La Voz de Galicia lavozdegalicia.es - blogs | Inmobiliaria | Empleo | Mercadillo

Entradas etiquetadas como ‘Argentina’

Fogwill y la luz argentina

viernes, noviembre 14th, 2014

El 21 de agosto del 2010 fallecía Fogwill, uno de los escritores más extraordinarios y más argentinos de su tiempo. Su hija Vera tuvo que hacer frente al apabullante legado de papeles y cuadernos que había dejado en el caos de su apartamento del barrio de Palermo. El desorden era su estado natural, y así lo confesaba:
—No hay gente viva que haya perdido tantas cosas, casas, muebles, armas, cámaras, ropa, diskettes, discos y libros como yo.
En aquel magma aparecieron dos inéditos (La gran ventana de los sueños y La introducción) y se abrió la puerta a la recuperación de la primera novela de Fogwill, Nuestro modo de vida, de la que se rescataron un primer borrador de 1980 (recuperado en Chile en el 2011) y, ya en el 2013, esta versión que ahora publica Alfaguara y que es anterior a Los pichiciegos y su leyenda (la escribió en solo una semana, en junio de 1982, encaramado a doce gramos de cocaína).

Sostiene el autor en el prólogo: «Produje Nuestro modo de vida en un intento de plagiar La luz argentina, bella novela del narrador argentino César Aira. Un par de temas centrales —la cuestión de la pareja y el problema de la división entre lo de afuera y lo de adentro— parecían insuficientemente desarrollados en la obra de Aira y me propuse avanzar sobre ellos a partir de dos indicios». Buscaba así desarrollar «el límite entre el adentro y el afuera de la obra como metáfora entre el adentro y el afuera de la vida humana». Y para eso agarra a Fernando y Rita, un matrimonio acomodado que vive en un área residencial privada de Buenos Aires (lo que en el lado de allá ahora llaman country), y exprime las fronteras de su muy convencional existencia para luego dinamitarlas y mirar en su interior, a ver qué halla entre los restos.
En 1998 Leila Guerriero lo entrevistó para ver qué había sido de Fogwill «después de la coca, la cárcel y las obras maestras» y le habló de su intuición, de su capacidad para ver más allá:
—El otro día encontré una novela mía inédita. Pero es impublicable. Sobre los countries. Escrita en el ochenta. Pronosticaba la Argentina de los countries y de la gourmandise. Pronosticaba esta mierda. Se llama Nuestro modo de vida.

César Aira: “Estoy seguro de que ni en mil años podría recibir el premio Nobel”

