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Grandes: «Sólo vamos pisando la hierba que Galdós pisó primero»

Sábado, marzo 17th, 2012

Tras contar la invasión del valle de Arán en Inés y la alegría, Almudena Grandes (Madrid, 1960) vuelve a echarse al monte en El lector de Julio Verne, segunda entrega de Episodios de una guerra interminable. Grandes trepa ahora a la Sierra Sur de Jaén para relatar las andanzas de Cencerro y su guerrilla durante el trienio del terror (1947-1949).

—¿Ha querido crear con estas novelas unos «episodios nacionales» de la posguerra?
—Claro, esa era mi intención desde el principio: adoptar y adaptar el modelo de los Episodios nacionales de Galdós en el sentido de que en estos libros lo que yo hago es inventarme una historia de ficción para encajarla en el marco de un acontecimiento histórico real, de tal manera que los personajes que intervinieron en la historia real, en este caso Cencerro, Marzal o el alcalde vitalicio de Valdepeñas… interactúen dentro de la novela con mis personajes de ficción. Cuando decidí que tenía material para escribir seis novelas sobre la posguerra, que podía intentar contar los 25 primeros años de la dictadura desde la óptica de la resistencia contra la dictadura en seis novelas, el modelo estaba hecho, Don Benito ya lo había hecho todo. Lo único que yo tenía que hacer era intentar aplicarme y hacerlo lo mejor posible. Yo soy una lectora muy constante y apasionada de Galdós, que ha sido el escritor más importante de mi vida. Creo que una de las anormalidades una de las anomalías de este país es la cicatería con la que trata a un escritor que está a la altura dee los mejores narradores del XIX.

—¿Por qué ese complejo a la hora de reivindicar su legado?
—Yo creo que esto está empezando a cambiar. Hay muchos escritores de mi edad y más jóvenes que yo que aprecian mucho la obra de Galdós. Es curioso porque al principio de esta novela y en las seis de la serie va al principio una cita de Luis Cernuda de un poema precioso que se llama Díptico español que él escribe en el exilio y en el que decide que la única España que sigue siendo su patria es la de los libros de Galdós, no la real. Es muy curioso cómo la generación de la República en ningún momento dejó de amar y de exaltar la figura de Galdós, el Ejército popular en las trincheras repartía ediciones populares de los Episodios nacionales… Alberti editó a Galdós en Argentina, Cernuda escribió este poema, Max Aub escribió El laberinto mágico siguiendo el modelo de los Episodios nacionales… El exilio se llevó el amor a Galdós con él… Galdós, que a nosotros ha llegado como un personaje polvoriento y envejecido, en realidad fue diputado republicano socialista y en 1939 borraron su nombre del Registro Civil para intentar sostener que lo mejor habría sido que nunca hubiera nacido. Y, sin embargo, la izquierda después perdió esta devoción por Galdós y lo que ha imperado hasta nuestros tiempos es la versión franquista del escritor antiguo, polvoriento… Y es muy injusto, claro.

—Mezcla personajes reales y de ficción, ¿no le limita en cierta medida a la hora de escribir?
—Es muy complicado, pero también es un reto que merece la pena. Es fundamental perder un poco el respeto a la realidad, para eso fue muy importante acudir a Galdós, me volví a leer los Episodios nacionales… Él saca a Churruca protegiendo a un grumete en medio de una batalla naval y, claro, evidentemente lo más normal es que Churruca no estuviera pendiente de un grumete en medio de una batalla. Pero en ese sentido también esa tradición me ampara, la de los Episodios nacionales o El laberinto mágico de Max Aub, en la que ocurre lo mismo porque adoptó el mismo modelo. Hay que perder un poco el miedo a los personajes reales. Yo tengo la suerte de que escribo novela y no historia. Los historiadores están más limitados porque, aunque la imaginación es fundamental para interpretar, ellos tienen un límite que es lo que pueden probar documentalmente, pero sin embargo un escritor puede rellenar con ficción los charcos en los que un escritor se tiene que detener.

—Hablando de personajes reales, en la quinta parte de la serie anuncia como protagonista a la gallega Aurora Rodríguez Carballeira.
—Es la madre de Hildegard Rodríguez, cuya historia me gusta mucho, pero en la que el gran personaje yo creo que es su madre, que nació en Ferrol como Pablo Iglesias y Franciso Franco… Me voy a acercar a Aurora mucho después de la muerte de Hildegard, me voy a encontrar con ella moribunda en los años cincuenta en Ciempozuelos. Era una mujer tan loca y tan extraordinaria y llena de valores que el régimen de Franco intentó aprovechar lo que pasó en 1937 en el manicomio de Ciempozuelos, cuando la mayoría de los locos salieron corriendo y los mataron, para decir que ella había muerto en el 37, pero no es verdad, ella siguió allí porque fue uno de los tres presos que no se movieron de su habitación y se salvaron. Entonces en la quinta novela lo que voy a hacer es contar lo que siente un psiquiatra muy joven, hijo de un psiquiatra republicano represaliado, que se ha educado en Suiza y vuelve a España, cuando se encuentra a esta mujer allí y cuando descubre que de alguna manera el único vestigio de la ciencia republicana al que él puede acceder, lo único que queda de la intelectualidad a la que perteneció su padre es esta mujer loca que está hablando sola todo el tiempo en un manicomio.

