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Vila-Matas: «De haber hecho cine, me habría parecido a los Coen»

Escrito por Luis Pousa
24 de marzo de 2012 a las 10:59h

En su última novela, , Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948) salta de Dublín a América en la enésima vuelta de tuerca del autor a su obra única.
—Después del «salto inglés» de «Dublinesca» ahora emprende una especie de «salto americano».
—Se puede decir también que de la Odisea dublinesa (Ulises) he ido a parar a mi barrio de Barcelona (Ítaca), porque es en ese barrio poco conocido de mi ciudad (la calle Buenos Aires y alrededores), donde suceden gran parte de los hechos que narra mi novela.
—Digo lo del «salto americano» porque también hay aquí una atmósfera del cine de los hermanos Coen, de esa capacidad que tienen de hallar y de narrar lo asombroso (y a veces lo monstruoso) en medio de lo cotidiano, que precisamente es otra clave de su obra.
—Para ciertos momentos de la novela tuve presente  de los Coen. Un «salto americano» en la calle de Buenos Aires de Barcelona. La verdad es que cuando veo películas de los Coen me divierto enormemente con ellos. De haber hecho cine, seguramente me habría parecido a ellos, aunque no les habría llegado nunca ni a los zapatos. En cualquier caso, algo está claro: compartimos un cierto sentido del humor. Ahora solo queda por esperar que los Coen quieran leer . Si alguien los conoce, les puede decir que ya pueden ir preparándose para filmar en Barcelona.
—Si mis cuentas no fallan es su novela número 25. ¿Podemos hablar de que en el fondo está escribiendo una única novela?
—Siempre he dicho que trabajo en una obra en la que todo está conectado. En cada libro doy una vuelta de tuerca más.
—En obras recientes exploraba los abismos y se asomaba bajo la piel de personajes enfermos o en proceso de demolición, pero en esta obra se identifica con Lancastre, un autor muerto. ¿Es quizás una mirada desde el fondo de la piscina como la de William Holden en «El crepúsculo de los dioses»?
—Me critico a mí mismo en el libro y la verdad es que, al imaginarme muerto, me siento más libre para hacerlo.
—Vuelve a ocuparse aquí de la compleja relación entre padres e hijos. Lancastre está muerto y Vilnius, bajo su sombra hamletiana y kafkiana, se empeña en construir un Archivo General del Fracaso. ¿El hijo siempre fracasa desde la perspectiva del padre?
—No sé cómo fue que imaginé que, a través de un leve golpe en la cabeza, un hijo heredaba de golpe (y nunca mejor dicho) la memoria y experiencia de su padre. Ese fue uno de los motores de arranque del libro.
—Otro motor es la frase «Cuando oscurece siempre necesitamos a alguien», atribuida a Fitzgerald, que recorre la novela. ¿Resume en cierta medida esa historia del fracaso o de la demolición, como decía el propio Scott Fitzgerald, que es en el fondo la vida?
—Claro. Mi novela ilustra aquel famoso comienzo de  del propio Fitzgerald: «Claro, toda vida es un proceso de demolición». Hay un tipo de demolición que parece producirse con rapidez, y otro que se produce casi sin que uno lo advierta, pero lo que nunca falla es esto: la vida, a la hora de destrozarnos, tiene la terca paciencia de la marea.
—Y además de reivindicar el derecho al fracaso, que también es un arte, reivindica el derecho a la contradicción, que es el derecho a la reinvención de uno mismo, ¿no?
—Exacto. Algo que recuerda al Dylan de , aquel disco con el que nuestro cantante confirmó una vez más que su gran fuerza residía en no estar nunca donde se le esperaba.

