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Entradas etiquetadas como ‘culturas’

Shackleton, el sublime perdedor

viernes, octubre 10th, 2014

Ya no se fabrican tipos como Ernest Shackleton. Perteneció a aquella estirpe de exploradores británicos de finales del siglo XIX y principios del XX que, con tal de descubrir un nuevo lago o de cartografiar una colina hasta entonces inédita, eran capaces de adentrarse en las fauces del diablo (incluso en sus babas) y presentarle luego sus credenciales en nombre de la Royal Society de turno.
Una de las grandes habilidades del británico es convertir un fracaso en algo colosal. Shackleton fue un perdedor magistral, de esos que ya tampoco se fabrican. Su historia la cuenta ahora William Grill en El viaje de Shackleton, un maravilloso libro ilustrado (o novela gráfica, a gusto del consumidor) que publica Impedimenta.
A Shackleton no lo doblegó su primera gran derrota. Participó en la expedición del capitán Scott, que perdió el pulso con Amundsen por pisar en primer lugar el Polo Sur. Al volver a Londres, lejos de amedrentarse, le dijo a los periodistas que estaba «extrañamente atraído por el misterioso sur». Una frase digna de un poema de Borges.

Y Shackleton volvió al sur. Al sur del sur. Quiso ser el primero en cruzar la Antártida «de mar a mar, atravesando el polo». Así que el 18 de agosto de 1914 zarpó a bordo del Endurance, con una tripulación de 28 hombres y 69 perros, rumbo a Georgia del Sur. Pero en el mar de Weddell, ya en febrero de 1915, tenían ante sí mil cien kilómetros de hielo y las placas acabaron por atrapar sin remedio al Endurance. Ahí comenzó la auténtica epopeya de Shackleton. Estaba a 800 kilómetros del pueblo más cercano, la estación ballenera de Stromness, y el único reto posible era lograr volver a Inglaterra sanos y salvos. Y, tras muchos meses avanzando a pie bajo las ventiscas, luchando contra la congelación, el hambre, el agotamiento y el escorbuto, el 30 de agosto de 1916 consiguieron completar el rescate. Shackleton, el sublime perdedor, dejó otra sentencia para la historia:
—La única derrota verdadera sería la de no salir a explorar jamás.

Gaziel, el cronista de la Barcelona mínima

viernes, octubre 3rd, 2014

Cuenta Enric Juliana una escena dramática, que retrata con un fogonazo la posguerra (y, por elevación, la historia de este vapuleado país). Transcurre en Lisboa, en la rúa Garrett, un domingo de abril de 1954. Se cruzan en la calle el filósofo madrileño José Ortega y Gasset y el periodista barcelonés Agustí Calvet Gaziel. Son dos de las mentes más brillantes de su generación. Relata Juliana que se conocen y, alguna vez, charlan. Pero ese domingo de exilio, hacia la una de la tarde, el periodista-filósofo y el filósofo-periodista no se dirigen la palabra: «Los dos hombres de la rúa Garrett se cruzan sin saludarse». «Todo se ha perdido. España es un erial y ambos se han convertido en espectros», sentencia Juliana.

Para no repetir la escena de esa España que se ignora a sí misma, que solo lee su propia epidermis, hay que zambullirse en Ortega, claro, pero también en la prosa de Gaziel, que ahora se redescubre al hilo del centenario de la Gran Guerra y de sus deslumbrantes crónicas desde París.

Pero hay otro Gaziel, el cronista de las realidades mínimas que viaja en tranvía, al que volvemos en La Barcelona de ayer (Libros de Vanguardia). En estas estampas escritas de 1919 a 1933 hallamos a uno de esos periodistas que han hecho del columnismo uno de los géneros mayores de la literatura española. Gaziel cuenta aquí, con palabras afiladas y humor agudo, la «incómoda comodidad» de las veladas teatrales, en las que se oía todo tipo de ruidos tapando las voces de los actores, o cómo a principios del siglo XX se plantaron los tilos de la rambla de Cataluña para aliviar el cogote calcinado de los paseantes. También desmitifica su propia ciudad y arremete contra la debacle económica que supuso la Exposición Universal, contra el urbanismo de la época y «la horrible y cuartelera cuadrícula del Ensanche», contra el desastroso diseño de la plaza de Cataluña, a la que los nativos llevaban todavía entonces a pacer sus corderos pascuales, o contra la pérdida de la independencia municipal de Sarriá. Cuando todo está confuso y los espectros se cruzan por la calle, hay que subirse al tranvía (o al bus) y leer a Gaziel.

