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San Carlos, un jardín con candado

Escrito por Luis Pousa
15 de febrero de 2014 a las 8:30h

En Galicia antes llovía de octubre a mayo y los viejos del lugar se limitaban a observar, entre calada y calada al cigarro de picadura selecta, que hacía mal tiempo. Ahora lo llaman ciclogénesis explosiva, que suena muy a peli de ciencia ficción, hasta parece que en cualquier  momento puede asomar Flash Gordon cabalgando las olas descabelladas del Orzán. También hay trenes de borrascas, que es cuando las nubes, como los parvulitos de las Escuelas Populares Gratuitas, se ponen en fila india y se agarran por el mandilón unas a otras para desplazarse por el mundo.

El caso es que con esto de los trenes de borrascas y la explosión de las sucesivas ciclogénesis, el jardín de San Carlos lleva encerrado consigo mismo como dos meses, enjaulado tras la verja de la que cuelga un letrero municipal:

«El jardín de San Carlos permanece cerrado al público debido al aviso de alerta naranja. Disculpen las molestias».

La cancela la cierra cada noche y la abre cada mañana (cuando no hay ciclogénesis a la vista) el jardinero de San Carlos, Fariña, que tiene probablemente el mejor trabajo del mundo. El Cela de antes del Nobel dijo un día que a él lo que de verdad le gustaría ser era arzobispo de Manila «para poder ir por la calle rodeado de un coro de monaguillos capones cantando en tagalo las alabanzas de Nuestro Señor». Pero yo creo que el mejor trabajo del mundo, mejor incluso que el de arzobispo de Manila, es el de Fariña, custodio y guardián del jardín de San Carlos y del túmulo del general sir John Moore.

Al fin atisbamos un poco de luz entre los trenes de borrascas y las alertas meteorológicas y sale el sol de febrero en A Coruña, que es un sol tibio, tamizado por esas nubes barrigonas y obstinadas que se quedarán en el cielo por lo menos hasta San Juan. El jardín sale de su clausura y se deja pisotear por turistas y otros ociosos desnortados.

—Pero qué cuidado tiene todo este hombre.

La señora, que viene de una revisión en el Abente y Lago (antiguo Hospital Militar) se queda pasmada ante los mirtos recortados con esmero. Los negrillos, que son los últimos mohicanos de los olmos en Galicia, sacan sus raíces de vez en cuando de la tierra para ponerle la zancadilla al crío molestón que se pasa de traste.

—Juanito, anda con ojo que me rompes todos los pantalones por las rodillas.

Esas cosas que se oyen cuando a los niños les da por ser analógicos y, sin ninguna pantalla por medio, se dedican a arañar la tierra con una ramita para ver qué hay debajo del barro y las hojas muertas.

Cunqueiro, cuando andaba por la ciudad con sus artículos y sus libros orbitando alrededor de su cabeza, buscaba en el jardín de San Carlos la sombra errante de Lady Hester Stanhope, presunta novia o prometida de Moore. Contaba que la intrépida viajera británica se tropezó un día con un iraní ciego que se ganaba la vida vendiendo a los demás los sueños que a él le sobraban y que quizás Lady Stanhope le podría haber comprado el sueño de una mañana de sol en el jardín de San Carlos con Sir John.

En los balcones que dan al mar muchas parejas se dan el lote largo y tendido ante el asombro disimulado de los flemáticos viajeros ingleses, que piden un poco de respeto para el esqueleto de su general.

De pequeño yo cruzaba la ciudad para quemarme las pestañas entre las estanterías de la antigua biblioteca pública de San Carlos, donde un día pedí prestado un libro de Kafka quizás algo prematuramente para las normas de la casa.

—Niño, no pidas cosas raras, que eres muy nuevito.

—Vale, pues entonces deme Huckleberry Finn.

Ahora la biblioteca se ha mudado a Elviña —donde la batalla— y en el jardín resiste el Archivo del Reino de Galicia, que viene siendo casi cuanto queda del Antiguo Reino: un himno y un archivo.