Foto www.enriquevilamatas.com

Vila-Matas, el autor que ya está escribiendo mañana

Escrito por Luis Pousa
24 de marzo de 2012 a las 5:00h

«Algunos entran muy tarde en el teatro de la vida, pero cuando lo hacen parece que entren sin brida y directos ya hasta el final de la obra. Ése fue mi caso. Y hoy puedo afirmarlo con toda seguridad. La representación empezó la mañana en la que mi mujer me entregó una carta que acababa de llegar de Suiza, una invitación a participar en un congreso literario sobre el fracaso». Aire de Dylan, Enrique Vila-Matas (Seix Barral, Barcelona, 2012)

Entre dos párrafos de sobrecogedora (y poética) belleza transcurre la nueva novela de Enrique Vila-Matas, Aire de Dylan, en la que el escritor barcelonés ahonda todavía más en su implacable empeño de forjar una única obra en la que los sucesivos títulos acaben finalmente entrelazados entre sí.
El autor —sin duda el más arriesgado, inteligente e innovador de las actuales letras españolas— regresa aquí a algunas de sus obsesiones habituales, como la enfermedad (en este caso asciende un peldaño más y liquida directamente a Lancastre, el escritor muerto con el que se puede identificar al propio Vila-Matas), la vida como proceso de demolición (en la estela del omnipresente Scott Fitzgerald), y la siempre tortuosa relación entre padres e hijos, narrada a través de la invasión de la memoria del joven dylaniano Vilnius por parte de su padre, el difunto Lancastre.
Sostiene Vilnius en la página 45 de Aire de Dylan: «Las cosas tienen que ser tal como son y tal como han sido siempre; quiero decir que las grandes cosas están reservadas para los grandes, los abismos para los profundos; las delicadezas y estremecimientos para los sutiles; y desde luego, todo lo raro para los raros». Vila-Matas logra reinventarse una vez más en esta novela y sobrevive sin un solo rasguño en el fuselaje a los vaivenes y contradicciones que genera todo renacimiento, toda reconstrucción o reinvención, precisamente porque es uno de los grandes, porque ha explorado los abismos desde la profundidad, porque al mismo tiempo destila hondura a partir de una prosa sutil y levemente shandy, y porque, desde su irreverente heterodoxia, es un raro entre los raros, en el más saludable y británico sentido de la palabra rareza.
En uno de sus relatos más descarnadamente redondos, El perseguidor, el gran Julio Cortázar nos cuenta el ensayo previo a la grabación de un disco de jazz en el que coinciden en un estudio de Cincinnati Miles Davis y un saxofonista llamado Johnny Carter (sospechosamente parecido a Charlie Parker). Cortázar planta en los labios del indómito Carter una insondable carga de profundidad sobre la elasticidad de los tiempos del arte: «Esto ya lo estoy tocando mañana».
La frase, como todas las paradojas, encierra una gigantesca verdad. Y tras leer el último y estremecedor párrafo de Aire de Dylan podemos afirmar también que Vila-Matas ya está escribiendo mañana.

 

 

 

Demasiado cine

Escrito por Luis Pousa
21 de marzo de 2012 a las 11:33h

Lo malo de criarse con una dieta infantil a base de pelis del Oeste y cine épico de la Segunda Guerra Mundial es que, al aterrizar de morros en la esfera adulta, uno todavía cree que en la vida, como en el celuloide, siempre ganan los buenos, aunque sea en el último minuto de la prórroga y de penalti. Qué bemoles. La vida, esa cosa con patas, se parece más a una turbia y lenta cinta de Lars Von Trier que a los honestos y crudos wéstern (incluso a los brutales largometrajes de Sam Peckinpah). Porque a los buenos, al menos en el planeta Tierra, los apean a palos del estribo y los dejan tirados en medio de la polvorienta calle del pueblo, a solas con los pistoleros. Y, comparado con los malhechores financieros y gubernamentales de hoy, el hosco Liberty Valance parece un entrañable y bondadoso párroco de pueblo.

Grandes: «Sólo vamos pisando la hierba que Galdós pisó primero»

Escrito por Luis Pousa
17 de marzo de 2012 a las 5:25h

Tras contar la invasión del valle de Arán en Inés y la alegría, Almudena Grandes (Madrid, 1960) vuelve a echarse al monte en El lector de Julio Verne, segunda entrega de Episodios de una guerra interminable. Grandes trepa ahora a la Sierra Sur de Jaén para relatar las andanzas de Cencerro y su guerrilla durante el trienio del terror (1947-1949).

