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El gran cronista de América

Escrito por Luis Pousa
9 de junio de 2012 a las 14:37h

Cada octubre, como una letanía, suena su nombre en las quinielas y corrillos previos al Nobel de Literatura. Y cada octubre, la metódica Academia sueca factura el galardón y su equivalente en coronas a otras latitudes. El escritor norteamericano vivo más influyente, el prosista que mejor ha retratado el último medio siglo de ese convulso magma de gentes y culturas conocido como Estados Unidos se llama Philip Roth y esta semana ha añadido otra muesca a su colección de garlardones: el Príncipe de Asturias de las Letras. Repasamos, a través de sus palabras, algunas de las claves de su formidable obra.

LA INFANCIA EN NEWARK
La patria callejera
Roth bebe, entre otras fuentes, del irreverente Henry Miller. Como el autor de los Trópicos, podría suscribir el lema de «Mi patria es mi calle». Su nacionalismo es, más que de barrio, de calle, de acera, de esquina. La obra de Philip Roth nunca deja de mirar la patria callejera de su infancia. Nació y se crió en Weequahic, entonces un barrio judío de Newark, en Nueva Jersey. Manhattan, en la otra orilla del Hudson, estaba a años luz de su vida. Así lo confesaba a un periodista de The New York Times en 1991: «Cuando yo era niño, más allá de Newark estaba el río Hudson [el límite entre Nueva York y Nueva Jersey], que en aquellos tiempos no era tan fácil de cruzar. Para nosotros Nueva York estaba tan lejos de Newark como Europa de Nueva York. Por eso, cuando ahora alguien me dice: “Usted es de Nueva York”, yo lo replico: “No, de Newark”, y siempre me contestan: “Bueno, es lo mismo”, y yo apostillo: “No, entonces no era lo mismo”».

LA CELEBRIDAD
El salto de Portnoy
Saltó Roth en 1969 al estrellato de la literatura mundial con su celebradísima novela El mal de Portnoy (Portnoy’s complaint, traducida también como El lamento de Portnoy). Las obsesiones y proezas sexuales del protagonista, plasmadas en forma de peculiares confesiones, convirtieron de un plumazo al autor en una estrella mediática. «La obscenidad no es solo una especie de lenguaje que se utiliza en El mal de Portnoy, sino que casi es el mismo asunto del libro», explicaba unos años después el creador del imborrable Alexander Portnoy.

SUS OBSESIONES
Sexo y familia
La sexualidad en sus más variadas formas, combinaciones y estilos es uno de los temas cruciales de la literatura de Roth. Con Portnoy descubrió sus cartas, que ha seguido barajando página tras página. La familia y sus conflictos, la identidad judía, el matrimonio, la relación entre literatura y vida, la muerte y la enfermedad son otras de las pequeñas obsesiones que recorren su literatura. Pero sin duda su gran monotema, la materia que atraviesa toda su prosa, es su país. «Soy un escritor norteamericano en aspectos que no hacen de un lampista un lampista norteamericano ni de un minero un minero norteamericano ni de un cardiólogo un cardiólogo norteamericano. Más bien lo que el corazón es para el  cardiólogo, el carbón para el minero, el fregadero de la cocina para el lampista, Norteamérica lo es para mí», apuntaba en los años ochenta.

INFLUENCIAS
Tras Kafka
«Yo diría que mi mayor influencia fue un cómico sin micrófono llamado Franz Kafka y un número muy divertido que hace titulado La metamorfosis». Así despachó Roth al inquieto periodista que le interrogó por la influencia de los cómicos nocturnos en su narrativa.

EL PESO AUTOBIOGRÁFICO
Sus álter ego
En 1981, en una entrevista con Alain Finkielkraut para la revista Le Nouvel Observateur, Philip Roth despejaba de un guantazo (verbal) la impertinente y recurrente pregunta que siempre asoma en estas conversaciones: ¿Cuánto hay de autobiográfico en los personajes de sus narraciones? «¿Soy Lonoff? ¿Soy Zuckerman? ¿Soy Portnoy? Supongo que podría serlo. Puedo serlo todavía. Pero de momento no soy nada tan nítidamente delineado como un personaje de un libro. Sigo siendo el amorfo Roth», zanjó. Pero el mismo escritor hace decir a Zuckerman en La contravida: «Tú, además, no eres solamente un personaje, no eres ningún personaje, sino el tejido de mi vida».

