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Entradas etiquetadas como ‘Inicios de novela’

Gatsby no se acaba nunca

sábado, septiembre 22nd, 2012

«Cuando era joven y más vulnerable mi padre me dio un consejo sobre el que he pensado mucho desde entonces»

El gran Gatsby. Francis Scott Fitzgerald. Traducción de Susana Corral. Reino de Cordelia.

 

Hay en los grandes narradores norteamericanos un cierto tono épico, casi bíblico, que logra por momentos que en su prosa emerja ese asombro inicial ante un mundo tan fieramente nuevo en el que todo estaba todavía por inventar. No es casual la devoción de Mark Twain, uno de esos gigantes de la narrativa estadounidense, por las peripecias de Adán y Eva. Es en esa sutil ingenuidad adánica, no exenta paradójicamente de violencia escénica, donde se encierra la magia fundacional de una literatura.
Lo cuenta en un párrafo de abrumadora belleza uno de los grandes, Francis Scott Fitzgerald (Saint Paul, Minnesota, 1896-Hollywood, 1940), en las postrimerías de El gran Gatsby: «Los árboles desaparecidos —los que habían dejado sitio a la casa de Gatsby— habían satisfecho en susurros el último y el más grande de los sueños de la humanidad; durante un momento transitorio, encantado, la humanidad debió contener la respiración en presencia de este continente, obligada a realizar una contemplación estética que ni entendía ni deseaba, enfrentada por última vez en la historia a algo proporcional a su capacidad de asombro».
El lector, como esa humanidad iniciática, contiene también el aliento al zambullirse una vez más en este libro único, recuperado ahora por el sello Reino de Cordelia en una nueva y espléndida traducción de Susana Carral. ¿Quién no ha soñado alguna vez con ver cruzar el jardín al chófer de Jay Gatsby con una invitación en la mano para asistir a una de sus multitudinarias fiestas en las que los hiperhormonados universitarios sostienen «conversaciones obstétricas» con las coristas y el champán circula en cantidades industriales en copas sospechosamente parecidas a lavafrutas?
La fiesta, por supuesto, desemboca inevitablemente en una cruda y larga resaca. Nada muy diferente de la propia existencia, como sabían bien Fitzgerald y la indómita Zelda Sayre, que escribieron el guion de su vida con la tinta del alcohol y el jazz.
Reino de Cordelia y su sello hermano, Rey Lear, rescatan otros dos títulos cruciales del yanqui. Tres historias en torno a Gatsby, también en versión de Susana Carral, reúne relatos escritos en paralelo a su gran novela de 1925. Los cuentos, entre los que sobresale el formidable Daños, puño americano y guitarra (1923), fueron concebidos como tentativas de la atmósfera y personajes de su obra maestra, que en el fondo no guardan demasiada distancia respecto a las agitadas peripecias que protagonizaron el propio Scott y Zelda.
Y ya asomándose al abismo del devastador crack del 29 publicó Fitzgerald el tercer volumen que ahora edita Reino de Cordelia: La adolescencia de Basil Duke Lee. La novela, que vio la luz por entregas entre 1928 y 1929 en The Saturday Evening Post, resucita en esta edición de Susana Carral con el capítulo Una fiesta especial abriendo el volumen, devolviendo este fragmento al lugar elegido inicialmente por Scott y que, por diversas circunstancias editoriales, se había quedado por el camino en otras versiones. A pesar de la aversión del autor a sus colaboraciones en prensa, el conjunto no se resiente y traza una novela clásica de aprendizaje, anticipándose en cierto modo al Holden Caulfield de Salinger.
Scott, vapuleado durante una época por sectores académicos y críticos, se ha consagrado con el tiempo como uno de los autores mayores de la literatura norteamericana. Y Gatsby, como sus fiestas, no se acaba nunca.

Libertad, de Franzen

lunes, octubre 31st, 2011

Libertad es una gran novela. Incluso podría decirse que es una novela extraordinaria por su inteligente introspección en el paisaje humano y moral de la sociedad norteamericana contemporánea. El aclamado autor de Las correcciones, Jonathan Franzen (1959), planta su microscopio sobre la familia Berglund y, a lo largo de casi setecientas páginas, exhibe músculo y neuronas para componer un minucioso retrato de ese mundo fragmentario y de «pensamiento sin centro» en el que habitan Walter, Patty, Jessica y Joey Berglund y la entrañable fauna que orbita a su alrededor, entre la que sobresale el golfo roquero Richard Katz, amigo del paterfamilias Walter desde la Universidad (pequeño detalle que no impide que tenga un fulminante lío con su desnortada esposa Patty).

