La Voz de Galicia lavozdegalicia.es - blogs | Inmobiliaria | Empleo | Mercadillo

Entradas etiquetadas como ‘Galicia’

O dicionario vermello

Sábado, enero 14th, 2012

Aínda conservo a sétima edición daquel Diccionario Galego-Castelán de X. L. Franco Grande coa capa vermella. Está forrado, como todos os libros da escola, e leva escrito na primeira páxina, coa caligrafía infantil da EXB aínda lexible, o meu nome e, debaixo, un 6.º A que delata o curso no que comezaron, na miña infancia urbanita ata as cachas, as clases de galego no cole. O volume, rematado de imprimir no prelo da editorial Galaxia o 15 de xaneiro de 1982, cumprirá mañá trinta anos e, malia os cambios de normativa e de política lingüística polos que cruzou o galego durante estas tres décadas, segue a constituír un fermoso tesouro do idioma, porque é un dos contados compendios nos que un pode atopar aínda aquelas palabras que, sen axustarse estritamente ás leis oficiais, seguen habitando as páxinas dos libros antigos e o galego oral.
No dicionario vermello eu aprendín a amar esta lingua de nós e descubrín tamén que querían dicir palabras hoxe en serio risco de extinción, como acaloumiñar, borrallo, cróquele, desmorriñar, farfallada, lizquente, manantío, panximia, soedoso, teixugueira, xóuxeres ou zirigaitas. Palabras que, postas así caoticamente en ringleira, forman un curioso poema automático e, de paso, nos permiten viaxar polos séculos dun idioma que é pura música verbal. Como Borges tamén era un sisudo lector de dicionarios e enciclopedias, que devoraba coma se fosen novelas, xa me perdoará que lle roube este piropo que el dedicou ao inglés.
O autor do dicionario vermello, X. L. Franco Grande, é un deses sabios heterodoxos que tanto lle gustaban a outro escritor que asinaba con iniciais: G. K. Chesterton. É home sen rodeos, disidente e incómodo para a oficialidade (de antes e de agora). Un deses intelectuais rexos que sempre andan buscándolle ás cóxegas ás cousas, a ver que ocultan baixo a superficie. Hoxe volve a Tomiño. E, coa súa homenaxe, chegará tamén a xustiza poética para as xentes de Tebra, e do país todo, que foron quen de manter viva unha cultura nos longos tempos escuros.

Ferrocarril al vapor

Domingo, septiembre 18th, 2011


El penacho de humo en el horizonte. La electricidad, claro, mancha menos. Es pura modernidad. Pero tampoco es que tenga la poesía de aquellas calderas de vapor que dejaban sobre los cielos un reguero de humo que ya les molaría a los aviones a reacción, que apenas dibujan una estela de plata entre los cirros, cúmulos y demás fauna de nubes. Aquellas máquinas del tiempo pasaban por las estaciones bufando, echando por sus fosas nasales un vapor disuasorio que espantaba a los viajeros despistados en medio del andén. Ahora estas piezas de orfebrería son carne de museo, como la Mikado de los años cincuenta de la foto, que de vez en cuando sale de su vitrina en Monforte para darse un garbeo por Galicia, ahora, cuando ya ni los trenes fuman.

Ahora lo único que consumimos al vapor son las verduritas de la dieta japonesa con las que aliviamos la conciencia cada vez que ganamos unas arrobas de más. Pero no hace tanto, en la Galicia del AVE siempre en construcción, las locomotoras escupían sobre el firmamento su legendario penacho de humo, largo y serpenteante como los caminos de hierro del norte.

El tren despierta en el viajero fetichismos insospechados: un amor clandestino y algo pillastre por las tuercas, las cortinillas de los vagones y hasta por la grasa y el hollín que se respiran a puro bronquio en los túneles que se adentran en la Meseta perforando sus enaguas de piedra. Será porque el turista —accidental o no— se crio en el desván del abuelo trasteando con los minuciosos engranajes del Ibertrén, aquel artefacto codiciado cada noche de Reyes por todos los niños de los setenta, que venían al mundo en pleno baby boom con un afán ferroviario que no casaba demasiado con la lentitud exasperante de nuestros entrañables convoyes.