El príncipe de Weequahic

Escrito por Luis Pousa
7 de junio de 2012 a las 11:20h

En el cruce de las avenidas Summit y Keer, en el barrio de Weequahic del mismo Newark de la Galicia emigrante, hay desde el 2005 una placa que recuerda que en aquellas calles se empapó de vida Philip Roth (1933), la voz más poderosa de la actual narrativa estadounidense. Hasta que en 1950 se largó a la Universidad, primero a Pensilvania y luego a Chicago, el futuro autor de El mal de Portnoy deambuló por aquel dédalo de callejuelas y ultramarinos donde la inmensa mayoría de los vecinos eran, como su familia, de origen judío. Aquel barrio entrañable y duro, como los tiempos de guerra y posguerra que la historia tatuó con cicatrices sobre el pellejo de Roth, atrapó para siempre su mirada ácida y algo kafkiana. Por eso vuelve una y otra vez en sus textos a aquella galaxia única de la infancia, que en este caso emerge como un filón inagotable de tramas, tipos humanos y escenarios vitales.
Incluso en su última novela, Némesis (2011), la que suma el título número 31 de su extensa e intensa bibliografía, regresa a aquel paisaje para trazar la crónica del miope profesor Bucky Cantor y de la epidemia de polio que devastó Weequahic mientras el planeta se desventraba entre las llamas y escombros de la Segunda Guerra Mundial.
Solo unos años antes, Roth había trasladado al escenario de su niñez una de sus incontestables obras maestras: La conjura contra América (2005). A partir de una sencilla propuesta de historia ficción —cómo habría cambiado el curso de la guerra si en 1940 el aviador Charles Lindberg hubiese ganado a Roosevelt la carrera a la Casa Blanca—, el escritor retrata con extraordinaria minuciosidad la atribulada vida de un chaval de los años cuarenta en Nueva Jersey.
Entre esos dos momentos cruciales, la partida del adolescente y el regreso literario a las aceras de Newark, transcurre una trayectoria de insólita coherencia que le ha costado ser zarandeado desde su debut con los relatos de Goodbye, Columbus en 1959. A lo largo de medio siglo de oficio, Roth ha sido vapuleado sin mayores matices por rabinos y judíos ultraortodoxos, que lo han calificado de «antisemita» por textos como la trilogía Zuckerman encadenado; por colectivos feministas (por Mi vida como hombre y El pecho); y por los conservadores norteamericanos a raíz de la publicación de la sátira política Nuestra pandilla sobre Nixon y su entorno. Pero el heredero del gran Saul Bellow, el inventor de Alexander Portnoy y Nathan Zuckerman, el autor que después de los sesenta años ha publicado algunos de sus más logrados títulos, ha sobrevivido a todo. Incluso a las pantallas. Tal vez porque todavía es aquel niño indómito de Weequahic.

Caspa a orillas del mar Caspio

Escrito por Luis Pousa
27 de mayo de 2012 a las 13:48h

La Europa real se parece tanto a esa parada de los monstruos llamada Eurovisión como a la frikilandia burocrática de Bruselas. Tanto la sopa de letras que nos aprieta la entrepierna (UE, CE y BCE) como el delirante festival son puros seres de ficción. Lo de Eurovisión viene a ser como un cruce de laboratorio entre los trasnochados coros y danzas regionales y un Travolta caducado para siempre sobre la pista discotequera de Fiebre del sábado noche. El cutre circo televisivo volvió a pasear anoche las sombras desafinadas de sus fieras sin jaula. Y, visto lo visto sobre el escenario de Bakú, lo mejor no fueron los duendes robóticos de Irlanda, ni las abuelas rusas disfrazadas de peliqueiros, ni el prejubilado británico que volvió a las tablas para edulcorar con unas libras su pensión. Ni siquiera la cantante griega con su alegoría escénica de cómo se las gasta Bruselas con Atenas. Lo mejor, de largo, fueron los futuristas spots petroleros de Azerbaiyán que amenizaban la espera entre friki y friki. Pero, claro, qué se puede esperar si montas un festival a orillas del mar Caspa, digo, Caspio.