—¿Ha querido crear con estas novelas unos «episodios nacionales» de la posguerra?
—Claro, esa era mi intención desde el principio: adoptar y adaptar el modelo de los Episodios nacionales de Galdós en el sentido de que en estos libros lo que yo hago es inventarme una historia de ficción para encajarla en el marco de un acontecimiento histórico real, de tal manera que los personajes que intervinieron en la historia real, en este caso Cencerro, Marzal o el alcalde vitalicio de Valdepeñas… interactúen dentro de la novela con mis personajes de ficción. Cuando decidí que tenía material para escribir seis novelas sobre la posguerra, que podía intentar contar los 25 primeros años de la dictadura desde la óptica de la resistencia contra la dictadura en seis novelas, el modelo estaba hecho, Don Benito ya lo había hecho todo. Lo único que yo tenía que hacer era intentar aplicarme y hacerlo lo mejor posible. Yo soy una lectora muy constante y apasionada de Galdós, que ha sido el escritor más importante de mi vida. Creo que una de las anormalidades una de las anomalías de este país es la cicatería con la que trata a un escritor que está a la altura dee los mejores narradores del XIX.

—¿Por qué ese complejo a la hora de reivindicar su legado?
—Yo creo que esto está empezando a cambiar. Hay muchos escritores de mi edad y más jóvenes que yo que aprecian mucho la obra de Galdós. Es curioso porque al principio de esta novela y en las seis de la serie va al principio una cita de Luis Cernuda de un poema precioso que se llama Díptico español que él escribe en el exilio y en el que decide que la única España que sigue siendo su patria es la de los libros de Galdós, no la real. Es muy curioso cómo la generación de la República en ningún momento dejó de amar y de exaltar la figura de Galdós, el Ejército popular en las trincheras repartía ediciones populares de los Episodios nacionales… Alberti editó a Galdós en Argentina, Cernuda escribió este poema, Max Aub escribió El laberinto mágico siguiendo el modelo de los Episodios nacionales… El exilio se llevó el amor a Galdós con él… Galdós, que a nosotros ha llegado como un personaje polvoriento y envejecido, en realidad fue diputado republicano socialista y en 1939 borraron su nombre del Registro Civil para intentar sostener que lo mejor habría sido que nunca hubiera nacido. Y, sin embargo, la izquierda después perdió esta devoción por Galdós y lo que ha imperado hasta nuestros tiempos es la versión franquista del escritor antiguo, polvoriento… Y es muy injusto, claro.

—Mezcla personajes reales y de ficción, ¿no le limita en cierta medida a la hora de escribir?
—Es muy complicado, pero también es un reto que merece la pena. Es fundamental perder un poco el respeto a la realidad, para eso fue muy importante acudir a Galdós, me volví a leer los Episodios nacionales… Él saca a Churruca protegiendo a un grumete en medio de una batalla naval y, claro, evidentemente lo más normal es que Churruca no estuviera pendiente de un grumete en medio de una batalla. Pero en ese sentido también esa tradición me ampara, la de los Episodios nacionales o El laberinto mágico de Max Aub, en la que ocurre lo mismo porque adoptó el mismo modelo. Hay que perder un poco el miedo a los personajes reales. Yo tengo la suerte de que escribo novela y no historia. Los historiadores están más limitados porque, aunque la imaginación es fundamental para interpretar, ellos tienen un límite que es lo que pueden probar documentalmente, pero sin embargo un escritor puede rellenar con ficción los charcos en los que un escritor se tiene que detener.

