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Saudades de Barcelona

viernes, febrero 12th, 2016

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Quienes echamos tanto de menos ir al cine y al teatro como las personas normales hasta echamos de menos, como contó Miguel-Anxo Murado, la forma que teníamos antes de no ir al cine, que consistía en que alguien nos explicase adornándose de qué iba la película en cuestión. Entre los extraños vicios que cultivamos los nostálgicos del cine y el teatro está la manía de leer las reseñas de nuestros críticos de cabecera para vislumbrar qué veríamos si algún día volviésemos al cine o al teatro. Con esa curiosidad patológica leemos a Marcos Ordóñez, un sabio cronista de los escenarios y un escritor al que ya adoramos desde sus libros sobre las agitadas biografías de Perico Vidal o Ava Gardner.
Ahora regresa con Juegos reunidos (Libros del Asteroide), un volumen difícil de encasillar en un solo género, que navega entre la autobiografía y el relato fragmentario. Ordóñez restaura aquí una Barcelona que no es que haya desaparecido, sino que ha sido demolida y que ya no se reconoce en barrios inventados, como Astor, que el autor soñó un día al oír mal una canción del Gato Pérez, o que se llevó por delante los drugstores del paseo de Gracia o el del Liceo, “el más canalla, el que congregaba a todo el nocherío ramblero”. En un cuento que es un tesoro oculto en medio del libro, Nuestra canción, regresamos a las tiendas de discos de la calle Tallers y a las librerías que un día rodearon el antiguo edificio de la universidad en la Gran Vía. En el centro del relato el autor nos deja rastros de otras lecturas y otras vidas, como cuando con una leve frase hace que se aparezca El Gran Gatsby:
—Se cansa uno de lo bueno, creyendo que más allá, donde la luz verde del embarcadero, habrá algo mejor, más nuevo, más brillante.
Juegos reunidos nos habla, entre muchas cosas, de esas minúsculas saudades sobre las que se construye la existencia. Como la mujer de blanco que persigue Richard Dreyfuss en American Graffiti o la joven (también de blanco) con la que sueña toda su vida Everett Sloane en Ciudadano Kane. Por ese luminoso inventario de ausencias y vacíos, tal vez este sea un libro único.

Gaziel, el cronista de la Barcelona mínima

viernes, octubre 3rd, 2014

Cuenta Enric Juliana una escena dramática, que retrata con un fogonazo la posguerra (y, por elevación, la historia de este vapuleado país). Transcurre en Lisboa, en la rúa Garrett, un domingo de abril de 1954. Se cruzan en la calle el filósofo madrileño José Ortega y Gasset y el periodista barcelonés Agustí Calvet Gaziel. Son dos de las mentes más brillantes de su generación. Relata Juliana que se conocen y, alguna vez, charlan. Pero ese domingo de exilio, hacia la una de la tarde, el periodista-filósofo y el filósofo-periodista no se dirigen la palabra: «Los dos hombres de la rúa Garrett se cruzan sin saludarse». «Todo se ha perdido. España es un erial y ambos se han convertido en espectros», sentencia Juliana.

Para no repetir la escena de esa España que se ignora a sí misma, que solo lee su propia epidermis, hay que zambullirse en Ortega, claro, pero también en la prosa de Gaziel, que ahora se redescubre al hilo del centenario de la Gran Guerra y de sus deslumbrantes crónicas desde París.

Pero hay otro Gaziel, el cronista de las realidades mínimas que viaja en tranvía, al que volvemos en La Barcelona de ayer (Libros de Vanguardia). En estas estampas escritas de 1919 a 1933 hallamos a uno de esos periodistas que han hecho del columnismo uno de los géneros mayores de la literatura española. Gaziel cuenta aquí, con palabras afiladas y humor agudo, la «incómoda comodidad» de las veladas teatrales, en las que se oía todo tipo de ruidos tapando las voces de los actores, o cómo a principios del siglo XX se plantaron los tilos de la rambla de Cataluña para aliviar el cogote calcinado de los paseantes. También desmitifica su propia ciudad y arremete contra la debacle económica que supuso la Exposición Universal, contra el urbanismo de la época y «la horrible y cuartelera cuadrícula del Ensanche», contra el desastroso diseño de la plaza de Cataluña, a la que los nativos llevaban todavía entonces a pacer sus corderos pascuales, o contra la pérdida de la independencia municipal de Sarriá. Cuando todo está confuso y los espectros se cruzan por la calle, hay que subirse al tranvía (o al bus) y leer a Gaziel.

Con Vila-Matas y Montano

sábado, diciembre 1st, 2012

Como el papel tiene sus limitaciones y algunos buenos amigos me han comentado que les había gustado la entrevista, dejo aquí la versión íntegra de la charla que mantuve con Enrique Vila-Matas esta semana en A Coruña. Un enorme placer, claro.

—Se reedita, diez años después, «El mal de Montano» en Seix Barral, el primer libro español que ganó el premio Médicis…
—Es el libro más premiado de los míos, ha tenido cinco premios, entre ellos el Herralde, el Nacional de la Crítica y el Médicis al mejor libro extranjero publicado en Francia, que yo creo que es el más importante de todos los que he recibido en mi vida. Ahora he tenido con Dublinesca el Premio Cunhambebe de Literatura Extranjera en Brasil, que es el Médicis brasileño y que tiene un gran mérito por los finalistas que había.

