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Entradas etiquetadas como ‘nostalgias’

Pippi, cincuenta tacos

lunes, mayo 4th, 2009

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Los que somos padres vivimos, por medio de nuestros pequeños, una especie de revival de la infancia. Parte de ese viaje en el tiempo consiste en recuperar algunas de las películas y series que nos chupábamos de niños, cuando sólo había dos cadenas, la 1 y la 2, y el mando a distancia éramos nosotros, los cativos. Como habitábamos en la alfombra, de vez en cuando nos mandaban de enviados especiales a la tele, a cambiar.

-Niño, cambia la tele.

-Voy.

Y allá iba uno, a darle al botón. Era un misterio por qué la tele tenía ocho botones, porque sólo se usaban el 1 y el 2, que estaban ya medio machacados, mientras que del 3 al 8 los números lucían nuevecitos, como recién pintados. Después del mando a distancia humano todavía hubo un paso intermedio antes de la llegada de estos mandos a distancia actuales, que vienen con un libro de instrucciones más gordo que el tocho aquel del Petete. El paso intermedio, a lo mejor alguno se acuerda, era un mando con cable, que se enchufaba a la tele o al vídeo y era como una liana cruzando el salón sobre la alfombra, que ya digo que era nuestra auténtica casa.

Bueno, pues con toda esta vaina nostáglica y ochentera lo que venía yo a contar es que veía entonces, con la merienda, series como Pippi Calzaslargas, que ahora le enchufo a mi niña para que vaya aprendiendo a hacerse la sueca. Le encantan Pippi, su caballo Pequeño Tío, el mono Señor Nilson y sus dos grandes amigos: Tommy y Annika. Las andanzas surrealistas de Pippi hoy en día no se emitirían por la tele en ningún canal políticamente correcto, porque claro, una niña que vive sola con un mono y un caballo, porque su padre anda por ahí haciendo de las suyas por los mares del sur, una niña que fuma en pipa y que no va a clase porque no quiere aprender a «plumificar», pues ya me contaréis adónde va a parar en un mundo como este. Creo que no han prohibido la venta de Pippi en DVD porque no se han dado cuenta todavía, pero la gente que le borra un pitillo de la mano a Sartre ya nos imaginamos qué haría con las escenas en que Pippi se pule una pipa tamaño gigante. Bueno, pues por eso precisamente me gusta que mi hija vea de vez en cuando algo más gamberro que los mundos plastificados de Playhouse Disney.

Y por eso me ha hecho sentir un poco extraño leer en lavoz.es que la actriz que encarnaba a aquella niña que dormía con los zapatones calzados ha cumplido hoy cincuenta tacos sin poder huir nunca de su personaje. Medio siglo en los lomos de Pippi. ¿Qué habrá sido del mono y del caballo?

Actualización: Viene al pelo este revival de La bola de cristal en Entrenómadas. Qué grande era ese programa.

El lugar de los hechos

miércoles, octubre 29th, 2008

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Dicen que cuando somos jóvenes amamos los suburbios y lo sórdido y que, a medida que envejecemos, buscamos el centro de las ciudades y los escenarios luminosos. Es como si una brújula secreta nos llevase a rastrear las huellas de esa luz que vamos perdiendo. Volvemos entonces a los lugares de los hechos, esas calles, esquinas y paisajes que son lo que hemos sido, como esa ventana que en el jardín de San Carlos se abre sobre A Coruña; o la escalinata que en Lugo baja de la plaza Mayor a la catedral y en la que se lee una placa con algo de Luis Pimentel, el poeta que supo ver la sombra del aire en la hierba, otro enorme poeta de las cosas minúsculas; o la Luna como una inmensa epifanía sobre las nieves de los montes Bitterroot en Montana; o la piedra de oro de la Quintana dos Mortos en Compostela; o la Merrion Square de Dublín, donde la primavera, esa palabra sodomizada en tantos versos, a veces adquiere sentido; o unos azulejos borrosos de lluvia en el carrer Petritxol de Barcelona; y tantos otros rincones en los que han quedado jirones de carne, de palabras, de ese yo infinitesimal que somos a cada paso en los lugares de nuestros hechos.

