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Entradas para la categoría ‘Inicios de novela’

Letras de verdad. Por Ramón Loureiro

sábado, septiembre 21st, 2013

Disculpen también hoy que nos dejemos llevar así por la emoción, que el entusiasmo resulte tan evidente. Qué vamos a hacerle. A estas alturas, a uno cada vez le cuesta más ocultar los afectos por las personas y por las cosas que quiere, entre las que naturalmente está la verdadera literatura, madre de esos libros que hacen que vivir sea más fácil, o al menos no tan difícil como de un tiempo a esta parte viene siendo.  Tienen ustedes que leer, en cuanto puedan, Breviario del bus, el nuevo y magnífico libro de Luís Pousa, que como saben ve la luz bajo el sello Rey Lear, que dirige un editor de los de verdad, Jesús Egido, y que está prologado por Enrique Vila-Matas, nada menos. La de Luis, permítanme insistir en ello, es una obra de una modernidad absoluta, en la que géneros como la narrativa de ficción o el ensayo se mezclan hasta convertirse en un género sin nombre, habitante de ese tan fértil territorio en el que se diluyen las fronteras que separan la mayor de cuantas verdades existen, la verdad poética, de esa otra forma de la realidad que es, por decirlo de alguna manera, la verdad del día a día, la de los hechos. Pousa, por completo ajeno a toda forma de afectación, habitante de lo esencial y en consecuencia de lo sustantivo, con una generosidad sin límites, invita en este su nuevo libro suyo, ilustrado por Miguel Ángel Martín, a profundizar, también, en la lectura de otros muchos autores. Escritores entre los que no faltan, por cierto, ni Walt Whitman ni Kafka, que pertenecen a su misma estirpe y que aunque habiten ahora eso que nosotros llamamos muerte siguen siendo de manera decidida, a través de los ojos del autor de Breviario…, nuestros contemporáneos. A quienes amamos la literatura, que es el arte de intuir la eternidad haciendo que lo que se dice habite un continuo presente, y también el periodismo, que es el oficio de contar la verdad y de hacer saber lo que no todos quieren que se sepa, nos gusta mucho que siga habiendo libros como éste de Luis, que es periodista y escritor al mismo tiempo como lo fue también —y es el paralelismo más claro que encuentro— aquel Álvaro de Mondoñedo que soñaba, al pie de la catedral, ciervos paseando bajo la nieve. Don Cunqueiro logró que en cada uno de sus artículos estuviese el mundo entero. Y otro tanto va haciendo ya este Luis del libro nuevo. Don Pousa, claro. Para siempre.

*Artículo publicado hoy en la sección Velut Umbra del suplemento Culturas de La Voz de Galicia

Breviario del bus en Rey Lear

El lector de reojo

lunes, septiembre 16th, 2013
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*Primer fragmento de Breviario del bus (Rey Lear, Madrid):

HAY LITERATURAS para leer en el ascensor. Matizo, hay, según escribió un Jardiel Poncela demasiado facha para los demasiado sin sentido del humor, relatos breves para leer mientras sube el ascensor, porque a nadie se le antojaría leer a Enrique Jardiel Poncela (o incluso a otros) mientras el ascensor, ese montacargas humano, ese funicular que se detiene a cuatro o cinco peldaños del Infierno o del centro de la Tierra, desciende a su Hades doméstico. El elevador no da para más. Ni para menos. Se reclama un disparo de prosa directo al
cerebro, al cerebelo, a las neuronas, a las dendritas o adonde sea. Un trago de adrenalina.
Pero el autobús, el modesto y hasta entrañable bus urbano, sucio de chicles y pintadas de amores profanos, da para mucho más, aunque sin alcanzar la larga hermosura de los antiguos trenes, que son el mejor refugio para el insomnio y para desgastar las pestañas
a la luz de los novelones rusos.

