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Los troles

Lunes, diciembre 17th, 2012

BREVIARIO DEL BUS*

III. LOS TROLES

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Los trolebuses, en la infancia o más allá, eran una especie de elefantes o dinosaurios eléctricos que ascendían chirriando música de lluvia por el asfalto remendado de la avenida de La Habana. Allá por el franquismo yo viajaba en el trole número 27 (aún hay viajeros del tiempo que en la parada aseguran que van a coger el trole) de la mano de mi madre y de la mano de una cartera amarilla. Igual resulta que no era amarilla, pero el caso es que un día la cartera no se bajó del trolebús conmigo, se quedó en lo alto del segundo piso de aquellos trolebuses azules y amarillos que crujían insolentes al doblar las esquinas.

Así que, también de la mano de mi madre, hubo que emprender la aventura del rescate de la cartera amarilla, custodiada en unas cocheras lejanas, en una galaxia situada a miles de años luz, que caía más o menos por el quinto infierno. Aquella vez recuperé mi cartera, en la que se escondían los lápices de colores con los que mataba el rato mientras los profesores releían las pintadas de tiza que lucían en el pizarrón. Pero, a la segunda, la cartera se quedó para siempre circulando entre los asientos del trole (como ese tipo muerto al que le pegó un infarto que siempre dicen que viaja dando vueltas sin parar sentado en un vagón del metro de Nueva York) o sepultada para siempre en aquellas cocheras del quinto infierno que luego resultó, pasados los años, que caía por el flamante polígono de Los Rosales, convertido hoy en un barrio más de la ciudad (ya no se respetan ni los infiernos).

La última imagen de aquellos tiranosaurios con antenas eléctricas que recuerdo es la de un trolebús con los retrovisores vestidos de trapos negros por el luto del dictador Francisco Franco. Aquel día no hubo colegio, pero tampoco dibujos animados por la tele.

*Puedes leer todos los relatos en Breviario del bus

Con Vila-Matas y Montano

Sábado, diciembre 1st, 2012

Como el papel tiene sus limitaciones y algunos buenos amigos me han comentado que les había gustado la entrevista, dejo aquí la versión íntegra de la charla que mantuve con Enrique Vila-Matas esta semana en A Coruña. Un enorme placer, claro.

—Se reedita, diez años después, «El mal de Montano» en Seix Barral, el primer libro español que ganó el premio Médicis…
—Es el libro más premiado de los míos, ha tenido cinco premios, entre ellos el Herralde, el Nacional de la Crítica y el Médicis al mejor libro extranjero publicado en Francia, que yo creo que es el más importante de todos los que he recibido en mi vida. Ahora he tenido con Dublinesca el Premio Cunhambebe de Literatura Extranjera en Brasil, que es el Médicis brasileño y que tiene un gran mérito por los finalistas que había.

—Estaban algunos de los grandes: Roth, DeLillo, Vargas Llosa…
—Supongo que porque eran más grandes han decidido eliminarlos [risas]. Ha quedado Hertha Müller de segunda, lo que me provoca una sensación extraña.

—El Médicis supuso su consolidación internacional y múltiples traducciones
—Sí, bueno, ya la había tenido antes cuando El viaje vertical había ganado el Rómulo Gallegos que fue, digamos, el detonante, y luego se produjo con El mal de Montano que supuso ya la explosión internacional, que en realidad vino dada ya por el libro anterior, Bartleby y compañía. Pero El mal de Montano fue el que recogió la cosecha que había provocado la irrupción de Bartleby.

En eso también es un caso singular en las letras españolas, porque hay autores consagrados en España a los que les cuesta mucho salir con su obra al extranjero, hay una cierta endogamia que hace inexportables ciertos textos…
—Sí, bueno… Quizás es lo que sucede con la repercusión que está teniendo Dublinesca tanto en Estados Unidos como en Inglaterra, ha llegado con críticas muy buenas en el New York Times y el New Yorker, es una especie de salto inglés… Es muy difícil de conseguir. La obra ha sido siempre internacional, pero faltaba la parte más difícil que era sobre todo Estados Unidos. Ahora en un teatro “off Broadway”, de la periferia del canon teatral de Broadway, se va a representar una versión teatral de ocho oras de duración de París no se acaba nunca. Son los mismos que triunfaron el año pasado con El gran Gatsby, que también duraba ocho horas, con la lectura completa del libro teatralizada, que es lo que quieren hacer con París… La idea es hacer vida allí en el teatro un sábado o un domingo, durante ocho horas.

Tiene especial mérito triunfar con un libro que evoca a una vaca sagrada como Joyce en el mundo anglosajón, ¿no?
Sí, corría el peligro de que fuera o muy bien o muy mal. Pero el resultado ha sido realmente apabullante en cuanto a críticas.

Volvamos a Montano. El arranque del libro se le ocurrió un día frente al océano Pacífico, ¿cómo fue ese episodio?
No, no se me había ocurrido exactamente. Yo había empezado El mal de Montano y lo tenía solamente puesto en marcha, sin saber muy bien qué iba a ser. Con la llegada a esta casa del escritor chileno Roberto Brodsky, amigo de Roberto Bolaño, que nos dejó su casa frente al Pacífico, ahí se puso un poco en marcha… Brodsky se reía porque me vio media hora pensativo frente al mar, veía mi silueta, y veía que no me movía, pensaba “qué ocurre con este tipo que acabo de conocer y de invitar a mi casa y está ahí fuera…”. Ahí surgió. Estuve pensando frente al océano, estuve pensando en el ruido del Pacífico… Todas las novelas se construyen muy lentamente, a base de reunir datos, apuntar ideas, algunas sirven, otras no… Nombrar una cosa, apuntar, pensar cuáles son las ideas fundamentales del libro y al final esas ideas fundamentales conectan a la hora de escribir. Y digamos que se puso todo esto en marcha en esa playa del Pacífico, la playa de Tunquén, en Chile. Era el fin del milenio, finales de diciembre del 2000, pasé allí una noche inolvidable. Fue un viaje bastante epifánico. Descubrí a Tongoy, que en realidad es un actor francés llamado Daniel Emilfork, al que después conocí en París. En este viaje tuve noticia de él por primera vez, porque una amiga chilena, Carolina Díaz, lo había entrevistado como “el hombre más feo del mundo”. Pasé a llamarlo Tongoy, que era la zona en la que yo estaba frente al Pacífico. Se convirtió en este personaje, Tongoy, el hombre más feo del mundo, que luego visité en París y estaba encantado de ser un personaje de mi novela. Era un hombre encantador, que ya murió. Era un gran actor shakesperiano, aunque se especializó en películas de terror.