—Nino y Pepe el Portugués son dos personajes muy sólidos, muy bien construidos, ¿van a reaparecer en otras entregas de la serie?
—Pepe el Portugués es mi niño mimado y va a salir en las seis novelas de esta serie. A mí lo que más me excita de este proyecto es lo de que las novelas compartan personajes, con lo que volvemos a Galdós, que lo inventó todo. Solo vamos pisando la hierba que Galdós pisó primero. Es una serie de novelas que se pueden leer de forma independiente, pero el hecho de que compartan personajes les da, a los lectores y a mí, como un bonus de los videojuegos. Pepe es un poco como la Araceli que aparece en todas las novelas.

—Estos dos libros apuestan claramente por recuperar la memoria histórica, algo que todavía rechaza una parte de la sociedad, ¿por qué cree que todavía se produce este rechazo?
—A veces me dicen: usted escribe en nombre de los perdedores. No, yo escribo en nombre de los demócratas contemporáneos, en mi propio nombre. Porque lo que se llama la recuperación de la memoria no tiene que ver solo con el pasado, no es un vicio nostálgico, es algo que tiene que ver también con el presente y con el futuro, con el país en el que vivimos y con el país en el que queremos que vivan nuestros hijos. Hay que decir que la democracia española, que es perfectamente homologable con las democracias europeas y que ha procurado a este país años de estabilidad y de paz social como nunca antes, tiene una fragilidad congénita: el hecho de que es la única democracia europea que se ha fundado en el aire, sin raíces. Todas las democracias europeas después de la II Guerra Mundial se fundaron de acuerdo con su tradición democrática y antifascista. En España no. En España se acabó la dictadura, se hizo una raya en el suelo y se dijo: aquí estábamos y aquí estamos, ya somos modernos y europeos. Pero, claro, 40 años de dictadura no se pueden borrar con la sola voluntad de borrarlos. Esto ha acabado deformando la democracia española. Por ejemplo, el tema de las fosas es claramente un asunto de derechos humanos, no tiene que ver con la derecha ni con la izquierda. ¿Cómo es posible que a alguien le moleste que un ciudadano pueda desenterrar a su abuelo y enterrarlo en un tumba con su familia? Es algo que excede la ideología y la fe religiosa. Es una prueba de hasta qué punto somos frágiles y vivimos en una anomalía. Yo creo que recuperar la memoria y rescatar estas historias es importante para nosotros mismos, ni siquiera por hacer justicia, sino para saber que en un país donde hubo una dictadura feroz que duró 37 años no cesó la resistencia contra ella ni un solo día y muchos países del mundo, con mucho menos, han fundado su orgullo nacional en eso. Tú vas andando por París, donde hubo una resistencia de chiste comparada con la que hubo aquí, y en todas las esquinas de París hay placas diciendo «aquí cayó el resistente…». Ese patrimonio, que debería ser un patrimonio de todos los demócratas españoles y que fortalecería las bases de la democracia, no solamente está olvidado, sino que se intenta taponar y que no salga a la luz.

—A la vista de las últimas resoluciones judiciales no parece que se haya reparado esa anomalía histórica.
—Por eso, por eso. Hay una cosa más grave. El proceso a Garzón tiene unas implicaciones muy graves. Si analizamos la sentencia como ciudadanos con cabeza ocurre que la actuación de Garzón se interpreta como una agresión contra la democracia, es decir, que atacar a la dictadura y proteger a las víctimas de la dictadura se interpreta como un intento de agredir a la democracia. No tiene ni pies ni cabeza.

—¿Y se reparará algún día?
—Estoy segura de que esta situación cambiará algún día por la ley de la gravedad, porque las manzanas se caen de los árboles. La generación de mis hijos, que no han vivido la Transición y que no han sido educados en la cultura del miedo, algún día ocupará el poder y cambiará esto.

—En la novela los malvados no lo son al 100%, tienen claroscuros.
—Creo que desde un punto de vista narrativo crear un malo absoluto es un mal negocio, porque los malos absolutamente malos no dan miedo, porque no son más que caricaturas. Y esto nos lleva de nuevo al punto en que confluyen la literatura y la realidad. En el mundo real, los torturadores, los seres más abyectos, los asesinos o los mercenarios implacables siempre tienen debilidades: quieren a su madre, crían perros, están enamorados de su mujer, porque los seres humanos somos así, no existe nadie tan absolutamente despiadado que no necesite querer o que le quieran. En ese sentido hace tiempo que descubrí que la ambigüedad moral es mucho más eficaz para tratar el mal que el negro oscuro. Conviene que los personajes negativos tengan alguna luz, primero porque en la realidad son así y segundo porque literariamente funcionan mucho mejor. Esta novela sucede en una época y en un lugar donde el terror se usó de una forma deliberada y sistemática para estructurar la sociedad. Para que el terror planificado sea eficaz tiene que vertebrar a toda la sociedad de arriba abajo. Los guardias civiles imponían miedo porque tenían miedo, humillaban a la gente porque se sentían humillados eran odiosos porque sentían ellos mismos la sombra de ese odio, porque eran conscientes de no estaba bien lo que estaban haciendo pero no podían sustraerse a la espiral de terror que les gobernaba. Una de las cosas más conmovedoras que cuenta Nino es que su padre es un buen hombre sujeto a una ley de la que tampoco puede escapar.