—Estaban algunos de los grandes: Roth, DeLillo, Vargas Llosa…
—Supongo que porque eran más grandes han decidido eliminarlos [risas]. Ha quedado Hertha Müller de segunda, lo que me provoca una sensación extraña.

—El Médicis supuso su consolidación internacional y múltiples traducciones
—Sí, bueno, ya la había tenido antes cuando El viaje vertical había ganado el Rómulo Gallegos que fue, digamos, el detonante, y luego se produjo con El mal de Montano que supuso ya la explosión internacional, que en realidad vino dada ya por el libro anterior, Bartleby y compañía. Pero El mal de Montano fue el que recogió la cosecha que había provocado la irrupción de Bartleby.

En eso también es un caso singular en las letras españolas, porque hay autores consagrados en España a los que les cuesta mucho salir con su obra al extranjero, hay una cierta endogamia que hace inexportables ciertos textos…
—Sí, bueno… Quizás es lo que sucede con la repercusión que está teniendo Dublinesca tanto en Estados Unidos como en Inglaterra, ha llegado con críticas muy buenas en el New York Times y el New Yorker, es una especie de salto inglés… Es muy difícil de conseguir. La obra ha sido siempre internacional, pero faltaba la parte más difícil que era sobre todo Estados Unidos. Ahora en un teatro “off Broadway”, de la periferia del canon teatral de Broadway, se va a representar una versión teatral de ocho oras de duración de París no se acaba nunca. Son los mismos que triunfaron el año pasado con El gran Gatsby, que también duraba ocho horas, con la lectura completa del libro teatralizada, que es lo que quieren hacer con París… La idea es hacer vida allí en el teatro un sábado o un domingo, durante ocho horas.

Tiene especial mérito triunfar con un libro que evoca a una vaca sagrada como Joyce en el mundo anglosajón, ¿no?
Sí, corría el peligro de que fuera o muy bien o muy mal. Pero el resultado ha sido realmente apabullante en cuanto a críticas.

Volvamos a Montano. El arranque del libro se le ocurrió un día frente al océano Pacífico, ¿cómo fue ese episodio?
No, no se me había ocurrido exactamente. Yo había empezado El mal de Montano y lo tenía solamente puesto en marcha, sin saber muy bien qué iba a ser. Con la llegada a esta casa del escritor chileno Roberto Brodsky, amigo de Roberto Bolaño, que nos dejó su casa frente al Pacífico, ahí se puso un poco en marcha… Brodsky se reía porque me vio media hora pensativo frente al mar, veía mi silueta, y veía que no me movía, pensaba “qué ocurre con este tipo que acabo de conocer y de invitar a mi casa y está ahí fuera…”. Ahí surgió. Estuve pensando frente al océano, estuve pensando en el ruido del Pacífico… Todas las novelas se construyen muy lentamente, a base de reunir datos, apuntar ideas, algunas sirven, otras no… Nombrar una cosa, apuntar, pensar cuáles son las ideas fundamentales del libro y al final esas ideas fundamentales conectan a la hora de escribir. Y digamos que se puso todo esto en marcha en esa playa del Pacífico, la playa de Tunquén, en Chile. Era el fin del milenio, finales de diciembre del 2000, pasé allí una noche inolvidable. Fue un viaje bastante epifánico. Descubrí a Tongoy, que en realidad es un actor francés llamado Daniel Emilfork, al que después conocí en París. En este viaje tuve noticia de él por primera vez, porque una amiga chilena, Carolina Díaz, lo había entrevistado como “el hombre más feo del mundo”. Pasé a llamarlo Tongoy, que era la zona en la que yo estaba frente al Pacífico. Se convirtió en este personaje, Tongoy, el hombre más feo del mundo, que luego visité en París y estaba encantado de ser un personaje de mi novela. Era un hombre encantador, que ya murió. Era un gran actor shakesperiano, aunque se especializó en películas de terror.

O sea, que fue como una de esas epifanías de las que hablaba Joyce.
Sí, bueno, el que yo entonces era salió hablando del ruido del Pacífico, estaba convencido de que el Pacífico tenía un sonido distinto, del que también habla Neruda en un poema donde dice que el Pacífico tiene “un sordo ruido a fragor de batalla antigua”. Y es cierto que tiene esta potencia el ruido de las olas. Fue como un momento interesante dentro del

A ver si el Atlántico, que tenemos aquí al lado y también tiene un ruido especial, también le inspira un nuevo libro.
Veremos.

—Tanto «Bartleby» como «Montano» marcan un cierto punto de inflexión en su trayectoria y abren la senda a esa indagación literaria posterior. ¿Tiene esa misma percepción?
—Tal vez el punto de inflexión venga dado por la repercusión y el alcance que tuvo en cuanto a lectores, y que sigue teniendo, Bartleby y compañía. Visto con la perspectiva actual, lo que hizo fue ponerme más alegre, con más ánimo para continuar con lo que estaba desarrollando desde hace años. Y posiblemente fue lo que facilitó ese ensayo que está en Desde la ciudad nerviosa en el que explico cuál es mi teoría sobre la literatura, reflexiono sobre mi propia obra y que pone en marcha una segunda etapa en lo que yo escribo.

