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Archivo para septiembre, 2009

La molécula, morir de amor

Miércoles, septiembre 30th, 2009

Había algo que no me cuadraba, y era lógico que no me cuadrara porque le estaba dando vueltas a la cabeza cuando me dije: «Si le doy vueltas hago giros, si hago giros son círculos, los círculos son esferas y las esferas… pues nos son cuadrados»- Entonces, no sé porqué, hice un crucigrama y eran tantos, tantísimos los cuadraditos que no me digas cómo, me cuadró (la vida es increíble ¿verdad?). Y es que hace ya varias semanas escribía que los médicos cuando recetan te dan un medicamento (Ibuprofeno, no faltaría más) que vale para todo, para cualquier dolencia, incluso si no te duele nada por si te duele, que no vaya ser que a ellos le duela que te duela, que seguro que no. Desde fuera, desde el punto de vista del paciente no tenía sentido un medicamento tan general, no me cuadraba; pero para la molécula que integra el barbitúrico, menos todavía: un trauma.

Porque ¿qué crees tú que piensa la molécula cuando, por ejemplo, tiene que ir al hígado, pero directamente al hígado y la juntan en una cápsula especial/espacial con otra que su destino son las varices, el duodeno o incluso orbitar como los astronautas alrededor del cuerpo para llegar al omóplato?.

Ser molécula no es moco de pavo y supongo que hay que tener un conocimiento tremendo de la anatomía humana y una puntería de carallo porque mira que no hay sitios en los que te puedes confundir o quedar atrapado y no cumplir tu misión: curar el petardo que enfermó. La primera dificultad comienza ya antes de entrar en el cuerpo, en el vaso de agua cuando el enfermo la toma, que yo me imagino que hay una lucha por salir del vaso que pocos pueden llegar a comprender, salvo que seas molécula, claro.

Y para llegar a su sitio ella ha pasado la suyo. Es muy probable que la crearan en un laboratorio de Estados Unidos, ¿Y tu crees que ha venido de USA a tu casa para quedar al borde de un recipiente cristalino? Era boa. La vida de la molécula es muy dura porque después de vencer a todo un escuadrón de gérmenes y curarte, pasar por el intestino delgado o el grueso (que con la crisis ya no habrá mucha diferencia), ella, inocente, no sabe que cuando lluegue al hígado y el riñón la desintegrarán.

Y mientras ella muere ¿qué haces tú?. Pues tu, calavera, que eres un calavera, te estás tomando cervezas y más cervezas con tus colegas, sin fiebre, más feliz que unas castañuelas, con medio coloque porque es viernes y cuentas lo que hace unos días te dolió el hígado, el pie, la oreja o los bemoles. Y en tanto relatas tus aventuras entre trago y trago de cebada, ella…. muere. Sí papón, muere, muere por ti y ni te enteras, que se va callada y silenciosa por el sumidero de un Roca & WC cualquiera.

Por eso, cuando te cures y pases por una farmacia y veas un medicamento en el escaparate piensa por un momento en ella, en la molécula, que ha dado la vida por ti y no en el inquilino de la bata blanca, que si es fin de semana te da Iboprufeno como te podía dar los buenos días o las buenas noche o la extremaunción, que a todo se llegará, y si no al tiempo. De verdad, ¿hay algo más altruista que la labor de una molécula? No me digas que no, la molécula, mola.

Cuando de afamado periodista… nada

Viernes, septiembre 25th, 2009

Cuando uno empieza a trabajar en un periódico y publica su primer artículo o un reportaje cree que, más o menos, lo escrito tiene tanta importancia como El Quijote. Bueno, tanta no, pero más o menos. Bueno, la verdad, ninguna.

El caso es que esa ilusión de «afamado periodista» se desvanece cuando, por ejemplo, un día vas paseando por una calle y en una tienda que está en reformas ves tu artículo pegado en la cristalera del escaparate que está tapado con periódicos. Entonces comienzas a asumir que de insigne literato nada y que más bien (y ahí sí que aciertas), eres un plumillas colgado como muchos que hay en el globo terráqueo.

Para eso más o menos estás preparado, aunque sufras un cierto impacto emocional; pero para lo que no estás es para, como le sucedió a mi amigo Federico Cocho; que le envuelvan en una tienda una coliflor en una página de periódico con su firma. Para esto, que es difícil, no lo estás, pero mentiría; pues para esto incluso estás, hombre, pero para lo que no (y te puedo asegurar que no), es para lo que le sucedió a quien esto escribe, que antes se llamaba Manuel Guisande y ahora es manuel.guisande@lavoz.es.

Iba tranquilamente paseando por la calle Juan Canalejo de A Coruña cuando a la altura de la calle Sol repentinamente mi vientre tocó arrebato para ir de forma perentoria al cuarto de baño. Cuan estratega militar oteé el horizonte y en cuanto vi una tasca (años ochenta) allí me metí.

