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Con Vila-Matas y Montano

Sábado, diciembre 1st, 2012

Como el papel tiene sus limitaciones y algunos buenos amigos me han comentado que les había gustado la entrevista, dejo aquí la versión íntegra de la charla que mantuve con Enrique Vila-Matas esta semana en A Coruña. Un enorme placer, claro.

—Se reedita, diez años después, «El mal de Montano» en Seix Barral, el primer libro español que ganó el premio Médicis…
—Es el libro más premiado de los míos, ha tenido cinco premios, entre ellos el Herralde, el Nacional de la Crítica y el Médicis al mejor libro extranjero publicado en Francia, que yo creo que es el más importante de todos los que he recibido en mi vida. Ahora he tenido con Dublinesca el Premio Cunhambebe de Literatura Extranjera en Brasil, que es el Médicis brasileño y que tiene un gran mérito por los finalistas que había.

—Estaban algunos de los grandes: Roth, DeLillo, Vargas Llosa…
—Supongo que porque eran más grandes han decidido eliminarlos [risas]. Ha quedado Hertha Müller de segunda, lo que me provoca una sensación extraña.

—El Médicis supuso su consolidación internacional y múltiples traducciones
—Sí, bueno, ya la había tenido antes cuando El viaje vertical había ganado el Rómulo Gallegos que fue, digamos, el detonante, y luego se produjo con El mal de Montano que supuso ya la explosión internacional, que en realidad vino dada ya por el libro anterior, Bartleby y compañía. Pero El mal de Montano fue el que recogió la cosecha que había provocado la irrupción de Bartleby.

En eso también es un caso singular en las letras españolas, porque hay autores consagrados en España a los que les cuesta mucho salir con su obra al extranjero, hay una cierta endogamia que hace inexportables ciertos textos…
—Sí, bueno… Quizás es lo que sucede con la repercusión que está teniendo Dublinesca tanto en Estados Unidos como en Inglaterra, ha llegado con críticas muy buenas en el New York Times y el New Yorker, es una especie de salto inglés… Es muy difícil de conseguir. La obra ha sido siempre internacional, pero faltaba la parte más difícil que era sobre todo Estados Unidos. Ahora en un teatro “off Broadway”, de la periferia del canon teatral de Broadway, se va a representar una versión teatral de ocho oras de duración de París no se acaba nunca. Son los mismos que triunfaron el año pasado con El gran Gatsby, que también duraba ocho horas, con la lectura completa del libro teatralizada, que es lo que quieren hacer con París… La idea es hacer vida allí en el teatro un sábado o un domingo, durante ocho horas.

Tiene especial mérito triunfar con un libro que evoca a una vaca sagrada como Joyce en el mundo anglosajón, ¿no?
Sí, corría el peligro de que fuera o muy bien o muy mal. Pero el resultado ha sido realmente apabullante en cuanto a críticas.

Volvamos a Montano. El arranque del libro se le ocurrió un día frente al océano Pacífico, ¿cómo fue ese episodio?
No, no se me había ocurrido exactamente. Yo había empezado El mal de Montano y lo tenía solamente puesto en marcha, sin saber muy bien qué iba a ser. Con la llegada a esta casa del escritor chileno Roberto Brodsky, amigo de Roberto Bolaño, que nos dejó su casa frente al Pacífico, ahí se puso un poco en marcha… Brodsky se reía porque me vio media hora pensativo frente al mar, veía mi silueta, y veía que no me movía, pensaba “qué ocurre con este tipo que acabo de conocer y de invitar a mi casa y está ahí fuera…”. Ahí surgió. Estuve pensando frente al océano, estuve pensando en el ruido del Pacífico… Todas las novelas se construyen muy lentamente, a base de reunir datos, apuntar ideas, algunas sirven, otras no… Nombrar una cosa, apuntar, pensar cuáles son las ideas fundamentales del libro y al final esas ideas fundamentales conectan a la hora de escribir. Y digamos que se puso todo esto en marcha en esa playa del Pacífico, la playa de Tunquén, en Chile. Era el fin del milenio, finales de diciembre del 2000, pasé allí una noche inolvidable. Fue un viaje bastante epifánico. Descubrí a Tongoy, que en realidad es un actor francés llamado Daniel Emilfork, al que después conocí en París. En este viaje tuve noticia de él por primera vez, porque una amiga chilena, Carolina Díaz, lo había entrevistado como “el hombre más feo del mundo”. Pasé a llamarlo Tongoy, que era la zona en la que yo estaba frente al Pacífico. Se convirtió en este personaje, Tongoy, el hombre más feo del mundo, que luego visité en París y estaba encantado de ser un personaje de mi novela. Era un hombre encantador, que ya murió. Era un gran actor shakesperiano, aunque se especializó en películas de terror.