El único problema con Libertad y sus precisos engranajes narrativos es que a los chicos de
márketing se les ha ido la mano (por decirlo muy suavemente) con la desmedida campaña mediática de promoción que ha acompañado el lanzamiento del libro, hace un año en el mercado de lengua inglesa y ahora en España, presentando el volumen, sin mayores matices, como «el acontecimiento literario del año» o «la gran novela del siglo».

En el fondo, Jonathan Franzen es un falible hijo de su tiempo. Cae en las mismas trampas, paradojas y contradicciones que revela certeramente en sus personajes y se olvida de los hallazgos e innovaciones de su amigo David Foster Wallace (que no soportó el vacío del siglo que le tocó vivir y pidió la liquidación antes de que expirase el contrato basura). Franzen cumple fielmente con los deberes del narrador convencional, pero está escribiendo con las técnicas del siglo XIX una novela ambientada en el siglo XXI y, tal vez por eso,
se empeña hasta la extenuación en decorar la trama con imágenes actuales, como el cameo de
los vocalistas de R.E.M. y Wilco (pág. 227) o esa diatriba de Richard (pág. 244) contra el mundo guay diseñado por las mentes de Apple que asombrará a los descarriados huérfanos de Steve Jobs que hace unos días compararon al creador del iPod con Einstein y Da Vinci (otro ejemplo de la falta de mesura de nuestra era).

Libertad es una notable narración. Pero ni es la mejor novela norteamericana del siglo XXI
(recordemos que la fabulosa La conjura contra América, de Philip Roth, data del 2004), ni la intangible «gran novela americana» que busca Estados Unidos desde 1776. Ni mucho menos esa Guerra y Paz que lee Patty (pág. 205) justo antes de llevar a la práctica el triángulo Andréi-Natasha-Pierre del novelón ruso. Franzen no es Tolstói. Y ni siquiera ha divisado las puertas que abrieron en el siglo XX unos tipos llamados James Joyce, Franz Kafka y Marcel Proust.

Inicio
“La noticia sobre Walter Berglund no apareció en la prensa local -Patty y éll se habían trasladado a Washington dos años antes, y en Saint Paul ya no contaban para nadie-, pero la aristocracia urbana de Ramsey Hill no era tan leal a su ciudad como para privarse de leer el New York Times. Según un largo y nada halagüeño artículo de este periódico, Walter había arruinado su vida profesional allá en la capital de la nación”. Libertad, Jonathan Franzen. Ediciones Salamandra. Traducción de Isabel Ferrer.

Informe sobre ciegos

martes, mayo 3rd, 2011

Ernesto Sábato (o Sabato: sería conveniente respetar la ortografía de los muertos) no era escritor de pirotecnias y barroquismos, así que aquí dejo, sin mayores orfebrerías, el arranque de su mejor novela, que tal vez no sea El túnel, ni Abaddón el exterminador, ni tampoco exactamente Sobre héroes y tumbas, sino ese tesoro agazapado en la tercera parte de Sobre héroes y tumbas titulado Informe sobre ciegos:
“¿Cuándo empezó esto que ahora va a terminar con mi asesinato? Esta feroz lucidez que ahora tengo es como un faro y puedo aprovechar un intensísimo haz hacia vastas regiones de mi memoria: veo caras, ratas en un granero, calles de Buenos Aires o Argel, prostitutas y marineros; muevo el haz y veo cosas más lejanas: una fuente en la estancia, una bochornosa siesta, pájaros y ojos que pincho con un clavo. Tal vez ahí, pero quién sabe: puede ser mucho más atrás, en épocas que ahora no recuerdo, en períodos remotísimos de mi primera infancia. No sé. ¿Qué importa, además?”.
Sobre héroes y tumbas, III: Informe sobre ciegos, Ernesto Sabato (Rojas, 1911-Santos Lugares, 2011)