Nada más entrar pedí un café y con paso firme fui directo a los lavabos. Puse los pies en el artilugio de pedales, que así eran de modernas las tascas y, tras finalizar la faena, busqué el rollo de papel higiénico. No hizo falta. Frente a mí había varias hojas de periódico colgadas de una alcayata. Tiré de ella y lo primero que leí fue: «La Coruña. Redacción. Por Manuel Guisande». Y como «afamado periodista» pensé: «Más vale malo conocido que bueno por conocer». Y entonces, aquél escrito que había emanado de mi intelecto, cosas de la vida, quiso hacer un soez intento de regreso; que yo sepa no lo consiguió.

PD.- Y NO ME DIGAS QUE NO, QUE SEGURO QUE ALGO TE SUCEDIÓ ¿CUÉNTANOS?

La aldea y la comunicación verbal

Lunes, septiembre 21st, 2009

(Cosas que pasan al cambiar de un día para otro de la ciudad al campo sin tener ni idea)

En la aldea en la que vivo hay siete casas, ni una más ni una menos, y cada una está separada de las otras como unos 30 metros con su terreno por la parte de atrás. Hasta aquí nada que no ocurra en otras partes de la Patagonia, Siberia o en el desierto del Gobi, por poner ejemplo cercanos.

Cuando me asenté en este microcosmo humano, si quería algo de mi vecina Maruja, pues salía de casa, iba a la suya, tocaba el timbre y le pedía sal, azúcar, pan…. qué te voy a contar, lo normal entre vecinos bien avenidos. Lo mismo hacía cuando iba a ver a Virtudes (colindante con Maruja); sin embargo, cuando mi convecino Gelito quería algo de mí, en medio del bucólico silencio entre pajarillos y otras aves campestres oía: «¡¡¡¡ Jisandeeeeeeee !!!!!». Y «¡¡¡¡ Jisandeeeeeeee !!!!» (o sea yo), salía de casa y según me acercaba a él, pues Gelito me comentaba cualquier cosa, que si iba a Oza y lo podía llevar en coche, que si sabía algo sobre el deshielo o que si tenía tabaco. Daba lo mismo que estuviera a 10, a 50 que a 100 metros, para Gelito soy y sigo siendo «¡¡¡¡ Jisandeeeeeeee !!!!» y de ahí no hay quien lo apee.

Poco a poco, en una adaptación súbita, rauda y veloz, impropia de , descubrí (sobre todo cuando llovía) que eso de salir de casa para pedir algo a Maruja o a Virtudes o para llamar a Gelito era pues, como un poco incómodo, así que como los que ajustan el sonido de las orquestas de las verbenas, comencé en voz alta a llamar «¡¡ Gelito !!» con dos admiraciones. Al no obtener respuesta volví a repetir «¡¡¡ Gelito !!!», pero con tres admiraciones.

La verdad que en principio tenía pensado, como los expertos en decibelios, empezar con: «Uno, dos, uno dos, uno, dos, probando»; pero pronto deseché esta idea porque como la mayoría de mis vecinos sufrieron la posguerra, pensé que no fuera a ser que creyeran que la aldea estaba militarizada, que volvían los tiempos del «mando y tente tieso» y que de un susto se me fueran la mitad para el otro barrio.

Entonces, pronunciado «Gelito» fui tanteando el volumen para que me oyeran, hasta que llegué a un «¡¡¡¡¡ Gelito !!!!!» con la friolera de cinco admiraciones y descubrí, que además de que Gelito está un poco sordo, que era el adecuado porque no solo contestó Gelito, sino también Virtudes, Maruja y Manolo, que este último está un poco más lejos, a unos 40 metros.

Como estoy viviendo una etapa totalmente novedosa, rozando el esoterismo, pude comprobar, por ejemplo, que los fines de semana, cuando la población se duplica (es decir que de 11 vecinos pasamos a 22) un «¡¡¡¡ Gelito !!!!» con 4 admiraciones no lo oyen los de la ciudad, quizás por estar afectados por la contaminación acústica y que es preciso un Gelito de entre 5 y 6 admiraciones; vamos todo un control si necesidad de sonómetro, que estamos como para gastos.

Yo no sé en que acabará todo esto (que repasando el texto es de admirar); de lo que sí me percato es que no salgo de casa, que últimamente hablo más por la ventana, a gritos, y que practicando y llegando a unas 44 admiraciones es posible que me oigan en Acapulco y que un día termine dándole una patada al móvil. Pero claro, como esto del saber y el escaso conocimiento que todavía le queda a mi única neurona me mata, recuerdo un refrán que dice: «El campo embrutece, envejece y envilece». Lo último lo veo difícil, porque creo firmemente que con ese primitivo don se nace; de lo segundo, si te soy sincero ni idea; pero de lo primero… de lo primero como que me da que voy por muy buen camino.