El bus, salvo algunas líneas de prodigiosas filigranas por el callejero, da para quince o veinte minutos de lectura fragmentaria y, con frecuencia, repetitiva, casi onanista. Porque a veces hay que masturbarse morosamente cuatro o cinco veces con la misma frase, que se desliza y patina en una tos, un ronquido o el simple frenazo de un conductor que ignora que lleva al volante una gigantesca biblioteca ambulante. Al lector impenitente, a la rata compulsiva que
devora hasta los infumables prospectos de las medicinas, que deletrea hasta la composición química que figura en las etiquetas del agua mineral e incluso las morbosas advertencias de las autoridades sanitarias en la portada y contraportada de las cajetillas de rubio
nacional, le recomiendo el fondo de los autobuses dobles, de esos gusanos articulados que parece que se van a quebrar en las esquinas que nadie, ni la geometría más vanguardista, puede doblar. En ese escondrijo, en el sosiego de las abuelas que cabecean con su
calceta sobre la bolsa de la compra atestada de sardinas, se logra el anonimato último que se necesita, por ejemplo, para digerir con parsimonia sádica la filosofía de Schopenhauer.

Hay, por tanto, literatura de bus, de ferrocarril y de ascensor. El bus exige literatura fragmentaria, nada de inicio, nudo y desenlace. Mejor, pongamos por caso, un Ramón Gómez de la Serna, inventor de la fórmula sagrada para espantar a uno de los parásitos
que habita en el bus urbano, a esa mosca cojonera que es el lector de reojo. El lector de reojo es un gorrón incansable de la tinta ajena. Por eso, lo mejor para viajar de pie en la línea 14
es abrir por la página 28 la edición de la Colección Austral (24 pesetas de 1962) de los Caprichos de Ramón. Hay que abrir por la página 28 este libro que se desmenuza, en represalia por las mañanas a la intemperie en los libreros de viejo, y leer la greguería encajada entre El abogado Trapalón y El hielo negro, que se titula, precisamente, El lector de reojo:

«Al que lee nuestro diario de reojo no le importa que le miremos con estrábica iracundia.
No es que seamos egoístas, es que ese segundo lector desconocido retarda nuestra lectura, nos hace tropezar o patinar en lo que vamos leyendo, y como además tiene ideas contrarias a las nuestras, lee de otra manera lo que lee y nos equivoca.

El lector de reojo tenía que sufrir su indigno castigo algún día, y la cosa sucedió en el tranvía 50. Lo llevaba al lado y no lograba despegarlo ni doblando violenta y sorpresivamente mi diario, cuando de pronto se metió con más anhelo en la página, haciendo gestos de estupor.
Leía una necrológica con la media foto de los jubilados, que en comparanza súbita noté que era su retrato. ¡Era su necrológica! ¡Alguna vez tenía que suceder una cosa así para escarmiento de lectores entrometidos!».

 

Gatsby no se acaba nunca

sábado, septiembre 22nd, 2012

«Cuando era joven y más vulnerable mi padre me dio un consejo sobre el que he pensado mucho desde entonces»

El gran Gatsby. Francis Scott Fitzgerald. Traducción de Susana Corral. Reino de Cordelia.

 