—Hablando de personajes reales, en la quinta parte de la serie anuncia como protagonista a la gallega Aurora Rodríguez Carballeira.
—Es la madre de Hildegard Rodríguez, cuya historia me gusta mucho, pero en la que el gran personaje yo creo que es su madre, que nació en Ferrol como Pablo Iglesias y Franciso Franco… Me voy a acercar a Aurora mucho después de la muerte de Hildegard, me voy a encontrar con ella moribunda en los años cincuenta en Ciempozuelos. Era una mujer tan loca y tan extraordinaria y llena de valores que el régimen de Franco intentó aprovechar lo que pasó en 1937 en el manicomio de Ciempozuelos, cuando la mayoría de los locos salieron corriendo y los mataron, para decir que ella había muerto en el 37, pero no es verdad, ella siguió allí porque fue uno de los tres presos que no se movieron de su habitación y se salvaron. Entonces en la quinta novela lo que voy a hacer es contar lo que siente un psiquiatra muy joven, hijo de un psiquiatra republicano represaliado, que se ha educado en Suiza y vuelve a España, cuando se encuentra a esta mujer allí y cuando descubre que de alguna manera el único vestigio de la ciencia republicana al que él puede acceder, lo único que queda de la intelectualidad a la que perteneció su padre es esta mujer loca que está hablando sola todo el tiempo en un manicomio.

—Nino y Pepe el Portugués son dos personajes muy sólidos, muy bien construidos, ¿van a reaparecer en otras entregas de la serie?
—Pepe el Portugués es mi niño mimado y va a salir en las seis novelas de esta serie. A mí lo que más me excita de este proyecto es lo de que las novelas compartan personajes, con lo que volvemos a Galdós, que lo inventó todo. Solo vamos pisando la hierba que Galdós pisó primero. Es una serie de novelas que se pueden leer de forma independiente, pero el hecho de que compartan personajes les da, a los lectores y a mí, como un bonus de los videojuegos. Pepe es un poco como la Araceli que aparece en todas las novelas.

—Estos dos libros apuestan claramente por recuperar la memoria histórica, algo que todavía rechaza una parte de la sociedad, ¿por qué cree que todavía se produce este rechazo?
—A veces me dicen: usted escribe en nombre de los perdedores. No, yo escribo en nombre de los demócratas contemporáneos, en mi propio nombre. Porque lo que se llama la recuperación de la memoria no tiene que ver solo con el pasado, no es un vicio nostálgico, es algo que tiene que ver también con el presente y con el futuro, con el país en el que vivimos y con el país en el que queremos que vivan nuestros hijos. Hay que decir que la democracia española, que es perfectamente homologable con las democracias europeas y que ha procurado a este país años de estabilidad y de paz social como nunca antes, tiene una fragilidad congénita: el hecho de que es la única democracia europea que se ha fundado en el aire, sin raíces. Todas las democracias europeas después de la II Guerra Mundial se fundaron de acuerdo con su tradición democrática y antifascista. En España no. En España se acabó la dictadura, se hizo una raya en el suelo y se dijo: aquí estábamos y aquí estamos, ya somos modernos y europeos. Pero, claro, 40 años de dictadura no se pueden borrar con la sola voluntad de borrarlos. Esto ha acabado deformando la democracia española. Por ejemplo, el tema de las fosas es claramente un asunto de derechos humanos, no tiene que ver con la derecha ni con la izquierda. ¿Cómo es posible que a alguien le moleste que un ciudadano pueda desenterrar a su abuelo y enterrarlo en un tumba con su familia? Es algo que excede la ideología y la fe religiosa. Es una prueba de hasta qué punto somos frágiles y vivimos en una anomalía. Yo creo que recuperar la memoria y rescatar estas historias es importante para nosotros mismos, ni siquiera por hacer justicia, sino para saber que en un país donde hubo una dictadura feroz que duró 37 años no cesó la resistencia contra ella ni un solo día y muchos países del mundo, con mucho menos, han fundado su orgullo nacional en eso. Tú vas andando por París, donde hubo una resistencia de chiste comparada con la que hubo aquí, y en todas las esquinas de París hay placas diciendo «aquí cayó el resistente…». Ese patrimonio, que debería ser un patrimonio de todos los demócratas españoles y que fortalecería las bases de la democracia, no solamente está olvidado, sino que se intenta taponar y que no salga a la luz.

