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Archivo para agosto, 2009

Estoy enfermo, ¿tendré la gripe A?

sábado, agosto 29th, 2009

Cuando escribo estas líneas me encuentro con un trancazo tremendo, en cama, y no sé si es la gripe A, B o C; pero me traen el desayuno a la cama, estoy con una mantita abrigadito, veo películas en el portátil, de vez en cuando leo la prensa y, como el Rey, despacho con mis vecinos que vienen a visitarme. ¿Preocupado? En absoluto, ficho in tempore por esta situación en la que dicen que el pescado es muy bueno y ya me están saliendo escamas, branquias o agallas. ¿Que me pican los ojos?, duermo; ¿que no me pican?, sana lectura, filmes, y en los tiempos muertos (que espero que no sea este) viendo cómo todo el mundo se desquicia con la pandemia.

A mi aldea, la verdad, no creo que llegue la gripe A. Primero porque no tenemos pistas asfaltadas, segundo porque nadie sabe lo que es, y tercero porque ya cada uno, con una media de 60 años, tiene su propia enfermedad y la gripe A (lo sé, aunque no nos lo dicen) busca otros clientes. ¿Y quiénes pueden ser? Pues sean los que sean resolvemos un gran problema: el paro. Que estira la pata uno que no tiene trabajo, pues muerto el perro se acabó la rabia; que lo hace quien está todo el día en el tajo…. hay otros 800.000 que están esperando. Y es que como ni hay guerras…. pues bienvenida una pandemia; vamos, que hay gobernantes chaval que han nacido lo que se dice de pie.

La palabreja en sí, pandemia, no es bonita; más bien fea, no va con los tiempos, pero ha causado una sensación que nunca había visto. En los bares de Oza (que al cambio aquí en la aldea es como ir a NuevaYork), se habla de la gripe A y de otras enfermedades contagiosas con una naturalidad que da gusto oír. No me digas cómo, pero hay un conocimiento exhaustivo sobre cómo nace, crece se desarrolla y muere un virus, y yo, ya ves, tanta Universidad y conocer mundo y sin saber cómo se planta una patata. Te puedo asegurar, y sino que tenga la gripe A, que en los más de diez años que conozco esta zona nunca había visto tanto científico por metro cuadrado y tanto experto en sintomatología, farmacología y prevención; pero por lo que leo en los periódicos (gracias, es que mi mujer que me lo acaba de traer) esto lo mismo ocurre aquí en Oza que en Sevilla, en San Guadix de la Junquera que en Martorell.

No sé tú, pero cuando me hablan del H1N1 no sé si es desconocimiento o insensatez pero digo: «H1N1… agua». Y tan feliz o infeliz me quedo, que nunca se sabe; porque hay quien duda entre vacunarse o no, quien asevera que es una monumental mentira para que se forren unos cuantos, quien dice que hay que hacer testamento y quien ya… como que ves tú que ante una tos te mira con recelo. No es por hacer un eslogan, que no es mi especialidad, pero visto lo visto una pandemia al año no hace daño. Y perdona que el artículo sea tan corto, pero es que tengo que despachar con mis vecinos, tomarme un ligero sopicaldo y si tal… pues duermo. ¿Miedo?, en absoluto. ¿N1H1?, agua. Bueno, si veis que no renuevo el blog… quizás hundido.

Los gallegos, la autovía y los coches

jueves, agosto 27th, 2009

Cuando hay que inaugurar una gran obra como un puente estratosférico o, como se dice en Galicia, de carallo, entonces quien lo hace es el ministro de turno; pero si el asunto es de menor relevancia como un tramo de autopista, por ejemplo, entonces el acto pasa a un director general y si ya la cuestión es inaugurar una fuentecilla porque la que mana un chorrillo de agua, pues (y siguiendo el escalafón) mandan a un secretario general o a un ordenanza, y así sucesivamente según la importancia de cada acto. Salvo que haya elecciones, entonces van todos, como los niños, juntos, sonrientes como parvos y casi de la mano.