El sabio que afiló su ironía en los clásicos

Escrito por Luis Pousa
27 de mayo de 2012 a las 13:45h

Ahora que los bárbaros del norte están a punto de ganar la batalla definitiva contra ese invento grecolatino que llamamos Occidente, cuando más necesitamos a los eruditos que todavía pueden descifrar los hexámetros de Homero sin echar mano del traductor automático del cacharro móvil, justo ahora, perdemos a Juan José Moralejo Álvarez (Santiago, 1941-2012).
El profesor Moralejo, fallecido el viernes en Compostela, fue uno de esos contados sabios, en el sentido profundo de un término que no se puede calcular en megas, sino a la antigua: en neuronas y lecturas. Desmentía con una sonrisa en los labios la leyenda de que su padre, catedrático de la Universidad de Santiago, les obligaba a él y a sus hermanos a hablar en latín en casa. Leyenda o no, lo cierto es que Moralejo estudió Derecho porque un día quiso ser registrador de la propiedad, pero afortunadamente abandonó aquella idea (más propia de presidentes del Gobierno y asimilados) para volver a la galaxia paterna.
Fue catedrático de Lengua y Literatura griegas en Compostela y en los textos clásicos afiló su retranca, que destiló durante cuarenta años como columnista de La Voz de Galicia. Al obtener en 1997 el Premio Fernández Latorre definió certeramente ese estilo intransferible como «ironía o vulgar coñeo de ciertas cosas y situaciones».
Ofició el articulismo buscando una prosa minuciosa y barroca, de lenta orfebrería y engranajes exactos, en la que lo mismo vacilaba al alcalde de turno por reclamar un obispo propio para su concello que explicaba las artes sutiles de la pesca de la trucha en el Eo o echaba mano de las literaturas de Roma y Grecia para zarandear a ministros y subsecretarios por el descenso a los infiernos de la educación.
Trazó en La Voz un peculiar Bestiario de autor que todavía recordamos sus devotos e incluso debutó como periodista deportivo en las gradas de Riazor y Balaídos para obsequiarnos en 1999 con sus heterodoxas crónicas de tres derbis entre Dépor y Celta.
El 23 de abril (no podía ser otra fecha) publicó en estas páginas la última entrega de su imprescindible Oráculo de Delfos, que durante años devoramos los que creemos que el periodismo es algo más que ese trasnochado oficio de zombis que algunos auguran. Antes de largarse a los cielos de Homero y Herodoto, Moralejo se despidió con una fulminante columna sobre Borbones, libros, escopetas.

El autor de «Terra nostra»

Escrito por Luis Pousa
16 de mayo de 2012 a las 6:05h

Ni la literatura, ni mucho menos la vida, suelen ceñirse a los tortuosos renglones del mercado. Tal vez por eso, porque el arte y el márketing no acaban de mezclar bien en el vaso largo y helado de la existencia, este elegante y exquisito diplomático mexicano no halló el renombre de otras voces del boom latinoamericano. Pero, cuando se esfumen dentro de unos días los halagos y pirotecnias de las habituales honras fúnebres, habrá que regresar a Carlos Fuentes. Porque este estilista de prosa barroca y torrencial dejó sobre el papel un monumento narrativo, la experimental, alucinante y alucinógena Terra nostra (1975) que lo emparenta en pie de igualdad y sin matices con los más altos hallazgos literarios de Mario Vargas Llosa (Conversación en la Catedral), Julio Cortázar (Rayuela) y Gabriel García Márquez (Cien años de soledad). El relato arrastra al lector, a lo largo de una catarata verbal de cientos de páginas, en un viaje desbocado por los escondites y sueños de la mente, desde las orillas siempre lluviosas del Sena en el París contemporáneo hasta el luto perpetuo del Escorial de Felipe II y su deforme resurrección en la España cutre del tardofranquismo. Claro que tal vez todo esto solo sea un juego de mi cerebro, que junta estos libros en algún extraño escondrijo de la memoria porque Terra nostra, Rayuela y Conversación en la Catedral fueron tres de las asombrosas gemas que un día descubrí, con una dicha hoy ya inalcanzable, en el mismo rincón de la biblioteca paterna.

Vila-Matas: «De haber hecho cine, me habría parecido a los Coen»