—¿La teoría narrativa se hace al escribir?
—Sí, a la larga se va haciendo. Es muy bueno programar qué vas a hacer con una novela, pensarla mucho antes de empezar a escribirla. También es cierto que, cuando te pones a hacerla, los personajes mismos se inventan a otros personajes y conducen a otros lugares y pensamientos que uno también desarrolla en el libro. Te conducen a un lugar inesperado dentro de un orden que tú has programado inicialmente.

—Arremete en «El mal de Montano» contra el realismo español, tan castizo y tan del siglo XIX, que ahí sigue. ¿Nunca nos libraremos de esa tara?
—Durante muchos años, para escribir siempre he pensado que es necesario tener algún enemigo o estar en contra de una idea, y desarrollar en una novela algo contra una idea. En este sentido, los realistas españoles, que nunca he sabido quiénes son exactamente, forman como una especie de conspiración hispánica en realidad contra la realidad, porque son los menos realistas que he conocido. Creen que la realidad se puede copiar y es un error. Pero bueno, esto pasó un poco a la historia. Ya no siento ese odio por los realistas españoles, me he alejado del contexto español que en aquella época me inquietaba y me preocupaba más que ahora.

—¿Habría que desterrarlos a la isla del Realismo, como decía Chesterton?
—Sí, sí… Todo esto viene de una anécdota muy sencilla. Yo tenía quince años cuando hice mi primer viaje fuera de Barcelona con dos compañeros de colegio. Cuando llegamos a Madrid entramos en el museo del Prado y a mí, que no sabía nada del mundo, ni de la vida, ni del arte, me sorprendió muchísimo que los cuadros de Velázquez los estuvieran copiando pintores de caballete domingueros. No sabía que existía la copia del cuadro, me parecía un trabajo inútil copiar algo que ya existía, me pareció totalmente absurdo. Esto es totalmente naíf por mi parte, pero explica por qué a mí siempre me ha parecido absurdo copiar las estructuras narrativas de la novela del siglo XIX. Me parece absurdo hacer una repetición. Es justo al contrario, todo lo que no es repeticion es diversión para el que escribe. Hay que ser arriesgado, tener cierta valentía, no tener miedo a fracasar y, si se fracasa, escribir otro libro, no temer a tus enemigos, sino todo lo contrario.

Ahí entra también el concepto de literatura como juego, como invención.
Sí, sí. Y no tener miedo al fracaso, porque vas a volver a probar y siempre alcanzarás algo más interesante que si te limitas a comportarte modositamente.

Que es el método de la ciencia: ensayo y error.
Sí, la ciencia, claro, y equivocándose. Se trata de esto. Lo contrario es absurdo, es inútil.

—Ese «establishment» de las letras españolas es reacio a las nuevas tecnologías, donde usted se encuentra muy cómodo.
—Sí, me parece que además lo hago con naturalidad. Estoy en Internet con la web, el blog y leo muchísimo los periódicos digitales y los blogs, son un instrumento muy útil para mí.

—¿No teme el apocalipsis digital que auguran algunos?
—No, es que España sigue siendo un país muy conservador donde a la gente le cuesta mucho comprender los avances, ya pasaba lo mismo con el cine. Ha costado mucho y cuesta. Tenemos a los políticos, por ejemplo, que al final han comprendido la fuerza de Twitter y de Facebook, pero que son aburridísimos, como ellos mismos, en sus Facebook y Twitter, o sea, que no han comprendido de qué se trata.

—¿Están en Twitter los aforismos de nuestro tiempo?
—Bueno, Twitter solo es escritura cuando hay algún aforismo brillante…

—Estaba pensando, por ejemplo, cuánto le gustaría a Ramón Gómez de la Serna usar Twitter.
—Bueno, es que Gómez de la Serna era un tuitero, ¿no? Lo he seguido leyendo a lo largo de los años y tiene algunos aforismos donde acierta fantásticamente y otros muy flojos, pero quizás es porque escribió mucho.

—Se halla entre «Bartleby y compañía» y «El mal de Montano» un libro único, titulado «Desde la ciudad nerviosa, donde disecciona su ciudad, Barcelona. Definió esta obra como una colección de textos atípicos donde se mezclan ensayo, ficción, autobiografía y el género del viaje interior. Pero esta definición valdría para el conjunto de su obra, ¿no?
—Sí, aunque he ido cambiando y mezclando de forma diferente esta combinación en cada libro. Por ejemplo, en Aire de Dylan, mi último libro, no hay ensayo prácticamente, sino material sobre todo narrativo, aunque mezclado con una reflexión de orden moral y literaria en torno al posmodernismo y la necesidad de que nos volvamos a relacionar con el modernismo, y también en torno a la imposibilidad de que nos volvamos a relacionar con el modernismo. En Aire de Dylan he colocado un padre que representa un personaje con muchas caras y heterónimos, que representa al posmoderno, enfrentando a un hijo que desea ser auténtico, que es lo que más detesta el posmoderno, la autenticidad. Un mundo de retorno a lo clásico enfrentando a un mundo posmoderno, en decadencia. Y no he sacado consecuencias, solo he hecho preguntas en torno a esas diferencias.

