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Entradas etiquetadas como ‘filosofía’

Alemania versus Grecia

Viernes, junio 22nd, 2012
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Quizás esta peculiar contienda entre filósofos griegos y alemanes que proponían hace años los revoltosos Monty Python fuese la mejor forma de resolver la actual trifulca política europea. Sobre todo si tenemos en cuenta que, finalmente, los helenos vencen a los obstinados teutones. Pero mucho me temo que Merkel y sus secuaces no valdrían ni para recogepelotas en este partido. Va a ser mejor olvidarnos de la realidad y quedarnos con la Europa del vídeo. La de la inteligencia y el humor que tanta falta nos hacen. Y, en última instancia, hoy también echan por la tele otro Alemania-Grecia. El de cuartos de final de la Eurocopa. Pero creo que van a dejar en el banquillo a Kant y Aristóteles.

Filosofía futbolera

Martes, enero 12th, 2010
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Cuando ayer estaba tecleando la entrada sobre los Simpson y sus filosofías, se me vino a la cabeza el glorioso instante en el que los Monty Python recrean un partido de fútbol entre las selecciones (filosóficas) de Grecia y Alemania. Uno de los momentos más inspirados de este selecto club de humoristas británicos, de los que me confieso admirador (casi) sin límites. Curioso. Porque, coincidencias del azar o de las afinidades, justo unas horas antes Marta Navarro, autora de la estimulante bitácora Entre Nómadas, también caía por los derroteros metafísico/futboleros de los Python en su primer post del año: Partido de filósofos.

Los filosóficos Simpson

Lunes, enero 11th, 2010

filosofos

Los Simpson y la filosofía, de la editorial Blackie Books, es uno de esos raros libros que, de tiempo en tiempo, logran sacudir la sombra del desánimo y plantarte una sonrisa en medio del cerebelo. En el volumen actúan como editores los profesores universitarios William Irwin, Mark T. Conard y Aeon J. Skoble, que también firman algunas de las 18 piezas reunidas en este conjunto de ensayos en los que se extraen ciertas lecciones filosóficas a partir de los jugosos ejemplos (y contraejemplos) que nos sirve esta serie de dibujos animados. Que nadie piense que se pretende ahogar con existencialismos, metafísicas y pedanterías varias las divertidas peripecias de Homer, Marge, Lisa, Maggie y Bart. De eso nada. La idea es justo la contraria, tomar sus aventuras como punto de partida para explicar y comprender otro tipo de aventuras, las de pensadores como Aristóteles, Camus, Sartre, Heidegger, Popper, Kant, Nietzsche o Marx. Así descubrimos, entre otras cosas, que Bart es un pequeño nietzscheano, porque rompe con la moral tradicional; o que Homer encaja en el esquema de hombre vicioso asentado por Aristóteles en su Ética a Nicómaco,  vicio que su vecino Ned Flanders define en un capítulo como la «embriagadora pasión por la vida» del patriarca de los Simpson.

Los autores siguen el modelo de Umberto Eco en Apocalípticos e integrados. Allí Eco confesaba su devoción por las viñetas de Superman, Steve Canyon y por Peanuts, El mundo de Charlie Brown, más conocido por estos pagos como Carlitos, a secas, y sobre todo como colega del perro Snoopy (por motivos desconocidos auténtico icono del movimiento pijo hispano). El italiano colaba entonces en su sesudo ensayo una sentencia que también se podría trasplantar sin traumas al universo de los Simpson: «El mundo de Peanuts es un microcosmos, una pequeña comedia humana para todos los bolsillos». Ahí reside el éxito de la serie y su enorme valor como asidero filosófico. Porque la filosofía, digo yo, de lo que trata es de la vida misma. ¿O ya no?

Domingo futbolero

Domingo, noviembre 2nd, 2008
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 ¿Quién dijo eso de que el fútbol es un deporte en el que juegan once contra once y siempre ganan los alemanes?

Leer y nadar

Lunes, julio 21st, 2008

Para los griegos, aquellos juláis que nos enseñaron todo lo que hoy sabemos (e incluso adivinaron las cosas que ya nunca sabremos), un tipo ilustrado era el que podía leer y nadar, que eran las dos formas que tenían esos sabios ociosos de relacionarse con su mundo, el Mediterráneo, claro. Hasta se hizo un chiste (no sé si fue Woody Allen, creo que sí, pero ya digo que no lo voy a buscar en la Red, porque no me fío del Google, que lo mismo te dice que fue Gomaespuma que Kant que Woody Allen) sobre la célebre frase de Sócrates: «Sólo sé que no sé nada», que en realidad sería «sólo sé que no sé nadar», con el tío a punto de morir ahogado. Lo que pasa es que sus discípulos oyeron mal y todo acabó por liarse, hasta que el pensador se ventiló un copazo de cicuta (algo parecido al garrafón del sábado por la noche) y se salvó definitivamente de palmarla en el agua. Y, por supuesto, aquel malentendido, aquella letra de menos, acabó por cambiar la historia de la filosofía. Sócrates quería un cursillo de natación en la piscina municipal de Atenas, en horario de tarde para no madrugar, y en cambio se la metieron doblada con la ontología, la metafísica y demás pensamientos de relojería.