Escrito por Luis Pousa
24 de marzo de 2012 a las 10:59h

En su última novela, , Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948) salta de Dublín a América en la enésima vuelta de tuerca del autor a su obra única.
—Después del «salto inglés» de «Dublinesca» ahora emprende una especie de «salto americano».
—Se puede decir también que de la Odisea dublinesa (Ulises) he ido a parar a mi barrio de Barcelona (Ítaca), porque es en ese barrio poco conocido de mi ciudad (la calle Buenos Aires y alrededores), donde suceden gran parte de los hechos que narra mi novela.
—Digo lo del «salto americano» porque también hay aquí una atmósfera del cine de los hermanos Coen, de esa capacidad que tienen de hallar y de narrar lo asombroso (y a veces lo monstruoso) en medio de lo cotidiano, que precisamente es otra clave de su obra.
—Para ciertos momentos de la novela tuve presente  de los Coen. Un «salto americano» en la calle de Buenos Aires de Barcelona. La verdad es que cuando veo películas de los Coen me divierto enormemente con ellos. De haber hecho cine, seguramente me habría parecido a ellos, aunque no les habría llegado nunca ni a los zapatos. En cualquier caso, algo está claro: compartimos un cierto sentido del humor. Ahora solo queda por esperar que los Coen quieran leer . Si alguien los conoce, les puede decir que ya pueden ir preparándose para filmar en Barcelona.
—Si mis cuentas no fallan es su novela número 25. ¿Podemos hablar de que en el fondo está escribiendo una única novela?
—Siempre he dicho que trabajo en una obra en la que todo está conectado. En cada libro doy una vuelta de tuerca más.
—En obras recientes exploraba los abismos y se asomaba bajo la piel de personajes enfermos o en proceso de demolición, pero en esta obra se identifica con Lancastre, un autor muerto. ¿Es quizás una mirada desde el fondo de la piscina como la de William Holden en «El crepúsculo de los dioses»?
—Me critico a mí mismo en el libro y la verdad es que, al imaginarme muerto, me siento más libre para hacerlo.
—Vuelve a ocuparse aquí de la compleja relación entre padres e hijos. Lancastre está muerto y Vilnius, bajo su sombra hamletiana y kafkiana, se empeña en construir un Archivo General del Fracaso. ¿El hijo siempre fracasa desde la perspectiva del padre?
—No sé cómo fue que imaginé que, a través de un leve golpe en la cabeza, un hijo heredaba de golpe (y nunca mejor dicho) la memoria y experiencia de su padre. Ese fue uno de los motores de arranque del libro.
—Otro motor es la frase «Cuando oscurece siempre necesitamos a alguien», atribuida a Fitzgerald, que recorre la novela. ¿Resume en cierta medida esa historia del fracaso o de la demolición, como decía el propio Scott Fitzgerald, que es en el fondo la vida?
—Claro. Mi novela ilustra aquel famoso comienzo de  del propio Fitzgerald: «Claro, toda vida es un proceso de demolición». Hay un tipo de demolición que parece producirse con rapidez, y otro que se produce casi sin que uno lo advierta, pero lo que nunca falla es esto: la vida, a la hora de destrozarnos, tiene la terca paciencia de la marea.
—Y además de reivindicar el derecho al fracaso, que también es un arte, reivindica el derecho a la contradicción, que es el derecho a la reinvención de uno mismo, ¿no?
—Exacto. Algo que recuerda al Dylan de , aquel disco con el que nuestro cantante confirmó una vez más que su gran fuerza residía en no estar nunca donde se le esperaba.

Foto www.enriquevilamatas.com

Vila-Matas, el autor que ya está escribiendo mañana

Escrito por Luis Pousa
24 de marzo de 2012 a las 5:00h

«Algunos entran muy tarde en el teatro de la vida, pero cuando lo hacen parece que entren sin brida y directos ya hasta el final de la obra. Ése fue mi caso. Y hoy puedo afirmarlo con toda seguridad. La representación empezó la mañana en la que mi mujer me entregó una carta que acababa de llegar de Suiza, una invitación a participar en un congreso literario sobre el fracaso». Aire de Dylan, Enrique Vila-Matas (Seix Barral, Barcelona, 2012)

Entre dos párrafos de sobrecogedora (y poética) belleza transcurre la nueva novela de Enrique Vila-Matas, Aire de Dylan, en la que el escritor barcelonés ahonda todavía más en su implacable empeño de forjar una única obra en la que los sucesivos títulos acaben finalmente entrelazados entre sí.
El autor —sin duda el más arriesgado, inteligente e innovador de las actuales letras españolas— regresa aquí a algunas de sus obsesiones habituales, como la enfermedad (en este caso asciende un peldaño más y liquida directamente a Lancastre, el escritor muerto con el que se puede identificar al propio Vila-Matas), la vida como proceso de demolición (en la estela del omnipresente Scott Fitzgerald), y la siempre tortuosa relación entre padres e hijos, narrada a través de la invasión de la memoria del joven dylaniano Vilnius por parte de su padre, el difunto Lancastre.
Sostiene Vilnius en la página 45 de Aire de Dylan: «Las cosas tienen que ser tal como son y tal como han sido siempre; quiero decir que las grandes cosas están reservadas para los grandes, los abismos para los profundos; las delicadezas y estremecimientos para los sutiles; y desde luego, todo lo raro para los raros». Vila-Matas logra reinventarse una vez más en esta novela y sobrevive sin un solo rasguño en el fuselaje a los vaivenes y contradicciones que genera todo renacimiento, toda reconstrucción o reinvención, precisamente porque es uno de los grandes, porque ha explorado los abismos desde la profundidad, porque al mismo tiempo destila hondura a partir de una prosa sutil y levemente shandy, y porque, desde su irreverente heterodoxia, es un raro entre los raros, en el más saludable y británico sentido de la palabra rareza.
En uno de sus relatos más descarnadamente redondos, El perseguidor, el gran Julio Cortázar nos cuenta el ensayo previo a la grabación de un disco de jazz en el que coinciden en un estudio de Cincinnati Miles Davis y un saxofonista llamado Johnny Carter (sospechosamente parecido a Charlie Parker). Cortázar planta en los labios del indómito Carter una insondable carga de profundidad sobre la elasticidad de los tiempos del arte: «Esto ya lo estoy tocando mañana».
La frase, como todas las paradojas, encierra una gigantesca verdad. Y tras leer el último y estremecedor párrafo de Aire de Dylan podemos afirmar también que Vila-Matas ya está escribiendo mañana.