San Carlos es un jardín con candado, un jardín con horario fijo, de nueve a nueve, para que la muchachada no le haga botellón encima de la chepa al difunto.

De vez en cuando viene Manuel Arenas con su batalla de Elviña transportable y pega cuatro cañonazos. En su tumba da un respingo sir John Moore y los estorninos, alborotados, llenan el cielo de garabatos.

Foto: Paco Rodríguez (La Voz de Galicia)

La Barra, la cafetería portátil

Escrito por Luis Pousa
8 de febrero de 2014 a las 15:58h

Un buen día, cuando la burbuja inmobiliaria, unos avispados hosteleros decidieron que la antigua Barra de Riego de Agua esquina a Luchana no era antigua, sino una antigualla. Había que poner en su lugar algo más moderno, más in, como dicen los finolis. Y, como suele suceder cada vez que llega lo in, hubo que sacar algo out para hacer sitio. En este caso se fueron out los vejetes que echaban la partida atornillados a su silla durante timbas que podían durar más que las 24 horas de Le Mans.
Otro buen día, para ceder el paso a la modernidad y el progreso, los camareros de la antigua Barra de Riego de Agua agarraron sus bártulos, sus mesas de mármol, sus barajas, sus percheros de madera barnizada por el humo y el tiempo, su parchís y sus jubilados atornillados a las sillas desvencijadas y se largaron un par de calles más arriba, a los soportales de Juan XXIII, entre el barroco de la iglesia de San Jorge y la parábola de hormigón del mercado de San Agustín.
Allá nos fuimos todos, con nuestro periódico y nuestro café con leche. A mí aquello de la burbuja inmobiliaria me pilló leyendo un libro y casi no me enteré de que durante un cuarto de hora habíamos sido ricos. Se me pasó por completo la fiesta jolgorio.
—¿Qué le debo?
—95.
—¿Céntimos?
—Toma, claro.
—Ah, pensaba.
La Barra es un local low cost (antes llamados baratos, económicos o de precio módico). Es uno de esos lugares donde el político de turno puede acertar de pura chiripa la clásica pregunta de cuánto cuesta un café, porque todavía no llega al euro, que es el precio en el que se quedaron los políticos cuando todavía pisaban más aceras que alfombras.
En La Barra hay que ser de chascarrillo rápido. Es algo que gusta mucho a los clientes respondones y resabiados que ya tienen sobre las vértebras dos guerras mundiales, una civil y tres posguerras.
Los parroquianos más que leer el periódico lo estudian, lo desmenuzan párrafo a párrafo. En La Barra se lee, se escribe y se juega. O juegas al parchís o al tute cabrón o al dominó. Para jugar al dominó hay que exhibir un vocabulario lo más amplio y versátil posible, porque es un juego de mucho juramento y blasfemia. Vuelan unas blasfemias largas y barrocas, de esas blasfemias de fino encaje que solo se estilan en los países católicos hasta las cachas. Las blasfemias de La Barra son como las Variaciones Goldberg de los juramentos.
Cuando no sale la jugada prevista y el compañero de partida arremete contra ti, lo tienes que cortar en seco, de un único sopapo verbal.
—Pero mira que eres parvo, Manolo, ¿pero no veías que tenía el tres doble?
—A tomar por culo.
—Cala, pasmón, que pareces o De Guindos ese.
Para jugar al dominó en La Barra hay que estrellar las fichas contra la mesa como si quisieras dejar la mano incrustada en el mármol. También se exigen dos idiomas, como para trabajar de subsecretario de algo en la Unión Europea, porque hay que saber blasfemar indistintamente en castellano y gallego normativo.
A veces anda por allí, despistado entre las mesas de mármol con su maletín y sus libros, Manuel Rivas, que va anotando muchas cosas en su libreta, como si espiase esa realidad paralela que habita en La Barra.
En este café está institucionalizada la figura del mirón de naipes, que no es un voyeur de lencería fetichista, sino un prejubilado de la banca que pasa el rato observando cómo otros pierden la partida y la paciencia. El mirón de partida está siempre de pie (no gasta silla) y tampoco toma nada (tampoco va a gastar euros). Como mucho, sonríe aviesamente mientras los jugadores zarandean el camposanto y el santoral.
La Barra, por supuesto, tiene su barra, donde se acoda la clientela vip, formada por las aguerridas pescantinas de San Agustín y los funcionarios municipales, que hojean con mucho salero la prensa local, rebuscando las chapuzas de sus jefes entre los breves.
Hay siempre una gabardina colgada del perchero que nadie sabe de quién es. Se sospecha que perteneció a un cliente que se quedó por el camino, traspapelado durante la mudanza de Riego de Agua a Juan XXIII.
—Pero mira que xogades. Isto parece Las Vegas.
—Será Eurovegas.
—Mellor Atlantic City, que é máis coruñés.