Hay en los grandes narradores norteamericanos un cierto tono épico, casi bíblico, que logra por momentos que en su prosa emerja ese asombro inicial ante un mundo tan fieramente nuevo en el que todo estaba todavía por inventar. No es casual la devoción de Mark Twain, uno de esos gigantes de la narrativa estadounidense, por las peripecias de Adán y Eva. Es en esa sutil ingenuidad adánica, no exenta paradójicamente de violencia escénica, donde se encierra la magia fundacional de una literatura.
Lo cuenta en un párrafo de abrumadora belleza uno de los grandes, Francis Scott Fitzgerald (Saint Paul, Minnesota, 1896-Hollywood, 1940), en las postrimerías de El gran Gatsby: «Los árboles desaparecidos —los que habían dejado sitio a la casa de Gatsby— habían satisfecho en susurros el último y el más grande de los sueños de la humanidad; durante un momento transitorio, encantado, la humanidad debió contener la respiración en presencia de este continente, obligada a realizar una contemplación estética que ni entendía ni deseaba, enfrentada por última vez en la historia a algo proporcional a su capacidad de asombro».
El lector, como esa humanidad iniciática, contiene también el aliento al zambullirse una vez más en este libro único, recuperado ahora por el sello Reino de Cordelia en una nueva y espléndida traducción de Susana Carral. ¿Quién no ha soñado alguna vez con ver cruzar el jardín al chófer de Jay Gatsby con una invitación en la mano para asistir a una de sus multitudinarias fiestas en las que los hiperhormonados universitarios sostienen «conversaciones obstétricas» con las coristas y el champán circula en cantidades industriales en copas sospechosamente parecidas a lavafrutas?
La fiesta, por supuesto, desemboca inevitablemente en una cruda y larga resaca. Nada muy diferente de la propia existencia, como sabían bien Fitzgerald y la indómita Zelda Sayre, que escribieron el guion de su vida con la tinta del alcohol y el jazz.
Reino de Cordelia y su sello hermano, Rey Lear, rescatan otros dos títulos cruciales del yanqui. Tres historias en torno a Gatsby, también en versión de Susana Carral, reúne relatos escritos en paralelo a su gran novela de 1925. Los cuentos, entre los que sobresale el formidable Daños, puño americano y guitarra (1923), fueron concebidos como tentativas de la atmósfera y personajes de su obra maestra, que en el fondo no guardan demasiada distancia respecto a las agitadas peripecias que protagonizaron el propio Scott y Zelda.
Y ya asomándose al abismo del devastador crack del 29 publicó Fitzgerald el tercer volumen que ahora edita Reino de Cordelia: La adolescencia de Basil Duke Lee. La novela, que vio la luz por entregas entre 1928 y 1929 en The Saturday Evening Post, resucita en esta edición de Susana Carral con el capítulo Una fiesta especial abriendo el volumen, devolviendo este fragmento al lugar elegido inicialmente por Scott y que, por diversas circunstancias editoriales, se había quedado por el camino en otras versiones. A pesar de la aversión del autor a sus colaboraciones en prensa, el conjunto no se resiente y traza una novela clásica de aprendizaje, anticipándose en cierto modo al Holden Caulfield de Salinger.
Scott, vapuleado durante una época por sectores académicos y críticos, se ha consagrado con el tiempo como uno de los autores mayores de la literatura norteamericana. Y Gatsby, como sus fiestas, no se acaba nunca.

Vila-Matas, el autor que ya está escribiendo mañana

sábado, marzo 24th, 2012

«Algunos entran muy tarde en el teatro de la vida, pero cuando lo hacen parece que entren sin brida y directos ya hasta el final de la obra. Ése fue mi caso. Y hoy puedo afirmarlo con toda seguridad. La representación empezó la mañana en la que mi mujer me entregó una carta que acababa de llegar de Suiza, una invitación a participar en un congreso literario sobre el fracaso». Aire de Dylan, Enrique Vila-Matas (Seix Barral, Barcelona, 2012)

Entre dos párrafos de sobrecogedora (y poética) belleza transcurre la nueva novela de Enrique Vila-Matas, Aire de Dylan, en la que el escritor barcelonés ahonda todavía más en su implacable empeño de forjar una única obra en la que los sucesivos títulos acaben finalmente entrelazados entre sí.
El autor —sin duda el más arriesgado, inteligente e innovador de las actuales letras españolas— regresa aquí a algunas de sus obsesiones habituales, como la enfermedad (en este caso asciende un peldaño más y liquida directamente a Lancastre, el escritor muerto con el que se puede identificar al propio Vila-Matas), la vida como proceso de demolición (en la estela del omnipresente Scott Fitzgerald), y la siempre tortuosa relación entre padres e hijos, narrada a través de la invasión de la memoria del joven dylaniano Vilnius por parte de su padre, el difunto Lancastre.
Sostiene Vilnius en la página 45 de Aire de Dylan: «Las cosas tienen que ser tal como son y tal como han sido siempre; quiero decir que las grandes cosas están reservadas para los grandes, los abismos para los profundos; las delicadezas y estremecimientos para los sutiles; y desde luego, todo lo raro para los raros». Vila-Matas logra reinventarse una vez más en esta novela y sobrevive sin un solo rasguño en el fuselaje a los vaivenes y contradicciones que genera todo renacimiento, toda reconstrucción o reinvención, precisamente porque es uno de los grandes, porque ha explorado los abismos desde la profundidad, porque al mismo tiempo destila hondura a partir de una prosa sutil y levemente shandy, y porque, desde su irreverente heterodoxia, es un raro entre los raros, en el más saludable y británico sentido de la palabra rareza.
En uno de sus relatos más descarnadamente redondos, El perseguidor, el gran Julio Cortázar nos cuenta el ensayo previo a la grabación de un disco de jazz en el que coinciden en un estudio de Cincinnati Miles Davis y un saxofonista llamado Johnny Carter (sospechosamente parecido a Charlie Parker). Cortázar planta en los labios del indómito Carter una insondable carga de profundidad sobre la elasticidad de los tiempos del arte: «Esto ya lo estoy tocando mañana».
La frase, como todas las paradojas, encierra una gigantesca verdad. Y tras leer el último y estremecedor párrafo de Aire de Dylan podemos afirmar también que Vila-Matas ya está escribiendo mañana.