Fotografía: Merrion Square, Dublín, en 1900. Fuente: The National Archives of Ireland, www.nationalarchives.ie

Los ochenta en estado puro

lunes, agosto 11th, 2008
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Los ochenta empezaron muy mal. El 8 de diciembre de 1980 Mark David Chapman asestaba cuatro tiros en la puerta del edificio Dakota de Nueva York a John Lennon, que sólo unas horas antes había estampado su autógrafo en el álbum Double Fantasy que le había tendido el asesino. 1982 fue la hecatombe del Mundial y del maldito Naranjito, que nos amargó la infancia a todos los enanos que ingenuamente creíamos que Zamora, Satrústegui, Arconada y demás paquetes de aquella selección innombrable iban a hacer algo más que caer eliminados a las primeras de cambio. Alucino cuando, por ejemplo, en A Coruña o Santiago, todavía veo abierto algún bar que luce el fatídico cartel: Mundial 82, como si aquel cataclismo absoluto fuera algo para recordar. Hombre, yo celebro que en aquel campeonato, con once añitos de nada, al menos fui a Riazor a ver un partido entre Perú y Polonia, que tenía en plantilla al gran Grzegorz Lato, que, calvo y todo, se cascó algún golito aquella tarde. Naranjito, encima, nos endosó una cutre serie de dibujos animados junto a un pasmón llamado Sport Billy. Creo que en casa de mi madre aún guardo, como una reliquia, una toalla playera con la jeta de los dos timadores, Naranjito y Sport Billy. Menudos trileros estaban hechos los tíos.

Los ochenta, ya digo, no tenían buena pinta, hasta que, un día, descubrimos una canción que salvaba la partida, que apuntaba otros senderos más allá de Naranjito, las cantadas de Arconada y el bastardo Chapman, que nos robó a uno de los grandes cuando sólo contaba cuarenta tacos. Tenía cuerda para rato Lennon, a pesar de Yoko Ono y sus alaridos. Bueno, pero, insisto, llegó Bryan Ferry, un año después de que se cargaran a Lennon, y quiso rendirle un homenaje al maestro con su banda, Roxy Music. Le acusaron de querer hacer caja con la muerte del autor de Jealous Guy. Pero Ferry y Roxy Music pasaron mucho del tema. Lo suyo era un auténtico tributo, que les sirvió, sí, para llegar al número uno en Inglaterra. Pero es una versión honesta, sincera, de la enorme canción de Lennon. Un pedazo de música. La escenografía, la vestimenta de Ferry y, en fin, la atmósfera entera del vídeo son los ochenta en estado puro. Sí, esa década maldita, de la que hablaré otro día, porque se la tengo jurada por otros asuntos que ahora no vienen a cuento. Ahora es mejor escuchar a Roxy Music y este prodigioso Jealous Guy en la voz personal e intransferible de Ferry. Bienvenidos (de regreso) a los ochenta.

La resurrección del emepetrés

viernes, agosto 1st, 2008

Salvando, amigo Christian, las enormes y obvias distancias entre estas cutres farrapadas y aquella lección diaria de periodismo literario titulada Á marxe, esto del emepetrés me está recordando las deliciosas historias que nos contaba Carlos Casares sobre su gato Samuel. Lo digo únicamente porque el artilugio de marras se empeña en aparecer una y otra vez en este rincón bloguero de La Voz, como aquel felino, que asomaba de vez en cuando sus mostachos por la contraportada del periódico y que, gracias al talento narrativo de Casares, siempre nos dejaba con una sonrisa en los labios. Y en el cerebro.

Bueno, pues el emepetrés, que dábamos por difunto en pasados episodios, ha resucitado, aunque sólo sea parcialmente. Me explico. La presunta defunción se produjo por la salida al espacio exterior de esa ruedecita que tienen estos aparatos para ir pasando las canciones. De tanto andar saltando de Nick Cave a Stone Roses, la rueda se descalabró. La espichó. Sin más. Ya no se dejaba girar. De hecho, cuando conté aquí mis penas, el artefacto no respondía. Había palmado. Hoy, de repente, la rueda se encajó sola, no sé muy bien cómo, y, aunque no permite pasar las canciones, sí deja escuchar la música comprimida en su giga de memoria, deslizando las canciones a su bola, sin atender a razones ni mandos. O sea, que tengo que oír los temas en el orden que disponga el bicho. Pero, al menos, el emepetrés ya respira. Tiene pulso. La chatarrería tendrá que esperar.