—A la vista de las últimas resoluciones judiciales no parece que se haya reparado esa anomalía histórica.
—Por eso, por eso. Hay una cosa más grave. El proceso a Garzón tiene unas implicaciones muy graves. Si analizamos la sentencia como ciudadanos con cabeza ocurre que la actuación de Garzón se interpreta como una agresión contra la democracia, es decir, que atacar a la dictadura y proteger a las víctimas de la dictadura se interpreta como un intento de agredir a la democracia. No tiene ni pies ni cabeza.

—¿Y se reparará algún día?
—Estoy segura de que esta situación cambiará algún día por la ley de la gravedad, porque las manzanas se caen de los árboles. La generación de mis hijos, que no han vivido la Transición y que no han sido educados en la cultura del miedo, algún día ocupará el poder y cambiará esto.

—En la novela los malvados no lo son al 100%, tienen claroscuros.
—Creo que desde un punto de vista narrativo crear un malo absoluto es un mal negocio, porque los malos absolutamente malos no dan miedo, porque no son más que caricaturas. Y esto nos lleva de nuevo al punto en que confluyen la literatura y la realidad. En el mundo real, los torturadores, los seres más abyectos, los asesinos o los mercenarios implacables siempre tienen debilidades: quieren a su madre, crían perros, están enamorados de su mujer, porque los seres humanos somos así, no existe nadie tan absolutamente despiadado que no necesite querer o que le quieran. En ese sentido hace tiempo que descubrí que la ambigüedad moral es mucho más eficaz para tratar el mal que el negro oscuro. Conviene que los personajes negativos tengan alguna luz, primero porque en la realidad son así y segundo porque literariamente funcionan mucho mejor. Esta novela sucede en una época y en un lugar donde el terror se usó de una forma deliberada y sistemática para estructurar la sociedad. Para que el terror planificado sea eficaz tiene que vertebrar a toda la sociedad de arriba abajo. Los guardias civiles imponían miedo porque tenían miedo, humillaban a la gente porque se sentían humillados eran odiosos porque sentían ellos mismos la sombra de ese odio, porque eran conscientes de no estaba bien lo que estaban haciendo pero no podían sustraerse a la espiral de terror que les gobernaba. Una de las cosas más conmovedoras que cuenta Nino es que su padre es un buen hombre sujeto a una ley de la que tampoco puede escapar.

—Ha apuntado que esta es a un tiempo una novela de aventuras y de terror. Esa definición casi podría valer para definir determinados episodios de la historia de España, como la propia posguerra…
—Sí, es una novela de aventuras porque en el momento en que Nino se atreve a ir más allá de los límites se ve envuelto e una novela de aventuras semejante a las que lee. Pepe el Portugués funciona como John Long Silver en la novela, tal y como lo identifica el propio Nino, porque no se sabe nunca con quién está. No es una novela de terror en el sentido de que pretenda aterrorizar al lector, pero la voz inocente de Nino, que no tiene armas para enfrentarse a todo lo que se le viene encima, quizás sea un vehículo de terror más eficaz que otros. En realidad lo que le pasa a Nino es que le pasan cosas enormes, mucho más grandes que él, pero no puede evitarlas porque es su vida, entonces no puede rodearlas, ni puede ignorarlas, tiene que atravesarlas y por eso se rompe la crisma. En ese sentido es una novela de terror porque narra una experiencia terrorífica.

—Hay quien habla de que tras la derrota del fascismo político en la II Guerra Mundial, ahora resurge por vías financieras…
—Sí, es muy curioso. Hay que tener cuidado cuando dices las cosas porque no se trata de alarmar sin necesidad a la población, para eso ya están las agencias de calificación, no hace falta que los demás vayamos por el mismo camino. Pero es verdad que lo que está pasando recuerda mucho a algunas cosas, no a todas, que pasaron en los años treinta del siglo XX. Lo que ocurre es que hay una crisis económica semejante a aquella, entre la crisis del 29 y la actual no ha habido nada entre medias que se parezca tanto a aquella, y están volviendo a florecer cosas que parecían erradicadas en la mentalidad europea contemporánea. Se mira el empobrecimiento de la población con una naturalidad con la que desde entonces no se miraba. Estamos en una situación en la que el gran problema que tenemos, donde está la parte del león, es en la economía financiera, no en la economía productiva. Podemos dejar que caiga la economía productiva y que caigan los trabajadores, porque mientras esto no pete del todo se gana mucho más dinero especulando que produciendo y, claro, esto crea unos desajustes sociales tremendos, entonces en esa medida, en la que se contempla el empobrecimiento de la población con toda naturalidad y en la que el fin justifica los medios, yo creo que sí se puede decir que estamos viviendo un resurgir del fascismo sobre unas bases económicas, no políticas.