En una ocasión, en los llamados «accesos» a Galicia, que más que a infraestructuras suena a alpinismo, había que abrir al tráfico unos kilometritos y, para tal evento, allá fuimos toda la tribu de la prensa gallega a un inhóspito lugar cerca de Ponferrada: bajo un puente, con camareros perfectamente etiquetados que te ofrecían toda clase de pinchos, bebidas y en donde habían instalado unos grandes mapas con el trazado de la autovía.

De camino al surrealista lugar y con un calor que te morías, en el coche oficial del secretario general viajaban, además del conductor y el político, el polifacético José Manuel Pereiro, periodista de la Televisión Española en Galicia, además de cantante de Radio Océano, y quien esto escribe.

Justo a nuestro lado, en la parte de atrás del coche, había una preciosa cartera de cuero de color marrón y con el secretario general empezamos a hablar en broma si se trataba de la del ministro y otras bobadas muy propias de nuestra profesión. Viendo con el personal que se había encontrado, también se puso a tono y en un momento de sinceridad dijo: «Mira que sois raros los gallegos». Nosotros nos quedamos sorprendidos y preguntamos por qué éramos raros, que lo somos; pero no sabíamos que los supieran más allá de Piedrafita.

El secretario general comenzó a relatar que una ocasión, en la autovía a Galicia, en un tramo que había casas cerca de la calzada habían instalado unas mamparas para evitar la contaminación acústica y, por tanto, no molestar a los vecinos. Cuando lo operarios iban a continuar las obras de colocación se encontraron con una pequeña e improvisada manifestación de unas ocho personas que venían del campo con sus aperos de labranza.

El secretario general explicó que pensaba que se trataba de una protesta sobre el trazado de la autovía, por algún problema de fincas y lindes, que es muy propio de estas latitudes, pero lo que nunca se imaginó que la queja fuera por los paneles, y más cuando uno de los «alborotadores» le dijo: «De pantallas nada. Sí, hombre, ¿para una vez que podemos ver los coches, nos van a poner eso?». Creo que los paneles que iban para Galicia deben estar ahora en alguna autovía de Extremadura.

¿Seguro que será bueno criar gallinas?

domingo, agosto 23rd, 2009

Para cambiar de la ciudad al campo estaba preparado pues durante varios años iba a pasar los fines de semana al mundo de la vaca y la ortiga, del grelo y el hórreo, y tan mentalizado estaba que hasta noto que mi cuerpo ahora huele como un poco a salvajiño, natural, dirían otros. Sin embargo, para hacer una pequeña huerta, no estaba lo que se dice muy dispuesto, pero con esa herramienta nueva para mi llamada sacho, la ayuda de mis vecinos, y doblando el lombo conseguí lo que nunca me imaginaría que llegara a hacer, plantar algo y lograr que llegaran a crecer patatas, berzas, lechugas y otros frutos de la tierra.

¿Que tuve algún traspiés en forma de tirón lumbar?, es cierto; pero al menos tengo la satisfacción de ver el resultado de mi trabajo y, lo que más me anima, es pensar que las manzanas, peras, higos y ciruelas nacen solitas en el árbol y no hay que hacerles nada, nada de nada, o sea, que no hay que doblar el espinazo y que hay que dejarlas tranquiliñas, como a mí.

En estas estaba, creyendo que había cumplido al menos por el primer año de mi vida campestre y pensando que el próximo trataría de mejorar la huerta y ordenarla la selva que tengo montada, cuando en medio de una conversación entre mis vecinos, Rumbo me espeta con cara de sorpresa: «¿Y por qué no tienes gallinas?». «¿Gallinas? ¿y por qué voy a tener gallinas?», pensé. Y no hizo falta muchas explicaciones para darme cuenta que todos mis vecinos, absolutamente todos, tienen gallinas, como todas sus casas tienen tejado, las ventanas cristal, las puertas manillas o la lareiras chimeneas.