Vallcorba, el editor

viernes, septiembre 26th, 2014

Agosto se llevó a Jaume Vallcorba, el editor de Acantilado. Llevaba tiempo enfermo y cuentan sus amigos que, durante el verano, se dedicó a llamarlos por teléfono para despedirse de ellos.
—Hola, soy Jaume. Llamo para despedirme.
—¿Te vas de viaje?
—No, no me voy de viaje. Me estoy muriendo.
Así se las gastaba Vallcorba, temido y venerado en el gremio, donde todos aspiran a levantar de la nada su Acantilado, sus Quaderns Crema.

Su catálogo es abrumador. Apabullante. Habría que vivir otra vida entera para poder leerlo todo, desde A algunos les gustan frías hasta Zipper y su padre. Solo por recuperar, traducir y editar un puñado de títulos ya querríamos a Vallcorba para siempre. Solo por Memorias de ultratumba, de Chautebriand; Los ensayos, de Montaigne y Vida de Samuel Johnson, de James Boswell, ya habría merecido la pena poner en marcha la editorial de la calle Muntaner.
Eso ya está dicho, escrito y publicado en todos los obituarios y apologías aparecidos a su muerte, con ese entusiasmo tan español por enterrar nuestros muertos a lo grande, sin matices, sin claroscuros. Cuando uno se muere en este país, la beatificación es instantánea, va incluida ya en el paquete de la funeraria como un bonus extra más.

Pero, pasados ya unos días y aplacadas las ovaciones y algarabías de las necrológicas de emergencia, habría que reivindicar al editor que también se atrevió a recuperar, concienzuda y minuciosamente, la obra de otro gigante olvidado: G. K. Chesterton. Porque Vallcorba también rescató de entre los muertos al indómito escritor y periodista inglés. E hizo felices a muchos lectores heterodoxos —los que, como el propio Chesterton, nadamos a contracorriente— con la publicación de su Autobiografía, su Breve historia de Inglaterra o Los relatos del padre Brown. Como escribió Borges: «Hubiese podido ser un Edgar Allan Poe o un Franz Kafka; prefirió —debemos agradecérselo— ser Chesterton».

Vallcorba, el editor

viernes, septiembre 26th, 2014

Agosto se llevó a Jaume Vallcorba, el editor de Acantilado. Llevaba tiempo enfermo y cuentan sus amigos que, durante el verano, se dedicó a llamarlos por teléfono para despedirse de ellos.
—Hola, soy Jaume. Llamo para despedirme.
—¿Te vas de viaje?
—No, no me voy de viaje. Me estoy muriendo.
Así se las gastaba Vallcorba, temido y venerado en el gremio, donde todos aspiran a levantar de la nada su Acantilado, sus Quaderns Crema.

UN INVENTARIO ABRUMADOR
Su catálogo es abrumador. Apabullante. Habría que vivir otra vida entera para poder leerlo todo, desde A algunos les gustan frías hasta Zipper y su padre. Solo por recuperar, traducir y editar un puñado de títulos ya querríamos a Vallcorba para siempre. Solo por Memorias de ultratumba, de Chautebriand; Los ensayos, de Montaigne y Vida de Samuel Johnson, de James Boswell, ya habría merecido la pena poner en marcha la editorial de la calle Muntaner.
Eso ya está dicho, escrito y publicado en todos los obituarios y apologías aparecidos a su muerte, con ese entusiasmo tan español por enterrar nuestros muertos a lo grande, sin matices, sin claroscuros. Cuando uno se muere en este país, la beatificación es instantánea, va incluida ya en el paquete de la funeraria como un bonus extra más.

CHESTERTON EN LA RECÁMARA
Pero, pasados ya unos días y aplacadas las ovaciones y algarabías de las necrológicas de emergencia, habría que reivindicar al editor que también se atrevió a recuperar, concienzuda y minuciosamente, la obra de otro gigante olvidado: G. K. Chesterton. Porque Vallcorba también rescató de entre los muertos al indómito escritor y periodista inglés. E hizo felices a muchos lectores heterodoxos —los que, como el propio Chesterton, nadamos a contracorriente— con la publicación de su Autobiografía, su Breve historia de Inglaterra o Los relatos del padre Brown. Como escribió Borges: «Hubiese podido ser un Edgar Allan Poe o un Franz Kafka; prefirió —debemos agradecérselo— ser Chesterton».

Grandes: «Sólo vamos pisando la hierba que Galdós pisó primero»

sábado, marzo 17th, 2012

Tras contar la invasión del valle de Arán en Inés y la alegría, Almudena Grandes (Madrid, 1960) vuelve a echarse al monte en El lector de Julio Verne, segunda entrega de Episodios de una guerra interminable. Grandes trepa ahora a la Sierra Sur de Jaén para relatar las andanzas de Cencerro y su guerrilla durante el trienio del terror (1947-1949).

