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Entradas etiquetadas como ‘rostro pálido’

En busca de la sombra perdida

Domingo, agosto 26th, 2012

Hasta el aire, ya lo contó Luis Pimentel, traza su sombra sobre la hierba. Lo sabía Peter Pan, que pidió a Wendy que le cosiera la suya al talón para que no huyera por las techumbres y chimeneas de Londres. Manhattan, sin ir más lejos, no es más que una gran sombra de rascacielos de vidrio y acero. Y las catedrales y las pirámides se alzaron solo para proyectar su oscura silueta sobre el suelo de la antigüedad. Por eso, ahora que hasta para pedir un gin-tonic en el bareto del pueblo hay que escudriñar dos cartas de tónicas y ginebras más abultadas que la última parida de la literatura de aeropuerto, convendría que algún sesudo doctorando pusiera por escrito el catálogo de sombras del verano atlántico. Poco queda ya de aquella Hispania de Astérix y Obélix que una ardilla podía recorrer brincando de encina en encina, pero aún resisten un par de charcas verdes y umbrías. Sobreviven la sombra severa del castaño, la sombra de filigrana de los pinos, la sombra barroca y boscosa de la buganvilla, la sombra perfecta de la parra de vino del país (nada de parras travestis de kiwis peludos) e incluso la sombra proustiana de las muchachas en flor. Pero agoniza agosto y la sombra que salva al rostro pálido del sopapo solar que le fríe las meninges, la sombra que emerge del humus para oxigenar la epidermis y el tuétano, es la sombra sagrada de la vieja piedra tallada por los canteros en los soportales de Galicia hace dos o tres siglos. Porque, después de la liturgia del aperitivo, la sombra es el mayor invento de la historia de la humanidad.

Agitado, no mezclado

Domingo, agosto 19th, 2012

Este verano viene agitado –pero no mezclado, matizaría 007 aferrado a su martini- por la fiesta jolgorio que han montado bancos, banqueros y bancarios con las finanzas mundiales en general y las españolas en particular. Pensaba ingenuamente el rostro pálido que los bancos eran los lugares donde se guardaba la pasta de unos para prestársela luego a otros con ciertas virguerías contables por medio, pero resulta que lo que se custodiaba en estas lúgubres y blindadas casonas no eran fajos de billetes, sino agujeros. Redondos, contantes y sonantes como los inexistentes euros. La colección de cráteres, hoyos, buratos y simas suma a ojo un diámetro de cien mil millones de euros. Los mismos tipos que cavaron esa fosa de la Marianas con sus manos y sus bolsillos, o sea, los banqueros y los políticos (cargo que paradójicamente en algún caso incluso ha coincidido en el mismo avispado individuo) se afanan ahora en pontificar por esquinas y tertulias televisivas (que en muchos casos se parecen demasiado a las esquinas) las recetas para salir de la madriguera. Menos mal que cuando se apaga la tele y su absurda coreografía de corbatas, gominas y listillos, cuando se esfuman las pantallas y sus borrosos inquilinos, se enciende sobre la parra la astronomía del viejo mundo analógico y uno todavía puede ejercer su desobediencia civil abriendo un anticuado y amarillento libro de papel -sí, de papel, qué pasa, yo también soy un zombi- bajo el fanal donde crepitan los grillos y los coleópteros se meten un chute de luz.

Vuelve el jersey por los hombros

Domingo, agosto 12th, 2012

Lucir un jersey por los hombros es un simple corolario de la teoría del pádel. El fino estilista del pádel no juega al tenis ni al pimpón, sino a un estudiado término medio, y el tipo que se cuelga el jersey por los hombros al caer la tarde también es un mediopensionista del vestuario. Ni se pone la prenda ni se la quita del todo, se queda a medio gas, arropándose el cogote como para amortiguar una lluvia de collejas. Las mujeres, siempre más inteligentes y elegantes, jamás se ponen un jersey por los hombros, y al menos ya desde Hitchcock inventaron la famosa rebequita para esa hora incierta en la que no hace ni frío ni calor, lo que en Galicia viene a cifrarse en 15 grados (Celsius arriba, Celsius abajo). El problema de la moda es que se reduce básicamente a recuperar gestos trasnochados, como calzarse el jersey por los hombros, y resucitarlos años después con un barniz de modernidad. Cualquier día sacarán de su tumba al pasador de corbata y va a resultar que aquella horterada suprema es de nuevo más in que out. Lo del jersey también ha regresado de entre los muertos (otra vez Hitchcock). Pero, como todo hay que retocarlo levemente para que parezca que en algún sitio hay alguien que hace algo, la prenda ya no se lleva con las mangas colgando a su aire, ni siquiera anudadas deportivamente sobre el esternón. El fashion victim de hoy, mucho más avanzado, se enrolla el jersey al cuello como si fuera un fino fular de seda. El orondo Hitchcock vería en esa bufanda cursi y postiza la soga final de nuestra civilización.

