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El vuelo gallináceo del bus cobra altura, por Héctor J. Porto

sábado, septiembre 28th, 2013

El vuelo gallináceo del bus cobra altura*

Héctor J. Porto

Contra lo que muchos suponen del bus —como lugar incómodo y escasamente propicio para que florezca el sosiego y la inteligencia—, Luís Pousa (Lugo, 1971) sabe que se trata de un espacio donde la civilización es viable, sea solo porque es apto para la lectura y para la observación del mundo. Él, una mezcla poco habitual de matemático y periodista, es capaz de trazar esos mapas eléctricos dibujados por la conjugación imposible de la trama urbana de calles y callejas —o la red de carreteras convencional, nada de autopistas— y las frecuencias ilógicas de la compañía de flete. Sabe Pousa, y lo sabía Castromil, que del bus se puede decir aquello que decía Josep Pla del tren de cuando vivía en Sant Gervasi: «Los vagones de primera de dicho ferrocarril —de este tren de Sarrià que, digámoslo de paso, ha sido lo único que ha funcionado en serio en Barcelona durante estos últimos años— fueron el primer ambiente cosmopolita normal de la ciudad». De alguna manera como Pla con su Viaje en autobús de posguerra, Pousa traza la vida que desde ellos se percibe —la perspectiva de la ciudad es única, defiende—, la vida que aflora entre paradas, en su calma y su atropello, en sus lentos y torpes vuelos gallináceos, que diría el autor ampurdanés. Pousa, que, en su coherencia busera, no tiene ni carné de conducir, eleva ese vuelo de ave de corral para introducir los recorridos del urbano —y equiparar su dignidad literaria con la proverbial fama de que siempre gozó el ferrocarril— en la historia de las letras. En breves trayectos, tan diversos como lo son las músicas del soneto, conecta la red del callejero municipal con las estaciones intermodales del arte y lleva el viaje a rincones en los que el lector se ausentará con Vila-Matas, entrevistará a la criada de Anatole France, desconfiará de Salinger, recuperará al Cela andarín, alucinará con Fogwill, se aliviará con Maruja, sanará con Torga. Feliz trayecto.

*Reseña publicada hoy en el suplemento Culturas de La Voz de Galicia

Breviario del bus en Rey Lear

Siete notas breviarias, por Vila-Matas

miércoles, septiembre 25th, 2013

 

SIETE NOTAS BREVIARIAS*

1

ESTE PRÓLOGO LO ESCRIBO en un tranvía de Barcelona
que apenas se mueve y por ese motivo es ideal
para escribir breviarios y novelas y prólogos para breviarios,
y lo que sea. Voy en el sigiloso tranvía que sale
de la plaza Macià y quiero decir que me encantan los
autobuses, pero los detesto si lo que busco es un lugar
donde escribir al tiempo que recorrer la ciudad. Si
necesito, como hoy, escribir y pasear, me subo a este
tranvía que se desliza sin trastorno alguno y permite
que vea desde él una vida diferente.

2
HE AQUÍ UN FRAGMENTO bestia de Ejercicios de estilo,
de Raymond Queneau, aquel libro con 99 formas de
contar una historia que en gran parte pasa en un bus
de París: «Eso ocurría en uno de esos inmundos autobuses
que se llenan de populacho precisamente a las
horas en que debo dignarme a utilizarlos».
¡Los inmundos autobuses! Ah, creo que ya estamos
entrando en materia. A los autobuses se entra
como en los tranvías y como en los libros: buscando
dónde está lo que nos interesa, buscando qué es lo
mejor que hay ahí para nosotros. Y lo mejor que puede
haber en ellos —en los autobuses— es la belleza.

3
¿LEYÓ USTED Estética en el tranvía, un breve ensayo de
Ortega y Gasset?
Pedir a un español que al entrar en el tranvía renuncie
a dirigir una mirada de especialista sobre las mujeres
que en él van, es demandar lo imposible, nos dice
Ortega, para quien esa mirada es uno de los hábitos
más arraigados y característicos del español medio. Él
mismo toma un día el tranvía que en Madrid va a
Cuatro Caminos, y como no se considera nada no
español, ejercita esa mirada de especialista. Es una
mirada a la que procura desembarazarla de insistencia,
petulancia y tactilidad. Y aun así, le causa gran
sorpresa advertir que no han sido menester tres segundos
para que las ocho o nueve damas que viajan en el
vehículo queden filiadas estéticamente y sobre ellas
recaiga firme sentencia. Esta es muy hermosa; aquélla,
incorrecta; la de más allá, resueltamente fea, etc.,
etc. El lenguaje, nos dice Ortega, no posee términos
suficientes para expresar los matices de ese juicio estético
que en el raudo vuelo de una mirada se cumple
y se dispara.

Así pues, ahora ya no podemos decir que no lo
sepamos. Los profesores de Estética de hoy día deberían
hacer subir a los autobuses a sus alumnos y alumnas
e impartirles allí esa clase teórica en la que se aprende
con rapidez, cada uno desde su punto de vista artístico
tan distinto, a tener un ojo crítico, una mirada
estética fulminante, una visión completa acerca de la
belleza del mundo. Las mujeres, por cierto, saben
filiarlo estéticamente todo con arrasadora superioridad.
Ay, ¡si levantara hoy la cabeza el señor Ortega!

4
PARA POUSA el mejor vehículo para ver pasar el largometraje
de lo cotidiano es el autobús porque el coche
desbarata la visión del conductor. Ni que lo diga. En
los últimos años, cuantas veces probé mirar desde un
coche me quedé turulato, creía estar en el cine, pero
en el cine de Kafka que, como se sabe, iba un día en
coche por Múnich y, según anotó en su diario, llovía.
Le pareció que la perspectiva que tenía desde su ventanilla
del coche era una perspectiva de sótano. Mientras
el conductor pronunciaba nombres de monumentos
invisibles y los neumáticos «zumbaban sobre el asfalto
mojado como el aparato del cinematógrafo», lo más claro
que Kafka pudo ver aquel día desde su posición
en el coche fue «el reflejo de las farolas
tanto en el asfalto como en el río».

5
SEGURO QUE K. también fue lector de reojo. Todos
los lectores de este breviario deberían serlo, deberían
ser lectores de estilo lateral, y así recibirían la estrábica
iracundia del autor, que, como es sabido, desciende
todos los días a los andenes para no volver a ascender
jamás: se deja devorar por unos laberintos subterráneos
que nadie conoce y luego escribe libros donde
los autobuses avanzan soterrados.

