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Bloomsday

Viernes, junio 4th, 2010

IRELAND BLOOMSDAY 100

También tenían que amargarnos el Bloomsday. No podían elegir otra fecha. No. Zapatero anuncia que el 16 de junio, el mismo día en el que medio mundo conmemora las andanzas de Leopold Bloom por las calles de Dublín, su Consejo de Ministros (con perdón) aprobará la reforma laboral, eufemismo que resume una colección de nuevos recortes a los derechos de los trabajadores, a los que se podrá pegar la ya tradicional patada en el culo por un precio mucho más módico que el actual. Dice ZP que habrá reforma con o sin acuerdo de sindicatos y empresarios. O sea, por las buenas o por las malas, como dicen las madres cuando te quieren enchufar el  jarabe en la epiglotis. Qué tío el ZP. Qué arrestos. Me gustaría que exhibiese esos pectorales (que no agallas) ante el presidente del Banco Central Europeo y sus amigos del Club Bilderberg.

El caso es que además de seguir recortándonos las partes y los todos, aún encima nos amargan el Bloomsday, el mismo día en que James Joyce situó la acción (es un decir, claro) de su descomunal Ulises. Tal vez ese día el único consuelo sea abrir precisamente ese libro deslumbrante, único, casi absoluto, y regresar durante unas horas al 16 de junio de 1904, a ese instante en que se cruzan los caminos de Leopold Bloom y Stephen Dedalus sobre el tablero de Dublín. Por lo menos eso todavía no nos lo pueden recortar.

Finnegans Wake

Miércoles, febrero 18th, 2009

Imagen de previsualización de YouTube 

Durante las Navidades de 1992/1993 me fui de viaje a Estados Unidos, para visitar a una novia americana que tenía entonces y que se llamaba (bueno, y se sigue llamando) Clare. Llegué un atardecer nevado de diciembre al aeropuerto JFK, en el neoyorquino barrio de Queens. Al bajar con mi mochila y Clare al bus lo primero que escuché fue a un pavo que me soltó, en español, que el billete valía un dólar o cinco dólares, no recuerdo. Luego, en el bus que iba a la legendaria Penn Station, fui alucinando al ver las luminarias del Empire State, el edificio Chrysler y las Torres Gemelas, que pude visitar un par de días después. De NYC nos piramos a Newark (New Jersey), al campus de la Rutgers University, una de las grandes universidades de Estados Unidos, donde estudiaba mi santa de entonces. Y, ya digo, después de deambular durante un par de días por Nueva York, cruzamos el continente hasta Bozeman (Montana), un auténtico rincón del Oeste americano incrustado en un paisaje de abrumadora belleza. Pues bien, en aquella ciudad universitaria, de unos 50.000 habitantes, me encontré con una de las librerías más hermosas que he pisado. Con esa amabilidad algo ingenua que se gastan los americanos enrollados, me despacharon tres de los libros que guardo con más cariño en mis destartaladas estanterías: Dublineses, Retrato del artista adolescente y Finnegans Wake. El Ulises ya no me lo compré, porque me había hecho con la pieza un año antes en otro escarceo por Sevilla city. La fiebre joyceana me apretaba las meninges porque el siguiente otoño me iba a ir a estudiar a la University College Dublin, la universidad en la que se había licenciado, hacía ya muchos lustros, el gran James. Recuerdo que el padre de Clare, Mike, que era catedrático de Literatura inglesa en el campus de Bozeman, me dijo muy serio que el Finnegans Wake era un libro ilegible, y más todavía si el inglés no era mi lengua materna. Yo, que entonces era un niñato, no le hice mucho caso, total sólo era un catedrático de Literatura inglesa y tenía publicados un par de libros sobre la poesía de Keats. Así que acabé en Dublín, un año después, tratando de descifrar aquellos párrafos en una cafetería con vistas al río Liffey (Winding Stair Cafe, creo que se llamaba el garito, una de esas librería-café que tanto gustan a los anglosajones). No avancé mucho, claro, porque el libro de marras es probablemente el hueso más duro de roer que se haya parido.

Pasó el tiempo, volví a España con mis libracos y alguna que otra experiencia en la maleta. Deambulé un par de años por Barcelona y acabé, no se sabe muy bien por qué, trabajando de periodista en mi ciudad de origen, A Coruña. Uno de esos días de curro frenético en el periódico, entre rueda de prensa y rueda de prensa, me tocó entrevistar a Domingo García-Sabell, que acababa de dejar la presidencia de la Real Academia Galega. Este sabio vivía en una casa frente al mar en la que atesoraba unos 25.000 libros. Entre otras gemas guardaba, cómo no, un ejemplar del Finnegans Wake. Como Mike Becker en el año 93, García-Sabell, que hablaba cuatro o cinco idiomas, me confesó que aquella obra de Joyce era, sencillamente, ilegible. Entonces, con algunos palos más en los lomos y algo de experiencia acumulada, me tomé más en serio el consejo y empecé a comprender que la novela tal vez no tuviera arista alguna por la que meterle el diente.

Han vuelto a pasar un puñado de años y, deambulando por la Red, me he tropezado ahora con una web en la que se puede leer el Finnegans Wake paso a paso y con generosas anotaciones que aclaran cada párrafo, cada línea, casi cada palabra. A lo mejor ahora podré descifrar este monumento literario de cuyo riesgo ya me avisó alguna gente sabia (mucho más sabia de lo que yo nunca llegaré a ser). Tal vez Internet obre el milagro.