Uno de los grandes

sábado, marzo 13th, 2010

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Miguel Delibes, el gran cronista de Castilla, se nos ha ido a los cielos de su tierra ocre, llenos de perdices rojas y de nubes delgadas, elegantes y austeras como su prosa (y como el autor, claro). Hace sólo unos meses, con la excusa de la publicación de dos tomos de sus imbatibles Obras Completas, hablábamos por aquí de la epopeya de lo minúsculo. Ahora no sabría qué añadir de nuevo a aquellas líneas, así que me remito a los excelentes textos que han escrito hoy en La Voz Enrique Clemente, César Casal y Paco Sánchez sobre el último gran clásico de la literatura española.

Y me limito, por último, a reproducir el inicio de Las ratas, trazada, como todas sus novelas, en un idioma formidable, que probablemente dentro de una década ya sólo exista en los libros, y que los lectores, disfrazados de arqueólogos, tendremos que rastrear en bibliotecas y diccionarios. Pero ya me callo, porque, como diría el roedor Firmin, va a hablar uno de los grandes:

“Poco después de amanecer, el Nini se asomó a la boca de la cueva y contempló la nube de cuervos reunidos en consejo. Los tres chopos desmochados de la ribera cubiertos de pajarracos, parecían tres paraguas cerrados con las puntas hacia el cielo. Las tierras bajas de don Antero, el Poderoso, negreaban en la distancia como una extensa tizonera.

La perra se enredó en las piernas del niño y él le acarició el lomo a contrapelo, con el sucio pie desnudo, sin mirarla; luego bostezó, estiró los brazos y levantó los ojos al lejano cielo arrasado:

-El tiempo se pone de helada, Fa. El domingo iremos a cazar ratas -dijo.”.

(Las ratas, Ediciones Destino, 1962)

Ilustración: “Miguel Delibes con milano en el hombro”, de Pablo Gallo.

Bajo el volcán

lunes, noviembre 2nd, 2009

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No es el inicio de Bajo el volcán. Pero casi. Es parte del arranque de esta novela torrencial y, como dijo el otro, fieramente humana. Crónica de una autodestrucción, que también fue la autodemolición del propio Malcolm Lowry. Todo empezaba (o terminaba) el Día de de Muertos (en México no se andan con eufemismos) de 1939. Hace hoy setenta años. El libro contiene otra frase magistral perdida en medio de su prosa, cuando Geoffrey Firmin deambula por la calle y, de pronto, percibe cómo la acera se levanta hasta encontrarse con su rostro.

«Hacia la hora del crepúsculo del Día de Muertos, en noviembre de 1939, dos hombres, vestidos con pantalón de franela blanca, estaban sentados bebiendo anís en la terraza principal del Casino. Habían jugado primero al tenis, luego al billar, y las raquetas envueltas en fundas impermeables y cautivas en sus prensas -la del doctor, triangular, la del otro, cuadrangular- descansaban frente a ellos en su parapeto. Mientras se acercaban las procesiones que descendían serpenteando por la colina detrás del hotel, llegaban hasta ambos los sonidos reverberantes de sus cánticos; se volvieron para mirar a los dolientes, a los que sólo pudieron distinguir poco después como melancólicas luces de velas girando entre los lejanos haces de maíz. El doctor Arturo Díaz Vigil acercó la botella de Anís del Mono a M. Jacques Laruelle, que ahora se asomaba, absorto, por encima del parapeto».  (Bajo el volcán, Malcolm Lowry, Tusquets Editores).

Pero, en realidad, todo había empezado justo un año antes, el Día de Muertos de 1938, cuando durante 24 horas asistimos al desplome (literal) de Firmin y su vida.

Otro tesoro de la cantera irlandesa

sábado, mayo 9th, 2009

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«Me gustaría contar qué ocurrió en casa de mi abuela el verano en que yo tenía ocho o nueve años, pero no estoy segura de si sucedió en realidad. Necesito dar testimonio de un hecho que no sé si es cierto. Siento bullir dentro de mí eso que tal vez jamás haya tenido lugar. Ni siquiera sé cómo llamarlo. Creo que podríamos decir que fue un crimen carnal, pero la carne desapareció hace mucho y no sé qué daño puede haber quedado en los huesos».