El abecedario, como la vida misma

Viernes, septiembre 18th, 2009

Mi mujer Veneatra, que en indio americano significa «generosidad», es maravillosa. Cuando me ve sentado escribiendo ante el ordenador estoy seguro que piensa: «A ver qué tontería se le ocurrió ahora». Y no falla. Ella me conoce bien, y yo también, tanto que no nos entendemos; sí, no nos entendemos mucho por el idioma, y por eso nuestra relación va viento en popa… ¿Y con mis suegros?, con mis suegros, si saber nada de inglés y estando ellos a 8.000 kilómetros, en Cleveland, mi relación es genial, pero genial genial. Nunca tal veredes Mio Cid.

Pues estaba yo pensando que esto del abecedario es como la vida misma, como una pequeña sociedad, con sus problemas, alegrías, traiciones, envidias, grandes personajes y personajillos. Por ejemplo, las tres primeras letras son como las simplonas, las bobaliconas, por eso muchas personas, ante una situación evidente suelen decir: «¿Pero no sabe eso?, si eso es el a,b,c».

La i, por ejemplo, tiene un problema bien distinto. Toda la gente está empeñada en ponerle los puntos, cuando la i lleva punto desde que el mundo es mundo, y la i piensa, porque piensa: «¿Y por qué no se meten con la jota, que también lleva punto?». Pero claro, es que la jota, además de punto lo que lleva es una vida tan baqueteada con tanto baile en Aragón que…. La única alegría que le queda a la i es mantener su orgullo cuando alguien la cuestiona: «¿Con i o Y griega?». Que es como decir: «Doña i o la alcahueta esa extranjera?». Claro que también está, en versión española la señoritinga P, cuando le ponen puntos suspensivos diciendo: «Es una P….».

También (y esto no la sabe nadie) hay dos letras con las que hicieron todo tipo de experimentos y ensayos. Una quedó pseudoclónica, unidas: la W, que es una evolución alterada de la V, y la otra es la Doly de las letras hispanas, la LL, variante perfecta y doble de la L, que eso no lo ha conseguido científico alguno, ni de Harvard o Iowa, dos, pero dos iguales y de una tacada.

Pero con las letras se han hecho muchas injusticias y abusos, se apropian de ellas sin el mínimo rubor para cualquier tipo de fines, como les ocurre a la K, a la L y a la M, que nadie sabe cómo pero de un día para otro terminaron en el fuselaje de un avión holandés y la Real Academia Española de la Lengua ni se entera y si lo sabe (que yo sé que lo sabe, bueno hombre que si lo sabe) no ha hecho protesta oficial alguna vía diplomática a las autoridades holandesas, que es adonde pertenece la línea área KLM…. que así nos va a los españoles, menos mal que respetaron llevarlas juntas, ni cambiarlas ni separarlas, pero lo de la KLM tiene delito.

Letras hay 27 (del banco bastantes más), y como son muchas, lógicamente, ¡¡cómo no!!, entre todas ellas es normal que haya alguna que tenga una tara, un defecto, como la H, que es muda. No sé cuándo exactamente se hizo un intento por curarla, no hay datos sobre ello; sé que fue hace tiempo, cuando la juntaron con la C, pero les salió mal la intervención terapéutica porque la mezcla resultó basta y vulgar, pero muy vulgar: la ch.

Pero que no te dé compasión la H, que ésta anda siempre con segundas y muy malas intenciones porque aunque no se pronuncia (en las encuestas es de las no sabe no contesta) muchas veces va intercalada. ¿Y para qué va intercalada si no se pronuncia? Pues por fastidiar, hombre por fastidiar, porque la H… como te diría yo, la H es como un amante en un matrimonio, siempre por el medio.

Además, de la letra H el personal está harto porque cuando hay un mosqueo es la primera que sale al ruedo con eso de:«Ni por H ni por B»; que no sé porqué lo de la B, que no creo que sea por su catalanismo cuando dicen: «¿Con B de Barcelona?» Y digo que no creo que sea por eso porque conozco a más de uno que cuando le preguntan «¿Con B de Barcelona?», dice: «No, con B de Real Madrid». No sé, que tampoco voy a saberlo todo, pero comprendo perfectamente que la Q, por ejemplo, debe estar aburrida de oír la tontería esa con vocecilla de clara de huevo de: «¿Con Q de Queso?», que también podrían decir: «¿Con Q de Que te mueras?», que también vale.

Pero hay una letra que no sé como explicarlo, ya que por más que la analizo y estudio es toda una incógnita, la X. Y además no sé que pasa, pero normalmente se hacen comparaciones que siempre terminan en ella en plan misterio: «Si tres es a diez, cuatro es a X…». A saber de qué va.