El vuelo gallináceo del bus cobra altura, por Héctor J. Porto

Escrito por Luis Pousa
28 de septiembre de 2013 a las 7:51h

El vuelo gallináceo del bus cobra altura*

Héctor J. Porto

Contra lo que muchos suponen del bus —como lugar incómodo y escasamente propicio para que florezca el sosiego y la inteligencia—, Luís Pousa (Lugo, 1971) sabe que se trata de un espacio donde la civilización es viable, sea solo porque es apto para la lectura y para la observación del mundo. Él, una mezcla poco habitual de matemático y periodista, es capaz de trazar esos mapas eléctricos dibujados por la conjugación imposible de la trama urbana de calles y callejas —o la red de carreteras convencional, nada de autopistas— y las frecuencias ilógicas de la compañía de flete. Sabe Pousa, y lo sabía Castromil, que del bus se puede decir aquello que decía Josep Pla del tren de cuando vivía en Sant Gervasi: «Los vagones de primera de dicho ferrocarril —de este tren de Sarrià que, digámoslo de paso, ha sido lo único que ha funcionado en serio en Barcelona durante estos últimos años— fueron el primer ambiente cosmopolita normal de la ciudad». De alguna manera como Pla con su Viaje en autobús de posguerra, Pousa traza la vida que desde ellos se percibe —la perspectiva de la ciudad es única, defiende—, la vida que aflora entre paradas, en su calma y su atropello, en sus lentos y torpes vuelos gallináceos, que diría el autor ampurdanés. Pousa, que, en su coherencia busera, no tiene ni carné de conducir, eleva ese vuelo de ave de corral para introducir los recorridos del urbano —y equiparar su dignidad literaria con la proverbial fama de que siempre gozó el ferrocarril— en la historia de las letras. En breves trayectos, tan diversos como lo son las músicas del soneto, conecta la red del callejero municipal con las estaciones intermodales del arte y lleva el viaje a rincones en los que el lector se ausentará con Vila-Matas, entrevistará a la criada de Anatole France, desconfiará de Salinger, recuperará al Cela andarín, alucinará con Fogwill, se aliviará con Maruja, sanará con Torga. Feliz trayecto.

*Reseña publicada hoy en el suplemento Culturas de La Voz de Galicia

Breviario del bus en Rey Lear

Siete notas breviarias, por Vila-Matas

Escrito por Luis Pousa
25 de septiembre de 2013 a las 5:57h

 

SIETE NOTAS BREVIARIAS*

1

ESTE PRÓLOGO LO ESCRIBO en un tranvía de Barcelona
que apenas se mueve y por ese motivo es ideal
para escribir breviarios y novelas y prólogos para breviarios,
y lo que sea. Voy en el sigiloso tranvía que sale
de la plaza Macià y quiero decir que me encantan los
autobuses, pero los detesto si lo que busco es un lugar
donde escribir al tiempo que recorrer la ciudad. Si
necesito, como hoy, escribir y pasear, me subo a este
tranvía que se desliza sin trastorno alguno y permite
que vea desde él una vida diferente.