viernes, mayo 30th, 2014


César Aira (Coronel Pringles, Argentina, 1949) se mueve por la multitudinaria Feria del Libro de Buenos Aires como uno de esos juguetones espectros que pueblan alguno de sus relatos. Nació bajo el signo de Piscis, exhibe amplia sonrisa y una timidez honda, que emana de las entrañas, y que es marca de la casa de algunos de los más grandes escritores contemporáneos. Habla con emoción de Sobradelo, el pueblo de su abuelo Robustiano, en Xunqueira de Ambía, y baraja feliz un hipotético viaje a ese escenario fundacional.
De él dijo el chileno Roberto Bolaño (autor de tesoros como Los detectives salvajes o 2666): «Es uno de los tres o cuatro mejores escritores que escriben en español actualmente». Probablemente Bolaño era otro de esos cuatro. Pero Aira no tiene problemas en admitir que no ha leído ni una sola línea de la obra de Roberto Bolaño, aunque tal vez le habría gustado ese guiño gallego que el chileno incluyó en la desbordante 2666, al colgar de un tendal El testamento geométrico de Rafael Dieste, uno de los ilustres exiliados gallegos que vivió en su día en Buenos Aires, que desde hace más de cuarenta años también es la ciudad de César Aira.
Autor prolífico y de una multiplicidad de registros y voces sin precedentes, Aira cultiva esa literatura que se la juega en el trapecio sin red protectora. El argentino se halla cómodo en la distancia corta, por debajo de las cien páginas, un formato que ha definido en alguna ocasión como «novelita» y en el que conviven deliciosamente la narrativa, el ensayo o el dietario. Pasa de Parménides al superhéroe Barbaverde sin traumas y cautiva a sus fascinados lectores por títulos como Las curas milagrosas del doctor Aira o Fragmentos de un diario en los Alpes. La charla comienza en un rincón de la feria de Buenos Aires y acaba por ser trasatlántica.
—Ya que hasta para una entrevista hay que elegir un inicio, podríamos empezar recordando su vinculación con Galicia. Su abuelo era de Sobradelo, en el municipio ourensano de Xunqueira de Ambía. ¿Puede recordar sus indagaciones sobre sus orígenes familiares en Galicia? Creo que ya había trazado un árbol genealógico hasta el siglo XVII…
—No fui yo, sino un primo, que es el genealogista de la familia, y efectivamente llegó a un Isidro Daira en el siglo XVII. Nuestro abuelo Robustiano Aira emigró a la Argentina en 1900, ya casado y con una hija (después tuvieron nueve más). Antes había pasado nueve años en la mili, en Ceuta, Melilla y en Cuba. Su novia, también de Sobradelo, lo esperó esos nueve años. Se llamaba Antonia Mariñas, y en la misma emigración los acompañaron dos hermanos de ella. Debieron de venir con algún capital, porque compraron campo, y se dedicaron sobre todo a la cría de ovejas, lo mismo que la segunda generación. Los de la tercera nos urbanizamos.
—Hasta la fecha no ha podido viajar a Sobradelo, ¿cómo imagina que sería esa visita al punto de partida?
—Supongo que me pondría a hacer historia contrafactual: si mi abuelo no se hubiera ido de Sobradelo, y mi padre y después yo hubiéramos nacido ahí, y yo siguiera viviendo en esa casa… No, mejor en esa otra… Y estaría casado con esa mujer que pasa por ahí… En fin. No sé adónde me llevarían esas fantasías. Después de todo, un novelista es un profesional de la imaginación.
—Por lo visto, esa visita a Galicia podría producirse pronto… ¿Aprovecharía el viaje para escribir sobre su periplo por Galicia o sería más bien un acto más íntimo, como de reencuentro con ese pasado del abuelo Robustiano?
—Todos los viajes me dan material para lo que escribo. Pero no soy un cronista. Me aburro escribiendo sobre la realidad tal cual es. Mi trabajo es de invención y transformación. Así que lo más probable es que si voy a Galicia, lo que vea allí aparecerá en descripciones de Buenos Aires, o de pronto habrá rías y peñas en la pampa.
—Galicia también está muy presente en su obra, donde hay numerosos guiños a su origen, desde personajes que se llaman Maruxa a otros tipos que, si no recuerdo mal, primero parecen ser chinos y luego resultan ser gallegos… ¿Cuál es su intención al incluir esos guiños?
—Hay algunos guiños internos, que comparto con una amiga, también a medias gallega como yo. Mi otro abuelo era castellano, de Burgos (y su mujer, mi abuela materna, era alemana, o sea que tengo una buena mezcla, cosa típica en la Argentina). Mi amiga es hija de un andaluz y una gallega, y le adjudica todo lo malo de su personalidad (y de la mía) a la herencia gallega: la melancolía, el pesimismo, la desconfianza. Me dice: «Nosotros, que tenemos la desgracia de ser gallegos…». Exagera, por supuesto, pero eso le viene de su mitad andaluza. Muchas de las charlas que hemos tenido sobre el tema han terminado en mis libros, siempre con algún giro irónico.
—Otro gesto muy significativo es que «Festival», una obra que todavía no se había publicado en España, decidió publicarla primero en gallego en el sello Trifolium, con una magnífica traducción de Juan Tallón. ¿Por qué? ¿Fue en cierto sentido un homenaje a su abuelo ourensano?
—Fue más bien un homenaje a Juan Tallón, un amigo querido que es un sol de alegría y desmiente clamorosamente las quejas de mi amiga sobre la tristeza gallega.