 

 

 

Demasiado cine

Escrito por Luis Pousa
21 de marzo de 2012 a las 11:33h

Lo malo de criarse con una dieta infantil a base de pelis del Oeste y cine épico de la Segunda Guerra Mundial es que, al aterrizar de morros en la esfera adulta, uno todavía cree que en la vida, como en el celuloide, siempre ganan los buenos, aunque sea en el último minuto de la prórroga y de penalti. Qué bemoles. La vida, esa cosa con patas, se parece más a una turbia y lenta cinta de Lars Von Trier que a los honestos y crudos wéstern (incluso a los brutales largometrajes de Sam Peckinpah). Porque a los buenos, al menos en el planeta Tierra, los apean a palos del estribo y los dejan tirados en medio de la polvorienta calle del pueblo, a solas con los pistoleros. Y, comparado con los malhechores financieros y gubernamentales de hoy, el hosco Liberty Valance parece un entrañable y bondadoso párroco de pueblo.

Grandes: «Sólo vamos pisando la hierba que Galdós pisó primero»

Escrito por Luis Pousa
17 de marzo de 2012 a las 5:25h

Tras contar la invasión del valle de Arán en Inés y la alegría, Almudena Grandes (Madrid, 1960) vuelve a echarse al monte en El lector de Julio Verne, segunda entrega de Episodios de una guerra interminable. Grandes trepa ahora a la Sierra Sur de Jaén para relatar las andanzas de Cencerro y su guerrilla durante el trienio del terror (1947-1949).

—¿Ha querido crear con estas novelas unos «episodios nacionales» de la posguerra?
—Claro, esa era mi intención desde el principio: adoptar y adaptar el modelo de los Episodios nacionales de Galdós en el sentido de que en estos libros lo que yo hago es inventarme una historia de ficción para encajarla en el marco de un acontecimiento histórico real, de tal manera que los personajes que intervinieron en la historia real, en este caso Cencerro, Marzal o el alcalde vitalicio de Valdepeñas… interactúen dentro de la novela con mis personajes de ficción. Cuando decidí que tenía material para escribir seis novelas sobre la posguerra, que podía intentar contar los 25 primeros años de la dictadura desde la óptica de la resistencia contra la dictadura en seis novelas, el modelo estaba hecho, Don Benito ya lo había hecho todo. Lo único que yo tenía que hacer era intentar aplicarme y hacerlo lo mejor posible. Yo soy una lectora muy constante y apasionada de Galdós, que ha sido el escritor más importante de mi vida. Creo que una de las anormalidades una de las anomalías de este país es la cicatería con la que trata a un escritor que está a la altura dee los mejores narradores del XIX.

—¿Por qué ese complejo a la hora de reivindicar su legado?
—Yo creo que esto está empezando a cambiar. Hay muchos escritores de mi edad y más jóvenes que yo que aprecian mucho la obra de Galdós. Es curioso porque al principio de esta novela y en las seis de la serie va al principio una cita de Luis Cernuda de un poema precioso que se llama Díptico español que él escribe en el exilio y en el que decide que la única España que sigue siendo su patria es la de los libros de Galdós, no la real. Es muy curioso cómo la generación de la República en ningún momento dejó de amar y de exaltar la figura de Galdós, el Ejército popular en las trincheras repartía ediciones populares de los Episodios nacionales… Alberti editó a Galdós en Argentina, Cernuda escribió este poema, Max Aub escribió El laberinto mágico siguiendo el modelo de los Episodios nacionales… El exilio se llevó el amor a Galdós con él… Galdós, que a nosotros ha llegado como un personaje polvoriento y envejecido, en realidad fue diputado republicano socialista y en 1939 borraron su nombre del Registro Civil para intentar sostener que lo mejor habría sido que nunca hubiera nacido. Y, sin embargo, la izquierda después perdió esta devoción por Galdós y lo que ha imperado hasta nuestros tiempos es la versión franquista del escritor antiguo, polvoriento… Y es muy injusto, claro.

