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Archivo para Abril, 2009

La gripe

Miércoles, Abril 29th, 2009

No sé usted, pero la mayoría de mis amigos son unos tipos simpáticos y creo que tenemos una cosa en común: una cierta sobredosis de estupidez. Alfonso Andrade, compañero de tareas periodísticas, un día cogió un bolígrafo, lo lanzó por el aire como si fuera un avión de papel y me preguntó. «¿Sabes qué deporte es este?» y sin tiempo a que reaccionara me contestó «Aerobic». Ya antes, pero desde que vi el Bic volando, sabía que a Andrade y a mí nos unía algo más que una buena amistad: el absurdo, pero el absurdo más absoluto.

Así, un día, hablando de la gripe, de ese fenómeno natural y excepcional que casi todos los años te lleva a la cama, me comentó: «¿No crees que la gripe es una enfermedad muy democrática?». Y entonces no sólo me explicó que afectaba por igual a ricos que a pobres, a huérfanos que a familias numerosas, a empleados y parados, sino que, como bien común universal, debería ser considerada Patrimonio de la Humanidad. También convinimos que debería figurar en el Estatuto de los Trabajadores como unas vacaciones más durante el año, como la Semana Santa, las Navidades o el Carnaval.

Pero como Alfonso Andrade y yo tenemos siempre una cierta tendencia a analizar en profundidad las cosas llegamos a la conclusión de que es algo más que una enfermedad; es una necesidad porque tiene un aspecto de todos conocidos y que es la recaída. Y ahí está la clave del éxito de esta enfermedad que nadie osa erradicar, la recaída, porque es tan difícil saber si estás bien, que cuando crees que estás curado, entonces surge esa frase implacable que te llena de gozo. «¿Y si recaigo, y si…». Y es que hay tantos hermosos y preciosos «y sis..» y, sobre todo, estás tan feliz en cama con tu portátil, tus pelis, tu paquete de tabaco y tu mp3, que te dices: «No, hoy no voy al trabajo, ni hablar. No vaya a ser que recaiga y… ». Y no vas, y no vas y no vas y no hay tío en el mundo que te levante, te llenas de razón y, eso, ya lo dijo Andrade: la gripe, un bien común, Patrimonio de la Humanidad.

Una sentencia inapelable

Lunes, Abril 27th, 2009

Buenos días, aunque sea lunes.

No digo todas, pero de sobra es conocido que algunas sentencias no hay por donde cogerlas; pero en su gran mayoría están muy bien estudiadas y fundamentadas en todos su aspectos para no dejar duda alguna o flecos que sean motivo para ser revocadas o mal interpretadas.

 Una de las que en principio podría ser objeto de un gran debate fue dictada cerca de Burgos, en la década de los años cincuenta por el juez Alejandro Ortiz de la Torre cuando España era muy distinta a la España actual. El asunto en cuestión fue que un día de feria en un pueblo, quienes iban a hacer negocio llevaban todo tipo de cosas para la venta. Allí, como haciendo una improvisada calle en la villa y sobre el suelo, podían verse objetos de cerámica, toda clase de hortalizas, frutas, carnes, pescados, gallinas, huevos, quesos, aperos de labranza, ropa, rosquillas… excepto esclavos, de todo.

La jornada transcurría con normalidad hasta que por ese pasillo pasó una burra con su dueño y detrás un burro también con su propietario. A saber lo que ocurrió, que las cosas del amor son difíciles de conocer y, sobre todo, irrefrenables; pero el hecho es que el burro montó a la burra y como esto de la fusión es un poco el desenfreno, entre burro y burra y en abruptos movimientos verticales rompieron numerosos objetos de cerámica. ¿Muchos, pocos?  Los suficientes como para que el alfarero dijera a los dueños de los animales que tenían que pagarle los desperfectos ocasionados; pero como ni el dueño del burro ni el de la burra estaban por la labor de apoquinar peseta alguna terminaron en el juzgado.

La cuestión a dilucidar era bien clara: ¿Quién era el culpable de los destrozos?, ¿quién tendría que abonar las piezas que alfarero había elaborado con sus manos?, ¿uno, los dos?  En efecto, los dos, pero…. ¿a partes iguales?  Pues no. La sentencia no dejaba lugar a dudas y más o menos se expresaba en estos términos. «En tanto en cuanto es el burro quien por natura monta a la burra, y teniendo este, por la situación referida y condición, dos patas en el suelo, y es la hembra la que tiene las cuatro sobre el mismo pavimento, es obvio suponer, por la imagen referida, que la burra, con sus patas, rompe el doble de cacharros que el burro, por lo que compete al propietario de esta pagar el doble que el dueño del macho». La sentencia, la verdad, no dejaba lugar a dudas. Como los penaltis, inapelable.

Los duros comienzos en el periodismo

Jueves, Abril 23rd, 2009

Dice el refrán que «presencia y buenos modales abren puertas principales» y creo que al menos, tras el primer artículo en el que explicaba el porqué del título «Al fondo a la derecha», lo más correcto sería una pequeña presentación para que el bloglector se diera cuenta (por su salud espero que no) de quien es el que esto escribe y los avatares que le llevaron a dedicarse al mundo de la oración (gramatical, se entiende) o, lo que es lo mismo. del sujeto, verbo y predicado, aunque sobre todo del sujeto, que hay bastantes.

Cuando comencé en el periodismo, no voy a decir que fuera una tragedia familiar, pero rozando estaba el asunto. Entonces, a principios de los ochenta, ser periodista era algo así como querer ser torero, actor, pintor o escultor. Más bien escultor, que son los que dicen que viven peor y hasta hay quien asegura haber visto a más de uno comiendo o royendo sus obras.

