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Los mocos no son para el verano

Escrito por Luis Pousa
15 de julio de 2012 a las 6:27h

Una de las saludables ventajas que brinda el verano al incauto rostro pálido es que, para que el sistema inmune no baje la guardia ni un milímetro, los virus y sus primos terceros de Helsinki siguen pululando por nuestras fosas nasales y demás orificios para que no nos despistemos creyendo que la vida es coser y cantar, o sea, tumbarse en la arena, nadar y leer un libro a ratos. Chorradas. Ni siquiera el sobrevalorado estío nos da una tregua. Y entre las torturas que aguardan agazapadas en las trincheras del verano urbanita hallamos esa ducha escocesa gratuita, pública y universal que nos zumba alternativamente con el sol a plomo que derrite las sombras sobre las aceras y el aire acondicionado a caño libre con el que nos atizan en centros comerciales, autobuses y otras emboscadas municipales. Con tanto viajar de cero a treinta grados en media décima de segundo el atribulado veraneante acaba una tarde cualquiera en la camilla de Urgencias con cuarenta de fiebre en la axila izquierda (la derecha ya no está para demasiados chistes). Y lo que en pleno diciembre sería un llevadero y hasta entrañable resfriado casero, el clásico y bondadoso constipado que se amaña con sopas, lana y café con gotas, a mediados de julio es un sopapo en todo los morros que eleva la temperatura corporal del paciente al borde de la desconfiguración de las proteínas. Acorralado, el rostro pálido dobla la apuesta: mete la cabeza en el microondas y le da a tope al botón de la pizza. O se esfuman los mocos o pilla moreno de grill.

Aquella lección de Sally a Harry

Escrito por Luis Pousa
27 de junio de 2012 a las 13:37h

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Ha muerto Nora Ephron. No la recordaremos desde luego por Algo para recordar. Ni siquiera por Tienes un e-mail. Pero sí por un libro, Se acabó el pastel, en el que contaba sus desventuras matrimoniales con el legendario Carl Bernstein. Sí, uno de los dos figuras del Watergate. El libro, más autobiográfico que de ficción, acabaría, cómo no, convertido también en película, con los incombustibles Jack Nicholson y Meryl Streep encarnando a la fallida pareja. Pero a Ephron la recordaremos sobre todo como guionista de Cuando Harry encontró a Sally (tosca traducción del original inglés When Harry Met Sally, 1989), una comedia romántica a la antigua usanza, antes de que Hugh Grant devorase el argumento con su sonrisa plastificada. Y la recordaremos sin duda por la impagable escena de la cafetería en la que Sally (Meg Ryan) le demuestra empíricamente a Harry (Billy Crystal) que en ciertas ocasiones el orgasmo femenino es un género más de las artes escénicas.

Alemania versus Grecia

Escrito por Luis Pousa
22 de junio de 2012 a las 9:02h

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Quizás esta peculiar contienda entre filósofos griegos y alemanes que proponían hace años los revoltosos Monty Python fuese la mejor forma de resolver la actual trifulca política europea. Sobre todo si tenemos en cuenta que, finalmente, los helenos vencen a los obstinados teutones. Pero mucho me temo que Merkel y sus secuaces no valdrían ni para recogepelotas en este partido. Va a ser mejor olvidarnos de la realidad y quedarnos con la Europa del vídeo. La de la inteligencia y el humor que tanta falta nos hacen. Y, en última instancia, hoy también echan por la tele otro Alemania-Grecia. El de cuartos de final de la Eurocopa. Pero creo que van a dejar en el banquillo a Kant y Aristóteles.

En el vientre de la ballena

Escrito por Luis Pousa
11 de junio de 2012 a las 11:26h

Ya estamos a salvo. Ya no nos zarandea el oleaje furibundo de la parte líquida del mundo. Por un módico precio (100.000.000.000 euros) la señorita Rottenmeier y sus primos de Bruselas nos han rescatado, digo, nos han prestado un dinerillo en condiciones ventajosas. Ya no estamos en alta mar, bajo las lluvias desatadas, nadando a contracorriente y buceando en el corazón de la tempestad. Estamos confortablemente a cubierto bajo las faldas de la mesa camilla de la burocracia. A resguardo de mares arbolados.