6
Y ES BIEN CIERTO que la ventaja del lector que espera
a Godot, el mismo que espera leyendo al bus 24, estriba
en medir el tiempo por párrafos y por páginas mientras
escudriña con el rabillo del ojo el asfalto, no vaya
a ser que se pase de largo la página 24 y llegue el bus
25, donde todos duermen.

7
DONDE TERMINA el viaje hikikomori, alguien da paso
al viaje Pousa con pausas que reposan sobre el poso
de las posadas, visibles por sus pisadas, las pisadas de
tanto paisano casual que un día se quedó a esperar
aquel autobús que no pasaba.

ENRIQUE VILA-MATAS

*Prólogo de Enrique Vila-Matas a Breviario del bus.

Letras de verdad. Por Ramón Loureiro

sábado, septiembre 21st, 2013

Disculpen también hoy que nos dejemos llevar así por la emoción, que el entusiasmo resulte tan evidente. Qué vamos a hacerle. A estas alturas, a uno cada vez le cuesta más ocultar los afectos por las personas y por las cosas que quiere, entre las que naturalmente está la verdadera literatura, madre de esos libros que hacen que vivir sea más fácil, o al menos no tan difícil como de un tiempo a esta parte viene siendo.  Tienen ustedes que leer, en cuanto puedan, Breviario del bus, el nuevo y magnífico libro de Luís Pousa, que como saben ve la luz bajo el sello Rey Lear, que dirige un editor de los de verdad, Jesús Egido, y que está prologado por Enrique Vila-Matas, nada menos. La de Luis, permítanme insistir en ello, es una obra de una modernidad absoluta, en la que géneros como la narrativa de ficción o el ensayo se mezclan hasta convertirse en un género sin nombre, habitante de ese tan fértil territorio en el que se diluyen las fronteras que separan la mayor de cuantas verdades existen, la verdad poética, de esa otra forma de la realidad que es, por decirlo de alguna manera, la verdad del día a día, la de los hechos. Pousa, por completo ajeno a toda forma de afectación, habitante de lo esencial y en consecuencia de lo sustantivo, con una generosidad sin límites, invita en este su nuevo libro suyo, ilustrado por Miguel Ángel Martín, a profundizar, también, en la lectura de otros muchos autores. Escritores entre los que no faltan, por cierto, ni Walt Whitman ni Kafka, que pertenecen a su misma estirpe y que aunque habiten ahora eso que nosotros llamamos muerte siguen siendo de manera decidida, a través de los ojos del autor de Breviario…, nuestros contemporáneos. A quienes amamos la literatura, que es el arte de intuir la eternidad haciendo que lo que se dice habite un continuo presente, y también el periodismo, que es el oficio de contar la verdad y de hacer saber lo que no todos quieren que se sepa, nos gusta mucho que siga habiendo libros como éste de Luis, que es periodista y escritor al mismo tiempo como lo fue también —y es el paralelismo más claro que encuentro— aquel Álvaro de Mondoñedo que soñaba, al pie de la catedral, ciervos paseando bajo la nieve. Don Cunqueiro logró que en cada uno de sus artículos estuviese el mundo entero. Y otro tanto va haciendo ya este Luis del libro nuevo. Don Pousa, claro. Para siempre.

*Artículo publicado hoy en la sección Velut Umbra del suplemento Culturas de La Voz de Galicia

Breviario del bus en Rey Lear

El lector de reojo

lunes, septiembre 16th, 2013
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*Primer fragmento de Breviario del bus (Rey Lear, Madrid):

HAY LITERATURAS para leer en el ascensor. Matizo, hay, según escribió un Jardiel Poncela demasiado facha para los demasiado sin sentido del humor, relatos breves para leer mientras sube el ascensor, porque a nadie se le antojaría leer a Enrique Jardiel Poncela (o incluso a otros) mientras el ascensor, ese montacargas humano, ese funicular que se detiene a cuatro o cinco peldaños del Infierno o del centro de la Tierra, desciende a su Hades doméstico. El elevador no da para más. Ni para menos. Se reclama un disparo de prosa directo al
cerebro, al cerebelo, a las neuronas, a las dendritas o adonde sea. Un trago de adrenalina.
Pero el autobús, el modesto y hasta entrañable bus urbano, sucio de chicles y pintadas de amores profanos, da para mucho más, aunque sin alcanzar la larga hermosura de los antiguos trenes, que son el mejor refugio para el insomnio y para desgastar las pestañas
a la luz de los novelones rusos.

El bus, salvo algunas líneas de prodigiosas filigranas por el callejero, da para quince o veinte minutos de lectura fragmentaria y, con frecuencia, repetitiva, casi onanista. Porque a veces hay que masturbarse morosamente cuatro o cinco veces con la misma frase, que se desliza y patina en una tos, un ronquido o el simple frenazo de un conductor que ignora que lleva al volante una gigantesca biblioteca ambulante. Al lector impenitente, a la rata compulsiva que
devora hasta los infumables prospectos de las medicinas, que deletrea hasta la composición química que figura en las etiquetas del agua mineral e incluso las morbosas advertencias de las autoridades sanitarias en la portada y contraportada de las cajetillas de rubio
nacional, le recomiendo el fondo de los autobuses dobles, de esos gusanos articulados que parece que se van a quebrar en las esquinas que nadie, ni la geometría más vanguardista, puede doblar. En ese escondrijo, en el sosiego de las abuelas que cabecean con su
calceta sobre la bolsa de la compra atestada de sardinas, se logra el anonimato último que se necesita, por ejemplo, para digerir con parsimonia sádica la filosofía de Schopenhauer.

Hay, por tanto, literatura de bus, de ferrocarril y de ascensor. El bus exige literatura fragmentaria, nada de inicio, nudo y desenlace. Mejor, pongamos por caso, un Ramón Gómez de la Serna, inventor de la fórmula sagrada para espantar a uno de los parásitos
que habita en el bus urbano, a esa mosca cojonera que es el lector de reojo. El lector de reojo es un gorrón incansable de la tinta ajena. Por eso, lo mejor para viajar de pie en la línea 14
es abrir por la página 28 la edición de la Colección Austral (24 pesetas de 1962) de los Caprichos de Ramón. Hay que abrir por la página 28 este libro que se desmenuza, en represalia por las mañanas a la intemperie en los libreros de viejo, y leer la greguería encajada entre El abogado Trapalón y El hielo negro, que se titula, precisamente, El lector de reojo:

«Al que lee nuestro diario de reojo no le importa que le miremos con estrábica iracundia.
No es que seamos egoístas, es que ese segundo lector desconocido retarda nuestra lectura, nos hace tropezar o patinar en lo que vamos leyendo, y como además tiene ideas contrarias a las nuestras, lee de otra manera lo que lee y nos equivoca.