El increíble horario menguante

Domingo, agosto 5th, 2012

El horario de verano es una innovación sin precedentes en el sistema laboral que no hay que confundir, pese a su asombroso parecido, con las vacaciones. Son casi lo mismo, pero con matices. En vacaciones uno, directamente, no va a trabajar. En el horario de verano uno tampoco va a trabajar, solo que indirectamente: el afortunado usuario de la llamada jornada continua sale de casa, entra en la oficina, ficha, se lleva al compañero a tomar café, vuelve a recoger la chaqueta de la silla, apaga el ordenador y a casita. Es lo mismo, pero con un rodeo. El horario de verano consiste, en esencia, en que como hace calor y a la peña no le apetece trabajar, pues se llega a un acuerdo salomónico entre la parte contratante y la parte contratada: se entra más tarde y se sale antes, para no abusar, que el termómetro está desatado y tampoco es cuestión de sudar la gota gorda ante la clientela. No todo el mundo tiene horario de verano, claro. En la empresa privada casi no se ha detectado su presencia. Pero en los bancos, que ya no me acuerdo si eran públicos o privados o simplemente rescatados, el horario estival es algo sagrado que alcanza su apogeo en la llamada Semana Grande, que parece que dura siete días como todas, pero en realidad apenas da para media hora bien exprimidita. Una vez el rostro pálido intentó arreglar un papel en una sucursal bancaria en plena Semana Grande y, claro, entre que le dio al timbre, abrieron la puerta, cogió su ticket, salió el número y llegó a la ventanilla, ya había transcurrido la jornada continua. Debe ser eso que llaman conciliación.

Los bárbaros del norte ya están aquí

Domingo, julio 29th, 2012

Los alemanes son esos señores de bigote y bermudas infumables (la prenda, no los alemanes) que se pasean en chancletas por el Obradoiro como si estuviesen a punto de expropiar la catedral de Santiago (Códice Calixtino incluido) para saldar a las bravas el pufo multimillonario que parece ser que tenemos con el Bundesbank o el Deustchenosequé. Se creen estos tipos estirados y pagados de sí mismos que por habernos puesto una autopista, un aeropuerto y un paseo marítimo en cada esquina del país tienen los mismos derechos que ejercía aquel oficinista con manguitos de la posguerra que ponía piso con jaula de periquitos a su amante estrábica.
Al alemán, ya lo dijo Woody Allen, le enchufas un disco de Wagner y le entran unas ganas locas de invadir Polonia. Ahora han adquirido algo más de modales y ya no aterrizan al ritmo de la Cabalgata de las valkirias, sino bailoteando muy ceremoniosos la bachata del chiringuito playero, y desembarcan en el sur de Europa con sus panzas en lugar de con sus panzer, lo cual es muy de agradecer.
Los alemanes son como ese tío rico que hizo las Américas y viene de visita a la aldea para pasar su abultada billetera por los morros de sus paisanos, solo que los paisanos de este cuento somos los llamados pigs (Portugal, Italia, Grecia y España), a quienes los teutones miran con aire displicente para demostrar que, en realidad, nunca hemos dejado de ser las fregonas y los mayordomos de Europa.
Con los romanos no pasaban estas cosas. Ellos sabían cómo tratar a los bárbaros del norte.

