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Hollywood enmudece

Escrito por Luis Pousa
17 de enero de 2012 a las 5:00h

En tiempos de 3D, efectos megaespeciales, alardes virtuales, pitufos tamaño King Size (perdón por la redundancia) y otros avatares, Michel Hazanivicius viene a recordarnos con The Artist que el celuloide, para emocionar, ni siquiera necesita tomar la palabra. Basta una cámara y un puñado de actores para hacer arte. Así nació el cine, mudo y en blanco y negro. Y así fue hasta que Al Jolson le puso voz a El cantante de jazz (el sonoro, y no los disparos de los borrachines, fue finalmente quien largó al pianista de los salones). Pero incluso en este atribulado 2012 los actores se pueden salir de la pantalla (y del mapa) solo con su interpretación. No hacen falta las malditas gafas de plástico ni otras triquiñuelas tecnológicas. Para tres dimensiones, ya tenemos la cruda realidad. Y, para pitufos, ya están los sobreexcitados coristas del Padre Abraham.

Fraga entre sus libros

Escrito por Luis Pousa
16 de enero de 2012 a las 0:19h

Debió de ser una de las últimas entrevistas a Manuel Fraga. Se la hice en el verano del 2009. Aquí la dejo. Porque, como diría él, no tengo más que decir.
Fraga en estado puro.

O dicionario vermello

Escrito por Luis Pousa
14 de enero de 2012 a las 10:21h

Aínda conservo a sétima edición daquel Diccionario Galego-Castelán de X. L. Franco Grande coa capa vermella. Está forrado, como todos os libros da escola, e leva escrito na primeira páxina, coa caligrafía infantil da EXB aínda lexible, o meu nome e, debaixo, un 6.º A que delata o curso no que comezaron, na miña infancia urbanita ata as cachas, as clases de galego no cole. O volume, rematado de imprimir no prelo da editorial Galaxia o 15 de xaneiro de 1982, cumprirá mañá trinta anos e, malia os cambios de normativa e de política lingüística polos que cruzou o galego durante estas tres décadas, segue a constituír un fermoso tesouro do idioma, porque é un dos contados compendios nos que un pode atopar aínda aquelas palabras que, sen axustarse estritamente ás leis oficiais, seguen habitando as páxinas dos libros antigos e o galego oral.
No dicionario vermello eu aprendín a amar esta lingua de nós e descubrín tamén que querían dicir palabras hoxe en serio risco de extinción, como acaloumiñar, borrallo, cróquele, desmorriñar, farfallada, lizquente, manantío, panximia, soedoso, teixugueira, xóuxeres ou zirigaitas. Palabras que, postas así caoticamente en ringleira, forman un curioso poema automático e, de paso, nos permiten viaxar polos séculos dun idioma que é pura música verbal. Como Borges tamén era un sisudo lector de dicionarios e enciclopedias, que devoraba coma se fosen novelas, xa me perdoará que lle roube este piropo que el dedicou ao inglés.
O autor do dicionario vermello, X. L. Franco Grande, é un deses sabios heterodoxos que tanto lle gustaban a outro escritor que asinaba con iniciais: G. K. Chesterton. É home sen rodeos, disidente e incómodo para a oficialidade (de antes e de agora). Un deses intelectuais rexos que sempre andan buscándolle ás cóxegas ás cousas, a ver que ocultan baixo a superficie. Hoxe volve a Tomiño. E, coa súa homenaxe, chegará tamén a xustiza poética para as xentes de Tebra, e do país todo, que foron quen de manter viva unha cultura nos longos tempos escuros.