El lector de reojo tenía que sufrir su indigno castigo algún día, y la cosa sucedió en el tranvía 50. Lo llevaba al lado y no lograba despegarlo ni doblando violenta y sorpresivamente mi diario, cuando de pronto se metió con más anhelo en la página, haciendo gestos de estupor.
Leía una necrológica con la media foto de los jubilados, que en comparanza súbita noté que era su retrato. ¡Era su necrológica! ¡Alguna vez tenía que suceder una cosa así para escarmiento de lectores entrometidos!».

 

Con Vila-Matas y Montano

sábado, diciembre 1st, 2012

Como el papel tiene sus limitaciones y algunos buenos amigos me han comentado que les había gustado la entrevista, dejo aquí la versión íntegra de la charla que mantuve con Enrique Vila-Matas esta semana en A Coruña. Un enorme placer, claro.

—Se reedita, diez años después, «El mal de Montano» en Seix Barral, el primer libro español que ganó el premio Médicis…
—Es el libro más premiado de los míos, ha tenido cinco premios, entre ellos el Herralde, el Nacional de la Crítica y el Médicis al mejor libro extranjero publicado en Francia, que yo creo que es el más importante de todos los que he recibido en mi vida. Ahora he tenido con Dublinesca el Premio Cunhambebe de Literatura Extranjera en Brasil, que es el Médicis brasileño y que tiene un gran mérito por los finalistas que había.

—Estaban algunos de los grandes: Roth, DeLillo, Vargas Llosa…
—Supongo que porque eran más grandes han decidido eliminarlos [risas]. Ha quedado Hertha Müller de segunda, lo que me provoca una sensación extraña.

—El Médicis supuso su consolidación internacional y múltiples traducciones
—Sí, bueno, ya la había tenido antes cuando El viaje vertical había ganado el Rómulo Gallegos que fue, digamos, el detonante, y luego se produjo con El mal de Montano que supuso ya la explosión internacional, que en realidad vino dada ya por el libro anterior, Bartleby y compañía. Pero El mal de Montano fue el que recogió la cosecha que había provocado la irrupción de Bartleby.

En eso también es un caso singular en las letras españolas, porque hay autores consagrados en España a los que les cuesta mucho salir con su obra al extranjero, hay una cierta endogamia que hace inexportables ciertos textos…
—Sí, bueno… Quizás es lo que sucede con la repercusión que está teniendo Dublinesca tanto en Estados Unidos como en Inglaterra, ha llegado con críticas muy buenas en el New York Times y el New Yorker, es una especie de salto inglés… Es muy difícil de conseguir. La obra ha sido siempre internacional, pero faltaba la parte más difícil que era sobre todo Estados Unidos. Ahora en un teatro “off Broadway”, de la periferia del canon teatral de Broadway, se va a representar una versión teatral de ocho oras de duración de París no se acaba nunca. Son los mismos que triunfaron el año pasado con El gran Gatsby, que también duraba ocho horas, con la lectura completa del libro teatralizada, que es lo que quieren hacer con París… La idea es hacer vida allí en el teatro un sábado o un domingo, durante ocho horas.

Tiene especial mérito triunfar con un libro que evoca a una vaca sagrada como Joyce en el mundo anglosajón, ¿no?
Sí, corría el peligro de que fuera o muy bien o muy mal. Pero el resultado ha sido realmente apabullante en cuanto a críticas.

Volvamos a Montano. El arranque del libro se le ocurrió un día frente al océano Pacífico, ¿cómo fue ese episodio?
No, no se me había ocurrido exactamente. Yo había empezado El mal de Montano y lo tenía solamente puesto en marcha, sin saber muy bien qué iba a ser. Con la llegada a esta casa del escritor chileno Roberto Brodsky, amigo de Roberto Bolaño, que nos dejó su casa frente al Pacífico, ahí se puso un poco en marcha… Brodsky se reía porque me vio media hora pensativo frente al mar, veía mi silueta, y veía que no me movía, pensaba “qué ocurre con este tipo que acabo de conocer y de invitar a mi casa y está ahí fuera…”. Ahí surgió. Estuve pensando frente al océano, estuve pensando en el ruido del Pacífico… Todas las novelas se construyen muy lentamente, a base de reunir datos, apuntar ideas, algunas sirven, otras no… Nombrar una cosa, apuntar, pensar cuáles son las ideas fundamentales del libro y al final esas ideas fundamentales conectan a la hora de escribir. Y digamos que se puso todo esto en marcha en esa playa del Pacífico, la playa de Tunquén, en Chile. Era el fin del milenio, finales de diciembre del 2000, pasé allí una noche inolvidable. Fue un viaje bastante epifánico. Descubrí a Tongoy, que en realidad es un actor francés llamado Daniel Emilfork, al que después conocí en París. En este viaje tuve noticia de él por primera vez, porque una amiga chilena, Carolina Díaz, lo había entrevistado como “el hombre más feo del mundo”. Pasé a llamarlo Tongoy, que era la zona en la que yo estaba frente al Pacífico. Se convirtió en este personaje, Tongoy, el hombre más feo del mundo, que luego visité en París y estaba encantado de ser un personaje de mi novela. Era un hombre encantador, que ya murió. Era un gran actor shakesperiano, aunque se especializó en películas de terror.

O sea, que fue como una de esas epifanías de las que hablaba Joyce.
Sí, bueno, el que yo entonces era salió hablando del ruido del Pacífico, estaba convencido de que el Pacífico tenía un sonido distinto, del que también habla Neruda en un poema donde dice que el Pacífico tiene “un sordo ruido a fragor de batalla antigua”. Y es cierto que tiene esta potencia el ruido de las olas. Fue como un momento interesante dentro del

A ver si el Atlántico, que tenemos aquí al lado y también tiene un ruido especial, también le inspira un nuevo libro.
Veremos.