—Por lo demás, el simple hecho de vivir en Buenos Aires ya permite un contacto muy estrecho con las raíces y la cultura gallega. ¿Cómo ve actualmente esa relación entre Galicia y Buenos Aires? ¿Sigue vigente el tópico del gallego o ya se ha pasado a una visión más matizada?
—Los chistes de gallegos son un clásico argentino, pero nadie en su sano juicio se los toma en serio (en realidad, sería difícil tomarse un chiste en serio). Que no tienen nada que ver con los gallegos reales lo prueba el hecho de que son los mismos, traducidos, que cuentan los brasileños como «chistes de portugués». El estereotipo viene de la inmigración, que consistió principalmente de campesinos o aldeanos de poca instrucción. Pero ya nos hemos civilizado.
—¿No cree que durante los últimos años Galicia y España en general han dado la espalda a Argentina y América Latina? ¿Hemos sufrido un cierto complejo de nuevos ricos frente a nuestros parientes de América?
—Es probable que la europeización de España, la modernización y la prosperidad, los hayan ensoberbecido un poco. Pero, al menos en el campo de las letras, me consta que siempre hubo interés y respeto por lo latinoamericano. Quizás por lo argentino en especial.
—Ha sido siempre fiel a un lema de Baudelaire: «Ir hacia delante y siempre en busca de lo nuevo». ¿Cree que la literatura actual responde todavía a este objetivo o que el sistema literario se ha dejado llevar por su vertiente más descaradamente comercial?
—Creo que siempre ha habido más o menos la misma proporción relativa entre la literatura de experimentación formal y expresiva, y la que responde al gusto del público. Quizás hoy ha crecido la parte de esta última, pero el nicho de los que escribimos para nosotros mismos sigue intacto.
—Esa sensación de que nuestro mundo de papel está en cierta forma en vías de extinción me recuerda otra frase que escribió sobre ese monumento literario titulado «Moby Dick»: «Toda gran obra literaria está bañada en la atmósfera de melancolía de una extinción inminente».
—Creo que con esa frase no me refería tanto al futuro de la literatura como a la condición de único e irrepetible, condición que comparten el monstruo y el artista. Ni uno ni otro dejan descendencia; cuando mueren se pierde algo para siempre, aunque los dos dejan algo: el monstruo su leyenda, el artista su obra.
—Otro aspecto que hay que subrayar en su obra es que en ella también se desdibujan las fronteras teóricas entre los géneros, y que conviven sin trauma la narrativa y el ensayo. ¿Cree que ese mestizaje puede indicar por dónde irán los tiros en los próximos años?
—No me atrevo a predecir lo que pasará en el futuro, así como no pretendo imponer mis gustos, pero mis lecturas favoritas fueron siempre las que se clasifican como «inclasificables», como lo son Los Cantos de Maldoror, que es el modelo que he seguido con más persistencia.
—Tallón noveló ese encuentro que nunca se produjo entre Aira y Bolaño. ¿Qué se habrían dicho si llegasen a coincidir?
—Habría sido un tanto incómodo para mí, porque no he leído una línea de la obra de Bolaño. Pero creo que me las habría arreglado para salir del paso. Lo he hecho otras veces.
—Afirma muy contundentemente que no ha leído ni una línea de Roberto Bolaño. ¿No le tentó ni siquiera la lectura de «Los detectives salvajes»?
—Casi no leo narrativa contemporánea. No he encontrado ninguna buena razón para leer a Bolaño. Podría ser la curiosidad, pero nunca leo por curiosidad. Además, supongo que como todos los novelistas muy leídos, Bolaño es un realista, y me aburre el realismo si no han pasado cien años desde que se escribió y se ha vuelto la poética arqueología de mundos desaparecidos. El realismo actual es redundante.
—Vive y escribe en un país de una muy potente tradición literaria. Su relación con esa tradición argentina, en la que figuran autores de memoria todavía muy cercana, como Cortázar, Borges o Fogwill, no es del todo, digamos, reverencial. ¿Por qué? ¿Cómo es en general su relación con la tradición literaria, con eso que se llama algo pomposamente el «canon literario»?
—No veo por qué un escritor tiene que ubicarse en un marco estrictamente nacional. El alimento de un escritor es la lectura, y la lectura es una actividad cosmopolita por naturaleza. Claro que los argentinos tenemos a Borges, que es una tradición unipersonal.
—¿Cree que puede existir algo llamado «El canon occidental», como titula Bloom?
—Creo que eso solo es bueno para semicultos. Hacer una lista de escritores importantes es fácil, pero no conduce a nada.
—¿Y hay algún autor gallego o español al que haya seguido la pista últimamente?
—Lo más reciente español que he leído, salvo lo de algunos amigos, fue A Esmorga, de Blanco Amor. Y la poesía de Leopoldo María Panero.
—Carlos Fuentes auguraba en «La silla del águila» que en el 2020 César Aira recibiría el Nobel de Literatura. A solo seis años de la fecha, ¿cómo ve el pronóstico de Fuentes?
—No es tanto pronóstico como broma, la devolución de una broma que le había hecho yo al ponerlo de personaje en una novela. Y estoy seguro de que ni en mil años yo podría recibir el premio Nobel, que se da a autores que han contribuido al progreso moral de la humanidad, al respeto de los derechos humanos, la afirmación de la democracia y la autodeterminación de los pueblos, todos asuntos de los que yo no me he ocupado jamás.

