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La realidad hecha calle

sábado, mayo 17th, 2014

Foto: Eduardo Pérez

Cuando empezábamos a estudiar Filosofía, allá por los 16, a un profesor de Física le dio por poner el clásico ejemplo de no sé qué ley que se demostraba con unos cuerpos rodando por la calle Real, a lo que un hormonado compañero de pupitre preguntó:
—¿Pero hay alguna calle que no sea real?
Cosas del castellano, que no diferencia entre realidad y monarquía —en España da igual ser real que ser royal —, y de suministrar a adolescentes desatados altas dosis de ontología. Claro que aquel compañero fue el que en un examen de Religión, a la pregunta de por qué Dios permite el mal, respondió:
—Porque Dios no existe.
Gran alborozo en el colegio religioso. Son esa clase de agallas del artista adolescente que luego van limando la edad, las facturas y las resonancias magnéticas.
Pero volvamos a la realidad, o sea, a la calle Real. Tiene dentro muchas calles. No es la misma a las diez menos cinco de la mañana de un lunes, tomada por un desfile de furgonetas de reparto y de dependientas que apuran el último pitillo antes de entrar en la tienda, que a la medianoche de ese lunes, cuando ya solo cuatro noctámbulos se dejan llevar por sus losas movedizas.
El mejor momento para ver la calle Real es a las cuatro de una tarde de verano, en pleno agosto, cuando entra desde el Obelisco hacia Riego de Agua, en plan solsticio de Stonehenge, un chorro de luz horizontal, perfectamente paralela al suelo, que te deslumbra sin remedio y que estira tu sombra desde la Farmacia Villar hasta el Rosalía. A esa hora somos todos un poco Tkachenko, con nuestra sombra de papá piernas largas o como se titulase aquella peli de Fred Astaire.
Caminar por la calle Real es pisar (metafóricamente) los cráneos de la antigua necrópolis romana. Es desgastar sus losas históricas. Aquí no se perpetró la profanación de las aceras de los Cantones, que perdieron absurdamente sus cicatrices, sus baches, sus grietas, su mugre centenaria: su historia.
Ya no está la joyería Malde, que cada verano exhibía en su escaparate el trofeo Teresa Herrera, aquella enorme torre de Hércules de plata que los chavales mirábamos apampanados durante horas, ya no está el cine París y ya no está la tienda de partituras e instrumentos musicales de Canuto Berea en la esquina, claro, con Alcalde Canuto Berea.
Y no está, pero solo porque es primavera, el castañero de la calle Real, con su locomotora convertida en horno. Circula por ahí la leyenda urbana de que el famoso castañero en realidad es multimillonario y solo vende castañas por deporte, pero debe de ser una de esas coñas que alguien suelta un día en la escalera mecánica de El Corte Inglés y luego ya no hay quien la pare.
Pero no todo van a ser necrológicas, no todo va a ser expedir certificados de defunción de lo que ya no está. Para eso ya están las esquelas. Y, además, porque aún están la lencería fina de El Guante Varadé y el Bazar de Pepe, casa fundada en 1929, donde lo mismo te compras un póster del Wish You Were Here, de Pink Floyd, que una muñequita ataviada con su traje regional. Está la Farmacia Villar, de 1827, que conserva su antigua pesa como una especie de máquina del tiempo a la que te subes y adelgazas siglo y medio. Está el Banco Etcheverría, el más antiguo de España, de 1717. Y está, por encima de todas las cosas, el mural de Urbano Lugrís en el paredón del café Vecchio. Anda ya algo desconchado por el paso del tiempo y de la clientela, pero ahí está su torre de Hércules estilizada, sus galeones en la bahía, una Coruña con molinos de viento en lo alto de Santa Margarita y con el convento de San Francisco todavía en su lugar, antes de que lo transformaran en arquitectura portátil y se lo llevaran a la sillita de la reina desde la Ciudad Vieja hasta Luciano Caño.
Está Chavalín, donde la abuela le compra a los nietos los mismos zapatos de charol, merceditas o como se llamen, que ya le había comprado a sus hijos hace treinta y pico años, cuando nos ponían calcetines de ganchillo para humillarnos en el parque.
Y está el Casino (Sporting Club), con los mismos socios en distintos sillones, pero ya no está por aquí Anselmo, aquel portero grande y bondadoso que de chavales nunca nos reñía por subir a la azotea a catar las mejores vistas de los tejados de A Coruña.
Y, claro, como es una calle de mucho pedigrí, luce mucha placa, mucho bronce, mucho marmolillo conmemorativo. Una recuerda que en el portal 36 fundó Ánxel Casal, en 1927, la editorial Nós. Otra que por allí estuvo la redacción de Alfar. Y en el número 20 aún se lee: «En este local realizó su primera exposición en febrero de 1895, a los 13 años de edad, Pablo Ruiz Picasso, entonces alumno de la Escuela Provincial de Bellas Artes».
La calle Real es la única calle de A Coruña donde los peatones tienen que respetar el sentido de circulación e ir por su derecha, en plan automóvil, porque si pillas una tarde de domingo tumultuosa e intentas circular por la izquierda, estilo anglófilo, te arriesgas a que venga un municipal y te calque una receta por invadir el carril contrario.
¿Dónde empieza la calle Real? Los del 15004 dicen que en el Obelisco y los de Monte Alto que arranca en Riego de Agua. El callejero, que orbita alrededor de María Pita, confirma que la calle Real nace en el Rosalía, pero en el fondo es una vía reversible, tanto da, porque el paseante de la calle Real la recorre una y otra vez, como el circuito de Montmeló o Jerez, vuelta tras vuelta, hasta que se larga a los boxes.
Cuando no hay pasta (eso que sucede cada siete años) los coruñeses se dedican a caminar por la calle Real, arriba y abajo, del Obelisco a Riego de Agua, porque es gratis y ves mucho mundo, saludas a mucha gente. Se lo dice el marido agarrado a la santa, para no invitarla ni a una caña:
—Esto de la calle Real es bárbaro. Y sin gastar un duro.
La calle es glosa de la ciudad. Es multirracial, como los tiempos, y ya tiene su chino y hasta su top manta de pelis piratas y bolsos falsificados. Por ella pululan desde la pija de morro fino hasta el niño kamikaze en patinete o el mendigo con chucho, que hace vigilia de guitarra y poncho en los portales nocturnos.
La calle Real es el río humano e inmemorial donde convergemos todos. Es la realidad hecha calle.