En el alfabeto deberíamos fijarnos todos e imitarlo porque en él hay una que es la más internacional de todas las letras españolas, que supera a Cervantes por la mano y que lleva una batalla implacable contra el mundo. Es un ejemplo patrio, que si todos fuéramos como ella de combatiba otro gallo nos cantaría y nos iban a tener más respeto en el mundo…. Es la Ñ, que ha montado un sindios por el sombrerito que lleva encima que ha ganado la guerra a todas multinacionales conocidas y por conocer y ha podido con quienes querían establecer un nuevo orden gramatical. Ni Google, ni Microsoft, ni Yahoo, ni el Bill Gates o Gates Bill de las narices han podido con ella. Todo un ejemplo de pundonor, orgullo y lucha.

Claro, con tantas letras pues… pues las hay tercas, como la R, ya sabes «erre que erre»; pero como todo en la vida siempre hay algunas a las que les tienes un especial cariño, por las que sientes una cierta debilidad y hay dos con las que me siento muy, pero muy identificado la M (aunque la desprecien diciendo vete a la M) y la G. y es que M y G…, que quieres que te diga, Manuel Guisande

Ella, el perfume, el avión y la policía

Martes, septiembre 15th, 2009

Como he comentado en más de una ocasión, mi mujer, Veneatra Paynther, es de la tribu sioux y la conocí en una aldea de 11 habitantes porque se confundió de casa; sí, como te lo cuento, se confundió de casa y para mí, (pero te lo digo a ti solo), creo que también de marido, pero es otra historia.

Como norteamericana que es no se amedrenta ante nada ni nadie, tiene ese espíritu luchador de salir adelante y ya puede tener cualquier tipo de problema que no solamente encontrará una solución, sino que como la Nasa, siempre tiene un plan B e incluso C, que suelo ser yo. Pero si soy sincero, cuando llega al Plan C, el asunto es casi imposible de solucionar, por eso yo la animo en el Plan A, y me vuelco totalmente en el B para que no me caiga el marrón del C. (Dios, que noble era).

Como mujer aventurera que es ha conocido medio mundo y, curiosamente, mientras puede desorientarse en A Coruña, donde vivió más de cuatros años, para ella Nueva York, París o los macroaeropuertos son como para ti ir a por tabaco y yo fumarlo. ¿Vas con ella a París? Pues machiño, ni que estuviera en Arzúa o Lalín, en un plis plas te enseña todo y sabe por donde va; pero le dices que vaya a la plaza de Cuatro Caminos, e A Coruña, y sí, va, pero pasando por Segovia, Avila, Badajoz y Palencia. No sé, a lo mejor lo hace por eso que dice Tráfico que los desplazamientos cortos son los más peligrosos… tal vez, pero yo no lo entiendo y por eso entiendo porqué estoy con ella. Contradicciones de la vida, que dicen.

A lo que vamos, pues si para otras mujeres la ropa es superimportante, y en vez de llevar una maleta parece que están haciendo una mudanza, ella, quizás porque vivió en Francia 15 años, no va a ningún sitio sin su perfume. Y si hace un viaje lo primero que mete en su bolso es su esencia.

En una ocasión cogió un avión en el aeropuerto de Alvedro para ir a París, donde tenía que hacer unas gestiones por su trabajo de traductora. Al llegar al puesto de la Guardia Civil y pasar el bolso por el detector de metales, el funcionario vio un frasquito por lo que preguntó de qué se trataba. (Nitroglicerina, pensé yo, que siempre me vienen las ideas más estúpidas en los momentos menos adecuados y ya me imaginaba al personal de aeropuerto gritando: «¡¡¡ Nitroglicerina, nitroglicerina !!!, ¿¡¡¡ Paco, qué se hace con la nitroglicerina !!!?». O sea, el protocolo normal de este país para después, al cabo de una hora, oír al papón de turno preguntando: «¿Que era qué, que niotronotoquequé?».

Tras decirle que era su perfume, el agente le dijo que aunque la creía, el botecito en cuestión tenía más cantidad de la permitida y, que lo sentía mucho, pero que no podía llevarlo consigo. Entonces ella miró al funcionario y le dijo: «Y dígame, ¿qué cantidad puedo llevar?». El guardia civil cogió el envase, lo izó, lo observó al trasluz, y tras hacer un cálculo con logaritmos neperianos cuando X tiende a cero le explicó que, más o menos la mitad, a lo que Veneatra, también mirando el perfume y con él en la mano, pero sin hacer ningún cálculo aritmético le contestó: «Mire, este frasquito me ha costado 60 euros; pero no hay problema, lo que dice que sobra me lo echo todo encima y allá usted, que si vamos oliendo así todos hasta París…». El agente un tanto contrariado, no pudo menos que decir: «Bueno, pase, pase». Ella pasó y yo pasé a pensar: «Joé, en poco más 300 años, lo rápido que aprenden estos sioux».

PD.- ¿Qué te pasó a ti?

El Trichet, los Beatles y los vecinos

Jueves, septiembre 10th, 2009

La Real Academia, ni idea, y sus académicos, ni flores. Hacen una definición de «vecino» que parece un tratado. Y es muy fácil; un «vecino» simplemente es: «Ser humano que te toca enfrente», que muchas veces no pasa nada pero que otras no solo te toca enfrente, te toca las narices.

