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De los rayos cósmicos al laberinto literario

Domingo, mayo 1st, 2011

Amaba los números y su cartografía exacta de las cosas, pero también le fascinaba el tenebroso caos que reina en la mente humana. Ernesto Sábato, que cumpliría cien años el próximo 24 de junio, hizo literatura hasta con la toponimia de su vida: nació en Rojas y murió en Santos Lugares (siempre en la órbita de Buenos Aires). Primero trató de comprender el universo a través de la física y se dejó las pestañas indagando los secretos de los rayos cósmicos en los laboratorios del Instituto Curie de París y del MIT. En 1939, al borde de la Segunda Guerra Mundial, París ya no era una fiesta, pero sí era un hervidero de creadores, revolucionarios y bohemios, que reinventaban el mundo en las madrugadas de las buhardillas. Allí Sábato se contagió del virus surrealista y se conmovieron los cimientos de su cerebro científico, que empezaba a derrapar hacia esas otras formas de conocimiento que llamamos arte y literatura.
A su regreso a Argentina en los cuarenta, se sumó a la guarida libresca de Borges y Bioy Casares y echó el cerrojo definitivamente a su paso por la ciencia. El doctor en física se transformó en escritor con la publicación de su ensayo Uno y el universo (1945) y de su célebre novela El túnel (1948), en la que acuñó un estilo sin filigranas más preocupado por explorar las tormentas de la mente que por jugar con los adjetivos.
Definió el horror en el estremecedor informe Nunca más (1984), documento en el que se da cuenta de las 30.000 muertes y desapariciones ordenadas por la dictadura entre 1976 y 1983, y pintó Argentina de un solo trazo en esta frase gloriosa: «El mundo nada puede contra un hombre que canta en la miseria».

Un libro con dos comienzos

Jueves, agosto 7th, 2008

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Como explica Julio Cortázar en el Tablero de dirección que abre Rayuela, «a su manera este libro es muchos libros, pero sobre todo es dos libros. El primero se deja leer en la forma corriente y termina en el capítulo 56, al pie del cual hay tres vistosas estrellitas que equivalen a la palabra Fin. Por consiguiente, el lector prescindirá sin remordimientos de lo que sigue. El segundo se deja leer empezando por el capítulo 73 y siguiendo luego en el orden que se indica al pie de cada capítulo».

Por tanto, la gran contranovela del brujo Cortázar no tiene uno, sino al menos dos comienzos: el que se sitúa, siguiendo las convenciones del género, en el arranque del volumen y el que se asoma a la página 438 bajo la cifra 73 que numera este capítulo que, en realidad, no es un capítulo, sino un fragmento, como probablemente Rayuela tampoco es exactamente una novela, sino otra cosa. Ahora está de moda entre los sabihondos del lugar afirmar, con la voz muy engolada y el careto pomposo, que este libro inabarcable es una obra para adolescentes o peterpanes inmaduros que no han superado la pubertad, que lo que mola son los novelones al estilo decimonónico, fieles a la doctrina canónica del inicio-nudo-desenlace. Y punto. Vale. Creo que basta con escudriñar con un poco de sosiego estos dos comienzos para descubrir que Cortázar es, sin duda alguna, uno de los grandes. El resto, que vayan chupando rueda. Si pueden, claro. Que alguno, pese a las campanadas y corifeos de sus colegas de camarilla, no sirve ni para plagiario.

Estas son, a fin de cuentas, las dos puertas de acceso a la mágica Rayuela:

1: «¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua. Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo dentífrico».

73: «Sí, pero quién nos curará del fuego sordo, del fuego sin color que corre al anochecer por la rue de la Huchette, saliendo de los portales carcomidos, de los parvos zaguanes, del fuego sin imagen que lame las piedras y acecha en los vanos de las puertas, cómo haremos para lavarnos de su quemadura dulce que prosigue, que se aposenta para durar aliada al tiempo y al recuerdo, a las sustancias pegajosas que nos retienen de este lado, y que nos arderá dulcemente hasta calcinarnos».

P.D. Dedicado a Ayelén, Brais y demás amigos del lado de allá, de ese Buenos Aires que es, también, un pedacito de Galicia, o de París, o como quiera que se llame el lado de acá (si es que hay lado de acá y lado de allá, que a lo mejor todos estamos del mismo lado, y eso de acá y de allá ya no significa apenas nada).