O sea, que fue como una de esas epifanías de las que hablaba Joyce.
Sí, bueno, el que yo entonces era salió hablando del ruido del Pacífico, estaba convencido de que el Pacífico tenía un sonido distinto, del que también habla Neruda en un poema donde dice que el Pacífico tiene “un sordo ruido a fragor de batalla antigua”. Y es cierto que tiene esta potencia el ruido de las olas. Fue como un momento interesante dentro del

A ver si el Atlántico, que tenemos aquí al lado y también tiene un ruido especial, también le inspira un nuevo libro.
Veremos.

—Tanto «Bartleby» como «Montano» marcan un cierto punto de inflexión en su trayectoria y abren la senda a esa indagación literaria posterior. ¿Tiene esa misma percepción?
—Tal vez el punto de inflexión venga dado por la repercusión y el alcance que tuvo en cuanto a lectores, y que sigue teniendo, Bartleby y compañía. Visto con la perspectiva actual, lo que hizo fue ponerme más alegre, con más ánimo para continuar con lo que estaba desarrollando desde hace años. Y posiblemente fue lo que facilitó ese ensayo que está en Desde la ciudad nerviosa en el que explico cuál es mi teoría sobre la literatura, reflexiono sobre mi propia obra y que pone en marcha una segunda etapa en lo que yo escribo.

—¿La teoría narrativa se hace al escribir?
—Sí, a la larga se va haciendo. Es muy bueno programar qué vas a hacer con una novela, pensarla mucho antes de empezar a escribirla. También es cierto que, cuando te pones a hacerla, los personajes mismos se inventan a otros personajes y conducen a otros lugares y pensamientos que uno también desarrolla en el libro. Te conducen a un lugar inesperado dentro de un orden que tú has programado inicialmente.

—Arremete en «El mal de Montano» contra el realismo español, tan castizo y tan del siglo XIX, que ahí sigue. ¿Nunca nos libraremos de esa tara?
—Durante muchos años, para escribir siempre he pensado que es necesario tener algún enemigo o estar en contra de una idea, y desarrollar en una novela algo contra una idea. En este sentido, los realistas españoles, que nunca he sabido quiénes son exactamente, forman como una especie de conspiración hispánica en realidad contra la realidad, porque son los menos realistas que he conocido. Creen que la realidad se puede copiar y es un error. Pero bueno, esto pasó un poco a la historia. Ya no siento ese odio por los realistas españoles, me he alejado del contexto español que en aquella época me inquietaba y me preocupaba más que ahora.

—¿Habría que desterrarlos a la isla del Realismo, como decía Chesterton?
—Sí, sí… Todo esto viene de una anécdota muy sencilla. Yo tenía quince años cuando hice mi primer viaje fuera de Barcelona con dos compañeros de colegio. Cuando llegamos a Madrid entramos en el museo del Prado y a mí, que no sabía nada del mundo, ni de la vida, ni del arte, me sorprendió muchísimo que los cuadros de Velázquez los estuvieran copiando pintores de caballete domingueros. No sabía que existía la copia del cuadro, me parecía un trabajo inútil copiar algo que ya existía, me pareció totalmente absurdo. Esto es totalmente naíf por mi parte, pero explica por qué a mí siempre me ha parecido absurdo copiar las estructuras narrativas de la novela del siglo XIX. Me parece absurdo hacer una repetición. Es justo al contrario, todo lo que no es repeticion es diversión para el que escribe. Hay que ser arriesgado, tener cierta valentía, no tener miedo a fracasar y, si se fracasa, escribir otro libro, no temer a tus enemigos, sino todo lo contrario.

Ahí entra también el concepto de literatura como juego, como invención.
Sí, sí. Y no tener miedo al fracaso, porque vas a volver a probar y siempre alcanzarás algo más interesante que si te limitas a comportarte modositamente.

