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Prof. Enrique M. Bogo, (firma invitada). Mi hermosa lavandería

Martes, marzo 6th, 2012

(Un orgullo invitar Enrique M. Bogo, profesor universitario de Lengua y Literatura Española en Molloy College, Nueva York, para que escriba en el blog).

Como bien sabe mi amigo Guisande, llevo casi 10 años viviendo en Estados Unidos, y nada, que no me acostumbro. ¿Y por qué no? Pues no sabría qué decir, quizás porque ya estaba o llegué muy acostumbrado a otra cosa. Quizás es algo del todo natural. Porque los gringuitos que vienen a España parecen acostumbrarse bastante bien a la vida española (especialmente a la nocturna) pero todavía los ves enganchados a un Starbucks o frecuentando uno de esos centros de comida rápida y digestión lenta y atormentada. Tal vez sea porque la fuerza de la costumbre te lleva a evocar lo pasado y a no innovar con el presente. No sé. Tampoco se trata de un caso generalizado. Para nada.

Aunque sé que no soy un ejemplo aislado, conozco a muchos nuevos habitantes españoles en USA (y en otros lugares), o simplemente visitantes, que presentan una adaptabilidad mejor e incluso sorprendente a su nuevo entorno. Pero a mí no me ha ocurrido eso. Valoro el estar donde estoy, es interesante estar en el país que sirve de (¿mal?) ejemplo y reflejo en tantos y tantos campos para la mayor parte del mundo occidental y no tan occidental, pero no hago de ello mi tarjeta de visita.

La anécdota que viene seguidamente parte de un investigador visitante en la insigne Princeton University, New Jersey. Había llegado hacía casi un mes y después de tres semanas en una habitación carente de los más mínimos servicios se encontró con un típico problema: la ropa sucia. En Estados Unidos realmente ese problema no es tal, ya que se pueden encontrar lavanderías –hermosas o no tanto– en cualquier esquina de cualquier pueblo que disponga de esquinas.

Y el joven scholar español ya no tenía una sola pieza de ropa limpia. Así que recurrió a mí o fui yo quien se ofreció, no lo recuerdo con certeza, para prestarle los servicios de mi gigante pero ineficaz lavadora y de su secadora compañera de cuarto. Cuando llegó a mi apartamento, después de unos comentarios superfluos y aburridos sobre su vida académica y sus paseos por Chelsea, el Village y «la quinta con la 42» (pues otro tema sería la presteza de estos tipos en la adquisición de conocimientos sobre el callejero y la ubicación en la City), me comentó: «Pues nada, tío, no sabes el favor que me haces al ofrecerme los servicios de tu basement, porque si no hiciera el laundry esta semana no tendría nada que ponerme, porque, ¡joder! ¿Cómo se dice laundry en español? Tío, es que con el inglés ya se me pierden algunas palabras en español».

Increíble, realmente es difícil de creer que el cerebro del investigador ya hubiera adoptado la palabra laundry y abandonado «colada» –por cierto, un vocablo muy español– cuando todavía no había lavado nunca la ropa y jamás había usado ni lavadora ni secadora en el país de las oportunidades.

¿Sería que la neurolingüística se adelantaba a los hechos? ¿Sería que los días en Estados Unidos le habían hecho un laundry cerebral? No sé. Lo importante es que lavó su ropa y pudo perderse nuevamente por Lexington Avenue, en el Lincoln Center o por los alrededores de Union Square. Así, pulcro y con buena presencia, conseguiría que cualquier viandante le sirviera explicaciones para conseguir llegar sin problemas a Penn Station antes de que llegara la noche.