Y de súpito (aquí hay súpitos cada dos por tres = 6) cavilé: «Mira qué ha pegado un cambio mi vida, de hablar en la ciudad sobre cualquier tema como el tráfico, política, fútbol, pintura, o de la prensa rosa, a que ahora mi duda existencial sea gallinas sí, gallinas no». Dicho de otra manera, que en menos de ocho meses pasé de poner un tique para el coche en la zona azul, a esta zona verde en la que como te lo propongas haces una plantación de algodón o puedes invitar a una tribu amazónica a pasar un fin de semana que no va a notar mucho el cambio.

Así estaba, medio ensimismado, cuando Rumbo añadió: «Y cuidado con el raposo que…». «Sí hombre, sigue animándome, que me importa un bledo las gallinas como preocuparme ahora del raposo, que es como estar pendiente si te multa o no la policía», pensé aún sin salir del shock que me había producido el asunto de la gallinácea. Y a la vez me cuestioné: «¿Quién dice que en el campo se descansa?» porque yo os lo juro que desde que estoy en la aldea nunca he pensado tanto; es más, ni me imaginaba que tenía esta capacidad de reflexión y me huele que como siga así termino agotado psicológicamente.

Como digo, lo de las gallinas me tiene un poco descentrado, desconcertado, perturbado y ofuscado. Comprendo que para mis vecinos no tener gallinas es raro, porque es como no llevar zapatos o salir de casa sin ropa. Si el problema es que yo los entiendo, sé que quieren lo mejor para mí, que sea feliz, que lo dicen por mi bien, pero estar pendiente de los «píos píos» y del raposo…

Es que además es echar piedras contra mi tejado porque aunque yo nunca he visto un zorro en mi vida no sé como puede reaccionar un animal de estos si me lo encuentro frente a frente. Sí, ya sé que dicen que lo que más le gusta y casi lo único son los polluelos, que se escapa ante la presencia del hombre, que es temeroso, que no ataca. Lo que quieras, ¿pero si al verlo, por esas cosas de la vida, se me pone piel de gallina?.

Y a ti, ¿qué te gustaría ser?

jueves, agosto 20th, 2009

Si no fuera periodista me hubiera gustado ser pianista y si me hubiera dedicado a la música me encantaría tener un piano totalmente impermeable, integrado con la silla, (y como de ilusiones también se vive) que tuviera ruedas, un motor ecológico, sin ruido, e ir por los pueblos tocando y vivir con lo que me dieran.

Que llovía… pues me ponía un casco, que hacía sol… un sombrero, ¿frío?… una manta y, para dormir, como los alpinistas, una de esas «camas» en forma de camilla con red, atada bajo el piano y metido hasta el cogote en un buen saco de plumas.

Yo estaba convencido de que eso es lo que desearía sino fuera periodista y lo estaba tanto que incluso a veces he soñado que iba por las llanuras de Castilla o bajaba el puerto de Pajares y de los pueblos y ciudades salía la gente rebosante de alegría y me rodeaba para oír como tocaba The Girl is Mine, de Michael Jackson, o la Octava (Canadá, ver Otawa) de Beethoven.

Pero en la vida siempre hay algo que lo cambia todo, trastoca tus planes, hasta los sueños que crees más maravillosos, y hace unos días descubrí que lo mío realmente no era ser pianista, sino que lo que sin duda me llenaría totalmente de gozo, lo que sería el éxtasis de mi existencia y la culminación de mi vida sería ser liebre.

Sí, no libre, no; liebre, pero no de esas que van delante del galgo hasta que te hincan el diente y terminas en el cinturón de un tipo más bien tosco con una escopeta de dos cañones. No, liebre pero la de atletismo, que es como llaman al tío ese que va delante del pelotón marcando el ritmo (pongamos por caso la prueba de 1.500 metros), y a los 200 se retira y que sigan ellos a ver si baten un récord o si se matan que a ti ya te da lo mismo.

