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Pieles rojas

Escrito por Luis Pousa
19 de Julio de 2015 a las 6:38h

El zoo humano del verano es casi el mismo que el de las pelis del Oeste: el mundo se divide en rostros pálidos y pieles rojas. Por lo menos ahora, en estos tiempos sosainas, indios y vaqueros no se lían a tiros, ni se arrancan las cabelleras a las primeras de cambio. A estos especímenes se añade la denominada mojama o uva pasa, que es esa señora que se quedó dormida tres horas en la lámpara del solario —o en la toalla, a la hora del melanoma— y acabó como absorbida, deshidratada, hecha una cecina y lista para envasar. También hay seres mutantes, y no me refiero a los diputados, sino a esos guiris que pasan en cuestión de segundos de rostro pálido a piel roja. Son esos entusiastas nórdicos que miran muy sorprendidos la taquilla de la plaza de toros, porque no entienden que el tendido de sombra sea más caro que el de sol (por el que apoquinan sus buenos euros sin pestañear). Van por ahí, colorados como centollas recién hervidas, hasta que en un semáforo cualquiera los recoge una ambulancia del 061 rumbo a la unidad de quemados, sección churrasco de guiris.

Horteras

Escrito por Luis Pousa
18 de Julio de 2015 a las 6:37h

En verano, el hortera que todos llevamos dentro muchos lo llevan por fuera. Probablemente esta sea una de las mayores paradojas de la historia de la humanidad: el hortera playero logra, con un mínimo imprescindible de prendas sobre el pellejo, agredir de forma inmisericorde la vista de los incautos paseantes.

Con el sol sobre el pescuezo aparecen las camisetas de sobaquillos al aire, las bermudas caídas para lucir los gayumbos de flores, las sandalias con calcetines, las gafas de sol calzadas sobre el pelo engominado —¿tal vez para iluminar el cerebro que, suponemos, viaja debajo de la gomina?— y, por supuesto, las omnipresentes riñoneras.

La riñonera, que parecía inofensiva cuando la llevaba el honesto cobrador del tranvía, ha resucitado diabólicamente como alforja posmoderna del hortera, que ni siquiera la deja en la tumbona cuando va a remojarse los pies en la espuma del mar, no vaya a ser que lo llame su cuñado al móvil justo en ese momentito. La riñonera, por sí sola, bastaría para odiar el verano.

El niño de la pelota

Escrito por Luis Pousa
17 de Julio de 2015 a las 6:07h

El experimento es sencillo. Se agarra un puñado de arena y se arroja al suelo. Al rato, como muy tarde a los cinco minutos, aparecen un niño y una pelota. Nadie ha estudiado a fondo este misterio. En Oxford sospechan que tiene algo que ver con la ley de la gravitación universal de Newton. No sé, pero el caso es que igual que los rostros pálidos y el sol nos repelemos mutuamente, la arena y el niño de la pelota se atraen sin remedio. Otro truco para hacer aparecer al niño de la pelota es abrir un libro. Supongamos que, por un error, estamos bajo una sombrilla en la playa y se nos ocurre agarrar esa novela que no conseguimos leer en invierno. Ya en la primera página, qué digo, en el primer párrafo, aparece el niño y de un pelotazo manda el libro a pastar entre las arenas, que no serán movedizas, pero se tragan el tocho en media décima de segundo. Este verano promete. Ni Einstein podría predecir en qué calva va a aterrizar la bola de las pelotas.

