La Voz de Galicia lavozdegalicia.es - blogs | Inmobiliaria | Empleo | Mercadillo

Entradas etiquetadas como ‘Dublín’

Otro tesoro de la cantera irlandesa

Sábado, mayo 9th, 2009

24179225931

«Me gustaría contar qué ocurrió en casa de mi abuela el verano en que yo tenía ocho o nueve años, pero no estoy segura de si sucedió en realidad. Necesito dar testimonio de un hecho que no sé si es cierto. Siento bullir dentro de mí eso que tal vez jamás haya tenido lugar. Ni siquiera sé cómo llamarlo. Creo que podríamos decir que fue un crimen carnal, pero la carne desapareció hace mucho y no sé qué daño puede haber quedado en los huesos».

Así arranca El encuentro, de Anne Enright (editorial Lumen, traducción de Francisco Javier Calzada), del que hoy publico en el suplemento Culturas de La Voz de Galicia esta reseña:

Quién sabe dónde se oculta el secreto de la inagotable cantera literaria de Irlanda. Tal vez en el dédalo urbano de Dublín, capital elevada a la cumbre de las ciudades literarias en el Ulises joyceano. Quizás en esa lluvia que riega de forma perpetua los suaves paisajes del occidente de la isla y las neuronas de sus escritores. O a lo mejor en la amargura de la cerveza negra, que se parece sospechosamente a la tinta que fluye por las venas de sus literatos. Quién sabe. Pero lo que es indudable es que cada cierto tiempo, rebuscando en las novedades, uno se encuentra por ahí con un autor irlandés que consigue deslumbrarle como pocos. Ocurrió hace unos años con John Banville. Y sucede ahora con Anne Enright (Dublín, 1962). Lumen publica en español su cuarta novela, El encuentro (The Gathering) con la que obtuvo en el 2007 el prestigioso premio Man Booker, que distingue al mejor libro publicado ese año en inglés por autores de los países de la Commonwealth y de Irlanda.

Es El encuentro un libro duro, que discurre sin contemplaciones desde su arranque. Ya en la página 10 la voz narradora, Veronica Hegarty, nos lo advierte: «Me quedo abajo mientras la familia respira en el piso de arriba y escribo, amortajo con frases hermosas mis limpios y blancos huesos». Veronica cuenta así la historia de su familia, de los doce hermanos Hegarty y de las dos generaciones que los precedieron. El punto de partida del relato es la muerte de su hermano Liam, un entrañable perdedor arruinado por el alcoholismo que se ha suicidado arrojándose al mar en una playa de Brighton con los bolsillos atiborrados de piedras. Veronica, al tiempo que ve cómo se desmorona su matrimonio, tendrá que ocuparse de rescatar el cadáver de Liam de las garras de la burocracia británica. El velatorio de Liam, ya en la casa familiar de Dublín, es el encuentro al que alude el título, que más que un encuentro es una despiadada colisión de recuerdos, divergencias y fracasos. Un choque que la prosa implacable de Enright convierte en pura (y dura, muy dura) vida.