Te imaginas lo que tiene que ser liebre; contratado todo el año para que una o dos veces al mes, como mucho, corrieras los condenados 200 metros en eso que llaman mitin mientras el resto de los competidores contienen la respiración esperando el momento para atacar, con las pulsaciones a más de 4.000 y casi al final de la carrera estiran el cuello en la línea de meta y terminan sin aire, en tanto tu sales del recinto fresco y oliendo a colonia Frambusssi pour homme París, para irte de fiesta o a conocer la ciudad.

Pero es que realmente eres capaz de imaginar el placer que tiene que ser llevar como equipaje una bolsita con solo un pantalón corto y una camiseta (porque el dorsal te lo da la organización) y cuando te pregunta el de aduanas que por qué visitas el país, decirle, todo orgulloso y en voz bien alta: ¡¡¡ Porque soy la liebre !!!, mientras los demás han dicho esa vulgaridad de soy experto en física cuántica, ingeniero molecular de estructuras pentiatónicas o…. vas a comparar eso con ser liebre, no jodas.

¿Que con los años podrías perder el trabajo? Bo, ya te encargarías tú de ir reduciendo la distancia poco a poco de 200 metros a 175, y de 175 a 150 y de 150 a 125. Mientras no te dijeran que fueras liebre de los 100 lisos… todo iría bien. ¿Liebre? Joé, que deleite.

PD Y a ti ¿qué te gustaría ser?

¿Callos, churrascada o sardiñada?

domingo, agosto 16th, 2009

Lo de callos, churrascada o sardiñada es más que un tipo de comida, es una decisión casi existencial en esta temporada de verano en la que todo el personal invita a los amigos a su casa de campo, saca de parrilla, hace fuego, se quema (porque si alguien no se quema no hay fiesta), y se pone en plan cocinero demostrando sus habilidades culinarias, que en esto tengo una ventaja, no tengo que demostrar nada, soy un inútil, pero un Inútil Total II, en los mejores cines.

Pero eso sí, que no soy un cara, que si quieren pongo la mesa, la recojo y si es necesario lavo los platos, que un día descubrí (luego mejoré) que unos vasos sabían como a menta, pero era porque les había echado mucho fairy y al enjuagar pues…, pero cocinar…. huevos; o sea fritos o cocidos. No pidas más y come.

Y no es fácil decidir cuando hay un grupo de gente, que los hay que parecen que siempre han comido en el Ritz y que cuando se ponen pelmas en el campo te viene ese pensamiento tan curioso de: «Hombre, este manzano que está aquí, no podría caerle encima y tenemos un problema menos».

Y es que los hay (y eso que es solo por unas horas comiendo, imagínate tu un fin de semana entero), que a la hora de elegir dicen que están un poco hartos del churrasco, «que es lo que se come casi a diario» (casi siempre el que lo dice tiene una cara de espagueti), otros que los callos son un poco fuertes en verano; bueno en verano, donde hay verano porque yo soy de los que pienso que aquí en Galicia unas guindillas en agosto es placer de dioses, pero bueno. Y también hay quien alega que las sardinas y que si los niños y las espinas y que… Si vivieran como lo hice yo en varios pueblos (Castropol, A Cañiza, Tui, Redondela) que estábamos vacunados contra todo. ¿Te caía el bocadillo al suelo en la calle?, pues lo cogías, lo limpiabas con la mano y tira para adelante. Y si no al tiempo, que ya veras cuando llegue la gripe A como solo quedan los de «la montaña», que están fuertes como rocas, que se alimentan con buenos platos de comida, y no como en la ciudad, que te ponen maquetas.

Como digo, en este tipo de reuniones, cuando ya se ha decidido en comisión de investigación lo que se va a comer, no sé muy bien que ocurre, pero el que va de maestro cocinero, sea churrascada, sardiñada o callos, no te deja casi probar bocado y ya está el tío diciendo: «¿Verdad que está bueno, verdad que está bueno?».