Así arranca El encuentro, de Anne Enright (editorial Lumen, traducción de Francisco Javier Calzada), del que hoy publico en el suplemento Culturas de La Voz de Galicia esta reseña:

Quién sabe dónde se oculta el secreto de la inagotable cantera literaria de Irlanda. Tal vez en el dédalo urbano de Dublín, capital elevada a la cumbre de las ciudades literarias en el Ulises joyceano. Quizás en esa lluvia que riega de forma perpetua los suaves paisajes del occidente de la isla y las neuronas de sus escritores. O a lo mejor en la amargura de la cerveza negra, que se parece sospechosamente a la tinta que fluye por las venas de sus literatos. Quién sabe. Pero lo que es indudable es que cada cierto tiempo, rebuscando en las novedades, uno se encuentra por ahí con un autor irlandés que consigue deslumbrarle como pocos. Ocurrió hace unos años con John Banville. Y sucede ahora con Anne Enright (Dublín, 1962). Lumen publica en español su cuarta novela, El encuentro (The Gathering) con la que obtuvo en el 2007 el prestigioso premio Man Booker, que distingue al mejor libro publicado ese año en inglés por autores de los países de la Commonwealth y de Irlanda.

Es El encuentro un libro duro, que discurre sin contemplaciones desde su arranque. Ya en la página 10 la voz narradora, Veronica Hegarty, nos lo advierte: «Me quedo abajo mientras la familia respira en el piso de arriba y escribo, amortajo con frases hermosas mis limpios y blancos huesos». Veronica cuenta así la historia de su familia, de los doce hermanos Hegarty y de las dos generaciones que los precedieron. El punto de partida del relato es la muerte de su hermano Liam, un entrañable perdedor arruinado por el alcoholismo que se ha suicidado arrojándose al mar en una playa de Brighton con los bolsillos atiborrados de piedras. Veronica, al tiempo que ve cómo se desmorona su matrimonio, tendrá que ocuparse de rescatar el cadáver de Liam de las garras de la burocracia británica. El velatorio de Liam, ya en la casa familiar de Dublín, es el encuentro al que alude el título, que más que un encuentro es una despiadada colisión de recuerdos, divergencias y fracasos. Un choque que la prosa implacable de Enright convierte en pura (y dura, muy dura) vida.

Conversación en La Catedral

lunes, marzo 30th, 2009

«DESDE la puerta de La Crónica Santiago mira la avenida Tacna, sin amor: automóviles, edificios desiguales y descoloridos, esqueletos de avisos luminosos flotando en la neblina, el mediodía gris. ¿En qué momento se había jodido el Perú? Los canillitas merodean entre los vehículos detenidos por el semáforo de Wilson voceando los diarios de la tarde y él echa a andar, despacio, hacia la Colmena. Las manos en los bolsillos, cabizbajo, va escoltado por transeúntes que avanzan, también, hacia la Plaza San Martín. Él era como el Perú, Zavalita, se había jodido en algún momento. Piensa: ¿en cuál?».

El arranque de Conversación en La Catedral, de Mario Vargas Llosa, es uno de los comienzos más contundentes de la narrativa del llamado boom latinoamericano. La frase «¿En qué momento se había jodido el Perú?» se queda pegada a tus neuronas y te persigue, con ligeras paráfrasis, el resto de tu vida. Porque en la sentencia cada uno puede insertar su propio Perú.

Calle de las Tiendas Oscuras

sábado, marzo 21st, 2009

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Las novelas se la juegan en su arranque. En el primer párrafo. Aún diría más: en las primeras cinco líneas. O triunfan en esa distancia corta o se quedan en el baúl de las asignaturas pendientes. Y no estoy hablando de «enganchar al lector», que no tengo ni idea de en qué consiste (sólo sé que eso lo hacen mucho los autores de best-sellers, enganchan al lector y luego lo tiran por ahí, cuando se quedan sin argumentos literarios). No. Estoy hablando de literatura de verdad. Como la del francés Patrick Modiano. Así arranca su Calle de las Tiendas Oscuras:

«No soy nada. Sólo  una silueta clara, aquella noche, en la terraza de un café. Estaba esperando que dejara de llover, un chaparrón que empezó en el preciso momento en que Hutte se iba».