Foto de Mariana Ruiz: Luís Pousa, Armando Requeixo y César Aira en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires.

De los rayos cósmicos al laberinto literario

domingo, mayo 1st, 2011

Amaba los números y su cartografía exacta de las cosas, pero también le fascinaba el tenebroso caos que reina en la mente humana. Ernesto Sábato, que cumpliría cien años el próximo 24 de junio, hizo literatura hasta con la toponimia de su vida: nació en Rojas y murió en Santos Lugares (siempre en la órbita de Buenos Aires). Primero trató de comprender el universo a través de la física y se dejó las pestañas indagando los secretos de los rayos cósmicos en los laboratorios del Instituto Curie de París y del MIT. En 1939, al borde de la Segunda Guerra Mundial, París ya no era una fiesta, pero sí era un hervidero de creadores, revolucionarios y bohemios, que reinventaban el mundo en las madrugadas de las buhardillas. Allí Sábato se contagió del virus surrealista y se conmovieron los cimientos de su cerebro científico, que empezaba a derrapar hacia esas otras formas de conocimiento que llamamos arte y literatura.
A su regreso a Argentina en los cuarenta, se sumó a la guarida libresca de Borges y Bioy Casares y echó el cerrojo definitivamente a su paso por la ciencia. El doctor en física se transformó en escritor con la publicación de su ensayo Uno y el universo (1945) y de su célebre novela El túnel (1948), en la que acuñó un estilo sin filigranas más preocupado por explorar las tormentas de la mente que por jugar con los adjetivos.
Definió el horror en el estremecedor informe Nunca más (1984), documento en el que se da cuenta de las 30.000 muertes y desapariciones ordenadas por la dictadura entre 1976 y 1983, y pintó Argentina de un solo trazo en esta frase gloriosa: «El mundo nada puede contra un hombre que canta en la miseria».

Un libro con dos comienzos

jueves, agosto 7th, 2008

cortazar.jpg 

Como explica Julio Cortázar en el Tablero de dirección que abre Rayuela, «a su manera este libro es muchos libros, pero sobre todo es dos libros. El primero se deja leer en la forma corriente y termina en el capítulo 56, al pie del cual hay tres vistosas estrellitas que equivalen a la palabra Fin. Por consiguiente, el lector prescindirá sin remordimientos de lo que sigue. El segundo se deja leer empezando por el capítulo 73 y siguiendo luego en el orden que se indica al pie de cada capítulo».

Por tanto, la gran contranovela del brujo Cortázar no tiene uno, sino al menos dos comienzos: el que se sitúa, siguiendo las convenciones del género, en el arranque del volumen y el que se asoma a la página 438 bajo la cifra 73 que numera este capítulo que, en realidad, no es un capítulo, sino un fragmento, como probablemente Rayuela tampoco es exactamente una novela, sino otra cosa. Ahora está de moda entre los sabihondos del lugar afirmar, con la voz muy engolada y el careto pomposo, que este libro inabarcable es una obra para adolescentes o peterpanes inmaduros que no han superado la pubertad, que lo que mola son los novelones al estilo decimonónico, fieles a la doctrina canónica del inicio-nudo-desenlace. Y punto. Vale. Creo que basta con escudriñar con un poco de sosiego estos dos comienzos para descubrir que Cortázar es, sin duda alguna, uno de los grandes. El resto, que vayan chupando rueda. Si pueden, claro. Que alguno, pese a las campanadas y corifeos de sus colegas de camarilla, no sirve ni para plagiario.

Estas son, a fin de cuentas, las dos puertas de acceso a la mágica Rayuela:

1: «¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua. Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo dentífrico».

73: «Sí, pero quién nos curará del fuego sordo, del fuego sin color que corre al anochecer por la rue de la Huchette, saliendo de los portales carcomidos, de los parvos zaguanes, del fuego sin imagen que lame las piedras y acecha en los vanos de las puertas, cómo haremos para lavarnos de su quemadura dulce que prosigue, que se aposenta para durar aliada al tiempo y al recuerdo, a las sustancias pegajosas que nos retienen de este lado, y que nos arderá dulcemente hasta calcinarnos».