O sea, que fue como una de esas epifanías de las que hablaba Joyce.
Sí, bueno, el que yo entonces era salió hablando del ruido del Pacífico, estaba convencido de que el Pacífico tenía un sonido distinto, del que también habla Neruda en un poema donde dice que el Pacífico tiene “un sordo ruido a fragor de batalla antigua”. Y es cierto que tiene esta potencia el ruido de las olas. Fue como un momento interesante dentro del

A ver si el Atlántico, que tenemos aquí al lado y también tiene un ruido especial, también le inspira un nuevo libro.
Veremos.

—Tanto «Bartleby» como «Montano» marcan un cierto punto de inflexión en su trayectoria y abren la senda a esa indagación literaria posterior. ¿Tiene esa misma percepción?
—Tal vez el punto de inflexión venga dado por la repercusión y el alcance que tuvo en cuanto a lectores, y que sigue teniendo, Bartleby y compañía. Visto con la perspectiva actual, lo que hizo fue ponerme más alegre, con más ánimo para continuar con lo que estaba desarrollando desde hace años. Y posiblemente fue lo que facilitó ese ensayo que está en Desde la ciudad nerviosa en el que explico cuál es mi teoría sobre la literatura, reflexiono sobre mi propia obra y que pone en marcha una segunda etapa en lo que yo escribo.

—¿La teoría narrativa se hace al escribir?
—Sí, a la larga se va haciendo. Es muy bueno programar qué vas a hacer con una novela, pensarla mucho antes de empezar a escribirla. También es cierto que, cuando te pones a hacerla, los personajes mismos se inventan a otros personajes y conducen a otros lugares y pensamientos que uno también desarrolla en el libro. Te conducen a un lugar inesperado dentro de un orden que tú has programado inicialmente.

—Arremete en «El mal de Montano» contra el realismo español, tan castizo y tan del siglo XIX, que ahí sigue. ¿Nunca nos libraremos de esa tara?
—Durante muchos años, para escribir siempre he pensado que es necesario tener algún enemigo o estar en contra de una idea, y desarrollar en una novela algo contra una idea. En este sentido, los realistas españoles, que nunca he sabido quiénes son exactamente, forman como una especie de conspiración hispánica en realidad contra la realidad, porque son los menos realistas que he conocido. Creen que la realidad se puede copiar y es un error. Pero bueno, esto pasó un poco a la historia. Ya no siento ese odio por los realistas españoles, me he alejado del contexto español que en aquella época me inquietaba y me preocupaba más que ahora.

—¿Habría que desterrarlos a la isla del Realismo, como decía Chesterton?
—Sí, sí… Todo esto viene de una anécdota muy sencilla. Yo tenía quince años cuando hice mi primer viaje fuera de Barcelona con dos compañeros de colegio. Cuando llegamos a Madrid entramos en el museo del Prado y a mí, que no sabía nada del mundo, ni de la vida, ni del arte, me sorprendió muchísimo que los cuadros de Velázquez los estuvieran copiando pintores de caballete domingueros. No sabía que existía la copia del cuadro, me parecía un trabajo inútil copiar algo que ya existía, me pareció totalmente absurdo. Esto es totalmente naíf por mi parte, pero explica por qué a mí siempre me ha parecido absurdo copiar las estructuras narrativas de la novela del siglo XIX. Me parece absurdo hacer una repetición. Es justo al contrario, todo lo que no es repeticion es diversión para el que escribe. Hay que ser arriesgado, tener cierta valentía, no tener miedo a fracasar y, si se fracasa, escribir otro libro, no temer a tus enemigos, sino todo lo contrario.

Ahí entra también el concepto de literatura como juego, como invención.
Sí, sí. Y no tener miedo al fracaso, porque vas a volver a probar y siempre alcanzarás algo más interesante que si te limitas a comportarte modositamente.

Que es el método de la ciencia: ensayo y error.
Sí, la ciencia, claro, y equivocándose. Se trata de esto. Lo contrario es absurdo, es inútil.

—Ese «establishment» de las letras españolas es reacio a las nuevas tecnologías, donde usted se encuentra muy cómodo.
—Sí, me parece que además lo hago con naturalidad. Estoy en Internet con la web, el blog y leo muchísimo los periódicos digitales y los blogs, son un instrumento muy útil para mí.

—¿No teme el apocalipsis digital que auguran algunos?
—No, es que España sigue siendo un país muy conservador donde a la gente le cuesta mucho comprender los avances, ya pasaba lo mismo con el cine. Ha costado mucho y cuesta. Tenemos a los políticos, por ejemplo, que al final han comprendido la fuerza de Twitter y de Facebook, pero que son aburridísimos, como ellos mismos, en sus Facebook y Twitter, o sea, que no han comprendido de qué se trata.

—¿Están en Twitter los aforismos de nuestro tiempo?
—Bueno, Twitter solo es escritura cuando hay algún aforismo brillante…

—Estaba pensando, por ejemplo, cuánto le gustaría a Ramón Gómez de la Serna usar Twitter.
—Bueno, es que Gómez de la Serna era un tuitero, ¿no? Lo he seguido leyendo a lo largo de los años y tiene algunos aforismos donde acierta fantásticamente y otros muy flojos, pero quizás es porque escribió mucho.

—Se halla entre «Bartleby y compañía» y «El mal de Montano» un libro único, titulado «Desde la ciudad nerviosa, donde disecciona su ciudad, Barcelona. Definió esta obra como una colección de textos atípicos donde se mezclan ensayo, ficción, autobiografía y el género del viaje interior. Pero esta definición valdría para el conjunto de su obra, ¿no?
—Sí, aunque he ido cambiando y mezclando de forma diferente esta combinación en cada libro. Por ejemplo, en Aire de Dylan, mi último libro, no hay ensayo prácticamente, sino material sobre todo narrativo, aunque mezclado con una reflexión de orden moral y literaria en torno al posmodernismo y la necesidad de que nos volvamos a relacionar con el modernismo, y también en torno a la imposibilidad de que nos volvamos a relacionar con el modernismo. En Aire de Dylan he colocado un padre que representa un personaje con muchas caras y heterónimos, que representa al posmoderno, enfrentando a un hijo que desea ser auténtico, que es lo que más detesta el posmoderno, la autenticidad. Un mundo de retorno a lo clásico enfrentando a un mundo posmoderno, en decadencia. Y no he sacado consecuencias, solo he hecho preguntas en torno a esas diferencias.