Nicanor Parra, la vida en palabras

Escrito por Luis Pousa
2 de diciembre de 2011 a las 4:31h

Nicanor Parra aterriza en la literatura, como Ernesto Sabato, Robert Musil, Alexander Solzhenitsin y otros acróbatas de la existencia, procedente de las galaxias de la física y de los campos transfinitos de las matemáticas. Llega Parra a sus palabras, a sus trastos de escribir y sus metáforas, bañado en la luz insondable de los fotones y aplastado por el vértigo cósmico que únicamente conocen quienes se han asomado, aunque solo sea con un bolígrafo y una libreta llena de garabatos, a los agujeros negros y sus madrigueras esféricas. Un día el físico emerge de su materia oscura, del reverso del universo en expansión, y salta sin titubeos de la antimateria a la antipoesía, que no es lo mismo, pero casi.
Su antipoesía, como la de Bukowski, es la vida en palabras, esa crónica pendenciera y deslenguada que fluye desde el Arcipreste a Quevedo y Villon hasta desembocar en Franz Kafka, su «maestro absoluto». Y estalla sin vuelta atrás en Obra gruesa (1969), donde Parra bucea en la poesía del yo, pero no del yo cutre y obsceno del ombliguismo, sino del «yo de la especie» que late bajo los versos con un murmullo milenario.
«Me interesa más el renacuajo que la rana completa», soltó Parra un día a Benedetti para explicar que ya no amaba la perfecta arquitectura de cuentos y novelas. Por eso decidió arrojarse a la imperfección bastarda, heterodoxa y visceral de su antipoesía.

Un collage de 51 pinturas

Escrito por Luis Pousa
10 de noviembre de 2011 a las 14:12h

No corren buenos tiempos para la pintura. Bueno, en realidad no son buenos tiempos para casi nada. Pero la pintura no es precisamente el género artístico de moda. Por eso cobra especial relevancia el esfuerzo realizado por la Fundación Barrié para reunir, en poco menos de tres años, una colección de pintura contemporánea internacional que por primera vez se exhibe completa al público en A Coruña. Son 51 obras creadas a finales del siglo XX y principios del XXI y que encajan en ese concepto de arte expandido, que se escapa más allá del marco y de los límites convencionales del lienzo. Como apunta el comisario de la muestra y asesor de la fundación, David Barro, la muestra compone un collage de 51 piezas que se expanden por varias plantas y sótanos del edificio de la fundación: «Esta exposición funciona como un collage que permite entender ese significado poliédrico de la pintura». «Construir una colección y trabajar en el terreno educativo con ella es una manera efectiva de significarse en un universo de contenedores vacíos», cuenta Barro, que en su cuidada selección de autores ha incluido a los gallegos Ángela de la Cruz, Álvaro Negro, Teo Soriano, Manuel Vilariño, Pedro Barbeito y Suso Fandiño junto a grandes firmas del panorama internacional como Jonathan Lasker, Imi Knoebel, Helmut Dorner, Fabian Marcaccio o Jean-Marc Bustamante. La exposición, que se inaugura esta tarde a las 20 horas, se mantendrá en A Coruña hasta el próximo 18 de marzo.

Libertad, de Franzen

Escrito por Luis Pousa
31 de octubre de 2011 a las 13:23h

Libertad es una gran novela. Incluso podría decirse que es una novela extraordinaria por su inteligente introspección en el paisaje humano y moral de la sociedad norteamericana contemporánea. El aclamado autor de Las correcciones, Jonathan Franzen (1959), planta su microscopio sobre la familia Berglund y, a lo largo de casi setecientas páginas, exhibe músculo y neuronas para componer un minucioso retrato de ese mundo fragmentario y de «pensamiento sin centro» en el que habitan Walter, Patty, Jessica y Joey Berglund y la entrañable fauna que orbita a su alrededor, entre la que sobresale el golfo roquero Richard Katz, amigo del paterfamilias Walter desde la Universidad (pequeño detalle que no impide que tenga un fulminante lío con su desnortada esposa Patty).

El único problema con Libertad y sus precisos engranajes narrativos es que a los chicos de
márketing se les ha ido la mano (por decirlo muy suavemente) con la desmedida campaña mediática de promoción que ha acompañado el lanzamiento del libro, hace un año en el mercado de lengua inglesa y ahora en España, presentando el volumen, sin mayores matices, como «el acontecimiento literario del año» o «la gran novela del siglo».