—Mezcla personajes reales y de ficción, ¿no le limita en cierta medida a la hora de escribir?
—Es muy complicado, pero también es un reto que merece la pena. Es fundamental perder un poco el respeto a la realidad, para eso fue muy importante acudir a Galdós, me volví a leer los Episodios nacionales… Él saca a Churruca protegiendo a un grumete en medio de una batalla naval y, claro, evidentemente lo más normal es que Churruca no estuviera pendiente de un grumete en medio de una batalla. Pero en ese sentido también esa tradición me ampara, la de los Episodios nacionales o El laberinto mágico de Max Aub, en la que ocurre lo mismo porque adoptó el mismo modelo. Hay que perder un poco el miedo a los personajes reales. Yo tengo la suerte de que escribo novela y no historia. Los historiadores están más limitados porque, aunque la imaginación es fundamental para interpretar, ellos tienen un límite que es lo que pueden probar documentalmente, pero sin embargo un escritor puede rellenar con ficción los charcos en los que un escritor se tiene que detener.

—Hablando de personajes reales, en la quinta parte de la serie anuncia como protagonista a la gallega Aurora Rodríguez Carballeira.
—Es la madre de Hildegard Rodríguez, cuya historia me gusta mucho, pero en la que el gran personaje yo creo que es su madre, que nació en Ferrol como Pablo Iglesias y Franciso Franco… Me voy a acercar a Aurora mucho después de la muerte de Hildegard, me voy a encontrar con ella moribunda en los años cincuenta en Ciempozuelos. Era una mujer tan loca y tan extraordinaria y llena de valores que el régimen de Franco intentó aprovechar lo que pasó en 1937 en el manicomio de Ciempozuelos, cuando la mayoría de los locos salieron corriendo y los mataron, para decir que ella había muerto en el 37, pero no es verdad, ella siguió allí porque fue uno de los tres presos que no se movieron de su habitación y se salvaron. Entonces en la quinta novela lo que voy a hacer es contar lo que siente un psiquiatra muy joven, hijo de un psiquiatra republicano represaliado, que se ha educado en Suiza y vuelve a España, cuando se encuentra a esta mujer allí y cuando descubre que de alguna manera el único vestigio de la ciencia republicana al que él puede acceder, lo único que queda de la intelectualidad a la que perteneció su padre es esta mujer loca que está hablando sola todo el tiempo en un manicomio.

—Nino y Pepe el Portugués son dos personajes muy sólidos, muy bien construidos, ¿van a reaparecer en otras entregas de la serie?
—Pepe el Portugués es mi niño mimado y va a salir en las seis novelas de esta serie. A mí lo que más me excita de este proyecto es lo de que las novelas compartan personajes, con lo que volvemos a Galdós, que lo inventó todo. Solo vamos pisando la hierba que Galdós pisó primero. Es una serie de novelas que se pueden leer de forma independiente, pero el hecho de que compartan personajes les da, a los lectores y a mí, como un bonus de los videojuegos. Pepe es un poco como la Araceli que aparece en todas las novelas.

—Estos dos libros apuestan claramente por recuperar la memoria histórica, algo que todavía rechaza una parte de la sociedad, ¿por qué cree que todavía se produce este rechazo?
—A veces me dicen: usted escribe en nombre de los perdedores. No, yo escribo en nombre de los demócratas contemporáneos, en mi propio nombre. Porque lo que se llama la recuperación de la memoria no tiene que ver solo con el pasado, no es un vicio nostálgico, es algo que tiene que ver también con el presente y con el futuro, con el país en el que vivimos y con el país en el que queremos que vivan nuestros hijos. Hay que decir que la democracia española, que es perfectamente homologable con las democracias europeas y que ha procurado a este país años de estabilidad y de paz social como nunca antes, tiene una fragilidad congénita: el hecho de que es la única democracia europea que se ha fundado en el aire, sin raíces. Todas las democracias europeas después de la II Guerra Mundial se fundaron de acuerdo con su tradición democrática y antifascista. En España no. En España se acabó la dictadura, se hizo una raya en el suelo y se dijo: aquí estábamos y aquí estamos, ya somos modernos y europeos. Pero, claro, 40 años de dictadura no se pueden borrar con la sola voluntad de borrarlos. Esto ha acabado deformando la democracia española. Por ejemplo, el tema de las fosas es claramente un asunto de derechos humanos, no tiene que ver con la derecha ni con la izquierda. ¿Cómo es posible que a alguien le moleste que un ciudadano pueda desenterrar a su abuelo y enterrarlo en un tumba con su familia? Es algo que excede la ideología y la fe religiosa. Es una prueba de hasta qué punto somos frágiles y vivimos en una anomalía. Yo creo que recuperar la memoria y rescatar estas historias es importante para nosotros mismos, ni siquiera por hacer justicia, sino para saber que en un país donde hubo una dictadura feroz que duró 37 años no cesó la resistencia contra ella ni un solo día y muchos países del mundo, con mucho menos, han fundado su orgullo nacional en eso. Tú vas andando por París, donde hubo una resistencia de chiste comparada con la que hubo aquí, y en todas las esquinas de París hay placas diciendo «aquí cayó el resistente…». Ese patrimonio, que debería ser un patrimonio de todos los demócratas españoles y que fortalecería las bases de la democracia, no solamente está olvidado, sino que se intenta taponar y que no salga a la luz.