—¿Ha querido crear con estas novelas unos «episodios nacionales» de la posguerra?
—Claro, esa era mi intención desde el principio: adoptar y adaptar el modelo de los Episodios nacionales de Galdós en el sentido de que en estos libros lo que yo hago es inventarme una historia de ficción para encajarla en el marco de un acontecimiento histórico real, de tal manera que los personajes que intervinieron en la historia real, en este caso Cencerro, Marzal o el alcalde vitalicio de Valdepeñas… interactúen dentro de la novela con mis personajes de ficción. Cuando decidí que tenía material para escribir seis novelas sobre la posguerra, que podía intentar contar los 25 primeros años de la dictadura desde la óptica de la resistencia contra la dictadura en seis novelas, el modelo estaba hecho, Don Benito ya lo había hecho todo. Lo único que yo tenía que hacer era intentar aplicarme y hacerlo lo mejor posible. Yo soy una lectora muy constante y apasionada de Galdós, que ha sido el escritor más importante de mi vida. Creo que una de las anormalidades una de las anomalías de este país es la cicatería con la que trata a un escritor que está a la altura dee los mejores narradores del XIX.

—¿Por qué ese complejo a la hora de reivindicar su legado?
—Yo creo que esto está empezando a cambiar. Hay muchos escritores de mi edad y más jóvenes que yo que aprecian mucho la obra de Galdós. Es curioso porque al principio de esta novela y en las seis de la serie va al principio una cita de Luis Cernuda de un poema precioso que se llama Díptico español que él escribe en el exilio y en el que decide que la única España que sigue siendo su patria es la de los libros de Galdós, no la real. Es muy curioso cómo la generación de la República en ningún momento dejó de amar y de exaltar la figura de Galdós, el Ejército popular en las trincheras repartía ediciones populares de los Episodios nacionales… Alberti editó a Galdós en Argentina, Cernuda escribió este poema, Max Aub escribió El laberinto mágico siguiendo el modelo de los Episodios nacionales… El exilio se llevó el amor a Galdós con él… Galdós, que a nosotros ha llegado como un personaje polvoriento y envejecido, en realidad fue diputado republicano socialista y en 1939 borraron su nombre del Registro Civil para intentar sostener que lo mejor habría sido que nunca hubiera nacido. Y, sin embargo, la izquierda después perdió esta devoción por Galdós y lo que ha imperado hasta nuestros tiempos es la versión franquista del escritor antiguo, polvoriento… Y es muy injusto, claro.

—Mezcla personajes reales y de ficción, ¿no le limita en cierta medida a la hora de escribir?
—Es muy complicado, pero también es un reto que merece la pena. Es fundamental perder un poco el respeto a la realidad, para eso fue muy importante acudir a Galdós, me volví a leer los Episodios nacionales… Él saca a Churruca protegiendo a un grumete en medio de una batalla naval y, claro, evidentemente lo más normal es que Churruca no estuviera pendiente de un grumete en medio de una batalla. Pero en ese sentido también esa tradición me ampara, la de los Episodios nacionales o El laberinto mágico de Max Aub, en la que ocurre lo mismo porque adoptó el mismo modelo. Hay que perder un poco el miedo a los personajes reales. Yo tengo la suerte de que escribo novela y no historia. Los historiadores están más limitados porque, aunque la imaginación es fundamental para interpretar, ellos tienen un límite que es lo que pueden probar documentalmente, pero sin embargo un escritor puede rellenar con ficción los charcos en los que un escritor se tiene que detener.

—Hablando de personajes reales, en la quinta parte de la serie anuncia como protagonista a la gallega Aurora Rodríguez Carballeira.
—Es la madre de Hildegard Rodríguez, cuya historia me gusta mucho, pero en la que el gran personaje yo creo que es su madre, que nació en Ferrol como Pablo Iglesias y Franciso Franco… Me voy a acercar a Aurora mucho después de la muerte de Hildegard, me voy a encontrar con ella moribunda en los años cincuenta en Ciempozuelos. Era una mujer tan loca y tan extraordinaria y llena de valores que el régimen de Franco intentó aprovechar lo que pasó en 1937 en el manicomio de Ciempozuelos, cuando la mayoría de los locos salieron corriendo y los mataron, para decir que ella había muerto en el 37, pero no es verdad, ella siguió allí porque fue uno de los tres presos que no se movieron de su habitación y se salvaron. Entonces en la quinta novela lo que voy a hacer es contar lo que siente un psiquiatra muy joven, hijo de un psiquiatra republicano represaliado, que se ha educado en Suiza y vuelve a España, cuando se encuentra a esta mujer allí y cuando descubre que de alguna manera el único vestigio de la ciencia republicana al que él puede acceder, lo único que queda de la intelectualidad a la que perteneció su padre es esta mujer loca que está hablando sola todo el tiempo en un manicomio.