—Tanto «Bartleby» como «Montano» marcan un cierto punto de inflexión en su trayectoria y abren la senda a esa indagación literaria posterior. ¿Tiene esa misma percepción?
—Tal vez el punto de inflexión venga dado por la repercusión y el alcance que tuvo en cuanto a lectores, y que sigue teniendo, Bartleby y compañía. Visto con la perspectiva actual, lo que hizo fue ponerme más alegre, con más ánimo para continuar con lo que estaba desarrollando desde hace años. Y posiblemente fue lo que facilitó ese ensayo que está en Desde la ciudad nerviosa en el que explico cuál es mi teoría sobre la literatura, reflexiono sobre mi propia obra y que pone en marcha una segunda etapa en lo que yo escribo.

—¿La teoría narrativa se hace al escribir?
—Sí, a la larga se va haciendo. Es muy bueno programar qué vas a hacer con una novela, pensarla mucho antes de empezar a escribirla. También es cierto que, cuando te pones a hacerla, los personajes mismos se inventan a otros personajes y conducen a otros lugares y pensamientos que uno también desarrolla en el libro. Te conducen a un lugar inesperado dentro de un orden que tú has programado inicialmente.

—Arremete en «El mal de Montano» contra el realismo español, tan castizo y tan del siglo XIX, que ahí sigue. ¿Nunca nos libraremos de esa tara?
—Durante muchos años, para escribir siempre he pensado que es necesario tener algún enemigo o estar en contra de una idea, y desarrollar en una novela algo contra una idea. En este sentido, los realistas españoles, que nunca he sabido quiénes son exactamente, forman como una especie de conspiración hispánica en realidad contra la realidad, porque son los menos realistas que he conocido. Creen que la realidad se puede copiar y es un error. Pero bueno, esto pasó un poco a la historia. Ya no siento ese odio por los realistas españoles, me he alejado del contexto español que en aquella época me inquietaba y me preocupaba más que ahora.

—¿Habría que desterrarlos a la isla del Realismo, como decía Chesterton?
—Sí, sí… Todo esto viene de una anécdota muy sencilla. Yo tenía quince años cuando hice mi primer viaje fuera de Barcelona con dos compañeros de colegio. Cuando llegamos a Madrid entramos en el museo del Prado y a mí, que no sabía nada del mundo, ni de la vida, ni del arte, me sorprendió muchísimo que los cuadros de Velázquez los estuvieran copiando pintores de caballete domingueros. No sabía que existía la copia del cuadro, me parecía un trabajo inútil copiar algo que ya existía, me pareció totalmente absurdo. Esto es totalmente naíf por mi parte, pero explica por qué a mí siempre me ha parecido absurdo copiar las estructuras narrativas de la novela del siglo XIX. Me parece absurdo hacer una repetición. Es justo al contrario, todo lo que no es repeticion es diversión para el que escribe. Hay que ser arriesgado, tener cierta valentía, no tener miedo a fracasar y, si se fracasa, escribir otro libro, no temer a tus enemigos, sino todo lo contrario.

Ahí entra también el concepto de literatura como juego, como invención.
Sí, sí. Y no tener miedo al fracaso, porque vas a volver a probar y siempre alcanzarás algo más interesante que si te limitas a comportarte modositamente.

Que es el método de la ciencia: ensayo y error.
Sí, la ciencia, claro, y equivocándose. Se trata de esto. Lo contrario es absurdo, es inútil.

—Ese «establishment» de las letras españolas es reacio a las nuevas tecnologías, donde usted se encuentra muy cómodo.
—Sí, me parece que además lo hago con naturalidad. Estoy en Internet con la web, el blog y leo muchísimo los periódicos digitales y los blogs, son un instrumento muy útil para mí.

—¿No teme el apocalipsis digital que auguran algunos?
—No, es que España sigue siendo un país muy conservador donde a la gente le cuesta mucho comprender los avances, ya pasaba lo mismo con el cine. Ha costado mucho y cuesta. Tenemos a los políticos, por ejemplo, que al final han comprendido la fuerza de Twitter y de Facebook, pero que son aburridísimos, como ellos mismos, en sus Facebook y Twitter, o sea, que no han comprendido de qué se trata.

—¿Están en Twitter los aforismos de nuestro tiempo?
—Bueno, Twitter solo es escritura cuando hay algún aforismo brillante…

—Estaba pensando, por ejemplo, cuánto le gustaría a Ramón Gómez de la Serna usar Twitter.
—Bueno, es que Gómez de la Serna era un tuitero, ¿no? Lo he seguido leyendo a lo largo de los años y tiene algunos aforismos donde acierta fantásticamente y otros muy flojos, pero quizás es porque escribió mucho.

—Se halla entre «Bartleby y compañía» y «El mal de Montano» un libro único, titulado «Desde la ciudad nerviosa, donde disecciona su ciudad, Barcelona. Definió esta obra como una colección de textos atípicos donde se mezclan ensayo, ficción, autobiografía y el género del viaje interior. Pero esta definición valdría para el conjunto de su obra, ¿no?
—Sí, aunque he ido cambiando y mezclando de forma diferente esta combinación en cada libro. Por ejemplo, en Aire de Dylan, mi último libro, no hay ensayo prácticamente, sino material sobre todo narrativo, aunque mezclado con una reflexión de orden moral y literaria en torno al posmodernismo y la necesidad de que nos volvamos a relacionar con el modernismo, y también en torno a la imposibilidad de que nos volvamos a relacionar con el modernismo. En Aire de Dylan he colocado un padre que representa un personaje con muchas caras y heterónimos, que representa al posmoderno, enfrentando a un hijo que desea ser auténtico, que es lo que más detesta el posmoderno, la autenticidad. Un mundo de retorno a lo clásico enfrentando a un mundo posmoderno, en decadencia. Y no he sacado consecuencias, solo he hecho preguntas en torno a esas diferencias.

—¿Volveremos a lo genuino o es un retorno imposible?
—No va a ser posible, el mundo ha cambiado tanto que el enlace con lo anterior resulta muy difícil. Pero al mismo tiempo se puede escribir sobre esa imposibilidad de enlazar con el modernismo. Es curioso, pero también se puede escribir sobre el hecho de que no tenemos futuro y, al mismo tiempo, esa es la única posibilidad de futuro que tenemos, en contra de lo que piensan algunos que creen que este tipo de literatura conduce a un callejón sin salida; pero no, precisamente es el único callejón posible para escapar del callejón sin salida real. En el fondo, ser conscientes de que no es posible conectar con el modernismo. Ese futuro solo lo tenemos escribiendo que no tenemos futuro. Porque mientras decimos que no tenemos futuro, que en el fondo no es más que una figura retórica, estamos trabajando en el presente, aunque sea en las ruinas de algo. Ahí es donde se mueve mi literatura en estos momentos.