Muchos vecinos han aportado mucho al mundo de las artes y nunca han recibido un premio ni reconocimiento alguno, ni tan siquiera una de las 1.787.389.214,5 menciones especiales de lo que sea. Por ejemplo, se habla mucho de los Beatles, de su música; pues a mí a estas alturas me interesa bastante más quienes fueron los vecinos ya que sin ellos nunca podrías escucharlos, porque qué sería de ellos (cuando empezaban su carrera) si sus colindantes de casa fueran unos bordes y a todo momento llamaran a la policía y dijeran. «Señor policía, es que hay aquí, en el piso de al lado, unos chicos que hacen mucho ruido y no se para, y hasta hay gente que dice que se drogan». Y entonces, una patrulla que llega a la casa, incauta los instrumentos musicales y a tomar viento el legendario, Back in the USSR que en ese momento estaban componiendo.

¿Y cuáles crees tú que serían los vecinos que en la actualidad me gustaría conocer? Pues los del presidente del Banco Central Europeo (BCE), Jean-Claude Trichet. El tipo ese que cuando dice que sube el precio del dinero todo el mundo se pone en retaguardia, tiembla y no se mete en las trincheras porque se acabó la Guerra Mundial, y en los subterráneos menos porque ya no hay ni para pagar el tique del metro.

Lo de Trichet, cuando el francés medita si subirá a o no el dinero, tiene que ser flipante y me imagino a todos los vecinos tratando de averiguar qué discurre su cabeciña intentado hablar con la asistenta por si oyó algo, con el que le pasea el perro o adonde va a tomar café. Porque además, y que me perdone don Jean, es que cuando sube la pasta, parece que no es nada joé porque lo hace como si fueran las antiguas lecheras, que si medio cuartillo de punto, un cuartillo, cuartillo y medio… pero es que nos hunde.

Pero bien pensado yo creo que Trichet, a estas alturas y tal como funciona todo, no tiene vecinos; vamos, ni uno. Estoy seguro que en la calle que vive (él no lo sabe) lo que tiene son brokers, cientos, miles de brokers, videntes, gurús de la meditación, de la psiquiatría, de la telepatía y expertos en comunicación no verbal disimulando ser cartero, panadero, barrendero, taxista y cuya única misión es analizar a Trichet cuando sale de casa.

Que se toca tres veces el pelo, por ejemplo y porque no está calvo; pues eso, por experiencia de años y años estudiándolo significa que está pensando subir un punto el precio del dinero, que aparece con sombrero y nunca lo había hecho antes… pues todos a estudiar desde los griegos las relaciones entre vestimenta y personalidad, entre complementos el yo y el súper yo. ¿Por qué crees que Trichet a veces le dice a su mujer «qué poca gente vi hoy en la calle»? Pues porque sin quererlo los ha puesto a todos a chapar y si alguien saca algo en limpio tiene que haber una movida de venta de información privilegiada que ni te cuento
.
Y así todos los días, desde que abre la Bolsa en Nueva York hasta que se cierra la de Japón, desde que suena el despertador de Trichet hasta que se acuesta. Y es que, ya no es lo de antes, los vecinos de ahora son muy interesados. Hombre, hoy por hoy, quizás ahora, el mejor tal vez sea el que ves frente al espejo. Y aún así…

¿Estás preparado para compartir piso?

Martes, septiembre 8th, 2009

Están estos días mis compañeros y compañeras de prácticas, especialmente la becaria que me tocó en suerte, Ana Romero, un tanto preocupados buscando piso, sobre todo en Madrid, para continuar sus estudios de Periodismo. Y esto me recuerda a una experiencia que viví en Santiago, que a lo mejor puede servirles de algo, seguro que no. (Que noble era).

Mis amigos Javier Elespe y Gumersindo Villar estábamos y estamos muy unidos, así que decidimos, cuando estudiábamos en Compostela, irnos a un piso. Dicho y hecho. Fuimos a una agencia que nos robara poco, vimos uno y decidimos alquilarlo. Entonces descubrimos cómo era cada uno. Javier era muy ordenado, tanto que a veces, no de me digas porqué, se enrollaba a limpiar la casa que parecía que la iba a desgastar. Gumersindo un poco menos, pero con su flauta travesera era feliz y daba el nivel, y yo…. pues como me gustaba escribir poesía, tenía varias pegadas en la pared, como mesa una tabla del tamaño de una cama (que para lo que estudiaba hasta me sobraría una banqueta) y papeles y más papeles con todo tipo de anotaciones. «Ideas», decía yo; «porquería», decían ellos. «Porquería», llegamos a decir todos. Para resumir, un desastre.