—Nino y Pepe el Portugués son dos personajes muy sólidos, muy bien construidos, ¿van a reaparecer en otras entregas de la serie?
—Pepe el Portugués es mi niño mimado y va a salir en las seis novelas de esta serie. A mí lo que más me excita de este proyecto es lo de que las novelas compartan personajes, con lo que volvemos a Galdós, que lo inventó todo. Solo vamos pisando la hierba que Galdós pisó primero. Es una serie de novelas que se pueden leer de forma independiente, pero el hecho de que compartan personajes les da, a los lectores y a mí, como un bonus de los videojuegos. Pepe es un poco como la Araceli que aparece en todas las novelas.

—Estos dos libros apuestan claramente por recuperar la memoria histórica, algo que todavía rechaza una parte de la sociedad, ¿por qué cree que todavía se produce este rechazo?
—A veces me dicen: usted escribe en nombre de los perdedores. No, yo escribo en nombre de los demócratas contemporáneos, en mi propio nombre. Porque lo que se llama la recuperación de la memoria no tiene que ver solo con el pasado, no es un vicio nostálgico, es algo que tiene que ver también con el presente y con el futuro, con el país en el que vivimos y con el país en el que queremos que vivan nuestros hijos. Hay que decir que la democracia española, que es perfectamente homologable con las democracias europeas y que ha procurado a este país años de estabilidad y de paz social como nunca antes, tiene una fragilidad congénita: el hecho de que es la única democracia europea que se ha fundado en el aire, sin raíces. Todas las democracias europeas después de la II Guerra Mundial se fundaron de acuerdo con su tradición democrática y antifascista. En España no. En España se acabó la dictadura, se hizo una raya en el suelo y se dijo: aquí estábamos y aquí estamos, ya somos modernos y europeos. Pero, claro, 40 años de dictadura no se pueden borrar con la sola voluntad de borrarlos. Esto ha acabado deformando la democracia española. Por ejemplo, el tema de las fosas es claramente un asunto de derechos humanos, no tiene que ver con la derecha ni con la izquierda. ¿Cómo es posible que a alguien le moleste que un ciudadano pueda desenterrar a su abuelo y enterrarlo en un tumba con su familia? Es algo que excede la ideología y la fe religiosa. Es una prueba de hasta qué punto somos frágiles y vivimos en una anomalía. Yo creo que recuperar la memoria y rescatar estas historias es importante para nosotros mismos, ni siquiera por hacer justicia, sino para saber que en un país donde hubo una dictadura feroz que duró 37 años no cesó la resistencia contra ella ni un solo día y muchos países del mundo, con mucho menos, han fundado su orgullo nacional en eso. Tú vas andando por París, donde hubo una resistencia de chiste comparada con la que hubo aquí, y en todas las esquinas de París hay placas diciendo «aquí cayó el resistente…». Ese patrimonio, que debería ser un patrimonio de todos los demócratas españoles y que fortalecería las bases de la democracia, no solamente está olvidado, sino que se intenta taponar y que no salga a la luz.

—A la vista de las últimas resoluciones judiciales no parece que se haya reparado esa anomalía histórica.
—Por eso, por eso. Hay una cosa más grave. El proceso a Garzón tiene unas implicaciones muy graves. Si analizamos la sentencia como ciudadanos con cabeza ocurre que la actuación de Garzón se interpreta como una agresión contra la democracia, es decir, que atacar a la dictadura y proteger a las víctimas de la dictadura se interpreta como un intento de agredir a la democracia. No tiene ni pies ni cabeza.

—¿Y se reparará algún día?
—Estoy segura de que esta situación cambiará algún día por la ley de la gravedad, porque las manzanas se caen de los árboles. La generación de mis hijos, que no han vivido la Transición y que no han sido educados en la cultura del miedo, algún día ocupará el poder y cambiará esto.

—En la novela los malvados no lo son al 100%, tienen claroscuros.
—Creo que desde un punto de vista narrativo crear un malo absoluto es un mal negocio, porque los malos absolutamente malos no dan miedo, porque no son más que caricaturas. Y esto nos lleva de nuevo al punto en que confluyen la literatura y la realidad. En el mundo real, los torturadores, los seres más abyectos, los asesinos o los mercenarios implacables siempre tienen debilidades: quieren a su madre, crían perros, están enamorados de su mujer, porque los seres humanos somos así, no existe nadie tan absolutamente despiadado que no necesite querer o que le quieran. En ese sentido hace tiempo que descubrí que la ambigüedad moral es mucho más eficaz para tratar el mal que el negro oscuro. Conviene que los personajes negativos tengan alguna luz, primero porque en la realidad son así y segundo porque literariamente funcionan mucho mejor. Esta novela sucede en una época y en un lugar donde el terror se usó de una forma deliberada y sistemática para estructurar la sociedad. Para que el terror planificado sea eficaz tiene que vertebrar a toda la sociedad de arriba abajo. Los guardias civiles imponían miedo porque tenían miedo, humillaban a la gente porque se sentían humillados eran odiosos porque sentían ellos mismos la sombra de ese odio, porque eran conscientes de no estaba bien lo que estaban haciendo pero no podían sustraerse a la espiral de terror que les gobernaba. Una de las cosas más conmovedoras que cuenta Nino es que su padre es un buen hombre sujeto a una ley de la que tampoco puede escapar.