2
HE AQUÍ UN FRAGMENTO bestia de Ejercicios de estilo,
de Raymond Queneau, aquel libro con 99 formas de
contar una historia que en gran parte pasa en un bus
de París: «Eso ocurría en uno de esos inmundos autobuses
que se llenan de populacho precisamente a las
horas en que debo dignarme a utilizarlos».
¡Los inmundos autobuses! Ah, creo que ya estamos
entrando en materia. A los autobuses se entra
como en los tranvías y como en los libros: buscando
dónde está lo que nos interesa, buscando qué es lo
mejor que hay ahí para nosotros. Y lo mejor que puede
haber en ellos —en los autobuses— es la belleza.

3
¿LEYÓ USTED Estética en el tranvía, un breve ensayo de
Ortega y Gasset?
Pedir a un español que al entrar en el tranvía renuncie
a dirigir una mirada de especialista sobre las mujeres
que en él van, es demandar lo imposible, nos dice
Ortega, para quien esa mirada es uno de los hábitos
más arraigados y característicos del español medio. Él
mismo toma un día el tranvía que en Madrid va a
Cuatro Caminos, y como no se considera nada no
español, ejercita esa mirada de especialista. Es una
mirada a la que procura desembarazarla de insistencia,
petulancia y tactilidad. Y aun así, le causa gran
sorpresa advertir que no han sido menester tres segundos
para que las ocho o nueve damas que viajan en el
vehículo queden filiadas estéticamente y sobre ellas
recaiga firme sentencia. Esta es muy hermosa; aquélla,
incorrecta; la de más allá, resueltamente fea, etc.,
etc. El lenguaje, nos dice Ortega, no posee términos
suficientes para expresar los matices de ese juicio estético
que en el raudo vuelo de una mirada se cumple
y se dispara.

Así pues, ahora ya no podemos decir que no lo
sepamos. Los profesores de Estética de hoy día deberían
hacer subir a los autobuses a sus alumnos y alumnas
e impartirles allí esa clase teórica en la que se aprende
con rapidez, cada uno desde su punto de vista artístico
tan distinto, a tener un ojo crítico, una mirada
estética fulminante, una visión completa acerca de la
belleza del mundo. Las mujeres, por cierto, saben
filiarlo estéticamente todo con arrasadora superioridad.
Ay, ¡si levantara hoy la cabeza el señor Ortega!

4
PARA POUSA el mejor vehículo para ver pasar el largometraje
de lo cotidiano es el autobús porque el coche
desbarata la visión del conductor. Ni que lo diga. En
los últimos años, cuantas veces probé mirar desde un
coche me quedé turulato, creía estar en el cine, pero
en el cine de Kafka que, como se sabe, iba un día en
coche por Múnich y, según anotó en su diario, llovía.
Le pareció que la perspectiva que tenía desde su ventanilla
del coche era una perspectiva de sótano. Mientras
el conductor pronunciaba nombres de monumentos
invisibles y los neumáticos «zumbaban sobre el asfalto
mojado como el aparato del cinematógrafo», lo más claro
que Kafka pudo ver aquel día desde su posición
en el coche fue «el reflejo de las farolas
tanto en el asfalto como en el río».

5
SEGURO QUE K. también fue lector de reojo. Todos
los lectores de este breviario deberían serlo, deberían
ser lectores de estilo lateral, y así recibirían la estrábica
iracundia del autor, que, como es sabido, desciende
todos los días a los andenes para no volver a ascender
jamás: se deja devorar por unos laberintos subterráneos
que nadie conoce y luego escribe libros donde
los autobuses avanzan soterrados.