—¿Sería entonces la literatura una forma de escapismo?
—No, escapismo, no, ninguno. Conciencia de situación ruinosa y reflexión sobre esa situación desde el fondo de las ruinas.

—Elevarse, no escaparse.
—Sí, es todo lo contrario de dar por muerta la literatura, sino saber que lo está para poder emerger de esas ruinas.

Podemos seguir jugando, entonces.
-Siempre, hasta hoy en día no ha desaparecido la literatura, que sepamos, ¿no?

No.
Tampoco va a desaparecer en el futuro si está en manos de gente que es consciente de su situación crítica, porque los que alegremente van repitiendo la novela decimonónica, pues pueden ser grandes escritores, como Iris Murdoch, pero simplemente se dedican al entretenimiento, que ya es mucho, ¿no?

No innovan.
Estoy hablando de Iris Murdoch, que es una gran escritora. Es compaginable con los que mantienen viva la llama del presente, que también existe, aunque sea más pasajero.

¿Sigue definiéndose como un hombre enfermo de la literatura?
Hubo una confusión, la gente cree que yo estoy enfermo de literatura, pero cuando yo estoy solo en mi casa estoy viendo partidos de fútbol… Sí es cierto que supe, creo, darle un nombre a un síntoma con el que se identifican algunas personas. Otros están enfermos de televisión, pues yo hablé de los enfermos de literatura, que sí existen, pero el síntoma no tenía un nombre concreto hasta que yo se lo dí y ha quedado.

¿En qué anda trabajando?
Ando trabajando en una novela que vuelve a mezclar con la biografía y el ensayo, la más ambiciosa digamos que he hecho hasta ahora. Creo que estoy en un momento en el que puedo atreverme a hacer este libro que estoy haciendo. Y no quiero decir nada más…

—Barcelona ha estado más nerviosa que nunca estos días… ¿Como ha visto las elecciones?
—Ha aparecido un Parlamento muy plural, que indica algo muy sano que es una pluralidad en un país como Cataluña. Y un Parlamento tan plural plantea problemas complejos, que exigen soluciones complejas a través del arte de discutir.

Foto:  Paco Rodríguez.

«Gómez de la Serna era un tuitero»

jueves, noviembre 29th, 2012

Explorador de abismos, descubridor de Montanos, Pasaventos, Bartleby y compañía, Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948) aterrizó ayer en la UNED de A Coruña para charlar de sus obsesiones con los lectores.

—Se reedita, diez años después, «El mal de Montano» en Seix Barral, el primer libro español que ganó el premio Médicis…
—Es el libro más premiado de los míos, ha tenido cinco premios, entre ellos el Herralde, el Nacional de la Crítica y el Médicis al mejor libro extranjero publicado en Francia, que yo creo que es el más importante de todos los que he recibido en mi vida. Ahora he tenido con Dublinesca el Premio Cunhambebe de Literatura Extranjera en Brasil, que es el Médicis brasileño y que tiene un gran mérito por los finalistas que había.

—Estaban algunos de los grandes: Roth, DeLillo, Vargas Llosa…
—Supongo que porque eran más grandes han decidido eliminarlos [risas]. Ha quedado Hertha Müller de segunda, lo que me provoca una sensación extraña.

—Tanto «Bartleby» como «Montano» marcan un cierto punto de inflexión en su trayectoria y abren la senda a esa indagación literaria posterior. ¿Tiene esa misma percepción?
—Tal vez el punto de inflexión venga dado por la repercusión y el alcance que tuvo en cuanto a lectores, y que sigue teniendo, Bartleby y compañía. Visto con la perspectiva actual, lo que hizo fue ponerme más alegre, con más ánimo para continuar con lo que estaba desarrollando desde hace años. Y posiblemente fue lo que facilitó ese ensayo que está en Desde la ciudad nerviosa en el que explico cuál es mi teoría sobre la literatura, reflexiono sobre mi propia obra y que pone en marcha una segunda etapa en lo que yo escribo.

—¿La teoría narrativa se hace al escribir?
—Sí, a la larga se va haciendo. Es muy bueno programar qué vas a hacer con una novela, pensarla mucho antes de empezar a escribirla. También es cierto que, cuando te pones a hacerla, los personajes mismos se inventan a otros personajes y conducen a otros lugares y pensamientos que uno también desarrolla en el libro. Te conducen a un lugar inesperado dentro de un orden que tú has programado inicialmente.

—Arremete en «El mal de Montano» contra el realismo español, tan castizo y tan del siglo XIX, que ahí sigue. ¿Nunca nos libraremos de esa tara?
—Durante muchos años, para escribir siempre he pensado que es necesario tener algún enemigo o estar en contra de una idea, y desarrollar en una novela algo contra una idea. En este sentido, los realistas españoles, que nunca he sabido quiénes son exactamente, forman como una especie de conspiración hispánica en realidad contra la realidad, porque son los menos realistas que he conocido. Creen que la realidad se puede copiar y es un error. Pero bueno, esto pasó un poco a la historia. Ya no siento ese odio por los realistas españoles.

—¿Habría que desterrarlos a la isla del Realismo, como decía Chesterton?
—Sí, sí… Todo esto viene de una anécdota muy sencilla. Yo tenía quince años cuando hice mi primer viaje fuera de Barcelona con dos compañeros de colegio. Cuando llegamos a Madrid entramos en el museo del Prado y a mí, que no sabía nada del mundo, ni de la vida, ni del arte, me sorprendió muchísimo que los cuadros de Velázquez los estuvieran copiando pintores de caballete domingueros. No sabía que existía la copia del cuadro, me parecía un trabajo inútil copiar algo que ya existía, me pareció totalmente absurdo. Esto es totalmente naíf por mi parte, pero explica por qué a mí siempre me ha parecido absurdo copiar las estructuras narrativas de la novela del siglo XIX.

—Ese «establishment» de las letras españolas es reacio a las nuevas tecnologías, donde usted se encuentra muy cómodo.
—Sí, me parece que además lo hago con naturalidad. Estoy en Internet con la web, el blog y leo muchísimo los periódicos digitales y los blogs, son un instrumento muy útil para mí.

—¿No teme el apocalipsis digital que auguran algunos?
—No, es que España sigue siendo un país muy conservador donde a la gente le cuesta mucho comprender los avances, ya pasaba lo mismo con el cine.