—Ha apuntado que esta es a un tiempo una novela de aventuras y de terror. Esa definición casi podría valer para definir determinados episodios de la historia de España, como la propia posguerra…
—Sí, es una novela de aventuras porque en el momento en que Nino se atreve a ir más allá de los límites se ve envuelto e una novela de aventuras semejante a las que lee. Pepe el Portugués funciona como John Long Silver en la novela, tal y como lo identifica el propio Nino, porque no se sabe nunca con quién está. No es una novela de terror en el sentido de que pretenda aterrorizar al lector, pero la voz inocente de Nino, que no tiene armas para enfrentarse a todo lo que se le viene encima, quizás sea un vehículo de terror más eficaz que otros. En realidad lo que le pasa a Nino es que le pasan cosas enormes, mucho más grandes que él, pero no puede evitarlas porque es su vida, entonces no puede rodearlas, ni puede ignorarlas, tiene que atravesarlas y por eso se rompe la crisma. En ese sentido es una novela de terror porque narra una experiencia terrorífica.

—Hay quien habla de que tras la derrota del fascismo político en la II Guerra Mundial, ahora resurge por vías financieras…
—Sí, es muy curioso. Hay que tener cuidado cuando dices las cosas porque no se trata de alarmar sin necesidad a la población, para eso ya están las agencias de calificación, no hace falta que los demás vayamos por el mismo camino. Pero es verdad que lo que está pasando recuerda mucho a algunas cosas, no a todas, que pasaron en los años treinta del siglo XX. Lo que ocurre es que hay una crisis económica semejante a aquella, entre la crisis del 29 y la actual no ha habido nada entre medias que se parezca tanto a aquella, y están volviendo a florecer cosas que parecían erradicadas en la mentalidad europea contemporánea. Se mira el empobrecimiento de la población con una naturalidad con la que desde entonces no se miraba. Estamos en una situación en la que el gran problema que tenemos, donde está la parte del león, es en la economía financiera, no en la economía productiva. Podemos dejar que caiga la economía productiva y que caigan los trabajadores, porque mientras esto no pete del todo se gana mucho más dinero especulando que produciendo y, claro, esto crea unos desajustes sociales tremendos, entonces en esa medida, en la que se contempla el empobrecimiento de la población con toda naturalidad y en la que el fin justifica los medios, yo creo que sí se puede decir que estamos viviendo un resurgir del fascismo sobre unas bases económicas, no políticas.

—Por no hablar de la pérdida de derechos…
—Sí, claro, todo eso tiene que ver. El empobrecimiento no es solo de nivel de vida en general, sino también de derechos. Da la sensación de que como no fuimos capaces de exportar a las potencias emergentes los derechos de los que gozamos, pues ahora vamos a importar las condiciones de vida de las potencias emergentes.

—También tiene pendiente una novela sobre la rama materna de su familia, la de su bisabuela Benita, que vivió en Marruecos.
—Cuando termine los Episodios, dentro de muchos años, después de haberme inventado tantas historias de familias de ficción y después de haber hecho la crónica de ficción de tantas familias españolas que no son la mía, a mí me gustaría escribir un libro que contara la historia de mi familia partiendo de mis bisabuelos hasta el día que yo nací. Mis bisabuelos son los extraordinarios, por parte de padre y sobre todo por parte de madre. Me gustaría contar una hipótesis de la historia de mi familia, porque nunca voy a tener toda la información, desde mis bisabuelos hasta mi nacimiento.

Foto de Almudena Grandes: José Manuel Pedrosa/Efe

Tintín, el Congo y lo correcto

domingo, octubre 16th, 2011

Hasta que en 1903 el diplomático británico Roger Casement remitió al Foreign Office su demoledor Informe sobre el Congo, Europa mantuvo cerrados sus ojos cómplices ante las despiadadas prácticas coloniales de Leopoldo II, rey de los belgas, en el territorio africano con el que le habían obsequiado (a título personal) las potencias occidentales. Sobre el Congo, como sobre el Putumayo, había caído la infalible maldición de la riqueza natural. En este caso en forma de caucho, la materia prima de la que se nutría a principios del siglo XX la desbocada maquinaria de la revolución industrial. Por supuesto, su explotación recayó en las manos de empresarios occidentales, que exprimieron hasta la última gota de las caucherías y de la población indígena, que, como pago por su trabajo, sufría torturas, violaciones o, sin mayores rodeos, la muerte.

