nobles títulos y subtítulos que el juez escuchó de forma atenta. Tras un silencio, el magistrado preguntó: «¿Edad?». Entonces el silencio se hizo más largo, bastante más, la mujer tomó aire y visiblemente molesta respondió: «La suficiente para llamarle a usted maleducado».

La movida del blog

Escrito por Manuel Guisande
9 de Mayo de 2009 a las 1:08h

Buenos días, tardes, noches y madrugadas; y lo digo porque ahora me explicaré, que este blog, además de anécdotas, también lleva como subtítulo «y otras cosas de la vida». Y precisamente en esas «otras cosas de la vida» yo pensaba que esto del blog era como el periódico, el de papel, donde hace años publicaba una columna de artículos que se titulaba El canto del Cisne; es decir, que tú escribes y supones que el lector lee y ahí queda la cosa. Luego vas por la calle y alguien te dice: «¡¡ Oye !!, muy bueno el artículo de esta semana», aunque haga un mes, dos o tres que no tocas folio. Lo normal.

Pues resulta que no, que en esto del blog escribes y luego al instante tienes un mogollón de estadísticas que gracias a dos tíos que son unos crack, aunque oficialmente sus cargos no son crack, sino Gerente y Jefe de Area de Canal Voz, Manuel Moreno Berguer y Francesc Pumarola Campeny, respectivamente, puedes saber cuánta gente te leyó, a qué hora, qué sistema operativo utilizó (Windows 2000, Vista, etc), o de qué país vienen las entradas o visitas, entre otros muchos datos. Incluso hasta hace poco, el rey de los blogs de La Voz (cuyo nombre no digo porque es tirar piedras contra mi tejado), me enseñó un mapamundi con unos puntitos y cada uno significaba desde dónde habían accedido para leer lo que habías escrito. Y él tenía, además de muchos de Europa y Suramérica, a un tipo en Japón y otro en China, y por eso lo de buenos días, tardes y noches y madrugadas, que en el blog hay horarios para todos. En mi caso por ejemplo, tengo bloglectores de Colombia, de Estados Unidos, de Argentina, Francia, Gran Bretaña, Dinamarca…. y uno en Groenlandia, al que le mando saludos, obviamente calurosos.

Pero hay más; cuando escribes un artículo, tu foto aparece en un pequeño cuadradito en la página principal (al lado de Blogs de La Voz) y cuando lo hace otro te va desplazando y así hasta que poco a poco te echan; sí, te echan y confieso que más de una vez, cuando te acercas al precipicio de la desaparición y el olvido te dan unas ganas, pero ganas ganas de hacer una llave de judo o coger por el cuello al que tienes al lado y mandarlo a tomar viento, pero por lo visto no se puede.

Las estadísticas están muy bien, pero son un cuelgue (aunque supongo que es porque soy primerizo) y por eso cada cierto tiempo miras cuántos han entrado, a qué hora y desde dónde. Descubres, con esto de los números, cosas tan curiosas como que el personal suele acceder más los días de diario que el fin de semana, porque muchos se adentran en el mundo de Internet en su puesto de trabajo, y que las franjas horarias con mayor intensidad de tráfico son entre las doce de la noche y la una de la mañana, de 9 a 10 y de 13 a 14 horas. Y, por la tarde, ya que no se puede dormir la siesta, entre las 16 y las 17.30, tú ya me entiendes.

Luego, en este mundo tan complicado de la Red, están lo que llaman «enlaces», que de eso no sé nada ni quiero saber, porque para uno que tuve me divorcié; pero lo más importante son las visitas, que a mí mientras no vengan a casa, salvo que traigan la comida, las agradezco, además de los comentarios (que por cierto aprovecho para que hagan más porque van a pensar mis colegas de La Voz que soy un túzaro porque tengo muy pocos). Y así es, más o menos, con gran sorpresa para mí, cómo funciona un Blog, donde no se puede decir artículo, sino post (ya te vale). Por cierto, inevitablemente, como no tengo maldad, el rey de los blogs de La Voz es Nacho de la Fuente, otro crack.

Los niños y la edad

Escrito por Manuel Guisande
7 de Mayo de 2009 a las 11:17h

Los niños son como son y ojalá siempre sean así, que serán (¿Se puede escribir mayor estupidez en dos líneas?, no). Pero vamos a lo que vamos.