—Ha apuntado que esta es a un tiempo una novela de aventuras y de terror. Esa definición casi podría valer para definir determinados episodios de la historia de España, como la propia posguerra…
—Sí, es una novela de aventuras porque en el momento en que Nino se atreve a ir más allá de los límites se ve envuelto e una novela de aventuras semejante a las que lee. Pepe el Portugués funciona como John Long Silver en la novela, tal y como lo identifica el propio Nino, porque no se sabe nunca con quién está. No es una novela de terror en el sentido de que pretenda aterrorizar al lector, pero la voz inocente de Nino, que no tiene armas para enfrentarse a todo lo que se le viene encima, quizás sea un vehículo de terror más eficaz que otros. En realidad lo que le pasa a Nino es que le pasan cosas enormes, mucho más grandes que él, pero no puede evitarlas porque es su vida, entonces no puede rodearlas, ni puede ignorarlas, tiene que atravesarlas y por eso se rompe la crisma. En ese sentido es una novela de terror porque narra una experiencia terrorífica.

—Hay quien habla de que tras la derrota del fascismo político en la II Guerra Mundial, ahora resurge por vías financieras…
—Sí, es muy curioso. Hay que tener cuidado cuando dices las cosas porque no se trata de alarmar sin necesidad a la población, para eso ya están las agencias de calificación, no hace falta que los demás vayamos por el mismo camino. Pero es verdad que lo que está pasando recuerda mucho a algunas cosas, no a todas, que pasaron en los años treinta del siglo XX. Lo que ocurre es que hay una crisis económica semejante a aquella, entre la crisis del 29 y la actual no ha habido nada entre medias que se parezca tanto a aquella, y están volviendo a florecer cosas que parecían erradicadas en la mentalidad europea contemporánea. Se mira el empobrecimiento de la población con una naturalidad con la que desde entonces no se miraba. Estamos en una situación en la que el gran problema que tenemos, donde está la parte del león, es en la economía financiera, no en la economía productiva. Podemos dejar que caiga la economía productiva y que caigan los trabajadores, porque mientras esto no pete del todo se gana mucho más dinero especulando que produciendo y, claro, esto crea unos desajustes sociales tremendos, entonces en esa medida, en la que se contempla el empobrecimiento de la población con toda naturalidad y en la que el fin justifica los medios, yo creo que sí se puede decir que estamos viviendo un resurgir del fascismo sobre unas bases económicas, no políticas.

—Por no hablar de la pérdida de derechos…
—Sí, claro, todo eso tiene que ver. El empobrecimiento no es solo de nivel de vida en general, sino también de derechos. Da la sensación de que como no fuimos capaces de exportar a las potencias emergentes los derechos de los que gozamos, pues ahora vamos a importar las condiciones de vida de las potencias emergentes.

—También tiene pendiente una novela sobre la rama materna de su familia, la de su bisabuela Benita, que vivió en Marruecos.
—Cuando termine los Episodios, dentro de muchos años, después de haberme inventado tantas historias de familias de ficción y después de haber hecho la crónica de ficción de tantas familias españolas que no son la mía, a mí me gustaría escribir un libro que contara la historia de mi familia partiendo de mis bisabuelos hasta el día que yo nací. Mis bisabuelos son los extraordinarios, por parte de padre y sobre todo por parte de madre. Me gustaría contar una hipótesis de la historia de mi familia, porque nunca voy a tener toda la información, desde mis bisabuelos hasta mi nacimiento.

Foto de Almudena Grandes: José Manuel Pedrosa/Efe

Tintín, el Congo y lo correcto

Domingo, octubre 16th, 2011

Hasta que en 1903 el diplomático británico Roger Casement remitió al Foreign Office su demoledor Informe sobre el Congo, Europa mantuvo cerrados sus ojos cómplices ante las despiadadas prácticas coloniales de Leopoldo II, rey de los belgas, en el territorio africano con el que le habían obsequiado (a título personal) las potencias occidentales. Sobre el Congo, como sobre el Putumayo, había caído la infalible maldición de la riqueza natural. En este caso en forma de caucho, la materia prima de la que se nutría a principios del siglo XX la desbocada maquinaria de la revolución industrial. Por supuesto, su explotación recayó en las manos de empresarios occidentales, que exprimieron hasta la última gota de las caucherías y de la población indígena, que, como pago por su trabajo, sufría torturas, violaciones o, sin mayores rodeos, la muerte.

Antes de convertirse a la causa del independentismo irlandés, Roger Casement se dejó la salud investigando y documentando los crímenes incontables de Occidente en el Congo. Podemos leerlo, en formato novelado, en El sueño del celta, de Mario Vargas Llosa, o directamente en el informe de Casement recuperado por el sello coruñés Ediciones del Viento en La tragedia del Congo.

Hasta ahí, los hechos, la historia, la realidad tangible de un colonialismo demencial que ha dejado África exhausta y con algo más que cicatrices sobre su piel. Pero que, más de un siglo después de las denuncias del cónsul británico, sentemos a Tintín y Milú en el banquillo para que un tebeo pague por aquellas atrocidades, suena más a un desmedido afán por implantar la corrección política en todos y cada uno de los rincones de la cultura que a un análisis riguroso de las viñetas de Tintín en el Congo, que el propio Hergé fue puliendo año a año para matizar la visión de la obra original.