Que es el método de la ciencia: ensayo y error.
Sí, la ciencia, claro, y equivocándose. Se trata de esto. Lo contrario es absurdo, es inútil.

—Ese «establishment» de las letras españolas es reacio a las nuevas tecnologías, donde usted se encuentra muy cómodo.
—Sí, me parece que además lo hago con naturalidad. Estoy en Internet con la web, el blog y leo muchísimo los periódicos digitales y los blogs, son un instrumento muy útil para mí.

—¿No teme el apocalipsis digital que auguran algunos?
—No, es que España sigue siendo un país muy conservador donde a la gente le cuesta mucho comprender los avances, ya pasaba lo mismo con el cine. Ha costado mucho y cuesta. Tenemos a los políticos, por ejemplo, que al final han comprendido la fuerza de Twitter y de Facebook, pero que son aburridísimos, como ellos mismos, en sus Facebook y Twitter, o sea, que no han comprendido de qué se trata.

—¿Están en Twitter los aforismos de nuestro tiempo?
—Bueno, Twitter solo es escritura cuando hay algún aforismo brillante…

—Estaba pensando, por ejemplo, cuánto le gustaría a Ramón Gómez de la Serna usar Twitter.
—Bueno, es que Gómez de la Serna era un tuitero, ¿no? Lo he seguido leyendo a lo largo de los años y tiene algunos aforismos donde acierta fantásticamente y otros muy flojos, pero quizás es porque escribió mucho.

—Se halla entre «Bartleby y compañía» y «El mal de Montano» un libro único, titulado «Desde la ciudad nerviosa, donde disecciona su ciudad, Barcelona. Definió esta obra como una colección de textos atípicos donde se mezclan ensayo, ficción, autobiografía y el género del viaje interior. Pero esta definición valdría para el conjunto de su obra, ¿no?
—Sí, aunque he ido cambiando y mezclando de forma diferente esta combinación en cada libro. Por ejemplo, en Aire de Dylan, mi último libro, no hay ensayo prácticamente, sino material sobre todo narrativo, aunque mezclado con una reflexión de orden moral y literaria en torno al posmodernismo y la necesidad de que nos volvamos a relacionar con el modernismo, y también en torno a la imposibilidad de que nos volvamos a relacionar con el modernismo. En Aire de Dylan he colocado un padre que representa un personaje con muchas caras y heterónimos, que representa al posmoderno, enfrentando a un hijo que desea ser auténtico, que es lo que más detesta el posmoderno, la autenticidad. Un mundo de retorno a lo clásico enfrentando a un mundo posmoderno, en decadencia. Y no he sacado consecuencias, solo he hecho preguntas en torno a esas diferencias.

—¿Volveremos a lo genuino o es un retorno imposible?
—No va a ser posible, el mundo ha cambiado tanto que el enlace con lo anterior resulta muy difícil. Pero al mismo tiempo se puede escribir sobre esa imposibilidad de enlazar con el modernismo. Es curioso, pero también se puede escribir sobre el hecho de que no tenemos futuro y, al mismo tiempo, esa es la única posibilidad de futuro que tenemos, en contra de lo que piensan algunos que creen que este tipo de literatura conduce a un callejón sin salida; pero no, precisamente es el único callejón posible para escapar del callejón sin salida real. En el fondo, ser conscientes de que no es posible conectar con el modernismo. Ese futuro solo lo tenemos escribiendo que no tenemos futuro. Porque mientras decimos que no tenemos futuro, que en el fondo no es más que una figura retórica, estamos trabajando en el presente, aunque sea en las ruinas de algo. Ahí es donde se mueve mi literatura en estos momentos.

—¿Sería entonces la literatura una forma de escapismo?
—No, escapismo, no, ninguno. Conciencia de situación ruinosa y reflexión sobre esa situación desde el fondo de las ruinas.

—Elevarse, no escaparse.
—Sí, es todo lo contrario de dar por muerta la literatura, sino saber que lo está para poder emerger de esas ruinas.

Podemos seguir jugando, entonces.
-Siempre, hasta hoy en día no ha desaparecido la literatura, que sepamos, ¿no?

No.
Tampoco va a desaparecer en el futuro si está en manos de gente que es consciente de su situación crítica, porque los que alegremente van repitiendo la novela decimonónica, pues pueden ser grandes escritores, como Iris Murdoch, pero simplemente se dedican al entretenimiento, que ya es mucho, ¿no?