Y una vez no importa, porque para algo que hace, que disfrute de su ilusión; pero a la cuarta o quinta vez yo ya le empiezo a sacar defectos al churrasco, a la sardiñada, a los callos y a lo que me pongan (aunque estén bien no está bien, y aunque me gusten no me gustan) y después, además de caerme mal el que lo hizo amplío este sentimiento a su mujer, a sus amigos, al lugar en el que estoy, al agua, al vino y al perro porque si está bueno ya te lo dirán, petardo

Pues nada, insiste que te insiste y llega un momento que cuando estás harto solamente hay unos minutos de satisfacción cuando se te repite casi el mismo pensamiento, pero con una variante: «Ya que está visto que el árbol no cae, por qué este plasta no se atragantará con una espina o un hueso y se lo llevan en ambulancia, que me está dando el día?». Y la felicidad que da esos momentos imaginándote al tipo con el gotero, una sabana hasta el cuello, en camilla y con un hueso de un kilo entre los dientes…. ¿Callos, churrasco, sardiñada?. Lo mejor, buena compañía, aunque yo…. callos. ¿Y tú?

El coche, el juez, el caco y la prisión

miércoles, agosto 12th, 2009

A Coruña es más bien una ciudad pequeña y como en todas las urbes de tipo medio la gente suele pasear por el centro, de arriba abajo y de abajo a arriba. Vamos, como se suele decir nos conocemos todos.

En una ocasión, Manuel González Nájera, que ocupaba el cargo de magistrado-juez de Vigilancia Penitenciaria para Galicia, iba paseando por la calle cuando de repente se acercó un Mercedes blanco a la acera. El conductor hizo sonar el claxon, bajó la ventanilla y le dijo: «Don Manuel, ¿a dónde va que le llevo?».

Nájera se subió al coche e inmediatamente reconoció al amable automovilista. Se trataba de un delincuente ya entrado en años y que había sido detenido varias veces por pequeños robos de ropa. Así que lo primero que le dijo fue: «¿Este coche no será….?». «Por Dios Don Manuel, ¡¡ que va !!. Es mío, dígame a dónde le llevo». «A la cárcel», respondió el magistrado. «¿¡¡ A la cárcel !!?», dijo nervioso el conductor.«Sí hombre sí, a la cárcel, pero que no es por ti bobalicón, que es que tengo que ir a hacer una visita». «¿Supongo que sabrás el camino?», añadió irónicamente el juez.

Iban los dos hacia el centro penitenciario, cuando al final llegaron al penal. El veterano caco paró el coche. Entonces Nájera le dio las gracias, pero antes de bajar le comentó. «Mira, como te conozco de sobra, para que no tengas hoy un problema familiar lo mejor que puedes hacer es llegar pronto a casa, porque como llegues tarde, un poco tarambanas, y le digas a tu mujer que has llevado a un juez a la cárcel…. », a lo que el conductor respondió en plan campechano : «Nada, no se preocupe y a ver si nos vemos». Entonces, el juez lo miró y le dijo a la vez que de reojo miraba el penal: «Sí, pero dónde ¿aquí o ahí?».

Los norteamericanos, yo y los pioneros

domingo, agosto 9th, 2009

Estaba tan tranquilo cogiendo un día sí y otro no patatas en la huerta cuando oigo a mi vecina Maruja a grito pelado: «¡¡¡¡¡ Jisande (aquí en la aldea, menos Guisande, todo lo que quieras: Sisande, Lisandre, Jasande…, que más da), que hay que recoger las patatas que se las comen os ratos !!!!! (ratones)». «¿Todas?», pregunté. «Home, claro, todas si es que quieres comerlas?». Y tras esa lección de obviedad cogí de sacho y me fui a la huerta.

Cinco riegos de unos veinte metros de largo cada uno. Tal cual los vi ya me preparé; fui a por una botella de agua de dos litros porque de diez no había, unas cajas para poner los tubérculos, un paquete de tabaco y comencé con el sacho.