Puede que la Justicia plante en el cómic una pegatina advirtiendo de que el contenido no es apropiado para menores, como ya sucede, sin ir más lejos, con algunos discos del irredento Nick Cave. Pero si dejamos que los apologetas de lo políticamente correcto expurguen con los ojos del siglo XXI miles de años de cultura, tendremos que renunciar a los nada correctos (pero inmensos) Homero, Shakespeare y Cervantes.

Tranströmer

Viernes, octubre 7th, 2011

Se desinfló el globo que circulaba por las timbas y Bob Dylan se quedó plantado a miles de kilómetros de la alfombra roja de Estocolmo. Su presencia en las quinielas previas del Nobel de Literatura, por delante de compatriotas de la talla de Philip Roth o Thomas Pynchon, suena cada vez más a señuelo, a puro despiste de los corrillos académicos. Ganó Tranströmer, otro fijo en las apuestas que el año pasado a punto estuvo de birlar el medallón a Vargas Llosa. Pero, previsible o no, es de agradecer que, en medio de la actual debacle, la Academia Sueca proponga a los vapuleados habitantes de la Tierra abrir un libro de poesía y descubrir «una nueva vía de acceso a lo real». Todavía hay luz más allá de Goldman Sachs y sus tinieblas.

La mirada implacable de Oates

Sábado, septiembre 11th, 2010

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Una de las corrientes subterráneas que atraviesa sin redención la biografía de América —tal vez la de cualquier país— es la violencia. Esa violencia fundacional, sobre la que se alzaron las fronteras de Estados Unidos, y que parece empapar la atmósfera del continente desde la época de las grandes migraciones al Oeste hasta nuestros agitados días. Una de las más agudas indagadoras de esa constelación de violencias, que parece hallarse encriptada en el código genético de su nación, es la escritora Joyce Carol Oates (Lockport, Nueva York, 1938), capaz de adentrarse sin miramientos en ese universo convulso, siempre al borde de la de la erupción, en el que hasta el propio paisaje se contagia de esas raíces estremecidas por el caos: «Si ibas en coche por las zonas rurales al norte de la ciudad —las estribaciones de los montes Adirondack—, veías los restos de antiguos glaciares en su lenta violencia, lo que hacía que el paisaje rocoso se retorciera como algo obligado a pasar por una trituradora de carne» (página 27).
Ese es el oxígeno que se respira en el entorno de Sparta, estado de Nueva York, la población imaginaria y asfixiante a la que regresa Oates en su novela número 57, Ave del paraíso, publicada ahora en castellano por Alfaguara. Por supuesto, el único paraíso que se vislumbra en las 500 páginas de la obra es el de la canción (Little Bird of Heaven, de los Reeltime Travelers) de la que toma su título, porque lo que abunda en este denso relato son precisamente los reversos del cielo, esos infiernos cotidianos que a veces se desploman sobre nuestras cabezas por un golpe de azar y que en otras ocasiones somos nosotros mismos quienes nos empeñamos en construir piedra a piedra con nuestras propias manos.
De esas miserias existenciales se nutre el cosmos de Oates en esta Ave del paraíso, que arranca con aires de novela policíaca tras el asesinato, en febrero de 1983, de Zoe Kruller, camarera y cantante de bluegrass, y evoluciona luego, como ya se ha apuntado, a una cruda travesía por esas violencias a pequeña o gran escala con las que convivimos a diario y que en lugares como Sparta pueden desatarse con sorprendente facilidad. Los dos principales sospechosos del crimen son su amante, Eddy Diehl, y su marido, Delray Kruller. Y serán precisamente la hija de Diehl, Krista, y el hijo de Zoe y Delray, Aaron, quienes tomen la palabra para contarnos, con su torturada voz adolescente, los acontecimientos que rodearon el asesinato.
Al igual que la narrativa de su compatriota Richard Ford, la prosa de Joyce Carol Oates consigue desmenuzar con extremada astucia esas vidas corrientes de la América real, esas existencias mediocres de tipos cosidos a navajazos, perdedores como Eddy Diehl, que a pesar de los golpes recibidos sobreviven con media sonrisa en la cara mientras puedan subirse a un Cadillac Seville 1976 recién lustrado y dar una vuelta a orillas del Black River. Y es en esos retratos de seres a la deriva donde la mirada de Oates se revela implacable. Como un taladro.

Y el Nobel se quedó sin Delibes

Sábado, marzo 20th, 2010

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Cuenta la leyenda que la frase la acuñó un agudo periodista argentino para titular en 1986 la muerte del inmortal Jorge Luis Borges: «Y el Nobel se quedó sin Borges». La sentencia (apócrifa o no, qué importa a estas alturas) resucita un cuarto de siglo después para saldar las cuentas pendientes entre las letras españolas y la Fundación Nobel, que desde 1974 prohíbe en sus estatutos los reconocimientos póstumos. Así, el cicatero Estocolmo pierde sin remedio a Miguel Delibes (Valladolid, 1920-2010), nombre que ya no podrá sumar a los 106 escritores galardonados desde que Sully Prudhome abrió la veda en 1901. Solo cinco españoles figuran en la exclusiva relación del inventor de la dinamita: José Echegaray, Jacinto Benavente, Juan Ramón Jiménez, Vicente Aleixandre y Camilo José Cela, de los cuales solo dos (Juan Ramón y Cela) resisten un pulso literario con el gran cronista de Castilla.