 

 

 

Las agallas de Rosero

sábado, febrero 11th, 2012

El narrador Evelio Rosero (Bogotá, 1958) logró con su novela Los ejércitos (2007) algo ya ciertamente inusual: que un título actual se convierta en uno de esos raros ejemplares que, como en los tiempos de la clandestinidad, circula de mano en mano entre sus cada vez más numerosos devotos. Su prosa barroca, sensual y, al mismo tiempo, precisa y de vehemente belleza, regresa ahora redoblando su apuesta narrativa e intelectual con La carroza de Bolívar. Tiene agallas Rosero. Se sacude sin complejos el legado del gran pope de las letras colombianas, el Nobel García Márquez, de quien se confiesa admirado lector, y arremete sin tapujos contra el gran icono de la historia de su país y de Latinoamérica: Simón Bolívar. Exactamente la maniobra contraria a la que practicó Gabo en el sentido homenaje El general en su laberinto. No pasará mucho tiempo antes de que las huestes de Hugo Chávez, que se declara heredero político del llamado Libertador, lancen el contraataque y sepulten al novelista bajo un aguacero de demagogia y discursos patrioteros. Lo único que podría salvar a Rosero de la fatwa del chavismo será que, para los ojos poco avezados, su minuciosa deconstrucción de Bolívar se presenta bajo un formato de novela teóricamente menos agresivo que el convencional ensayo histórico, como los irreverentes (para la teoría oficial) Estudios sobre la vida de Bolívar, de José Rafael Sañudo, en los que se apoya buena parte de este formidable relato.

Como en todas las grandes novelas, Rosero esculpe párrafo a párrafo un entrañable personaje de carne y hueso, el doctor Justo Pastor Proceso, que sueña con construir una carroza para el desfile de Reyes de Pasto en la que, con la ayuda de historiadores y artesanos locales, quiere retratar la cobardía (lo llegaron a apodar el «Napoleón de las retiradas»), la traición (recordemos la entrega al Ejército español de su correligionario Miranda), el autobombo plasmado en sus proclamas sobre las que alzó Bolívar su leyenda de libertador de América y, particularmente, la crueldad sin límites con la que se empleó en episodios bien documentados como la toma de la localidad colombiana de Pasto en la Navidad de 1822.

La carroza de Bolívar es un ejercicio de estilo sin sombras que demuestra cómo la novela todavía hoy sirve para revelar, de forma quizás más aguda y directa que los concienzudos estudios académicos, las entrañas de la historia. Aunque sea de la amarga y despiadada historia del liberticida Bolívar.

Libertad, de Franzen

lunes, octubre 31st, 2011

Libertad es una gran novela. Incluso podría decirse que es una novela extraordinaria por su inteligente introspección en el paisaje humano y moral de la sociedad norteamericana contemporánea. El aclamado autor de Las correcciones, Jonathan Franzen (1959), planta su microscopio sobre la familia Berglund y, a lo largo de casi setecientas páginas, exhibe músculo y neuronas para componer un minucioso retrato de ese mundo fragmentario y de «pensamiento sin centro» en el que habitan Walter, Patty, Jessica y Joey Berglund y la entrañable fauna que orbita a su alrededor, entre la que sobresale el golfo roquero Richard Katz, amigo del paterfamilias Walter desde la Universidad (pequeño detalle que no impide que tenga un fulminante lío con su desnortada esposa Patty).

El único problema con Libertad y sus precisos engranajes narrativos es que a los chicos de
márketing se les ha ido la mano (por decirlo muy suavemente) con la desmedida campaña mediática de promoción que ha acompañado el lanzamiento del libro, hace un año en el mercado de lengua inglesa y ahora en España, presentando el volumen, sin mayores matices, como «el acontecimiento literario del año» o «la gran novela del siglo».