Llevaba poco más de cinco metros cavando (y cuando digo cinco no son ni cuatro ni dos ni seis; cinco y si no que los mida el Comité Olímpico) cuando ya decidí quitarme la camisa, y así, con el torso al aire (porque la piel no podía arrancármela) la primera idea que me vino a la cabeza, por influencia de mi mujer, que es de Ohio, fue:«Como los pioneros norteamericanos, conquistando la tierra». Pero al llegar a los 15 metros me dije: «¿Pero qué pionero ni historias, joé que yo me llamo Manuel, ni James ni Mackein, que soy gallego y esto es un curre de la repera».

Así que dejé el sacho a un lado, me senté, bebí agua, fumé un cigarrillo y pensé: «Hago un poco más y paro, que aún me va a dar aquí un síncope cuando en último extremo tengo un supermercado a tres kilómetros y con las treinta patatas que he recogido ya hay para varias tortillas»

Gracias a Dios de orgullo ando lo justo, que ya se sabe que este sentimiento innato en el ser humano y en exceso es el inicio de muchos conflictos, de broncas, de peleas, de guerras y, en el plano individual y laboral, de dolores de espalda, que así estamos todos y no me digas que tú no.

Así que dada la situación, encendí otro cigarrillo y aunque no tenía muchas ganas tuve que volver a pensar e hice un rewind mental: «Pero Maruja dijo recogerlas todas; pero todas todas todas; todas hoy; todas pero puede ser mañana, o dijo recoger todas pero puede ser pasado mañana».

Y ante las alternativas que tenía me quedé con «todas puede ser mañana». Estuve a punto de elegir la de «todas pasado mañana», porque la de «todas hoy» estaba ya descartada. Entonces miré la caja que contenía los tubérculos, arramplé con ella y me dije: «Guisande, buena elección, pa casa». Encendí otro cigarrillo y según caminaba me di la vuelta y al ver la tierra que me quedaba por sachar, en ese momento se derrumbó la idea bucólica que tenía de los pioneros norteamericanos y lo primero que pensé y, perdona la expresión, fue: «¿Pioneros?, qué gilipollas».

PD. ¡Ah! por cierto, que se me olvidaba. Como en mi casa está prohibido decir tacos y mi mujer sioux no sabe ninguno, si por casualidad preguntara qué significa «gilipolllas», podéis decirle, «patriotas, valerosos, esforzados, héroes….». Ya sabéis, esas cosas que tanto les gusta. ¿Vale? Gracias.

El apasionante mundo de la patata

jueves, agosto 6th, 2009

Lo de la agricultura tiene su aquél. Cuando me asenté en la aldea (y nunca mejor dicho eso de asentarse porque no pego mucho palo al agua), mis vecinos estaban sembrando todo tipo de hortalizas, así que me dijeron que hiciese lo mismo.

Y en efecto, me puse manos a la obra. Con su ayuda habilité unos cien metros cuadrados, vamos, un piso verde, y Maruja, Arturo, Virtudes, Dionisio y Rumbo, catedráticos eméritos de Botánica por la Universidad de Así Llevo Toda la Vida me explicaron qué tenía que hacer para cultivar patatas, cebollas, coles, pimientos y… «no, los tomates; eso ainda non é a época», y en otro momento insinué no sé qué, se rieron y deduje que lo mejor era no preguntar más, que de parvo ya había dado muestras más que suficientes para un solo día.

Y poco a poco fui plantando, pero estaba tan animado que planté, planté y planté tanto hasta que llegó un momento que lo único que sabía que todo era verde pero ni idea de lo que tenía. Así que un día llamé a mis tutores, nos acercamos todos a la huerta y con un folio Din A 4 y a escala 1 = Idiota conseguí hacer un esquema y averiguar qué productos podría dar mi macroapartamento.

Y no me extrañaría que surgiera alguna planta exótica, mezcla de cebolla, pimiento y calabacín (una Doly de la vida) porque descubrí que hay zonas que están… como todo un poco revuelto, mis vecinos lo llaman desfeita. Pero claro, esto, me prometí, solo me va a ocurrir este año, que voy de aficionado, porque para el próximo me adentro en el profesionalismo y dejo de ser amateur, que aquí en la aldea eso de amateur es a matarte porque ¿tú sabes lo que pesa un sacho, y eso que el mío es como de los juegos Geyper?.