Antes de convertirse a la causa del independentismo irlandés, Roger Casement se dejó la salud investigando y documentando los crímenes incontables de Occidente en el Congo. Podemos leerlo, en formato novelado, en El sueño del celta, de Mario Vargas Llosa, o directamente en el informe de Casement recuperado por el sello coruñés Ediciones del Viento en La tragedia del Congo.

Hasta ahí, los hechos, la historia, la realidad tangible de un colonialismo demencial que ha dejado África exhausta y con algo más que cicatrices sobre su piel. Pero que, más de un siglo después de las denuncias del cónsul británico, sentemos a Tintín y Milú en el banquillo para que un tebeo pague por aquellas atrocidades, suena más a un desmedido afán por implantar la corrección política en todos y cada uno de los rincones de la cultura que a un análisis riguroso de las viñetas de Tintín en el Congo, que el propio Hergé fue puliendo año a año para matizar la visión de la obra original.

Puede que la Justicia plante en el cómic una pegatina advirtiendo de que el contenido no es apropiado para menores, como ya sucede, sin ir más lejos, con algunos discos del irredento Nick Cave. Pero si dejamos que los apologetas de lo políticamente correcto expurguen con los ojos del siglo XXI miles de años de cultura, tendremos que renunciar a los nada correctos (pero inmensos) Homero, Shakespeare y Cervantes.

Tranströmer

viernes, octubre 7th, 2011

Se desinfló el globo que circulaba por las timbas y Bob Dylan se quedó plantado a miles de kilómetros de la alfombra roja de Estocolmo. Su presencia en las quinielas previas del Nobel de Literatura, por delante de compatriotas de la talla de Philip Roth o Thomas Pynchon, suena cada vez más a señuelo, a puro despiste de los corrillos académicos. Ganó Tranströmer, otro fijo en las apuestas que el año pasado a punto estuvo de birlar el medallón a Vargas Llosa. Pero, previsible o no, es de agradecer que, en medio de la actual debacle, la Academia Sueca proponga a los vapuleados habitantes de la Tierra abrir un libro de poesía y descubrir «una nueva vía de acceso a lo real». Todavía hay luz más allá de Goldman Sachs y sus tinieblas.

La mirada implacable de Oates

sábado, septiembre 11th, 2010

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Una de las corrientes subterráneas que atraviesa sin redención la biografía de América —tal vez la de cualquier país— es la violencia. Esa violencia fundacional, sobre la que se alzaron las fronteras de Estados Unidos, y que parece empapar la atmósfera del continente desde la época de las grandes migraciones al Oeste hasta nuestros agitados días. Una de las más agudas indagadoras de esa constelación de violencias, que parece hallarse encriptada en el código genético de su nación, es la escritora Joyce Carol Oates (Lockport, Nueva York, 1938), capaz de adentrarse sin miramientos en ese universo convulso, siempre al borde de la de la erupción, en el que hasta el propio paisaje se contagia de esas raíces estremecidas por el caos: «Si ibas en coche por las zonas rurales al norte de la ciudad —las estribaciones de los montes Adirondack—, veías los restos de antiguos glaciares en su lenta violencia, lo que hacía que el paisaje rocoso se retorciera como algo obligado a pasar por una trituradora de carne» (página 27).
Ese es el oxígeno que se respira en el entorno de Sparta, estado de Nueva York, la población imaginaria y asfixiante a la que regresa Oates en su novela número 57, Ave del paraíso, publicada ahora en castellano por Alfaguara. Por supuesto, el único paraíso que se vislumbra en las 500 páginas de la obra es el de la canción (Little Bird of Heaven, de los Reeltime Travelers) de la que toma su título, porque lo que abunda en este denso relato son precisamente los reversos del cielo, esos infiernos cotidianos que a veces se desploman sobre nuestras cabezas por un golpe de azar y que en otras ocasiones somos nosotros mismos quienes nos empeñamos en construir piedra a piedra con nuestras propias manos.
De esas miserias existenciales se nutre el cosmos de Oates en esta Ave del paraíso, que arranca con aires de novela policíaca tras el asesinato, en febrero de 1983, de Zoe Kruller, camarera y cantante de bluegrass, y evoluciona luego, como ya se ha apuntado, a una cruda travesía por esas violencias a pequeña o gran escala con las que convivimos a diario y que en lugares como Sparta pueden desatarse con sorprendente facilidad. Los dos principales sospechosos del crimen son su amante, Eddy Diehl, y su marido, Delray Kruller. Y serán precisamente la hija de Diehl, Krista, y el hijo de Zoe y Delray, Aaron, quienes tomen la palabra para contarnos, con su torturada voz adolescente, los acontecimientos que rodearon el asesinato.
Al igual que la narrativa de su compatriota Richard Ford, la prosa de Joyce Carol Oates consigue desmenuzar con extremada astucia esas vidas corrientes de la América real, esas existencias mediocres de tipos cosidos a navajazos, perdedores como Eddy Diehl, que a pesar de los golpes recibidos sobreviven con media sonrisa en la cara mientras puedan subirse a un Cadillac Seville 1976 recién lustrado y dar una vuelta a orillas del Black River. Y es en esos retratos de seres a la deriva donde la mirada de Oates se revela implacable. Como un taladro.