A las cinco en el Avenida

sábado, mayo 10th, 2014

Ahora nos parece una historia del abuelo Cebolleta, pero hubo un tiempo —no tan lejano como la galaxia de Star Wars— antes del guasapeo y demás toqueteos de pantalla en que la gente, para verse unos a otros, no se pegaba un toque al móvil, sino que quedaba en un sitio a una hora. E incluso había seres humanos que se presentaban puntualmente a la cita, como si fueran ingleses o centroeuropeos. Será cosa de la emigración y su ósmosis.
En A Coruña, cuando todavía se estilaba esta extraña costumbre, la ciudad quedaba consigo misma en el cine Avenida. Se sacaba de paseo el sábado por la tarde y siempre se citaba en el Avenida, que entonces no estaba cerrado por una valla publicitaria, sino que lucía el hermoso vestíbulo diseñado en los años treinta por Rafael González Villar.
Uno llamaba a los colegas al teléfono de casa —o sea, al fijo, que ni siquiera empezaba por 981, solo tenía seis cifras— y repetía siempre el mismo diálogo.
—¿Dónde quedamos?
—¿Dónde vamos a quedar? En el Avenida, claro.
—¿A las cinco?
—Pues claro.
Luego, como uno se retrasase por el camino, no tenía forma de avisar, y a veces cuando llegaba al Avenida había pasado por allí el caco de las cinco (puntual como un suizo) y le había levantado a los colegas la paga del fin de semana.
Pero lo peor que te podía pasar en la entrada del Avenida no es que te diera el palo el mangante de las cinco o’clock. Lo peor, por supuesto, es que tu novia te dejara mangado. Que no se presentase a la hora en Cantón Grande 7 y quedases expuesto a la vista de todos como el pasmón al que su chavea (entonces se decía mucho lo de chavea) había dejado colgado en el Avenida a las cinco. Incluso hay casos documentados de tipos abandonados por sus novias en el Avenida que tardaron días enteros en volver a su casa, desnortados, mirando cada cinco minutos si su reloj estaba sincronizado con las agujas históricas del Obelisco.
Mientras esperabas a que tu chavala llegara al Avenida podías dar vueltas por el vestíbulo, donde a mayores del quiosco, de una joyería de cuyo nombre no logro acordarme y del local de Goya, alquiler de coches, estaban las vitrinas donde el cine anunciaba con mucha foto y colorín los próximos estrenos de la sala, sacando pecho con las grandes estrellas de Hollywood bajo el letrero inevitable de «Próximo estreno».
A veces incluso quedábamos en el Avenida para ir al cine, pero un poco a propósito nos veíamos allí y luego nos íbamos al Valle-Inclán o al CGAI a ponerle los cuernos al Avenida con cine de arte y ensayo.
Creo que en el Avenida vi Bambi, o sea, el drama freudiano de la muerte de la madre de Bambi, un duro precedente en la educación sentimental que luego acabaría de forjarse uno con la novia perdida y nunca encontrada en el templo del cine.
Mis colegas creían que lo peor que se podía perder en el vestíbulo del Avenida era la paga del sábado, pero luego llegaba un vivales y les levantaba la novia y comprendían que hay lecciones que la vida solo te enseña en la entrada de un cine.
El edificio, ahora fantasma, aún luce en el primer piso el grabado en el ventanal de la joyería Arias, pero ya no queda rastro de aquel emblemático inmueble en el que anidaron desde una gestoría hasta una notaría, que es el negocio del yerno ideal, la máxima aspiración del opositor con alopecia prematura y gafas de culo de vaso.
También vivió aquí la pintora Elena Gago, exquisita retratista de pianos e interiores, que se quedó al final sola en el Avenida, como la última mohicana de un tiempo que se escurría entre los dedos del cerebro. Esa soledad, algo de Hopper, de los cuadros de Elena Gago la supo captar luego Pablo Gallo, que pintó un estremecedor óleo del Avenida ya clausurado en el que se ve el letrero sin la ene de cine, como contándonos que a la sala de Bambi y Fantasía (era muy de Disney) ya se le caía de vieja la dentadura del cartel.
Gallo, como Elena Gago, es nuestro Hopper del Cantón Grande 7. Pinta la soledad de las cosas, de las ciudades, y las clava sobre la tela como hacía Nabokov con sus mariposas.
Hay un vídeo que circula por YouTube en el que alguien ha grabado el estado actual del interior del cine y la sensación es la misma que al ver la ene caída del cuadro de Pablo Gallo. Una especie de intemperie que nos sobrecoge desde que en 1997 el Avenida echó el candado y nos dejó a todos sin rumbo, sin vestíbulo en el que quedar con los colegas para que alguien les levantase la paga o la novia.
La ciudad, como se vio descolocada por el cierre y tenía miedo de que le cayesen sobre la crisma otras letras de la cartelería, empezó a quedar consigo misma unos metros más allá, en el Obelisco, o incluso en la puerta de Mango.
Pero ya no era lo mismo. Ya ni las novias cultivaban el plantón como una de las bellas artes.

Foto: César Quian

Monte Alto, el epicentro

sábado, abril 5th, 2014

Monte Alto es nuestro barrio de Gracia, lo que pasa es que no nos enteramos, porque tampoco acabamos de comprender que la calle de la Torre sería el paseo de Gracia que une nuestro Greenwich Village con el resto del mundo. A veces somos un poco acomplejados.
A Monte Alto subimos por la calle de la Torre o por Orillamar, que son cuestas más o menos livianas, pero yo, será una manía, prefiero dejarme llevar a Monte Alto desde Zalaeta y el Campo de Marte, por la implacable pendiente de Curros Enríquez.
Todo coruñés hasta las cachas ha soñado en algún momento con vivir en una casita del Campo de Marte. En Villa Marujita, Villa Amelia o incluso en Villa Clotilde. Debemos de llevarlo escrito en algún rincón de nuestro ADN porque el Campo de Marte tira más que el dorado y opulento Parrote.
En el Campo de Marte los niños gritan dentro y fuera del colegio, en los columpios de la plaza y en el patio del Curros Enríquez, al que le han incrustado la Escuela Municipal de Música y una de esas bibliotecas de barrio que a tanta gente han salvado de la locura.
En el patio del Curros, a la hora del recreo, los niños corren, se persiguen, se esconden, le pegan patadas a un balón y se pelean exactamente igual que hemos hecho todos desde el Big Bang.
Cuando se aburren de tanto correr alrededor de un seto, los chavales se ponen a cazar hormigas para matar el rato hasta que suena el timbre.
Pero, como es nuestro Village, Monte Alto tiene otra gran y luminosa biblioteca municipal, subiendo a mano derecha en la vereda del Polvorín, que es una calle con uno de los nombres más hermosos del callejero mundial. Tiene nombre de avenida de Buenos Aires y si tuviésemos un Cortázar a mano ya habría escrito un cuento solo para ambientarlo en la vereda del Polvorín.
Al ascender hasta lo alto de la vereda nos damos de bruces con Santo Tomás, la gran cuesta del barrio, y con la farmacia de la licenciada Polledo Arias en la esquina con la Marola. Frente a la farmacia está el estanco que llevaba Doroteo Arnaiz, uno de los tipos que más sabe de grabado del planeta y al que, como hacemos por aquí con los sabios, nunca le hemos prestado la atención debida. Yo a veces entraba a buscar tabaco para la santa y Teo Arnaiz me hablaba de París, de Goya o de la Calcografía Nacional.
Monte Alto es la calle Marola. Una calle estrecha, difícil, pero que a poco que te despistes acaba por llevarte al mar, que es la razón de ser de Monte Alto. Uno sube a Monte Alto para dejarse luego caer por la cuesta de la calle Washington y llegar al Atlántico.
Monte Alto es su depósito de agua y la parada del 7 en Santo Tomás, frente al Café Bar Ansu, desayunos y tapas. Monte Alto es la plaza del mercado y esos tipos inquietantes que rondan siempre por allí. Es la calle del Cuento, el pulpo del Fiuza, la tapa de oreja de La Parra, el metrosidero del cuartel de la Policía Local, el Polvorín, el Mardigrás, la fábrica de paraguas Carballo, la Domus, las casas del campo de Artillería, un baño en As Lapas, y el judo club Shiai, gimnasia femenina y masculina.
Y Monte Alto es, claro, el martes de Carnaval, cuando la ciudad se apretuja en la calle de la Torre para escuchar los chascarrillos de Monte Alto a Cien y para ver qué modelo luce este año Álvaro, el último mohicano de los choqueiros.
—Alvarito viene de Pamela Anderson, con su tabla roja de vigilante de la playa y todo.
Y Alvarito, exuberante, pasea sus michelines con mucho salero, subiendo y bajando la calle de la Torre con su bañador ceñido y su melena al viento.
Monte Alto, y eso solo lo sabemos los que hemos vivido allí, es sobre todo el haz de luz de la Torre barriendo de noche los tejados una y otra vez, como una letanía. La Torre es la lamparita que nos dejaron los romanos en la mesilla para iluminar nuestros insomnios.
Ya no están los arcones de Orillamar, pero sí el British Cemetery (en esta ciudad siempre hemos sido muy British) y San Amaro, el cementerio marino que ya le molaría a Paul Valéry. Pero San Amaro y sus muertos ilustres se merecen otro paseo, otra historia, otro Atlantic City.
—La Marina será el centro, pero Monte Alto es el epicentro —apostilla un indígena.
Ahora hay que bajar por la calle de la Torre, de regreso al resto del mundo, e imaginar que todavía se puede parar a tomar algo en Casa Odilo y decirle al jefe que encienda la tele con el bastón, como en los viejos tiempos analógicos.
Monte Alto tiene esa luz de las ciudades sumergidas que fascinaba a Álvaro Cunqueiro durante sus paseos por A Coruña. La luz submarina que pintó otro explorador de los abismos llamado Urbano Lugrís.
Monte Alto tiene esa luz elevada al cubo. Será porque está más cerca del cielo.