—¿Están en Twitter los aforismos de nuestro tiempo?
—Bueno, Twitter solo es escritura cuando hay algún aforismo brillante…

—Estaba pensando, por ejemplo, cuánto le gustaría a Ramón Gómez de la Serna usar Twitter.
—Bueno, es que Gómez de la Serna era un tuitero, ¿no? Lo he seguido leyendo a lo largo de los años y tiene algunos aforismos donde acierta fantásticamente y otros muy flojos, pero quizás es porque escribió mucho.

—¿En qué anda trabajando?
—Ando trabajando en una novela que vuelve a mezclarse con la biografía y el ensayo, la más ambiciosa digamos que he hecho hasta ahora. Creo que estoy en un momento en el que puedo atreverme a hacer este libro que estoy haciendo. Y no quiero decir nada más…

—Se halla entre Bartleby y compañía y El mal de Montano un libro único, titulado Desde la ciudad nerviosa, donde Vila-Matas disecciona su ciudad, Barcelona. Definió «Desde la ciudad nerviosa» como una colección de textos atípicos donde se mezclan ensayo, ficción, autobiografía y el género del viaje interior. Pero esta definición valdría para el conjunto de su obra, ¿no?

—Sí, aunque he ido cambiando y mezclando de forma diferente esta combinación en cada libro. Por ejemplo, en Aire de Dylan, mi último libro, no hay ensayo prácticamente, sino material sobre todo narrativo, aunque mezclado con una reflexión de orden moral y literaria en torno al posmodernismo y la necesidad de que nos volvamos a relacionar con el modernismo, y también en torno a la imposibilidad de que nos volvamos a relacionar con el modernismo.

—¿Es un retorno imposible?
—No va a ser posible, el mundo ha cambiado tanto que el enlace con lo anterior resulta muy difícil. Pero al mismo tiempo se puede escribir sobre esa imposibilidad de enlazar con el modernismo. Es curioso, pero también se puede escribir sobre el hecho de que no tenemos futuro y, al mismo tiempo, esa es la única posibilidad de futuro que tenemos, en contra de lo que piensan algunos que creen que este tipo de literatura conduce a un callejón sin salida; pero no, precisamente es el único callejón posible para escapar del callejón sin salida real.

—¿Sería entonces la literatura una forma de escapismo?
—No, escapismo, no, ninguno. Conciencia de situación ruinosa y reflexión sobre esa situación desde el fondo de las ruinas.

—Elevarse, no escaparse.
—Sí, es todo lo contrario de dar por muerta la literatura, sino saber que lo está para poder emerger de esas ruinas.

—Barcelona ha estado más nerviosa que nunca estos días… ¿Como ha visto las elecciones?
—Ha aparecido un Parlamento muy plural, que indica algo muy sano que es una pluralidad en un país como Cataluña. Y un Parlamento tan plural plantea problemas complejos, que exigen soluciones complejas a través del arte de discutir.

Foto de Enrique Vila-Matas:  Paco Rodríguez/La Voz de Galicia

 

Vila-Matas: «De haber hecho cine, me habría parecido a los Coen»

sábado, marzo 24th, 2012

En su última novela, , Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948) salta de Dublín a América en la enésima vuelta de tuerca del autor a su obra única.
—Después del «salto inglés» de «Dublinesca» ahora emprende una especie de «salto americano».
—Se puede decir también que de la Odisea dublinesa (Ulises) he ido a parar a mi barrio de Barcelona (Ítaca), porque es en ese barrio poco conocido de mi ciudad (la calle Buenos Aires y alrededores), donde suceden gran parte de los hechos que narra mi novela.
—Digo lo del «salto americano» porque también hay aquí una atmósfera del cine de los hermanos Coen, de esa capacidad que tienen de hallar y de narrar lo asombroso (y a veces lo monstruoso) en medio de lo cotidiano, que precisamente es otra clave de su obra.
—Para ciertos momentos de la novela tuve presente  de los Coen. Un «salto americano» en la calle de Buenos Aires de Barcelona. La verdad es que cuando veo películas de los Coen me divierto enormemente con ellos. De haber hecho cine, seguramente me habría parecido a ellos, aunque no les habría llegado nunca ni a los zapatos. En cualquier caso, algo está claro: compartimos un cierto sentido del humor. Ahora solo queda por esperar que los Coen quieran leer . Si alguien los conoce, les puede decir que ya pueden ir preparándose para filmar en Barcelona.
—Si mis cuentas no fallan es su novela número 25. ¿Podemos hablar de que en el fondo está escribiendo una única novela?
—Siempre he dicho que trabajo en una obra en la que todo está conectado. En cada libro doy una vuelta de tuerca más.
—En obras recientes exploraba los abismos y se asomaba bajo la piel de personajes enfermos o en proceso de demolición, pero en esta obra se identifica con Lancastre, un autor muerto. ¿Es quizás una mirada desde el fondo de la piscina como la de William Holden en «El crepúsculo de los dioses»?
—Me critico a mí mismo en el libro y la verdad es que, al imaginarme muerto, me siento más libre para hacerlo.
—Vuelve a ocuparse aquí de la compleja relación entre padres e hijos. Lancastre está muerto y Vilnius, bajo su sombra hamletiana y kafkiana, se empeña en construir un Archivo General del Fracaso. ¿El hijo siempre fracasa desde la perspectiva del padre?
—No sé cómo fue que imaginé que, a través de un leve golpe en la cabeza, un hijo heredaba de golpe (y nunca mejor dicho) la memoria y experiencia de su padre. Ese fue uno de los motores de arranque del libro.
—Otro motor es la frase «Cuando oscurece siempre necesitamos a alguien», atribuida a Fitzgerald, que recorre la novela. ¿Resume en cierta medida esa historia del fracaso o de la demolición, como decía el propio Scott Fitzgerald, que es en el fondo la vida?
—Claro. Mi novela ilustra aquel famoso comienzo de  del propio Fitzgerald: «Claro, toda vida es un proceso de demolición». Hay un tipo de demolición que parece producirse con rapidez, y otro que se produce casi sin que uno lo advierta, pero lo que nunca falla es esto: la vida, a la hora de destrozarnos, tiene la terca paciencia de la marea.
—Y además de reivindicar el derecho al fracaso, que también es un arte, reivindica el derecho a la contradicción, que es el derecho a la reinvención de uno mismo, ¿no?
—Exacto. Algo que recuerda al Dylan de , aquel disco con el que nuestro cantante confirmó una vez más que su gran fuerza residía en no estar nunca donde se le esperaba.