Y el Nobel se quedó sin Delibes

sábado, marzo 20th, 2010

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Cuenta la leyenda que la frase la acuñó un agudo periodista argentino para titular en 1986 la muerte del inmortal Jorge Luis Borges: «Y el Nobel se quedó sin Borges». La sentencia (apócrifa o no, qué importa a estas alturas) resucita un cuarto de siglo después para saldar las cuentas pendientes entre las letras españolas y la Fundación Nobel, que desde 1974 prohíbe en sus estatutos los reconocimientos póstumos. Así, el cicatero Estocolmo pierde sin remedio a Miguel Delibes (Valladolid, 1920-2010), nombre que ya no podrá sumar a los 106 escritores galardonados desde que Sully Prudhome abrió la veda en 1901. Solo cinco españoles figuran en la exclusiva relación del inventor de la dinamita: José Echegaray, Jacinto Benavente, Juan Ramón Jiménez, Vicente Aleixandre y Camilo José Cela, de los cuales solo dos (Juan Ramón y Cela) resisten un pulso literario con el gran cronista de Castilla.

Ramón García Domínguez, periodista y biógrafo de Miguel Delibes, recuerda que hace solo dos años la propia Academia sueca «tomó la iniciativa y envió una carta a la RAE preguntando si apoyaba la candidatura de Delibes al Nobel, a lo que la Academia Española se sumó rápidamente, por supuesto, pero luego los suecos se hicieron los ídem y la cosa no cuajó». En el 2001, un «plebiscito mundial», como lo define García Domínguez también promovió, sin éxito, su nominación. Lo cierto es que a Delibes, un tipo insobornable que escribió el guión de su vida sobre los renglones de la honestidad y la sencillez, probablemente no le importó demasiado, porque prefería huir de las alfombras y echarse la escopeta al hombro para salir al monte en busca de perdices rojas. Baste recordar que como periodista y escritor ya demostró que tenía en el cráneo inquietudes más sólidas que el desmedido afán de oropeles que hoy gobierna todo: rechazó presentarse a un Premio Planeta demasiado digital para su gusto y tampoco aceptó la oferta de Ortega Spottorno para dirigir El País, porque no quería cambiar Valladolid por el convulso Madrid de la transición.

En el periodismo cumplió ese vieja máxima, hoy también trasnochada, de avanzar peldaño a peldaño hasta la cima, acumulando experiencias y sabidurías que solo se catan al pie de las rotativas. Debutó en El Norte de Castilla trazando dibujos, que firmaba como MAX , y llegó a dirigir la histórica cabecera entre 1958 y 1963, cuando un ministro llamado Manuel Fraga Iribarne se cruzó en su camino. Creó escuela en El Norte y, de su cantera, que cultivaba con mimo, salieron Manuel Leguineche, José Jiménez Lozano o Francisco Umbral.

 Destino, su editorial de siempre, culminará precisamente la edición de los siete volúmenes de sus Obras Completas, que publica en colaboración con Círculo de Lectores- GalaxiaGutenberg, con El periodista, volumen que prologa y coordina José Francisco Sánchez, director de la Fundación Santiago Rey Fernández-Latorre y especialista en Delibes. El volumen aparecerá en otoño (se iba a publicar coincidiendo con el 90.º cumpleaños del autor, el 17 de octubre) y, como detalla Sánchez, recoge desde sus «predelibesianas» primeras tentativas periodísticas, algunas de las cuales nunca se habían vuelto a publicar, hasta los reportajes de Castilla habla, las críticas de cine y los artículos sobre fútbol.

El Delibes novelista, con una veintena de títulos publicados entre 1948 y 1998, supera sin rodeos la prueba del nueve del narrador: ¿cuántos personajes suyos han perdurado? A bote pronto, y sin echar mano de las estanterías, un lector medio apunta sin titubear un puñado largo de tipos humanos inolvidables: Daniel el Mochuelo (El camino), el Nini (Las ratas), Quico (El príncipe destronado), Carmen (Cinco horas con Mario), Pedro (La sombra del ciprés es alargada), Eloy (La hoja roja), Lorenzo (de sus tres Diarios), Azarías (Los santos inocentes) o Cipriano (El hereje). 