Ramón García Domínguez, periodista y biógrafo de Miguel Delibes, recuerda que hace solo dos años la propia Academia sueca «tomó la iniciativa y envió una carta a la RAE preguntando si apoyaba la candidatura de Delibes al Nobel, a lo que la Academia Española se sumó rápidamente, por supuesto, pero luego los suecos se hicieron los ídem y la cosa no cuajó». En el 2001, un «plebiscito mundial», como lo define García Domínguez también promovió, sin éxito, su nominación. Lo cierto es que a Delibes, un tipo insobornable que escribió el guión de su vida sobre los renglones de la honestidad y la sencillez, probablemente no le importó demasiado, porque prefería huir de las alfombras y echarse la escopeta al hombro para salir al monte en busca de perdices rojas. Baste recordar que como periodista y escritor ya demostró que tenía en el cráneo inquietudes más sólidas que el desmedido afán de oropeles que hoy gobierna todo: rechazó presentarse a un Premio Planeta demasiado digital para su gusto y tampoco aceptó la oferta de Ortega Spottorno para dirigir El País, porque no quería cambiar Valladolid por el convulso Madrid de la transición.

En el periodismo cumplió ese vieja máxima, hoy también trasnochada, de avanzar peldaño a peldaño hasta la cima, acumulando experiencias y sabidurías que solo se catan al pie de las rotativas. Debutó en El Norte de Castilla trazando dibujos, que firmaba como MAX , y llegó a dirigir la histórica cabecera entre 1958 y 1963, cuando un ministro llamado Manuel Fraga Iribarne se cruzó en su camino. Creó escuela en El Norte y, de su cantera, que cultivaba con mimo, salieron Manuel Leguineche, José Jiménez Lozano o Francisco Umbral.

 Destino, su editorial de siempre, culminará precisamente la edición de los siete volúmenes de sus Obras Completas, que publica en colaboración con Círculo de Lectores- GalaxiaGutenberg, con El periodista, volumen que prologa y coordina José Francisco Sánchez, director de la Fundación Santiago Rey Fernández-Latorre y especialista en Delibes. El volumen aparecerá en otoño (se iba a publicar coincidiendo con el 90.º cumpleaños del autor, el 17 de octubre) y, como detalla Sánchez, recoge desde sus «predelibesianas» primeras tentativas periodísticas, algunas de las cuales nunca se habían vuelto a publicar, hasta los reportajes de Castilla habla, las críticas de cine y los artículos sobre fútbol.

El Delibes novelista, con una veintena de títulos publicados entre 1948 y 1998, supera sin rodeos la prueba del nueve del narrador: ¿cuántos personajes suyos han perdurado? A bote pronto, y sin echar mano de las estanterías, un lector medio apunta sin titubear un puñado largo de tipos humanos inolvidables: Daniel el Mochuelo (El camino), el Nini (Las ratas), Quico (El príncipe destronado), Carmen (Cinco horas con Mario), Pedro (La sombra del ciprés es alargada), Eloy (La hoja roja), Lorenzo (de sus tres Diarios), Azarías (Los santos inocentes) o Cipriano (El hereje). 

En su biografía y su literatura, tan apegadas a Castilla, hallamos un tenue vínculo con Galicia. Son treinta páginas de la novela Madera de héroe (1987) donde retrata, con una distancia de medio siglo, su participación en la Guerra Civil. Según García Domínguez, la obra, una de las más extensas de su narrativa, «es probablemente su novela más autobiográfica», ya que refleja con terrible fidelidad su experiencia personal en la contienda cuando a principios de 1938, en compañía de un grupo de amigos, decide alistarse en la Marina para combatir en las filas franquistas.

«Incluso en su primera edición el título era 377A, Madera de héroe, con el número y la letra que identificaban al marinero Delibes y que es el mismo que tiene el protagonista de la obra», apostilla García Domínguez. A Delibes lo destinan a Ferrol, al buque-escuela Galatea. Tras unas semanas de instrucción, embarca en el crucero Canarias, en el que pasará el año que todavía durará la guerra.

Delibes sufrió dos muertes en vida: la pérdida de su esposa en 1974 y una operación contra el cáncer en 1998. De la primera muerte, apunta su hijo Germán en un estremecedor texto, lo salvó la caza. Porque desde 1974 hasta que en 1978 publica El disputado voto… solo escribe su discurso de ingreso en la RAE (1975) y el diario de caza Las perdices del domingo. La segunda muerte nos arrebató al literato, que desde 1998 ya no escribió ni una sola línea. Y la tercera y definitiva muerte de Delibes nos ha dejado a solas con su prosa, ya rematada. A solas con el Nini, el Mochuelo y los campos infinitos de Castilla.

*Publicado hoy en el suplemento Culturas de La Voz de Galicia.

