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Kerouac vende coches (II)

Escrito por Luis Pousa
13 de Junio de 2008 a las 0:22h

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Algunos lectores (sí, hombre, algunos tengo, el mapita de marras dice que hasta hay uno en Sudán) me han interrogado sobre el texto de Jack Keroauc que se cita en el anuncio de la serie 1 de BMW al que ya dediqué un farrapo. En el spot se puede escuchar :

“Sigo a la gente que me interesa, porque la única gente que me interesa es la que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas y entonces se ve estallar una luz azul y todo el mundo suelta un ooooh”.

El párrafo corresponde (casi literalmente, salvo algunos matices) al inicio del primer capítulo de On the road (En el camino), según la versión publicada por J. K. en 1957. Lo curioso del caso es que este párrafo fue uno de los que el autor modificó respecto a la versión original de la legendaria novela, versión que precisamente acaba de ver la luz tras medio siglo de sueño en el cajón. En ese manuscrito de 1951, que Kerouac mecanografió en formato de rollo a lo largo de tres disparatadas semanas, el mismo texto reza así:

“… Sigo a la gente que me interesa, porque la única gente que me interesa es la que está loca, loca por vivir, loca por hablar, con ganas de todo al mismo tiempo, los que nunca bostezan o dicen lugares comunes, sino que arden, arden, arden como cohetes en la noche” (y a partir de ahí Keroauc empieza a hablar de Allen Ginsberg).

Lo que tiene su gracia es que en el spot se alude al texto original: “Escrito en el 51 en un libro que, qué casualidad, se titula On the road“, cuando la cita, qué casualidad, corresponde a la versión de 1957, en la que Keroauc tuvo que introducir las enmiendas impuestas por los editores y abogados y, de paso, dividió el manuscrito de un solo párrafo en capítulos, disfrazó a los protagonistas reales (Neal Cassady, Jack Kerouac, Allen Ginsberg…) bajo otros nombres y, como en el caso que nos ocupa, aprovechó para adornar un poco su prosa añadiendo pirotecnias, arañas y estrellas.

Aunque, ahora que lo pienso, y con la que está cayendo con el paro del transporte, tal vez no sea el momento de ponerse a hablar de un libro que se titula On the road y mucho menos de un anuncio que se cierra con el clásico: “¿Te gusta conducir?”. Pero, qué le vamos a hacer, la vida tiene estas ironías.

P. J. Harvey

Escrito por Luis Pousa
12 de Junio de 2008 a las 0:02h

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Parece que llega el verano (o al menos el sucedáneo Made in Galicia), así que vamos a relajarnos un poco con algo de música, que nos estábamos poniendo demasiado profundos y tampoco es plan, que luego nos acusan de culturetas. Es lo que tiene esto de la escritura multimedia, que lo mismo le atizas al lector una cita, que le cuentas un cuento, que le propinas un vídeo o le suministras, sin anestesia ni nada, por las bravas, una dosis de columnismo. Ahora, mientras acechan las huelgas por tierra, mar y aire y los políticos, a su rollo, siguen tumbados a la bartola viendo la Eurocopa por la tele de plasma, conviene estirar un poco las neuronas y dejar que las invada la voz poderosa de Polly Jean Harvey, sin duda una de las grandes de los últimos lustros (con el permiso del compañero bloguero Javier Becerra, que es el especialista).

Lo dicho, como aprietan ya un poco los grados Celsius, incluso en esta esquina del Atlántico, vamos a beber a sorbos esta canción de P. J., que parecía una chica mala hasta que vino Amy Winehouse y convirtió a Polly Jean en una especie de monjita de clausura. Aquí la Harvey nos canta Good Fortune, del álbum Stories from the City, Stories from the Sea (2000). Se recomienda su consumo con un toque de espuma de mar (o similares).

Como ponían en la tele de la infancia cuando se les agotaba el repertorio de Nodos, dibujos enlatados de los osos Bubú y Yogui, series cutres, anuncios de Calisay y películas de Paco Martínez Soria, ahí van unos Minutos musicales. Aquí Polly Jean, aquí unos amigos.

