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Entradas etiquetadas como ‘revival’

Las edades del hombre

Jueves, enero 21st, 2010

No sé quién dijo que la prueba irrefutable de que te has hecho mayor llega ese día en que compruebas, estupefacto, que ya eres más viejo que los jugadores de fútbol, esos mismos tipos a los que en la infancia contemplabas a una distancia cronológica casi infinita. Esta teoría, absolutamente inamovible, la vamos trampeando durante un tiempo, echando mano de las fichas de algún que otro portero o central talludito que, a base de gimnasio, prolonga su carrera hasta el filo de los 40 tacos. Pero, según avanza esta movida de los quinquenios y sus incertidumbres, van escaseando los peloteros que pasan de las 35 castañas.

Llega entonces otro instante demoledor: uno descubre que ya no tiene la edad de los futbolistas, sino de los entrenadores. Me acaba de suceder hace unos días. El 18 de enero, para ser más precisos. Cuando las teles relataron que Pep Guardiola, cosecha del muy interesante 1971, cumplía 39 años. Cielos. El tío que ha ganado seis títulos en una temporada con el Barça sólo me saca un mes y pico sobre el planeta Tierra.

A punto de sumar en mi cuenta los 39 tacos de Guardiola, y con la vitrina de las Copas de Europa todavía de vacío, sólo me queda un consuelo en esta peculiar cronología futbolera: aún no he llegado a la edad de los seleccionadores nacionales. Del Bosque queda muy lejos.

Acordes en espiral

Miércoles, diciembre 9th, 2009

Lo sopla  Julio Ruiz en Disco grande, de Radio 3. “Respondiendo a las peticiones de muchos humanoides y gilivatios”, TVE ha colgado en Acordes en espiral una antología de vídeos de la Bola de cristal. Un programa de cuando la tele para niños tenía claro que los niños son sólo eso, pequeños, no estúpidos. Qué enorme era aquella bola que a todo el mundo le mola. A flipar con el revival, electroduendes.

Pippi, cincuenta tacos

Lunes, mayo 4th, 2009

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Los que somos padres vivimos, por medio de nuestros pequeños, una especie de revival de la infancia. Parte de ese viaje en el tiempo consiste en recuperar algunas de las películas y series que nos chupábamos de niños, cuando sólo había dos cadenas, la 1 y la 2, y el mando a distancia éramos nosotros, los cativos. Como habitábamos en la alfombra, de vez en cuando nos mandaban de enviados especiales a la tele, a cambiar.

-Niño, cambia la tele.

-Voy.

Y allá iba uno, a darle al botón. Era un misterio por qué la tele tenía ocho botones, porque sólo se usaban el 1 y el 2, que estaban ya medio machacados, mientras que del 3 al 8 los números lucían nuevecitos, como recién pintados. Después del mando a distancia humano todavía hubo un paso intermedio antes de la llegada de estos mandos a distancia actuales, que vienen con un libro de instrucciones más gordo que el tocho aquel del Petete. El paso intermedio, a lo mejor alguno se acuerda, era un mando con cable, que se enchufaba a la tele o al vídeo y era como una liana cruzando el salón sobre la alfombra, que ya digo que era nuestra auténtica casa.

Bueno, pues con toda esta vaina nostáglica y ochentera lo que venía yo a contar es que veía entonces, con la merienda, series como Pippi Calzaslargas, que ahora le enchufo a mi niña para que vaya aprendiendo a hacerse la sueca. Le encantan Pippi, su caballo Pequeño Tío, el mono Señor Nilson y sus dos grandes amigos: Tommy y Annika. Las andanzas surrealistas de Pippi hoy en día no se emitirían por la tele en ningún canal políticamente correcto, porque claro, una niña que vive sola con un mono y un caballo, porque su padre anda por ahí haciendo de las suyas por los mares del sur, una niña que fuma en pipa y que no va a clase porque no quiere aprender a «plumificar», pues ya me contaréis adónde va a parar en un mundo como este. Creo que no han prohibido la venta de Pippi en DVD porque no se han dado cuenta todavía, pero la gente que le borra un pitillo de la mano a Sartre ya nos imaginamos qué haría con las escenas en que Pippi se pule una pipa tamaño gigante. Bueno, pues por eso precisamente me gusta que mi hija vea de vez en cuando algo más gamberro que los mundos plastificados de Playhouse Disney.

