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Entradas para la categoría ‘Sexo’

Si eres celosa… windsurf

viernes, julio 15th, 2011

Si tú eres celoso o celosa, lo mejor que puedes hacer este verano es animar a tu novio o tu novia a que se dedique al windsurf; sí, al rollo ese de la tabla con vela, que es como la de planchar que tienes en casa pero en movimiento.

¿Y por qué al windsurf y no a las palas, por ejemplo?, pues porque desde que el mundo es mundo, en la náutica interplanetaria todavía no se ha dado el caso de que un tipo, allá a lo lejos, solo y sobre una tabla haya engañado o puesto los cuernos a alguien. Hombre, yo no sé si debajo de la tabla va una tía buceando con bombonas y cuando están, pues como a un kilómetro pasa lo que pasa, pero lo dudo.

Además que Galicia para esto es ideal porque en Málaga, por ejemplo, si una surfista cae y pide auxilio para levantar la vela, pues oye, te echas al mar, le ayudas y a lo mejor entre que mueves la vela por aquí y, que no se puede, que por allá, que te cojo que te ahogas, que si vienen los de la Cruz Roja del Mar que si… bueno, tú ya me entiendes, puede pasar algo; pero aquí en Galicia… vamos, aquí, que el agua está como la electrificada por Fenosa, que la tocas y es como un calambrazo, ya puede caer quien sea que tú no te echas al mar ni de broma.

Y además que pasa otra cosa, que si realmente no lo quieres o estás harto del tipo ese que llaman «tu novio», malo será que un día no haya un vendaval, coja una corriente marina y termine estrellándose contra unas rocas o se pierda por allá, por el Atlántico Norte; bueno norte, sur, este u oeste, que tú con tal de perderlo de vista ¿no?.

¿Ir de picos pardos?

jueves, junio 9th, 2011

¿Cómo fue la primera vez que fuiste de picos pardos?, ¿ocurrió tras una decepción amorosa?, ¿en el año negro después de una separación?, ¿un día de fiesta?, ¿una casualidad?. Pues neniño, no sé que como decírtelo, porque la palabra violaciooo… pues como que no; pero a mí me forzaron, pero como soy un caballero, no lo denuncié. ¿Me iban a creer?, no, porque, además, ¿cómo se lo iban a creer si ni yo mismo me lo creía?. ¿Y en dónde sucedió esta inesperada y rocambolesca historia que no me marcó para nada, pero para nada?.

En La Coruña, en Vigo, fuera de Galicia, en Ponferrada; más lejos, en Madrid; un poco más, en Málaga… pues no, más todavía, en Casablanca, ya ves tú, a unos 2.000 kilómetros de mi casita, de mi camita. Y cómo comenzó todo, cómo sucedió para ir a un país y terminar…

Todo empezó en un restaurante

Pues estaba cenando con mi amigo Juanmi en un restaurante de la avenida Mohamed V cuando escuchamos una pequeña discusión entre un camarero y una chica que estaba sola en una mesa, a unos diez metros de la nuestra. Lo normal sería no hacer caso; pero claro, eso sería lo normal, y como eso de la normalidad no va por lo visto mucho conmigo, decidimos muy caballerosamente invitarla con una sola intención: que tras la cena nos enseñara Casablanca la nuit.

Bastó una sola señal para que sentara en nuestra mesa y tras hablar a qué se dedicaba le propusimos que no enseñara cómo era la noche en Casablanca. Entonces surgió la primera sorpresa porque entre que mi francés no es ni era perfecto y que la respuesta fue en plan «pero oigo lo que oigo…» dijo algo así como: «No puedo ir con vosotros porque la policía me sigue». Joé, pensé, pues si te sigue a ti, a nosotros no es que nos siga, sino que ya nos estarán esperando en comisaría desenfundando los látigos para dárnoslos a pares y para mí que la taza de té hasta tembló.

Un secuestro, un coche negro

Tras quedar meridianamente claro a qué se dedicaba Zaira, que así se llamaba, pensaba que la idílica situación de que nos enseñara la ciudad se había acabado, terminado, y que con «tú mismo y tu mecanismo» no nos quedaba más remedio que aventurarse yendo de calle en calle a ver qué pasaba.

En esto estaba ocupada mi mente, en analizar cómo íbamos a conocer la ciudad alauí, cuando Juanmi me miró y me espetó algo así: «Pues vete con ella, que es una aventura». Yo lo miré y antes de que me diera tiempo a decir nada, la joven me cogió de la mano, me llevó a la calle y como si fuera un secuestro, un tipo alto me abrió la puerta de un coche negro y si te digo la verdad, no sé si entré o me introdujeron.

«¿Pero adónde vamos?», pregunté. Y mientras ella sonreía yo empezaba a ponerme nervioso porque veía que nos alejábamos del centro de la ciudad, que cada vez se veían menos luces, menos farolas, y que íbamos por una carretera sinuosa, bastante más sinuosa que ella, te lo juro, como que te lo juro que desde entonces adoro las líneas rectas.

