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Entradas etiquetadas como ‘incertidumbres’

Año diez

martes, octubre 19th, 2010

Me sorprendió oír el otro día a un político hablar del año once (2011, claro). Ya tiene mérito, pensaréis, asombrarse con lo que suelta un político, dada su capacidad para fabricar artefactos verbales inútiles (inútiles en el mejor de los casos, por supuesto). Pero, en fin, aquello del año once me conmovió, me sonó a película de romanos, al emperador Augusto y así. Como si se hubieran esfumado de pronto dos mil años y tuviéramos que empezar de nuevo desde el principio. Luego volví a tropezarme con el año ocho y el año nueve (del siglo XX) leyendo Viejas historias de Castilla La Vieja, esa delicia trazada por Miguel Delibes sobre un puñado de páginas, y comprendí que, en efecto, de vez en cuando conviene poner el contador a cero y ensimismarse con el chopo, los perdigones y el abejaruco como el sabio castellano. Tal vez sea más sensato olvidarnos del dos mil de aquella odisea en el espacio que nunca acabó de llegar y contar los años a pelo, con los dedos, como los parvulitos. Tal vez podamos empezar por ahí esa cura de humildad que estamos pidiendo a gritos.

¿Periodista o pianista?

martes, marzo 9th, 2010

Hay una serie de asuntos en la vida que hay que aprender en el propio pellejo. En estos negocios no sirven de nada los libros, ni Google, ni las universidades, ni la risoterapia, ni la Wikipedia, ni el psicoanálisis. Ni siquiera los sabios consejos de nuestros mayores, a los que cada vez prestamos menos atención. Se ve que, por un extraño hábito del ser humano, cada generación quiere estrellarse ella solita contra el mismo paredón en el que se estampó la anterior camada. 

Una de esas grandes verdades que se aprenden a palos es el viejo axioma según el cual si uno ejerce este venerable oficio del periodismo es mucho mejor negarlo, llevarlo en secreto como los agentes de la CIA, y presumir, en cambio, de que se trabaja de pianista en un burdel. A los músicos de puticlub, que tocan de oídas, sin partituras ni mayores adornos, no les prohíben el paso en ciertas instituciones, no les propinan ruedas de prensa en las que no se permite hacer preguntas, y ni siquiera hay gente que confunda su profesión con la de personas como Pipi Estrada o Belén Esteban, que no sé exactamente quiénes son ni a qué se dedican, pero al parecer salen mucho por la tele y la peña los identifica con este antiguo oficio de escuchar, ver y contar. Oficio que ha sobrevivido a dos guerras mundiales, pero que tal vez no sobreviva a la napia de la Esteban y sus sucesivos divorcios.

Por estas cosillas de medio pelo, y porque si confiesas en público que trabajas de periodista te reprochan todo lo que publican todos los periódicos del planeta, hasta de los errores en el pronóstico del tiempo del New York Times, mola mucho más seguir la recomendación de los maestros de la cosa y contarle a la familia (incluso a la suegra) que sí, que anoche llegamos tarde porque hubo que afinar el Steinway del puticlub y la cosa se lió. Además, si aterrizamos algo rascados en el hogar dulce hogar, siempre podemos hacer como Tom Waits, que ya decía que el que bebía era el piano, no él.

Afganistán

jueves, febrero 18th, 2010

escarlata

«El año 1878 me gradué de doctor en Medicina por la Universidad de Londres, y a continuación pasé a Netley con objeto de cumplir el curso que es obligatorio para ser médico-cirujano en el Ejército. Una vez realizados esos estudios fui a su debido tiempo agregado, en calidad de médico-cirujano ayudante, al 5.º de fusileros de Northumberland. Este regimiento se hallaba en aquel entonces de guarnición en la India y, antes de que yo pudiera incorporarme al mismo, estalló la segunda guerra de Afganistán. Al desembarcar en Bombay, me enteré de que mi unidad había cruzado los desfiladeros de la frontera y se había adentrado profundamente en el país enemigo. Yo, sin embargo, junto con otros muchos oficiales que se encontraban en situación idéntica a la mía, seguí viaje, logrando llegar sin percances a Candahar, donde encontré a mi regimiento y donde me incorporé en el acto a mi nuevo servicio».