En el fondo, Jonathan Franzen es un falible hijo de su tiempo. Cae en las mismas trampas, paradojas y contradicciones que revela certeramente en sus personajes y se olvida de los hallazgos e innovaciones de su amigo David Foster Wallace (que no soportó el vacío del siglo que le tocó vivir y pidió la liquidación antes de que expirase el contrato basura). Franzen cumple fielmente con los deberes del narrador convencional, pero está escribiendo con las técnicas del siglo XIX una novela ambientada en el siglo XXI y, tal vez por eso,
se empeña hasta la extenuación en decorar la trama con imágenes actuales, como el cameo de
los vocalistas de R.E.M. y Wilco (pág. 227) o esa diatriba de Richard (pág. 244) contra el mundo guay diseñado por las mentes de Apple que asombrará a los descarriados huérfanos de Steve Jobs que hace unos días compararon al creador del iPod con Einstein y Da Vinci (otro ejemplo de la falta de mesura de nuestra era).

Libertad es una notable narración. Pero ni es la mejor novela norteamericana del siglo XXI
(recordemos que la fabulosa La conjura contra América, de Philip Roth, data del 2004), ni la intangible «gran novela americana» que busca Estados Unidos desde 1776. Ni mucho menos esa Guerra y Paz que lee Patty (pág. 205) justo antes de llevar a la práctica el triángulo Andréi-Natasha-Pierre del novelón ruso. Franzen no es Tolstói. Y ni siquiera ha divisado las puertas que abrieron en el siglo XX unos tipos llamados James Joyce, Franz Kafka y Marcel Proust.

Inicio
“La noticia sobre Walter Berglund no apareció en la prensa local -Patty y éll se habían trasladado a Washington dos años antes, y en Saint Paul ya no contaban para nadie-, pero la aristocracia urbana de Ramsey Hill no era tan leal a su ciudad como para privarse de leer el New York Times. Según un largo y nada halagüeño artículo de este periódico, Walter había arruinado su vida profesional allá en la capital de la nación”. Libertad, Jonathan Franzen. Ediciones Salamandra. Traducción de Isabel Ferrer.

Tintín, el Congo y lo correcto

Escrito por Luis Pousa
16 de octubre de 2011 a las 8:56h

Hasta que en 1903 el diplomático británico Roger Casement remitió al Foreign Office su demoledor Informe sobre el Congo, Europa mantuvo cerrados sus ojos cómplices ante las despiadadas prácticas coloniales de Leopoldo II, rey de los belgas, en el territorio africano con el que le habían obsequiado (a título personal) las potencias occidentales. Sobre el Congo, como sobre el Putumayo, había caído la infalible maldición de la riqueza natural. En este caso en forma de caucho, la materia prima de la que se nutría a principios del siglo XX la desbocada maquinaria de la revolución industrial. Por supuesto, su explotación recayó en las manos de empresarios occidentales, que exprimieron hasta la última gota de las caucherías y de la población indígena, que, como pago por su trabajo, sufría torturas, violaciones o, sin mayores rodeos, la muerte.

Antes de convertirse a la causa del independentismo irlandés, Roger Casement se dejó la salud investigando y documentando los crímenes incontables de Occidente en el Congo. Podemos leerlo, en formato novelado, en El sueño del celta, de Mario Vargas Llosa, o directamente en el informe de Casement recuperado por el sello coruñés Ediciones del Viento en La tragedia del Congo.

Hasta ahí, los hechos, la historia, la realidad tangible de un colonialismo demencial que ha dejado África exhausta y con algo más que cicatrices sobre su piel. Pero que, más de un siglo después de las denuncias del cónsul británico, sentemos a Tintín y Milú en el banquillo para que un tebeo pague por aquellas atrocidades, suena más a un desmedido afán por implantar la corrección política en todos y cada uno de los rincones de la cultura que a un análisis riguroso de las viñetas de Tintín en el Congo, que el propio Hergé fue puliendo año a año para matizar la visión de la obra original.