Lo desconozco. Lo que sí sé (y por lo que a mí respecta ya tengo el cupo cubierto) es que cuando iba con mi padre por la calle y se encontraba con un amigo que le comentaba que su hijo quería ser tal o cual, él decía: «Pues este dice que quiere ser periodista», y a «este» (que era yo) lo miraba como diciendo: «Mira que tengo una desgracia».

Razón no le faltaba porque tras un paso fugaz como corresponsal de El Correo Gallego en A Coruña, en mi primer trabajo serio, en el semanario El Orzán, como instalaciones teníamos dos habitaciones de la Asociación Profesional de la Prensa, con unos techos tan altos que se te podían escapar las ideas y no volver jamás, dos añejas mesas de madera con otras tantas Olivetti de hierro y cable de teléfono pero sin teléfono. Además, como si fuéramos pioneros del periodismo patrio rozando la epopeya no había calefacción, hasta nos llegó parecer normal que a una de las máquinas de escribir le faltara la letra «a» y que cuando se llevaban las pruebas a la imprenta pusiéramos una posdata que decía: «Donde haya un hueco en una palabra, póngase la letra a. Gracias». Y tan feliz nos quedábamos.

Pero todas esas contrariedades no eran lo peor, ya que el frío lo combatíamos con gruesos jerséis y abrigos, en ocasiones con guantes o frotándonos las manos, y el teléfono lo sustituíamos por patear la calle todos los días yendo a visitar a los personajes a sus casas o a sus despachos para entrevistarlos. Cobrábamos tarde, y aunque te habías «independizado» (tendría unos 24 años) a final de mes acudías a casa de tus padres para comer.

Y claro, esto de volver al rincón familiar con las orejas gachas (que uno tiene su orgullo), pues lo disfrazabas con un «vengo a veros», a la vez que recibías una sonrisa burlona de tu padre que sin decir nada pensaba: «Sí, hombre, a vernos. Anda, come, petardo, ¿a ver cuánto duras escribiendo?».

Era lo que más o menos esperaba del periodismo, y para esto y mucho más estaba preparado, pero para lo que no estaba era para que una vez que dispusimos de teléfono descubrieras que tu trabajo estaba más bien en el olvido. ¿Cómo lo supimos? Pues con las primeras llamadas. Telefoneabas a alguien y cuando decías que llamabas del semanario El Orzán, impepinablemente tu interlocutor te decía con un tono de sorpresa: «No, aquí no es el seminario» o «¿Que qué dice del seminario?». Y si volvías a llamar y te salía la misma persona porque te habían dado mal el teléfono lo normal era oír aquello de: «¡¡¡¡ Pero que cojo… de seminario !!!!!».

Así que en poco más de una semana, y con dos bemoles, al semanario terminamos llamándolo periódico. Que tampoco así lo conocían, claro, pero por lo menos le dábamos publicidad. Y al final, aunque no se vendía mucho, a mí siempre me quedó la duda de si era porque interesaba lo que escribíamos o por lo mucho que llamábamos y se compraba por curiosidad. Quiero pensar que un poco por las dos cosas; pero más por una, creo, porque un día, no sé por qué, nos cortaron el teléfono. Y así, amigo bloglector, empecé en esto de la oración, en lo del sujeto, verbo y predicado.

Al fondo a la derecha y el delincuente arrepentido

Lunes, Abril 20th, 2009

No niego que al decir «al fondo a la derecha» lo primero que uno piensa es en el cuarto de baño o en la cocina; pero eso sería quedarse en una visión simplista del asunto. La verdad es que no sé muy bien lo que hay al fondo a la izquierda, porque nunca he ido, supongo que el vacío; pero en «al fondo a la derecha» se cuece todo. Vas por ejemplo a Hacienda; bueno vas no, más bien te llaman, que es bastante diferente, y como tengas que hablar con alguien en un despacho, ni lo dudes, una voz asesina te dirá: «Siga, siga por allí, y al fondo a la derecha». Ese «siga, siga», te estremece, que es como si te dijeran: «Pasa, pasa que vas ver», y normalmente aciertan; pero no siempre son así tan dramáticas las situaciones. Si estás invitado a una fiesta en una casa de no fumadores o ex fumadores nada más entrar ya te dicen con una voz amable: «Y si quieres fumar, al fondo a la derecha».

El porqué casi todo está «al fondo a la derecha», lo desconozco. ¿Herencia de la época de Franco, quizás porque entonces lo último que se podía decir era izquierda?, tal vez. Lo que sí sé (y no me pregunte ahora si fue al fondo a la derecha o la izquierda), es que en el ámbito judicial coruñés todavía se recuerda el caso del magistrado Manuel González Nájera cuando tomó declaración a un delincuente que había cometido numerosos delitos.

Después de que le informaran que según el atestado policial el individuo que tenía ante sí estaba acusado de haber robado un coche, en un supermercado, en un kiosco y causado daños en un turismo para llevarse un radiocasete; el delincuente, al principio, negó los hechos que le imputaban, pero a medida que el juez seguía con el relato de las acciones que presuntamente había realizado, el caco, viendo la que se le caía encima confesó de plano. Entonces, como si le saliera del alma, el individuo se acercó a la mesa del juez, y en un arrebato a medio camino entre sinceridad y complicidad, en voz baja le dijo: «Mire, señor juez, si me deja libre, me voy al Gran Sol», a lo que el magistrado, también acercándose a la mesa que los separaba, le contestó: «Sí, hijiño; pero por lo de pronto, te vas a la Gran Sombra».