Modiano insiste a menudo en una tesis que, a pesar de su aparente obviedad, resulta imprescindible recordar: él ya no puede escribir como los totémicos autores del siglo XIX porque, sencillamente, no estamos en el siglo XIX. No puede, apostilla, levantar sus novelas como si construyera una catedral o un venerable monumento, ni puede dedicarse a describir bonitos paisajes rurales. Porque su mundo es urbano y su relación con él es fragmentaria. Ya no hay unos sólidos cimientos a los que aferrarse. Por eso, sus personajes se revuelven en un combate interior, a la caza de su memoria y de su identidad.

La memoria y la identidad, que en aquel canónico y ortodoxo XIX se tomaban como un mero dato o punto de partida, ahora hay que conquistarlas a golpes, con los músculos desgajados por la pelea (aunque esta sea solo contra uno mismo). Quizás por eso, porque sus desnortados protagonistas son una forma contemporánea de los noctámbulos perdedores que habitaban en los guiones del antiguo y hermoso cine negro, la narrativa de Modiano tiene un tono detectivesco, tallado con frases breves y rotundas como puñetazos.

 En esta sugerente atmósfera de la novela negra se mueve también Modiano en Calle de las Tiendas Oscuras, narración con la que ganó el premio Goncourt en 1978. Su protagonista, el sabueso desmemoriado Guy Roland —aunque este sea solo uno de los múltiples nombres con los que aparece en el volumen—, se dedica a saltar de pista en pista a la busca de su yo, sepultado bajo la amnesia. Roland, que trabajaba en una agencia de detectives que echó el cerrojo por la jubilación del propietario, se convierte así en perseguidor de sí mismo, en cazador de su propia sombra, para lo que tendrá que rastrear sus huellas en los recuerdos de los personajes que se van cruzando en el itinerario por diferentes escenarios, con su centro existencial en el París ocupado por los nazis. La búsqueda, por supuesto, apenas desvela ciertos senderos de su laberinto vital, por lo que ya a punto de rematar la novela encontramos la desolación del protagonista al descubrir que no hay grandes certidumbres a las que agarrarse: «Hasta ahora todo me ha parecido tan caótico, tan fragmentario… Retazos, briznas de cosas me volvían de repente mientras investigaba… Pero, bien pensado, a lo mejor una vida es eso» (página 220).

Modiano no anda demasiado desencaminado cuando concluye que no es la amnesia, sino la propia vida la que desbarata una estructura que creíamos firme y que solo se compone, al fin, de unas finísimas hebras que llamamos recuerdos y que tal vez se escondan en esa calle de las Tiendas Oscuras que todos custodiamos en la recámara del cerebro.

Finnegans Wake

miércoles, febrero 18th, 2009
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Durante las Navidades de 1992/1993 me fui de viaje a Estados Unidos, para visitar a una novia americana que tenía entonces y que se llamaba (bueno, y se sigue llamando) Clare. Llegué un atardecer nevado de diciembre al aeropuerto JFK, en el neoyorquino barrio de Queens. Al bajar con mi mochila y Clare al bus lo primero que escuché fue a un pavo que me soltó, en español, que el billete valía un dólar o cinco dólares, no recuerdo. Luego, en el bus que iba a la legendaria Penn Station, fui alucinando al ver las luminarias del Empire State, el edificio Chrysler y las Torres Gemelas, que pude visitar un par de días después. De NYC nos piramos a Newark (New Jersey), al campus de la Rutgers University, una de las grandes universidades de Estados Unidos, donde estudiaba mi santa de entonces. Y, ya digo, después de deambular durante un par de días por Nueva York, cruzamos el continente hasta Bozeman (Montana), un auténtico rincón del Oeste americano incrustado en un paisaje de abrumadora belleza. Pues bien, en aquella ciudad universitaria, de unos 50.000 habitantes, me encontré con una de las librerías más hermosas que he pisado. Con esa amabilidad algo ingenua que se gastan los americanos enrollados, me despacharon tres de los libros que guardo con más cariño en mis destartaladas estanterías: Dublineses, Retrato del artista adolescente y Finnegans Wake. El Ulises ya no me lo compré, porque me había hecho con la pieza un año antes en otro escarceo por Sevilla city. La fiebre joyceana me apretaba las meninges porque el siguiente otoño me iba a ir a estudiar a la University College Dublin, la universidad en la que se había licenciado, hacía ya muchos lustros, el gran James. Recuerdo que el padre de Clare, Mike, que era catedrático de Literatura inglesa en el campus de Bozeman, me dijo muy serio que el Finnegans Wake era un libro ilegible, y más todavía si el inglés no era mi lengua materna. Yo, que entonces era un niñato, no le hice mucho caso, total sólo era un catedrático de Literatura inglesa y tenía publicados un par de libros sobre la poesía de Keats. Así que acabé en Dublín, un año después, tratando de descifrar aquellos párrafos en una cafetería con vistas al río Liffey (Winding Stair Cafe, creo que se llamaba el garito, una de esas librería-café que tanto gustan a los anglosajones). No avancé mucho, claro, porque el libro de marras es probablemente el hueso más duro de roer que se haya parido.