Muchos años después

Escrito por Luis Pousa
11 de Junio de 2008 a las 0:03h

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El periodista, y sin embargo amigo, Federico Cocho me apunta, como inicio de inicios, el impagable comienzo de Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez. Por supuesto, el coronel Aureliano Buendía frente al pelotón de fusilamiento y sus memorias del día en que su padre le llevó a conocer el hielo no podían faltar en esta colección de inicios de novela. Las palabras de Gabo, como las aguas diáfanas del río de Macondo, se deslizan sin apenas pestañear por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. Afortunadamente, el mundo ya no es tan reciente, las cosas ya no carecen de nombre y para mencionarlas no hay que señalarlas con el dedo. Y Gabo puede y sabe, vaya si sabe, nombrar las cosas:

“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo”.

Pero, como nos sopla el propio Gabo en la entrevista que se reproduce más arriba, tal vez su gran libro no sea Cien años de soledad (a pesar de la leyenda y a pesar de ser, como apunta el autor, una novela “en la que sucede todo”), sino El amor en los tiempos del cólera, narración con otro arranque de prodigiosa filigrana verbal:

“Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados. El doctor Juvenal Urbino lo percibió desde que entró en la casa todavía en penumbras, adonde había acudido de urgencia a ocuparse de un caso que para él había dejado de ser urgente desde hacía muchos años. El refugiado antillano Jeremiah de Saint-Amour, inválido de guerra, fotógrafo de niños y su adversario de ajedrez más compasivo, se había puesto a salvo de los tormentos de la memoria con un sahumerio de cianuro de oro”.

Y es que todo gran inicio de novela, más allá de otras consideraciones, constituye en esencia una promesa. Luego hay unos tipos, como Gabo, que cumplen lo prometido y otros que se quedan en las estériles bagatelas de la pirotecnia. Pero esa, amigos, es otra historia, que diría Michael Ende.

Los desaparecidos

Escrito por Luis Pousa
10 de Junio de 2008 a las 0:10h

Julio Cortázar y Enrique Vila-Matas –dos de mis monstruos literarios de cabecera– se han estrujado las neuronas para narrar las desventuras de esos misteriosos individuos que un buen día deciden (o alguien lo decide por ellos) no volver a asomarse por la boca del metro. Son los desaparecidos, entes de leyenda que descienden a los andenes para no volver a ascender jamás. Permanecen en las catacumbas o, simplemente, son devorados por unos laberintos subterráneos que nadie conoce si no por los desgastados planos que barajan los burócratas.
No se trata aquí del metro –que es como una versión agusanada del autobús urbano–, pero lo cierto es que el mismo fenómeno registrado con ojo certero por Cortázar y Vila-Matas también se observa ocasionalmente en las líneas periféricas del bus, donde más de un conductor ha visto cómo el viajero remolón que ocupaba el último asiento se esfumaba, como por arte de magia, al girar en la curva que servía de frontera virtual entre los mundos urbanos y los vestigios del campo que cercan la ciudad.
Al principio, los buseros más jóvenes atribuyen estas pérdidas de pasajeros a las malas pasadas que juega a la mente la resaca del garrafón que se expende en los garitos de madrugada. Pero, en ausencia de alcohol y de los viajes –menos prosaicos que los de la línea 23– de las drogas de diseño, los conductores acaban por entregarse a las más extrañas elucubraciones para justificar la súbita evaporación de aquella anciana de gabardina y paraguas a cuadros que, precisamente al doblar en Casa Toñita, se agachó para recoger algún objeto caído y ya nunca más regresó a la superficie de lo real. O aquel niño que dejó como único rastro un balón de reglamento al emerger el bus de uno de los infinitos túneles que horadan el subsuelo de la ciudad ¿Adónde se dirigen los desaparecidos del bus? ¿Comparten destino con los que se desvanecen en los andenes del metro de Buenos Aires y Barcelona?