—¿Volveremos a lo genuino o es un retorno imposible?
—No va a ser posible, el mundo ha cambiado tanto que el enlace con lo anterior resulta muy difícil. Pero al mismo tiempo se puede escribir sobre esa imposibilidad de enlazar con el modernismo. Es curioso, pero también se puede escribir sobre el hecho de que no tenemos futuro y, al mismo tiempo, esa es la única posibilidad de futuro que tenemos, en contra de lo que piensan algunos que creen que este tipo de literatura conduce a un callejón sin salida; pero no, precisamente es el único callejón posible para escapar del callejón sin salida real. En el fondo, ser conscientes de que no es posible conectar con el modernismo. Ese futuro solo lo tenemos escribiendo que no tenemos futuro. Porque mientras decimos que no tenemos futuro, que en el fondo no es más que una figura retórica, estamos trabajando en el presente, aunque sea en las ruinas de algo. Ahí es donde se mueve mi literatura en estos momentos.

—¿Sería entonces la literatura una forma de escapismo?
—No, escapismo, no, ninguno. Conciencia de situación ruinosa y reflexión sobre esa situación desde el fondo de las ruinas.

—Elevarse, no escaparse.
—Sí, es todo lo contrario de dar por muerta la literatura, sino saber que lo está para poder emerger de esas ruinas.

Podemos seguir jugando, entonces.
-Siempre, hasta hoy en día no ha desaparecido la literatura, que sepamos, ¿no?

No.
Tampoco va a desaparecer en el futuro si está en manos de gente que es consciente de su situación crítica, porque los que alegremente van repitiendo la novela decimonónica, pues pueden ser grandes escritores, como Iris Murdoch, pero simplemente se dedican al entretenimiento, que ya es mucho, ¿no?

No innovan.
Estoy hablando de Iris Murdoch, que es una gran escritora. Es compaginable con los que mantienen viva la llama del presente, que también existe, aunque sea más pasajero.

¿Sigue definiéndose como un hombre enfermo de la literatura?
Hubo una confusión, la gente cree que yo estoy enfermo de literatura, pero cuando yo estoy solo en mi casa estoy viendo partidos de fútbol… Sí es cierto que supe, creo, darle un nombre a un síntoma con el que se identifican algunas personas. Otros están enfermos de televisión, pues yo hablé de los enfermos de literatura, que sí existen, pero el síntoma no tenía un nombre concreto hasta que yo se lo dí y ha quedado.

¿En qué anda trabajando?
Ando trabajando en una novela que vuelve a mezclar con la biografía y el ensayo, la más ambiciosa digamos que he hecho hasta ahora. Creo que estoy en un momento en el que puedo atreverme a hacer este libro que estoy haciendo. Y no quiero decir nada más…

—Barcelona ha estado más nerviosa que nunca estos días… ¿Como ha visto las elecciones?
—Ha aparecido un Parlamento muy plural, que indica algo muy sano que es una pluralidad en un país como Cataluña. Y un Parlamento tan plural plantea problemas complejos, que exigen soluciones complejas a través del arte de discutir.

Foto:  Paco Rodríguez.

«Gómez de la Serna era un tuitero»

Jueves, noviembre 29th, 2012

Explorador de abismos, descubridor de Montanos, Pasaventos, Bartleby y compañía, Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948) aterrizó ayer en la UNED de A Coruña para charlar de sus obsesiones con los lectores.

—Se reedita, diez años después, «El mal de Montano» en Seix Barral, el primer libro español que ganó el premio Médicis…
—Es el libro más premiado de los míos, ha tenido cinco premios, entre ellos el Herralde, el Nacional de la Crítica y el Médicis al mejor libro extranjero publicado en Francia, que yo creo que es el más importante de todos los que he recibido en mi vida. Ahora he tenido con Dublinesca el Premio Cunhambebe de Literatura Extranjera en Brasil, que es el Médicis brasileño y que tiene un gran mérito por los finalistas que había.

—Estaban algunos de los grandes: Roth, DeLillo, Vargas Llosa…
—Supongo que porque eran más grandes han decidido eliminarlos [risas]. Ha quedado Hertha Müller de segunda, lo que me provoca una sensación extraña.

—Tanto «Bartleby» como «Montano» marcan un cierto punto de inflexión en su trayectoria y abren la senda a esa indagación literaria posterior. ¿Tiene esa misma percepción?
—Tal vez el punto de inflexión venga dado por la repercusión y el alcance que tuvo en cuanto a lectores, y que sigue teniendo, Bartleby y compañía. Visto con la perspectiva actual, lo que hizo fue ponerme más alegre, con más ánimo para continuar con lo que estaba desarrollando desde hace años. Y posiblemente fue lo que facilitó ese ensayo que está en Desde la ciudad nerviosa en el que explico cuál es mi teoría sobre la literatura, reflexiono sobre mi propia obra y que pone en marcha una segunda etapa en lo que yo escribo.

—¿La teoría narrativa se hace al escribir?
—Sí, a la larga se va haciendo. Es muy bueno programar qué vas a hacer con una novela, pensarla mucho antes de empezar a escribirla. También es cierto que, cuando te pones a hacerla, los personajes mismos se inventan a otros personajes y conducen a otros lugares y pensamientos que uno también desarrolla en el libro. Te conducen a un lugar inesperado dentro de un orden que tú has programado inicialmente.

—Arremete en «El mal de Montano» contra el realismo español, tan castizo y tan del siglo XIX, que ahí sigue. ¿Nunca nos libraremos de esa tara?
—Durante muchos años, para escribir siempre he pensado que es necesario tener algún enemigo o estar en contra de una idea, y desarrollar en una novela algo contra una idea. En este sentido, los realistas españoles, que nunca he sabido quiénes son exactamente, forman como una especie de conspiración hispánica en realidad contra la realidad, porque son los menos realistas que he conocido. Creen que la realidad se puede copiar y es un error. Pero bueno, esto pasó un poco a la historia. Ya no siento ese odio por los realistas españoles.