No es que la familia de Juanmi, mi amigo, sea muy muy numerosa, pero con esa idea que tuvo de la aventura empecé a acordarme de cada uno de sus integrantes hasta el siglo XVII, momento en que el coche se detuvo en una zona que me pareció que debería ser el puerto por el olor a mar y porque a lo lejos veía unos barcos con las luces encendidas. La chica salió del vehículo, a mí me abrieron la puerta (que si me la llegan a encerrar mejor, pero no, era para salir), y así lo hice y me encontré a dos jóvenes y supermusculosos negros en la puerta de una casa, haciendo, supongo, de guardias de seguridad.

Miedo en el puerto

Desde el exterior se veían unas escaleras empinadas, como unas veinte, que llegaban como hasta el cielo y que ella subió como una gacela mientras yo abajo le decía: «¡¡¡ No, no entro, baja, baja !!!». Y mientras los fornidos negratas me decían «non problem, non problem», yo pensaba «¿pero cómo que «non problem, non problem»?, esto es un «tremend problem». Y a la vez me decía: «Pero si aquí como quieran lo de menos es que me roben, sino que me hacen desaparecer y del Guisande nunca más se supo».

Entre los negratas con «non problem», yo muerto de miedo diciendo a Zaira que bajara, y ella diciendo que subiera… parecía que el tiempo no pasaba, pero pasó, y uno minutos más tarde la joven bajó; nuevamente un hombre me abrió la puerta del coche negro, continuamos por una carretera y poco a poco vi que de nuevo que había luces, farolas, y que nos acercábamos al centro de la ciudad, a la civilización, que a mí en aquellos momento como si fuera la azteca, pero ¡¡¡ por dios quería ver a alguien !!!. «¿Aventura, aventura?», me repetía mientras mis pulsaciones deberían estar entre 1.000 y 1.500 y con la familia de Juanmi iba ya por el siglo V antes de Cristo.

Una bailarina moviendo el vientre

Así que ya traumatizado le dije que no se preocupara, que le pagaba igual pero que yo me iba al hotel; no sé si a dormir, a tomarme una tila o robar en una farmacia una caja de ansiolíticos o a suicidarme, pero que de aventuras amorosas… nada, que había venido a conocer Marruecos y nada más. Y en esas estaba, convencido de que toda aquella pesadilla había acabado cuando la joven, que era guapísima, pero que a mí ya poco a poco me parecía menos, me dijo: «No, quiero estar contigo».

«¿¡¡¡¡¡ Conmigo !!!!!?. Ni hablar, al hotel», le indiqué al conductor. Entonces ella le habló en árabe. Claro, yo árabe no sé, pero es que de verdad que hay situaciones en las que no se necesitan idiomas para saber que aquello aún no había acabado. Y claro que no acabó, iba a acabar… a los poco metros el coche se detuvo, bajamos, me cogió de la mano, entramos en un local y de repente me encontré en una especie de inmenso salón en el que (como en las películas) una joven contorneaba su cuerpo y la gente le ponía billetes en sus escasas prendas mientras tomaban té, aplaudían y cantaban. Bueno, aplaudían y cantaban todos menos yo, claro, que no sabía bien ya qué hacer, si llorar o prepararme para ver qué pasaba cuando saliéramos del local.

Tras casi una hora viendo contorneos, salimos y, ni que fuera ministro, otra vez el maldito coche negro. Entonces dije nuevamente al conductor: «Ahora sí que vamos al hotel» Y pasados unos minutos y después de recorrer otra vez varias calles se paró; pero allí no estaba mi hotel.

Un tipo grasiento, una llave

Le pregunté adónde íbamos, y como si fuera un trapo, me cogió de la mano y me encontré ante un tipo trajeado, con gorra grasienta, dándole un dinero y él a mí una llave y…… pues… yyy y pasado el yyyy, al final llegué al hotel, al mío, al de verdad, al que había pagado, el que había contratado, el que amaba, el que sabía que…

Y allí estaba Juanmi, que nada más verme me preguntó por la aventura y cómo había tardado tanto. Le conté todo, pero todo todo porque tenía una angustia que si no se lo decía a él tenía que buscar un médico o un psicoanalista y… bueno, contarle todo lo que se dice todo… excepto que tiene un familiar total, pero totalmente imbécil en el siglo III antes de Cristo

Ella, el amor, el olor, tu y yo

martes, noviembre 3rd, 2009

Las mujeres, cuando se enamoran, se vuelven…. no sé, como tontas; nosotros no, nosotros no nos volvemos tontos, nosotros somos tontos. Y esto viene a cuento porque mi mujer, desde que la conocí, siempre me dijo que le encantaba el olor de mi cuerpo. «Ya ves, se ha enamorado, una tontería temporal», pensaba yo. Pues no, no me digas porqué y mejor que sea así, desde que hace cinco años me casé dice que no necesito echarme colonia, que mi piel huele muy bien y yo me dejo ir porque así… bien.