Hay quien se apunta a la teoría del desgaste atómico expuesta magistralmente por Julio Cortázar:
“Nadie ha contado jamás a la gente que sale del estadio River Plate un domingo de clásico, nadie ha cotejado esa cifra con la de la taquilla. Una manada de cinco mil búfalos corriendo por un desfiladero, ¿contiene las mismas unidades al entrar que al salir? El roce de las personas en la calle Florida corroe sutilmente las mangas de los abrigos, el dorso de los guantes. El roce de 113.987 viajeros en trenes atestados que los sacuden y los frotan entre ellos a cada curva y a cada frenada, puede tener como resultado (por anulación de lo individual y acción del desgaste sobre el ente multitud) la anulación de cuatro unidades al cabo de veinte horas”.

Pero los más inquietos filósofos, cuando se juntan al caer la noche en un recodo clandestino de las cocheras, asumen que, efectivamente, la anulación y el desgaste no serían un producto exclusivo de los buses y que el roce cotidiano en las calles, ante los escaparates o en los umbrales de los cines, también debería concluir con la desaparición periódica de algún transeúnte, consumido por la eterna erosión de los anónimos paseantes.

En los coloquios improvisados por los conductores se barajan otras alternativas más complejas que la simple evaporación, como alambicadas fugas que comprenden la ayuda de escalas y cabos para colarse por las claraboyas o trampillas del autocar y alcanzar así el refugio de las cloacas. Tal vez demasiado esforzado para la anciana del paraguas y la gabardina a cuadros, así que otros se decantan por explicar el fenómeno por las artimañas de una tribu de prestidigitadores que se hacían desaparecer a sí mismos como uno de sus geniales trucos de ilusionismo.

Quizás la tribu habita en los bajos de los autobuses, como en aquella película yanqui que relataba la vida de los polizones que viajaban al Oeste agazapados entre las ruedas de los grandes ferrocarriles y saltando de vagón en vagón aferrándose a las barras humeantes y jugándose el pellejo a unos centímetros de un suelo que se deslizaba a demasiadas millas (yanquis) por hora.

Mejor quedarse con la duda, dejar que la mente elija sus sortilegios y ni siquiera mirar atrás en busca de los inquilinos de ese submundo de fugados del transporte público. Así lo admite Enrique Vila-Matas en el andén del metro de Barcelona:
“No quise entonces girarme, pues sentí el temor de ver a alguien pagando el duro precio de bajarse al metro, de ver a alguien más rezagado que yo perdiéndose para siempre, lejos del sol y las estrellas, en el aire espeso y lento de los túneles y raíles de la noche infinita de Barcelona”.

Un inicio y un final de leyenda

Escrito por Luis Pousa
9 de Junio de 2008 a las 0:50h

 En lo que respecta a inicios de novela, probablemente el arranque del Ulises, de James Joyce, sea el inicio de inicios: joyce.jpg

“Solemne, el gordo Buck Mulligan avanzó desde la salida de la escalera, llevando un cuenco de espuma de jabón, y encima, cruzados, un espejo y una navaja. La suave brisa de la mañana le sostenía levemente en alto, detrás de él, la bata amarilla, desceñida. Elevó en el aire el cuenco y entonó:

-Introibo ad altare Dei”.

(Traducción de José María Valverde para la edición de Seix Barral).

Pero, donde Joyce se salió definitivamente de las coordenadas literarias conocidas fue, al margen de ese juego insondable titulado Finnegans Wake, en un final de leyenda, el del relato Los muertos, del volumen Dublineses, que podemos paladear aquí en la versión que preparó para Cátedra el gran Eduardo Chamorro (sí, nuestro Eduardo Chamorro, el que escribe su columna en La Voz):

“Había comenzado de nuevo a nevar. Contempló somnoliento los copos, plateados y oscuros, cayendo oblicuamente contra la luz de la farola. Había llegado el momento de que emprendiera el viaje hacia el oeste. Sí, los periódicos tenían razón: nevaba de igual modo sobre toda Irlanda. La nieve caía sobre todos los lugares de la oscura llanura central, sobre las colinas sin árboles, caía dulcemente sobre el pantano de Allen y, más hacia el oeste, caía suavemente en las oscuras olas amotinadas del Shannon. Caía también sobre todos los lugares del solitario cementerio en la colina donde Michael Furey yacía enterrado. Yacía apelmazada en las cruces y lápidas torcidas, en las lanzas de la pequeña cancela, en los abrojos estériles. Su alma se desvaneció lentamente al escuchar el dulce descenso de la nieve a través del universo, su dulce caída, como el descenso de la última postrimería, sobre todos los vivos y los muertos”.