En el fondo, Jonathan Franzen es un falible hijo de su tiempo. Cae en las mismas trampas, paradojas y contradicciones que revela certeramente en sus personajes y se olvida de los hallazgos e innovaciones de su amigo David Foster Wallace (que no soportó el vacío del siglo que le tocó vivir y pidió la liquidación antes de que expirase el contrato basura). Franzen cumple fielmente con los deberes del narrador convencional, pero está escribiendo con las técnicas del siglo XIX una novela ambientada en el siglo XXI y, tal vez por eso,
se empeña hasta la extenuación en decorar la trama con imágenes actuales, como el cameo de
los vocalistas de R.E.M. y Wilco (pág. 227) o esa diatriba de Richard (pág. 244) contra el mundo guay diseñado por las mentes de Apple que asombrará a los descarriados huérfanos de Steve Jobs que hace unos días compararon al creador del iPod con Einstein y Da Vinci (otro ejemplo de la falta de mesura de nuestra era).

Libertad es una notable narración. Pero ni es la mejor novela norteamericana del siglo XXI
(recordemos que la fabulosa La conjura contra América, de Philip Roth, data del 2004), ni la intangible «gran novela americana» que busca Estados Unidos desde 1776. Ni mucho menos esa Guerra y Paz que lee Patty (pág. 205) justo antes de llevar a la práctica el triángulo Andréi-Natasha-Pierre del novelón ruso. Franzen no es Tolstói. Y ni siquiera ha divisado las puertas que abrieron en el siglo XX unos tipos llamados James Joyce, Franz Kafka y Marcel Proust.

Inicio
“La noticia sobre Walter Berglund no apareció en la prensa local -Patty y éll se habían trasladado a Washington dos años antes, y en Saint Paul ya no contaban para nadie-, pero la aristocracia urbana de Ramsey Hill no era tan leal a su ciudad como para privarse de leer el New York Times. Según un largo y nada halagüeño artículo de este periódico, Walter había arruinado su vida profesional allá en la capital de la nación”. Libertad, Jonathan Franzen. Ediciones Salamandra. Traducción de Isabel Ferrer.

Informe sobre ciegos

martes, mayo 3rd, 2011

Ernesto Sábato (o Sabato: sería conveniente respetar la ortografía de los muertos) no era escritor de pirotecnias y barroquismos, así que aquí dejo, sin mayores orfebrerías, el arranque de su mejor novela, que tal vez no sea El túnel, ni Abaddón el exterminador, ni tampoco exactamente Sobre héroes y tumbas, sino ese tesoro agazapado en la tercera parte de Sobre héroes y tumbas titulado Informe sobre ciegos:
“¿Cuándo empezó esto que ahora va a terminar con mi asesinato? Esta feroz lucidez que ahora tengo es como un faro y puedo aprovechar un intensísimo haz hacia vastas regiones de mi memoria: veo caras, ratas en un granero, calles de Buenos Aires o Argel, prostitutas y marineros; muevo el haz y veo cosas más lejanas: una fuente en la estancia, una bochornosa siesta, pájaros y ojos que pincho con un clavo. Tal vez ahí, pero quién sabe: puede ser mucho más atrás, en épocas que ahora no recuerdo, en períodos remotísimos de mi primera infancia. No sé. ¿Qué importa, además?”.
Sobre héroes y tumbas, III: Informe sobre ciegos, Ernesto Sabato (Rojas, 1911-Santos Lugares, 2011)

La colmena

lunes, marzo 7th, 2011
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Tuvo que ser en Buenos Aires, refugio y santuario de la literatura española durante la larguísima posguerra, donde vio la luz, hace ahora sesenta años, en febrero de 1951, La colmena, la gran novela coral de Camilo José Cela (Iria Flavia, Padrón, 1916-Madrid, 2002). La censura franquista no dejó llegar el texto a la imprenta en su primera intentona y por eso Cela se largó con su manuscrito bajo el brazo a Argentina, donde lo publicó el prestigioso sello Emecé Editores. Los lectores españoles, salvo los que consiguieron el libro por los truculentos canales alternativos, tuvieron que aguardar más de cuatro años, hasta octubre de 1955, para leer la narración de Cela en la segunda edición, de la casa barcelonesa Noguer, con las maravillosas ilustraciones de Lorenzo Goñi que se mantuvieron en las siguientes versiones. 