P.D. Dedicado a Ayelén, Brais y demás amigos del lado de allá, de ese Buenos Aires que es, también, un pedacito de Galicia, o de París, o como quiera que se llame el lado de acá (si es que hay lado de acá y lado de allá, que a lo mejor todos estamos del mismo lado, y eso de acá y de allá ya no significa apenas nada).

La auténtica Europa unida

miércoles, junio 25th, 2008

Ya lo dijo aquí Miguel Piñeiro, mi vecino del piso de arriba de esta escalera que forman los blogs de La Voz: lo único que de verdad une a Europa es el fútbol. O sea, durante el curso escolar, la Champions; y en verano, cada cuatro años, la Eurocopa. Por ejemplo, los políticos tardarán años, muchos muchos años, si es que al final lo hacen, en admitir en el selecto club de la Unión Europea a Turquía, un país que hoy jugará, sin mayores problemas, las semifinales de la Eurocopa. De incorporar al gigante ruso a la UE ya ni hablamos, aunque esa misma Rusia de Arshavin se la juega mañana en la otra semifinal con los chavales de Luis Aragonés (la España que también recurre al pegamento de la Liga, que une más que la Constitución y los 17 estatutos de autonomía juntos). Por cierto, a Arshavin nos lo descubrió Rubén Ventureira en La Voz mucho antes de que la prensa madrileña y catalana se acordasen del brillante mediapunta ruso.

Y, para inspirarnos de cara al partido de mañana, os dejo este post de Ayelén en el que, entre los regates de Maradona y los golazos de Caniggia, esta original bloguera argentina reflexiona sobre la peculiar relación entre hombres y pelotas.

Los desaparecidos

martes, junio 10th, 2008

Julio Cortázar y Enrique Vila-Matas –dos de mis monstruos literarios de cabecera– se han estrujado las neuronas para narrar las desventuras de esos misteriosos individuos que un buen día deciden (o alguien lo decide por ellos) no volver a asomarse por la boca del metro. Son los desaparecidos, entes de leyenda que descienden a los andenes para no volver a ascender jamás. Permanecen en las catacumbas o, simplemente, son devorados por unos laberintos subterráneos que nadie conoce si no por los desgastados planos que barajan los burócratas.
No se trata aquí del metro –que es como una versión agusanada del autobús urbano–, pero lo cierto es que el mismo fenómeno registrado con ojo certero por Cortázar y Vila-Matas también se observa ocasionalmente en las líneas periféricas del bus, donde más de un conductor ha visto cómo el viajero remolón que ocupaba el último asiento se esfumaba, como por arte de magia, al girar en la curva que servía de frontera virtual entre los mundos urbanos y los vestigios del campo que cercan la ciudad.
Al principio, los buseros más jóvenes atribuyen estas pérdidas de pasajeros a las malas pasadas que juega a la mente la resaca del garrafón que se expende en los garitos de madrugada. Pero, en ausencia de alcohol y de los viajes –menos prosaicos que los de la línea 23– de las drogas de diseño, los conductores acaban por entregarse a las más extrañas elucubraciones para justificar la súbita evaporación de aquella anciana de gabardina y paraguas a cuadros que, precisamente al doblar en Casa Toñita, se agachó para recoger algún objeto caído y ya nunca más regresó a la superficie de lo real. O aquel niño que dejó como único rastro un balón de reglamento al emerger el bus de uno de los infinitos túneles que horadan el subsuelo de la ciudad ¿Adónde se dirigen los desaparecidos del bus? ¿Comparten destino con los que se desvanecen en los andenes del metro de Buenos Aires y Barcelona?

Hay quien se apunta a la teoría del desgaste atómico expuesta magistralmente por Julio Cortázar:
“Nadie ha contado jamás a la gente que sale del estadio River Plate un domingo de clásico, nadie ha cotejado esa cifra con la de la taquilla. Una manada de cinco mil búfalos corriendo por un desfiladero, ¿contiene las mismas unidades al entrar que al salir? El roce de las personas en la calle Florida corroe sutilmente las mangas de los abrigos, el dorso de los guantes. El roce de 113.987 viajeros en trenes atestados que los sacuden y los frotan entre ellos a cada curva y a cada frenada, puede tener como resultado (por anulación de lo individual y acción del desgaste sobre el ente multitud) la anulación de cuatro unidades al cabo de veinte horas”.