El pequeño chamarilero

miércoles, julio 30th, 2008

Iba a escribir un comentario para responder a Prometeo, pero, como casi siempre, la cosa se me ha ido de las manos y he acabado perpetrando un post, aunque, por supuesto, no es que uno tenga muy claro tampoco dónde termina un comentario y empieza un post, si es que esas fronteras de género (de género literario, que no se me irrite Bibiana) tienen algún sentido hoy en día. Bueno, a lo que íbamos. Prometeo, yo también practicaba de niño ese entrañable oficio de chamarilero: iba por la calle recolectándolo todo, para desesperación de mi madre, que asistía atónita al espectáculo del niño trapero que luego transportaba su fardo de objetos inútiles hasta la casa, convertida en una improvisada cacharrería. Recogía palos, hojas secas, caracoles, engranajes, tuberías, relojes rotos, insectos, qué sé yo, todo tipo de artilugios y estrafalarios seres vivos. Cuando iba a la playa de Riazor volvía con mi cubo convertido en un acuario, con su agua de mar, sus cangrejos, su estrella de mar, sus pececitos, sus piedras y sus algas para recrear la atmósfera submarina… Y hasta algún camarón, de los que por entonces (antes del Urquiola, el Mar Egeo, el Prestige y lo que te rondaré morena…) todavía pululaban por las aguas urbanas de A Coruña.

Lo de haberle cogido cariño al MP3 destartalado debe de ser una inercia de aquella frustrada vocación infantil de chamarilero. Supongo, sí, que ese afán acaparador de objetos es una forma más o menos encubierta de luchar contra la nada, que siempre anda ahí al acecho, con sus borrosidades. Una ingenuidad, ya sé. Como el coleccionismo y otros ismos. Pero qué le vamos a hacer, así somos de contradictorios y de endebles. Uno tiene que aferrarse a algo, aunque sea a un pedazo de plástico.

Mazinger Z

sábado, julio 26th, 2008
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Mazinger Z es la gran serie de dibujos de mi infancia. Ni Comando G, ni Ulises 2000, ni Érase una vez el hombre, ni Heidi, ni La abeja Maya ni, por supuesto, el turras de Marco y sus Apeninos y sus Andes. No. Mazinger es, sencillamente, el número uno, el punto y aparte, el gigante, el coloso. Es asombroso cómo, si uno pasea unos minutos por YouTube, descubre que tiene en el fondo del cerebro, atrincheradas no se sabe dónde, un filón de escenas que no veía desde hace treinta años o así. Ahí están, en una cuerda floja tendida entre el circo de las neuronas, las acrobacias de Mazinger, su fuego de pecho, y las andanzas de su novia, la incombustible Afrodita A y su legendario grito de guerra: ¡Pechos fuera! Recordemos, de hecho, que la primera vez que Mazinger levanta el vuelo es aferrado a las tetas-misiles que Afrodita había lanzado al espacio. Ya lo ha dicho aquí Prometeo: en aquel tiempo Ronald Reagan andaba planeando la guerra de las galaxias y la novia de Mazinger ya andaba por ahí con un silo de misiles en el canalillo. Eso sí que era igualdad de género: al fuego de pecho del robot respondía la robota (Prometeo díxit) con sus pechos fuera. Tanto monta, monta tanto.

Bueno, os dejo con estos impagables dibujos (en los que aún se aprecia el trazado del lápiz, no como esas superficies perfectamente lacadas de la actual animación) y os recomiendo un viajecito nostálgico por YouTube (hay capítulos enteros circulando por ahí). La canción de apertura de la serie no tiene desperdicio. El tipo que interpreta la banda sonora imita a Raphael. ¿Será el original o un plagiario? Quién sabe. Pero Mazinger no admite copias. Es único entre un millón.

Teleñecos de museo

miércoles, julio 23rd, 2008
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El Smithsonian de Washington, que no es precisamente un museo de chiste, le dedica estos días una exposición a Jim Henson, el creador de los teleñecos de Barrio Sésamo. Las míticas marionetas saltaron a los papeles el año pasado porque en Estados Unidos su edición en DVD había caído en las zarpas de la censura debido a que la pandilla de Sésamo no encaja ya, treinta años después, en los cánones de lo políticamente correcto (o sea, correctísamente ñoño, peñazo y demás palabras con eñe que no me atrevo a escribir). Un delirio, vaya.

Menos mal que el gran museo de la capital yanqui restaña un poco las heridas con esta exposición en la que, pasando mucho de los censores y de sus tijeras de mente estrecha, resucitan la rana Gustavo, intrépido reportero que generó más vocaciones periodísticas que el orondo Lou Grant; la acosadora cerdita Peggy; Coco y sus mundos imaginarios y volátiles; el conde Draco y sus matemáticas dementes; Triki, el entrañable monstruo de las galletas, al que algún espabilado quiere recetar la dieta del pomelo; y, claro, Epi y Blas, que inventaron la pareja de hecho antes de que ZP siquiera soñase con llegar a la Moncloa, y que, según los analistas, forman el dúo que mejor ha representado en la pantalla el desgaste que genera la convivencia, llámese matrimonio o colegas con beneficios. Esas escenas de las camas gemelas, con Epi quemando a Blas a golpe de réplicas y contrarréplicas, son el gran retrato del roce conyugal, que, ya se sabe, a veces hace el cariño y otras, en cambio, acaba en el juzgado. Toma revival.