Por esas cosas de la vida conocíamos a muchísima gente, tanta que tras la fiesta de inauguración, la última semana nos la pasamos comiendo espaguetis y huevos fritos. Así estuvimos un mes, dos y tres e, impepinablemente, antes de cada día 1 volvíamos al huevo frito y al espagueti. Dada la situación, y quizás porque con la vida que llevábamos estábamos más delgados , y por lo tanto ocupábamos menos, decidimos que en el piso podría entrar uno más y dimos con un lisboeta. El chaval era simpático, pero pronto descubrimos (y era normal) que al estar tres muy unidos y a otro, que «a ti te encontré en la calle», las relaciones no eran iguales y se sentía un poco desplazado.

Contra él, lo que se dice él, no teníamos nada, incluso valorábamos los esfuerzos que hacía por integrarse; lo único que no soportábamos del colega portugués es que al lado de la cama siempre tenía la maleta, como dispuesto a irse en cualquier momento, lo que daba a la casa una sensación de interinidad…. y la verdad que fue un presagio de lo que iba a pasar.

Pese al buen carácter que teníamos los tres, poco a poco no percatamos que las relaciones no eran tan buenas y aunque no discutíamos no nos sentíamos a gusto. Así que un día, tras una pequeña «charla» el planteamiento que hice fue más o menos el siguiente. «Como por un piso no vamos a perder nuestra amistad, nos vamos». Los tres estábamos de acuerdo, pero irse ¿a dónde? «Pues a una pensión», dije. Así que hicimos las maletas y nos fuimos a la pensión Santa Comba, en la calle del Franco, donde como si fuéramos un kit tratamos con el dueño el precio de la habitación, la comida, y cogimos tres estancias seguidas (el amigo portugués se fue a otro sitio), la 101, la 102 y la 103.

De un plumazo habíamos resuelto dos problemas. El primero, que no había que limpiar ni ordenar nada y, el segundo, que al pagar la comida…. pues eso, estábamos más lejos de una anemia; pero claro, también había un inconveniente, al negociar todo (dormir y comer) nos quedábamos con más bien poco para juergas.

Discurrir discurríamos lo suyo. En ocasiones le entrábamos a los turistas y hacíamos de improvisados «guías», luego nos invitaban y a veces incluso los encontrábamos de noche y nos volvían a convidar. Muy nobles, nunca aceptábamos dinero y mientras pensábamos cómo vivir mejor, le dábamos vueltas a una cosa que nos tenía obsesionados. En la pensión, en el bar, había una tragaperras muy antigua. Era como una cascada: Echabas una moneda, caía a una plataforma, luego con suerte esa moneda empujaba a otra, que caía otra bandeja inferior y esa moneda a su vez podía empujar a otras, y esas, si caían, eran las que ganabas.

La máquina estaba un poco desencajada de la pared y cuando le dabas un pequeñito golpe caían varias monedas, pero claro con unas cuantas y siendo tres…. no nos llegaba. Así que decidimos estudiar al camarero, que también vivía en la pensión, al igual que el dueño. Lo tanteamos hasta que llegó el día anhelado. Era ya de noche en el bar y solo nos encontrábamos los tres y el camarero, todos muy alegres, incluido él, con ribeiro va ribeiro viene, taza que cae al suelo y un «pon otra que no pasa nada». Enonces, sibilinamente, alguien se acercó a la tentadora máquina, le dio un pequeño empujoncito y en plan sorpresa dijo: «¡¡¡ Oye, que cae dinero !!!». Animados todos por la «novedad» y con la euforia desbordante en la que nos encontrábamos, a un golpecito le siguió otro y a este otro y otro y otro, cada vez más fuertes hasta que casi arrancamos por completo la máquina de la pared. Nos repartimos el botín y aquello fue la felicidad total.

Como todo en la vida, habíamos empezado en plan suave y acabamos por embrutecernos; así que sacábamos la máquina, la poníamos boca abajo, caía todo el dinero y luego colocábamos la tragaperras en su lugar y (como el dinero se veía desde a fuera) después nos pasábamos media hora rellenando las cataratas para que al día siguiente el propietario de la pensión no lo notara. De esta forma, cuando andábamos sin cuartos, el asunto estaba claro: Reunión nocturna, unas tazas de ribeiro, negociaciones con el camarero y a vaciar la maquinita. Reconozco (que noble era) que se trataba de un poco más que una gamberrada, como también, reconozco, que vivir, la verdad, nunca vivimos mejor y que la pensión jamás entró en suspensión de pagos. Palabra.

PD.- ¿Y a tí que te pasó?

La sinusitis, la aldea y el mosquero

Viernes, septiembre 4th, 2009

Definitivamente no sé por qué la gente para vivir experiencias se va a Cancún a Egipto o a los altos del Golán. Coge el coche, vivas en Vigo, A Coruña, Lugo o Mérida, adéntrate unos 50 kilómetros al interior de tu provincia, encuentra un pequeño pueblo (en Galicia aldea) y empieza a vivir situaciones paranormales.