El primo sabelotodo

Domingo, julio 22nd, 2012

El veranito, ya se sabe, arrastra consigo una estela de festejos, comilonas y otros roces familiares. Sobre todo ahora que los tiempos vienen crudos. Porque, como recalcaba Vito Corleone mientras atusaba el lomo a su felino remolón, al final, cuando todo lo demás falla y la cosa se pone chunga de verdad, la familia es lo único que importa.
La familia autóctona se parece sospechosamente al clan de los Corleone. No por su afición a dejar cabezas de caballo sobre la almohada del capullo de turno, sino por ese caos telúrico de primos, exesposas y sobrinos chinchones.
El clímax —que diría Siffredi— de todo este rebumbio familiar se alcanza en ese tiempo fuera del tiempo que es la sobremesa del domingo, cuando el licor café causa estragos y se viene arriba el primo en tercer grado de la cuñada del rostro pálido. Al primo sabelotodo le va muy bien en Madrid, puntualiza la cuñada, así que a nadie le espanta que este enciclopedista de salón de té suba con desparpajo a la red y lo mismo diserte sobre el hurto del Códice Calixtino que sobre la caza y captura del bosón de Higgs en los meandros secretos de los aceleradores de partículas. Todo con la misma profundidad, centímetro arriba centímetro abajo, con la que Belén Esteban hincó el raño en la arena de O Bao para pillar las vigorosas almejas de A Illa de Arousa.
Menos mal que el abuelete, el entrañable don Vito de nuestro clan, vapuleado por dos guerras mundiales y una civil, fulmina de un solo guantazo al sabelotodo:
—¿E logo ti non serás o primo ese de riesgo?

Los mocos no son para el verano

Domingo, julio 15th, 2012

Una de las saludables ventajas que brinda el verano al incauto rostro pálido es que, para que el sistema inmune no baje la guardia ni un milímetro, los virus y sus primos terceros de Helsinki siguen pululando por nuestras fosas nasales y demás orificios para que no nos despistemos creyendo que la vida es coser y cantar, o sea, tumbarse en la arena, nadar y leer un libro a ratos. Chorradas. Ni siquiera el sobrevalorado estío nos da una tregua. Y entre las torturas que aguardan agazapadas en las trincheras del verano urbanita hallamos esa ducha escocesa gratuita, pública y universal que nos zumba alternativamente con el sol a plomo que derrite las sombras sobre las aceras y el aire acondicionado a caño libre con el que nos atizan en centros comerciales, autobuses y otras emboscadas municipales. Con tanto viajar de cero a treinta grados en media décima de segundo el atribulado veraneante acaba una tarde cualquiera en la camilla de Urgencias con cuarenta de fiebre en la axila izquierda (la derecha ya no está para demasiados chistes). Y lo que en pleno diciembre sería un llevadero y hasta entrañable resfriado casero, el clásico y bondadoso constipado que se amaña con sopas, lana y café con gotas, a mediados de julio es un sopapo en todo los morros que eleva la temperatura corporal del paciente al borde de la desconfiguración de las proteínas. Acorralado, el rostro pálido dobla la apuesta: mete la cabeza en el microondas y le da a tope al botón de la pizza. O se esfuman los mocos o pilla moreno de grill.

Tres rostros pálidos

Miércoles, septiembre 1st, 2010

Por esas cosas de que no siempre coincide exactamente el periódico con su reflejo en Internet, se me habían quedado en el tintero tres columnas del Rostro Pálido que salieron en papel, pero no en el blog. Aquí las planto por si todavía hay alguien por ahí que no esté saturado del tema. Gracias a todos por vuestros comentarios y ánimos. Un enorme y blogosférico abrazo.

El niño de la pelota (17 de julio)

El experimento es sencillo. Se agarra un puñado de arena y se arroja al suelo. Al rato, como muy tarde a los cinco minutos, aparecen un niño y una pelota. Nadie ha estudiado a fondo este misterio. En Oxford sospechan que tiene algo que ver con la ley de la gravitación universal de Newton. No sé, pero el caso es que igual que los rostros pálidos y el sol nos repelemos mutuamente, la arena y el niño de la pelota se atraen sin remedio. Otro truco para hacer aparecer al niño de la pelota es abrir un libro. Supongamos que, por un error, estamos bajo una sombrilla en la playa y se nos ocurre agarrar esa novela que no conseguimos leer en invierno. Ya en la primera página, qué digo, en el primer párrafo, aparece el niño y de un pelotazo manda el libro a pastar entre las arenas, que no serán movedizas, pero se tragan el tocho en una décima de segundo. Pero este verano promete. Porque al nene del balón le ha comprado su papá un Jabulani, esa esfera que solo Iniesta consiguió domesticar. Ni Einstein podría predecir en qué calva va a aterrizar la bola de las pelotas.