Pasó el tiempo, volví a España con mis libracos y alguna que otra experiencia en la maleta. Deambulé un par de años por Barcelona y acabé, no se sabe muy bien por qué, trabajando de periodista en mi ciudad de origen, A Coruña. Uno de esos días de curro frenético en el periódico, entre rueda de prensa y rueda de prensa, me tocó entrevistar a Domingo García-Sabell, que acababa de dejar la presidencia de la Real Academia Galega. Este sabio vivía en una casa frente al mar en la que atesoraba unos 25.000 libros. Entre otras gemas guardaba, cómo no, un ejemplar del Finnegans Wake. Como Mike Becker en el año 93, García-Sabell, que hablaba cuatro o cinco idiomas, me confesó que aquella obra de Joyce era, sencillamente, ilegible. Entonces, con algunos palos más en los lomos y algo de experiencia acumulada, me tomé más en serio el consejo y empecé a comprender que la novela tal vez no tuviera arista alguna por la que meterle el diente.

Han vuelto a pasar un puñado de años y, deambulando por la Red, me he tropezado ahora con una web en la que se puede leer el Finnegans Wake paso a paso y con generosas anotaciones que aclaran cada párrafo, cada línea, casi cada palabra. A lo mejor ahora podré descifrar este monumento literario de cuyo riesgo ya me avisó alguna gente sabia (mucho más sabia de lo que yo nunca llegaré a ser). Tal vez Internet obre el milagro.

Y, para añadir otra muesca en las cachas de mi navaja de los inicios de novela, adhiero aquí una versión, de cosecha propia, de las primeras tres líneas del Finnegans Wake (no me atrevo a ir más allá). El río es el Liffey, que atraviesa Dublín, Eve and Adam’s es el nombre con el que es conocida popularmente la iglesia de San Francisco de Asís, situada en la orilla del Liffey, y Howth es la península que se adentra en el mar al norte de la bahía de Dublín.

“corre el río, pasada Eve and Adam’s, desde la curva de la orilla hasta el recodo de la bahía, nos trae por un cómodo vicio de recirculación de regreso al castillo de Howth y alrededores”.

Es conocido que, salvo la traducción de Julián Ríos del capítulo de Anna Livia Plurabelle, y las versiones de otros fragmentos que circulan por la Red (por ejemplo, la del mexicano J. D. victoria en http://www.eloceanodelcaos.com/), el libro no se ha editado en español, entre otras razones porque el texto original es una peculiar amalgama de diferentes idiomas. El vídeo con el que me he tropezado en YouTube, y de cuya autenticidad no respondo, corresponde a la lectura de las páginas 213-216 de la novela (final del famoso capítulo 8, el de Anna Livia) y que enlazo por si alguien quiere seguir el texto acompañado por la (presunta) voz del gran James Joyce.

El paseo

martes, febrero 3rd, 2009

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“Declaro que una hermosa mañana, ya no sé exactamente a qué hora, como me vino en gana dar un paseo, me planté el sombrero en la cabeza, abandoné el cuarto de los escritos o de los espíritus, y bajé la escalera para salir a un buen paso a la calle”.

Robert Walser, El paseo, Ediciones Siruela, traducción de Carlos Fortea