—¿Habría que desterrarlos a la isla del Realismo, como decía Chesterton?
—Sí, sí… Todo esto viene de una anécdota muy sencilla. Yo tenía quince años cuando hice mi primer viaje fuera de Barcelona con dos compañeros de colegio. Cuando llegamos a Madrid entramos en el museo del Prado y a mí, que no sabía nada del mundo, ni de la vida, ni del arte, me sorprendió muchísimo que los cuadros de Velázquez los estuvieran copiando pintores de caballete domingueros. No sabía que existía la copia del cuadro, me parecía un trabajo inútil copiar algo que ya existía, me pareció totalmente absurdo. Esto es totalmente naíf por mi parte, pero explica por qué a mí siempre me ha parecido absurdo copiar las estructuras narrativas de la novela del siglo XIX.

—Ese «establishment» de las letras españolas es reacio a las nuevas tecnologías, donde usted se encuentra muy cómodo.
—Sí, me parece que además lo hago con naturalidad. Estoy en Internet con la web, el blog y leo muchísimo los periódicos digitales y los blogs, son un instrumento muy útil para mí.

—¿No teme el apocalipsis digital que auguran algunos?
—No, es que España sigue siendo un país muy conservador donde a la gente le cuesta mucho comprender los avances, ya pasaba lo mismo con el cine.

—¿Están en Twitter los aforismos de nuestro tiempo?
—Bueno, Twitter solo es escritura cuando hay algún aforismo brillante…

—Estaba pensando, por ejemplo, cuánto le gustaría a Ramón Gómez de la Serna usar Twitter.
—Bueno, es que Gómez de la Serna era un tuitero, ¿no? Lo he seguido leyendo a lo largo de los años y tiene algunos aforismos donde acierta fantásticamente y otros muy flojos, pero quizás es porque escribió mucho.

—¿En qué anda trabajando?
—Ando trabajando en una novela que vuelve a mezclarse con la biografía y el ensayo, la más ambiciosa digamos que he hecho hasta ahora. Creo que estoy en un momento en el que puedo atreverme a hacer este libro que estoy haciendo. Y no quiero decir nada más…

—Se halla entre Bartleby y compañía y El mal de Montano un libro único, titulado Desde la ciudad nerviosa, donde Vila-Matas disecciona su ciudad, Barcelona. Definió «Desde la ciudad nerviosa» como una colección de textos atípicos donde se mezclan ensayo, ficción, autobiografía y el género del viaje interior. Pero esta definición valdría para el conjunto de su obra, ¿no?

—Sí, aunque he ido cambiando y mezclando de forma diferente esta combinación en cada libro. Por ejemplo, en Aire de Dylan, mi último libro, no hay ensayo prácticamente, sino material sobre todo narrativo, aunque mezclado con una reflexión de orden moral y literaria en torno al posmodernismo y la necesidad de que nos volvamos a relacionar con el modernismo, y también en torno a la imposibilidad de que nos volvamos a relacionar con el modernismo.

—¿Es un retorno imposible?
—No va a ser posible, el mundo ha cambiado tanto que el enlace con lo anterior resulta muy difícil. Pero al mismo tiempo se puede escribir sobre esa imposibilidad de enlazar con el modernismo. Es curioso, pero también se puede escribir sobre el hecho de que no tenemos futuro y, al mismo tiempo, esa es la única posibilidad de futuro que tenemos, en contra de lo que piensan algunos que creen que este tipo de literatura conduce a un callejón sin salida; pero no, precisamente es el único callejón posible para escapar del callejón sin salida real.

—¿Sería entonces la literatura una forma de escapismo?
—No, escapismo, no, ninguno. Conciencia de situación ruinosa y reflexión sobre esa situación desde el fondo de las ruinas.

—Elevarse, no escaparse.
—Sí, es todo lo contrario de dar por muerta la literatura, sino saber que lo está para poder emerger de esas ruinas.

—Barcelona ha estado más nerviosa que nunca estos días… ¿Como ha visto las elecciones?
—Ha aparecido un Parlamento muy plural, que indica algo muy sano que es una pluralidad en un país como Cataluña. Y un Parlamento tan plural plantea problemas complejos, que exigen soluciones complejas a través del arte de discutir.

Foto de Enrique Vila-Matas:  Paco Rodríguez/La Voz de Galicia

 

Décadas y lustros prodigiosos

Martes, noviembre 20th, 2012

El azar y las coincidencias siempre trazan curiosas paradojas, contradicciones y matices alrededor de las teorías oficiales u oficiosas que escupen los engranajes del pensamiento único y el márketing. A saber. Estos días nos vimos aplastados por la propaganda alrededor del aniversario de un libro sobre el llamado boom latinoamericano. Un derroche de papel que, como apuntó Manuel Rodríguez Rivero sabiamente en su último Sillón de Orejas, recibió un tratamiento más amplio que el último premio Nobel de Literatura. En medio de ese exceso, y del desparrame de obras maestras descubiertas cada semana por ciertos críticos de gatillo rápido, me cae en las manos el prólogo que hizo Michael Meyer para la edición de Walden y Desobediencia civil, del gran Henry David Thoreau. Meyer subraya el escaso éxito comercial de Thoureau en su tiempo y, de paso, recuerda que en apenas un lustro se publicaron en Estados Unidos tres títulos del siguiente calibre: Moby Dick (1851), Walden (1854) y Hojas de hierba (1855). Como para que vengan ahora cuatro listos a hablarnos de décadas prodigiosas.  Afortunadamente la literatura y el tiempo lo curan casi todo.

El autor de «Terra nostra»

Miércoles, mayo 16th, 2012

Ni la literatura, ni mucho menos la vida, suelen ceñirse a los tortuosos renglones del mercado. Tal vez por eso, porque el arte y el márketing no acaban de mezclar bien en el vaso largo y helado de la existencia, este elegante y exquisito diplomático mexicano no halló el renombre de otras voces del boom latinoamericano. Pero, cuando se esfumen dentro de unos días los halagos y pirotecnias de las habituales honras fúnebres, habrá que regresar a Carlos Fuentes. Porque este estilista de prosa barroca y torrencial dejó sobre el papel un monumento narrativo, la experimental, alucinante y alucinógena Terra nostra (1975) que lo emparenta en pie de igualdad y sin matices con los más altos hallazgos literarios de Mario Vargas Llosa (Conversación en la Catedral), Julio Cortázar (Rayuela) y Gabriel García Márquez (Cien años de soledad). El relato arrastra al lector, a lo largo de una catarata verbal de cientos de páginas, en un viaje desbocado por los escondites y sueños de la mente, desde las orillas siempre lluviosas del Sena en el París contemporáneo hasta el luto perpetuo del Escorial de Felipe II y su deforme resurrección en la España cutre del tardofranquismo. Claro que tal vez todo esto solo sea un juego de mi cerebro, que junta estos libros en algún extraño escondrijo de la memoria porque Terra nostra, Rayuela y Conversación en la Catedral fueron tres de las asombrosas gemas que un día descubrí, con una dicha hoy ya inalcanzable, en el mismo rincón de la biblioteca paterna.