El bodegón de la plaza de Lugo

jueves, abril 3rd, 2014

Ya no se estilan aquellas vitrinas de los restaurantes que parecían naturalezas muertas de los maestros flamencos del barroco, aquellos teatrillos de las casas de comidas donde se exhibían merluzas del pincho con un limón incrustado en la boca, cochinillos de siniestra sonrisa, pulpos desmadejados, cabritos de ojos saltones y hasta lampreas de bocas desafiantes y antediluvianas.
Si uno quiere ver un bodegón a la antigua usanza tiene que irse hasta la plaza de Lugo, que en realidad se llama mercado municipal Eusebio da Guarda, pero que nadie llama jamás así.
Los turistas, esos que creen que las nécoras ya salen rojas del mar, sacan muchas fotos de los puestos y los guiris de los grandes cruceros flipan largo y tendido con este exhibicionismo de la carne y la pesca, este alarde de gula que más que gula ya es lujuria.
La plaza de Lugo ya no es aquella plaza de hormigón y escaleras laberínticas donde el sábado por la mañana uno se compraba sobres con soldaditos de plástico (aún no era el pacifista inútil de la adolescencia), aquel mercado donde se vendía pasta fresca y que olía a pan de millo, berzas, flores y pescado. Ahora luce nuevo edificio, de cobre y cristal, y los cursis dicen que es un centro comercial porque le han adosado la FNAC, una tienda de Swarovski y la lencería Charel (todo al 50 %). Hasta lo pone ya en la placa municipal de la entrada: «Este mercado municipal Eusebio da Guarda y centro comercial fue inaugurado por el alcalde de la ciudad…».
—Se pasa del kilito, cariño.
En la plaza se habla y se regatea mucho en diminutivo, que es la forma más extendida que tiene el castrapo en la ciudad, decirlo todo con muchos diminutivos, como empequeñeciendo las palabras para no darles mayor importancia.
—Bueno, pues dame también unas meigas para los nietos. ¿A cómo van?
—A catorce euritos
En la plaza de Lugo se vende mucha meiga porque las abuelas siempre que pueden le sueltan una meiga al nieto para que no coma solo palitos, bollicaos y fritangas.
La plaza está sobre todo en la planta baja, en el bodegón de pescado y marisco que componen cada mañana las manos sabias de las pescantinas. Hay erizos a seis euros y percebes a 65. Hay xarda, raya, merluza, rape, lubina, lenguado, pateiros y pulpo de Camariñas.
Entre los regateos y los cariños se oyen todo el rato los cuchillos cortando y limpiando el pescado
Zas, zas, zas.
En uno de los puestos se me queda mirando, al pasar con mi libreta, una dorada macho que más que saltones tiene los ojos tragones. Desorbitados.
Y subo a la planta primera, carne y embutidos, con los ojos de la dorada macho todavía clavados en la nuca.
Como todavía colea el carnaval y su desmadre omnívoro en los puestos todavía nos espían las caretas del porco, que si no fuese porque luego sobre el plato se convierten en la bendita cachola darían para montar una película de terror. Entre las pollerías y las hueverías (con perdón) se ha quedado huérfano el puesto de venta de carne de toro de lidia, que solo abre unos días en agosto para facturar los seis rabos y pico que se torean durante la feria. Un destino nada épico para el astado, que poco tiene que hacer junto a la ternera rubia del país.
—Guapiña, ponme un chuletón bien bueno para mi Pepe.
—De lo mejor, señora. Es pura manteca. Se puede tomar con cuchara.
A la segunda planta le llaman en la cartelería municipal bajo cubierta, que es una herencia lingüística del boom inmobiliario, cuando se levantaban de la noche a la mañana edificios de cinco plantas y bajo cubierta.
En lo alto de la plaza hay flores, repollos, grelos, manzanas y pan. Mucho pan. Pan de Carral. Pan de Cea. Pan del país.
—Dame una bolla, reina. Pero que sea del país.
—Aquí todo es del país. Pero del nuestro, no del de los otros.
En cuestión de pan hay un nacionalismo gallego que no han sabido detectar los gurús. Si fuera solo por el pan, Galicia sería secesionista.
Pero el jefe de la plaza de Lugo se llama Ney. Es un labrador que vigila la floristería Armonía, en los flamantes bajos del mercado. A Ney le dejan su cacharrito con agua en los soportales y allí se tumba, a la sombra, todo pachorra.
A los niños, claro, lo único que les interesa de la plaza de Lugo es el pan de Carral —el corrosco, para ser precisos— y jugar con Ney, que se deja sobar con paciencia y bondad franciscanas.
Ney ya va algo mayor y dicen que le van a hacer una estatua.