No innovan.
Estoy hablando de Iris Murdoch, que es una gran escritora. Es compaginable con los que mantienen viva la llama del presente, que también existe, aunque sea más pasajero.

¿Sigue definiéndose como un hombre enfermo de la literatura?
Hubo una confusión, la gente cree que yo estoy enfermo de literatura, pero cuando yo estoy solo en mi casa estoy viendo partidos de fútbol… Sí es cierto que supe, creo, darle un nombre a un síntoma con el que se identifican algunas personas. Otros están enfermos de televisión, pues yo hablé de los enfermos de literatura, que sí existen, pero el síntoma no tenía un nombre concreto hasta que yo se lo dí y ha quedado.

¿En qué anda trabajando?
Ando trabajando en una novela que vuelve a mezclar con la biografía y el ensayo, la más ambiciosa digamos que he hecho hasta ahora. Creo que estoy en un momento en el que puedo atreverme a hacer este libro que estoy haciendo. Y no quiero decir nada más…

—Barcelona ha estado más nerviosa que nunca estos días… ¿Como ha visto las elecciones?
—Ha aparecido un Parlamento muy plural, que indica algo muy sano que es una pluralidad en un país como Cataluña. Y un Parlamento tan plural plantea problemas complejos, que exigen soluciones complejas a través del arte de discutir.

Foto:  Paco Rodríguez.

Georges Perec, el juego infinito

Sábado, febrero 4th, 2012

En este decimonónico y por muy diversas circunstancias dickensiano 2012, mientras Occidente se empeña por primera vez en su historia en recorrer a marchas forzadas la vía del retroceso, resulta casi incomprensible pensar que no hace tanto tiempo (en 1978, sin ir más lejos) se escribían, se publicaban e incluso se leían libros como La vida instrucciones de uso. Abrir la obra maestra de Georges Perec (París, 1936-Ivry sur Seine, 1982) y zambullirse en sus seiscientas páginas de puzles, relatos cruzados, cuadros y combinaciones es jugar con el autor una partida de ajedrez literario sobre las casillas del inmueble de la calle Simon-Crubellier de París. Pero como todo juego, este acto lúdico encierra también un gesto profundamente subversivo. Lo sabían Perec y sus compañeros de viaje en la aventura del taller OuLiPo (el matemático François Le Lionnais y los escritores Italo Calvino o Raymond Queneau, entre otros insurrectos), que barajaron sin piedad el alfabeto y los géneros para intentar hallar en el arte el orden y la belleza que no salían a flote en la sucia realidad.

Y a jugar con las creaciones y obsesiones de Georges Perec se dedica la exposición Pere(t)c. Tentativa de Inventario, una producción de la Fundación Luis Seoane que llega ahora, con sutiles variaciones, al Círculo de Bellas Artes de Madrid un año después de su paso por la sede de la fundación en A Coruña. Repite como comisario Alberto Ruiz de Samaniego, que recuerda que este montaje, en el que se relata la conexión de la literatura de Georges Perec con las artes visuales, emerge de una frase del autor: “Durante mucho tiempo quise ser pintor, pero finalmente me convertí en escritor”. Una sentencia que la exposición utiliza como punto de apoyo para indagar en la huella de Perec en el arte contemporáneo.  “Su interés creativo no sólo se centró en el campo de la literatura, sino que coexistió con el cine, la fotografía, la pintura, el arte conceptual, los crucigramas o juegos como el ajedrez o el go”, detalla el comisario.

La muestra, apunta Ruiz de Samaniego, “reúne una selección de los fondos de carácter biográfico (manuscritos, dibujos y fotografías) custodiados en la Bibliothèque de l’Arsenal de Paris por la Association Georges Perec, documentos de su paso por OuLiPo y los materiales plásticos en que Perec trabajó con otros artistas: el proyecto de agotamiento de lugares parisinos; los filmes que rodó: Los lugares de una fuga, Un hombre que duerme y Relatos d’Ellis Island, o en los que colaboró como guionista, como Inauguración, de Robert Bober, de quien se incluye también su documental sobre Perec”.