Habla John H. Watson, doctor en Medicina y compañero de aventuras del detective de detectives: Sherlock Holmes. Se trata del arranque de Estudio en escarlata, el primer libro en el que aparece ese dúo imperecedero de sabuesos. Por los curiosos bucles que trazan el tiempo y del azar, en el año 2010 Afganistán sigue en los titulares de la prensa mundial. Watson nos contaba sus desventuras en la segunda guerra de Afganistán.  No sé qué número corresponde a la actual contienda de Estados Unidos y sus aliados contra los talibanes afganos. Ya hemos perdido la cuenta de cuántas van, incluida una bastante reciente en la que también andaban por ahí los rusos. Sólo puedo decir que la humanidad progresa que es una barbaridad. Aunque los muertos son casi los mismos, británicos en un bando y afganos en el otro, las armas de ahora son mucho más eficaces que las de 1878. Dónde va a parar.

Por cierto, aunque nuestro ombliguismo habitual caricaturice ese país como un territorio de lunáticos pulgosos, inflamados por la intolerancia islámica, lo cierto es que de Afganistán salieron dos de las mentes más certeras de la historia: el matemático Al-Jwarizmi, fundador del álgebra, y el poeta Omar Jayyam, autor de las maravillosas Rubaiyyat. Dos fuera de serie. Pero, claro, si últimamente nos reímos hasta de Grecia, que lo inventó todo (pero absolutamente todo), qué no haremos con Afganistán. Como mínimo, invadirlo, bombardearlo, aplastarlo. Y así llevamos ya desde octubre del 2001. Elemental, que diría el otro.

Deconstrucciones

martes, febrero 9th, 2010

Me ha hecho mucha gracia el último artículo del gran Manuel Rodríguez Rivero en su Sillón de orejas, que además viene a coincidir en cierta manera con esta reflexión de hace ya casi dos años sobre Ferran Adrià y sus deconstrucciones.

Curiosidades

martes, febrero 2nd, 2010

Curioso país este, en el que los llamados socialdemócratas, estirando la jubilación hasta los 67 tacos, van a tener al abuelito currando en la zanja hasta que la piñata ya no le sirva ni para silbar a las chorbas que pasan por la acera. Curioso lugar, en el que los denominados conservadores en realidad no quieren conservar nada, sino derribar todo lo que sea sospechoso de antigüedad y talar de una vez por todas esas cosas verdes que tanto se empeñan en defender los ecologistas melenudos. Curioso rincón el nuestro, en el que los que se proclaman liberales, como la indómita Espe, toman al asalto una entidad financiera que rima con Madrid para repartir luego los sillones entre los amiguetes. A lo mejor tenemos que empezar a arreglar todo esto llamando a las cosas por su nombre, ¿no?

Las edades del hombre

jueves, enero 21st, 2010

No sé quién dijo que la prueba irrefutable de que te has hecho mayor llega ese día en que compruebas, estupefacto, que ya eres más viejo que los jugadores de fútbol, esos mismos tipos a los que en la infancia contemplabas a una distancia cronológica casi infinita. Esta teoría, absolutamente inamovible, la vamos trampeando durante un tiempo, echando mano de las fichas de algún que otro portero o central talludito que, a base de gimnasio, prolonga su carrera hasta el filo de los 40 tacos. Pero, según avanza esta movida de los quinquenios y sus incertidumbres, van escaseando los peloteros que pasan de las 35 castañas.

Llega entonces otro instante demoledor: uno descubre que ya no tiene la edad de los futbolistas, sino de los entrenadores. Me acaba de suceder hace unos días. El 18 de enero, para ser más precisos. Cuando las teles relataron que Pep Guardiola, cosecha del muy interesante 1971, cumplía 39 años. Cielos. El tío que ha ganado seis títulos en una temporada con el Barça sólo me saca un mes y pico sobre el planeta Tierra.

A punto de sumar en mi cuenta los 39 tacos de Guardiola, y con la vitrina de las Copas de Europa todavía de vacío, sólo me queda un consuelo en esta peculiar cronología futbolera: aún no he llegado a la edad de los seleccionadores nacionales. Del Bosque queda muy lejos.

Bartleby ataca de nuevo

miércoles, noviembre 25th, 2009

 Lo siento. Estoy en pleno síndrome Bartleby, ese mal que afecta a quienes un buen día simplemente dejan de escribir porque quedan sepultados bajo el temible lema: «preferiría no hacerlo».  Creo que la maldición cayó sobre mí el día que se me ocurrió mencionar al escribano de Wall Street en este cuaderno de bitácora tejido con palabras de humo. Aunque lo cierto es que me pongo a revolver en este baúl cibernético y, entre otros artilugios de escaso valor, tropiezo en el blog con cuatro referencias a Bartleby. Nada menos. Curiosa reincidencia. Obstinación, diría. Cuatro machetazos en la clavícula (siempre esta manía con las palabras esdrújulas, qué pelma). Menos mal que la tinta se lleva en las venas y no en la osamenta. Será cuestión de hacerse una transfusión.  