La trastienda de América

Viernes, enero 22nd, 2010

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Hace tiempo que Estados Unidos despertó del llamado sueño americano. Tal vez ni siquiera sus habitantes, dotados de esa pincelada de ingenuidad que los hace entrañables para quien los mira sin las orejeras del antiamericanismo, llegaron a creerse del todo el decorado de sonrisas inmaculadas que retrataban los carteles publicitarios. Había un mundo sin edulcorar agazapado en los callejones y en los patios traseros, donde emerge lo mejor y lo peor del ser humano. Y a explorar ese fango vital se han dedicado sin tapujos algunas de las grandes voces de la literatura de Estados Unidos, entre las que sobresale desde hace décadas la narradora Joyce Carol Oates (Lockport, Nueva York, 1938).

Alfaguara recupera ahora, en traducción de Mari Carmen Bellver, una de las joyas de su narrativa breve: Infiel, una colección de 21 relatos publicada originalmente en el 2001 y que reúne textos editados previamente en las más dispares antologías y revistas (desde Granta a Harper’s y Playboy).

 Si el título del libro —tomado del relato que abre la segunda parte del volumen— ya es suficientemente explícito, el subtítulo es quizás más revelador: Historias de transgresión. Porque la transgresión, en sus más variadas formas legales, éticas y morales, es el músculo que palpita sin pausa bajo estas 21 narraciones en las que los personajes son zarandeados por la vida e impulsados, con mayor o menor aquiescencia, a cruzar las delgadas líneas que separan una existencia supuestamente convencional de las aguas turbulentas del adulterio, el asesinato, la traición o el crimen.

No está aquí, como ya apuntábamos más arriba, el rostro amable de la sociedad contemporánea. Hasta los escenarios elegidos por Oates para plantear sus historias inciden en ese reverso sórdido de la realidad americana. Sus amantes deambulan por desvencijados moteles de carretera, por cafeterías que huelen a grasa requemada y por autopistas saturadas de tráfico en las que una mujer despechada tantea la muerte accidental del hombre que la ha abandonado.

A pesar de las furiosas cópulas con las que intentan aferrarse al amor, o al sexo, o como se llame esa colisión entre dos seres, los personajes de Oates están despiadadamente solos, estampados contra un hostil paisaje humano que evoca —aunque la cita sea ya un tópico— los lienzos de otro neoyorquino: Edward Hopper. Aunque, por supuesto, la literatura de Joyce Carol Oates no necesita de estas visualizaciones, porque ya vuela a miles de pies sobre el suelo con su descarnado retrato de un mundo en el que la muerte, la verdad o el mal se fabrican, se empaquetan y se comercializan igual que cualquier otro producto del hipermercado global.

*Reseña publicada en el suplemento Culturas de La Voz de Galicia. Ilustración: Morning Sun, de Edward Hopper.

Tres gigantes que aún viven del cuento

Sábado, noviembre 14th, 2009

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El arte del cuento no goza en las letras españolas del enorme prestigio que sí posee, por ejemplo, en la literatura en lengua inglesa. Las grandes revistas norteamericanas, como The New Yorker o The Atlantic Monthly, son desde hace décadas el escenario en el que los grandes autores cultivan esta distancia corta, en la que emplean sin complejos la misma musculatura e idéntico talento que exhiben en las narraciones de largo aliento.

Nada similar sucede por estos pagos, donde los escritores mediáticos parecen despreciar todo lo que no sean novelones de corte decimonónico. Pero algo podría estar cambiando en nuestro panorama narrativo, ya que las grandes editoriales españolas se han lanzado con cierta ilusión y empeño a la publicación de colecciones de relatos (por el momento solo de autores consagrados, pero menos da la piedra de la nada). A la labor de sellos como Anagrama, Tusquets o Lumen se suma ahora Alfaguara, que acaba de relanzar su clásica colección de Cuentos Completos. Para la puesta en marcha de esta renovada serie, la editorial madrileña ha elegido a tres autores indiscutibles: Vladimir Nabokov, William Faulkner y Juan Carlos Onetti.

 

De Juan Carlos Onetti (Montevideo, 1909-Madrid, 1994) se recupera básicamente la edición de sus Cuentos completos publicada también en Alfaguara en 1994. A aquellas piezas, escritas por el gran prosista latinoamericano entre 1933 y 1993, se añaden ahora dos textos inéditos (La visita y San José) y un anexo con cuatro piezas en el que se incluyen relatos inéditos y fragmentos. Incluye el volumen un excelente prólogo de Antonio Muñoz Molina, que ilustra con destreza los avatares de la literatura de Onetti y su enorme capacidad para resistir el paso del tiempo sin perder un átomo de su profundidad y terrible belleza. El lector de Onetti, que suele ser un lector fiel, hallará en estas páginas los paisajes de Santa María, el imaginario decorado de buena parte de la narrativa del uruguayo, e incluso a personajes de sus novelas, como el doctor Díaz Grey, y se topará también con cuentos devastadores, entre los que podemos quizás destacar Tan triste como ella, que Muñoz Molina define en su prefacio como «la historia de amor y de resentimiento más abrumadoramente triste que se haya escrito en español».

Esta colección de relatos, preparada por la especialista en literatura latinoamericana Hortensia Campanella, posee otra característica singular que también subraya con acierto Muñoz Molina: que Onetti es Onetti en todos estos textos, con mayor o menor brillantez, pero con la misma indeleble personalidad literaria que imprime a sus clásicos. Onetti es tan Onetti en estas narraciones como en Juntacadáveres, La vida breve o El astillero.