Esta inteligente y lúdica Tentativa de inventario permite al espectador, aunque solo sea durante su breve paseo entre las vitrinas, releer a Perec a la luz de su obra y biografía, y regresar con él a ese instante único del siglo XX en que jugar con la literatura todavía no estaba prohibido. Eran tiempos de experimentación. Algo que hoy ni siquiera está bien visto en el interior de un laboratorio.

Un collage de 51 pinturas

Jueves, noviembre 10th, 2011

No corren buenos tiempos para la pintura. Bueno, en realidad no son buenos tiempos para casi nada. Pero la pintura no es precisamente el género artístico de moda. Por eso cobra especial relevancia el esfuerzo realizado por la Fundación Barrié para reunir, en poco menos de tres años, una colección de pintura contemporánea internacional que por primera vez se exhibe completa al público en A Coruña. Son 51 obras creadas a finales del siglo XX y principios del XXI y que encajan en ese concepto de arte expandido, que se escapa más allá del marco y de los límites convencionales del lienzo. Como apunta el comisario de la muestra y asesor de la fundación, David Barro, la muestra compone un collage de 51 piezas que se expanden por varias plantas y sótanos del edificio de la fundación: «Esta exposición funciona como un collage que permite entender ese significado poliédrico de la pintura». «Construir una colección y trabajar en el terreno educativo con ella es una manera efectiva de significarse en un universo de contenedores vacíos», cuenta Barro, que en su cuidada selección de autores ha incluido a los gallegos Ángela de la Cruz, Álvaro Negro, Teo Soriano, Manuel Vilariño, Pedro Barbeito y Suso Fandiño junto a grandes firmas del panorama internacional como Jonathan Lasker, Imi Knoebel, Helmut Dorner, Fabian Marcaccio o Jean-Marc Bustamante. La exposición, que se inaugura esta tarde a las 20 horas, se mantendrá en A Coruña hasta el próximo 18 de marzo.

Atlantic City

Jueves, noviembre 11th, 2010

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El agua, en estado líquido, se puede clasificar (siguiendo una taxonomía tipo Linneo) en una serie de peldaños: escupitajos, meadas, charcos, piscinas, ríos, mares y océanos. Y luego, más allá, está el Atlántico. En otra galaxia. En otra dimensión. Por eso, de vez en cuando, nos mete un sopapo en todos los morros para recordarnos quién manda aquí.

Foto: Óscar Paris, La Voz de Galicia

La música del azar

Lunes, marzo 22nd, 2010

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Fantástica esta historia de casualidades, azares y otras encrucijadas, trenzada por Pablo Gallo y sus circunstancias: Caminos inescrutables. A veces la vida parece un relato de Paul Auster.

Lo rentable

Jueves, enero 14th, 2010

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Hace veinte años, charlando en torno a unas birras heladas, un buen amigo dotado de ese sentido práctico del que yo carezco, echó un vistazo al Café Bar Borrazás (el bareto en el que remoloneábamos) y soltó muy serio (y muy en serio):

-¿Será rentable el Borrazás?

Me arrancó, claro, una carcajada enorme, porque yo, anclado en mi idealismo crónico, jamás me  había planteado aquella cuestión. Pero lo cierto es que sí debía de ser rentable, porque veinte años después (que, según las cuentas de la lírica, no son nada) ahí sigue el Borrazás, en la esquina del Orzán con la plaza de Pontevedra, con todos sus lustros a cuestas.

Ahora, con la crisis de marras, la pregunta está más de moda que nunca, y políticos, asesores y flautistas varios se dedican a cuestionarse si son rentables instituciones de las que jamás se había hablado en términos monetarios tan crudos, como las universidades o los hospitales.

Hay cosas que tienen que ser rentables o, sencillamente, dejan de existir, como las empresas privadas. Pero otras, por definición, las costeamos con nuestros impuestos para que presten un servicio. Vale que no se despilfarren los fondos públicos y que se trate de hacer más eficiente la gestión de esos euros, pero si echamos el cerrojo a todo lo que no es rentable a corto plazo, ya podemos ir comprando unas lianas para saltar de farola en farola porque esto va a ser la jungla, pero sin las reglas de la sensata ley animal.

Las mejores cosas de la vida, como tomarse una birra helada con un buen amigo, no son rentables, sino impagables.

Imagen: Café Bar Borrazás, fotografía de José C. Pérez para La Voz de Galicia.