Horteras (18 de julio)

En verano, el hortera que todos llevamos dentro muchos lo llevan por fuera. Probablemente esta sea una de las mayores paradojas de la historia de la humanidad: el hortera playero logra, con un mínimo imprescindible de prendas sobre el pellejo, agredir de forma inmisericorde la vista de los incautos paseantes.
Con el sol sobre el pescuezo aparecen las camisetas de sobaquillos al aire, las bermudas caídas para lucir los gayumbos de flores, las sandalias con calcetines, las gafas de sol calzadas sobre el pelo engominado —¿tal vez para iluminar el cerebro que, suponemos, viaja debajo de la gomina?— y, por supuesto, las omnipresentes riñoneras.
La riñonera, que parecía inofensiva cuando la llevaba el honesto cobrador del tranvía, ha resucitado diabólicamente como alforja posmoderna del hortera, que ni siquiera la deja en la tumbona cuando va a remojarse los pies en la espuma del mar, no vaya a ser que lo llame su cuñado al móvil justo en ese momentito. La riñonera, por sí sola, bastaría para odiar el verano.

Pieles rojas (19 de julio)

El zoo humano del verano es casi el mismo que el de las pelis del Oeste: el mundo se divide en rostros pálidos y pieles rojas. Por lo menos ahora, en estos tiempos sosainas, indios y vaqueros no se lían a tiros, ni se arrancan las cabelleras a las primeras de cambio. A estos especímenes se añade la denominada mojama o uva pasa, que es esa señora que se quedó dormida tres horas en la lámpara del solario —o en la toalla, a la hora del melanoma— y acabó como absorbida, deshidratada, hecha una cecina y lista para envasar. También hay seres mutantes, y no me refiero a los diputados, sino a esos guiris que pasan en cuestión de segundos de rostro pálido a piel roja. Son esos entusiastas nórdicos que miran muy sorprendidos la taquilla de la plaza de toros, porque no entienden que el tendido de sombra sea más caro que el de sol (por el que apoquinan sus buenos euros sin pestañear). Van por ahí, colorados como centollas recién hervidas, hasta que en un semáforo cualquiera los recoge una ambulancia del 061 rumbo a la unidad de quemados, sección churrasco de guiris.

Vacaciones de las vacaciones

Martes, agosto 31st, 2010

La peña está muy pero que muy equivocada. Lo que más agota no es trabajar diez horas en la oficina, para nada, lo que te deja exhausto, pero de verdad, es descansar. En el curro hay cierto orden y, llegado el caso, hasta puedes ir a Magistratura a preguntar qué hay de lo tuyo. Pero en vacaciones el día resulta que tiene 24 horas, vaya desfase, y la gente, en vez de tumbarse en una hamaca a contar las agujas del pinar, tolea del todo y se pone a hacer cosas rarísimas que jamás haría en invierno, unas cosas que acaban siempre en ing o en surf, qué manía, rafting, kitesurf y en ese plan. Y, claro, el veraneante, o se rompe directamente la crisma, o remata en el desguace, buscándose a sí mismo entre la chatarra, porque a esas paridas de importación suma otros deportes de riesgo, como aturar críos propios y ajenos o visitar cascos históricos. Menos mal que todo tiene un límite, incluso agosto. Porque de tanto haraganear ya estaba al borde del jamacuco.

El Tetris del maletero

Lunes, agosto 30th, 2010

Para los manazas patológicos, los que aprobábamos con un suficiente raspadito la maldita Pretecnología, los que nos pasamos la vida dentro de un capítulo de Mr. Bean, hoy, penúltimo foguete de agosto, toca superar uno de los grandes martirios del verano: resolver el Tetris del maletero, o sea, volver a meter en el monovolumen eso que a la ida cabía daquela maneira, forzando un poco los engranajes y las cremalleras, y al regreso, con los añadidos, ya no encaja pero es que ni echando mano de los cerebros de la logística portuaria. Comparado con estibar unos contenedores a pie de muelle, lo del puzle de las maletas sí que es una machada, porque hay que tener agallas para darse de guantazos con ese burato enmoquetado y tétrico (que viene de Tetris), en el que los bultos se expanden a mayor velocidad que el universo, mientras ya hay un plasta que pita y pita porque quiere aparcar en tu sitio. Los gánsteres de las pelis sí que sabían dar buen uso a un maletero.

ojd