—¿Volveremos a lo genuino o es un retorno imposible?
—No va a ser posible, el mundo ha cambiado tanto que el enlace con lo anterior resulta muy difícil. Pero al mismo tiempo se puede escribir sobre esa imposibilidad de enlazar con el modernismo. Es curioso, pero también se puede escribir sobre el hecho de que no tenemos futuro y, al mismo tiempo, esa es la única posibilidad de futuro que tenemos, en contra de lo que piensan algunos que creen que este tipo de literatura conduce a un callejón sin salida; pero no, precisamente es el único callejón posible para escapar del callejón sin salida real. En el fondo, ser conscientes de que no es posible conectar con el modernismo. Ese futuro solo lo tenemos escribiendo que no tenemos futuro. Porque mientras decimos que no tenemos futuro, que en el fondo no es más que una figura retórica, estamos trabajando en el presente, aunque sea en las ruinas de algo. Ahí es donde se mueve mi literatura en estos momentos.

—¿Sería entonces la literatura una forma de escapismo?
—No, escapismo, no, ninguno. Conciencia de situación ruinosa y reflexión sobre esa situación desde el fondo de las ruinas.

—Elevarse, no escaparse.
—Sí, es todo lo contrario de dar por muerta la literatura, sino saber que lo está para poder emerger de esas ruinas.

Podemos seguir jugando, entonces.
-Siempre, hasta hoy en día no ha desaparecido la literatura, que sepamos, ¿no?

No.
Tampoco va a desaparecer en el futuro si está en manos de gente que es consciente de su situación crítica, porque los que alegremente van repitiendo la novela decimonónica, pues pueden ser grandes escritores, como Iris Murdoch, pero simplemente se dedican al entretenimiento, que ya es mucho, ¿no?

No innovan.
Estoy hablando de Iris Murdoch, que es una gran escritora. Es compaginable con los que mantienen viva la llama del presente, que también existe, aunque sea más pasajero.

¿Sigue definiéndose como un hombre enfermo de la literatura?
Hubo una confusión, la gente cree que yo estoy enfermo de literatura, pero cuando yo estoy solo en mi casa estoy viendo partidos de fútbol… Sí es cierto que supe, creo, darle un nombre a un síntoma con el que se identifican algunas personas. Otros están enfermos de televisión, pues yo hablé de los enfermos de literatura, que sí existen, pero el síntoma no tenía un nombre concreto hasta que yo se lo dí y ha quedado.

¿En qué anda trabajando?
Ando trabajando en una novela que vuelve a mezclar con la biografía y el ensayo, la más ambiciosa digamos que he hecho hasta ahora. Creo que estoy en un momento en el que puedo atreverme a hacer este libro que estoy haciendo. Y no quiero decir nada más…

—Barcelona ha estado más nerviosa que nunca estos días… ¿Como ha visto las elecciones?
—Ha aparecido un Parlamento muy plural, que indica algo muy sano que es una pluralidad en un país como Cataluña. Y un Parlamento tan plural plantea problemas complejos, que exigen soluciones complejas a través del arte de discutir.

Foto:  Paco Rodríguez.

Vila-Matas: «De haber hecho cine, me habría parecido a los Coen»

sábado, marzo 24th, 2012

En su última novela, , Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948) salta de Dublín a América en la enésima vuelta de tuerca del autor a su obra única.
—Después del «salto inglés» de «Dublinesca» ahora emprende una especie de «salto americano».
—Se puede decir también que de la Odisea dublinesa (Ulises) he ido a parar a mi barrio de Barcelona (Ítaca), porque es en ese barrio poco conocido de mi ciudad (la calle Buenos Aires y alrededores), donde suceden gran parte de los hechos que narra mi novela.
—Digo lo del «salto americano» porque también hay aquí una atmósfera del cine de los hermanos Coen, de esa capacidad que tienen de hallar y de narrar lo asombroso (y a veces lo monstruoso) en medio de lo cotidiano, que precisamente es otra clave de su obra.
—Para ciertos momentos de la novela tuve presente  de los Coen. Un «salto americano» en la calle de Buenos Aires de Barcelona. La verdad es que cuando veo películas de los Coen me divierto enormemente con ellos. De haber hecho cine, seguramente me habría parecido a ellos, aunque no les habría llegado nunca ni a los zapatos. En cualquier caso, algo está claro: compartimos un cierto sentido del humor. Ahora solo queda por esperar que los Coen quieran leer . Si alguien los conoce, les puede decir que ya pueden ir preparándose para filmar en Barcelona.
—Si mis cuentas no fallan es su novela número 25. ¿Podemos hablar de que en el fondo está escribiendo una única novela?
—Siempre he dicho que trabajo en una obra en la que todo está conectado. En cada libro doy una vuelta de tuerca más.
—En obras recientes exploraba los abismos y se asomaba bajo la piel de personajes enfermos o en proceso de demolición, pero en esta obra se identifica con Lancastre, un autor muerto. ¿Es quizás una mirada desde el fondo de la piscina como la de William Holden en «El crepúsculo de los dioses»?
—Me critico a mí mismo en el libro y la verdad es que, al imaginarme muerto, me siento más libre para hacerlo.
—Vuelve a ocuparse aquí de la compleja relación entre padres e hijos. Lancastre está muerto y Vilnius, bajo su sombra hamletiana y kafkiana, se empeña en construir un Archivo General del Fracaso. ¿El hijo siempre fracasa desde la perspectiva del padre?
—No sé cómo fue que imaginé que, a través de un leve golpe en la cabeza, un hijo heredaba de golpe (y nunca mejor dicho) la memoria y experiencia de su padre. Ese fue uno de los motores de arranque del libro.
—Otro motor es la frase «Cuando oscurece siempre necesitamos a alguien», atribuida a Fitzgerald, que recorre la novela. ¿Resume en cierta medida esa historia del fracaso o de la demolición, como decía el propio Scott Fitzgerald, que es en el fondo la vida?
—Claro. Mi novela ilustra aquel famoso comienzo de  del propio Fitzgerald: «Claro, toda vida es un proceso de demolición». Hay un tipo de demolición que parece producirse con rapidez, y otro que se produce casi sin que uno lo advierta, pero lo que nunca falla es esto: la vida, a la hora de destrozarnos, tiene la terca paciencia de la marea.
—Y además de reivindicar el derecho al fracaso, que también es un arte, reivindica el derecho a la contradicción, que es el derecho a la reinvención de uno mismo, ¿no?
—Exacto. Algo que recuerda al Dylan de , aquel disco con el que nuestro cantante confirmó una vez más que su gran fuerza residía en no estar nunca donde se le esperaba.