Luis Seoane en la caja de reclutas

sábado, marzo 15th, 2014

Ya nadie se acuerda de la mili. Ni siquiera ese primo quinto a mano izquierda que tantas anécdotas contaba de garitas, imaginarias y otras machadas en las sobremesas dominicales. Nadie habla ya del sorteo de quintos, que no consistía precisamente en repartir a voleo botellines de Estrella, sino en darle a un bombo que lo mismo te mandaba a Ceuta que a Caranza. Puro azar. Cuando había mili solo te librabas de arrojar por el desagüe muchos meses de tu vida declarándote insumiso, haciéndote objetor de conciencia, por exceso de cupo (el baby boom daba reclutas a patadas) o si te declaraba inútil un tribunal médico.

A mí me tocó ser inútil porque, como decía Woody Allen en no sé qué película, en caso de guerra no valdría ni para prisionero. Tengo un papel del Ministerio de Defensa que lo certifica. Inútil. No apto. Algo así. El caso es que un día me llamaron a filas, que traducido al cristiano significa que tuve que presentarme un día a tal hora en la caja de reclutas. La caja de reclutas no era exactamente una caja, sino el antiguo cuartel de Macanaz. El de Macanaz, quién se acuerda ya, era un cuartel con nombre de ilustrado, Melchor de Macanaz, al que la Inquisición encarceló durante doce largos años en las mazmorras del castillo de San Antón y del acuartelamiento que luego lució su apellido.

—¡Silencio! ¡A formar!

En la caja de reclutas nos ordenaron formar en el patio para escoltarnos —nada de prófugos— hasta el antiguo Hospital Militar, que distaba unos diez metros de Macanaz. A la vuelta también nos escoltaron, pero ya más relajadamente porque más que desertores ya éramos claramente inútiles. El pelotón de  los torpes de las Desventuras de un recluta inocente.

Unos cuantos años y muchas cicatrices después, el Hospital Militar es el Abente y Lago y el cuartel de Macanaz ya no tiene reclutas pero todavía es una caja. La luminosa y civil caja diseñada por Juan Creus y Covadonga Carrasco  como sede de la Fundación Luis Seoane. Del cuartel ya solo queda el patio en el que nos mandaron formar una mañana absurda de 1989. Un patio que ahora puedo visitar sin la escolta de la Policía Militar y en el que incluso he hecho algunas entrevistas a tipos más bien subversivos. En este patio plantó Alberto Ruiz de Samaniego una réplica de la cabaña de Henry David Thoreau a orillas del lago Walden. La cabaña del tipo que inventó la desobediencia civil y un anarquismo ecologista nada bélico.

Macanaz es hoy sobre todo la casa de Luis Seoane, el artista que vio más lejos en el horizonte de Galicia. No solo en la pintura. También en la literatura. Porque escribía cosas como esta: «Habitan en La Coruña y no saben que los viejos de su infancia decían a los niños que desde la península de La Torre, en la misma ciudad, se podía ver en los días claros la costa de Irlanda. Quizás nunca lo supieron. Yo sé eso. Lo recuerdo. También sé que cerrando los ojos veo cuando quiero una aldea, Arca, y a la misma aldea rodeada de montañas, de minas, de bosques y labradíos, y al pie de ellas un río transparente de truchas que se ven correr amedrentadas por las sombras. Un río transparente sobre el que nadan las libélulas y en el barro de sus orillas se esconden las anguilas».

En la Fundación Luis Seoane está el Seoane de Sargadelos, del Cristo obrero, del cartel de Cinzano y de los murales de Buenos Aires. De vez en cuando, le vienen a ver tipos como Georges Perec, Henry David Thoreau o Bram Stoker y su Drácula. A Seoane le habría gustado ese mestizaje lúdico de arte contemporáneo y vida. Le habría gustado saber que en la caja de reclutas ya no hay cetmes, sino cuadros, zombis y cabañas para pensar.

Así que me planto en el centro del patio, como aquella mañana de 1989, y cierro los ojos para ver lo que veía Luis Seoane en 1978: «Es curioso lo que ven por no querer ver algunas personas. Yo cierro los ojos y veo lo que quiero. Alguna vez creí percibir incluso el olor de aquel mar o de aquella aldea. También alguna vez quise ver la costa de Irlanda de la que hablaban los viejos coruñeses y no busqué el horizonte despejado de un buen día claro abriendo más los ojos que cualquier otro día, sino que me bastó cerrar los ojos para verla, y sin embargo era una tarde de espesa niebla». Amén.

La plaza se queda sin libro

sábado, febrero 22nd, 2014

En Los Ángeles un tipo ha abierto The Last Bookstore, una librería que se llama exactamente La Última Librería. Claro que Los Ángeles es la ciudad apocalíptica por excelencia. En Los Ángeles escribió Bukowski, el gran Chinaski, su demoledor Dinosauria We, un poema en el que anticipaba el hermoso silencio que seguiría a la hecatombe nuclear. Y en Los Ángeles transcurre otro icono del apocalipsis zombi o vampírico: El último hombre vivo, esa peli en la que Charlton Heston es el único superviviente —al menos el único humano en sentido estricto— tras una devastadora guerra biológica entre China y la URSS.

A Coruña, ya lo decían las abuelas al ver a las chicas haciendo toples en Riazor, no es Los Ángeles. Pero a este paso cualquier día abre a la vuelta de la esquina La Última Librería. Porque, a falta de apocalipsis zombis, nucleares o bactereológicos como los de California, la ciudad se ha entregado con empeño a un apocalipsis librero que va a dejar huérfana a la tribu lectora, esa que lo mismo engulle los Episodios nacionales de Galdós que la composición química del agua mineral Cabreiroá. El caso es leer.

—Oiga, un respeto, que aquí tenemos un monumento al libro y una plaza del Libro.

En Méndez Núñez resiste, a pesar del estrecho marcaje al que lo someten vándalos y botelloneros (perdón por la redundancia), un monumento en el que ya no se lee su antigua inscripción:

«Los libreros españoles al libro y a sus creadores».

Pero quién se acuerda ya de los libreros, los libros y no digamos ya de sus vapuleados creadores.

El monumento, en los tiempos de esplendor del botellón en el Relleno, servía principalmente de barra improvisada para apoyar el whisky.

A veces, por si el monumento se confía, se acerca un niño y le suelta un patadón al muñeco de bronce en la entrepierna.

De camino a la plaza del Libro está el mural de Leopoldo Nóvoa. Un día el Ayuntamiento clavó en medio del mural un paso elevado, anticipando el gesto de Mourinho al meterle el dedo en el ojo a Tito Vilanova. Los políticos a veces tienen estas premoniciones.

Ya en la plaza, si se están quietos los coches en el semáforo, se escucha de fondo la cascada de la cantera de Santa Margarita, aunque de la cantera ya no queda ni el bareto de la glorieta de América.

Cuando construyeron la plaza del Libro alguien pensó que, para dejar asfaltado el progreso, lo suyo era cargarse los árboles y dar paso al hormigón. Los grandes plátanos, el único rastro que queda del patio del colegio Dequidt, se salvaron finalmente por uno de esos milagros municipales que solo acontecen una vez cada siglo. Son un pedazo de aquellos recreos escolares en medio del tumulto de las aceras y las bocinas. Seguramente por eso ya les habían extendido el certificado de defunción.