Pero los más inquietos filósofos, cuando se juntan al caer la noche en un recodo clandestino de las cocheras, asumen que, efectivamente, la anulación y el desgaste no serían un producto exclusivo de los buses y que el roce cotidiano en las calles, ante los escaparates o en los umbrales de los cines, también debería concluir con la desaparición periódica de algún transeúnte, consumido por la eterna erosión de los anónimos paseantes.

En los coloquios improvisados por los conductores se barajan otras alternativas más complejas que la simple evaporación, como alambicadas fugas que comprenden la ayuda de escalas y cabos para colarse por las claraboyas o trampillas del autocar y alcanzar así el refugio de las cloacas. Tal vez demasiado esforzado para la anciana del paraguas y la gabardina a cuadros, así que otros se decantan por explicar el fenómeno por las artimañas de una tribu de prestidigitadores que se hacían desaparecer a sí mismos como uno de sus geniales trucos de ilusionismo.

Quizás la tribu habita en los bajos de los autobuses, como en aquella película yanqui que relataba la vida de los polizones que viajaban al Oeste agazapados entre las ruedas de los grandes ferrocarriles y saltando de vagón en vagón aferrándose a las barras humeantes y jugándose el pellejo a unos centímetros de un suelo que se deslizaba a demasiadas millas (yanquis) por hora.

Mejor quedarse con la duda, dejar que la mente elija sus sortilegios y ni siquiera mirar atrás en busca de los inquilinos de ese submundo de fugados del transporte público. Así lo admite Enrique Vila-Matas en el andén del metro de Barcelona:
“No quise entonces girarme, pues sentí el temor de ver a alguien pagando el duro precio de bajarse al metro, de ver a alguien más rezagado que yo perdiéndose para siempre, lejos del sol y las estrellas, en el aire espeso y lento de los túneles y raíles de la noche infinita de Barcelona”.

Buenos Aires y Galicia, ida y vuelta

viernes, junio 6th, 2008

Paco nos ha recordado estos días los senderos de ida y vuelta tendidos sobre el Atlántico entre Galicia y Argentina. Galicia, de hecho, tiene bandera porque un buen día la peña, harta de pasarlas canutas en la aldea, metió cuatro cosas en la maleta y embarcó en un paquebote rumbo a América. Cuenta Xosé Neira Vilas que lo último que veían los emigrantes asomados a la cubierta de tercera del buque era la bandera del puerto de A Coruña, una tela blanca con una diagonal azul celeste, y, con la morriña ya incrustada en las meninges, se quedaron con esos colores como enseña (otro acierto que prueba que el azar hace las cosas mucho mejor que los políticos).

Así, con la bandera portuaria en la solapa del cerebro, los viajeros convirtieron a Buenos Aires, primero, en la capital de la emigración y, tras la infame Guerra Civil, en la gran capital del exilio intelectual gallego. En esos caminos de ida y vuelta vivió, por ejemplo, Luis Seoane, que nació en el Buenos Aires de la emigración, regresó a su Galicia de origen, luego, perseguido por el franquismo, tuvo que instalarse en el Buenos Aires del exilio y, finalmente, volvió a A Coruña para pintar sus últimas cosas a la luz de esa Torre de Hércules desde la que él podía ver Irlanda o lo que le diese la gana, porque en el interior de su cráneo pululaban las galaxias como pájaros.

Buenos Aires también está en Galicia. El arriba firmante, por citar al que tengo más a mano, se quedó en el más acá gracias a un sabio de la cirugía cardíaca que nos llegó desde Buenos Aires, el doctor Alberto Juffé Stein, otro caso memorable de esos recorridos de ida y vuelta entre Galicia y Argentina. Juffé se vino a España para trabajar en Madrid, volvió a su Buenos Aires para poner en marcha un programa pionero de trasplantes y, al final, se ha quedado con nosotros como jefe de cirugía cardíaca del Hospital Juan Canalejo de A Coruña. Todo un lujo para los que de pronto tenemos que poner, literalmente, nuestro corazón en manos ajenas.

Será porque Galicia y Argentina comparten el color de sus banderas, será por Luis Seoane y sus dibujos como poemas, será porque un cirujano bonaerense me rescató de entre los muertos con su destreza, pero cuando a España, cada cuatro años, la largan como siempre del Mundial al llegar a cuartos, el menda se pone la camiseta de Argentina y jalea a Messi, ese mago futbolero. Porque los gallegos, al fin y al cabo, también somos un poco argentinos.