Vila-Matas: «De haber hecho cine, me habría parecido a los Coen»

Sábado, marzo 24th, 2012

En su última novela, , Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948) salta de Dublín a América en la enésima vuelta de tuerca del autor a su obra única.
—Después del «salto inglés» de «Dublinesca» ahora emprende una especie de «salto americano».
—Se puede decir también que de la Odisea dublinesa (Ulises) he ido a parar a mi barrio de Barcelona (Ítaca), porque es en ese barrio poco conocido de mi ciudad (la calle Buenos Aires y alrededores), donde suceden gran parte de los hechos que narra mi novela.
—Digo lo del «salto americano» porque también hay aquí una atmósfera del cine de los hermanos Coen, de esa capacidad que tienen de hallar y de narrar lo asombroso (y a veces lo monstruoso) en medio de lo cotidiano, que precisamente es otra clave de su obra.
—Para ciertos momentos de la novela tuve presente  de los Coen. Un «salto americano» en la calle de Buenos Aires de Barcelona. La verdad es que cuando veo películas de los Coen me divierto enormemente con ellos. De haber hecho cine, seguramente me habría parecido a ellos, aunque no les habría llegado nunca ni a los zapatos. En cualquier caso, algo está claro: compartimos un cierto sentido del humor. Ahora solo queda por esperar que los Coen quieran leer . Si alguien los conoce, les puede decir que ya pueden ir preparándose para filmar en Barcelona.
—Si mis cuentas no fallan es su novela número 25. ¿Podemos hablar de que en el fondo está escribiendo una única novela?
—Siempre he dicho que trabajo en una obra en la que todo está conectado. En cada libro doy una vuelta de tuerca más.
—En obras recientes exploraba los abismos y se asomaba bajo la piel de personajes enfermos o en proceso de demolición, pero en esta obra se identifica con Lancastre, un autor muerto. ¿Es quizás una mirada desde el fondo de la piscina como la de William Holden en «El crepúsculo de los dioses»?
—Me critico a mí mismo en el libro y la verdad es que, al imaginarme muerto, me siento más libre para hacerlo.
—Vuelve a ocuparse aquí de la compleja relación entre padres e hijos. Lancastre está muerto y Vilnius, bajo su sombra hamletiana y kafkiana, se empeña en construir un Archivo General del Fracaso. ¿El hijo siempre fracasa desde la perspectiva del padre?
—No sé cómo fue que imaginé que, a través de un leve golpe en la cabeza, un hijo heredaba de golpe (y nunca mejor dicho) la memoria y experiencia de su padre. Ese fue uno de los motores de arranque del libro.
—Otro motor es la frase «Cuando oscurece siempre necesitamos a alguien», atribuida a Fitzgerald, que recorre la novela. ¿Resume en cierta medida esa historia del fracaso o de la demolición, como decía el propio Scott Fitzgerald, que es en el fondo la vida?
—Claro. Mi novela ilustra aquel famoso comienzo de  del propio Fitzgerald: «Claro, toda vida es un proceso de demolición». Hay un tipo de demolición que parece producirse con rapidez, y otro que se produce casi sin que uno lo advierta, pero lo que nunca falla es esto: la vida, a la hora de destrozarnos, tiene la terca paciencia de la marea.
—Y además de reivindicar el derecho al fracaso, que también es un arte, reivindica el derecho a la contradicción, que es el derecho a la reinvención de uno mismo, ¿no?
—Exacto. Algo que recuerda al Dylan de , aquel disco con el que nuestro cantante confirmó una vez más que su gran fuerza residía en no estar nunca donde se le esperaba.

Foto www.enriquevilamatas.com

Grandes: «Sólo vamos pisando la hierba que Galdós pisó primero»

Sábado, marzo 17th, 2012

Tras contar la invasión del valle de Arán en Inés y la alegría, Almudena Grandes (Madrid, 1960) vuelve a echarse al monte en El lector de Julio Verne, segunda entrega de Episodios de una guerra interminable. Grandes trepa ahora a la Sierra Sur de Jaén para relatar las andanzas de Cencerro y su guerrilla durante el trienio del terror (1947-1949).

—¿Ha querido crear con estas novelas unos «episodios nacionales» de la posguerra?
—Claro, esa era mi intención desde el principio: adoptar y adaptar el modelo de los Episodios nacionales de Galdós en el sentido de que en estos libros lo que yo hago es inventarme una historia de ficción para encajarla en el marco de un acontecimiento histórico real, de tal manera que los personajes que intervinieron en la historia real, en este caso Cencerro, Marzal o el alcalde vitalicio de Valdepeñas… interactúen dentro de la novela con mis personajes de ficción. Cuando decidí que tenía material para escribir seis novelas sobre la posguerra, que podía intentar contar los 25 primeros años de la dictadura desde la óptica de la resistencia contra la dictadura en seis novelas, el modelo estaba hecho, Don Benito ya lo había hecho todo. Lo único que yo tenía que hacer era intentar aplicarme y hacerlo lo mejor posible. Yo soy una lectora muy constante y apasionada de Galdós, que ha sido el escritor más importante de mi vida. Creo que una de las anormalidades una de las anomalías de este país es la cicatería con la que trata a un escritor que está a la altura dee los mejores narradores del XIX.