La noche de las palabras

Sábado, agosto 15th, 2009

NACE UN CREADOR, por César Casal*

Tiene futuro este Miguel Andrade. Tanto como lo tiene su creador, Luís Pousa. Miguel Andrade es ese pintor y hacedor de diarios que protagoniza la primera novela del periodista de La Voz y escritor Luís Pousa. Se titula La noche de las palabras, en verso prestado por Louis Aragon, y, como las muñecas rusas y los huevos Kinder, tiene sorpresa. Miguel Andrade da para hacer una serie con él. No les tiene nada que envidiar a otros personajes nacidos de la tinta. Y así lo reconoce su inventor, al anticipar, tras conocer que había ganado el premio Arenas, que Andrade puede tener continuidad en nuevos relatos.

Pero vayamos con el actual, con esta La noche de las palabras, que nos pasea, al borde del mapa, de Barcelona a A Coruña, como en una pesadilla o en la resaca horrible de la anestesia. Andrade sufre un accidente y despierta en un hospital. Recibe las primeras visitas y evoca su vida. Desde su cama de hospital pasa de la química a la alquimia y el autor aprovecha para recuperar sus diarios o las cartas que el pintor se enviaba a sí mismo y en las que se contaba su propia vida. Andrade es un tipo peculiar. Una especie de bomba de relojería, acostumbrado a la peor vida. Su óleo es la noche. Y tiene uno de esos corazones que, mordidos por una prostituta, funcionan como una granada. Uno, leyendo las andanzas de este Quijote de garito y pincel, de este artista que triunfa mientras colecciona y colecciona absurdos (la suma de los días, muchas veces, no es más que otro absurdo), se da cuenta de que este tipo de seres humanos, destrozados por dentro, solo necesitan en los hospitales transfusiones de gasolina, nunca de sangre. Andrade funciona con queroseno de fuerte octanaje.

El libro está bien armado. Y al personaje, ya está dicho, tan bien construido, o destruido, dan ganas de ir a verlo al hospital para darle los abrazos que nunca ha encontrado. A quienes conocemos a Luís Pousa, compañero en La Voz y autor del espléndido libro de poesía O embigo do mar (Espiral Maior), nos sorprende que su registro literario sea una especie de máquina registradora de voces como la de Bukowski o el Umbral más canalla. Es Luís Pousa, en apariencia, hombre delicado al que uno nunca le supondría el vicio de mirar lencerías en las telas de araña de los tendales de los patios de vecinos. Pero la literatura tiene estos milagros y, debajo de una sotana, siempre puede haber una pistola que se alegra de conocerte.

Lean al nuevo premio Arenas y recibirán así la bofetada final, la sorpresa que esconde en su último sorbo. Un chispazo que demuestra que Luís Pousa será autor de aliento, capaz del aliento más negro y de la esencia de la poesía. El talento, cuando se tiene, siempre es ambidiestro. Estamos ante un maestro de esgrima de la escritura, dueño de la primera, segunda y tercera persona al narrar. Imposible pedir más y mejores combinaciones a este cóctel de palabras.

*Texto publicado hoy en el suplemento Culturas de La Voz de Galicia

Más información sobre el libro en el blog de La noche de las palabras

 

 

 

Irlandas

Sábado, junio 20th, 2009

Los antiguos coruñeses, a los que se la traía al pairo la curvatura de la Tierra y demás vainas de la física, contaban que si uno se encaramaba a lo alto de la Torre de Hércules en un día despejado y aguzaba la vista podía contemplar los acantilados de Irlanda. Muchos años después Luis Seoane confirmó la teoría, arguyendo que para observar desde el faro milenario lo que uno desea, en ocasiones ni siquiera es necesario abrir los ojos: basta con cerrarlos.

A mí a veces también me da por trepar a la atalaya única de la Torre para ver lo que no percibo a ras de suelo. Con el Nordés inyectándome en la jeta el salitre y los espumarajos del Atlántico, dilato hasta el límite las pupilas de mi cerebro para divisar todas las Irlandas que se han soñado durante siglos desde la terraza de esta linterna de leyenda, que Herculés alzó sobre el cráneo y las tibias de Gerión.