Los árboles, cuando llueve, huelen a Barcelona, que es la ciudad con más plátanos por metro cuadrado del mundo.

—La plaza del Libro se queda sin libros.

El lector, desolado, escruta el escaparate desierto de la librería Nós, donde solo hace un par de días se exhibía la última de Rodrigo Rey Rosa.

Hay pocas cosas más tristes que una estantería vacía.

Casi cuarenta años después la librería que lucía el nombre de la generación que reinventó la cultura gallega echa el cierre.

De pequeños todos los niños coruñeses soñábamos durante un rato que éramos arquitectos y levantábamos gigantescos rascacielos en nuestro barrio. Y el domingo por la mañana nos arrimábamos a las vitrinas de Nós para ver aquellos enormes y carísimos libros de arquitectura donde Frank Lloyd Wright o Le Corbusier explicaban cómo alzar una torre de vidrio y acero en Peruleiro o la Sagrada.

—Niño, tú haz unas oposiciones y déjate de rascacielos.

Y el sueño arquitectónico se esfumaba de una colleja.

«La plaza del Libro seguirá siendo un homenaje a la belleza del libro», apuntan los dueños de Nós al bajar la persiana.

A solo dos zancadas, otra librería histórica, Couceiro, también iza la bandera blanca:

«Véndese ou alúgase», reza el cartel.

—Xubilámonos, pero a idea é que alguén colla o negocio.

Cunqueiro, Fole, Coetzee, Rosalía y McCarthy se mezclan en las mesas de saldos. «Todos os libros teñen un 30 ou un 40 % de desconto, agás as novidades do último ano, que están ao 10 %», matiza el jefe.

La plaza del Libro se va quedando sin libros, sin librerías, sin libreros. Tal vez por eso, porque son una especie en vías de extinción, ya tienen su monumento en los jardines de Méndez Núñez. Ya saben, aquel tipo que dijo lo de más vale honra sin barcos que barcos si honra. Pero lo que no aclaró don Casto es si podía haber honra sin libros.

Y, a este paso, el único libro que va a quedar en la plaza es el de la placa de azul municipal.

 

 

San Carlos, un jardín con candado

sábado, febrero 15th, 2014

En Galicia antes llovía de octubre a mayo y los viejos del lugar se limitaban a observar, entre calada y calada al cigarro de picadura selecta, que hacía mal tiempo. Ahora lo llaman ciclogénesis explosiva, que suena muy a peli de ciencia ficción, hasta parece que en cualquier  momento puede asomar Flash Gordon cabalgando las olas descabelladas del Orzán. También hay trenes de borrascas, que es cuando las nubes, como los parvulitos de las Escuelas Populares Gratuitas, se ponen en fila india y se agarran por el mandilón unas a otras para desplazarse por el mundo.

El caso es que con esto de los trenes de borrascas y la explosión de las sucesivas ciclogénesis, el jardín de San Carlos lleva encerrado consigo mismo como dos meses, enjaulado tras la verja de la que cuelga un letrero municipal:

«El jardín de San Carlos permanece cerrado al público debido al aviso de alerta naranja. Disculpen las molestias».

La cancela la cierra cada noche y la abre cada mañana (cuando no hay ciclogénesis a la vista) el jardinero de San Carlos, Fariña, que tiene probablemente el mejor trabajo del mundo. El Cela de antes del Nobel dijo un día que a él lo que de verdad le gustaría ser era arzobispo de Manila «para poder ir por la calle rodeado de un coro de monaguillos capones cantando en tagalo las alabanzas de Nuestro Señor». Pero yo creo que el mejor trabajo del mundo, mejor incluso que el de arzobispo de Manila, es el de Fariña, custodio y guardián del jardín de San Carlos y del túmulo del general sir John Moore.

Al fin atisbamos un poco de luz entre los trenes de borrascas y las alertas meteorológicas y sale el sol de febrero en A Coruña, que es un sol tibio, tamizado por esas nubes barrigonas y obstinadas que se quedarán en el cielo por lo menos hasta San Juan. El jardín sale de su clausura y se deja pisotear por turistas y otros ociosos desnortados.

—Pero qué cuidado tiene todo este hombre.

La señora, que viene de una revisión en el Abente y Lago (antiguo Hospital Militar) se queda pasmada ante los mirtos recortados con esmero. Los negrillos, que son los últimos mohicanos de los olmos en Galicia, sacan sus raíces de vez en cuando de la tierra para ponerle la zancadilla al crío molestón que se pasa de traste.

—Juanito, anda con ojo que me rompes todos los pantalones por las rodillas.

Esas cosas que se oyen cuando a los niños les da por ser analógicos y, sin ninguna pantalla por medio, se dedican a arañar la tierra con una ramita para ver qué hay debajo del barro y las hojas muertas.

Cunqueiro, cuando andaba por la ciudad con sus artículos y sus libros orbitando alrededor de su cabeza, buscaba en el jardín de San Carlos la sombra errante de Lady Hester Stanhope, presunta novia o prometida de Moore. Contaba que la intrépida viajera británica se tropezó un día con un iraní ciego que se ganaba la vida vendiendo a los demás los sueños que a él le sobraban y que quizás Lady Stanhope le podría haber comprado el sueño de una mañana de sol en el jardín de San Carlos con Sir John.

En los balcones que dan al mar muchas parejas se dan el lote largo y tendido ante el asombro disimulado de los flemáticos viajeros ingleses, que piden un poco de respeto para el esqueleto de su general.

De pequeño yo cruzaba la ciudad para quemarme las pestañas entre las estanterías de la antigua biblioteca pública de San Carlos, donde un día pedí prestado un libro de Kafka quizás algo prematuramente para las normas de la casa.

—Niño, no pidas cosas raras, que eres muy nuevito.

—Vale, pues entonces deme Huckleberry Finn.

Ahora la biblioteca se ha mudado a Elviña —donde la batalla— y en el jardín resiste el Archivo del Reino de Galicia, que viene siendo casi cuanto queda del Antiguo Reino: un himno y un archivo.

San Carlos es un jardín con candado, un jardín con horario fijo, de nueve a nueve, para que la muchachada no le haga botellón encima de la chepa al difunto.

De vez en cuando viene Manuel Arenas con su batalla de Elviña transportable y pega cuatro cañonazos. En su tumba da un respingo sir John Moore y los estorninos, alborotados, llenan el cielo de garabatos.