Revival

viernes, julio 11th, 2008
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Será por tocar las napias, pero me ha entrado saudade de la infancia, de la niñez, de esa pequeña isla del tesoro de la que ya no queda apenas nada, y hasta de la adolescencia, ese infierno diminuto al que uno sobrevive por la música, por los amigos (sí, y por las amigas, claro), por aquel libro que leímos por primera vez, yo qué sé, por una colección de instantes que luego convertimos en leyenda porque teníamos catorce años y nos lo estábamos pasando bien. Pero que muy bien. No es que te gustara especialmente aquella maldita canción de Spandau Ballet, sino que, cuando sonaba aquel tema romanticón, y hasta algo cursi, tú te lo estabas montando de cine, una tarde cualquiera, qué más da, con los colegas. Bueno, os dejo aquí, en plan revival, el vídeo de Gold, de Spandau Ballet, tema en el que se inspira ese anuncio sobre la generación del baby-boom (sí, la mía, qué pasa) del que nos habla el amigo Nacho en La Huella Digital. Si sobrevivimos a esta música, a estas hombreras, a estos cardados, esa crisis que nos anda tocando los genitales no puede ni lamernos la suela del zapato.

Superagente 86

jueves, julio 10th, 2008

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En una ocasión un jefe me soltó que escribía «demasiado literario». Coño, gracias por el piropo, repliqué yo, siempre tan incauto. Pero resulta que no era un elogio, que era que me iba a montar una pirula. En la bronca de rigor, el boss me echó en cara que, además de muchos adjetivos, en mis columnas se deslizaban demasiados guiños nostálgicos y, al filo de la treintena, me insistió, eso de andar meneando todavía la infancia era algo intolerable. Seguramente aquel jefazo tenía toda la razón, por eso él llegó adonde llegó y yo ando por aquí, trasteando con el blog. Lo siento sobre todo por mi madre, que tenía grandes esperanzas puestas en mí, aunque ya me advertía que era un fuguillas y que era mejor lo de «despacito y buena letra». Y yo, de despacito, nada; y la letra, hay días que no me la entiendo ni yo. Se ve que iba para médico, me curré una letra ilegible, y luego se me pasó lo de sacar el título de Medicina. Ya lo decía mi madre:

-No seas fuguillas, Luisiño.

Pero, nada, yo, a mil por hora. A lo mejor por eso he acabado colgado en la Red, que es el refugio ideal para los fuguillas profesionales. Y ya le estoy dando la razón al jefe aquel, dale que te pego con la niñez. Lo que pasa, como traté de explicarle al boss aquella entrañable jornada, es que nuestra generación, los que nacimos en los setenta, somos los que más cambios en menos tiempo hemos visto en la historia de esta Península. Porque, antes de llegar a la adolescencia, ya habíamos visto/intuido la muerte de Franco, una Constitución del trinque, la intentona golpista del 23-F y el ascenso de los sociatas de Felipe González al poder. Nada menos. Hombre, claro, el abuelito vivió más cosas, una Guerra Civil incluida, pero luego, durante cuarenta años, tuvo más de lo mismo con aquel tipo bajito de Ferrol en El Pardo.

Por eso, quizás, los de treinta y pico flipamos tanto con el regreso al pasado, un deporte onanista, sí, pero un entretenimiento inocente al fin y al cabo. Algo canosillos ya, sonreímos cuando vemos el kiosco plagado de deuvedés con los dibujos de la infancia, Heidi, La abeja Maya y, por supuesto, el pequeño capullo de Marco y la madre que lo parió, qué peñazo, de los Apeninos a los Andes, líbranos, Señor. Y ya alucinamos cuando a alguien le da por llevar al cine un argumento como Superagente 86, aquella serie de las tardes ociosas en la que Maxwell Smart y su colega 99 (en la foto) se batían el cobre, con la ayuda del incombustible zapatófono, contra los malvados agentes de la organización Kaos. Quién nos iba a decir entonces que todos íbamos a acabar con un zapatófono en el bolsillo de la chupa.