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Nuestro alienígena

Viernes, Octubre 28th, 2016

Recordamos El hombre que cayó en la Tierra en primer lugar por la película que protagonizó en 1976 David Bowie, enfundándose en la piel de un extraterrestre llegado del espacio exterior para salvar su planeta y, de paso, salvar a la humanidad de sí misma. Pero El hombre que cayó en la Tierra es, sobre todo, la inmensa novela publicada por Walter Tevis en 1963, que ahora reedita en español Contra. Fallecido en 1984, Tevis no pudo comprobar cuánto de anticipación había en el año 1988 que dibujaba en esta extraordinaria narración. Pero lo que sin duda logró con su novela fue destrozar los tópicos y prejuicios que pesaban sobre un género que, a fin de cuentas, es lo de menos en un texto que habla de lo que hablan los grandes clásicos: la irremediable soledad del ser humano, aunque sea a través de los ojos de un alienígena. O tal vez precisamente por eso.
Thomas Jerome Newton, supuestamente nacido en Iddle Creek, Kentucky, en 1903, es en realidad un ser llegado del lejano planeta Anthea. Le gusta leer poesía y beber ginebra seca (vicio que adquirió de su inseparable ayudante, Betty Jo). Aprendió todo lo que sabe de los terrestres viendo la televisión y llega a nuestro planeta con la idea de construir una gran nave espacial con la que transportar a los pocos cientos de antheanos que han sobrevivido a las guerras locales. Por eso, ante la creciente amenaza de las armas nucleares, Newton se convierte en un poderoso industrial dispuesto a colocar a sus congéneres en los puestos de decisión adecuados para que controlen a la humanidad y eviten así la inminente hecatombe atómica.
Tevis utiliza esta trama, donde confluyen la literatura sobre extraterrestres y la ciencia ficción, para indagar en su propia existencia y en la de todos nosotros, a través de las miradas cruzadas de Newton, Betty Jo y Nathan Bryce, un ingeniero químico al que confesará sus planes una noche de insomnio y alcohol en un hotel de Chicago. Por eso hay que acercarse a esta prodigiosa novela de alienígenas: para entender que los géneros no importan (o no existen) y que la taxonomía literaria está para dinamitarla.