La auténtica Europa unida

Miércoles, junio 25th, 2008

Ya lo dijo aquí Miguel Piñeiro, mi vecino del piso de arriba de esta escalera que forman los blogs de La Voz: lo único que de verdad une a Europa es el fútbol. O sea, durante el curso escolar, la Champions; y en verano, cada cuatro años, la Eurocopa. Por ejemplo, los políticos tardarán años, muchos muchos años, si es que al final lo hacen, en admitir en el selecto club de la Unión Europea a Turquía, un país que hoy jugará, sin mayores problemas, las semifinales de la Eurocopa. De incorporar al gigante ruso a la UE ya ni hablamos, aunque esa misma Rusia de Arshavin se la juega mañana en la otra semifinal con los chavales de Luis Aragonés (la España que también recurre al pegamento de la Liga, que une más que la Constitución y los 17 estatutos de autonomía juntos). Por cierto, a Arshavin nos lo descubrió Rubén Ventureira en La Voz mucho antes de que la prensa madrileña y catalana se acordasen del brillante mediapunta ruso.

Y, para inspirarnos de cara al partido de mañana, os dejo este post de Ayelén en el que, entre los regates de Maradona y los golazos de Caniggia, esta original bloguera argentina reflexiona sobre la peculiar relación entre hombres y pelotas.

Los desaparecidos

Martes, junio 10th, 2008

Julio Cortázar y Enrique Vila-Matas –dos de mis monstruos literarios de cabecera– se han estrujado las neuronas para narrar las desventuras de esos misteriosos individuos que un buen día deciden (o alguien lo decide por ellos) no volver a asomarse por la boca del metro. Son los desaparecidos, entes de leyenda que descienden a los andenes para no volver a ascender jamás. Permanecen en las catacumbas o, simplemente, son devorados por unos laberintos subterráneos que nadie conoce si no por los desgastados planos que barajan los burócratas.
No se trata aquí del metro –que es como una versión agusanada del autobús urbano–, pero lo cierto es que el mismo fenómeno registrado con ojo certero por Cortázar y Vila-Matas también se observa ocasionalmente en las líneas periféricas del bus, donde más de un conductor ha visto cómo el viajero remolón que ocupaba el último asiento se esfumaba, como por arte de magia, al girar en la curva que servía de frontera virtual entre los mundos urbanos y los vestigios del campo que cercan la ciudad.
Al principio, los buseros más jóvenes atribuyen estas pérdidas de pasajeros a las malas pasadas que juega a la mente la resaca del garrafón que se expende en los garitos de madrugada. Pero, en ausencia de alcohol y de los viajes –menos prosaicos que los de la línea 23– de las drogas de diseño, los conductores acaban por entregarse a las más extrañas elucubraciones para justificar la súbita evaporación de aquella anciana de gabardina y paraguas a cuadros que, precisamente al doblar en Casa Toñita, se agachó para recoger algún objeto caído y ya nunca más regresó a la superficie de lo real. O aquel niño que dejó como único rastro un balón de reglamento al emerger el bus de uno de los infinitos túneles que horadan el subsuelo de la ciudad ¿Adónde se dirigen los desaparecidos del bus? ¿Comparten destino con los que se desvanecen en los andenes del metro de Buenos Aires y Barcelona?

Hay quien se apunta a la teoría del desgaste atómico expuesta magistralmente por Julio Cortázar:
“Nadie ha contado jamás a la gente que sale del estadio River Plate un domingo de clásico, nadie ha cotejado esa cifra con la de la taquilla. Una manada de cinco mil búfalos corriendo por un desfiladero, ¿contiene las mismas unidades al entrar que al salir? El roce de las personas en la calle Florida corroe sutilmente las mangas de los abrigos, el dorso de los guantes. El roce de 113.987 viajeros en trenes atestados que los sacuden y los frotan entre ellos a cada curva y a cada frenada, puede tener como resultado (por anulación de lo individual y acción del desgaste sobre el ente multitud) la anulación de cuatro unidades al cabo de veinte horas”.