De Vladimir Nabokov (San Petersburgo, 1899-Montreux, 1977) se revisa la edición de sus Cuentos completos, que Alfaguara ya había publicado en el 2001 a partir de la versión en inglés preparada por el hijo del autor, Dmitri Nabokov, en 1995. El sello aporta, sin embargo, dos novedades respecto a aquel volumen del 2001, lo que permite presentarlo como la «edición definitiva» de su narrativa breve. El libro incluye dos piezas hasta ahora inéditas en español, La palabra y Natasha, y Lluvia de Pascua, un relato recuperado en el 2002 y que ahora se incorpora a este conjunto.

El volumen, que corresponde fundamentalmente a la etapa rusa de Nabokov y que su propio hijo Dmitri tradujo al inglés con el asesoramiento de su padre, permite presentir algunas atmósferas, y temas que también hallamos luego en las novelas de su período americano que le catapultaron a la fama. No es tal vez el escritor de Lolita o Pálido fuego, pero hay gran literatura en estas páginas de prosa mimada, por las que se deslizan esas pequeñas obsesiones que nos hacen únicos, como las mariposas que asoman en Aureliana y que marcaron buena parte de la existencia del literato (Nabokov) ha pasado a la historia tanto por su contribución a la narrativa del siglo XX como por sus estudios zoológicos de los lepidópteros). Son magníficas las notas del autor que aparecen la final del volumen, en las que V. Nabokov desvela las circunstancias literarias y vitales en las que escribió cada relato. Por ejemplo, en las anotaciones a Última Thule y Solus Rex, el autor explica que esta prosa es su «despedida del ruso», ya que en 1940 dio el salto a Estados Unidos, donde durante veinte años se entregó a la escritura en inglés y donde compuso sus grandes obras maestras (muy particularmente en ese viaje al corazón del continente que traza en Lolita).

Y a lo más profundo de Estados Unidos nos conduce también el tercer cuentista reivindicado por Alfaguara en su colección consagrada a la distancia corta. William Faulkner (New Albany, 1897-Oxford, Misisipi, 1962), el prodigioso autor de Mientras agonizo y El ruido y la furia, retratista del rostro menos amable del Sur de Norteamérica, poblado en sus prosas por personajes desamparados, arrojados a un universo hostil, cuando no abiertamente violento y alcoholizado.

No estamos en este caso ante un conjunto cerrado de cuentos completos. Como ya se apunta en la cubierta del volumen, estos son unos «cuentos reunidos». La versión española preparada para esta edición lleva la firma de uno de los grandes de la traducción de nuestro país: el pamplonés Miguel Martínez-Lage, responsable de trasladar al castellano monumentos literarios como el ¡Absalón, Absalón! del propio Faulkner (editorial La otra orilla) o Vida de Samuel Johnson, de James Boswell (Acantilado), obra por la que obtuvo el año pasado el Premio Nacional de Traducción.

El lector español ya conoce una colección de narraciones breves de Faulkner editada por Anagrama como Relatos. Sin embargo, esta excelente traducción de Jesús Zulaika —autor también para Anagrama de una versión de la formidable y compleja Mientras agonizo— corresponde al libro titulado originalmente Uncollected Stories, mientras que Alfaguara presenta aquí de la mano de Martínez-Lage la traducción de Collected Stories of William Faulkner, un volumen con 42 relatos publicado en 1950 a partir de una selección realizada por el propio autor. No son pues, ni mucho menos, unos «cuentos completos», sino una antología personal que reduce a su cuarta parte la colosal producción del autor en este género.

 

Como apunta el traductor, los cuentos constituyen «una puerta de acceso perfecta al universo Faulkner», que en esta ocasión realiza incursiones fuera del condado de Yoknapatawpha para explorar Francia, Nueva York y el Hollywood donde padeció como guionista entre 1932 y 1945 y que retrata en La tierra del oro. Asoman ya en estos cuentos, además de las atmósferas típicamente faulknerianas, algunos personajes de su novelística, como Ratliff, de la trilogía de los Snopes, o Quentin Compson, de ¡Absalón, Absalón! y El ruido y la furia.

Únicamente un pero a esta cuidada edición. Hay que subrayar el error en el que se incurre al señalar que Faulkner publicó este volumen de cuentos en agosto de 1950 «dos meses antes de recibir la buena nueva de Estocolmo» de que le había sido concedido el Premio Nobel de Literatura.

El autor de Santuario fue galardonado (y notificado) en 1949, aunque es cierto que no recibió oficialmente el premio hasta la ceremonia de diciembre de 1950, donde tuvo que compartir protagonismo con el autor homenajeado ese año, el británico Bertrand Russell.

*Publicado hoy en el suplemento Culturas de La Voz de Galicia

Una novela de museo

Sábado, noviembre 7th, 2009

En su espléndida colección de novelas El cuarteto de Alejandría Lawrence Durrell nos obsequia con una de esas sentencias cargadas a un tiempo de hermosura y profunda verdad: «No puedes amar de verdad una ciudad hasta que ames a alguien que habite en ella». La frase emerge de la memoria al leer la última narración de Orhan Pamuk (Estambul, 1952): El museo de la inocencia, un relato que demuestra a lo largo de más de 600 páginas cuánta certeza encierra la afirmación de Durrell. Porque la nueva novela de Pamuk —la primera que publica tras alzarse en el 2006 con el Premio Nobel— es, sobre todo, una gran novela de amor. Del amor entre sus protagonistas: el adinerado Kemal, de 30 años, y su prima lejana Füsun, una dependienta de 18 años; y del amor por Estambul que derrocha el autor en estas páginas y que, como muchas historias de amor, es en realidad una historia de amor y odio o, mejor dicho, de amor hasta en el odio, de amor hasta en el rechazo a aquello que nos repele del ser amado.