Sencillamente, insuperable.

Aquí os dejo otros farrapos sobre inicios de novela: El barón rampante, Münchhausen, En busca del tiempo perdido, El hombre sin atributos, y Firmin 

Buenos Aires y Galicia, ida y vuelta

Escrito por Luis Pousa
6 de Junio de 2008 a las 13:41h

Paco nos ha recordado estos días los senderos de ida y vuelta tendidos sobre el Atlántico entre Galicia y Argentina. Galicia, de hecho, tiene bandera porque un buen día la peña, harta de pasarlas canutas en la aldea, metió cuatro cosas en la maleta y embarcó en un paquebote rumbo a América. Cuenta Xosé Neira Vilas que lo último que veían los emigrantes asomados a la cubierta de tercera del buque era la bandera del puerto de A Coruña, una tela blanca con una diagonal azul celeste, y, con la morriña ya incrustada en las meninges, se quedaron con esos colores como enseña (otro acierto que prueba que el azar hace las cosas mucho mejor que los políticos).

Así, con la bandera portuaria en la solapa del cerebro, los viajeros convirtieron a Buenos Aires, primero, en la capital de la emigración y, tras la infame Guerra Civil, en la gran capital del exilio intelectual gallego. En esos caminos de ida y vuelta vivió, por ejemplo, Luis Seoane, que nació en el Buenos Aires de la emigración, regresó a su Galicia de origen, luego, perseguido por el franquismo, tuvo que instalarse en el Buenos Aires del exilio y, finalmente, volvió a A Coruña para pintar sus últimas cosas a la luz de esa Torre de Hércules desde la que él podía ver Irlanda o lo que le diese la gana, porque en el interior de su cráneo pululaban las galaxias como pájaros.

Buenos Aires también está en Galicia. El arriba firmante, por citar al que tengo más a mano, se quedó en el más acá gracias a un sabio de la cirugía cardíaca que nos llegó desde Buenos Aires, el doctor Alberto Juffé Stein, otro caso memorable de esos recorridos de ida y vuelta entre Galicia y Argentina. Juffé se vino a España para trabajar en Madrid, volvió a su Buenos Aires para poner en marcha un programa pionero de trasplantes y, al final, se ha quedado con nosotros como jefe de cirugía cardíaca del Hospital Juan Canalejo de A Coruña. Todo un lujo para los que de pronto tenemos que poner, literalmente, nuestro corazón en manos ajenas.

Será porque Galicia y Argentina comparten el color de sus banderas, será por Luis Seoane y sus dibujos como poemas, será porque un cirujano bonaerense me rescató de entre los muertos con su destreza, pero cuando a España, cada cuatro años, la largan como siempre del Mundial al llegar a cuartos, el menda se pone la camiseta de Argentina y jalea a Messi, ese mago futbolero. Porque los gallegos, al fin y al cabo, también somos un poco argentinos.

El lector de reojo

Escrito por Luis Pousa
5 de Junio de 2008 a las 14:42h

Hay literaturas para leer en el ascensor. Matizo, hay, según escribió un Jardiel Poncela demasiado facha para los demasiado sin sentido del humor, relatos breves para leer mientras sube el ascensor, porque a nadie se le antojaría leer a Enrique Jardiel Poncela (o incluso a otros) mientras el ascensor, ese montacargas humano, ese funicular que se detiene a cuatro o cinco peldaños del Infierno o del centro de la Tierra, desciende a su Hades doméstico. El elevador no da para más. Ni para menos. Se reclama un disparo de prosa directo al cerebro, al cerebelo, a las neuronas, a las dendritas o adonde sea. Un trago de adrenalina.