Foto www.enriquevilamatas.com

En los mundos de Vila-Matas

domingo, diciembre 12th, 2010

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Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948) ha cambiado de editorial, de agente y hasta de casa. Ha dejado su legendaria atalaya de la Travesía del Mal -como apodaba a su antigua calle: la Travessera de Dalt-, desde la que veía Barcelona derramarse hasta el mar, por un piso en el bullicioso Ensanche. Pero lo que no ha mutado es su literatura, felizmente heterodoxa, al margen de capillas y academias. Es la voz más radicalmente innovadora de su generación y, cuando todavía late el «salto inglés» que trazó en marzo con la edición de Dublinesca, Vila-Matas vuelve a tensar las neuronas de sus devotos con la publicación del ensayo Perder Teorías (Seix Barral) y la obra colectiva El juego del otro (Errata Naturae), en la que comparte espacio y travesuras con Paul Auster, Jean Echenoz, Barry Gifford y los artistas Paul Klee y Sophie Calle.

-En El juego del otro mantiene una curiosa charla con Jean Echenoz sobre las imposturas literarias.

-En la conversación hablamos de un bar de Barcelona, llamado El Aviador, que existió muy poco tiempo y que a Echenoz le entusiasmó la noche que nos llevó allí Sergi Pàmies, porque era como una escena de sus novelas, todo lleno de hélices, de fotos de aviones, de aviadores… Como hablamos de la impostura, parecía que yo me había inventado lo de El Aviador, pero no me lo invento.

-Siempre hay esa sospecha de que en sus libros todo es inventado, o medio inventado.

-Sí, siempre la hay. Pero normalmente no hay nada inventado. Lo parece, pero no lo es.

-Y con Echenoz charla además sobre el mundo de las presentaciones literarias.

-Porque somos muy amigos, pero solo nos hemos visto cuatro veces y siempre en presentaciones de libros. Entonces ahora hemos decidido organizar la presentación de un libro que no existe y así seguimos conociéndonos a través de presentaciones de libros.

-En el volumen también comparte páginas con Paul Auster, con el que tuvo un encuentro en Nueva York.

-Lo conocí a través de Eduardo Lago, que lleva más de 25 años en Nueva York. Se cansó de este país y fue a Nueva York a iniciar una nueva vida, a ser otro. Él se fue a vivir a Brooklyn y se convirtió en un escritor del barrio. Entonces fui a casa de Paul Auster por esto, simplemente porque yo era un amigo de un escritor del barrio, Eduardo Lago, así de sencillo. Si a ello añadimos que Auster es muy cordial y un tipo muy sencillo, pues fue todo muy fácil.

-Acaba de publicar Perder teorías, un anexo de Dublinesca que propicia una curiosa relectura de la novela.

-Sí, pero lo que ocurre es que el texto de Perder teorías procede de una conferencia que di en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona, titulada El sentido de la espera, y que en realidad fue el origen de Dublinesca. O sea que se ha entendido mal, porque en Francia se publicaron al mismo tiempo Dublinesca y Perder teorías; en cambio en España se publicó en septiembre, mientras que Dublinesca salió en marzo. Incluso en alguna reseña se ha dicho que es un oportunismo mío el colocar ahora un anexo de Dublinesca. Nada más lejos de la realidad, cuando Perder teorías es el origen de Dublinesca, y no al revés.

-Y por eso, porque es un punto de partida, los cinco rasgos esenciales de la novela del futuro que describe en Perder teorías se aplican ya en Dublinesca.