Foto: Paco Rodríguez (La Voz de Galicia)

La Barra, la cafetería portátil

sábado, febrero 8th, 2014

Un buen día, cuando la burbuja inmobiliaria, unos avispados hosteleros decidieron que la antigua Barra de Riego de Agua esquina a Luchana no era antigua, sino una antigualla. Había que poner en su lugar algo más moderno, más in, como dicen los finolis. Y, como suele suceder cada vez que llega lo in, hubo que sacar algo out para hacer sitio. En este caso se fueron out los vejetes que echaban la partida atornillados a su silla durante timbas que podían durar más que las 24 horas de Le Mans.
Otro buen día, para ceder el paso a la modernidad y el progreso, los camareros de la antigua Barra de Riego de Agua agarraron sus bártulos, sus mesas de mármol, sus barajas, sus percheros de madera barnizada por el humo y el tiempo, su parchís y sus jubilados atornillados a las sillas desvencijadas y se largaron un par de calles más arriba, a los soportales de Juan XXIII, entre el barroco de la iglesia de San Jorge y la parábola de hormigón del mercado de San Agustín.
Allá nos fuimos todos, con nuestro periódico y nuestro café con leche. A mí aquello de la burbuja inmobiliaria me pilló leyendo un libro y casi no me enteré de que durante un cuarto de hora habíamos sido ricos. Se me pasó por completo la fiesta jolgorio.
—¿Qué le debo?
—95.
—¿Céntimos?
—Toma, claro.
—Ah, pensaba.
La Barra es un local low cost (antes llamados baratos, económicos o de precio módico). Es uno de esos lugares donde el político de turno puede acertar de pura chiripa la clásica pregunta de cuánto cuesta un café, porque todavía no llega al euro, que es el precio en el que se quedaron los políticos cuando todavía pisaban más aceras que alfombras.
En La Barra hay que ser de chascarrillo rápido. Es algo que gusta mucho a los clientes respondones y resabiados que ya tienen sobre las vértebras dos guerras mundiales, una civil y tres posguerras.
Los parroquianos más que leer el periódico lo estudian, lo desmenuzan párrafo a párrafo. En La Barra se lee, se escribe y se juega. O juegas al parchís o al tute cabrón o al dominó. Para jugar al dominó hay que exhibir un vocabulario lo más amplio y versátil posible, porque es un juego de mucho juramento y blasfemia. Vuelan unas blasfemias largas y barrocas, de esas blasfemias de fino encaje que solo se estilan en los países católicos hasta las cachas. Las blasfemias de La Barra son como las Variaciones Goldberg de los juramentos.
Cuando no sale la jugada prevista y el compañero de partida arremete contra ti, lo tienes que cortar en seco, de un único sopapo verbal.
—Pero mira que eres parvo, Manolo, ¿pero no veías que tenía el tres doble?
—A tomar por culo.
—Cala, pasmón, que pareces o De Guindos ese.
Para jugar al dominó en La Barra hay que estrellar las fichas contra la mesa como si quisieras dejar la mano incrustada en el mármol. También se exigen dos idiomas, como para trabajar de subsecretario de algo en la Unión Europea, porque hay que saber blasfemar indistintamente en castellano y gallego normativo.
A veces anda por allí, despistado entre las mesas de mármol con su maletín y sus libros, Manuel Rivas, que va anotando muchas cosas en su libreta, como si espiase esa realidad paralela que habita en La Barra.
En este café está institucionalizada la figura del mirón de naipes, que no es un voyeur de lencería fetichista, sino un prejubilado de la banca que pasa el rato observando cómo otros pierden la partida y la paciencia. El mirón de partida está siempre de pie (no gasta silla) y tampoco toma nada (tampoco va a gastar euros). Como mucho, sonríe aviesamente mientras los jugadores zarandean el camposanto y el santoral.
La Barra, por supuesto, tiene su barra, donde se acoda la clientela vip, formada por las aguerridas pescantinas de San Agustín y los funcionarios municipales, que hojean con mucho salero la prensa local, rebuscando las chapuzas de sus jefes entre los breves.
Hay siempre una gabardina colgada del perchero que nadie sabe de quién es. Se sospecha que perteneció a un cliente que se quedó por el camino, traspapelado durante la mudanza de Riego de Agua a Juan XXIII.
—Pero mira que xogades. Isto parece Las Vegas.
—Será Eurovegas.
—Mellor Atlantic City, que é máis coruñés.

Con Vila-Matas y Montano

sábado, diciembre 1st, 2012

Como el papel tiene sus limitaciones y algunos buenos amigos me han comentado que les había gustado la entrevista, dejo aquí la versión íntegra de la charla que mantuve con Enrique Vila-Matas esta semana en A Coruña. Un enorme placer, claro.

—Se reedita, diez años después, «El mal de Montano» en Seix Barral, el primer libro español que ganó el premio Médicis…
—Es el libro más premiado de los míos, ha tenido cinco premios, entre ellos el Herralde, el Nacional de la Crítica y el Médicis al mejor libro extranjero publicado en Francia, que yo creo que es el más importante de todos los que he recibido en mi vida. Ahora he tenido con Dublinesca el Premio Cunhambebe de Literatura Extranjera en Brasil, que es el Médicis brasileño y que tiene un gran mérito por los finalistas que había.

—Estaban algunos de los grandes: Roth, DeLillo, Vargas Llosa…
—Supongo que porque eran más grandes han decidido eliminarlos [risas]. Ha quedado Hertha Müller de segunda, lo que me provoca una sensación extraña.

—El Médicis supuso su consolidación internacional y múltiples traducciones
—Sí, bueno, ya la había tenido antes cuando El viaje vertical había ganado el Rómulo Gallegos que fue, digamos, el detonante, y luego se produjo con El mal de Montano que supuso ya la explosión internacional, que en realidad vino dada ya por el libro anterior, Bartleby y compañía. Pero El mal de Montano fue el que recogió la cosecha que había provocado la irrupción de Bartleby.

En eso también es un caso singular en las letras españolas, porque hay autores consagrados en España a los que les cuesta mucho salir con su obra al extranjero, hay una cierta endogamia que hace inexportables ciertos textos…
—Sí, bueno… Quizás es lo que sucede con la repercusión que está teniendo Dublinesca tanto en Estados Unidos como en Inglaterra, ha llegado con críticas muy buenas en el New York Times y el New Yorker, es una especie de salto inglés… Es muy difícil de conseguir. La obra ha sido siempre internacional, pero faltaba la parte más difícil que era sobre todo Estados Unidos. Ahora en un teatro “off Broadway”, de la periferia del canon teatral de Broadway, se va a representar una versión teatral de ocho oras de duración de París no se acaba nunca. Son los mismos que triunfaron el año pasado con El gran Gatsby, que también duraba ocho horas, con la lectura completa del libro teatralizada, que es lo que quieren hacer con París… La idea es hacer vida allí en el teatro un sábado o un domingo, durante ocho horas.

Tiene especial mérito triunfar con un libro que evoca a una vaca sagrada como Joyce en el mundo anglosajón, ¿no?
Sí, corría el peligro de que fuera o muy bien o muy mal. Pero el resultado ha sido realmente apabullante en cuanto a críticas.