Pero el autobús, el modesto y hasta entrañable bus urbano, sucio de chicles y pintadas de amores profanos, da para mucho más, aunque sin alcanzar la larga hermosura de los antiguos trenes, que son el mejor refugio para el insomnio y para desgastar las pestañas a la luz de los novelones rusos. En bus, salvo algunas líneas de prodigiosas filigranas por el callejero, da para quince o veinte minutos de lectura fragmentaria y, con frecuencia, repetitiva, casi onanista. Porque a veces hay que masturbarse morosamente cuatro o cinco veces con la misma frase, que se desliza y patina en una tos, un ronquido o el simple frenazo de un conductor que ignora que lleva al volante una gigantesca biblioteca ambulante. Al lector impenitente, a la rata compulsiva que devora hasta esos infumables prospectos de las medicinas, le recomiendo el fondo de los autobuses dobles, de esos gusanos articulados que parece que se van a quebrar en las esquinas que nadie, ni la geometría más vanguardista, puede doblar. En ese escondrijo, en el sosiego de las abuelas que cabecean sobre la calceta o la bolsa de la compra atestada de sardinas, se logra el anonimato último que se necesita, por ejemplo, para digerir con parsimonia sádica la filosofía de Schopenhauer.

Hay, por tanto, literatura de bus, de ferrocarril y de ascensor. El bus exige literatura fragmentaria, nada de inicio, nudo y desenlace. Mejor, pongamos por caso, un Ramón Gómez de la Serna, inventor de la fórmula sagrada para espantar a uno de los parásitos que habita en el bus urbano, a esa mosca cojonera que es el lector de reojo. El lector de reojo es un gorrón incansable de la tinta ajena. Por eso, lo mejor para viajar de pie en la línea 14 es abrir por la página 28 la edición de la Colección Austral (24 pesetas de 1962) de los Caprichos de Ramón. Hay que abrir por la página 28 este libro que se desmenuza, en represalia por las mañanas a la intemperie en los libreros de viejo, y leer la greguería encajada entre El abogado Trapalón y El hielo negro, que se titula, precisamente, El lector de reojo:

«Al que lee nuestro diario de reojo no le importa que le miremos con estrábica iracundia. No es que seamos egoístas, es que ese segundo lector desconocido retarda nuestra lectura, nos hace tropezar o patinar en lo que vamos leyendo, y como además tiene ideas contrarias a las nuestras, lee de otra manera lo que lee y nos equivoca.

El lector de reojo tenía que sufrir su indigno castigo algún día, y la cosa sucedió en el tranvía 50. Lo llevaba al lado y no lograba despegarlo ni doblando violenta y sorpresivamente mi diario, cuando de pronto se metió con más anhelo en la página, haciendo gestos de estupor.

Leía una necrológica con la media foto de los jubilados, que en comparanza súbita noté que era su retrato. ¡Era su necrológica! ¡Alguna vez tenía que suceder una cosa así para escarmiento de lectores entrometidos!».

El arte del simulacro

Escrito por Luis Pousa
4 de Junio de 2008 a las 12:29h

El simulacro se impone, desde hace lustros, en el arte. Da un poco igual si, en medio de una moderna galería, uno planta una tijera de capador, un meadero de pared, un arado romano o un reloj de cuco. Lo que de verdad marca la diferencia entre esos artilugios no es su belleza, ni su complejidad técnica, sino el discurso conceptual que uno se monta alrededor del cacharro. El mismo sendero han recorrido con provecho otras disciplinas, como la arquitectura, que alza edificios que son todo pellejo y muy poca chicha, aunque al inmueble se le adjunta luego un dossier con mucho argumento teórico que rellena los orificios que dejó el arquitecto sobre el plano.

Pero los que han elevado el simulacro a la categoría de lo absoluto no son ni los filósofos, ni los artistas contemporáneos, ni los arquitectos, ni siquiera esos escritores que ya poco importa lo que escriban, porque basan todo su márketing en las boutades que sueltan en las entrevistas pactadas (otro simulacro). Ni siquiera los guionistas de televisión, que se esfuerzan por lograr que en los llamados programas del corazón (que nada tienen que ver con la honrada ciencia de la cardiología), en un supuesto directo, unos tipos escasos de mollera intercambien improperios de alto voltaje a tantos euros la puñalada trapera. No, los que han llevado al límite de lo imaginable el simulacro son los llamados restauradores, vamos, los que antes se llamaban cocineros, con perdón.