A la sombra

Escrito por Luis Pousa
16 de Julio de 2015 a las 8:07h

Tiene tela que me tumben al sol. Qué cachondos. A mí, que soy de regadío. A mí, que no soporto los rayos UVA, ni los UVB, ni la madre que los trajo al mundo a todos. A mí, que me dan alergia los bañadores, las cremitas, los chiringuitos, las chanclas, las viseras y hasta los balones de playa Nivea. A mí, que los días de secano cuelgo una regadera de la ventana para fingir que llueve. A mí, que la arena solo la puedo pisar con calcetines y zapato cerrado. Soy de los que piensa, desde el pupitre de la EGB, que la fotosíntesis ya la hacen los helechos y otras arborescencias. Yo no tengo por qué achicharrarme las meninges, ya que la única clorofila que circula por mis venas es la de los chicles del quiosco de la esquina (cuando había chicles de clorofila, cuando había quiosco, e incluso cuando había esquina). Lo mejor del sol es su reverso: la sombra. Y la sombra, sin duda, es el gran invento de la humanidad. Ni ruedas, ni trasplantes, ni aviones, ni gaitas. A mí, en vez de un punto de apoyo, dadme una sombra y levantaré el mundo. Yo, como Peter Pan, también le pido a Wendy que me cosa la sombra a los talones para que no huya.

Todo muy español

Escrito por Luis Pousa
10 de Junio de 2015 a las 14:40h

En Barcelona (España) le pitan al himno y al jefe del Estado en la final de la Copa del Rey. Al presidente del Gobierno no le silbaron, pero más que nada porque no estaba. En París (Francia) la Asamblea de la República se pone en pie para aplaudir al rey de España (un Borbón de los Borbones de Francia de toda la vida).

En la final de la Champions (en Berlín) jugó y ganó un equipo español (el Barça), pero Rajoy tampoco apareció por el palco. Hace un año, en Lisboa, cuando disputaron el mismo encuentro dos equipos de Madrid, sí estaba el sonriente presidente del Gobierno. Incluso asistió un ex, José María Aznar, que hizo palmitas con otro presidente, el del Madrid, tras el gol del indómito Sergio Ramos.

El primer ministro español no se acercó a Berlín el sábado. Pero, tal vez para compensar, ya estaba allí el primer ministro de Francia, Manuel Valls, al que precisamente le acaban de montar un buen pifostio —un pifostio con grandeur, para entendernos— por haberse pulido 15.000 euros en su viaje para ver la final de la Champions. Valls nació en Barcelona y es culé hasta las cachas, le excusan cándidamente los suyos. Además, apostillan, le invitó Platini y se llevó a sus dos churumbeles a ver a Messi. Un padrazo.

En el fondo, todo esto, desde el presidente invisible hasta los pitos y la mueca grimosa de Mas, es tan español como el collar con banderita del perro Pecas.

Boxeo y poesía

Escrito por Luis Pousa
4 de Junio de 2015 a las 17:24h

De un texto de Juan Gracia Armendáriz en Buensalvaje sobre las colosales peleas entre Frazier y Alí llego a otro de Joyce Carol Oates sobre la relación entre boxeo y poesía y, de ahí, salto a un revelador párrafo de Emily Dickinson (cortesía de La escuela de los domingos):

Si leo un libro y se me enfría tanto el cuerpo que ningún fuego puede calentarme sé que eso es poesía. Si tengo la sensación de que se me vuela la tapa de lo sesos, sé que eso es poesía. Son para mí las únicas maneras de saberlo. ¿Existe alguna otra manera?

Por ese tipo de cosas, amigos, todavía leemos y escribimos poesía a estas alturas de la partida.

Mientras agoniza América

Escrito por Luis Pousa
6 de Febrero de 2015 a las 21:14h

Selva Almada (Entre Ríos, Argentina, 1973) se aferra a los escenarios desolados. Lejos de la atmósfera urbana, porque justo ahí encuentra su mundo narrativo, su universo. Tampoco aparecen móviles ni tabletas en su prosa, que la autora traslada hasta los años noventa, o así, para silenciar la tecnología y dejar que hablen los personajes y su poderosa literatura:
-A propósito no hay celulares ni Internet: no sé cómo meter esos artefactos en un relato.
Hay muchos Faulkner en Faulkner, pero el Faulkner que desemboca en la obra de Selva Almada no es el de Santuario o Luz de agosto, sino el Faulkner crudo y despiadado de Mientras agonizo, ese texto devastador donde el yanqui tuvo las agallas de dejar en una página una única y desasosegante frase: «Mi madre es un pez».
Almada cuenta que Mientras agonizo es una de sus tres novelas favoritas, junto con El corazón es un cazador solitario, de Carson McCullers, y El camino del tabaco, de Erskine Caldwell.