-No los apliqué deliberadamente, porque no estaba pensando en aplicarlos, pero luego me di cuenta de que en realidad es lo que he hecho.

-«Se hace teoría al andar», como apunta en otro pasaje.

-Sí. El truco sería publicar la novela y al lado el librito de teoría, como en Francia. Dados los tiempos que corren…

-¿A qué se refiere?

-Ahora las editoriales dicen que tienen dos secciones, la de best seller y la de novela literaria…

-Eso de «novela literaria» es una expresión por lo menos peculiar, ¿no?

-Sí, en una ocasión le preguntaron a Eduardo Lago si no creía que su novela era «demasiado literaria» y él se quedó pasmado… Como está en Nueva York y no está enterado de lo que pasa aquí…

-Una novela demasiado literaria…

-A mí una vez por la radio me preguntaron: «Oiga, ¿pero qué le pasa con la literatura que le interesa tanto?» [Risas]. Es como si a un torero le preguntan: «¿Qué le ocurre a usted con los toros?».

-La blogosfera también le interesa especialmente.

-Sí, en los blogs obtengo mucha información y me entretengo mucho, sí.

-En la literatura española usted es de los pocos que hace uso sin remilgos de Internet. ¿Por qué tantas cautelas?

-¿Sabes qué pasa? Me atrevo a decirte que eso es por la falta de curiosidad española, que todo esto no les interesa. Hablo muy en general, claro.

-Pero sin curiosidad acabamos metidos en un mundo muy cerrado, ¿no?

-Sí, muy cerrado, sí. España ya lo era y sigue siéndolo hacia lo extranjero.

-Es paradójico que siga sucediendo ahora, cuando la Red abre muchas puertas.

-Pero España es un país muy cerrado, que además se cree que es el centro de la literatura en castellano, cuando ya no lo es, cuando el centro se ha desplazado por completo. Buenos Aires es mucho más potente literariamente que Madrid o Barcelona.

-Están haciendo cosas interesantísimas en Argentina. Piglia, Aira, el añorado Fogwill…

-Muy innovadores y muy diferentes. Yo lo de aquí lo veo muy pequeño. Además es así: América Latina es muy grande y España es un país muy pequeño. Yo lo veo con el Cervantes, que sea un año para un español y otro año para un americano…

-La proporción es algo desproporcionada.

-Sí. Y la proporción también está mal porque entre los latinoamericanos premian a los más académicos, a los que tienen más influencia, pero que no son precisamente los mejores escritores.

Vila-Matas ya está sumergido en la creación de su próxima novela, «una investigación sobre el fracaso y el mundo de las citas literarias» que se publicará en el 2012. Pero un año antes verán la luz seis títulos, entre ediciones de bolsillo y recuperaciones, como En un lugar solitario, volumen que reunirá sus cinco primeros libros.

-¿Les añade algo nuevo?

-Lleva un prólogo larguísimo mío, que es mejor que el resto del libro y explica por qué los hice, al estilo de París no se acaba nunca. Me ha servido a mí también, porque he descubierto que era solo lector de poesía y como no había leído narraciones, no tenía ni idea de narraciones, y no sabía hacer narraciones. No es que me justifique, es que yo mismo descubro por qué esos comienzos tan vacilantes, a parte también de que trabajaba poquísimo, llevaba otra vida, en fin…

-Y ahora que el género parece resucitar, en el 2011 volverán a las librerías los cuentos de Vila-Matas. ¿Qué relatos reedita?

Chet Baker piensa en su arte es una antología de los cuentos desde Una casa para siempre hasta uno inédito de 80 folios, El Doctor Finnegans y Mr. Gide, que es un poco como La noche de Génova de Paul Valéry. Mi personaje va a Turín y se encierra una noche, para intentar crear un artefacto como el Finnegans Wake, pero que la gente lo pudiera leer como si fuera un Simenon. El problema de Chet Baker… es que es un texto duro, muy duro. Por eso lo publico dentro de este libro, porque sería difícil publicarlo como un texto independiente.

-Hay que regatear al mercado.

-El otro día oía a una ministra que citaba la frase de Darwin: «No sobreviven los más fuertes, ni los más inteligentes, sino los que mejor se adaptan al medio». Es cierto. Esto es lo que ocurre con el mercado. Miguel Ángel con la Capilla Sixtina también se adaptó al medio, porque lo que había era un Papa y un encargo, y a lo mejor él lo hubiera querido hacer en otro lugar, pero del encargo de un Papa sacó la Capilla Sixtina. Se adaptó. Así sobrevives.

 

Ilustración: Edgardo Carosía

Entrevista publicada hoy en La Voz de Galicia

Las edades del hombre

jueves, enero 21st, 2010

No sé quién dijo que la prueba irrefutable de que te has hecho mayor llega ese día en que compruebas, estupefacto, que ya eres más viejo que los jugadores de fútbol, esos mismos tipos a los que en la infancia contemplabas a una distancia cronológica casi infinita. Esta teoría, absolutamente inamovible, la vamos trampeando durante un tiempo, echando mano de las fichas de algún que otro portero o central talludito que, a base de gimnasio, prolonga su carrera hasta el filo de los 40 tacos. Pero, según avanza esta movida de los quinquenios y sus incertidumbres, van escaseando los peloteros que pasan de las 35 castañas.