—Por no hablar de la pérdida de derechos…
—Sí, claro, todo eso tiene que ver. El empobrecimiento no es solo de nivel de vida en general, sino también de derechos. Da la sensación de que como no fuimos capaces de exportar a las potencias emergentes los derechos de los que gozamos, pues ahora vamos a importar las condiciones de vida de las potencias emergentes.

—También tiene pendiente una novela sobre la rama materna de su familia, la de su bisabuela Benita, que vivió en Marruecos.
—Cuando termine los Episodios, dentro de muchos años, después de haberme inventado tantas historias de familias de ficción y después de haber hecho la crónica de ficción de tantas familias españolas que no son la mía, a mí me gustaría escribir un libro que contara la historia de mi familia partiendo de mis bisabuelos hasta el día que yo nací. Mis bisabuelos son los extraordinarios, por parte de padre y sobre todo por parte de madre. Me gustaría contar una hipótesis de la historia de mi familia, porque nunca voy a tener toda la información, desde mis bisabuelos hasta mi nacimiento.

Foto de Almudena Grandes: José Manuel Pedrosa/Efe

Muere Moebius, el poeta del cómic

Escrito por Luis Pousa
11 de marzo de 2012 a las 10:56h

Había tomado su nombre de un matemático alemán del siglo XIX, August Möbius, el descubridor de la banda que lleva su apellido y que constituye una sutil rareza geométrica, ya que es una superficie no orientable. Tampoco admitía orientación el segundo Moebius, nacido como Jean Giraud en París en 1938 y que ayer falleció en el mismo paisaje urbano. Era uno de los gigantes del cómic del siglo XX y dinamitó los cánones del tebeo clásico con una apuesta sin límites por la libertad creativa que abrió de par en par las puertas del género a autores que no encajaban en las antiguas viñetas.
Uno de aquellos herederos es Miguelanxo Prado (A Coruña, 1958). El autor de Trazo de tiza confiesa que su vocación nació al sumergirse, entre otras, en las páginas de Moebius. «Foi un dos motivos polos que eu rematei facendo banda deseñada. A súa é unha das obras que me deslumbrou desde o primeiro momento. Claramente estamos falando dun dos deuses do Olimpo da banda deseñada», sentencia Prado.
Como Pessoa y sus heterónimos, Giraud no guardaba en su interior uno, sino dos autores. Se le bautizó como Doctor Gir y Mister Moebius. Gir era la firma que reservaba para su emblemático teniente Blueberry, protagonista de 26 álbumes de corte clásico y atmósfera wéstern creados junto al guionista Jean-Michel Charlier. Moebius nació en algún rincón de México en 1956, entre el humo de la marihuana y las sombras de la geometría. Es el autor de los cómics de ciencia ficción que reinventaron el género a partir de los años ochenta. El propio Giraud resumía así su esquizofrenia: «Gir trabaja dentro de las limitaciones de la lógica narrativa impuesta por el guion de Charlier, donde hay unas reglas que respetar. Moebius es poesía libre e inventa sus propias reglas a medida que dibuja». De esa poesía libre y libertaria emergieron Arzach, The Long Tomorrow, El garaje hermético o El Incal (con Alejandro Jodorowsky al guion).
«Desde a súa faceta máis convencional, a do tenente Blueberry, a que mantiña os canons máis clásicos do cómic, evolucionou a unha obra que descolocou a varias xeracións de autores e lectores porque construía narracións visuais a partires de elementos puramente plásticos», analiza Prado.
El autor de Quotidianía delirante coincidió con Moebius en varias ocasiones firmando ejemplares en el mismo estand. «Tiña a sensación de asistir a unha especie de milagre ou transmutación alquímica. Daba igual o que tivese na man, un rotulador, unha pluma ou un lapis, era o mesmo, deslizaba a man sobre o papel e alí comezaban a aparecer cousas asombrosas», recuerda el ilustrador gallego, que eleva sin rodeos el elogio a Moebius: «Pasarán moitos anos antes de que volva a darse esa conexión entre o cerebro e a man».