Y, para añadir otra muesca en las cachas de mi navaja de los inicios de novela, adhiero aquí una versión, de cosecha propia, de las primeras tres líneas del Finnegans Wake (no me atrevo a ir más allá). El río es el Liffey, que atraviesa Dublín, Eve and Adam’s es el nombre con el que es conocida popularmente la iglesia de San Francisco de Asís, situada en la orilla del Liffey, y Howth es la península que se adentra en el mar al norte de la bahía de Dublín.

“corre el río, pasada Eve and Adam’s, desde la curva de la orilla hasta el recodo de la bahía, nos trae por un cómodo vicio de recirculación de regreso al castillo de Howth y alrededores”.

Es conocido que, salvo la traducción de Julián Ríos del capítulo de Anna Livia Plurabelle, y las versiones de otros fragmentos que circulan por la Red (por ejemplo, la del mexicano J. D. victoria en http://www.eloceanodelcaos.com/), el libro no se ha editado en español, entre otras razones porque el texto original es una peculiar amalgama de diferentes idiomas. El vídeo con el que me he tropezado en YouTube, y de cuya autenticidad no respondo, corresponde a la lectura de las páginas 213-216 de la novela (final del famoso capítulo 8, el de Anna Livia) y que enlazo por si alguien quiere seguir el texto acompañado por la (presunta) voz del gran James Joyce.

Bloomsday

Lunes, junio 16th, 2008

Hoy, 16 de junio del 2008, se celebra en Dublín el Bloomsday, jornada bautizada así en honor de Leopold Bloom, protagonista, junto al inquieto Stephen Dedalus, de la novela de novelas, de la gran narración de todos los tiempos: Ulises, de James Joyce. El Bloomsday, que se conmemora desde 1954 en las hermosas aunque grises calles de Dublín, alude al 16 de junio de 1904, día en el que Joyce sitúa la acción de Ulises. Turistas y lugareños recorren los escenarios de la novela, incluidos pubs y todo tipo de garitos, mientras leen fragmentos de la obra y despachan unas cuantas cervezas negras a la salud de Bloom y Dedalus. Quién pudiera acercarse hoy al pub Davy Byrne’s, en el 21 de Duke Street, a degustar la espuma amarga de una stout a la luz de las palabras de Joyce.

Ahora, que arrecian los navajazos contra los irlandeses porque han decidido votar en un referendo lo contrario de lo que querían los políticos (¿para qué se convocan estas consultas si solamente sirve una de las respuestas?, ¿para qué se pregunta a los ciudadanos si luego da igual lo que digan porque se van a hacer una serie de arreglitos para seguir adelante con el tratado que han rechazado?), conviene recordar lo que hacían en Irlanda antes de los fondos de cohesión. Porque a Joyce, creo, no se lo inventaron las subvenciones de la Unión Europea.

Y como aquí ya se habló en otra ocasión del inicio de Ulises, remato con el final de la inmensa novela, un pedazo del célebre monólogo de Molly Bloom:

“[...] y Gibraltar de niña donde yo era una Flor de la montaña sí cuando me ponía la rosa en el pelo como las chicas andaluzas o me pongo una rosa roja sí y cómo me besó al pie de la muralla mora y yo pensé bueno igual da él que otro y luego le pedí con los ojos que lo volviera a pedir sí y entonces me pidió si quería yo decir sí mi flor de la montaña y primero le rodeé con los brazos sí y le atraje encima de mí para que él me pudiera sentir los pechos todos perfume sí y el corazón le corría como un loco y sí dije sí quiero Sí”. (Triestre-Zúrich-París, 1914-1921)

Un inicio y un final de leyenda

Lunes, junio 9th, 2008

 En lo que respecta a inicios de novela, probablemente el arranque del Ulises, de James Joyce, sea el inicio de inicios: joyce.jpg

“Solemne, el gordo Buck Mulligan avanzó desde la salida de la escalera, llevando un cuenco de espuma de jabón, y encima, cruzados, un espejo y una navaja. La suave brisa de la mañana le sostenía levemente en alto, detrás de él, la bata amarilla, desceñida. Elevó en el aire el cuenco y entonó:

-Introibo ad altare Dei”.

(Traducción de José María Valverde para la edición de Seix Barral).

Pero, donde Joyce se salió definitivamente de las coordenadas literarias conocidas fue, al margen de ese juego insondable titulado Finnegans Wake, en un final de leyenda, el del relato Los muertos, del volumen Dublineses, que podemos paladear aquí en la versión que preparó para Cátedra el gran Eduardo Chamorro (sí, nuestro Eduardo Chamorro, el que escribe su columna en La Voz):

“Había comenzado de nuevo a nevar. Contempló somnoliento los copos, plateados y oscuros, cayendo oblicuamente contra la luz de la farola. Había llegado el momento de que emprendiera el viaje hacia el oeste. Sí, los periódicos tenían razón: nevaba de igual modo sobre toda Irlanda. La nieve caía sobre todos los lugares de la oscura llanura central, sobre las colinas sin árboles, caía dulcemente sobre el pantano de Allen y, más hacia el oeste, caía suavemente en las oscuras olas amotinadas del Shannon. Caía también sobre todos los lugares del solitario cementerio en la colina donde Michael Furey yacía enterrado. Yacía apelmazada en las cruces y lápidas torcidas, en las lanzas de la pequeña cancela, en los abrojos estériles. Su alma se desvaneció lentamente al escuchar el dulce descenso de la nieve a través del universo, su dulce caída, como el descenso de la última postrimería, sobre todos los vivos y los muertos”.

Sencillamente, insuperable.

Aquí os dejo otros farrapos sobre inicios de novela: El barón rampante, Münchhausen, En busca del tiempo perdido, El hombre sin atributos, y Firmin 

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