Volvamos a Montano. El arranque del libro se le ocurrió un día frente al océano Pacífico, ¿cómo fue ese episodio?
No, no se me había ocurrido exactamente. Yo había empezado El mal de Montano y lo tenía solamente puesto en marcha, sin saber muy bien qué iba a ser. Con la llegada a esta casa del escritor chileno Roberto Brodsky, amigo de Roberto Bolaño, que nos dejó su casa frente al Pacífico, ahí se puso un poco en marcha… Brodsky se reía porque me vio media hora pensativo frente al mar, veía mi silueta, y veía que no me movía, pensaba “qué ocurre con este tipo que acabo de conocer y de invitar a mi casa y está ahí fuera…”. Ahí surgió. Estuve pensando frente al océano, estuve pensando en el ruido del Pacífico… Todas las novelas se construyen muy lentamente, a base de reunir datos, apuntar ideas, algunas sirven, otras no… Nombrar una cosa, apuntar, pensar cuáles son las ideas fundamentales del libro y al final esas ideas fundamentales conectan a la hora de escribir. Y digamos que se puso todo esto en marcha en esa playa del Pacífico, la playa de Tunquén, en Chile. Era el fin del milenio, finales de diciembre del 2000, pasé allí una noche inolvidable. Fue un viaje bastante epifánico. Descubrí a Tongoy, que en realidad es un actor francés llamado Daniel Emilfork, al que después conocí en París. En este viaje tuve noticia de él por primera vez, porque una amiga chilena, Carolina Díaz, lo había entrevistado como “el hombre más feo del mundo”. Pasé a llamarlo Tongoy, que era la zona en la que yo estaba frente al Pacífico. Se convirtió en este personaje, Tongoy, el hombre más feo del mundo, que luego visité en París y estaba encantado de ser un personaje de mi novela. Era un hombre encantador, que ya murió. Era un gran actor shakesperiano, aunque se especializó en películas de terror.

O sea, que fue como una de esas epifanías de las que hablaba Joyce.
Sí, bueno, el que yo entonces era salió hablando del ruido del Pacífico, estaba convencido de que el Pacífico tenía un sonido distinto, del que también habla Neruda en un poema donde dice que el Pacífico tiene “un sordo ruido a fragor de batalla antigua”. Y es cierto que tiene esta potencia el ruido de las olas. Fue como un momento interesante dentro del

A ver si el Atlántico, que tenemos aquí al lado y también tiene un ruido especial, también le inspira un nuevo libro.
Veremos.

—Tanto «Bartleby» como «Montano» marcan un cierto punto de inflexión en su trayectoria y abren la senda a esa indagación literaria posterior. ¿Tiene esa misma percepción?
—Tal vez el punto de inflexión venga dado por la repercusión y el alcance que tuvo en cuanto a lectores, y que sigue teniendo, Bartleby y compañía. Visto con la perspectiva actual, lo que hizo fue ponerme más alegre, con más ánimo para continuar con lo que estaba desarrollando desde hace años. Y posiblemente fue lo que facilitó ese ensayo que está en Desde la ciudad nerviosa en el que explico cuál es mi teoría sobre la literatura, reflexiono sobre mi propia obra y que pone en marcha una segunda etapa en lo que yo escribo.

—¿La teoría narrativa se hace al escribir?
—Sí, a la larga se va haciendo. Es muy bueno programar qué vas a hacer con una novela, pensarla mucho antes de empezar a escribirla. También es cierto que, cuando te pones a hacerla, los personajes mismos se inventan a otros personajes y conducen a otros lugares y pensamientos que uno también desarrolla en el libro. Te conducen a un lugar inesperado dentro de un orden que tú has programado inicialmente.

—Arremete en «El mal de Montano» contra el realismo español, tan castizo y tan del siglo XIX, que ahí sigue. ¿Nunca nos libraremos de esa tara?
—Durante muchos años, para escribir siempre he pensado que es necesario tener algún enemigo o estar en contra de una idea, y desarrollar en una novela algo contra una idea. En este sentido, los realistas españoles, que nunca he sabido quiénes son exactamente, forman como una especie de conspiración hispánica en realidad contra la realidad, porque son los menos realistas que he conocido. Creen que la realidad se puede copiar y es un error. Pero bueno, esto pasó un poco a la historia. Ya no siento ese odio por los realistas españoles, me he alejado del contexto español que en aquella época me inquietaba y me preocupaba más que ahora.

—¿Habría que desterrarlos a la isla del Realismo, como decía Chesterton?
—Sí, sí… Todo esto viene de una anécdota muy sencilla. Yo tenía quince años cuando hice mi primer viaje fuera de Barcelona con dos compañeros de colegio. Cuando llegamos a Madrid entramos en el museo del Prado y a mí, que no sabía nada del mundo, ni de la vida, ni del arte, me sorprendió muchísimo que los cuadros de Velázquez los estuvieran copiando pintores de caballete domingueros. No sabía que existía la copia del cuadro, me parecía un trabajo inútil copiar algo que ya existía, me pareció totalmente absurdo. Esto es totalmente naíf por mi parte, pero explica por qué a mí siempre me ha parecido absurdo copiar las estructuras narrativas de la novela del siglo XIX. Me parece absurdo hacer una repetición. Es justo al contrario, todo lo que no es repeticion es diversión para el que escribe. Hay que ser arriesgado, tener cierta valentía, no tener miedo a fracasar y, si se fracasa, escribir otro libro, no temer a tus enemigos, sino todo lo contrario.

Ahí entra también el concepto de literatura como juego, como invención.
Sí, sí. Y no tener miedo al fracaso, porque vas a volver a probar y siempre alcanzarás algo más interesante que si te limitas a comportarte modositamente.

Que es el método de la ciencia: ensayo y error.
Sí, la ciencia, claro, y equivocándose. Se trata de esto. Lo contrario es absurdo, es inútil.

—Ese «establishment» de las letras españolas es reacio a las nuevas tecnologías, donde usted se encuentra muy cómodo.
—Sí, me parece que además lo hago con naturalidad. Estoy en Internet con la web, el blog y leo muchísimo los periódicos digitales y los blogs, son un instrumento muy útil para mí.

—¿No teme el apocalipsis digital que auguran algunos?
—No, es que España sigue siendo un país muy conservador donde a la gente le cuesta mucho comprender los avances, ya pasaba lo mismo con el cine. Ha costado mucho y cuesta. Tenemos a los políticos, por ejemplo, que al final han comprendido la fuerza de Twitter y de Facebook, pero que son aburridísimos, como ellos mismos, en sus Facebook y Twitter, o sea, que no han comprendido de qué se trata.

—¿Están en Twitter los aforismos de nuestro tiempo?
—Bueno, Twitter solo es escritura cuando hay algún aforismo brillante…

—Estaba pensando, por ejemplo, cuánto le gustaría a Ramón Gómez de la Serna usar Twitter.
—Bueno, es que Gómez de la Serna era un tuitero, ¿no? Lo he seguido leyendo a lo largo de los años y tiene algunos aforismos donde acierta fantásticamente y otros muy flojos, pero quizás es porque escribió mucho.