Finnegans Wake

Miércoles, febrero 18th, 2009

Imagen de previsualización de YouTube 

Durante las Navidades de 1992/1993 me fui de viaje a Estados Unidos, para visitar a una novia americana que tenía entonces y que se llamaba (bueno, y se sigue llamando) Clare. Llegué un atardecer nevado de diciembre al aeropuerto JFK, en el neoyorquino barrio de Queens. Al bajar con mi mochila y Clare al bus lo primero que escuché fue a un pavo que me soltó, en español, que el billete valía un dólar o cinco dólares, no recuerdo. Luego, en el bus que iba a la legendaria Penn Station, fui alucinando al ver las luminarias del Empire State, el edificio Chrysler y las Torres Gemelas, que pude visitar un par de días después. De NYC nos piramos a Newark (New Jersey), al campus de la Rutgers University, una de las grandes universidades de Estados Unidos, donde estudiaba mi santa de entonces. Y, ya digo, después de deambular durante un par de días por Nueva York, cruzamos el continente hasta Bozeman (Montana), un auténtico rincón del Oeste americano incrustado en un paisaje de abrumadora belleza. Pues bien, en aquella ciudad universitaria, de unos 50.000 habitantes, me encontré con una de las librerías más hermosas que he pisado. Con esa amabilidad algo ingenua que se gastan los americanos enrollados, me despacharon tres de los libros que guardo con más cariño en mis destartaladas estanterías: Dublineses, Retrato del artista adolescente y Finnegans Wake. El Ulises ya no me lo compré, porque me había hecho con la pieza un año antes en otro escarceo por Sevilla city. La fiebre joyceana me apretaba las meninges porque el siguiente otoño me iba a ir a estudiar a la University College Dublin, la universidad en la que se había licenciado, hacía ya muchos lustros, el gran James. Recuerdo que el padre de Clare, Mike, que era catedrático de Literatura inglesa en el campus de Bozeman, me dijo muy serio que el Finnegans Wake era un libro ilegible, y más todavía si el inglés no era mi lengua materna. Yo, que entonces era un niñato, no le hice mucho caso, total sólo era un catedrático de Literatura inglesa y tenía publicados un par de libros sobre la poesía de Keats. Así que acabé en Dublín, un año después, tratando de descifrar aquellos párrafos en una cafetería con vistas al río Liffey (Winding Stair Cafe, creo que se llamaba el garito, una de esas librería-café que tanto gustan a los anglosajones). No avancé mucho, claro, porque el libro de marras es probablemente el hueso más duro de roer que se haya parido.

Pasó el tiempo, volví a España con mis libracos y alguna que otra experiencia en la maleta. Deambulé un par de años por Barcelona y acabé, no se sabe muy bien por qué, trabajando de periodista en mi ciudad de origen, A Coruña. Uno de esos días de curro frenético en el periódico, entre rueda de prensa y rueda de prensa, me tocó entrevistar a Domingo García-Sabell, que acababa de dejar la presidencia de la Real Academia Galega. Este sabio vivía en una casa frente al mar en la que atesoraba unos 25.000 libros. Entre otras gemas guardaba, cómo no, un ejemplar del Finnegans Wake. Como Mike Becker en el año 93, García-Sabell, que hablaba cuatro o cinco idiomas, me confesó que aquella obra de Joyce era, sencillamente, ilegible. Entonces, con algunos palos más en los lomos y algo de experiencia acumulada, me tomé más en serio el consejo y empecé a comprender que la novela tal vez no tuviera arista alguna por la que meterle el diente.

Han vuelto a pasar un puñado de años y, deambulando por la Red, me he tropezado ahora con una web en la que se puede leer el Finnegans Wake paso a paso y con generosas anotaciones que aclaran cada párrafo, cada línea, casi cada palabra. A lo mejor ahora podré descifrar este monumento literario de cuyo riesgo ya me avisó alguna gente sabia (mucho más sabia de lo que yo nunca llegaré a ser). Tal vez Internet obre el milagro.

Y, para añadir otra muesca en las cachas de mi navaja de los inicios de novela, adhiero aquí una versión, de cosecha propia, de las primeras tres líneas del Finnegans Wake (no me atrevo a ir más allá). El río es el Liffey, que atraviesa Dublín, Eve and Adam’s es el nombre con el que es conocida popularmente la iglesia de San Francisco de Asís, situada en la orilla del Liffey, y Howth es la península que se adentra en el mar al norte de la bahía de Dublín.

“corre el río, pasada Eve and Adam’s, desde la curva de la orilla hasta el recodo de la bahía, nos trae por un cómodo vicio de recirculación de regreso al castillo de Howth y alrededores”.

Es conocido que, salvo la traducción de Julián Ríos del capítulo de Anna Livia Plurabelle, y las versiones de otros fragmentos que circulan por la Red (por ejemplo, la del mexicano J. D. victoria en http://www.eloceanodelcaos.com/), el libro no se ha editado en español, entre otras razones porque el texto original es una peculiar amalgama de diferentes idiomas. El vídeo con el que me he tropezado en YouTube, y de cuya autenticidad no respondo, corresponde a la lectura de las páginas 213-216 de la novela (final del famoso capítulo 8, el de Anna Livia) y que enlazo por si alguien quiere seguir el texto acompañado por la (presunta) voz del gran James Joyce.