Y es que en la infancia todo engordaba la leyenda de los caminos de hierro. Inflaban el mito las películas, por supuesto, que siempre largaban la estampa de un ferrocarril aventurero trotando por las praderas del Oeste hacia el oro de California. Lo que uno querría haber sido entonces, a los siete años, era el gran Lee Marvin en El emperador del Norte, ese largometraje en el que descubrimos que los trenes, como los grandes paquebotes, también tenían sus polizones agazapados en el dobladillo, a los que zurraba de lo lindo el malvado revisor Ernest Borgnine.

En las corredoiras con raíles de Galicia (hasta que el AVE se plante sobre la gravilla algún año de estos) no se nos aparecían ni Lee Marvin, ni Borgnine y su ira sin uvas. Ni siquiera pieles rojas a caballo intentando asaltar el vagón. Tampoco las manadas de bisontes amenazaban nuestro lento y ocioso paso por los prados, donde las únicas cornamentas que se dejaban ver eran las de las pacientes marelas que rumiaban las horas bajo la lluvia morna como si fueran chicles de hierba perpetua. A fin de cuentas nuestro mito férreo estaba (y está) muy lejos de las correrías de los apaches y de Buffalo Bill —aquel que, según e. e. cummings, montaba un semental plateado suave como el agua— encaramado a la locomotora para abatir bisontes a mansalva con su rifle de repetición. La mitología del ferrocarril galaico se pasea por las vías pioneras de Carril —todavía perfumadas con pingas de ginebra británica— y suena a Andrés do Barro y al tren que aún nos lleva, pasiño a pasiño, pola beira do Miño.

Fotografía: Óscar Cela, La Voz de Galicia.

A contrapelo

Jueves, septiembre 8th, 2011

Pasó su mano sobre el lomo de la literatura española de la misma manera que vivió: a contrapelo. El ourensano José Ángel Valente pertenecía a esa estirpe de autores genuinos, dotados de una profundidad y una honestidad intelectual que hoy casi resultan insultantes en medio del cambalache de capillas, simulacros y falsificaciones del planeta low cost que todos hemos contribuido a montar sustituyendo la antigua (y a menudo incómoda) realidad por complacientes decorados de cartón piedra. Este Diario anónimo rescatado ahora de sus báules póstumos es una bofetada en los morros de quienes han olvidado que un día hubo creadores, como Valente, que levantaron su obra desde la hondura de una reflexión en la que no estaban permitidos los atajos ni los enjuagues.

Atlantic City

Jueves, noviembre 11th, 2010

ca5ps0zt
El agua, en estado líquido, se puede clasificar (siguiendo una taxonomía tipo Linneo) en una serie de peldaños: escupitajos, meadas, charcos, piscinas, ríos, mares y océanos. Y luego, más allá, está el Atlántico. En otra galaxia. En otra dimensión. Por eso, de vez en cuando, nos mete un sopapo en todos los morros para recordarnos quién manda aquí.

Foto: Óscar Paris, La Voz de Galicia

Unas risas

Jueves, febrero 25th, 2010

Como dice Rosa Díez, hay que tener sentido del humor, así que vamos a echarnos unas risas con un sencillo acertijo. Aquí tenemos una lista, elaborada a vuelapluma en lo que dura el viaje en bus entre A Coruña y Arteixo, de personajes del siglo XX. Si llego a pillar un atasco me salen cien o doscientos nombres, pero tampoco hay que abusar.

Salvador de Madariaga (escritor y político); María Casares (actriz); Fernando Rey (actor); Ramón Menéndez Pidal (filólogo); Camilo José Cela (escritor, premio Nobel de Literatura en 1989); Álvaro Cunqueiro (escritor); Luis Suárez (futbolista, Balón de Oro en 1960); Luis Seoane (pintor); Maruja Mallo (pintora); Ramón María del Valle-Inclán (escritor); Santiago Casares Quiroga (político, presidente del Consejo de Ministros de la II República); Pablo Iglesias (político, fundador del PSOE y la UGT); Rosa Díez (diputada, en el sentido no peyorativo del término).

Adivinanza: ¿Cuál de estos personajes no pinta nada en la lista? ¿Por qué? Elija una de estas opciones: a) No es gallego, ni siquiera «en el sentido más peyorativo del término». b) No da la talla. c) a y b son correctas.