Y por eso me ha hecho sentir un poco extraño leer en lavoz.es que la actriz que encarnaba a aquella niña que dormía con los zapatones calzados ha cumplido hoy cincuenta tacos sin poder huir nunca de su personaje. Medio siglo en los lomos de Pippi. ¿Qué habrá sido del mono y del caballo?

Actualización: Viene al pelo este revival de La bola de cristal en Entrenómadas. Qué grande era ese programa.

Telegraph Road

Sábado, agosto 23rd, 2008

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A ver quién es el guapo que se atreve, en el 2008, a componer, interpretar, y ya no digamos a publicar, una canción de trece minutos. El solo final es único, aunque eso ahora, claro, ya no está de moda, pero es que las cosas que están de moda, al final, lo que sucede es que pasan de moda y listo. Por cierto, creo que una revista especializada en música ha hecho una lista con los grandes guitarristas de la historia del rock y no sé por dónde ha dejado a Mark Knopfler, porque en anteriores nóminas lo habían colgado por el escalón número 27 o así.

A disfrutar de la alquimia de Dire Straits (puros ochenta, sí, qué pasa), aunque sea en dos capítulos, porque en las escuetas dosis de YouTube no cabe esta enorme canción. El que pueda, que la escuche con ese trasnochado e impagable crujido que da el vinilo, con sus rayaduras y sus posos de polvo. La letra, por cierto, es de las que se te quedan incrustadas en la memoria, como uno de esos obstinados moluscos que no se despegan de su roca pintada de algas ni con una bomba de hidrógeno. Ya me callo. Aquí Telegraph Road, aquí unos amigos.

Los ochenta en estado puro

Lunes, agosto 11th, 2008
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Los ochenta empezaron muy mal. El 8 de diciembre de 1980 Mark David Chapman asestaba cuatro tiros en la puerta del edificio Dakota de Nueva York a John Lennon, que sólo unas horas antes había estampado su autógrafo en el álbum Double Fantasy que le había tendido el asesino. 1982 fue la hecatombe del Mundial y del maldito Naranjito, que nos amargó la infancia a todos los enanos que ingenuamente creíamos que Zamora, Satrústegui, Arconada y demás paquetes de aquella selección innombrable iban a hacer algo más que caer eliminados a las primeras de cambio. Alucino cuando, por ejemplo, en A Coruña o Santiago, todavía veo abierto algún bar que luce el fatídico cartel: Mundial 82, como si aquel cataclismo absoluto fuera algo para recordar. Hombre, yo celebro que en aquel campeonato, con once añitos de nada, al menos fui a Riazor a ver un partido entre Perú y Polonia, que tenía en plantilla al gran Grzegorz Lato, que, calvo y todo, se cascó algún golito aquella tarde. Naranjito, encima, nos endosó una cutre serie de dibujos animados junto a un pasmón llamado Sport Billy. Creo que en casa de mi madre aún guardo, como una reliquia, una toalla playera con la jeta de los dos timadores, Naranjito y Sport Billy. Menudos trileros estaban hechos los tíos.

Los ochenta, ya digo, no tenían buena pinta, hasta que, un día, descubrimos una canción que salvaba la partida, que apuntaba otros senderos más allá de Naranjito, las cantadas de Arconada y el bastardo Chapman, que nos robó a uno de los grandes cuando sólo contaba cuarenta tacos. Tenía cuerda para rato Lennon, a pesar de Yoko Ono y sus alaridos. Bueno, pero, insisto, llegó Bryan Ferry, un año después de que se cargaran a Lennon, y quiso rendirle un homenaje al maestro con su banda, Roxy Music. Le acusaron de querer hacer caja con la muerte del autor de Jealous Guy. Pero Ferry y Roxy Music pasaron mucho del tema. Lo suyo era un auténtico tributo, que les sirvió, sí, para llegar al número uno en Inglaterra. Pero es una versión honesta, sincera, de la enorme canción de Lennon. Un pedazo de música. La escenografía, la vestimenta de Ferry y, en fin, la atmósfera entera del vídeo son los ochenta en estado puro. Sí, esa década maldita, de la que hablaré otro día, porque se la tengo jurada por otros asuntos que ahora no vienen a cuento. Ahora es mejor escuchar a Roxy Music y este prodigioso Jealous Guy en la voz personal e intransferible de Ferry. Bienvenidos (de regreso) a los ochenta.