—A la vista de las últimas resoluciones judiciales no parece que se haya reparado esa anomalía histórica.
—Por eso, por eso. Hay una cosa más grave. El proceso a Garzón tiene unas implicaciones muy graves. Si analizamos la sentencia como ciudadanos con cabeza ocurre que la actuación de Garzón se interpreta como una agresión contra la democracia, es decir, que atacar a la dictadura y proteger a las víctimas de la dictadura se interpreta como un intento de agredir a la democracia. No tiene ni pies ni cabeza.

—¿Y se reparará algún día?
—Estoy segura de que esta situación cambiará algún día por la ley de la gravedad, porque las manzanas se caen de los árboles. La generación de mis hijos, que no han vivido la Transición y que no han sido educados en la cultura del miedo, algún día ocupará el poder y cambiará esto.

—En la novela los malvados no lo son al 100%, tienen claroscuros.
—Creo que desde un punto de vista narrativo crear un malo absoluto es un mal negocio, porque los malos absolutamente malos no dan miedo, porque no son más que caricaturas. Y esto nos lleva de nuevo al punto en que confluyen la literatura y la realidad. En el mundo real, los torturadores, los seres más abyectos, los asesinos o los mercenarios implacables siempre tienen debilidades: quieren a su madre, crían perros, están enamorados de su mujer, porque los seres humanos somos así, no existe nadie tan absolutamente despiadado que no necesite querer o que le quieran. En ese sentido hace tiempo que descubrí que la ambigüedad moral es mucho más eficaz para tratar el mal que el negro oscuro. Conviene que los personajes negativos tengan alguna luz, primero porque en la realidad son así y segundo porque literariamente funcionan mucho mejor. Esta novela sucede en una época y en un lugar donde el terror se usó de una forma deliberada y sistemática para estructurar la sociedad. Para que el terror planificado sea eficaz tiene que vertebrar a toda la sociedad de arriba abajo. Los guardias civiles imponían miedo porque tenían miedo, humillaban a la gente porque se sentían humillados eran odiosos porque sentían ellos mismos la sombra de ese odio, porque eran conscientes de no estaba bien lo que estaban haciendo pero no podían sustraerse a la espiral de terror que les gobernaba. Una de las cosas más conmovedoras que cuenta Nino es que su padre es un buen hombre sujeto a una ley de la que tampoco puede escapar.

—Ha apuntado que esta es a un tiempo una novela de aventuras y de terror. Esa definición casi podría valer para definir determinados episodios de la historia de España, como la propia posguerra…
—Sí, es una novela de aventuras porque en el momento en que Nino se atreve a ir más allá de los límites se ve envuelto e una novela de aventuras semejante a las que lee. Pepe el Portugués funciona como John Long Silver en la novela, tal y como lo identifica el propio Nino, porque no se sabe nunca con quién está. No es una novela de terror en el sentido de que pretenda aterrorizar al lector, pero la voz inocente de Nino, que no tiene armas para enfrentarse a todo lo que se le viene encima, quizás sea un vehículo de terror más eficaz que otros. En realidad lo que le pasa a Nino es que le pasan cosas enormes, mucho más grandes que él, pero no puede evitarlas porque es su vida, entonces no puede rodearlas, ni puede ignorarlas, tiene que atravesarlas y por eso se rompe la crisma. En ese sentido es una novela de terror porque narra una experiencia terrorífica.

—Hay quien habla de que tras la derrota del fascismo político en la II Guerra Mundial, ahora resurge por vías financieras…
—Sí, es muy curioso. Hay que tener cuidado cuando dices las cosas porque no se trata de alarmar sin necesidad a la población, para eso ya están las agencias de calificación, no hace falta que los demás vayamos por el mismo camino. Pero es verdad que lo que está pasando recuerda mucho a algunas cosas, no a todas, que pasaron en los años treinta del siglo XX. Lo que ocurre es que hay una crisis económica semejante a aquella, entre la crisis del 29 y la actual no ha habido nada entre medias que se parezca tanto a aquella, y están volviendo a florecer cosas que parecían erradicadas en la mentalidad europea contemporánea. Se mira el empobrecimiento de la población con una naturalidad con la que desde entonces no se miraba. Estamos en una situación en la que el gran problema que tenemos, donde está la parte del león, es en la economía financiera, no en la economía productiva. Podemos dejar que caiga la economía productiva y que caigan los trabajadores, porque mientras esto no pete del todo se gana mucho más dinero especulando que produciendo y, claro, esto crea unos desajustes sociales tremendos, entonces en esa medida, en la que se contempla el empobrecimiento de la población con toda naturalidad y en la que el fin justifica los medios, yo creo que sí se puede decir que estamos viviendo un resurgir del fascismo sobre unas bases económicas, no políticas.