Foto www.enriquevilamatas.com

En los mundos de Vila-Matas

domingo, diciembre 12th, 2010

voz-vila-matas-color

Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948) ha cambiado de editorial, de agente y hasta de casa. Ha dejado su legendaria atalaya de la Travesía del Mal -como apodaba a su antigua calle: la Travessera de Dalt-, desde la que veía Barcelona derramarse hasta el mar, por un piso en el bullicioso Ensanche. Pero lo que no ha mutado es su literatura, felizmente heterodoxa, al margen de capillas y academias. Es la voz más radicalmente innovadora de su generación y, cuando todavía late el «salto inglés» que trazó en marzo con la edición de Dublinesca, Vila-Matas vuelve a tensar las neuronas de sus devotos con la publicación del ensayo Perder Teorías (Seix Barral) y la obra colectiva El juego del otro (Errata Naturae), en la que comparte espacio y travesuras con Paul Auster, Jean Echenoz, Barry Gifford y los artistas Paul Klee y Sophie Calle.

-En El juego del otro mantiene una curiosa charla con Jean Echenoz sobre las imposturas literarias.

-En la conversación hablamos de un bar de Barcelona, llamado El Aviador, que existió muy poco tiempo y que a Echenoz le entusiasmó la noche que nos llevó allí Sergi Pàmies, porque era como una escena de sus novelas, todo lleno de hélices, de fotos de aviones, de aviadores… Como hablamos de la impostura, parecía que yo me había inventado lo de El Aviador, pero no me lo invento.

-Siempre hay esa sospecha de que en sus libros todo es inventado, o medio inventado.

-Sí, siempre la hay. Pero normalmente no hay nada inventado. Lo parece, pero no lo es.

-Y con Echenoz charla además sobre el mundo de las presentaciones literarias.

-Porque somos muy amigos, pero solo nos hemos visto cuatro veces y siempre en presentaciones de libros. Entonces ahora hemos decidido organizar la presentación de un libro que no existe y así seguimos conociéndonos a través de presentaciones de libros.

-En el volumen también comparte páginas con Paul Auster, con el que tuvo un encuentro en Nueva York.

-Lo conocí a través de Eduardo Lago, que lleva más de 25 años en Nueva York. Se cansó de este país y fue a Nueva York a iniciar una nueva vida, a ser otro. Él se fue a vivir a Brooklyn y se convirtió en un escritor del barrio. Entonces fui a casa de Paul Auster por esto, simplemente porque yo era un amigo de un escritor del barrio, Eduardo Lago, así de sencillo. Si a ello añadimos que Auster es muy cordial y un tipo muy sencillo, pues fue todo muy fácil.

-Acaba de publicar Perder teorías, un anexo de Dublinesca que propicia una curiosa relectura de la novela.

-Sí, pero lo que ocurre es que el texto de Perder teorías procede de una conferencia que di en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona, titulada El sentido de la espera, y que en realidad fue el origen de Dublinesca. O sea que se ha entendido mal, porque en Francia se publicaron al mismo tiempo Dublinesca y Perder teorías; en cambio en España se publicó en septiembre, mientras que Dublinesca salió en marzo. Incluso en alguna reseña se ha dicho que es un oportunismo mío el colocar ahora un anexo de Dublinesca. Nada más lejos de la realidad, cuando Perder teorías es el origen de Dublinesca, y no al revés.

-Y por eso, porque es un punto de partida, los cinco rasgos esenciales de la novela del futuro que describe en Perder teorías se aplican ya en Dublinesca.

-No los apliqué deliberadamente, porque no estaba pensando en aplicarlos, pero luego me di cuenta de que en realidad es lo que he hecho.

-«Se hace teoría al andar», como apunta en otro pasaje.

-Sí. El truco sería publicar la novela y al lado el librito de teoría, como en Francia. Dados los tiempos que corren…

-¿A qué se refiere?

-Ahora las editoriales dicen que tienen dos secciones, la de best seller y la de novela literaria…

-Eso de «novela literaria» es una expresión por lo menos peculiar, ¿no?

-Sí, en una ocasión le preguntaron a Eduardo Lago si no creía que su novela era «demasiado literaria» y él se quedó pasmado… Como está en Nueva York y no está enterado de lo que pasa aquí…

-Una novela demasiado literaria…

-A mí una vez por la radio me preguntaron: «Oiga, ¿pero qué le pasa con la literatura que le interesa tanto?» [Risas]. Es como si a un torero le preguntan: «¿Qué le ocurre a usted con los toros?».

-La blogosfera también le interesa especialmente.

-Sí, en los blogs obtengo mucha información y me entretengo mucho, sí.

-En la literatura española usted es de los pocos que hace uso sin remilgos de Internet. ¿Por qué tantas cautelas?

-¿Sabes qué pasa? Me atrevo a decirte que eso es por la falta de curiosidad española, que todo esto no les interesa. Hablo muy en general, claro.

-Pero sin curiosidad acabamos metidos en un mundo muy cerrado, ¿no?

-Sí, muy cerrado, sí. España ya lo era y sigue siéndolo hacia lo extranjero.

-Es paradójico que siga sucediendo ahora, cuando la Red abre muchas puertas.

-Pero España es un país muy cerrado, que además se cree que es el centro de la literatura en castellano, cuando ya no lo es, cuando el centro se ha desplazado por completo. Buenos Aires es mucho más potente literariamente que Madrid o Barcelona.

-Están haciendo cosas interesantísimas en Argentina. Piglia, Aira, el añorado Fogwill…

-Muy innovadores y muy diferentes. Yo lo de aquí lo veo muy pequeño. Además es así: América Latina es muy grande y España es un país muy pequeño. Yo lo veo con el Cervantes, que sea un año para un español y otro año para un americano…

-La proporción es algo desproporcionada.

-Sí. Y la proporción también está mal porque entre los latinoamericanos premian a los más académicos, a los que tienen más influencia, pero que no son precisamente los mejores escritores.

Vila-Matas ya está sumergido en la creación de su próxima novela, «una investigación sobre el fracaso y el mundo de las citas literarias» que se publicará en el 2012. Pero un año antes verán la luz seis títulos, entre ediciones de bolsillo y recuperaciones, como En un lugar solitario, volumen que reunirá sus cinco primeros libros.

-¿Les añade algo nuevo?