A la cima del gran fanal de Monte Alto, que barre cada noche las sombras del irreductible barrio, uno sube ya con su Irlanda personal e intransferible clavada en las meninges y, al abrir los ojos (o incluso al cerrarlos), unos han avistado, como los viejos coruñeses, la larga bahía de tiza de Dublín y hasta los rompientes de Donegal; otros, como Luis Seoane, una aldea llamada Arca; y algunos han hallado su infancia, semienterrada entre las arenas, los bosques de algas y las caracolas de las Lapas y el Orzán.

Porque la Torre, más que un catalejo al uso, es un enorme microscopio que nos permite escrutar las Irlandas que atesoran nuestras entrañas.

Shine on me

Sábado, febrero 14th, 2009

Imagen de previsualización de YouTube 

Suena Shine on me. A la luz de la Torre de Hércules, el flexo posado sobre la mesilla de Monte Alto, esta inmensa canción bien podría ser una especie de himno apócrifo de la ciudad atlántica (de esta o de cualquier otra, por supuesto). “Let the light of the lighthouse shine on me”, reza el coro. Ya sabemos que cantan a otro lighthouse, tal vez al faro aquel al que se dirigía Virginia Woolf, no sé. Pero cuando oigo la palabra lighthouse, qué le vamos a hacer, se me va la mirada a la península de la Torre, que cualquier día se desata de A Coruña y se echa a navegar por el océano sobre su islote de tojos y pedruscos.

Como ya saben los lectores de mi cuaderno de bitácora, que son agudos cinéfilos, este espléndido góspel se esconde en el metraje de Ladykillers, enésima obra maestra de los hermanos Coen, a los que nunca estaré suficientemente agradecido por tesoros como Fargo o Muerte entre las Flores. El coro, no podía llamarse de otra manera, es el Abbot Kinney Lighthouse Choir. Y, para que no me censuren los puristas, aquí dejo la versión original de la canción, del épico Blind Willie Johnson. El vídeo está entre lo friki y lo new-age, lo sé, pero la música es impagable. Shine on me, Willie.

Tres ciudades enlazadas

Viernes, enero 30th, 2009

Es curioso cómo, a través de una serie de bitácoras, se ha ido trazando un camino de ida y vuelta, de enlace en enlace, entre tres ciudades blogueras: A Coruña, Barcelona y Zaragoza. Uno puede partir de aquí mismo, de esta ciudad atlántica suspendida en los puntos suspensivos de Estíbaliz Espinosa, y brincar al Hotel junto a la vía que tiene abierto Álex Nortub en Barcelona. Allí, en BCN, se puede uno quedar plácidamente en Hasta Elena, en El lamento de Portnoy, en la web de Vila-Matas (que tiende al blog, sólo que nos tiene a la espera para crear expectación), en Semper Tremulusa o en Iceland bailout plan (9). En caso de lluvia, siempre puede uno cobijarse bajo el Paraguas en llamas de Jordi Mestre o emprender, sin más rodeos, el vuelo hasta Zaragoza para aterrizar, por ejemplo, en la biblioteca de Antón Castro. En la misma ZGZ se pueden subir los 39 escalones de Alfredo Moreno o reposar entre nómadas con Marta Navarro. Marta nos abre la puerta al MigraMundo de Guillermo Pardo, ya en A Coruña, donde rodamos de blog en blog para rastrear El cuadernillo verde de María B., el Im-Pulso de Félix SoriaLa Huella Digital de Nacho de la Fuente,  y para desembarcar luego en el camarote coruñés (Javier Pedreira, Wicho) de ese trasatlántico llamado Microsiervos. Se impone una última parada en los mundos virtuales de dos coruñeses hasta las cachas emigrados en Bilbao, Pablo Gallo, y en Bruselas,  Gritando a voces en alta mar, antes de rematar el periplo en la acogedora casa en la que cohabito, entre otros grandes blogueros y amigos, con César Casal, Rubén Santamarta, Sandra Faginas, Antía Díaz, Miguel Piñeiro, Paco Sánchez, Fernando Hidalgo, Jorge Casanova, César Rodríguez, Olalla Sánchez, Francesc Pumarola, Carlos Agulló y los gallegos errantes de Global Galicia. Y ya estamos de regreso. Teniendo links, quién necesita puentes aéreos. A Coruña-Zaragoza-Barcelona es ya una conurbación bloguera.

Perdón por los más que probables olvidos (mis neuronas ya no son lo que eran). Un saludo a todos (incluso a los olvidados) desde esta región ocultamente furibunda.

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