 

Apuntes

viernes, octubre 16th, 2009

Primero. Perdón por la ausencia, pero surgieron otras prioridades y el blog se me cayó de las manos.

Segundo. Mola la Nobel de Literatura, Herta Müller. Frase corta, tajante, lírica. Prosa poética en vena.

Tercero. Desmayo. Pere Gimferrer, gran poeta y agudo ojo crítico de la literatura universal, se desmaya al comparecer, como miembro del jurado del Premio Planeta, en la gala que anuncia como ganadora a Ángeles Caso. ¿Será una premonición sobre la calidad de la novela? Hay lipotimias muy reveladoras.

Cuarto. Mariano Rajoy ofreció ayer su primera rueda de prensa en seis meses. ¿Qué clase de líder de la oposición está medio año sin admitir preguntas de los periodistas? Yo pensaba que en las democracias occidentales los Gobiernos juegan a la defensiva y las oposiciones al ataque, pero Rajoy ha elegido como estrategia el cerocerismo. Y ya se sabe que quien juega al empate acaba con un saco de goles en su red.

Quinto. A vueltas con la última novela de Ismaíl Kadaré, El accidente.

CR9, otro simulacro

martes, julio 7th, 2009

Ya lo he apuntado por aquí en otra ocasión, creo que hablando de la elevación de los cocineros a los altares de la intelectualidad universal. Vivimos, definitivamente y ya sin tapujo alguno, en la era del simulacro: lo que importan no son las cosas, sino precisamente su reflejo en el escenario virtual en el que habitamos. La consecuencia inmediata de esta decisión es que sustituimos la realidad de los hechos y sus protagonistas por su mera representación. ¿Que de qué demonios estoy hablando? De cualquier cosa. Por ejemplo, del funeral de Michael Jackson en Los Ángeles, que es una simple escenificación -no sé de qué- para la que se ha elegido el mismo pabellón deportivo en el que Los Angeles Lakers de Gasol han cosechado su último título de la NBA. O hablo, por citar otro caso de delirium tremens colectivo, de la exhibición circense sobre la hierba del Bernabeu de Cristiano Ronaldo, el mismo tío que hace unos días magreaba (parece ser que sin el suficiente empeño) las carnes de Paris Hilton, otro icono de este planeta virtual compuesto de fotogramas. Se quejó Hilton de que el 9 no había culminado la jugada. Claro, la rubia yanqui no sabía que CR9 es un holograma, un puro simulacro cuyo trabajo no es en realidad jugar al fútbol, sino interpretar el papel que le ha asignado el director de márketing del Real Madrid, y que consiste en vender una marca, un producto. CR, como todos esos fantasmas que desfilan por el fondo de la gruta, digo de la tele, son personajes de ficción. Pero para eso, puestos a elegir un personaje de dibujos animados, yo me quedo con Shin-Chan, que es más coñón.

La silla de la botica

jueves, mayo 21st, 2009

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Antes, cuando entraba en una farmacia, me flipaba comprobar que siempre había una señora mayor sentada en una silla. Bueno, la señora no era siempre la misma, claro, en cada farmacia había una diferente. Yo, que entonces era más joven y me pensaba que la vida era un puro cachondeo, creía que la entrañable viejecita que estaba allí tan plácidamente sentada era una amiga o familiar de la farmacéutica y que había tomado asiento para estar un rato de charleta con la boticaria. Durante un tiempo el asunto no me volvió a preocupar, daba por hecho que todas las farmacias tenían a su señora sentada, como antes tenían un mancebo (creo que ya no se llaman así, ahora los mancebos de botica deben ser por lo menos asistentes de los auxiliares de farmacia o algo por el estilo). Hasta que, un buen día, debido a mis ajetreos cardíacos, entré en la farmacia y pregunté si me podían mirar la tensión.

-¿Has venido andando desde muy lejos?

-Pues sí, llevo media hora andando o así.

-Entonces tienes que sentarte en esta silla y descansar un rato antes de que te tomemos la tensión.

Así fue como, de repente, descubrí que las entrañables viejecitas de las farmacias no estaban en realidad dando la brasa a la propietaria del despacho, sino que estaban aguardando a que su tensión arterial se acomodase un poco después de la caminata de ida y vuelta hasta el súper. Y así fue cómo yo mismo me convertí, de pronto, en una de esas viejecitas de la silla que hay en todas las farmacias de mi ciudad.