Bienvenido, señor Cangrejo

Escrito por Luis Pousa
1 de marzo de 2012 a las 12:10h

El señor Cangrejo, propietario de la hamburguesería submarina el Crustáceo Crujiente, no es un simple dibujo animado. Es un visionario de las fi nanzas al que solo la miopía nórdica niega obstinadamente el Nobel de Economía. Cangrejo tiene enmarcado el primer dólar que ganó en su vida y, muchos años antes de que Merkel y Rajoy tocasen a cuatro manos en la pianola del BOE la sonata de la reforma laboral, él ya había aplicado a Bob Esponja el contrato 0,0 soñado por los fans de Laponia: salario cero y vacaciones cero. Pero ni siquiera así el dócil bicho se salva de pisar la cola del paro de Fondo de Bikini. Ahora ha llegado otro señor Cangrejo, de corbata y coche oficial, que quiere fulminar a Bob, Calamardo, Patricio y, ya puestos, a todo Clan. Porque para ahorrar 204 millones de euros del presupuesto de CRTVE no hay que perder la perspectiva: si podemos liquidar el canal infantil, ¿para qué vamos a dejar de apoquinar a Anne Igartiburu y José Mota 5.000 euros por cada uva que se zampen en Nochevieja? Todavía hay prioridades.

La gran epopeya de nuestro tiempo

Escrito por Luis Pousa
19 de febrero de 2012 a las 11:35h

Hay quien habla ya, en medio de este sucio hiperrealismo del siglo XXI, de Teleshakespeare. Vamos, que si el infinito William escribiese hoy, en lugar de tragedias y sonetos, se pondría a teclear furiosamente guiones de teleseries como The Wire o Los Soprano. Nunca lo sabremos, claro, pero la teoría no es del todo descabellada porque el teatro era lo más parecido a un medio de masas que existía en el Siglo de Oro.

Otros gurús sostienen que el cine genuino ha emigrado de la gran pantalla para refugiarse en los televisores, que con su expansión ilimitada de pulgadas ya no encajan tampoco en el desfasado concepto de pequeña pantalla.

Sea o no la heredera natural del celuloide y el teatro isabelino, el caso es que la caja ya no es tonta (en realidad ni siquiera es ya una caja). Ha aprendido de sus mayores que la clave está, sencillamente, en la escritura. Ya lo sabían los productores del difunto Hollywood, que encerraban a tipos como William Faulkner en un cuarto con una máquina de escribir y una ración doble de tabaco de pipa y whisky para que escupiesen hasta la extenuación la gran poesía del cine clásico.

Ahí reside la cruda emoción que recorre las arterias de Baltimore y sus gentes en The Wire. En los memorables diálogos y personajes tallados por los guionistas David Simon y Ed Burns. The Wire es la gran epopeya urbana de nuestro tiempo y pasará a la historia por la implacable verdad de su literatura.

El delito de lo contemporáneo

Escrito por Luis Pousa
16 de febrero de 2012 a las 6:00h

Vuelven, como cada febrero, las nubes heladas de estorninos, Arco y el habitual chaparrón de topicazos y chascarrillos facilones sobre el arte contemporáneo. Volverán los mismos de siempre a escandalizarse porque un tipo ha metido a Franco en una máquina de refrescos. Volverán a citar a Marcel Duchamp y su emblemático urinario, a censurar el dadaísmo, el surrealismo y todos los ismos que se pongan por delante. Claro que hace solo un par de telediarios se fue Tàpies a su cielo de alambre y arena y algunos todavía no habían asumido que ya era un clásico de enciclopedia.