La novela, que también se puede leer en gallego en la excelente edición de Galaxia, narra la obsesión patológica de Kemal por Füsun, que lo lleva a romper el compromiso con su novia Sibel, perteneciente a su clase y educada en Europa. Una obsesión que se prolonga durante décadas para acabar convirtiéndose en ese Museo de la Inocencia al que alude el título, y que es un vano intento del amante por tratar de congelar el tiempo y su destrucción. Así, poseído por ese afán de recopilar toda una existencia, Kemal alza un templo laico en el que, además de acumular toda suerte de objetos relacionados con Füsun, añade hasta el mínimo rastro de los barrios de la ciudad por los que deambularon los amantes. Para dar forma a su sueño, Kemal visitó hasta su muerte nada menos que 5.723 museos, deteniéndose particularmente en esos pequeños recintos en los que apenas hay público y donde el espectador percibe el sonido de sus propios pasos sobre las baldosas. Este museo de ficción, por cierto, cobrará vida en Estambul, ya que Orhan Pamuk está ultimando la apertura el próximo año de un recinto en el que exhibirá una colección de objetos recogidos en mercadillos y rastros y que, de diversas formas, inspiraron esta intensa historia de los amores difíciles.

  *Publicado hoy en el suplemento Culturas de La Voz de Galicia

La ballena blanca

Martes, agosto 4th, 2009

Herman Melville (Nueva York, 1819-1891) escribió dos libros que invocan el silencio. En plata: dos libros que invitan a no escribir ni una sola línea más, a no sumar estériles párrafos a la historia de la literatura, quizás ya consumada en sus páginas. Uno se titula Bartleby, el escribiente, donde su protagonista pronuncia la célebre frase, «preferiría no hacerlo», que Enrique Vila-Matas convirtió luego en lema de los escritores que un buen día deciden callar para siempre: los Bartleby.

El segundo y definitivo navajazo a la yugular del sistema literario se llama Moby Dick y provoca el mismo efecto: quien lo lee se ve aplastado por la abrumadora (y casi castradora) belleza de este texto, que lleva al autor contemporáneo a pensar muy seriamente si merece la pena escribir algo después de llegar, sin aliento ya, a este último y demoledor párrafo: «Entonces volaron pájaros pequeños, chillando sobre el abismo aún abierto; una tétrica rompiente blanca golpeó contra sus bordes escarpados. Después, todo se desplomó y el gran sudario del mar volvió a extenderse como desde hacía cinco mil años». Un punto final que prácticamente es un punto terminal, sin retorno posible.

Porque hubo un tiempo, atrapado en los versos de las sagas islandesas, en que el mar era «el camino de las ballenas» y en Nueva Bedford, el puerto donde arranca la aventura del grumete Ismael, los padres daban ballenas como dote a sus hijas, regalaban marsopas a sus sobrinos y cada noche quemaban velas de esperma. Ese mundo, claro, ya no existe. Por eso hay que leer Moby Dick, para embarcarse junto a Ismael y el capitán Ahab a bordo del Pequod en busca de la gran Ballena Blanca y así «conocer la parte líquida del mundo», como anuncia el grumete en ese incontestable directo a la mandíbula del lector que es el comienzo de esta novela única.

Hay que leer Moby Dick antes de que los apologetas de lo políticamente correcto y los radicales del ecologismo mal digerido promuevan su prohibición (todo llegará). Hay que sumergirse en estas páginas excesivas, por momentos casi bíblicas, para entender de qué están hechas nuestras entrañas.

*Texto publicado en el suplemento Culturas de La Voz de Galicia, el 1 de agosto.

Pascual Duarte

Lunes, junio 1st, 2009

«Yo, señor, no soy malo, aunque no me faltarían motivos para serlo. Los mismos cueros tenemos todos los mortales al nacer y sin embargo, cuando vamos creciendo, el destino se complace en variarnos como si fuésemos de cera y en destinarnos por sendas diferentes al mismo fin: la muerte. Hay hombres a quienes se les ordena marchar por el camino de las flores, y hombres a quienes se les manda tirar por el camino de los cardos y de las chumberas. Aquéllos gozan de un mirar sereno y al aroma de su felicidad sonríen con la cara del inocente; estos otros sufren del sol violento de la llanura y arrugan el ceño como las alimañas por defenderse. Hay mucha diferencia entre adornarse las carnes con arrebol y colonia, y hacerlo con tatuajes que después nadie ha de borrar ya».

Ya sé que está de moda ningunear la literatura de Camilo José Cela. Ya sé que hay mucha gente que se ufana de ignorar sus libros amparándose en las boutades que soltaba con frecuencia el personaje público CJC. Ya lo sé. Pero, a pesar de todo eso, a mí me sigue pareciendo un enorme escritor. Y este arranque de Pascual Duarte es un ejemplo de cómo Cela sabía manejar, como muy pocos, la mezcla de violencia y ternura que hizo grande su narrativa.

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