Por ejemplo, yo pensaba que las enfermedades eran igual en todo los sitios; vamos, que lo que padecí durante estos últimos días (sinusitis) se sufre lo mismo en una aldea que en una ciudad. Pues no; cuando vivía en A Coruña y estaba enfermo me quedaba en cama, tapadito y no me preocupaba de nada más; pero con la sinusitis he descubierto que en el campo esto de las dolencias es otra historia.

La sinusitis, y para resumir, porque es una porquería, es que tienes una infección nasal, mucho moco, bien; pues como los moquillos no son perfumme Fransins, Paris, y en el campo hay moscas que están al loro de todo lo que huele mal, porque es su hábitat, ellas quieren eso, los mocos. ¿Pues tu crees que me iba a imaginar yo alguna vez que iba a estar postrado en cama, con dolor de cabeza, y que en una mano iba a tener el termómetro y en la otra un mosquero para dar a diestro y siniestro en una guerra sin cuartel a estos atacantes porque en una casa de campo, y más en esta época, siempre hay moscardones?

Y suerte que en un momento de lucidez llegué a la conclusión de que lo único que querían, cuando revoleteaban entorno a mi nariz, era mi mocamen, porque sino… si veo que me asaltan y no sé porqué es, lo más normal sería pensar que no es que me encuentre mal y que tenga sinusitis, sino que me estoy muriendo, pudriendo por dentro y por fuera y que las moscas, como los buitres, vienen a llevarse lo que quede de mí empezando por la napia.

De verdad que hubo días que me sentí como esa inocente gacelilla que está agonizando en la sabana y los buitres vuelan alrededor de ella esperando el momento para lanzarse en picado y devorarla. Es que además, ni que fueran funcionarias y se turnaran porque ves tres o cuatro, te las cargas y aparecen otras tantas y así todo el día, y yo con el mosquero resistiendo como un héroe todos los ataques.

Claro, en esta batalla desigual me he cargado más de un vaso, tirado el teléfono, rayado un poco la pantalla del portátil, y me he dado con el mosquero algún que otro golpe en los brazos y en las manos cuando se posaba uno de estos simpáticos insectos. Pero claro, con el tiempo aprendí varias argucias. Cogía una sábana, me tapaba entero y dejaba un huequecillo para respirar (así no me encontraban) y otra estratagema que funcionó, y no sé si pasársela a los de la OTAN, fue cerrar todas las ventanas porque en la oscuridad, no sé qué hacen, porque lógicamente no las veo, pero sé que se paran o lo más obvio es que estudien, no sé, pero me dejaban tranquilo.

Yo estaba acostumbrado, cuando había algún insecto en casa, a utilizar de esos spray que le das a un botón y el liquidillo sale por donde quiere; y no solo lo echaba por la habitación, sino que me acercaba al bicho y le daba una hipersupersobredosis y hasta los seguía por toda la sala, que cuando me entra la vena asesina me conozco; pero como mi mujer, que además de traductora es enfermera, dice que todos esos productos son contaminantes… No me lo creo para nada, bo. Es más, como ella es sioux y sus descendientes son de las tribus Choctaw y Cheyenne y vivían en una reserva, de lo que estoy seguro es que tiene un trauma de tantos años relacionada con la bichería. Yo no digo nada, me mosquea, sí; pero, ¿dále con el mosquero?, anda, dále, dále tu, tío listo.

PD.- Gracias a todos los que me habéis escrito durante los días que estuve enfermo y me mostrasteis vuestro cariño. Nunca me preocupé si era Gripe A, ya sabía que era un robo de las farmacéuticas

Batallitas periodísticas y tecnología

Martes, septiembre 1st, 2009

Hace unos veinte años, más menos, los periódicos eran muy distintos a los de ahora, sobre todo en su funcionamiento, pues no había los medios técnicos que existen en la actualidad, aunque últimamente parece que para lo que hay (casi todo se reduce a control C control V, cortar y pegar) pues joé con los cambios. Que va a llegar un día, que como el papel es reciclado, pues te vas a la rotativa, donde están las bobinas, y malo será que echándoles algún producto químico no te aparezca de la nada y sobreimpresionado un artículo desconocido de Benitiño Pérez Galdós o de vete tú a saber quién y al que lo único que le falta es un detalle para darle personalidad: mi firma y tira palante porque lo demás……..

Y tú espera que alguien encuentre de verdad algo que realmente merezca la pena, que ya me veo yo a todos los periodistas patrios a tiros cogiendo bobinas y más bobina para llevarlas a casa y como los concurso esos de «rasca y gana», pero gana un premio Pulittzer, que encontré un artículo de un desconocido Armisomovich Distronovich que es la bomba.

Como decía, hace unos veinte años, los periódicos, al menos en los que trabajé (unos cinco) eran diferentes, no solían tener una plantilla de fotógrafos, eran colaboradores, aficionados o empleados de tiendas que se dedicaban a bodas, bautizos y comuniones y que llegaban a un acuerdo con las empresas editoriales.

