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El autor de «Terra nostra»

Miércoles, mayo 16th, 2012

Ni la literatura, ni mucho menos la vida, suelen ceñirse a los tortuosos renglones del mercado. Tal vez por eso, porque el arte y el márketing no acaban de mezclar bien en el vaso largo y helado de la existencia, este elegante y exquisito diplomático mexicano no halló el renombre de otras voces del boom latinoamericano. Pero, cuando se esfumen dentro de unos días los halagos y pirotecnias de las habituales honras fúnebres, habrá que regresar a Carlos Fuentes. Porque este estilista de prosa barroca y torrencial dejó sobre el papel un monumento narrativo, la experimental, alucinante y alucinógena Terra nostra (1975) que lo emparenta en pie de igualdad y sin matices con los más altos hallazgos literarios de Mario Vargas Llosa (Conversación en la Catedral), Julio Cortázar (Rayuela) y Gabriel García Márquez (Cien años de soledad). El relato arrastra al lector, a lo largo de una catarata verbal de cientos de páginas, en un viaje desbocado por los escondites y sueños de la mente, desde las orillas siempre lluviosas del Sena en el París contemporáneo hasta el luto perpetuo del Escorial de Felipe II y su deforme resurrección en la España cutre del tardofranquismo. Claro que tal vez todo esto solo sea un juego de mi cerebro, que junta estos libros en algún extraño escondrijo de la memoria porque Terra nostra, Rayuela y Conversación en la Catedral fueron tres de las asombrosas gemas que un día descubrí, con una dicha hoy ya inalcanzable, en el mismo rincón de la biblioteca paterna.

Muchos años después

Miércoles, junio 11th, 2008
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El periodista, y sin embargo amigo, Federico Cocho me apunta, como inicio de inicios, el impagable comienzo de Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez. Por supuesto, el coronel Aureliano Buendía frente al pelotón de fusilamiento y sus memorias del día en que su padre le llevó a conocer el hielo no podían faltar en esta colección de inicios de novela. Las palabras de Gabo, como las aguas diáfanas del río de Macondo, se deslizan sin apenas pestañear por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. Afortunadamente, el mundo ya no es tan reciente, las cosas ya no carecen de nombre y para mencionarlas no hay que señalarlas con el dedo. Y Gabo puede y sabe, vaya si sabe, nombrar las cosas:

“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo”.

Pero, como nos sopla el propio Gabo en la entrevista que se reproduce más arriba, tal vez su gran libro no sea Cien años de soledad (a pesar de la leyenda y a pesar de ser, como apunta el autor, una novela “en la que sucede todo”), sino El amor en los tiempos del cólera, narración con otro arranque de prodigiosa filigrana verbal:

“Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados. El doctor Juvenal Urbino lo percibió desde que entró en la casa todavía en penumbras, adonde había acudido de urgencia a ocuparse de un caso que para él había dejado de ser urgente desde hacía muchos años. El refugiado antillano Jeremiah de Saint-Amour, inválido de guerra, fotógrafo de niños y su adversario de ajedrez más compasivo, se había puesto a salvo de los tormentos de la memoria con un sahumerio de cianuro de oro”.

Y es que todo gran inicio de novela, más allá de otras consideraciones, constituye en esencia una promesa. Luego hay unos tipos, como Gabo, que cumplen lo prometido y otros que se quedan en las estériles bagatelas de la pirotecnia. Pero esa, amigos, es otra historia, que diría Michael Ende.

ojd