—¿Por qué ese complejo a la hora de reivindicar su legado?
—Yo creo que esto está empezando a cambiar. Hay muchos escritores de mi edad y más jóvenes que yo que aprecian mucho la obra de Galdós. Es curioso porque al principio de esta novela y en las seis de la serie va al principio una cita de Luis Cernuda de un poema precioso que se llama Díptico español que él escribe en el exilio y en el que decide que la única España que sigue siendo su patria es la de los libros de Galdós, no la real. Es muy curioso cómo la generación de la República en ningún momento dejó de amar y de exaltar la figura de Galdós, el Ejército popular en las trincheras repartía ediciones populares de los Episodios nacionales… Alberti editó a Galdós en Argentina, Cernuda escribió este poema, Max Aub escribió El laberinto mágico siguiendo el modelo de los Episodios nacionales… El exilio se llevó el amor a Galdós con él… Galdós, que a nosotros ha llegado como un personaje polvoriento y envejecido, en realidad fue diputado republicano socialista y en 1939 borraron su nombre del Registro Civil para intentar sostener que lo mejor habría sido que nunca hubiera nacido. Y, sin embargo, la izquierda después perdió esta devoción por Galdós y lo que ha imperado hasta nuestros tiempos es la versión franquista del escritor antiguo, polvoriento… Y es muy injusto, claro.

—Mezcla personajes reales y de ficción, ¿no le limita en cierta medida a la hora de escribir?
—Es muy complicado, pero también es un reto que merece la pena. Es fundamental perder un poco el respeto a la realidad, para eso fue muy importante acudir a Galdós, me volví a leer los Episodios nacionales… Él saca a Churruca protegiendo a un grumete en medio de una batalla naval y, claro, evidentemente lo más normal es que Churruca no estuviera pendiente de un grumete en medio de una batalla. Pero en ese sentido también esa tradición me ampara, la de los Episodios nacionales o El laberinto mágico de Max Aub, en la que ocurre lo mismo porque adoptó el mismo modelo. Hay que perder un poco el miedo a los personajes reales. Yo tengo la suerte de que escribo novela y no historia. Los historiadores están más limitados porque, aunque la imaginación es fundamental para interpretar, ellos tienen un límite que es lo que pueden probar documentalmente, pero sin embargo un escritor puede rellenar con ficción los charcos en los que un escritor se tiene que detener.

—Hablando de personajes reales, en la quinta parte de la serie anuncia como protagonista a la gallega Aurora Rodríguez Carballeira.
—Es la madre de Hildegard Rodríguez, cuya historia me gusta mucho, pero en la que el gran personaje yo creo que es su madre, que nació en Ferrol como Pablo Iglesias y Franciso Franco… Me voy a acercar a Aurora mucho después de la muerte de Hildegard, me voy a encontrar con ella moribunda en los años cincuenta en Ciempozuelos. Era una mujer tan loca y tan extraordinaria y llena de valores que el régimen de Franco intentó aprovechar lo que pasó en 1937 en el manicomio de Ciempozuelos, cuando la mayoría de los locos salieron corriendo y los mataron, para decir que ella había muerto en el 37, pero no es verdad, ella siguió allí porque fue uno de los tres presos que no se movieron de su habitación y se salvaron. Entonces en la quinta novela lo que voy a hacer es contar lo que siente un psiquiatra muy joven, hijo de un psiquiatra republicano represaliado, que se ha educado en Suiza y vuelve a España, cuando se encuentra a esta mujer allí y cuando descubre que de alguna manera el único vestigio de la ciencia republicana al que él puede acceder, lo único que queda de la intelectualidad a la que perteneció su padre es esta mujer loca que está hablando sola todo el tiempo en un manicomio.

—Nino y Pepe el Portugués son dos personajes muy sólidos, muy bien construidos, ¿van a reaparecer en otras entregas de la serie?
—Pepe el Portugués es mi niño mimado y va a salir en las seis novelas de esta serie. A mí lo que más me excita de este proyecto es lo de que las novelas compartan personajes, con lo que volvemos a Galdós, que lo inventó todo. Solo vamos pisando la hierba que Galdós pisó primero. Es una serie de novelas que se pueden leer de forma independiente, pero el hecho de que compartan personajes les da, a los lectores y a mí, como un bonus de los videojuegos. Pepe es un poco como la Araceli que aparece en todas las novelas.

—Estos dos libros apuestan claramente por recuperar la memoria histórica, algo que todavía rechaza una parte de la sociedad, ¿por qué cree que todavía se produce este rechazo?
—A veces me dicen: usted escribe en nombre de los perdedores. No, yo escribo en nombre de los demócratas contemporáneos, en mi propio nombre. Porque lo que se llama la recuperación de la memoria no tiene que ver solo con el pasado, no es un vicio nostálgico, es algo que tiene que ver también con el presente y con el futuro, con el país en el que vivimos y con el país en el que queremos que vivan nuestros hijos. Hay que decir que la democracia española, que es perfectamente homologable con las democracias europeas y que ha procurado a este país años de estabilidad y de paz social como nunca antes, tiene una fragilidad congénita: el hecho de que es la única democracia europea que se ha fundado en el aire, sin raíces. Todas las democracias europeas después de la II Guerra Mundial se fundaron de acuerdo con su tradición democrática y antifascista. En España no. En España se acabó la dictadura, se hizo una raya en el suelo y se dijo: aquí estábamos y aquí estamos, ya somos modernos y europeos. Pero, claro, 40 años de dictadura no se pueden borrar con la sola voluntad de borrarlos. Esto ha acabado deformando la democracia española. Por ejemplo, el tema de las fosas es claramente un asunto de derechos humanos, no tiene que ver con la derecha ni con la izquierda. ¿Cómo es posible que a alguien le moleste que un ciudadano pueda desenterrar a su abuelo y enterrarlo en un tumba con su familia? Es algo que excede la ideología y la fe religiosa. Es una prueba de hasta qué punto somos frágiles y vivimos en una anomalía. Yo creo que recuperar la memoria y rescatar estas historias es importante para nosotros mismos, ni siquiera por hacer justicia, sino para saber que en un país donde hubo una dictadura feroz que duró 37 años no cesó la resistencia contra ella ni un solo día y muchos países del mundo, con mucho menos, han fundado su orgullo nacional en eso. Tú vas andando por París, donde hubo una resistencia de chiste comparada con la que hubo aquí, y en todas las esquinas de París hay placas diciendo «aquí cayó el resistente…». Ese patrimonio, que debería ser un patrimonio de todos los demócratas españoles y que fortalecería las bases de la democracia, no solamente está olvidado, sino que se intenta taponar y que no salga a la luz.