Lo malo que ocurría era que cuando la tienda cerraba sus puertas al público, el fotógrafo también terminaba su jornada laboral y para casa, ni comercio ni diario. Total, que sobre las ocho y media de la tarde estabas más que colgado, se enviaban los carretes a una empresa para revelar y si necesitabas a un amante del diafragma por algún imprevisto como un suceso importante, pues entonces lo llamabas a su casa y le pedías el favor de ir a cubrir la información.

Recuerdo que en uno de los diarios en los que trabajé había uno fotero especial. Delgado, alto, tez pálida, cadavérica, y lo más antiperiodístico que te podías echar a la cara, tanto que lo primero que te decía no era adónde había que ir, sino (y no fallaba), sus primeras palabras eran: «Pues ya estaba yo en cama….». «¿En cama, si solo son las 10?», pensabas. Y antes de que pudieras decir nada, doblaba el espinazo hacia un lado, estiraba el brazo hasta el dobladillo del pantalón, lo levantaba y te decía: «Ves, ya estaba en pijama».

Yo, la verdad, estaba empezando en esto del periodismo, tendría 23 o 24 años, pero con el tiempo llegué a dudar de si no sería más noticia todos los tipos de pijamas que vi (¡¡¡ Y qué pijamas !!!), que el suceso que teníamos que cubrir. De las noticias que hice con él no recuerdo mucho, pero de sus pijamas….

Al final, después de ir a lugar del hecho, te despedías, tu seguías trabajando (y no exagero) hasta las cuatro de la mañana y cuando salías del periódico, la verdad que en vez de vivir en una ciudad de 200.000 o 300.000 habitantes estabas en una de 500; los 500 colgados que a esa hora había en la calle: marineros borrachos, policías aburridos, periodistas y prostitutas, que eran las que estaban más despiertas. Vamos, el mejor ambiente y el más edificante para educarte con 23 o 24 años, que no sé ni como estoy vivo, aunque deduzco de donde viene mi tara.

Y al día siguiente, a las 12 de la mañana, volvías a la batalla, a la Redacción, haciendo llamadas y más llamadas de teléfono, consultando algún diccionario, una enciclopedia, otros periódicos… todo menos Internet, porque el único Internet que había en esa época era internarte en la vida misma, en la calle, con gente de todo tipo y buscar toda clase de noticias.

Así, con esta vida tan singular me ocurrió que en una ocasión entrevisté a un delincuente que había sido detenido en cien ocasiones y como lo que íbamos a hablar pues no era como para que lo oyera alguien, lo llevé en mi coche (gran error) a las afueras de la ciudad. Me imagino de lo que charlamos, aunque ahora mismo no recuerdo; pero lo que no olvido es que el tipo se quedó con la marca y la matrícula de mi Mini y en una semana me lo robó tres veces hasta que lo llamé por teléfono y le expliqué que en A Coruña había muchos turismos, hermosos y más potente y que, sin embargo, solo había una cárcel. Lo comprendió

Pero siguiendo con el tema fotográfico, que se me va la olla. Para no molestar en aquella época a los fotógrafos / tenderos, cuando a la Redacción llegaba un entrevistado fuera de plazo (el horario de la tienda fotográfica), la solución más inmediata era llevar al individuo al fotomatón. Y el problema no era acompañarlo a esa cabina de los horrores (que para disimular le decías que los fotógrafos estaban muy ocupados) sino que como en la entrevista ya habías hablado con él de hasta la vida de los simios, del mundo material e inmaterial, de lo visible e invisible, lo que era una auténtica tortura era esperar cinco minutos a que saliera la ristra de fotos y dos más para que se secara.

Y mientras fingías que te interesaba lo que decía,ya estabas pensando cómo acabar la noticia del delegado del Gobierno con el que habías hablado por la mañana, el presidente de la asociación de vecinos de no sé dónde por la tarde, o del chalado que decía haber inventado el helado caliente. Y así día a día, entre fotógrafos y fotomatones, buscando noticias, jugándote la vida en sucesos, como cuando un delincuente me dijo que si era periodista y si publicaba algo «te rajo», y lo más curioso, que hasta ese punto llegaba tu inconsciencia, que ni caso, que lo de «rajo» a lo más que te sonaba era a raxo porque había horas en la noche que tenías un hambre….

Pero como digo, eso era antes, cuando entrabas en los hospitales y cogías una bata de enfermero para entrevistar a uno que le dieron un navajazo o una paliza y que estaba en la habitación 506 o 424, o acceder la UCI donde una vez estuve hablando con un paisano que parecía que no le importaba morir con tal de decir quién le había pegado un tiro mientras oías el «pi, pi, pi» de la máquina esa que te dice que estas vivo, pero yo… como que lo veía que no. Eso, muy distinto ahora. ¿Ahora?, pues ahora, salvo excepciones, Señor Google (control C, control V) y un toque de personalidad: mi firma. Joé con la tecnología.