En su biografía y su literatura, tan apegadas a Castilla, hallamos un tenue vínculo con Galicia. Son treinta páginas de la novela Madera de héroe (1987) donde retrata, con una distancia de medio siglo, su participación en la Guerra Civil. Según García Domínguez, la obra, una de las más extensas de su narrativa, «es probablemente su novela más autobiográfica», ya que refleja con terrible fidelidad su experiencia personal en la contienda cuando a principios de 1938, en compañía de un grupo de amigos, decide alistarse en la Marina para combatir en las filas franquistas.

«Incluso en su primera edición el título era 377A, Madera de héroe, con el número y la letra que identificaban al marinero Delibes y que es el mismo que tiene el protagonista de la obra», apostilla García Domínguez. A Delibes lo destinan a Ferrol, al buque-escuela Galatea. Tras unas semanas de instrucción, embarca en el crucero Canarias, en el que pasará el año que todavía durará la guerra.

Delibes sufrió dos muertes en vida: la pérdida de su esposa en 1974 y una operación contra el cáncer en 1998. De la primera muerte, apunta su hijo Germán en un estremecedor texto, lo salvó la caza. Porque desde 1974 hasta que en 1978 publica El disputado voto… solo escribe su discurso de ingreso en la RAE (1975) y el diario de caza Las perdices del domingo. La segunda muerte nos arrebató al literato, que desde 1998 ya no escribió ni una sola línea. Y la tercera y definitiva muerte de Delibes nos ha dejado a solas con su prosa, ya rematada. A solas con el Nini, el Mochuelo y los campos infinitos de Castilla.

*Publicado hoy en el suplemento Culturas de La Voz de Galicia.

La trastienda de América

viernes, enero 22nd, 2010

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Hace tiempo que Estados Unidos despertó del llamado sueño americano. Tal vez ni siquiera sus habitantes, dotados de esa pincelada de ingenuidad que los hace entrañables para quien los mira sin las orejeras del antiamericanismo, llegaron a creerse del todo el decorado de sonrisas inmaculadas que retrataban los carteles publicitarios. Había un mundo sin edulcorar agazapado en los callejones y en los patios traseros, donde emerge lo mejor y lo peor del ser humano. Y a explorar ese fango vital se han dedicado sin tapujos algunas de las grandes voces de la literatura de Estados Unidos, entre las que sobresale desde hace décadas la narradora Joyce Carol Oates (Lockport, Nueva York, 1938).

Alfaguara recupera ahora, en traducción de Mari Carmen Bellver, una de las joyas de su narrativa breve: Infiel, una colección de 21 relatos publicada originalmente en el 2001 y que reúne textos editados previamente en las más dispares antologías y revistas (desde Granta a Harper’s y Playboy).

 Si el título del libro —tomado del relato que abre la segunda parte del volumen— ya es suficientemente explícito, el subtítulo es quizás más revelador: Historias de transgresión. Porque la transgresión, en sus más variadas formas legales, éticas y morales, es el músculo que palpita sin pausa bajo estas 21 narraciones en las que los personajes son zarandeados por la vida e impulsados, con mayor o menor aquiescencia, a cruzar las delgadas líneas que separan una existencia supuestamente convencional de las aguas turbulentas del adulterio, el asesinato, la traición o el crimen.

No está aquí, como ya apuntábamos más arriba, el rostro amable de la sociedad contemporánea. Hasta los escenarios elegidos por Oates para plantear sus historias inciden en ese reverso sórdido de la realidad americana. Sus amantes deambulan por desvencijados moteles de carretera, por cafeterías que huelen a grasa requemada y por autopistas saturadas de tráfico en las que una mujer despechada tantea la muerte accidental del hombre que la ha abandonado.

A pesar de las furiosas cópulas con las que intentan aferrarse al amor, o al sexo, o como se llame esa colisión entre dos seres, los personajes de Oates están despiadadamente solos, estampados contra un hostil paisaje humano que evoca —aunque la cita sea ya un tópico— los lienzos de otro neoyorquino: Edward Hopper. Aunque, por supuesto, la literatura de Joyce Carol Oates no necesita de estas visualizaciones, porque ya vuela a miles de pies sobre el suelo con su descarnado retrato de un mundo en el que la muerte, la verdad o el mal se fabrican, se empaquetan y se comercializan igual que cualquier otro producto del hipermercado global.

*Reseña publicada en el suplemento Culturas de La Voz de Galicia. Ilustración: Morning Sun, de Edward Hopper.