Como ha denunciado, con un par de agallas, el fogonero Santi Santimaría, los cocineros de la estirpe de Ferran Adrià han acabado por vendernos, literalmente, humo. Humo deconstruido, eso sí, y posado sobre un lecho de finas algas. Que a un gallego le planten delante de la jeta un plato gigantesco con apenas cuatro láminas transparentes de percebe sobre la porcelana es poco menos que un insulto. Pero la afrenta nos la cuelan desde hace unos años en algunas cantinas de lujo, previo paso de la tarjeta de crédito por el largo morro del cocinero, digo, del restaurador.

No hace mucho, en un hotel de cinco estrellas en el que servían una pitanza de diseño para periodistas y otra gente de extrañas costumbres, me pusieron en una especie de cuchara doblada -¿sería cosa de Uri Geller, otro maestro del simulacro?- una rodaja de pulpo sobre una pizca de puré. Y, hombre, eso no se le hace a alguien que, de niño, ya veía a las pulpeiras deambular por su calle con sus cobres a cuestas. Allá en la infancia, para saborear un buen pulpo, se le pegaba una paliza contra la piedra del muelle antes de echarlo al caldero. Ahora, Adrià y sus secuaces agarran el cefalópodo y lo deconstruyen, que no tengo ni idea de lo que es, pero debe de ser algo mucho más chungo para el pobre bichejo.

Vivimos en la época del simulacro, ya lo dijo un tal Jean Baudrillard. No es ya que nos importe más lo que aparentan las cosas que lo que realmente son, eso parece que es una costumbre ancestral del Homo sapiens sapiens (que a menudo es más Homo que sapiens sapiens). Ahora hemos dado un paso más y lo que mola no es lo que las cosas son, ni siquiera lo que las cosas aparentan, sino lo que a nosotros nos apetece que sean. Creemos que podemos domesticar la realidad, y así nos va. 

Kerouac vende coches

Escrito por Luis Pousa
3 de Junio de 2008 a las 13:42h

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Cuando se acaba de cumplir medio siglo de la publicación de On the road (En el camino), la novela de Jack Kerouac que elevó a la generación Beat a los altares de la cultura de masas, una firma de automóviles de lujo echa mano del legendario texto para imprimir un barniz literario a su nueva campaña publicitaria. El asunto tiene su gracia, porque, como recordamos hace poco en La Voz, ha tenido que pasar medio siglo para que se publicase el texto íntegro de la versión original mecanografiada por Kerouac en 1951 (la fecha que, con precisión, apunta el anuncio) y que, solamente con múltiples enmiendas y recortes, pudo ver la luz en 1957.

Era On the road un relato demasiado duro de digerir entonces, pero, transcurridos diez lustros, ya sirve incluso como reclamo comercial. Quién le iba a decir al gran Jack, maestro consumado del arte del autostop, que iba a pasar a la posteridad como vendedor de coches.

Caza de emigrantes

Escrito por Luis Pousa
2 de Junio de 2008 a las 13:28h

La Voz de Galicia publicó hace unos días en la sección Hace 125 años la siguiente noticia, aparecida originalmente el 31 de mayo de 1883:

«Captura de emigrantes. La Guardia Municipal de Vigo se ocupó ayer en dar caza, o captura, a una porción de individuos naturales de la provincia de A Coruña, que esperaban vapor para salir con destino a América del Sur y de los cuales solamente dos se hallaban autorizados para ello. Parece que una mala interpretación, o quizá falsa denuncia, dio motivo a esa caza de emigrantes, pues otro telegrama anunció que todos los que figuraban en una lista tenían su pasaporte arreglado».

La misma Galicia que ahora se dedica a la captura del inmigrante practicaba hace un siglo y pico la caza del emigrante. Conviene no olvidar de dónde venimos.