Estamos en el vientre de la ballena, que nos ha engullido junto a la marea resacosa de ladrillos, pufos, preferentes, astillas y esputos contables. No es Moby Dick. Ya molaría. Este bicho viste alma de funcionario y manguitos de oficinista. Nada de épica. Tampoco se está tan mal aquí dentro. Con un simple fósforo incluso podemos escudriñar la arquitectura de la osamenta del cetáceo. Ya solo nos restan dos cosas. Aguardar con resignación a que la ballena nos escupa en una orilla cualquiera. Y, sobre todo, averiguar si en este cuento somos Jonás o Pinocho.

Rescate

Escrito por Luis Pousa
9 de junio de 2012 a las 22:38h

RESCATE, s. Acción de comprar lo que no pertenece al vendedor ni puede pertenecer al comprador. La menos provechosa de las inversiones.

El diccionario del diablo, Ambrose Bierce.

El gran cronista de América

Escrito por Luis Pousa
9 de junio de 2012 a las 14:37h

Cada octubre, como una letanía, suena su nombre en las quinielas y corrillos previos al Nobel de Literatura. Y cada octubre, la metódica Academia sueca factura el galardón y su equivalente en coronas a otras latitudes. El escritor norteamericano vivo más influyente, el prosista que mejor ha retratado el último medio siglo de ese convulso magma de gentes y culturas conocido como Estados Unidos se llama Philip Roth y esta semana ha añadido otra muesca a su colección de garlardones: el Príncipe de Asturias de las Letras. Repasamos, a través de sus palabras, algunas de las claves de su formidable obra.

LA INFANCIA EN NEWARK
La patria callejera
Roth bebe, entre otras fuentes, del irreverente Henry Miller. Como el autor de los Trópicos, podría suscribir el lema de «Mi patria es mi calle». Su nacionalismo es, más que de barrio, de calle, de acera, de esquina. La obra de Philip Roth nunca deja de mirar la patria callejera de su infancia. Nació y se crió en Weequahic, entonces un barrio judío de Newark, en Nueva Jersey. Manhattan, en la otra orilla del Hudson, estaba a años luz de su vida. Así lo confesaba a un periodista de The New York Times en 1991: «Cuando yo era niño, más allá de Newark estaba el río Hudson [el límite entre Nueva York y Nueva Jersey], que en aquellos tiempos no era tan fácil de cruzar. Para nosotros Nueva York estaba tan lejos de Newark como Europa de Nueva York. Por eso, cuando ahora alguien me dice: “Usted es de Nueva York”, yo lo replico: “No, de Newark”, y siempre me contestan: “Bueno, es lo mismo”, y yo apostillo: “No, entonces no era lo mismo”».

LA CELEBRIDAD
El salto de Portnoy
Saltó Roth en 1969 al estrellato de la literatura mundial con su celebradísima novela El mal de Portnoy (Portnoy’s complaint, traducida también como El lamento de Portnoy). Las obsesiones y proezas sexuales del protagonista, plasmadas en forma de peculiares confesiones, convirtieron de un plumazo al autor en una estrella mediática. «La obscenidad no es solo una especie de lenguaje que se utiliza en El mal de Portnoy, sino que casi es el mismo asunto del libro», explicaba unos años después el creador del imborrable Alexander Portnoy.

SUS OBSESIONES
Sexo y familia
La sexualidad en sus más variadas formas, combinaciones y estilos es uno de los temas cruciales de la literatura de Roth. Con Portnoy descubrió sus cartas, que ha seguido barajando página tras página. La familia y sus conflictos, la identidad judía, el matrimonio, la relación entre literatura y vida, la muerte y la enfermedad son otras de las pequeñas obsesiones que recorren su literatura. Pero sin duda su gran monotema, la materia que atraviesa toda su prosa, es su país. «Soy un escritor norteamericano en aspectos que no hacen de un lampista un lampista norteamericano ni de un minero un minero norteamericano ni de un cardiólogo un cardiólogo norteamericano. Más bien lo que el corazón es para el  cardiólogo, el carbón para el minero, el fregadero de la cocina para el lampista, Norteamérica lo es para mí», apuntaba en los años ochenta.

INFLUENCIAS
Tras Kafka
«Yo diría que mi mayor influencia fue un cómico sin micrófono llamado Franz Kafka y un número muy divertido que hace titulado La metamorfosis». Así despachó Roth al inquieto periodista que le interrogó por la influencia de los cómicos nocturnos en su narrativa.