Puede que la Justicia plante en el cómic una pegatina advirtiendo de que el contenido no es apropiado para menores, como ya sucede, sin ir más lejos, con algunos discos del irredento Nick Cave. Pero si dejamos que los apologetas de lo políticamente correcto expurguen con los ojos del siglo XXI miles de años de cultura, tendremos que renunciar a los nada correctos (pero inmensos) Homero, Shakespeare y Cervantes.

Tranströmer

Escrito por Luis Pousa
7 de octubre de 2011 a las 6:46h

Se desinfló el globo que circulaba por las timbas y Bob Dylan se quedó plantado a miles de kilómetros de la alfombra roja de Estocolmo. Su presencia en las quinielas previas del Nobel de Literatura, por delante de compatriotas de la talla de Philip Roth o Thomas Pynchon, suena cada vez más a señuelo, a puro despiste de los corrillos académicos. Ganó Tranströmer, otro fijo en las apuestas que el año pasado a punto estuvo de birlar el medallón a Vargas Llosa. Pero, previsible o no, es de agradecer que, en medio de la actual debacle, la Academia Sueca proponga a los vapuleados habitantes de la Tierra abrir un libro de poesía y descubrir «una nueva vía de acceso a lo real». Todavía hay luz más allá de Goldman Sachs y sus tinieblas.

Ferrocarril al vapor

Escrito por Luis Pousa
18 de septiembre de 2011 a las 6:03h


El penacho de humo en el horizonte. La electricidad, claro, mancha menos. Es pura modernidad. Pero tampoco es que tenga la poesía de aquellas calderas de vapor que dejaban sobre los cielos un reguero de humo que ya les molaría a los aviones a reacción, que apenas dibujan una estela de plata entre los cirros, cúmulos y demás fauna de nubes. Aquellas máquinas del tiempo pasaban por las estaciones bufando, echando por sus fosas nasales un vapor disuasorio que espantaba a los viajeros despistados en medio del andén. Ahora estas piezas de orfebrería son carne de museo, como la Mikado de los años cincuenta de la foto, que de vez en cuando sale de su vitrina en Monforte para darse un garbeo por Galicia, ahora, cuando ya ni los trenes fuman.

Ahora lo único que consumimos al vapor son las verduritas de la dieta japonesa con las que aliviamos la conciencia cada vez que ganamos unas arrobas de más. Pero no hace tanto, en la Galicia del AVE siempre en construcción, las locomotoras escupían sobre el firmamento su legendario penacho de humo, largo y serpenteante como los caminos de hierro del norte.

El tren despierta en el viajero fetichismos insospechados: un amor clandestino y algo pillastre por las tuercas, las cortinillas de los vagones y hasta por la grasa y el hollín que se respiran a puro bronquio en los túneles que se adentran en la Meseta perforando sus enaguas de piedra. Será porque el turista —accidental o no— se crio en el desván del abuelo trasteando con los minuciosos engranajes del Ibertrén, aquel artefacto codiciado cada noche de Reyes por todos los niños de los setenta, que venían al mundo en pleno baby boom con un afán ferroviario que no casaba demasiado con la lentitud exasperante de nuestros entrañables convoyes.

Y es que en la infancia todo engordaba la leyenda de los caminos de hierro. Inflaban el mito las películas, por supuesto, que siempre largaban la estampa de un ferrocarril aventurero trotando por las praderas del Oeste hacia el oro de California. Lo que uno querría haber sido entonces, a los siete años, era el gran Lee Marvin en El emperador del Norte, ese largometraje en el que descubrimos que los trenes, como los grandes paquebotes, también tenían sus polizones agazapados en el dobladillo, a los que zurraba de lo lindo el malvado revisor Ernest Borgnine.