—A la vista de las últimas resoluciones judiciales no parece que se haya reparado esa anomalía histórica.
—Por eso, por eso. Hay una cosa más grave. El proceso a Garzón tiene unas implicaciones muy graves. Si analizamos la sentencia como ciudadanos con cabeza ocurre que la actuación de Garzón se interpreta como una agresión contra la democracia, es decir, que atacar a la dictadura y proteger a las víctimas de la dictadura se interpreta como un intento de agredir a la democracia. No tiene ni pies ni cabeza.

—¿Y se reparará algún día?
—Estoy segura de que esta situación cambiará algún día por la ley de la gravedad, porque las manzanas se caen de los árboles. La generación de mis hijos, que no han vivido la Transición y que no han sido educados en la cultura del miedo, algún día ocupará el poder y cambiará esto.

—En la novela los malvados no lo son al 100%, tienen claroscuros.
—Creo que desde un punto de vista narrativo crear un malo absoluto es un mal negocio, porque los malos absolutamente malos no dan miedo, porque no son más que caricaturas. Y esto nos lleva de nuevo al punto en que confluyen la literatura y la realidad. En el mundo real, los torturadores, los seres más abyectos, los asesinos o los mercenarios implacables siempre tienen debilidades: quieren a su madre, crían perros, están enamorados de su mujer, porque los seres humanos somos así, no existe nadie tan absolutamente despiadado que no necesite querer o que le quieran. En ese sentido hace tiempo que descubrí que la ambigüedad moral es mucho más eficaz para tratar el mal que el negro oscuro. Conviene que los personajes negativos tengan alguna luz, primero porque en la realidad son así y segundo porque literariamente funcionan mucho mejor. Esta novela sucede en una época y en un lugar donde el terror se usó de una forma deliberada y sistemática para estructurar la sociedad. Para que el terror planificado sea eficaz tiene que vertebrar a toda la sociedad de arriba abajo. Los guardias civiles imponían miedo porque tenían miedo, humillaban a la gente porque se sentían humillados eran odiosos porque sentían ellos mismos la sombra de ese odio, porque eran conscientes de no estaba bien lo que estaban haciendo pero no podían sustraerse a la espiral de terror que les gobernaba. Una de las cosas más conmovedoras que cuenta Nino es que su padre es un buen hombre sujeto a una ley de la que tampoco puede escapar.

—Ha apuntado que esta es a un tiempo una novela de aventuras y de terror. Esa definición casi podría valer para definir determinados episodios de la historia de España, como la propia posguerra…
—Sí, es una novela de aventuras porque en el momento en que Nino se atreve a ir más allá de los límites se ve envuelto e una novela de aventuras semejante a las que lee. Pepe el Portugués funciona como John Long Silver en la novela, tal y como lo identifica el propio Nino, porque no se sabe nunca con quién está. No es una novela de terror en el sentido de que pretenda aterrorizar al lector, pero la voz inocente de Nino, que no tiene armas para enfrentarse a todo lo que se le viene encima, quizás sea un vehículo de terror más eficaz que otros. En realidad lo que le pasa a Nino es que le pasan cosas enormes, mucho más grandes que él, pero no puede evitarlas porque es su vida, entonces no puede rodearlas, ni puede ignorarlas, tiene que atravesarlas y por eso se rompe la crisma. En ese sentido es una novela de terror porque narra una experiencia terrorífica.

—Hay quien habla de que tras la derrota del fascismo político en la II Guerra Mundial, ahora resurge por vías financieras…
—Sí, es muy curioso. Hay que tener cuidado cuando dices las cosas porque no se trata de alarmar sin necesidad a la población, para eso ya están las agencias de calificación, no hace falta que los demás vayamos por el mismo camino. Pero es verdad que lo que está pasando recuerda mucho a algunas cosas, no a todas, que pasaron en los años treinta del siglo XX. Lo que ocurre es que hay una crisis económica semejante a aquella, entre la crisis del 29 y la actual no ha habido nada entre medias que se parezca tanto a aquella, y están volviendo a florecer cosas que parecían erradicadas en la mentalidad europea contemporánea. Se mira el empobrecimiento de la población con una naturalidad con la que desde entonces no se miraba. Estamos en una situación en la que el gran problema que tenemos, donde está la parte del león, es en la economía financiera, no en la economía productiva. Podemos dejar que caiga la economía productiva y que caigan los trabajadores, porque mientras esto no pete del todo se gana mucho más dinero especulando que produciendo y, claro, esto crea unos desajustes sociales tremendos, entonces en esa medida, en la que se contempla el empobrecimiento de la población con toda naturalidad y en la que el fin justifica los medios, yo creo que sí se puede decir que estamos viviendo un resurgir del fascismo sobre unas bases económicas, no políticas.

—Por no hablar de la pérdida de derechos…
—Sí, claro, todo eso tiene que ver. El empobrecimiento no es solo de nivel de vida en general, sino también de derechos. Da la sensación de que como no fuimos capaces de exportar a las potencias emergentes los derechos de los que gozamos, pues ahora vamos a importar las condiciones de vida de las potencias emergentes.

—También tiene pendiente una novela sobre la rama materna de su familia, la de su bisabuela Benita, que vivió en Marruecos.
—Cuando termine los Episodios, dentro de muchos años, después de haberme inventado tantas historias de familias de ficción y después de haber hecho la crónica de ficción de tantas familias españolas que no son la mía, a mí me gustaría escribir un libro que contara la historia de mi familia partiendo de mis bisabuelos hasta el día que yo nací. Mis bisabuelos son los extraordinarios, por parte de padre y sobre todo por parte de madre. Me gustaría contar una hipótesis de la historia de mi familia, porque nunca voy a tener toda la información, desde mis bisabuelos hasta mi nacimiento.