No sé si es la crisis o es que mi amigo, del que obviamente no puedo decir su nombre, es un poco rácano, que yo sé que no lo es pero… el caso es que hace una semanas estaba esperando el autobús con su hijo, que tiene cinco años. Antes de que llegara el autocar (como para los peques de cuatro el billete era gratis), el padre le dijo: «Si el conductor te pregunta cuántos años tienes, le dices que cuatro».
El niño dijo que no, que ni hablar, que tenía cinco y de ahí no se apeaba. No me diga cómo se las ingenió mi amigo (supongo que a cambio de algunas «chuches» y otras promesas), el caso es que ambos convinieron en que diría que tenía cuatro.

Al poco tiempo de estar en la parada, a lo lejos mi amigo vio que se acercaba el autobús y le repitió: «No te olvides, dile que cuatro años» Tan feliz estaban cuando finalmente llegó el ómnibus, ambos subieron y, nada mas franquear la puerta el conductor preguntó como quien pregunta al aire: «¿Cuántos años tiene el niño?» A lo que el pequeño, antes de que su padre pudiera abrir la boca, contestó como un rayo: «Aquí cuatro, pero cuando baje tengo cinco».

Un arquitecto suicida

Escrito por Manuel Guisande
4 de Mayo de 2009 a las 16:00h

Un conocido arquitecto coruñés, José Manuel López Mihura, estaba un poco desesperado por una obra que había realizado en el hospital Juan Canalejo de A Coruña ya que era objeto de bastantes críticas por parte de médicos y enfermeros.

El asunto en cuestión era que, para comunicar un módulo del centro médico con otro, a una altura de unos veinte metros, había ideado una pasarela acristalada para que así, además, entrara más luz natural. Hasta ahí nada especial que no estuviera en los anales de la arquitectura y aunque para el profesional de la escuadra y el cartabón la construcción estaba perfecta, el personal sanitario alegaba que al pasar entre las paredes de cristal, a esa altura, les producía cierta preocupación y afirmaban, o al menos insinuaban, que podían ser no muy seguras.

Mihura creyó que se trataba de una simple apreciación de unas cuantas personas, por lo que en principio no le dio mayor importancia; pero a medida que llegaban a sus oídos diferentes comentarios sobre la estructura decidió ponerse en acción. Así que un día, el arquitecto citó al responsable del hospital y a otros cargos en la reciente obra realizada. Armado con un bloc de notas explicó con todo lujo de detalles las características de los cristales, su consistencia, su robustez, cómo se habían construido las diferentes capas crear una pared sólida, a la vez comentaba que otros hospitales de Europa existían pasarelas similares y que nunca habían pasado nada.

A pesar de la exhaustiva información que daba, José Manuel Mihura no debió ver buenas caras en quienes estaba dando las explicaciones, así que en un momento dado se separó del círculo de contertulios, se acercó a una de las paredes y, ante el asombro de los presentes, tomo carrerilla y se estampó contra el otro lado de la cristalera. Los asistentes a la improvisada reunión quedaron estupefactos, y todos coincidieron, sin decir nada, pero nada de nada, que las acristaladas paredes eran pero muy pero que muy seguras. Vamos, segurísimas.

Jueces y delincuentes

Escrito por Manuel Guisande
1 de Mayo de 2009 a las 11:35h

Desconozco porqué hay esa creencia de que los jueces son unos tipos serios y un tanto circunspectos. La verdad es que es un cliché. No niego que lo son en su trabajo, a la hora de dictar sentencias con la dificultad y la responsabilidad que conlleva condenar a una persona a pasar unos años en prisión, pero con lo que han visto estos profesionales del Derecho no tener ese punto satírico o irónico resultaría casi imposible.

Recuerdo un día que dos magistrados que me habían presentado en el Palacio de Justicia de A Coruña estaban hablando sobre una sentencia que había sido publicada en los medios de comunicación y que era un pequeño «escándalo» por lo imparcial que parecía ser y lo poco que se ajustaba ese concepto de «equidad». Así que los dos jueces comenzaron a hablar sobre el tema hasta que después de algo más de veinte minutos uno dijo un poco molesto: «Es con estas resoluciones, a mí no me extraña que después la gente diga que los delincuentes entran por una puerta y salen por otra», a lo que el otro juez, un tanto más tranquilo, le respondió irónicamente: «Hombre, eso será en tu despacho; porque en el mío, los delincuentes entran por una y salen por la misma».