Y luego dirá su señoría que los gallegos (con perdón) no tenemos sentido del humor. Será por humor.

¡Vacaciones!

Martes, septiembre 1st, 2009
Imagen de previsualización de YouTube

Hace una hora que acabo de empezar mis vacaciones. Todavía me estoy habituando. Esto lleva su tiempo. De momento, me subo al tren de Andrés do Barro y me largo de viaje (mental) por el cauce del Miño. Vuelvo en octubre. O incluso antes. Quién sabe.

Duelo de orquestas

Sábado, agosto 29th, 2009

Hasta la fecha, según contaban los paladares entendidos, los únicos profesionales del espectáculo que planificaban su agenda a varios años vista eran los directores de las grandes orquestas sinfónicas y sus primos: solistas, tenores y sopranos, a los que había que contratar con al menos un par de lustros de antelación para garantizar la presencia de su careto en el cartel de la ópera local. Pero, como vivimos en el tiempo de la universalización de la cultura, ya no solo estos exquisitos gourmets de las partituras tienen sus días contados (es un decir). Las orquestas del país, que tal vez no sean sinfónicas ni filarmónicas, pero que gastan un bus-escenario que ya les molaría a los de la música clásica, tienen el calendario con más muescas que aquellos presos de película de Sing Sing, que tatuaban los muros del penal con unos palitos tachados que representaban los días que iban quemando en la celda. Tras dejarse el pellejo sobre las tablas este verano, los dos grandes nombres de la verbena autóctona, las imbatibles París de Noia y Panorama, ya han firmado actuaciones en media Galicia para el 2010 y el 2011. Y en el concello de As Somozas, en un alarde de previsión inaudito en este país nuestro del «ti vai facendo que xa se amañará a cousa», han fichado ya a las orquestas que darán lustre a su programa de fiestas de aquí al 25 de julio del 2014. Toda una plusmarca, teniendo en cuenta la escasa afición de nuestros políticos por la planificación a medio y largo plazo (el corto sí lo dominan). Pero, claro, gobernar es cuestión de prioridades. ¿Y qué mayor prioridad hay que la sesión vermú del día del patrón? Pues eso.

Cuestión de listas

Viernes, agosto 21st, 2009

La revista norteamericana Forbes ha hecho de la enumeración un suculento negocio. Cada cierto tiempo se replican en los medios de todo el planeta sus célebres listas. Las hay de muy variado pelaje. Por supuesto, está el ránking de los grandes multimillonarios, donde los peatones de las finanzas siempre buceamos a la caza del nombre de algún paisano que nos permita sacar pecho cuando cruzamos O Padornelo. Pero también hay escalafones de celebridades y famosetes, de ciudades para solteros y, por supuesto, mi favorito, el de los personajes de ficción más adinerados: una exclusiva relación de quince tipos que encabeza el Tío Sam, el venerable icono del patriotismo yanqui, que tiene pisándole los talones nada menos que al fajador Tío Gilito, y en la que también asoman su jeta Ebeneezer Scrooge y Lara Croft. Dibujos animados al margen, una de las nóminas que hay que escudriñar con sosiego es la de las cien mujeres más influyentes del mundo, que los sabuesos de Forbes acaban de confeccionar. La encabeza la canciller de Alemania, Ángela Merkel, que lleva ya cuatro años en lo alto de este podio imaginario. A Merkel le echan mucho en cara su supuesta falta de carisma. Pero claro, si por carisma entendemos algo parecido a lo que gasta Berlusconi (y no me refiero a la pasta), tal vez sea mejor volar a ras de suelo, como la teutona, que sin tantas acrobacias y filigranas como otros líderes planetarios ha ido sacando a su país del pozo de la recesión. En Galicia, tal vez uno de los matriarcados más asentados del globo terráqueo, nos preguntamos cuándo habrá una Merkel gallega en lo alto de la escalera de Forbes .