Vale. A lo que íbamos. Que esto se me está yendo de madre. En verano volvemos un poco a esa idea de dedicarse en exclusiva a leer y nadar, verbo que, como su propia etimología indica, describe el acto de no hacer nada, sólo que dentro del agua. Por algo la natación es el único deporte en el que no se suda, que es una cosa muy desagradable salvo en otro deporte que ahora no viene al caso, y menos hablando de Grecia.

El Atlántico, siempre encabronado, incluso en las largas tardes de julio, no es el Mediterráneo. Ni falta que hace, claro. Pero hasta en la orilla de espumarajos violentos de la playa del Mar de Fóra, pongamos por caso, uno puede engañarse durante unos momentos, como si se creyese que la vida consiste en eso, en leer y nadar. Y ya está. Luego, despertamos y no es que el dinosaurio siga ahí, como apuntaba Monterroso, es que nosotros somos los dinosaurios, que seguimos creyendo en los libros y la natación, como si no hubieran pasado ya 25 siglos de nada.

El arte del simulacro

Miércoles, junio 4th, 2008

El simulacro se impone, desde hace lustros, en el arte. Da un poco igual si, en medio de una moderna galería, uno planta una tijera de capador, un meadero de pared, un arado romano o un reloj de cuco. Lo que de verdad marca la diferencia entre esos artilugios no es su belleza, ni su complejidad técnica, sino el discurso conceptual que uno se monta alrededor del cacharro. El mismo sendero han recorrido con provecho otras disciplinas, como la arquitectura, que alza edificios que son todo pellejo y muy poca chicha, aunque al inmueble se le adjunta luego un dossier con mucho argumento teórico que rellena los orificios que dejó el arquitecto sobre el plano.

Pero los que han elevado el simulacro a la categoría de lo absoluto no son ni los filósofos, ni los artistas contemporáneos, ni los arquitectos, ni siquiera esos escritores que ya poco importa lo que escriban, porque basan todo su márketing en las boutades que sueltan en las entrevistas pactadas (otro simulacro). Ni siquiera los guionistas de televisión, que se esfuerzan por lograr que en los llamados programas del corazón (que nada tienen que ver con la honrada ciencia de la cardiología), en un supuesto directo, unos tipos escasos de mollera intercambien improperios de alto voltaje a tantos euros la puñalada trapera. No, los que han llevado al límite de lo imaginable el simulacro son los llamados restauradores, vamos, los que antes se llamaban cocineros, con perdón.

Como ha denunciado, con un par de agallas, el fogonero Santi Santimaría, los cocineros de la estirpe de Ferran Adrià han acabado por vendernos, literalmente, humo. Humo deconstruido, eso sí, y posado sobre un lecho de finas algas. Que a un gallego le planten delante de la jeta un plato gigantesco con apenas cuatro láminas transparentes de percebe sobre la porcelana es poco menos que un insulto. Pero la afrenta nos la cuelan desde hace unos años en algunas cantinas de lujo, previo paso de la tarjeta de crédito por el largo morro del cocinero, digo, del restaurador.

No hace mucho, en un hotel de cinco estrellas en el que servían una pitanza de diseño para periodistas y otra gente de extrañas costumbres, me pusieron en una especie de cuchara doblada -¿sería cosa de Uri Geller, otro maestro del simulacro?- una rodaja de pulpo sobre una pizca de puré. Y, hombre, eso no se le hace a alguien que, de niño, ya veía a las pulpeiras deambular por su calle con sus cobres a cuestas. Allá en la infancia, para saborear un buen pulpo, se le pegaba una paliza contra la piedra del muelle antes de echarlo al caldero. Ahora, Adrià y sus secuaces agarran el cefalópodo y lo deconstruyen, que no tengo ni idea de lo que es, pero debe de ser algo mucho más chungo para el pobre bichejo.

Vivimos en la época del simulacro, ya lo dijo un tal Jean Baudrillard. No es ya que nos importe más lo que aparentan las cosas que lo que realmente son, eso parece que es una costumbre ancestral del Homo sapiens sapiens (que a menudo es más Homo que sapiens sapiens). Ahora hemos dado un paso más y lo que mola no es lo que las cosas son, ni siquiera lo que las cosas aparentan, sino lo que a nosotros nos apetece que sean. Creemos que podemos domesticar la realidad, y así nos va. 

ojd