En su Nota a la primera edición, el narrador despacha sin mayores detalles el hecho de tener que publicar en Buenos Aires su texto: «Mi novela -por razones particulares- sale en la República Argentina; los aires nuevos -nuevos para mí- creo que hacen bien a la letra impresa». Las razones eran ciertamente de propiedad particular, pero no del autor, sino de los censores, que no vieron con buenos ojos que parte de la trama transcurriese en una casa de citas ni mucho menos el retrato nada amable (aunque sí entrañable) que dibuja Cela del gris Madrid de 1942, una fiel estampa de la cruda posguerra española. «Una humilde sombra de la cotidiana, áspera y entrañable y dolorosa realidad», sentenciaba entonces el escritor. 

Como recuerda el historiador Carlos Fernández en su Bibliografía básica de Camilo José Cela, el prosista gallego ya había tenido un fuerte encontronazo con los funcionarios del régimen al publicar La familia de Pascual Duarte. «Tuvo numerosos problemas con la censura de la época. El libro de Justino Sinova La censura en la España franquista transcribe una carta de un alto mando del Ministerio de Información en la que señala que dicha obra, ?nauseabunda y siniestra?, le había impedido dormir durante varias semanas».

Ni siquiera el autor se había molestado en la primera edición en realizar un recuento detallado del «torrente o colmena de gentes» de la novela. Hablaba en 1951 Cela de una cifra notablemente inferior a la que luego había plasmado sobre el papel: «Los ciento sesenta personajes que bullen -no corren- por sus páginas me han traído durante cinco largos años por el camino de la amargura». Ya en la cuarta edición (1962) el editor replica cordialmente al maestro: «Se trata de un cálculo muy modesto por parte del autor; en el censo que figura en el presente volumen, José Manuel Caballero Bonald recuenta doscientos noventa y seis personajes imaginarios y cincuenta personajes reales: en total, trescientos cuarenta y seis».

Las desventuras de Martín Marco y demás pájaros que pululan por el café de doña Rosa han sobrevivido casi sin rasguños al paso del tiempo, que, más que deteriorar la novela, subraya las carencias de la aséptica prosa actual. «Pero -apuntaba Cela en 1955- no merece la pena que nos dejemos invadir por la tristeza. Nada tiene arreglo: evidencia que hay que llevar con asco y resignación. Y, como los más elegantes gladiadores del circo romano, con una vaga sonrisa en los labios». Como los vapuleados personajes de esta Colmena imperecedera.

Y como hemos empezado con la escena final de la película La colmena, de Mario Camus,en la que el propio Cela hace un fugaz cameo como inventor de palabras, volamos ahora al arranque de la gran novela celiana:

“No perdamos la perspectiva, yo ya estoy harta de decirlo, es lo único importante.

Doña Rosa va y viene por entre las mesas del Café, tropezando a los clientes con su tremendo trasero. Doña Rosa dice con frecuencia “leñe” y “nos ha merengao”. Para doña Rosa, el mundo es su Café, y al dedor de su Café, todo lo demás. Hay quien dice que a doña Rosa le brillan los ojillos cuando viene la primavera y las muchachas empiezan a andar de manga corta. Yo creo que todo eso son hablaudrías: doña Rosa no hubiera soltado jamás un buen amadeo de plata por nada de este mundo. Ni on primavera ni sin ella. A doña Rosa lo que le gusta es arrastrar sus arrobas, sin más ni más, por  entre las mesas. Fuma tabaco de noventa, cuando está a solas, y bebe ojén, buenas copas de jovén, desde que se levanta hasta que se acuesta. Después tose y sonríe. Cuando está de buenas, se sienta en la cocina, en una banqueta baja, y lee novelas y folletines, cuanto más sangrientos, mejor: todo alimenta. Entonces le gasta bromas a la gente yles cuenta el crimen de la calle Bordadores o el del expreso de Andalucía”.