Y hasta pienso que tengo suerte porque si fuera caníbal (ella, que podría serlo, porqué no) yo ya no estaría aquí escribiendo, que se empieza por oler la piel, un mordisquito cariñoso y terminan chupandote los huesecillos. Por eso está genial eso de los Derechos Humanos, sobre todo para los que midiendo 1,80 no llegamos a los 70 kilos y un viento te puede llevar desde A Coruña a Barcelona en plan ida y una bofetada en plan vuelta.
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Total que estaba yo tan feliz pensando que más que un ser humano era un perfume natural hecho hombre; vamos, un caso único en el mundo, y que el día de mañana, pues como los santos, repartirían mi cuerpo en trocitos metidos en botecitos, cuando un día me dijo: «Qué mal hueles». Y como notaba que no me estaba muriendo le pregunté que qué decía y me volvió a repetir. «Hueles muy mal, ¿qué has hecho?».

Le comenté que nada especial, que había estado trabajando en la huerta, plantando unas lechugas y recogiendo unas patatas. Entonces ella se quedó pensativa (ya se sabe que los norteamericanos… o los ayudas o no tienen capacidad de reacción) y al verme sudoroso, dijo casi a gritos como hubiera descubierto algo: «¡¡¡ Ya entiendo, has trabajado !!!>.

Entonces llegó a la conclusión (yo en un segundo y sin ayuda, bueno hombre) que olía mal porque había trabajado, sí trabajado; es decir, que según ella no pego golpe y cuando hago un esfuerzo físico pues atufo, normal, como todo el mundo. Pero claro, le expliqué que sí, que tiene toda la razón, que cuando hago un esfuerzo apesto, pero que ser periodista tiene su curre pero que darle a una tecla del abecedario en el ordenador no cansa, que si sudas no es por un esfuerzo físico, más bien será psíquico porque no tienes ideas, sufres y….. yo no sufro, y no digo con esto que sea listo, ni mucho menos; los hay listos, pero listos listos, ¡¡¡¡ buf !!! listísimos, si te contara…

Y dime, ¿cómo es el listillo de tu clase?

Los franceses, la comida y el sexo

lunes, mayo 25th, 2009

El próximo día 4 de junio voy a Francia a una boda que, por lo que ya me previnieron, dura dos días; es decir, que comes-bailas-duermes, comes-bailas-duermes, y supongo que después, al final, duermes de todo lo que comes-bailas, porque si no es así…

Desconozco como son las celebraciones de las bodas en el país vecino, pero lo que sí sé es como son las comidas de los franceses, inaguantables, desesperantes, y siguiendo un ceremonial que hay que seguir paso a paso. Cuando te invitan a una comida en plan bien en una casa, lo primero que te ofrecerán los anfitriones antes de sentarte a la mesa será un aperitivo a base de cacahuetes, galletitas, pistachos y otros frutos propios de las gallináceas mientras te tomas una copilla más o menos dulce de sabor indescriptible pero agradable.

Después, pasado unos quince o veinte minutos, te sentarás a la mesa, habrá dos primeros platos y, de repente, como si fuera un paréntesis en la vida gastronómica, el mundo se para, se detiene, y llega la pasión de los franceses: los quesos. Entonces, en la mesa colocarán unas impresionantes fuentes y con una cursilería de narices, con unos suaves movimientos que más que un comensal pareces un cirujano cardiovascular, con un tenedorcillo irás cogiendo de los diferentes tipos mientras hablan y hablan de dónde proceden y de las diferencias entre unos y otros: si uno es más pastoso y si el otro es menos cremoso, si aquél es más fuerte y el otro más suave. Luego, después de casi una hora, sí, una hora, porque una comida que se precie dura entre cuatro y cinco, las bandejas desaparecerán y se seguirá con la comida, los postres, el café y copas. Que eres fumador… Pues si en la casa son de la liga antitabaco (No fumar puede producirles este aburrimiento, te da ganas de poner en la entrada de la vivienda), aunque los acabes de conocer puedes levantarte (ellos no lo consideran de mala educación) ir a una ventana y fumar un cigarrillo.

¿Y de qué hablan los franceses además de los quesos; de los vinos, que es otra de sus pasiones y de, obviamente, el champagne?. Pues no me diga porqué, pero no hay conversación en la que no salga a relucir el sexo, siempre el sexo, y da lo mismo que te invite el ministro de asuntos exteriores que un tornero fresador. Los franceses están obsesionados por el sexo y lo peor que puedes hacer en una comida es decir la frase tan típica y española de: «Es que este niño es clavadito al padre». Anda, di eso por listillo y descubrirás que el pequeño no es del «clavadito padre», sino de la «desclavadita madre», que su vez se divorció del íntimo amigo del «clavadito padre», que todos dicen que es el verdadero padre, pero que tampoco está claro porque por entonces se cree que la «desclavadita madre» mantenía una doble relación con otro que sí que dicen que es el «clavadito padre»: vamos, una melé. Y si habrá un mosqueo generalizado entre los franceses en todo lo que son las relaciones humanas, que cuando a una casa llega la factura telefónica, en ella figuran todos los números adonde se ha llamado excepto los tres últimos dígitos. Dicen ellos que es para preservar la intimidad y que eso ocurre en todos los países; sí hombre sí, en todos, clavadito.