EL PESO AUTOBIOGRÁFICO
Sus álter ego
En 1981, en una entrevista con Alain Finkielkraut para la revista Le Nouvel Observateur, Philip Roth despejaba de un guantazo (verbal) la impertinente y recurrente pregunta que siempre asoma en estas conversaciones: ¿Cuánto hay de autobiográfico en los personajes de sus narraciones? «¿Soy Lonoff? ¿Soy Zuckerman? ¿Soy Portnoy? Supongo que podría serlo. Puedo serlo todavía. Pero de momento no soy nada tan nítidamente delineado como un personaje de un libro. Sigo siendo el amorfo Roth», zanjó. Pero el mismo escritor hace decir a Zuckerman en La contravida: «Tú, además, no eres solamente un personaje, no eres ningún personaje, sino el tejido de mi vida».

El príncipe de Weequahic

Escrito por Luis Pousa
7 de junio de 2012 a las 11:20h

En el cruce de las avenidas Summit y Keer, en el barrio de Weequahic del mismo Newark de la Galicia emigrante, hay desde el 2005 una placa que recuerda que en aquellas calles se empapó de vida Philip Roth (1933), la voz más poderosa de la actual narrativa estadounidense. Hasta que en 1950 se largó a la Universidad, primero a Pensilvania y luego a Chicago, el futuro autor de El mal de Portnoy deambuló por aquel dédalo de callejuelas y ultramarinos donde la inmensa mayoría de los vecinos eran, como su familia, de origen judío. Aquel barrio entrañable y duro, como los tiempos de guerra y posguerra que la historia tatuó con cicatrices sobre el pellejo de Roth, atrapó para siempre su mirada ácida y algo kafkiana. Por eso vuelve una y otra vez en sus textos a aquella galaxia única de la infancia, que en este caso emerge como un filón inagotable de tramas, tipos humanos y escenarios vitales.
Incluso en su última novela, Némesis (2011), la que suma el título número 31 de su extensa e intensa bibliografía, regresa a aquel paisaje para trazar la crónica del miope profesor Bucky Cantor y de la epidemia de polio que devastó Weequahic mientras el planeta se desventraba entre las llamas y escombros de la Segunda Guerra Mundial.
Solo unos años antes, Roth había trasladado al escenario de su niñez una de sus incontestables obras maestras: La conjura contra América (2005). A partir de una sencilla propuesta de historia ficción —cómo habría cambiado el curso de la guerra si en 1940 el aviador Charles Lindberg hubiese ganado a Roosevelt la carrera a la Casa Blanca—, el escritor retrata con extraordinaria minuciosidad la atribulada vida de un chaval de los años cuarenta en Nueva Jersey.
Entre esos dos momentos cruciales, la partida del adolescente y el regreso literario a las aceras de Newark, transcurre una trayectoria de insólita coherencia que le ha costado ser zarandeado desde su debut con los relatos de Goodbye, Columbus en 1959. A lo largo de medio siglo de oficio, Roth ha sido vapuleado sin mayores matices por rabinos y judíos ultraortodoxos, que lo han calificado de «antisemita» por textos como la trilogía Zuckerman encadenado; por colectivos feministas (por Mi vida como hombre y El pecho); y por los conservadores norteamericanos a raíz de la publicación de la sátira política Nuestra pandilla sobre Nixon y su entorno. Pero el heredero del gran Saul Bellow, el inventor de Alexander Portnoy y Nathan Zuckerman, el autor que después de los sesenta años ha publicado algunos de sus más logrados títulos, ha sobrevivido a todo. Incluso a las pantallas. Tal vez porque todavía es aquel niño indómito de Weequahic.

Caspa a orillas del mar Caspio

Escrito por Luis Pousa
27 de mayo de 2012 a las 13:48h

La Europa real se parece tanto a esa parada de los monstruos llamada Eurovisión como a la frikilandia burocrática de Bruselas. Tanto la sopa de letras que nos aprieta la entrepierna (UE, CE y BCE) como el delirante festival son puros seres de ficción. Lo de Eurovisión viene a ser como un cruce de laboratorio entre los trasnochados coros y danzas regionales y un Travolta caducado para siempre sobre la pista discotequera de Fiebre del sábado noche. El cutre circo televisivo volvió a pasear anoche las sombras desafinadas de sus fieras sin jaula. Y, visto lo visto sobre el escenario de Bakú, lo mejor no fueron los duendes robóticos de Irlanda, ni las abuelas rusas disfrazadas de peliqueiros, ni el prejubilado británico que volvió a las tablas para edulcorar con unas libras su pensión. Ni siquiera la cantante griega con su alegoría escénica de cómo se las gasta Bruselas con Atenas. Lo mejor, de largo, fueron los futuristas spots petroleros de Azerbaiyán que amenizaban la espera entre friki y friki. Pero, claro, qué se puede esperar si montas un festival a orillas del mar Caspa, digo, Caspio.