Pero los más inquietos filósofos, cuando se juntan al caer la noche en un recodo clandestino de las cocheras, asumen que, efectivamente, la anulación y el desgaste no serían un producto exclusivo de los buses y que el roce cotidiano en las calles, ante los escaparates o en los umbrales de los cines, también debería concluir con la desaparición periódica de algún transeúnte, consumido por la eterna erosión de los anónimos paseantes.

En los coloquios improvisados por los conductores se barajan otras alternativas más complejas que la simple evaporación, como alambicadas fugas que comprenden la ayuda de escalas y cabos para colarse por las claraboyas o trampillas del autocar y alcanzar así el refugio de las cloacas. Tal vez demasiado esforzado para la anciana del paraguas y la gabardina a cuadros, así que otros se decantan por explicar el fenómeno por las artimañas de una tribu de prestidigitadores que se hacían desaparecer a sí mismos como uno de sus geniales trucos de ilusionismo.

Quizás la tribu habita en los bajos de los autobuses, como en aquella película yanqui que relataba la vida de los polizones que viajaban al Oeste agazapados entre las ruedas de los grandes ferrocarriles y saltando de vagón en vagón aferrándose a las barras humeantes y jugándose el pellejo a unos centímetros de un suelo que se deslizaba a demasiadas millas (yanquis) por hora.

Mejor quedarse con la duda, dejar que la mente elija sus sortilegios y ni siquiera mirar atrás en busca de los inquilinos de ese submundo de fugados del transporte público. Así lo admite Enrique Vila-Matas en el andén del metro de Barcelona:
“No quise entonces girarme, pues sentí el temor de ver a alguien pagando el duro precio de bajarse al metro, de ver a alguien más rezagado que yo perdiéndose para siempre, lejos del sol y las estrellas, en el aire espeso y lento de los túneles y raíles de la noche infinita de Barcelona”.

Buenos Aires y Galicia, ida y vuelta

Viernes, junio 6th, 2008

Paco nos ha recordado estos días los senderos de ida y vuelta tendidos sobre el Atlántico entre Galicia y Argentina. Galicia, de hecho, tiene bandera porque un buen día la peña, harta de pasarlas canutas en la aldea, metió cuatro cosas en la maleta y embarcó en un paquebote rumbo a América. Cuenta Xosé Neira Vilas que lo último que veían los emigrantes asomados a la cubierta de tercera del buque era la bandera del puerto de A Coruña, una tela blanca con una diagonal azul celeste, y, con la morriña ya incrustada en las meninges, se quedaron con esos colores como enseña (otro acierto que prueba que el azar hace las cosas mucho mejor que los políticos).

Así, con la bandera portuaria en la solapa del cerebro, los viajeros convirtieron a Buenos Aires, primero, en la capital de la emigración y, tras la infame Guerra Civil, en la gran capital del exilio intelectual gallego. En esos caminos de ida y vuelta vivió, por ejemplo, Luis Seoane, que nació en el Buenos Aires de la emigración, regresó a su Galicia de origen, luego, perseguido por el franquismo, tuvo que instalarse en el Buenos Aires del exilio y, finalmente, volvió a A Coruña para pintar sus últimas cosas a la luz de esa Torre de Hércules desde la que él podía ver Irlanda o lo que le diese la gana, porque en el interior de su cráneo pululaban las galaxias como pájaros.

Buenos Aires también está en Galicia. El arriba firmante, por citar al que tengo más a mano, se quedó en el más acá gracias a un sabio de la cirugía cardíaca que nos llegó desde Buenos Aires, el doctor Alberto Juffé Stein, otro caso memorable de esos recorridos de ida y vuelta entre Galicia y Argentina. Juffé se vino a España para trabajar en Madrid, volvió a su Buenos Aires para poner en marcha un programa pionero de trasplantes y, al final, se ha quedado con nosotros como jefe de cirugía cardíaca del Hospital Juan Canalejo de A Coruña. Todo un lujo para los que de pronto tenemos que poner, literalmente, nuestro corazón en manos ajenas.

Será porque Galicia y Argentina comparten el color de sus banderas, será por Luis Seoane y sus dibujos como poemas, será porque un cirujano bonaerense me rescató de entre los muertos con su destreza, pero cuando a España, cada cuatro años, la largan como siempre del Mundial al llegar a cuartos, el menda se pone la camiseta de Argentina y jalea a Messi, ese mago futbolero. Porque los gallegos, al fin y al cabo, también somos un poco argentinos.

ojd