—Por no hablar de la pérdida de derechos…
—Sí, claro, todo eso tiene que ver. El empobrecimiento no es solo de nivel de vida en general, sino también de derechos. Da la sensación de que como no fuimos capaces de exportar a las potencias emergentes los derechos de los que gozamos, pues ahora vamos a importar las condiciones de vida de las potencias emergentes.

—También tiene pendiente una novela sobre la rama materna de su familia, la de su bisabuela Benita, que vivió en Marruecos.
—Cuando termine los Episodios, dentro de muchos años, después de haberme inventado tantas historias de familias de ficción y después de haber hecho la crónica de ficción de tantas familias españolas que no son la mía, a mí me gustaría escribir un libro que contara la historia de mi familia partiendo de mis bisabuelos hasta el día que yo nací. Mis bisabuelos son los extraordinarios, por parte de padre y sobre todo por parte de madre. Me gustaría contar una hipótesis de la historia de mi familia, porque nunca voy a tener toda la información, desde mis bisabuelos hasta mi nacimiento.

Foto de Almudena Grandes: José Manuel Pedrosa/Efe

Muere Moebius, el poeta del cómic

Escrito por Luis Pousa
11 de marzo de 2012 a las 10:56h

Había tomado su nombre de un matemático alemán del siglo XIX, August Möbius, el descubridor de la banda que lleva su apellido y que constituye una sutil rareza geométrica, ya que es una superficie no orientable. Tampoco admitía orientación el segundo Moebius, nacido como Jean Giraud en París en 1938 y que ayer falleció en el mismo paisaje urbano. Era uno de los gigantes del cómic del siglo XX y dinamitó los cánones del tebeo clásico con una apuesta sin límites por la libertad creativa que abrió de par en par las puertas del género a autores que no encajaban en las antiguas viñetas.
Uno de aquellos herederos es Miguelanxo Prado (A Coruña, 1958). El autor de Trazo de tiza confiesa que su vocación nació al sumergirse, entre otras, en las páginas de Moebius. «Foi un dos motivos polos que eu rematei facendo banda deseñada. A súa é unha das obras que me deslumbrou desde o primeiro momento. Claramente estamos falando dun dos deuses do Olimpo da banda deseñada», sentencia Prado.
Como Pessoa y sus heterónimos, Giraud no guardaba en su interior uno, sino dos autores. Se le bautizó como Doctor Gir y Mister Moebius. Gir era la firma que reservaba para su emblemático teniente Blueberry, protagonista de 26 álbumes de corte clásico y atmósfera wéstern creados junto al guionista Jean-Michel Charlier. Moebius nació en algún rincón de México en 1956, entre el humo de la marihuana y las sombras de la geometría. Es el autor de los cómics de ciencia ficción que reinventaron el género a partir de los años ochenta. El propio Giraud resumía así su esquizofrenia: «Gir trabaja dentro de las limitaciones de la lógica narrativa impuesta por el guion de Charlier, donde hay unas reglas que respetar. Moebius es poesía libre e inventa sus propias reglas a medida que dibuja». De esa poesía libre y libertaria emergieron Arzach, The Long Tomorrow, El garaje hermético o El Incal (con Alejandro Jodorowsky al guion).
«Desde a súa faceta máis convencional, a do tenente Blueberry, a que mantiña os canons máis clásicos do cómic, evolucionou a unha obra que descolocou a varias xeracións de autores e lectores porque construía narracións visuais a partires de elementos puramente plásticos», analiza Prado.
El autor de Quotidianía delirante coincidió con Moebius en varias ocasiones firmando ejemplares en el mismo estand. «Tiña a sensación de asistir a unha especie de milagre ou transmutación alquímica. Daba igual o que tivese na man, un rotulador, unha pluma ou un lapis, era o mesmo, deslizaba a man sobre o papel e alí comezaban a aparecer cousas asombrosas», recuerda el ilustrador gallego, que eleva sin rodeos el elogio a Moebius: «Pasarán moitos anos antes de que volva a darse esa conexión entre o cerebro e a man».