El sabio que afiló su ironía en los clásicos

Escrito por Luis Pousa
27 de mayo de 2012 a las 13:45h

Ahora que los bárbaros del norte están a punto de ganar la batalla definitiva contra ese invento grecolatino que llamamos Occidente, cuando más necesitamos a los eruditos que todavía pueden descifrar los hexámetros de Homero sin echar mano del traductor automático del cacharro móvil, justo ahora, perdemos a Juan José Moralejo Álvarez (Santiago, 1941-2012).
El profesor Moralejo, fallecido el viernes en Compostela, fue uno de esos contados sabios, en el sentido profundo de un término que no se puede calcular en megas, sino a la antigua: en neuronas y lecturas. Desmentía con una sonrisa en los labios la leyenda de que su padre, catedrático de la Universidad de Santiago, les obligaba a él y a sus hermanos a hablar en latín en casa. Leyenda o no, lo cierto es que Moralejo estudió Derecho porque un día quiso ser registrador de la propiedad, pero afortunadamente abandonó aquella idea (más propia de presidentes del Gobierno y asimilados) para volver a la galaxia paterna.
Fue catedrático de Lengua y Literatura griegas en Compostela y en los textos clásicos afiló su retranca, que destiló durante cuarenta años como columnista de La Voz de Galicia. Al obtener en 1997 el Premio Fernández Latorre definió certeramente ese estilo intransferible como «ironía o vulgar coñeo de ciertas cosas y situaciones».
Ofició el articulismo buscando una prosa minuciosa y barroca, de lenta orfebrería y engranajes exactos, en la que lo mismo vacilaba al alcalde de turno por reclamar un obispo propio para su concello que explicaba las artes sutiles de la pesca de la trucha en el Eo o echaba mano de las literaturas de Roma y Grecia para zarandear a ministros y subsecretarios por el descenso a los infiernos de la educación.
Trazó en La Voz un peculiar Bestiario de autor que todavía recordamos sus devotos e incluso debutó como periodista deportivo en las gradas de Riazor y Balaídos para obsequiarnos en 1999 con sus heterodoxas crónicas de tres derbis entre Dépor y Celta.
El 23 de abril (no podía ser otra fecha) publicó en estas páginas la última entrega de su imprescindible Oráculo de Delfos, que durante años devoramos los que creemos que el periodismo es algo más que ese trasnochado oficio de zombis que algunos auguran. Antes de largarse a los cielos de Homero y Herodoto, Moralejo se despidió con una fulminante columna sobre Borbones, libros, escopetas.

El autor de «Terra nostra»

Escrito por Luis Pousa
16 de mayo de 2012 a las 6:05h

Ni la literatura, ni mucho menos la vida, suelen ceñirse a los tortuosos renglones del mercado. Tal vez por eso, porque el arte y el márketing no acaban de mezclar bien en el vaso largo y helado de la existencia, este elegante y exquisito diplomático mexicano no halló el renombre de otras voces del boom latinoamericano. Pero, cuando se esfumen dentro de unos días los halagos y pirotecnias de las habituales honras fúnebres, habrá que regresar a Carlos Fuentes. Porque este estilista de prosa barroca y torrencial dejó sobre el papel un monumento narrativo, la experimental, alucinante y alucinógena Terra nostra (1975) que lo emparenta en pie de igualdad y sin matices con los más altos hallazgos literarios de Mario Vargas Llosa (Conversación en la Catedral), Julio Cortázar (Rayuela) y Gabriel García Márquez (Cien años de soledad). El relato arrastra al lector, a lo largo de una catarata verbal de cientos de páginas, en un viaje desbocado por los escondites y sueños de la mente, desde las orillas siempre lluviosas del Sena en el París contemporáneo hasta el luto perpetuo del Escorial de Felipe II y su deforme resurrección en la España cutre del tardofranquismo. Claro que tal vez todo esto solo sea un juego de mi cerebro, que junta estos libros en algún extraño escondrijo de la memoria porque Terra nostra, Rayuela y Conversación en la Catedral fueron tres de las asombrosas gemas que un día descubrí, con una dicha hoy ya inalcanzable, en el mismo rincón de la biblioteca paterna.