6
Y ES BIEN CIERTO que la ventaja del lector que espera
a Godot, el mismo que espera leyendo al bus 24, estriba
en medir el tiempo por párrafos y por páginas mientras
escudriña con el rabillo del ojo el asfalto, no vaya
a ser que se pase de largo la página 24 y llegue el bus
25, donde todos duermen.

7
DONDE TERMINA el viaje hikikomori, alguien da paso
al viaje Pousa con pausas que reposan sobre el poso
de las posadas, visibles por sus pisadas, las pisadas de
tanto paisano casual que un día se quedó a esperar
aquel autobús que no pasaba.

ENRIQUE VILA-MATAS

*Prólogo de Enrique Vila-Matas a Breviario del bus.

Letras de verdad. Por Ramón Loureiro

Escrito por Luis Pousa
21 de septiembre de 2013 a las 6:23h

Disculpen también hoy que nos dejemos llevar así por la emoción, que el entusiasmo resulte tan evidente. Qué vamos a hacerle. A estas alturas, a uno cada vez le cuesta más ocultar los afectos por las personas y por las cosas que quiere, entre las que naturalmente está la verdadera literatura, madre de esos libros que hacen que vivir sea más fácil, o al menos no tan difícil como de un tiempo a esta parte viene siendo.  Tienen ustedes que leer, en cuanto puedan, Breviario del bus, el nuevo y magnífico libro de Luís Pousa, que como saben ve la luz bajo el sello Rey Lear, que dirige un editor de los de verdad, Jesús Egido, y que está prologado por Enrique Vila-Matas, nada menos. La de Luis, permítanme insistir en ello, es una obra de una modernidad absoluta, en la que géneros como la narrativa de ficción o el ensayo se mezclan hasta convertirse en un género sin nombre, habitante de ese tan fértil territorio en el que se diluyen las fronteras que separan la mayor de cuantas verdades existen, la verdad poética, de esa otra forma de la realidad que es, por decirlo de alguna manera, la verdad del día a día, la de los hechos. Pousa, por completo ajeno a toda forma de afectación, habitante de lo esencial y en consecuencia de lo sustantivo, con una generosidad sin límites, invita en este su nuevo libro suyo, ilustrado por Miguel Ángel Martín, a profundizar, también, en la lectura de otros muchos autores. Escritores entre los que no faltan, por cierto, ni Walt Whitman ni Kafka, que pertenecen a su misma estirpe y que aunque habiten ahora eso que nosotros llamamos muerte siguen siendo de manera decidida, a través de los ojos del autor de Breviario…, nuestros contemporáneos. A quienes amamos la literatura, que es el arte de intuir la eternidad haciendo que lo que se dice habite un continuo presente, y también el periodismo, que es el oficio de contar la verdad y de hacer saber lo que no todos quieren que se sepa, nos gusta mucho que siga habiendo libros como éste de Luis, que es periodista y escritor al mismo tiempo como lo fue también —y es el paralelismo más claro que encuentro— aquel Álvaro de Mondoñedo que soñaba, al pie de la catedral, ciervos paseando bajo la nieve. Don Cunqueiro logró que en cada uno de sus artículos estuviese el mundo entero. Y otro tanto va haciendo ya este Luis del libro nuevo. Don Pousa, claro. Para siempre.

*Artículo publicado hoy en la sección Velut Umbra del suplemento Culturas de La Voz de Galicia

