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Entradas para la categoría ‘Inicios de novela’

Gatsby no se acaba nunca

Sábado, septiembre 22nd, 2012

«Cuando era joven y más vulnerable mi padre me dio un consejo sobre el que he pensado mucho desde entonces»

El gran Gatsby. Francis Scott Fitzgerald. Traducción de Susana Corral. Reino de Cordelia.

 

Hay en los grandes narradores norteamericanos un cierto tono épico, casi bíblico, que logra por momentos que en su prosa emerja ese asombro inicial ante un mundo tan fieramente nuevo en el que todo estaba todavía por inventar. No es casual la devoción de Mark Twain, uno de esos gigantes de la narrativa estadounidense, por las peripecias de Adán y Eva. Es en esa sutil ingenuidad adánica, no exenta paradójicamente de violencia escénica, donde se encierra la magia fundacional de una literatura.
Lo cuenta en un párrafo de abrumadora belleza uno de los grandes, Francis Scott Fitzgerald (Saint Paul, Minnesota, 1896-Hollywood, 1940), en las postrimerías de El gran Gatsby: «Los árboles desaparecidos —los que habían dejado sitio a la casa de Gatsby— habían satisfecho en susurros el último y el más grande de los sueños de la humanidad; durante un momento transitorio, encantado, la humanidad debió contener la respiración en presencia de este continente, obligada a realizar una contemplación estética que ni entendía ni deseaba, enfrentada por última vez en la historia a algo proporcional a su capacidad de asombro».
El lector, como esa humanidad iniciática, contiene también el aliento al zambullirse una vez más en este libro único, recuperado ahora por el sello Reino de Cordelia en una nueva y espléndida traducción de Susana Carral. ¿Quién no ha soñado alguna vez con ver cruzar el jardín al chófer de Jay Gatsby con una invitación en la mano para asistir a una de sus multitudinarias fiestas en las que los hiperhormonados universitarios sostienen «conversaciones obstétricas» con las coristas y el champán circula en cantidades industriales en copas sospechosamente parecidas a lavafrutas?
La fiesta, por supuesto, desemboca inevitablemente en una cruda y larga resaca. Nada muy diferente de la propia existencia, como sabían bien Fitzgerald y la indómita Zelda Sayre, que escribieron el guion de su vida con la tinta del alcohol y el jazz.
Reino de Cordelia y su sello hermano, Rey Lear, rescatan otros dos títulos cruciales del yanqui. Tres historias en torno a Gatsby, también en versión de Susana Carral, reúne relatos escritos en paralelo a su gran novela de 1925. Los cuentos, entre los que sobresale el formidable Daños, puño americano y guitarra (1923), fueron concebidos como tentativas de la atmósfera y personajes de su obra maestra, que en el fondo no guardan demasiada distancia respecto a las agitadas peripecias que protagonizaron el propio Scott y Zelda.
Y ya asomándose al abismo del devastador crack del 29 publicó Fitzgerald el tercer volumen que ahora edita Reino de Cordelia: La adolescencia de Basil Duke Lee. La novela, que vio la luz por entregas entre 1928 y 1929 en The Saturday Evening Post, resucita en esta edición de Susana Carral con el capítulo Una fiesta especial abriendo el volumen, devolviendo este fragmento al lugar elegido inicialmente por Scott y que, por diversas circunstancias editoriales, se había quedado por el camino en otras versiones. A pesar de la aversión del autor a sus colaboraciones en prensa, el conjunto no se resiente y traza una novela clásica de aprendizaje, anticipándose en cierto modo al Holden Caulfield de Salinger.
Scott, vapuleado durante una época por sectores académicos y críticos, se ha consagrado con el tiempo como uno de los autores mayores de la literatura norteamericana. Y Gatsby, como sus fiestas, no se acaba nunca.

Vila-Matas, el autor que ya está escribiendo mañana

Sábado, marzo 24th, 2012

«Algunos entran muy tarde en el teatro de la vida, pero cuando lo hacen parece que entren sin brida y directos ya hasta el final de la obra. Ése fue mi caso. Y hoy puedo afirmarlo con toda seguridad. La representación empezó la mañana en la que mi mujer me entregó una carta que acababa de llegar de Suiza, una invitación a participar en un congreso literario sobre el fracaso». Aire de Dylan, Enrique Vila-Matas (Seix Barral, Barcelona, 2012)