En las corredoiras con raíles de Galicia (hasta que el AVE se plante sobre la gravilla algún año de estos) no se nos aparecían ni Lee Marvin, ni Borgnine y su ira sin uvas. Ni siquiera pieles rojas a caballo intentando asaltar el vagón. Tampoco las manadas de bisontes amenazaban nuestro lento y ocioso paso por los prados, donde las únicas cornamentas que se dejaban ver eran las de las pacientes marelas que rumiaban las horas bajo la lluvia morna como si fueran chicles de hierba perpetua. A fin de cuentas nuestro mito férreo estaba (y está) muy lejos de las correrías de los apaches y de Buffalo Bill —aquel que, según e. e. cummings, montaba un semental plateado suave como el agua— encaramado a la locomotora para abatir bisontes a mansalva con su rifle de repetición. La mitología del ferrocarril galaico se pasea por las vías pioneras de Carril —todavía perfumadas con pingas de ginebra británica— y suena a Andrés do Barro y al tren que aún nos lleva, pasiño a pasiño, pola beira do Miño.

Fotografía: Óscar Cela, La Voz de Galicia.

Más alumnos que pupitres

Escrito por Luis Pousa
11 de septiembre de 2011 a las 6:04h

Vienen peinados y repeinados de casa porque toca foto en el cole. Con sus lazos, sus rayas al medio, a la izquierda y el toque de gomina o lo que se usase entonces para domar las cabelleras díscolas. En la instantánea echamos en falta al maestro, que se adivina tutelando la escena desde atrás, escrutando cada movimiento y vigilando para que los chavales saliesen en el retrato aplicados y estudiosos, hincando los codos sobre la bancada. La disciplina era la marca de la casa y más cuando la posguerra aún coleaba en cuarteles, ultramarinos y reboticas. Pero, aun con toda esa losa de la historia encima, entrevemos la mirada asombrada y asombrosa del niño que es niño hasta en medio de un país en ruinas.

Mucho antes de que la burocracia regulase el número máximo de chavales por maestro y de que la demografía se tirase cuesta abajo por la gráficas del INE, las aulas se parecían a una de esas melés del rugby, con los críos felizmente amontonados en los pupitres sin distinción de edades.

El pupitre estaba arañado por la caligrafía arabesca de varias generaciones de plumillas Cervantes, que tenían que beber cronometradamente en el tintero horadado en lo alto de la mesita: una suerte de pozo o agujero negro en el que insectos reales e imaginarios se habían ahogado para convertirse luego, palote a palote, en literatura escolar y pautada.

Volver al cole, en los años cincuenta, era dejar la libertad selvática de la calle o la aldea —cuando los niños se criaban unos a otros y así sucesivamente— para entrar en el universo paralelo del dictado, que debe de ser lo más lejos de la épica de la Odisea que han llegado jamás las letras universales. Si uno erraba el tiro, o sea, enchufaba una uve donde correspondía una be, podía descubrir que la regla de madera del maestro tenía sobre los nudillos ciertos usos secretos que no habían previsto los enciclopédicos creadores del sistema métrico decimal. La escuela de entonces, antes de que la Logse y las consolas redujesen a cero megas la memoria del disco duro de la chavalada, consistía básicamente en hacerse con una buena letra, repetir con tonillo sabihondo la tabla de multiplicar y chapar a golpe de puntero el gran mapa de los ríos de Europa, porque la geografía física —la política no, claro— se consideraba la gran verdad inmutable con la que el niño podría manejarse por el mundo en el futuro (a ver adónde iba el cativo sin saber en qué coordenadas ejercitaban sus bíceps los remeros del Volga).

Mucho antes del iPad y demás tabletas, en los cincuenta, los críos recién peinados escribían en un pizarrín que también era portátil, porque se llevaba en el macuto, e incluso digital, porque el alumno lo garateaba con el dedo sucio de tiza y tinta, anticipándose medio siglo a Steve Jobs y sus cacharros. Tecnologías al margen, los niños de 1952 eran, en esencia, pillos y revoltosos como los que mañana vuelven al cole del 2011. Todavía hay un puñado de cosas que, afortunadamente, ni las pantallas ni el tiempo pueden liquidar.

Foto: Archivo de La Voz de Galicia/Alberto Martí Villardefrancos

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