Breviario del bus en Rey Lear

Ya solo queda Leopoldo María

Escrito por Luis Pousa
19 de septiembre de 2013 a las 12:39h

La película se tituló El desencanto, pero podría haberse bautizado sin mayores matices La demolición, porque el proceso de disección de las entrañas familiares de los Panero que ejecutan Elías Querejeta y Jaime Chávarri en este icono del cine documental español de los setenta constituye uno de los ejercicios más despiadados de ajustes de cuentas a los que se pueda someter voluntariamente una tribu. Las versiones de los mismos hechos narradas por la aparentemente ingenua Felicidad Blanc, viuda de Leopoldo Panero, y por sus tres devastadores (y devastados) hijos —José Moisés Michi (fallecido en el 2004) Juan Luis y Leopoldo María—, no es que reflejen perspectivas diferentes, sino que demuestran que sus protagonistas habitaban ya entonces en galaxias que distaban entre sí muchos años luz.
En la cinta, mientras silban los puñales que se lanzan entre sí los torturados hijos Panero, van asomando la malvada agudeza de Michi y la inteligencia creativa de Leopoldo María frente a la profunda y refinada cultura de Juan Luis, que en las entrevistas siempre renegaba de esta película y de su secuela, Después de tantos años, que Ricardo Franco rodó en 1994 ya sin Felicidad Blanc (fallecida en 1990) en el dramatis personae. «Me aburrió la primera y me aburrió la segunda», confesaba Juan Luis en 1999 ante la omnipresente pregunta.
Desaparecido Juan Luis, de aquella estirpe que en 1976 asumía sin tapujos la decadencia ya solo queda Leopoldo María, el último mohicano de los Panero y prueba viviente de las extrañas paradojas a las que somete este país a su literatura: quien ha sido uno de los mejores poetas españoles de la segunda mitad del siglo XX se ha pasado buena parte de su existencia deambulando de manicomio en manicomio, desde Mondragón a Canarias, hasta el punto de que ha llegado a ironizar sobre la posibilidad de escribir una guía Campsa de los frenopáticos nacionales. Todo un símbolo de ese derrumbe familiar, social y cultural que anticipaba El desencanto y que ha desembocado, cuarenta años después, en el final más bien poco glorioso de la saga. Solo queda ya Leopoldo María, el poeta maldito que dedicó un libro al psiquiátrico de Mondragón, habitante de un agujero llamado Never More y que, entre otros hallazgos, es autor de una hermosa y hoy inencontrable traducción de Peter Pan en la que explora las conexiones entre la literatura infantil, la de terror y las vanguardias. Allí encontramos una brutal frase de Sir James Matthew Barrie que ya profetizaba este apocalipsis Panero: «Los dos años son el principio del fin».

El lector de reojo

Escrito por Luis Pousa
16 de septiembre de 2013 a las 11:12h

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*Primer fragmento de Breviario del bus (Rey Lear, Madrid):

HAY LITERATURAS para leer en el ascensor. Matizo, hay, según escribió un Jardiel Poncela demasiado facha para los demasiado sin sentido del humor, relatos breves para leer mientras sube el ascensor, porque a nadie se le antojaría leer a Enrique Jardiel Poncela (o incluso a otros) mientras el ascensor, ese montacargas humano, ese funicular que se detiene a cuatro o cinco peldaños del Infierno o del centro de la Tierra, desciende a su Hades doméstico. El elevador no da para más. Ni para menos. Se reclama un disparo de prosa directo al
cerebro, al cerebelo, a las neuronas, a las dendritas o adonde sea. Un trago de adrenalina.
Pero el autobús, el modesto y hasta entrañable bus urbano, sucio de chicles y pintadas de amores profanos, da para mucho más, aunque sin alcanzar la larga hermosura de los antiguos trenes, que son el mejor refugio para el insomnio y para desgastar las pestañas
a la luz de los novelones rusos.

El bus, salvo algunas líneas de prodigiosas filigranas por el callejero, da para quince o veinte minutos de lectura fragmentaria y, con frecuencia, repetitiva, casi onanista. Porque a veces hay que masturbarse morosamente cuatro o cinco veces con la misma frase, que se desliza y patina en una tos, un ronquido o el simple frenazo de un conductor que ignora que lleva al volante una gigantesca biblioteca ambulante. Al lector impenitente, a la rata compulsiva que
devora hasta los infumables prospectos de las medicinas, que deletrea hasta la composición química que figura en las etiquetas del agua mineral e incluso las morbosas advertencias de las autoridades sanitarias en la portada y contraportada de las cajetillas de rubio
nacional, le recomiendo el fondo de los autobuses dobles, de esos gusanos articulados que parece que se van a quebrar en las esquinas que nadie, ni la geometría más vanguardista, puede doblar. En ese escondrijo, en el sosiego de las abuelas que cabecean con su
calceta sobre la bolsa de la compra atestada de sardinas, se logra el anonimato último que se necesita, por ejemplo, para digerir con parsimonia sádica la filosofía de Schopenhauer.