LADRILLEROS
Y todo eso emerge en Ladrilleros, finalista del premio Tigre Juan, que publica Mardulce en Argentina y Lumen en España. Una novela de un lirismo violento y torturado, donde el idioma va acariciando los verbos y los adjetivos con una belleza depurada que, de un solo tajo, narra las vidas cruzadas de los Miranda y los Tamai, dos familias a las que han escupido sobre la faz de la Tierra para que la centrifugadora de la existencia las muela a palos o las devore (o ambas cosas a un tiempo).
-El paisaje funciona como un personaje más y para Ladrilleroselegí un paisaje, una geografía, un clima hostil, caluroso, difícil y violento como los personajes de la novela.
Cuando la narración ha recorrido ya la mitad de su itinerario uno de esos personajes proclama su deseo de irse muy lejos, a Entre Ríos: «Acá todo es duro, seco, espinoso, lleno de polvo. Allá hasta el carácter de la gente debía ser más amable. Acá no se puede, acá todo tiene que ser violento, a la fuerza».
En Ladrilleros chillan las sillas vacías y se escucha, al fondo, el quejido como de bisagra seca del continente. Aquí es América la que agoniza.

Fogwill y la luz argentina

Escrito por Luis Pousa
14 de Noviembre de 2014 a las 10:36h

El 21 de agosto del 2010 fallecía Fogwill, uno de los escritores más extraordinarios y más argentinos de su tiempo. Su hija Vera tuvo que hacer frente al apabullante legado de papeles y cuadernos que había dejado en el caos de su apartamento del barrio de Palermo. El desorden era su estado natural, y así lo confesaba:
—No hay gente viva que haya perdido tantas cosas, casas, muebles, armas, cámaras, ropa, diskettes, discos y libros como yo.
En aquel magma aparecieron dos inéditos (La gran ventana de los sueños y La introducción) y se abrió la puerta a la recuperación de la primera novela de Fogwill, Nuestro modo de vida, de la que se rescataron un primer borrador de 1980 (recuperado en Chile en el 2011) y, ya en el 2013, esta versión que ahora publica Alfaguara y que es anterior a Los pichiciegos y su leyenda (la escribió en solo una semana, en junio de 1982, encaramado a doce gramos de cocaína).

Sostiene el autor en el prólogo: «Produje Nuestro modo de vida en un intento de plagiar La luz argentina, bella novela del narrador argentino César Aira. Un par de temas centrales —la cuestión de la pareja y el problema de la división entre lo de afuera y lo de adentro— parecían insuficientemente desarrollados en la obra de Aira y me propuse avanzar sobre ellos a partir de dos indicios». Buscaba así desarrollar «el límite entre el adentro y el afuera de la obra como metáfora entre el adentro y el afuera de la vida humana». Y para eso agarra a Fernando y Rita, un matrimonio acomodado que vive en un área residencial privada de Buenos Aires (lo que en el lado de allá ahora llaman country), y exprime las fronteras de su muy convencional existencia para luego dinamitarlas y mirar en su interior, a ver qué halla entre los restos.
En 1998 Leila Guerriero lo entrevistó para ver qué había sido de Fogwill «después de la coca, la cárcel y las obras maestras» y le habló de su intuición, de su capacidad para ver más allá:
—El otro día encontré una novela mía inédita. Pero es impublicable. Sobre los countries. Escrita en el ochenta. Pronosticaba la Argentina de los countries y de la gourmandise. Pronosticaba esta mierda. Se llama Nuestro modo de vida.

Leer es peligroso

Escrito por Luis Pousa
17 de Octubre de 2014 a las 9:35h

Leer es peligroso. Lo sabe bien quien ha caído en esta poderosa droga, una de las más adictivas y dañinas sintetizadas por el ser humano durante los últimos dos mil y pico años. Y más peligroso todavía es dedicarse a leer libros peligrosos. Esos que fluyen muy lejos de las convenciones, de las reglas establecidas y los prejuicios, para adentrarse en lo extraordinario y encender la mecha del asombro en el cerebro del lector.