Llega entonces otro instante demoledor: uno descubre que ya no tiene la edad de los futbolistas, sino de los entrenadores. Me acaba de suceder hace unos días. El 18 de enero, para ser más precisos. Cuando las teles relataron que Pep Guardiola, cosecha del muy interesante 1971, cumplía 39 años. Cielos. El tío que ha ganado seis títulos en una temporada con el Barça sólo me saca un mes y pico sobre el planeta Tierra.

A punto de sumar en mi cuenta los 39 tacos de Guardiola, y con la vitrina de las Copas de Europa todavía de vacío, sólo me queda un consuelo en esta peculiar cronología futbolera: aún no he llegado a la edad de los seleccionadores nacionales. Del Bosque queda muy lejos.

A quince años luz

viernes, octubre 2nd, 2009

He vuelto a Barcelona. He vuelto, incluso, a la Universidad. Al antiguo y hermoso edificio de la Gran Vía. Y he pensado en cómo era yo hace quince años, cuando andaba por aquellos pagos estudiando los entresijos del álgebra conmutativa en la Facultad de Matemáticas. Así que he abierto mis “diarios de papel” (entonces no había blogs) en la página del 2 de octubre de 1994. Sí, hace exactamente quince años. Quizás a algunos os suene, porque reformé parte de estos textos para disfrazarlos como los diarios de Miguel Andrade en mi novela La noche de las palabras. Esto, o algo parecido, era yo el 2 de octubre de 1994 en Barcelona:

“Atardece sobre la sierra de Collserola y contra el cielo de cinc se dibujan las sombras chinescas del Sagrat Cor y la Torre Foster, que parpadea solemnemente como este otoño (aquí dicen tardor, que es una hermosa palabra para aprehender esa realidad huidiza como la misma lluvia de estos meses) que renace una vez más  con la misma crueldad metálica y verduzca de cada año, como el olor a lluvia que empapa la brisa que azota el Vallés con su lengua áspera”.

La noche de las palabras

sábado, agosto 15th, 2009

NACE UN CREADOR, por César Casal*

Tiene futuro este Miguel Andrade. Tanto como lo tiene su creador, Luís Pousa. Miguel Andrade es ese pintor y hacedor de diarios que protagoniza la primera novela del periodista de La Voz y escritor Luís Pousa. Se titula La noche de las palabras, en verso prestado por Louis Aragon, y, como las muñecas rusas y los huevos Kinder, tiene sorpresa. Miguel Andrade da para hacer una serie con él. No les tiene nada que envidiar a otros personajes nacidos de la tinta. Y así lo reconoce su inventor, al anticipar, tras conocer que había ganado el premio Arenas, que Andrade puede tener continuidad en nuevos relatos.

Pero vayamos con el actual, con esta La noche de las palabras, que nos pasea, al borde del mapa, de Barcelona a A Coruña, como en una pesadilla o en la resaca horrible de la anestesia. Andrade sufre un accidente y despierta en un hospital. Recibe las primeras visitas y evoca su vida. Desde su cama de hospital pasa de la química a la alquimia y el autor aprovecha para recuperar sus diarios o las cartas que el pintor se enviaba a sí mismo y en las que se contaba su propia vida. Andrade es un tipo peculiar. Una especie de bomba de relojería, acostumbrado a la peor vida. Su óleo es la noche. Y tiene uno de esos corazones que, mordidos por una prostituta, funcionan como una granada. Uno, leyendo las andanzas de este Quijote de garito y pincel, de este artista que triunfa mientras colecciona y colecciona absurdos (la suma de los días, muchas veces, no es más que otro absurdo), se da cuenta de que este tipo de seres humanos, destrozados por dentro, solo necesitan en los hospitales transfusiones de gasolina, nunca de sangre. Andrade funciona con queroseno de fuerte octanaje.

El libro está bien armado. Y al personaje, ya está dicho, tan bien construido, o destruido, dan ganas de ir a verlo al hospital para darle los abrazos que nunca ha encontrado. A quienes conocemos a Luís Pousa, compañero en La Voz y autor del espléndido libro de poesía O embigo do mar (Espiral Maior), nos sorprende que su registro literario sea una especie de máquina registradora de voces como la de Bukowski o el Umbral más canalla. Es Luís Pousa, en apariencia, hombre delicado al que uno nunca le supondría el vicio de mirar lencerías en las telas de araña de los tendales de los patios de vecinos. Pero la literatura tiene estos milagros y, debajo de una sotana, siempre puede haber una pistola que se alegra de conocerte.

Lean al nuevo premio Arenas y recibirán así la bofetada final, la sorpresa que esconde en su último sorbo. Un chispazo que demuestra que Luís Pousa será autor de aliento, capaz del aliento más negro y de la esencia de la poesía. El talento, cuando se tiene, siempre es ambidiestro. Estamos ante un maestro de esgrima de la escritura, dueño de la primera, segunda y tercera persona al narrar. Imposible pedir más y mejores combinaciones a este cóctel de palabras.

