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Chulopiscinas

Escrito por Luis Pousa
8 de agosto de 2015 a las 6:04h

Chulopiscinas quiere ser como Cristiano Ronaldo, CR7, o como se llame ahora, con su fijador en el pelo minuciosamente alborotado, su depilación láser integral y su tableteado de diseño en los abdominales. Chulopiscinas, esencia del verano celtíbero, domina el arte de pasearse por el borde de la charca marcando bíceps, e incluso tríceps, para asombro de las nenas, que en realidad no se asombran, sino que se parten el culo de risa con las poses automatizadas del atleta. Chulopiscinas, con el paquete de rubio americano en el elástico del bañador y la mirada castigadora perforando las gafas de sol, se machaca unas flexiones a pie de toalla, qué sé yo, quinientas o mil, solo para entrar en calor y sacar brillo a la musculatura delante de las churris, que matizan que el cachas a quien se parece no es a CR7, sino a Aznar, el vigoréxico, otro chuleta piscinero, solo que algo más viajado y leído. Quién sabe, igual Chulopiscinas llega a presidente del Gobierno.

Yonquis del sol

Escrito por Luis Pousa
7 de agosto de 2015 a las 6:02h

A estas alturas de agosto, como vea un jirón de nubecilla en el horizonte, el yonqui de la melanina sufre el primer ataque de pánico, porque calcula que en las tres semanas y pico que le queda al mes no va a superar el tueste de pellejo del verano anterior y solo de pensar en volver a la oficina con esa tara sobre los lomos, como uno de esos pringados que en vacaciones se van por Europa a ver museos y piedras viejas, le entra un jamacuco que se rila por la pata abajo. El rostro torrefacto padece anorexia solar: mientras los demás le sugerimos que puede ir parando de torrarse, que el único blanco que le queda es el de los ojos y tal vez (solo tal vez) el de los huesos, el adicto al rayo UVA siempre se ve paliducho, desteñido, y por eso, en vez de gastar protector, se unta de aceite de oliva (virgen extra) para radiarse al fuego vivo del mediodía. En el fondo, el drogata del pigmento es un Michael Jackson invertido. También quiere cambiar de raza, pero en la dirección opuesta.

La semana grande

Escrito por Luis Pousa
6 de agosto de 2015 a las 6:00h

A Mariano José querría verlo yo aquí y ahora, en la era de la Administración electrónica, ja, tratando de arreglar un papel cualquiera en una oficina pública en pleno agosto. Y, para más intriga y dolor de barriga, en la semana grande, donde lo único grande es el vacile al paganini, que para sellar un humilde folio en el registro necesita tres visitas al mostrador, cuatro tilas bien cargadas y quince fotocopias compulsadas, qué rigor el del funcionario autóctono, no baja la guardia ni en verano. Lo grande de esta semana, ya digo, es la larga cambiada que le pegan al contribuyente en todas las ventanillas, porque lo que se denomina, así en general, horario de atención al público, se reduce tanto que para leerlo en el cristal de la puerta (cerrada, claro) hay que llevar un microscopio de bolsillo encima. Al colega de Larra, en agosto del 2015, no le soltarían eso de vuelva usted mañana, sino directamente, en todos los morros, vuelva usted en septiembre.

Tradiciones

Escrito por Luis Pousa
5 de agosto de 2015 a las 6:35h

Agosto exacerba las tradiciones seculares y carpetovetónicas, que no son otra cosa que eso, antiguallas, pura arqueología heredada del tatarabuelo Raimundo, que fue el primero, allá por el XVIII, en pensar que tirar una cabra desde el campanario tenía su punto coñón, qué cachondo este Mundo, sobre todo si el lanzamiento de cabra se efectúa un domingo a la hora del aperitivo, con el público bien cargadito de vermús, finos y orujo a caño libre. Supongo que todos tenemos un día de esos en que nos apetece arrojar una cabra desde la torre de la iglesia, solo que si lo haces en Finlandia, te mandan de cabeza al trullo o al frenopático, mientras que en Spain is different te nombran alcalde perpetuo del pueblo y el vuelo de cabra (sin motor) lo declaran fiesta de interés turístico nacional y, si se tercia, hasta deporte olímpico. Porque el guiri Newton ese habrá inventado la ley de la gravedad, pero para sacarle partido y jolgorio a sus fórmulas tuvo que llegar Raimundo con su cabra despeñada.

Todo incluido

Escrito por Luis Pousa
4 de agosto de 2015 a las 6:34h

El todo incluido es la versión humana, algo refinada, eso sí, de esas granjas de cría de pollos en las que los animalitos, picotea que te picotea, van inflando e inflando hasta el calambrazo final. Nada más llegar al todo incluido te anillan, como a los pollos, con una pulserita verde chillón para que si te pierdes por la isla te facturen con destino al complejo hotelero cinco estrellas. En el resort caribeño, alambrado hasta el cielo para que no entren los lugareños, no te ceban con pienso industrial, sino con mojitos y coctelería variada, mientras el turista occidental, estabulado en la tumbona, perdida ya la facultad del habla, se limita a levantar la mano de la pulserita cada treinta minutos clavados para que le traigan otra ginebrita con limón, que es muy refrescante, y como hay mucha humedad en el aire no se te suben las copas a la cabeza porque, al sudar, la ginebrita se elimina por los poros. Si es que no hay como ver mundo.