Uno de los grandes

sábado, marzo 13th, 2010

miguel-delibes-con-milano-en-el-hombro

Miguel Delibes, el gran cronista de Castilla, se nos ha ido a los cielos de su tierra ocre, llenos de perdices rojas y de nubes delgadas, elegantes y austeras como su prosa (y como el autor, claro). Hace sólo unos meses, con la excusa de la publicación de dos tomos de sus imbatibles Obras Completas, hablábamos por aquí de la epopeya de lo minúsculo. Ahora no sabría qué añadir de nuevo a aquellas líneas, así que me remito a los excelentes textos que han escrito hoy en La Voz Enrique Clemente, César Casal y Paco Sánchez sobre el último gran clásico de la literatura española.

Y me limito, por último, a reproducir el inicio de Las ratas, trazada, como todas sus novelas, en un idioma formidable, que probablemente dentro de una década ya sólo exista en los libros, y que los lectores, disfrazados de arqueólogos, tendremos que rastrear en bibliotecas y diccionarios. Pero ya me callo, porque, como diría el roedor Firmin, va a hablar uno de los grandes:

“Poco después de amanecer, el Nini se asomó a la boca de la cueva y contempló la nube de cuervos reunidos en consejo. Los tres chopos desmochados de la ribera cubiertos de pajarracos, parecían tres paraguas cerrados con las puntas hacia el cielo. Las tierras bajas de don Antero, el Poderoso, negreaban en la distancia como una extensa tizonera.

La perra se enredó en las piernas del niño y él le acarició el lomo a contrapelo, con el sucio pie desnudo, sin mirarla; luego bostezó, estiró los brazos y levantó los ojos al lejano cielo arrasado:

-El tiempo se pone de helada, Fa. El domingo iremos a cazar ratas -dijo.”.

(Las ratas, Ediciones Destino, 1962)

Ilustración: “Miguel Delibes con milano en el hombro”, de Pablo Gallo.

Afganistán

jueves, febrero 18th, 2010

escarlata

«El año 1878 me gradué de doctor en Medicina por la Universidad de Londres, y a continuación pasé a Netley con objeto de cumplir el curso que es obligatorio para ser médico-cirujano en el Ejército. Una vez realizados esos estudios fui a su debido tiempo agregado, en calidad de médico-cirujano ayudante, al 5.º de fusileros de Northumberland. Este regimiento se hallaba en aquel entonces de guarnición en la India y, antes de que yo pudiera incorporarme al mismo, estalló la segunda guerra de Afganistán. Al desembarcar en Bombay, me enteré de que mi unidad había cruzado los desfiladeros de la frontera y se había adentrado profundamente en el país enemigo. Yo, sin embargo, junto con otros muchos oficiales que se encontraban en situación idéntica a la mía, seguí viaje, logrando llegar sin percances a Candahar, donde encontré a mi regimiento y donde me incorporé en el acto a mi nuevo servicio».

Habla John H. Watson, doctor en Medicina y compañero de aventuras del detective de detectives: Sherlock Holmes. Se trata del arranque de Estudio en escarlata, el primer libro en el que aparece ese dúo imperecedero de sabuesos. Por los curiosos bucles que trazan el tiempo y del azar, en el año 2010 Afganistán sigue en los titulares de la prensa mundial. Watson nos contaba sus desventuras en la segunda guerra de Afganistán.  No sé qué número corresponde a la actual contienda de Estados Unidos y sus aliados contra los talibanes afganos. Ya hemos perdido la cuenta de cuántas van, incluida una bastante reciente en la que también andaban por ahí los rusos. Sólo puedo decir que la humanidad progresa que es una barbaridad. Aunque los muertos son casi los mismos, británicos en un bando y afganos en el otro, las armas de ahora son mucho más eficaces que las de 1878. Dónde va a parar.

Por cierto, aunque nuestro ombliguismo habitual caricaturice ese país como un territorio de lunáticos pulgosos, inflamados por la intolerancia islámica, lo cierto es que de Afganistán salieron dos de las mentes más certeras de la historia: el matemático Al-Jwarizmi, fundador del álgebra, y el poeta Omar Jayyam, autor de las maravillosas Rubaiyyat. Dos fuera de serie. Pero, claro, si últimamente nos reímos hasta de Grecia, que lo inventó todo (pero absolutamente todo), qué no haremos con Afganistán. Como mínimo, invadirlo, bombardearlo, aplastarlo. Y así llevamos ya desde octubre del 2001. Elemental, que diría el otro.