—Se halla entre «Bartleby y compañía» y «El mal de Montano» un libro único, titulado «Desde la ciudad nerviosa, donde disecciona su ciudad, Barcelona. Definió esta obra como una colección de textos atípicos donde se mezclan ensayo, ficción, autobiografía y el género del viaje interior. Pero esta definición valdría para el conjunto de su obra, ¿no?
—Sí, aunque he ido cambiando y mezclando de forma diferente esta combinación en cada libro. Por ejemplo, en Aire de Dylan, mi último libro, no hay ensayo prácticamente, sino material sobre todo narrativo, aunque mezclado con una reflexión de orden moral y literaria en torno al posmodernismo y la necesidad de que nos volvamos a relacionar con el modernismo, y también en torno a la imposibilidad de que nos volvamos a relacionar con el modernismo. En Aire de Dylan he colocado un padre que representa un personaje con muchas caras y heterónimos, que representa al posmoderno, enfrentando a un hijo que desea ser auténtico, que es lo que más detesta el posmoderno, la autenticidad. Un mundo de retorno a lo clásico enfrentando a un mundo posmoderno, en decadencia. Y no he sacado consecuencias, solo he hecho preguntas en torno a esas diferencias.

—¿Volveremos a lo genuino o es un retorno imposible?
—No va a ser posible, el mundo ha cambiado tanto que el enlace con lo anterior resulta muy difícil. Pero al mismo tiempo se puede escribir sobre esa imposibilidad de enlazar con el modernismo. Es curioso, pero también se puede escribir sobre el hecho de que no tenemos futuro y, al mismo tiempo, esa es la única posibilidad de futuro que tenemos, en contra de lo que piensan algunos que creen que este tipo de literatura conduce a un callejón sin salida; pero no, precisamente es el único callejón posible para escapar del callejón sin salida real. En el fondo, ser conscientes de que no es posible conectar con el modernismo. Ese futuro solo lo tenemos escribiendo que no tenemos futuro. Porque mientras decimos que no tenemos futuro, que en el fondo no es más que una figura retórica, estamos trabajando en el presente, aunque sea en las ruinas de algo. Ahí es donde se mueve mi literatura en estos momentos.

—¿Sería entonces la literatura una forma de escapismo?
—No, escapismo, no, ninguno. Conciencia de situación ruinosa y reflexión sobre esa situación desde el fondo de las ruinas.

—Elevarse, no escaparse.
—Sí, es todo lo contrario de dar por muerta la literatura, sino saber que lo está para poder emerger de esas ruinas.

Podemos seguir jugando, entonces.
-Siempre, hasta hoy en día no ha desaparecido la literatura, que sepamos, ¿no?

No.
Tampoco va a desaparecer en el futuro si está en manos de gente que es consciente de su situación crítica, porque los que alegremente van repitiendo la novela decimonónica, pues pueden ser grandes escritores, como Iris Murdoch, pero simplemente se dedican al entretenimiento, que ya es mucho, ¿no?

No innovan.
Estoy hablando de Iris Murdoch, que es una gran escritora. Es compaginable con los que mantienen viva la llama del presente, que también existe, aunque sea más pasajero.

¿Sigue definiéndose como un hombre enfermo de la literatura?
Hubo una confusión, la gente cree que yo estoy enfermo de literatura, pero cuando yo estoy solo en mi casa estoy viendo partidos de fútbol… Sí es cierto que supe, creo, darle un nombre a un síntoma con el que se identifican algunas personas. Otros están enfermos de televisión, pues yo hablé de los enfermos de literatura, que sí existen, pero el síntoma no tenía un nombre concreto hasta que yo se lo dí y ha quedado.

¿En qué anda trabajando?
Ando trabajando en una novela que vuelve a mezclar con la biografía y el ensayo, la más ambiciosa digamos que he hecho hasta ahora. Creo que estoy en un momento en el que puedo atreverme a hacer este libro que estoy haciendo. Y no quiero decir nada más…

—Barcelona ha estado más nerviosa que nunca estos días… ¿Como ha visto las elecciones?
—Ha aparecido un Parlamento muy plural, que indica algo muy sano que es una pluralidad en un país como Cataluña. Y un Parlamento tan plural plantea problemas complejos, que exigen soluciones complejas a través del arte de discutir.

Foto:  Paco Rodríguez.

Georges Perec, el juego infinito

sábado, febrero 4th, 2012

En este decimonónico y por muy diversas circunstancias dickensiano 2012, mientras Occidente se empeña por primera vez en su historia en recorrer a marchas forzadas la vía del retroceso, resulta casi incomprensible pensar que no hace tanto tiempo (en 1978, sin ir más lejos) se escribían, se publicaban e incluso se leían libros como La vida instrucciones de uso. Abrir la obra maestra de Georges Perec (París, 1936-Ivry sur Seine, 1982) y zambullirse en sus seiscientas páginas de puzles, relatos cruzados, cuadros y combinaciones es jugar con el autor una partida de ajedrez literario sobre las casillas del inmueble de la calle Simon-Crubellier de París. Pero como todo juego, este acto lúdico encierra también un gesto profundamente subversivo. Lo sabían Perec y sus compañeros de viaje en la aventura del taller OuLiPo (el matemático François Le Lionnais y los escritores Italo Calvino o Raymond Queneau, entre otros insurrectos), que barajaron sin piedad el alfabeto y los géneros para intentar hallar en el arte el orden y la belleza que no salían a flote en la sucia realidad.

Y a jugar con las creaciones y obsesiones de Georges Perec se dedica la exposición Pere(t)c. Tentativa de Inventario, una producción de la Fundación Luis Seoane que llega ahora, con sutiles variaciones, al Círculo de Bellas Artes de Madrid un año después de su paso por la sede de la fundación en A Coruña. Repite como comisario Alberto Ruiz de Samaniego, que recuerda que este montaje, en el que se relata la conexión de la literatura de Georges Perec con las artes visuales, emerge de una frase del autor: “Durante mucho tiempo quise ser pintor, pero finalmente me convertí en escritor”. Una sentencia que la exposición utiliza como punto de apoyo para indagar en la huella de Perec en el arte contemporáneo.  “Su interés creativo no sólo se centró en el campo de la literatura, sino que coexistió con el cine, la fotografía, la pintura, el arte conceptual, los crucigramas o juegos como el ajedrez o el go”, detalla el comisario.

La muestra, apunta Ruiz de Samaniego, “reúne una selección de los fondos de carácter biográfico (manuscritos, dibujos y fotografías) custodiados en la Bibliothèque de l’Arsenal de Paris por la Association Georges Perec, documentos de su paso por OuLiPo y los materiales plásticos en que Perec trabajó con otros artistas: el proyecto de agotamiento de lugares parisinos; los filmes que rodó: Los lugares de una fuga, Un hombre que duerme y Relatos d’Ellis Island, o en los que colaboró como guionista, como Inauguración, de Robert Bober, de quien se incluye también su documental sobre Perec”.

Esta inteligente y lúdica Tentativa de inventario permite al espectador, aunque solo sea durante su breve paseo entre las vitrinas, releer a Perec a la luz de su obra y biografía, y regresar con él a ese instante único del siglo XX en que jugar con la literatura todavía no estaba prohibido. Eran tiempos de experimentación. Algo que hoy ni siquiera está bien visto en el interior de un laboratorio.