-Lleva un prólogo larguísimo mío, que es mejor que el resto del libro y explica por qué los hice, al estilo de París no se acaba nunca. Me ha servido a mí también, porque he descubierto que era solo lector de poesía y como no había leído narraciones, no tenía ni idea de narraciones, y no sabía hacer narraciones. No es que me justifique, es que yo mismo descubro por qué esos comienzos tan vacilantes, a parte también de que trabajaba poquísimo, llevaba otra vida, en fin…

-Y ahora que el género parece resucitar, en el 2011 volverán a las librerías los cuentos de Vila-Matas. ¿Qué relatos reedita?

Chet Baker piensa en su arte es una antología de los cuentos desde Una casa para siempre hasta uno inédito de 80 folios, El Doctor Finnegans y Mr. Gide, que es un poco como La noche de Génova de Paul Valéry. Mi personaje va a Turín y se encierra una noche, para intentar crear un artefacto como el Finnegans Wake, pero que la gente lo pudiera leer como si fuera un Simenon. El problema de Chet Baker… es que es un texto duro, muy duro. Por eso lo publico dentro de este libro, porque sería difícil publicarlo como un texto independiente.

-Hay que regatear al mercado.

-El otro día oía a una ministra que citaba la frase de Darwin: «No sobreviven los más fuertes, ni los más inteligentes, sino los que mejor se adaptan al medio». Es cierto. Esto es lo que ocurre con el mercado. Miguel Ángel con la Capilla Sixtina también se adaptó al medio, porque lo que había era un Papa y un encargo, y a lo mejor él lo hubiera querido hacer en otro lugar, pero del encargo de un Papa sacó la Capilla Sixtina. Se adaptó. Así sobrevives.

 

Ilustración: Edgardo Carosía

Entrevista publicada hoy en La Voz de Galicia

La ballena blanca

martes, agosto 4th, 2009

Herman Melville (Nueva York, 1819-1891) escribió dos libros que invocan el silencio. En plata: dos libros que invitan a no escribir ni una sola línea más, a no sumar estériles párrafos a la historia de la literatura, quizás ya consumada en sus páginas. Uno se titula Bartleby, el escribiente, donde su protagonista pronuncia la célebre frase, «preferiría no hacerlo», que Enrique Vila-Matas convirtió luego en lema de los escritores que un buen día deciden callar para siempre: los Bartleby.

El segundo y definitivo navajazo a la yugular del sistema literario se llama Moby Dick y provoca el mismo efecto: quien lo lee se ve aplastado por la abrumadora (y casi castradora) belleza de este texto, que lleva al autor contemporáneo a pensar muy seriamente si merece la pena escribir algo después de llegar, sin aliento ya, a este último y demoledor párrafo: «Entonces volaron pájaros pequeños, chillando sobre el abismo aún abierto; una tétrica rompiente blanca golpeó contra sus bordes escarpados. Después, todo se desplomó y el gran sudario del mar volvió a extenderse como desde hacía cinco mil años». Un punto final que prácticamente es un punto terminal, sin retorno posible.

Porque hubo un tiempo, atrapado en los versos de las sagas islandesas, en que el mar era «el camino de las ballenas» y en Nueva Bedford, el puerto donde arranca la aventura del grumete Ismael, los padres daban ballenas como dote a sus hijas, regalaban marsopas a sus sobrinos y cada noche quemaban velas de esperma. Ese mundo, claro, ya no existe. Por eso hay que leer Moby Dick, para embarcarse junto a Ismael y el capitán Ahab a bordo del Pequod en busca de la gran Ballena Blanca y así «conocer la parte líquida del mundo», como anuncia el grumete en ese incontestable directo a la mandíbula del lector que es el comienzo de esta novela única.

Hay que leer Moby Dick antes de que los apologetas de lo políticamente correcto y los radicales del ecologismo mal digerido promuevan su prohibición (todo llegará). Hay que sumergirse en estas páginas excesivas, por momentos casi bíblicas, para entender de qué están hechas nuestras entrañas.

*Texto publicado en el suplemento Culturas de La Voz de Galicia, el 1 de agosto.

Paradójicamente

lunes, mayo 18th, 2009

Sólo a  mí se me ocurre citar a Bartleby, el escribiente. Su mera mención, en la anterior entrada de este cuaderno de bitácora, ha tenido en mí un efecto devastador, paralizante, como los venenos que las arañas inyectan en sus víctimas para luego poder paladearlas con sosiego. Hace una semana yo mismo me inoculé la pócima del mal de Bartleby al plantar aquí su nombre y, lo que es más grave, su legendaria sentencia: «Preferiría no hacerlo».

Por eso, hoy, aunque tendría que contar algo sobre Mario Benedetti, que también se ha ido a respirar el polvo de las estrellas, sinceramente, preferiría no hacerlo. Podría, por ejemplo, dedicar a Benedetti uno de mis Inicios de novela. Podría citar el arranque, pongamos por caso, de La tregua, que creo que empezaba así: «Sólo me faltan seis meses y veintiocho días para estar en condiciones de jubilarme. Debe hacer por lo menos cinco años que llevo este cómputo diario de mi saldo de trabajo. Verdaderamente, ¿preciso tanto el ocio?». O podría reproducir algunos versos de un poema particularmente hermoso en el que Benedetti se confiesa como pasajero del tranvía número no sé cuántos. Podría, pero preferiría no hacerlo.

También podría escribir sobre Ramón Piñeiro, al que acabamos de dedicar el Día das Letras Galegas, y que tiene un libro de honda belleza titulado Filosofía da saudade. Quizás ahora no resulte un título deslumbrante, porque hasta hay una filosofía del fútbol o de las artes decorativas, pero cuando Ramón Piñeiro escribió este ensayo ponerle una filosofía a la saudade fue un acto de enorme osadía literaria. También podría escribir sobre una fabulosa exposición de las polaroids del cineasta Tarkovski que se exhibe en la Fundación Luis Seoane, justo frente al segundo piso desde el que escribo estas crónicas de lo minúsculo (o de la nada, ya no sé).

Podría incluso escribir del doblete del Barça, que tiene feliz al gran Enrique Vila-Matas, o de Raúl del Pozo, que no es Umbral, aunque sobre el papel ocupe el espacio físico del difunto, y que hoy nos llama a los blogueros «monos con ordenata», piratas, sanguijuelas y otras lindezas. Bueno, si esto es el planeta de los simios, que no se crea Del Pozo que es Charlton Heston.

Preferiría, en fin, no escribir de estos asuntos, pero, paradójicamente, creo que ya lo he hecho. Tal vez Bartleby no me haya aniquilado del todo.