El lugar de los hechos

Miércoles, octubre 29th, 2008

merrionsquare.jpg 

Dicen que cuando somos jóvenes amamos los suburbios y lo sórdido y que, a medida que envejecemos, buscamos el centro de las ciudades y los escenarios luminosos. Es como si una brújula secreta nos llevase a rastrear las huellas de esa luz que vamos perdiendo. Volvemos entonces a los lugares de los hechos, esas calles, esquinas y paisajes que son lo que hemos sido, como esa ventana que en el jardín de San Carlos se abre sobre A Coruña; o la escalinata que en Lugo baja de la plaza Mayor a la catedral y en la que se lee una placa con algo de Luis Pimentel, el poeta que supo ver la sombra del aire en la hierba, otro enorme poeta de las cosas minúsculas; o la Luna como una inmensa epifanía sobre las nieves de los montes Bitterroot en Montana; o la piedra de oro de la Quintana dos Mortos en Compostela; o la Merrion Square de Dublín, donde la primavera, esa palabra sodomizada en tantos versos, a veces adquiere sentido; o unos azulejos borrosos de lluvia en el carrer Petritxol de Barcelona; y tantos otros rincones en los que han quedado jirones de carne, de palabras, de ese yo infinitesimal que somos a cada paso en los lugares de nuestros hechos.

Fotografía: Merrion Square, Dublín, en 1900. Fuente: The National Archives of Ireland, www.nationalarchives.ie

Irlanda dice que no

Miércoles, junio 18th, 2008

Me estaba resistiendo a escribir del no de Irlanda al Tratado de Lisboa, pero, en fin, vamos allá. La postura omnipresente en la prensa española es de sorpresa ante el rechazo del acuerdo de los 27 y, un pasito más allá, se acusa a los habitantes de la isla de ser poco menos que unos traidores por negarse a aceptar lo que dicta Bruselas después de haberse embolsado en los últimos años unos 55.000 millones de euros en fondos de cohesión. Según la tesis más extendida, los irlandeses se niegan ahora a ser solidarios con los demás cuando la Europa más rica lleva muchos años regándolos con suculentas subvenciones. Insisto en que lo siento, pero discrepo profundamente.

Primero. Yo no sé exactamente en qué consiste el Tratado de Lisboa, y dudo que alguien que no trabaje a tiempo completo en una oficina de Bruselas lo sepa. Por lo que he leído deduzco que es un paso más en la llamada construcción europea, complejo proceso que quiere dotar de más poder a las instituciones de la UE, pero respetando siempre las intocables soberanías nacionales, que son intocables precisamente porque su legitimidad reside en el voto directo del ciudadano de cada país. Elegimos a los diputados del Congreso e, indirectamente, al presidente del Gobierno de España, pero no elegimos al comisario Almunia, ni a Durao Barroso, ni mucho menos a Trichet, el que nos anda tocando el euríbor un mes sí y otro también. Sí elegimos, es cierto, a los miembros del Parlamento europeo, institución de segunda fila en la que los grandes partidos nacionales aparcan a los dirigentes que se han vuelto incómodos en casa (por ejemplo, en el actual PP, todo apunta a que el revoltoso Mayor Oreja será el candidato). O sea, que lo de la construcción europea es un lío de cuidado, porque en un principio todos los Estados miembros, quizás a excepción del Reino Unido, presumen de boquilla de que son muy europeístas, pero luego, a la hora de la verdad, no me toques mi derecho de veto, ni mis cuotas lácteas, ni mis fondos de cohesión, ni nada.

Segundo. Supongo que Irlanda, como España en general y Galicia en particular, recibió una lluvia de millones de euros porque cumplía los criterios de adjudicación, no porque hiciese una promesa de amor eterno a Bruselas. Por cierto, en Dublín apostaron por dedicar los euros a fomentar la educación y el empleo, mientras aquí se levantaban paseos marítimos hasta en pueblos donde no había mar, con lo que nació el innovador concepto de paseo marítimo de secano.