Mazinger Z

Sábado, julio 26th, 2008
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Mazinger Z es la gran serie de dibujos de mi infancia. Ni Comando G, ni Ulises 2000, ni Érase una vez el hombre, ni Heidi, ni La abeja Maya ni, por supuesto, el turras de Marco y sus Apeninos y sus Andes. No. Mazinger es, sencillamente, el número uno, el punto y aparte, el gigante, el coloso. Es asombroso cómo, si uno pasea unos minutos por YouTube, descubre que tiene en el fondo del cerebro, atrincheradas no se sabe dónde, un filón de escenas que no veía desde hace treinta años o así. Ahí están, en una cuerda floja tendida entre el circo de las neuronas, las acrobacias de Mazinger, su fuego de pecho, y las andanzas de su novia, la incombustible Afrodita A y su legendario grito de guerra: ¡Pechos fuera! Recordemos, de hecho, que la primera vez que Mazinger levanta el vuelo es aferrado a las tetas-misiles que Afrodita había lanzado al espacio. Ya lo ha dicho aquí Prometeo: en aquel tiempo Ronald Reagan andaba planeando la guerra de las galaxias y la novia de Mazinger ya andaba por ahí con un silo de misiles en el canalillo. Eso sí que era igualdad de género: al fuego de pecho del robot respondía la robota (Prometeo díxit) con sus pechos fuera. Tanto monta, monta tanto.

Bueno, os dejo con estos impagables dibujos (en los que aún se aprecia el trazado del lápiz, no como esas superficies perfectamente lacadas de la actual animación) y os recomiendo un viajecito nostálgico por YouTube (hay capítulos enteros circulando por ahí). La canción de apertura de la serie no tiene desperdicio. El tipo que interpreta la banda sonora imita a Raphael. ¿Será el original o un plagiario? Quién sabe. Pero Mazinger no admite copias. Es único entre un millón.

Teleñecos de museo

Miércoles, julio 23rd, 2008

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El Smithsonian de Washington, que no es precisamente un museo de chiste, le dedica estos días una exposición a Jim Henson, el creador de los teleñecos de Barrio Sésamo. Las míticas marionetas saltaron a los papeles el año pasado porque en Estados Unidos su edición en DVD había caído en las zarpas de la censura debido a que la pandilla de Sésamo no encaja ya, treinta años después, en los cánones de lo políticamente correcto (o sea, correctísamente ñoño, peñazo y demás palabras con eñe que no me atrevo a escribir). Un delirio, vaya.

Menos mal que el gran museo de la capital yanqui restaña un poco las heridas con esta exposición en la que, pasando mucho de los censores y de sus tijeras de mente estrecha, resucitan la rana Gustavo, intrépido reportero que generó más vocaciones periodísticas que el orondo Lou Grant; la acosadora cerdita Peggy; Coco y sus mundos imaginarios y volátiles; el conde Draco y sus matemáticas dementes; Triki, el entrañable monstruo de las galletas, al que algún espabilado quiere recetar la dieta del pomelo; y, claro, Epi y Blas, que inventaron la pareja de hecho antes de que ZP siquiera soñase con llegar a la Moncloa, y que, según los analistas, forman el dúo que mejor ha representado en la pantalla el desgaste que genera la convivencia, llámese matrimonio o colegas con beneficios. Esas escenas de las camas gemelas, con Epi quemando a Blas a golpe de réplicas y contrarréplicas, son el gran retrato del roce conyugal, que, ya se sabe, a veces hace el cariño y otras, en cambio, acaba en el juzgado. Toma revival.

Revival

Viernes, julio 11th, 2008
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Será por tocar las napias, pero me ha entrado saudade de la infancia, de la niñez, de esa pequeña isla del tesoro de la que ya no queda apenas nada, y hasta de la adolescencia, ese infierno diminuto al que uno sobrevive por la música, por los amigos (sí, y por las amigas, claro), por aquel libro que leímos por primera vez, yo qué sé, por una colección de instantes que luego convertimos en leyenda porque teníamos catorce años y nos lo estábamos pasando bien. Pero que muy bien. No es que te gustara especialmente aquella maldita canción de Spandau Ballet, sino que, cuando sonaba aquel tema romanticón, y hasta algo cursi, tú te lo estabas montando de cine, una tarde cualquiera, qué más da, con los colegas. Bueno, os dejo aquí, en plan revival, el vídeo de Gold, de Spandau Ballet, tema en el que se inspira ese anuncio sobre la generación del baby-boom (sí, la mía, qué pasa) del que nos habla el amigo Nacho en La Huella Digital. Si sobrevivimos a esta música, a estas hombreras, a estos cardados, esa crisis que nos anda tocando los genitales no puede ni lamernos la suela del zapato.

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