*Texto publicado hoy en el suplemento Culturas de La Voz de Galicia

Más información sobre el libro en el blog de La noche de las palabras

 

 

 

Tres ciudades enlazadas

viernes, enero 30th, 2009

Es curioso cómo, a través de una serie de bitácoras, se ha ido trazando un camino de ida y vuelta, de enlace en enlace, entre tres ciudades blogueras: A Coruña, Barcelona y Zaragoza. Uno puede partir de aquí mismo, de esta ciudad atlántica suspendida en los puntos suspensivos de Estíbaliz Espinosa, y brincar al Hotel junto a la vía que tiene abierto Álex Nortub en Barcelona. Allí, en BCN, se puede uno quedar plácidamente en Hasta Elena, en El lamento de Portnoy, en la web de Vila-Matas (que tiende al blog, sólo que nos tiene a la espera para crear expectación), en Semper Tremulusa o en Iceland bailout plan (9). En caso de lluvia, siempre puede uno cobijarse bajo el Paraguas en llamas de Jordi Mestre o emprender, sin más rodeos, el vuelo hasta Zaragoza para aterrizar, por ejemplo, en la biblioteca de Antón Castro. En la misma ZGZ se pueden subir los 39 escalones de Alfredo Moreno o reposar entre nómadas con Marta Navarro. Marta nos abre la puerta al MigraMundo de Guillermo Pardo, ya en A Coruña, donde rodamos de blog en blog para rastrear El cuadernillo verde de María B., el Im-Pulso de Félix SoriaLa Huella Digital de Nacho de la Fuente,  y para desembarcar luego en el camarote coruñés (Javier Pedreira, Wicho) de ese trasatlántico llamado Microsiervos. Se impone una última parada en los mundos virtuales de dos coruñeses hasta las cachas emigrados en Bilbao, Pablo Gallo, y en Bruselas,  Gritando a voces en alta mar, antes de rematar el periplo en la acogedora casa en la que cohabito, entre otros grandes blogueros y amigos, con César Casal, Rubén Santamarta, Sandra Faginas, Antía Díaz, Miguel Piñeiro, Paco Sánchez, Fernando Hidalgo, Jorge Casanova, César Rodríguez, Olalla Sánchez, Francesc Pumarola, Carlos Agulló y los gallegos errantes de Global Galicia. Y ya estamos de regreso. Teniendo links, quién necesita puentes aéreos. A Coruña-Zaragoza-Barcelona es ya una conurbación bloguera.

Perdón por los más que probables olvidos (mis neuronas ya no son lo que eran). Un saludo a todos (incluso a los olvidados) desde esta región ocultamente furibunda.

La línea Maginot

martes, enero 27th, 2009

Recapitulemos. Tenemos el viaje alrededor del cráneo. Y el viaje alrededor del propio cuarto. Pero hay otra forma de viaje breve, de viaje de andar por casa, que consiste en limitarse a pasear por el barrio, sin poner un pie más allá de las fronteras ficticias (o reales) de ese territorio primigenio, casi uterino, en el que nos sentimos tan cómodos como bajo la luz del flexo del hogar. A mí, a veces, me entra ese vicio de no salir del barrio. Curiosamente, he observado este fenómeno en ciertos habitantes de las grandes ciudades, que renuncian a explorar el resto de la urbe y se aferran a su rincón, a su café e, incluso, a su esquina en la barra del café. El auténtico indígena del barrio no lo abandona jamás. Es un Robinson que sobrevive con los nutrientes que encuentra en su pequeño pedazo de acera. Luego, claro, llegan los colonizadores, con sus franquicias, sus multinacionales y sus movidas, y el barrio se convierte en una especie de Disneylandia solo para turistas. Y a Robinson lo disfrazan con un traje folclórico para que los guiris le saquen fotos y le pidan autógrafos.

Pero volvamos al viaje de barrio. En todos los lugares en que he vivido siempre he detectado la presencia de una línea imaginaria, que yo llamo línea Maginot, que, por alguna extraña razón, actúa como frontera entre el barrio en el que habito y el resto de la ciudad. Cuando vivía en Barcelona, en el barrio de Gràcia, en la calle Perill (Peligro, dónde si no), la frontera imaginaria era travessera de Gràcia. Cruzar la travessera era abandonar el mundo conocido para explorar quién sabe qué extraños territorios. Los antiguos escribían en los límites de los mapas: «Aquí hay leones». Yo no sé si había o no leones, pero por si acaso no atravesaba la calzada.

En A Coruña he vivido ya en cuatro lugares diferentes, y siempre he tropezado con esa línea Maginot que, durante semanas, no me apetece atravesar. No por nada, sólo porque me siento un poco desamparado más allá de mis murallas mentales. Ahora vivo en la Ciudad Vieja, junto a la puerta del jardín de San Carlos donde se levanta la sepultura de sir John Moore. Como estoy en un extremo de esta península urbana, el Atlántico rodea casi todos los senderos imaginarios, así que por ese lado marítimo no hay peligro, el oleaje establece los límites. Pero hay un itinerario posible, que atraviesa la plaza de María Pita y que conecta mi barrio con el resto de A Coruña. Ahí tropiezo. Contra esa línea Maginot me estrello a menudo. Y reboto. No logro ir más allá. ¿Será que me estoy convirtiendo en un hikikomori de mi barrio?