Cela

Sábado, julio 4th, 2009

Imagen de previsualización de YouTube

A Camilo José Cela (Iria Flavia, 1916-Madrid, 2002) sus críticos le clavan en el espinazo dos grandes sambenitos: el desmesurado engorde de un personaje público que acabó por devorar al autor, sobre todo tras la concesión del Premio Nobel en 1989; y, fundamentalmente, el carácter disperso de una obra en la que, aseguran sus detractores, resulta difícil encontrar una novela en el sentido estricto del término. Sin embargo, incluso aceptando estas discutibles premisas como punto de partida, la prosa de Cela alcanza una altura excepcional en la literatura española de la segunda mitad del siglo XX, y si aparcamos por un instante las boutades que tanto gustaban al escritor gallego y prescindimos provisionalmente de catalogar sus textos narrativos, lo cierto es que nos encontramos ante un literato extraordinario que mimaba cada párrafo de forma exquisita, hasta bordar aquello que Julián Marías llamaba «calidad de página». A Cela puede que le sobren algunas páginas. Pero también le sobra calidad de página, como prueban estos seis títulos seleccionados como glosa y antología de una obra cumbre en las letras españolas.

Con la publicación de La familia de Pascual Duarte en 1942 el autor de Iria Flavia asesta un machetazo sin precedentes a la grisona literatura de la posguerra. En esta novela corta y devastadora Cela muestra sus mejores armas: un magistral manejo de los registros, que le permite pasar en una sola línea de la mayor crudeza a la ternura absoluta, y una voz propia que le valió la acusación de describir una España de «coñac, moscas y putas». Frase que él, claro, convirtió en un lema.

Cela publica en 1948 su gran libro de viajes: Viaje a la Alcarria, uno de sus títulos más celebrados y, por qué no decirlo, accesibles. Con una prosa directa y cuidada, el escritor relata sus andanzas por tierras de Guadalajara, haciendo una auténtica exhibición en un género escasamente cultivado en lengua española.

 

OBRA CORAL

No faltan el coñac, las moscas y las putas en su segunda gran novela, La colmena, de 1951. Poco se puede contar ya de este libro, que el crítico norteamericano Harold Bloom incluyó como el mejor del autor en su famoso Canon occidental. Obra coral, que exigió la inclusión como apéndice de un abultado censo de personajes como guía para el lector, retrata prodigiosamente la posguerra y sus miserias. De hecho, en la reedición de 1962 Cela llega a afirmar en el prólogo: «Este es un libro de historia, no una novela».

Hace ya medio siglo, en 1959, sale a la luz el primer tomo de las memorias del prosista de Iria Flavia: La rosa. Considerada por algunos como su obra maestra, La rosa podría ser la gran novela gallega de Cela, solo que no es una novela, sino una entrañable crónica de su niñez en Galicia.

Ya en 1969 publica la que tal vez sea su mejor narración: Vísperas, festividad y octava de San Camilo del año 1936 en Madrid, una novela de desbordante originalidad en la que plasma los tres días en que se desató la Guerra Civil. La incorporación de técnicas como el uso de mensajes publicitarios insertados en medio del relato y la estructura sin puntos y aparte anticipan el afán experimental que adquiere su narrativa en los setenta. El título emblemático de ese período es precisamente: Oficio de tinieblas 5 (1973). Ya en la primera página el autor confiesa: «Naturalmente, esto no es una novela sino la purga de mi corazón». Y, a partir de ahí, se derraman sobre el texto los 1.194 fragmentos (él habla de «mónadas») que componen este experimento sin inicio, ni nudo, ni desenlace. Una obra inclasificablemente hermosa.

*Texto publicado hoy en el suplemento Culturas de La Voz de Galicia.

Cunqueiro

Miércoles, diciembre 17th, 2008

[google -2516692118735669028&hl=es nolink]

Como en muchos otros lugares del mundo, una de las grandes obsesiones de los escritores de este rincón llamado Galicia es dar con la “gran novela gallega”, un texto que, se supone, sería como un puñetazo definitivo sobre la mesa que pondría nuestras letras en órbita. Yo, que no creo en eso de las “grandes novelas”, prefiero regresar de vez en cuando a las prosas de Álvaro Cunqueiro o Ánxel Fole, que destilaron en artículos, retratos, cuentos y piezas teóricamente menores los mejores pasajes de la literatura gallega.

P.D. Gracias a Prometeo por haberme regalado el enlace a esta maravillosa entrevista con el gran Cunqueiro.

ojd