A rastrear esa clase de textos se dedica Juan Tallón (Vilardevós, 1975) en Libros peligrosos, una aventura editorial puesta en marcha por Larousse, el sello que todos veneramos por esa enciclopedia que nuestros padres compraron a plazos para ver si nos ilustraban un poco allá en la infancia, y que ahora se reinventa con esta colección a la que sumarán sus canciones favoritas Jaime Urrutia y sus películas de cabecera Javier Tolentino.
El volumen, por supuesto, tampoco es una obra convencional. Tallón arranca matizando que no cree en las listas: «No existen los cien mejores libros» , para zambullirse luego en este espléndido ejercicio de estilo y contarnos la huella que le han dejado estos cien títulos barajados por el tiempo y la centrifugadora de la memoria.

Están aquí todos sus monstruos familiares: Aira, Onetti, Cheever, Fitzgerald o Talese. Y Tallón salta de obra en obra engarzando a estos cien autores con un sutil hilo literario que a veces deja atónito al lector. El tour de force de estos enlaces es el que teje entre Los otros caminos, de Álvaro Cunqueiro, y el Tractatus Logico-Philosiphicus, de Ludwig Wittgenstein, donde tensa al límite los engranajes de su prosa para pasar de los formidables artículos de Cunqueiro a las crudas proposiciones del Tractatus.

En el fondo Libros peligrosos no deja de ser el relato de cómo se puede hacer el amor a la literatura en cien posturas diferentes, con cien autores distintos y a la luz de cien títulos únicos. Es la carta de amor, desesperada y violentamente hermosa, que un yonqui de las letras le envía a su camello para que no deje de suministrarle metáforas, adjetivos, verbos.

Shackleton, el sublime perdedor

Escrito por Luis Pousa
10 de Octubre de 2014 a las 9:03h

Ya no se fabrican tipos como Ernest Shackleton. Perteneció a aquella estirpe de exploradores británicos de finales del siglo XIX y principios del XX que, con tal de descubrir un nuevo lago o de cartografiar una colina hasta entonces inédita, eran capaces de adentrarse en las fauces del diablo (incluso en sus babas) y presentarle luego sus credenciales en nombre de la Royal Society de turno.
Una de las grandes habilidades del británico es convertir un fracaso en algo colosal. Shackleton fue un perdedor magistral, de esos que ya tampoco se fabrican. Su historia la cuenta ahora William Grill en El viaje de Shackleton, un maravilloso libro ilustrado (o novela gráfica, a gusto del consumidor) que publica Impedimenta.
A Shackleton no lo doblegó su primera gran derrota. Participó en la expedición del capitán Scott, que perdió el pulso con Amundsen por pisar en primer lugar el Polo Sur. Al volver a Londres, lejos de amedrentarse, le dijo a los periodistas que estaba «extrañamente atraído por el misterioso sur». Una frase digna de un poema de Borges.

Y Shackleton volvió al sur. Al sur del sur. Quiso ser el primero en cruzar la Antártida «de mar a mar, atravesando el polo». Así que el 18 de agosto de 1914 zarpó a bordo del Endurance, con una tripulación de 28 hombres y 69 perros, rumbo a Georgia del Sur. Pero en el mar de Weddell, ya en febrero de 1915, tenían ante sí mil cien kilómetros de hielo y las placas acabaron por atrapar sin remedio al Endurance. Ahí comenzó la auténtica epopeya de Shackleton. Estaba a 800 kilómetros del pueblo más cercano, la estación ballenera de Stromness, y el único reto posible era lograr volver a Inglaterra sanos y salvos. Y, tras muchos meses avanzando a pie bajo las ventiscas, luchando contra la congelación, el hambre, el agotamiento y el escorbuto, el 30 de agosto de 1916 consiguieron completar el rescate. Shackleton, el sublime perdedor, dejó otra sentencia para la historia:
—La única derrota verdadera sería la de no salir a explorar jamás.