Total, que con el tiempo empezaron a crecer los frutos y descubrí el apasionante mundo de la patata, o como dicen los franceses pomme de terre, la manzana de la tierra, porque cuando se trajo de América era un producto maravilloso para comer, de ahí lo de manzana, que también este blog sirve para aprender algo, aunque no te lo creas.

Pues la pomme de terre o patata es fascinante. Tú vas a coger una lechuga, por ejemplo, y coges eso, la lechuga que ves, ni más ni menos: una. Vas a por una cebolla, tiras de la planta y allí esta la cebolla; pero la patata … la patata es como los Reyes Magos, tiras de la flor (que por cierto intenté hacer tabaco con ella y ya os contaré) y lo mismo encuentras tres, cuatro que siete y te da una alegría buscar entre la tierra (bueno alegría y porque ya pasas de los 45 tacos, que con 20 me iban a ver aquí con el sacho…).

Al final, extrapolando, que eso nos encanta a los periodistas cuando no tenemos datos del lugar cuando queremos hacer un reportaje, llegué a la conclusión que la patata es más que un tubérculo, es… como te diría yo, a lo que en la ciudad la Primitiva o la Bonoloto, pero con una gran pero gran diferencia: con la flor de la patata, tiras y siempre toca.

El periodismo y las lechugas

lunes, agosto 3rd, 2009

Lo de la horticultura es una historia y más para los que siempre hemos vivido pegados al asfalto, que lo más cercano del verde de la campiña es el color del disco del semáforo. Pero como esto de las reacciones humanas son imprevisible, un día, en la aldea que pasaba los fines de semana decidí asentarme con mi familia, olvidarme de la ciudad y de los pasos de cebra y otros animales.

Como en el campo se pueden hacer tantas cosas (eso dicen y es cierto) decidí no hacer nada, para evitar el estrés, excepto una pequeña huerta. Para ello empecé haciendo un riego (en el argot riejo) y a los tres metros de haberlo comenzado ya decidí beber un vaso de agua pues no podía con el sacho.

Ante la situación límite en que me encontraba, mis queridos convecinos (11 para ser más exactos) trajeron un pequeño tractor y en menos que canta un gallo levantaron la tierra e hicieron veinte surcos, lo que yo según estimaciones de la Organización Mundial de la Salud tardaría entre tres y cuatro años, amén de dolores lumbares de por vida y otras menudencias que precisarían atención farmacológica.

Así que con los susodichos riejos ya hechos, planté repollos, patatas, cebollas y lechugas siguiendo en todo momento las instrucciones de mis vecinos que me explicaban cómo tenía que hacer, los cuidados que requiere la tierra, a la vez que me animaban diciéndome que no fuera «pregiceiro», que al cambio es vago.

Yo no sé si porque venía de la ciudad o porque soy periodista y hay una idea muy generalizada de que sabemos de todo (cuando la realidad es que no sabemos de nada), el caso es que un día se me acercó un paisano que cuando comenzaba a anochecer solía pasar por delante de mi huerta para ir a su casa y al que había visto muchas veces mientras regaba mi edén, en invierno casi siempre a oscuras, con un cubo de agua (ahora ya tengo manguera), e iluminado por una linternita, que así estaba yo de preparado para esto.

Se aproximó con cierto misterio y me comentó: «Mire _ dijo muy respetuosamente _ como usted es periodista y sabe mucho ¿por qué riega las lechugas tan de noche, es que así crecen mejor?. Se lo digo _continuó el buen hombre_ porque aquí en las aldeas, usted ya sabe, hay muchas cosas que no sabemos y en la ciudad….>.

Si yo me quedé sorprendido más debió quedarse él cuando dije: «¿De noche? ¡¡ Ah, sí !!, es que llego tarde a casa y es el único momento que tengo para regarlas». Se despidió y creo que para siempre, desde entonces nunca más lo volví a ver.