Foto de Almudena Grandes: José Manuel Pedrosa/Efe

O dicionario vermello

Sábado, enero 14th, 2012

Aínda conservo a sétima edición daquel Diccionario Galego-Castelán de X. L. Franco Grande coa capa vermella. Está forrado, como todos os libros da escola, e leva escrito na primeira páxina, coa caligrafía infantil da EXB aínda lexible, o meu nome e, debaixo, un 6.º A que delata o curso no que comezaron, na miña infancia urbanita ata as cachas, as clases de galego no cole. O volume, rematado de imprimir no prelo da editorial Galaxia o 15 de xaneiro de 1982, cumprirá mañá trinta anos e, malia os cambios de normativa e de política lingüística polos que cruzou o galego durante estas tres décadas, segue a constituír un fermoso tesouro do idioma, porque é un dos contados compendios nos que un pode atopar aínda aquelas palabras que, sen axustarse estritamente ás leis oficiais, seguen habitando as páxinas dos libros antigos e o galego oral.
No dicionario vermello eu aprendín a amar esta lingua de nós e descubrín tamén que querían dicir palabras hoxe en serio risco de extinción, como acaloumiñar, borrallo, cróquele, desmorriñar, farfallada, lizquente, manantío, panximia, soedoso, teixugueira, xóuxeres ou zirigaitas. Palabras que, postas así caoticamente en ringleira, forman un curioso poema automático e, de paso, nos permiten viaxar polos séculos dun idioma que é pura música verbal. Como Borges tamén era un sisudo lector de dicionarios e enciclopedias, que devoraba coma se fosen novelas, xa me perdoará que lle roube este piropo que el dedicou ao inglés.
O autor do dicionario vermello, X. L. Franco Grande, é un deses sabios heterodoxos que tanto lle gustaban a outro escritor que asinaba con iniciais: G. K. Chesterton. É home sen rodeos, disidente e incómodo para a oficialidade (de antes e de agora). Un deses intelectuais rexos que sempre andan buscándolle ás cóxegas ás cousas, a ver que ocultan baixo a superficie. Hoxe volve a Tomiño. E, coa súa homenaxe, chegará tamén a xustiza poética para as xentes de Tebra, e do país todo, que foron quen de manter viva unha cultura nos longos tempos escuros.

Nicanor Parra, la vida en palabras

Viernes, diciembre 2nd, 2011

Nicanor Parra aterriza en la literatura, como Ernesto Sabato, Robert Musil, Alexander Solzhenitsin y otros acróbatas de la existencia, procedente de las galaxias de la física y de los campos transfinitos de las matemáticas. Llega Parra a sus palabras, a sus trastos de escribir y sus metáforas, bañado en la luz insondable de los fotones y aplastado por el vértigo cósmico que únicamente conocen quienes se han asomado, aunque solo sea con un bolígrafo y una libreta llena de garabatos, a los agujeros negros y sus madrigueras esféricas. Un día el físico emerge de su materia oscura, del reverso del universo en expansión, y salta sin titubeos de la antimateria a la antipoesía, que no es lo mismo, pero casi.
Su antipoesía, como la de Bukowski, es la vida en palabras, esa crónica pendenciera y deslenguada que fluye desde el Arcipreste a Quevedo y Villon hasta desembocar en Franz Kafka, su «maestro absoluto». Y estalla sin vuelta atrás en Obra gruesa (1969), donde Parra bucea en la poesía del yo, pero no del yo cutre y obsceno del ombliguismo, sino del «yo de la especie» que late bajo los versos con un murmullo milenario.
«Me interesa más el renacuajo que la rana completa», soltó Parra un día a Benedetti para explicar que ya no amaba la perfecta arquitectura de cuentos y novelas. Por eso decidió arrojarse a la imperfección bastarda, heterodoxa y visceral de su antipoesía.

Libertad, de Franzen

Lunes, octubre 31st, 2011

Libertad es una gran novela. Incluso podría decirse que es una novela extraordinaria por su inteligente introspección en el paisaje humano y moral de la sociedad norteamericana contemporánea. El aclamado autor de Las correcciones, Jonathan Franzen (1959), planta su microscopio sobre la familia Berglund y, a lo largo de casi setecientas páginas, exhibe músculo y neuronas para componer un minucioso retrato de ese mundo fragmentario y de «pensamiento sin centro» en el que habitan Walter, Patty, Jessica y Joey Berglund y la entrañable fauna que orbita a su alrededor, entre la que sobresale el golfo roquero Richard Katz, amigo del paterfamilias Walter desde la Universidad (pequeño detalle que no impide que tenga un fulminante lío con su desnortada esposa Patty).

El único problema con Libertad y sus precisos engranajes narrativos es que a los chicos de
márketing se les ha ido la mano (por decirlo muy suavemente) con la desmedida campaña mediática de promoción que ha acompañado el lanzamiento del libro, hace un año en el mercado de lengua inglesa y ahora en España, presentando el volumen, sin mayores matices, como «el acontecimiento literario del año» o «la gran novela del siglo».

En el fondo, Jonathan Franzen es un falible hijo de su tiempo. Cae en las mismas trampas, paradojas y contradicciones que revela certeramente en sus personajes y se olvida de los hallazgos e innovaciones de su amigo David Foster Wallace (que no soportó el vacío del siglo que le tocó vivir y pidió la liquidación antes de que expirase el contrato basura). Franzen cumple fielmente con los deberes del narrador convencional, pero está escribiendo con las técnicas del siglo XIX una novela ambientada en el siglo XXI y, tal vez por eso,
se empeña hasta la extenuación en decorar la trama con imágenes actuales, como el cameo de
los vocalistas de R.E.M. y Wilco (pág. 227) o esa diatriba de Richard (pág. 244) contra el mundo guay diseñado por las mentes de Apple que asombrará a los descarriados huérfanos de Steve Jobs que hace unos días compararon al creador del iPod con Einstein y Da Vinci (otro ejemplo de la falta de mesura de nuestra era).

Libertad es una notable narración. Pero ni es la mejor novela norteamericana del siglo XXI
(recordemos que la fabulosa La conjura contra América, de Philip Roth, data del 2004), ni la intangible «gran novela americana» que busca Estados Unidos desde 1776. Ni mucho menos esa Guerra y Paz que lee Patty (pág. 205) justo antes de llevar a la práctica el triángulo Andréi-Natasha-Pierre del novelón ruso. Franzen no es Tolstói. Y ni siquiera ha divisado las puertas que abrieron en el siglo XX unos tipos llamados James Joyce, Franz Kafka y Marcel Proust.

Inicio
“La noticia sobre Walter Berglund no apareció en la prensa local -Patty y éll se habían trasladado a Washington dos años antes, y en Saint Paul ya no contaban para nadie-, pero la aristocracia urbana de Ramsey Hill no era tan leal a su ciudad como para privarse de leer el New York Times. Según un largo y nada halagüeño artículo de este periódico, Walter había arruinado su vida profesional allá en la capital de la nación”. Libertad, Jonathan Franzen. Ediciones Salamandra. Traducción de Isabel Ferrer.

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