Tercero, y tal vez lo más importante, el único país de la UE en el que su Gobierno se ha dignado a consultar a sus ciudadanos directamente sobre el Tratado de Lisboa es precisamente Irlanda y, qué casualidad, los contribuyentes han decidido decir que no, para escándalo de los demás gobiernos y de los partidos mayoritarios. Vamos a ver. Si convocamos un referéndum será para dar un par de opciones a los votantes: sí y no. Si solamente nos sirve una de las respuestas, ¿para qué preguntar? Se ratifica por vía parlamentaria, como se va a hacer en España y en los otros 25 países, y listo. Así no hay problemas con la libre voluntad de los ciudadanos que a veces, la verdad, es un poco imprevisible y se sale por peteneras con respuestas extrañas, como este no irlandés al Tratado de Lisboa.

Cuarto. Si al final, independientemente de lo que han decidido libremente los irlandeses, se va a seguir adelante con el proceso, ¿alguien me puede explicar para qué se ha preguntado a los ciudadanos?

Y cinco. Que conste que el menda, que entre 1993 y 1994 fue becario del programa Erasmus en la University College de Dublín, Irlanda, es un europeísta convencido, totalmente a favor de avanzar en la unión política del continente. Sí, a mí también me habría gustado que los inquilinos de Eire hubiesen votado sí a Lisboa. Pero defiendo el derecho de los demás a discrepar de mi opinión, el sacrosanto derecho a votar libremente lo que a uno le dé la gana y por el motivo que a uno le dé le gana. Y, por favor, sólo pido un poquito de coherencia a los políticos, que no nos traten de timar como trileros, porque lo que pasa luego es que los ciudadanos, cabreados, aprovechan cualquier consulta aparentemente insustancial, como este referéndum, para darle una patada en el culo a su Gobierno aunque, desafortunadamente, la patada acaba en un trasero ajeno. En este caso, en las nalgas de Bruselas.

Un inicio y un final de leyenda

Lunes, junio 9th, 2008

 En lo que respecta a inicios de novela, probablemente el arranque del Ulises, de James Joyce, sea el inicio de inicios: joyce.jpg

“Solemne, el gordo Buck Mulligan avanzó desde la salida de la escalera, llevando un cuenco de espuma de jabón, y encima, cruzados, un espejo y una navaja. La suave brisa de la mañana le sostenía levemente en alto, detrás de él, la bata amarilla, desceñida. Elevó en el aire el cuenco y entonó:

-Introibo ad altare Dei”.

(Traducción de José María Valverde para la edición de Seix Barral).

Pero, donde Joyce se salió definitivamente de las coordenadas literarias conocidas fue, al margen de ese juego insondable titulado Finnegans Wake, en un final de leyenda, el del relato Los muertos, del volumen Dublineses, que podemos paladear aquí en la versión que preparó para Cátedra el gran Eduardo Chamorro (sí, nuestro Eduardo Chamorro, el que escribe su columna en La Voz):

“Había comenzado de nuevo a nevar. Contempló somnoliento los copos, plateados y oscuros, cayendo oblicuamente contra la luz de la farola. Había llegado el momento de que emprendiera el viaje hacia el oeste. Sí, los periódicos tenían razón: nevaba de igual modo sobre toda Irlanda. La nieve caía sobre todos los lugares de la oscura llanura central, sobre las colinas sin árboles, caía dulcemente sobre el pantano de Allen y, más hacia el oeste, caía suavemente en las oscuras olas amotinadas del Shannon. Caía también sobre todos los lugares del solitario cementerio en la colina donde Michael Furey yacía enterrado. Yacía apelmazada en las cruces y lápidas torcidas, en las lanzas de la pequeña cancela, en los abrojos estériles. Su alma se desvaneció lentamente al escuchar el dulce descenso de la nieve a través del universo, su dulce caída, como el descenso de la última postrimería, sobre todos los vivos y los muertos”.

Sencillamente, insuperable.

Aquí os dejo otros farrapos sobre inicios de novela: El barón rampante, Münchhausen, En busca del tiempo perdido, El hombre sin atributos, y Firmin 

ojd