Bricolajes

Escrito por Luis Pousa
3 de agosto de 2015 a las 6:19h

Asoma agosto la patita por debajo de la puerta, como aquel lobo feroz y algo travelo que acosaba a los cabritillos, y la santa espera al oficinista con la recortada en una mano y la lista de arreglitos pendientes en la otra. El veraneante, que ya empieza a añorar el café laxante del currelo, suda solo con leer la lista, que no es la de Schlinder, pero casi. Pepe Gotera baja abatido al trastero a pillar la maldita caja de herramientas mientras la parienta, implacable, todavía añade al papelorio unas obras menores: pintar la casa, alicatar los baños y, ya puestos, cambiar la tarima flotante del cuarto del abuelito. El tipo, con la llave inglesa entre los piños y los ojos supurando como la niña de El exorcista, solo acierta a murmurar: cari, bonita, dile a los nenes que se me bajen de la chepa, que con tanta colleja creo que me he tragado una tuerca del siete. Pero mira que eres blandengue. Anda, anda, que me estás dando el veranito, remacha la jefa.

Pecholobo

Escrito por Luis Pousa
2 de agosto de 2015 a las 6:18h

El anticiclón tiene efectos devastadores sobre la percepción del riesgo de algunos varones de la especie Homo sapiens. El machote, con los primeros sudores, se viene arriba y piensa que vuelve a tener veinte tacos y que todavía es capaz de sacar músculo delante de las churris. Sería cuestión de seguir al cincuentón recién divorciado, escoltado por unos antropólogos, en plan documental de la BBC, y estudiar el comportamiento del maromo en verano, que es su época de apareamiento favorita. El cachimén, inflamado por las brisas africanas y con la testosterona desbordando la tapa del cráneo, lo mismo se casca un maratón de 36 horas de futbito playero que conduce a 180 por una corredoira para fardar de cilindros o que trepa hasta el último chirimbolo del acantilado para hacer el salto del ángel sobre las olas acuchilladas por los cantiles. El pecholobo, claro, acaba desvertebrado sobre las rocas, pero todavía le quedan agallas para intentar ligar con la enfermera de urgencias.

La tele plana

Escrito por Luis Pousa
1 de agosto de 2015 a las 6:15h

En verano la tele se pone plana. Y no me refiero a que el cacharro de tubo que heredamos del abuelito se transforme de golpe en uno de esos artilugios molones de plasma de cincuenta y pico pulgadas. Qué va. Lo que pasa es que esas cadenas mesetarias, madrileñas y madridistas consideran que el cerebro, al contrario que los demás materiales, no se dilata con el calor, sino que se achica, según la técnica de reducción de cabezas de los jíbaros. Por eso estos programadores centralistas nos asestan una parrilla remendada con largometrajes de Cantinflas, Joselito y Marisol. Y corazón, mucho corazón, deluxes, sálvames y demás purines, hasta que el espectador, obturadas las arterias cerebrales por los dimes y diretes de tantos jorgejavieres y belenes, cae en el encefalograma plano y ya solo se oye ese pitido de fondo que no sabemos si es el televisor mal apagado o que al tipo ya no lo salva ni el doctor House.

¿Desconectados?

Escrito por Luis Pousa
31 de julio de 2015 a las 6:11h

Hay que desconectar, espeta, el veranito es para desconectar. La coña —o la paradoja, que suena más finolis— es que el pijolas que nos insiste mucho en eso de que hay que desconectar es el mismo que para irse a la casita rural con encanto, agazapada junto a una fervenza de postal en medio de la nada más absoluta, se asegura primero de que las pallozas del lugar sean enxebres, sí, pero que tengan wifi a 300 megas y cobertura 4G. Porque, para desconectar, el urbanita aterriza en medio de las leiras con su todoterreno guiado por Google Maps, aunque el paraje caiga a un escupitajo de su dúplex de la periferia, y lo primero que hace, antes incluso de bajar a la suegra para que se airee, es comprobar que furula el iPad, que en las aldeas ya se sabe. Y así, para quedar desconectado del todo, se tumba bajo la parra enganchado al WhatsApp, el Facebook, el Twitter y el Telegram, mientras el cativo, anestesiado, babea sobre la consola y los dibus del YouTube. Toma desconexión.

Tauromaquia

Escrito por Luis Pousa
30 de julio de 2015 a las 6:10h

En Cataluña prohíben el arte de Cúchares, pero no dicen ni mu de otras artes taurinas veraniegas, como el encierro de turistas, a los que se lleva a punta de periódico y vara desde los corrales del autocar climatizado, por las callejuelas del casco histórico, hasta el bareto del primo segundo del guía, siempre al quite, qué industrioso. Recibe a puerta gayola, clavada la rodilla sobre el serrín escupido de la tasca, y pastorea a los viajeros, a los chupitos invita la casa, hasta que ya cabecean, amansados, y, ahí sí, el primo segundo, si la autoridad lo permite, se luce en un toreo de salón al natural. Qué zurda. No hay lance de muerte, claro, porque el turista estoqueado no gasta tarjeta de crédito, pero el cliente cuellicorto pasa por la suerte de banderillas y el castigo de varas hasta que, arrimado a las tablas, el primo culmina la faena con el rejonazo final (60 euros por dos menús del día con tintorro). El turista dobla las manos y, con la espuma en la boca, ya solo pide el descabello.