Olvidan una obviedad: todo autor fue contemporáneo en su tiempo. También Velázquez, la arquitectura gótica, Picasso y los impresionistas fueron menospreciados, cuestionados y zarandeados en su época por su absoluta modernidad, que es precisamente la esencia que encierra su gran verdad. El arte genuino o avanza o se esfuma. Es indagación, provocación, pura emoción.

Seguro que en Arco, como en cualquier feria que se precie, hay más de un tahúr del Misisipi que nos quiere timar. Pero hace mucho tiempo ya que el arte perdió el monopolio de la estafa. En ese terreno las vanguardias están en manos de Lehman Brothers y sus primos.

Foto: Always Forever, obra de Eugenio Merino. Fotografía de Juan Medina/Reuters

 

Las agallas de Rosero

Escrito por Luis Pousa
11 de febrero de 2012 a las 6:04h

El narrador Evelio Rosero (Bogotá, 1958) logró con su novela Los ejércitos (2007) algo ya ciertamente inusual: que un título actual se convierta en uno de esos raros ejemplares que, como en los tiempos de la clandestinidad, circula de mano en mano entre sus cada vez más numerosos devotos. Su prosa barroca, sensual y, al mismo tiempo, precisa y de vehemente belleza, regresa ahora redoblando su apuesta narrativa e intelectual con La carroza de Bolívar. Tiene agallas Rosero. Se sacude sin complejos el legado del gran pope de las letras colombianas, el Nobel García Márquez, de quien se confiesa admirado lector, y arremete sin tapujos contra el gran icono de la historia de su país y de Latinoamérica: Simón Bolívar. Exactamente la maniobra contraria a la que practicó Gabo en el sentido homenaje El general en su laberinto. No pasará mucho tiempo antes de que las huestes de Hugo Chávez, que se declara heredero político del llamado Libertador, lancen el contraataque y sepulten al novelista bajo un aguacero de demagogia y discursos patrioteros. Lo único que podría salvar a Rosero de la fatwa del chavismo será que, para los ojos poco avezados, su minuciosa deconstrucción de Bolívar se presenta bajo un formato de novela teóricamente menos agresivo que el convencional ensayo histórico, como los irreverentes (para la teoría oficial) Estudios sobre la vida de Bolívar, de José Rafael Sañudo, en los que se apoya buena parte de este formidable relato.

Como en todas las grandes novelas, Rosero esculpe párrafo a párrafo un entrañable personaje de carne y hueso, el doctor Justo Pastor Proceso, que sueña con construir una carroza para el desfile de Reyes de Pasto en la que, con la ayuda de historiadores y artesanos locales, quiere retratar la cobardía (lo llegaron a apodar el «Napoleón de las retiradas»), la traición (recordemos la entrega al Ejército español de su correligionario Miranda), el autobombo plasmado en sus proclamas sobre las que alzó Bolívar su leyenda de libertador de América y, particularmente, la crueldad sin límites con la que se empleó en episodios bien documentados como la toma de la localidad colombiana de Pasto en la Navidad de 1822.

La carroza de Bolívar es un ejercicio de estilo sin sombras que demuestra cómo la novela todavía hoy sirve para revelar, de forma quizás más aguda y directa que los concienzudos estudios académicos, las entrañas de la historia. Aunque sea de la amarga y despiadada historia del liberticida Bolívar.

House

Escrito por Luis Pousa
10 de febrero de 2012 a las 13:03h

Justo ahora, cuando se detecta la mayor concentración de la historia de idiotas por metro cuadrado de moqueta oficial y privada, precisamente cuando más necesitábamos su mala baba y su lengua afilada, House cuelga el estetoscopio. Adiós a sus réplicas demoledoras, a su piano de dandy pendenciero y a su refinada afición por el whisky, las pastillas y las patologías raras. El revoltoso Sherlock Holmes del Plainsboro Princeton Hospital echa el cierre a su consulta y nos deja en bolas, tumbados en la camilla, y a solas con nuestro lupus, nuestra sarcoidosis y nuestro Kawasaki. Porque esto del mundo, querido Gregory, al final va a ser algo autoinmune.