La gripe

Escrito por Manuel Guisande
29 de Abril de 2009 a las 11:28h

No sé usted, pero la mayoría de mis amigos son unos tipos simpáticos y creo que tenemos una cosa en común: una cierta sobredosis de estupidez. Alfonso Andrade, compañero de tareas periodísticas, un día cogió un bolígrafo, lo lanzó por el aire como si fuera un avión de papel y me preguntó. «¿Sabes qué deporte es este?» y sin tiempo a que reaccionara me contestó «Aerobic». Ya antes, pero desde que vi el Bic volando, sabía que a Andrade y a mí nos unía algo más que una buena amistad: el absurdo, pero el absurdo más absoluto.

Así, un día, hablando de la gripe, de ese fenómeno natural y excepcional que casi todos los años te lleva a la cama, me comentó: «¿No crees que la gripe es una enfermedad muy democrática?». Y entonces no sólo me explicó que afectaba por igual a ricos que a pobres, a huérfanos que a familias numerosas, a empleados y parados, sino que, como bien común universal, debería ser considerada Patrimonio de la Humanidad. También convinimos que debería figurar en el Estatuto de los Trabajadores como unas vacaciones más durante el año, como la Semana Santa, las Navidades o el Carnaval.

Pero como Alfonso Andrade y yo tenemos siempre una cierta tendencia a analizar en profundidad las cosas llegamos a la conclusión de que es algo más que una enfermedad; es una necesidad porque tiene un aspecto de todos conocidos y que es la recaída. Y ahí está la clave del éxito de esta enfermedad que nadie osa erradicar, la recaída, porque es tan difícil saber si estás bien, que cuando crees que estás curado, entonces surge esa frase implacable que te llena de gozo. «¿Y si recaigo, y si…». Y es que hay tantos hermosos y preciosos «y sis..» y, sobre todo, estás tan feliz en cama con tu portátil, tus pelis, tu paquete de tabaco y tu mp3, que te dices: «No, hoy no voy al trabajo, ni hablar. No vaya a ser que recaiga y… ». Y no vas, y no vas y no vas y no hay tío en el mundo que te levante, te llenas de razón y, eso, ya lo dijo Andrade: la gripe, un bien común, Patrimonio de la Humanidad.

Una sentencia inapelable

Escrito por Manuel Guisande
27 de Abril de 2009 a las 0:08h

Buenos días, aunque sea lunes.

No digo todas, pero de sobra es conocido que algunas sentencias no hay por donde cogerlas; pero en su gran mayoría están muy bien estudiadas y fundamentadas en todos su aspectos para no dejar duda alguna o flecos que sean motivo para ser revocadas o mal interpretadas.

 Una de las que en principio podría ser objeto de un gran debate fue dictada cerca de Burgos, en la década de los años cincuenta por el juez Alejandro Ortiz de la Torre cuando España era muy distinta a la España actual. El asunto en cuestión fue que un día de feria en un pueblo, quienes iban a hacer negocio llevaban todo tipo de cosas para la venta. Allí, como haciendo una improvisada calle en la villa y sobre el suelo, podían verse objetos de cerámica, toda clase de hortalizas, frutas, carnes, pescados, gallinas, huevos, quesos, aperos de labranza, ropa, rosquillas… excepto esclavos, de todo.

La jornada transcurría con normalidad hasta que por ese pasillo pasó una burra con su dueño y detrás un burro también con su propietario. A saber lo que ocurrió, que las cosas del amor son difíciles de conocer y, sobre todo, irrefrenables; pero el hecho es que el burro montó a la burra y como esto de la fusión es un poco el desenfreno, entre burro y burra y en abruptos movimientos verticales rompieron numerosos objetos de cerámica. ¿Muchos, pocos?  Los suficientes como para que el alfarero dijera a los dueños de los animales que tenían que pagarle los desperfectos ocasionados; pero como ni el dueño del burro ni el de la burra estaban por la labor de apoquinar peseta alguna terminaron en el juzgado.

La cuestión a dilucidar era bien clara: ¿Quién era el culpable de los destrozos?, ¿quién tendría que abonar las piezas que alfarero había elaborado con sus manos?, ¿uno, los dos?  En efecto, los dos, pero…. ¿a partes iguales?  Pues no. La sentencia no dejaba lugar a dudas y más o menos se expresaba en estos términos. «En tanto en cuanto es el burro quien por natura monta a la burra, y teniendo este, por la situación referida y condición, dos patas en el suelo, y es la hembra la que tiene las cuatro sobre el mismo pavimento, es obvio suponer, por la imagen referida, que la burra, con sus patas, rompe el doble de cacharros que el burro, por lo que compete al propietario de esta pagar el doble que el dueño del macho». La sentencia, la verdad, no dejaba lugar a dudas. Como los penaltis, inapelable.