Hay, por tanto, literatura de bus, de ferrocarril y de ascensor. El bus exige literatura fragmentaria, nada de inicio, nudo y desenlace. Mejor, pongamos por caso, un Ramón Gómez de la Serna, inventor de la fórmula sagrada para espantar a uno de los parásitos
que habita en el bus urbano, a esa mosca cojonera que es el lector de reojo. El lector de reojo es un gorrón incansable de la tinta ajena. Por eso, lo mejor para viajar de pie en la línea 14
es abrir por la página 28 la edición de la Colección Austral (24 pesetas de 1962) de los Caprichos de Ramón. Hay que abrir por la página 28 este libro que se desmenuza, en represalia por las mañanas a la intemperie en los libreros de viejo, y leer la greguería encajada entre El abogado Trapalón y El hielo negro, que se titula, precisamente, El lector de reojo:

«Al que lee nuestro diario de reojo no le importa que le miremos con estrábica iracundia.
No es que seamos egoístas, es que ese segundo lector desconocido retarda nuestra lectura, nos hace tropezar o patinar en lo que vamos leyendo, y como además tiene ideas contrarias a las nuestras, lee de otra manera lo que lee y nos equivoca.

El lector de reojo tenía que sufrir su indigno castigo algún día, y la cosa sucedió en el tranvía 50. Lo llevaba al lado y no lograba despegarlo ni doblando violenta y sorpresivamente mi diario, cuando de pronto se metió con más anhelo en la página, haciendo gestos de estupor.
Leía una necrológica con la media foto de los jubilados, que en comparanza súbita noté que era su retrato. ¡Era su necrológica! ¡Alguna vez tenía que suceder una cosa así para escarmiento de lectores entrometidos!».

 

Vuelven los luditas

Escrito por Luis Pousa
5 de julio de 2013 a las 11:41h


No está de más leer, con la perspectiva del tiempo, aquella reflexión de 1984 del gran Thomas Pynchon: Is it ok to be a luddite?

Sobre todo ahora que vuelven los luditas. ¿Será que en realidad nunca se habían ido del todo?

Festivales

Escrito por Luis Pousa
3 de julio de 2013 a las 12:23h

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Si es factible, siempre conviene manejar la versión original. No por nada, tan solo para evitar lecturas erróneas de la realidad. Por eso, antes de que se desate la guerra de los clones de los festivales veraniegos, no está de más recordar el Festival.  Richie Havens, que se largó al otro mundo el último Día del Libro, fue el encargado en 1969 de abrir fuego en Woodstock. Él solo, con su guitarra. Sonaba Handsome Johhny.

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La mirada asombrada

Escrito por Luis Pousa
1 de julio de 2013 a las 14:50h

La grandeza de un escritor reside en su mirada asombrada (y asombrosa). La misma que le permite hallar rastros de poesía donde otros sólo ven la sucia realidad. Es el caso de António Lobo Antunes, que en este pasaje de El orden natural de las cosas es capaz de saltar desde la planicie de un retrete, donde «se oye, como una caracola, el fermentar del río», a la enormidad del estuario del Tajo: «El mal de Lisboa, amigo escritor, consiste en que tropezamos con el Tajo en cada barrio de la ciudad como se tropieza con un objeto olvidado, el Tajo que se nos aparece en todos los postigos, que nos balancea la cama, durante el sueño, con su vaivén de cuna, el Tajo y sus luces nocturnas». Nada menos.