Entre dos párrafos de sobrecogedora (y poética) belleza transcurre la nueva novela de Enrique Vila-Matas, Aire de Dylan, en la que el escritor barcelonés ahonda todavía más en su implacable empeño de forjar una única obra en la que los sucesivos títulos acaben finalmente entrelazados entre sí.
El autor —sin duda el más arriesgado, inteligente e innovador de las actuales letras españolas— regresa aquí a algunas de sus obsesiones habituales, como la enfermedad (en este caso asciende un peldaño más y liquida directamente a Lancastre, el escritor muerto con el que se puede identificar al propio Vila-Matas), la vida como proceso de demolición (en la estela del omnipresente Scott Fitzgerald), y la siempre tortuosa relación entre padres e hijos, narrada a través de la invasión de la memoria del joven dylaniano Vilnius por parte de su padre, el difunto Lancastre.
Sostiene Vilnius en la página 45 de Aire de Dylan: «Las cosas tienen que ser tal como son y tal como han sido siempre; quiero decir que las grandes cosas están reservadas para los grandes, los abismos para los profundos; las delicadezas y estremecimientos para los sutiles; y desde luego, todo lo raro para los raros». Vila-Matas logra reinventarse una vez más en esta novela y sobrevive sin un solo rasguño en el fuselaje a los vaivenes y contradicciones que genera todo renacimiento, toda reconstrucción o reinvención, precisamente porque es uno de los grandes, porque ha explorado los abismos desde la profundidad, porque al mismo tiempo destila hondura a partir de una prosa sutil y levemente shandy, y porque, desde su irreverente heterodoxia, es un raro entre los raros, en el más saludable y británico sentido de la palabra rareza.
En uno de sus relatos más descarnadamente redondos, El perseguidor, el gran Julio Cortázar nos cuenta el ensayo previo a la grabación de un disco de jazz en el que coinciden en un estudio de Cincinnati Miles Davis y un saxofonista llamado Johnny Carter (sospechosamente parecido a Charlie Parker). Cortázar planta en los labios del indómito Carter una insondable carga de profundidad sobre la elasticidad de los tiempos del arte: «Esto ya lo estoy tocando mañana».
La frase, como todas las paradojas, encierra una gigantesca verdad. Y tras leer el último y estremecedor párrafo de Aire de Dylan podemos afirmar también que Vila-Matas ya está escribiendo mañana.

 

 

 

Las agallas de Rosero

Sábado, febrero 11th, 2012

El narrador Evelio Rosero (Bogotá, 1958) logró con su novela Los ejércitos (2007) algo ya ciertamente inusual: que un título actual se convierta en uno de esos raros ejemplares que, como en los tiempos de la clandestinidad, circula de mano en mano entre sus cada vez más numerosos devotos. Su prosa barroca, sensual y, al mismo tiempo, precisa y de vehemente belleza, regresa ahora redoblando su apuesta narrativa e intelectual con La carroza de Bolívar. Tiene agallas Rosero. Se sacude sin complejos el legado del gran pope de las letras colombianas, el Nobel García Márquez, de quien se confiesa admirado lector, y arremete sin tapujos contra el gran icono de la historia de su país y de Latinoamérica: Simón Bolívar. Exactamente la maniobra contraria a la que practicó Gabo en el sentido homenaje El general en su laberinto. No pasará mucho tiempo antes de que las huestes de Hugo Chávez, que se declara heredero político del llamado Libertador, lancen el contraataque y sepulten al novelista bajo un aguacero de demagogia y discursos patrioteros. Lo único que podría salvar a Rosero de la fatwa del chavismo será que, para los ojos poco avezados, su minuciosa deconstrucción de Bolívar se presenta bajo un formato de novela teóricamente menos agresivo que el convencional ensayo histórico, como los irreverentes (para la teoría oficial) Estudios sobre la vida de Bolívar, de José Rafael Sañudo, en los que se apoya buena parte de este formidable relato.

Como en todas las grandes novelas, Rosero esculpe párrafo a párrafo un entrañable personaje de carne y hueso, el doctor Justo Pastor Proceso, que sueña con construir una carroza para el desfile de Reyes de Pasto en la que, con la ayuda de historiadores y artesanos locales, quiere retratar la cobardía (lo llegaron a apodar el «Napoleón de las retiradas»), la traición (recordemos la entrega al Ejército español de su correligionario Miranda), el autobombo plasmado en sus proclamas sobre las que alzó Bolívar su leyenda de libertador de América y, particularmente, la crueldad sin límites con la que se empleó en episodios bien documentados como la toma de la localidad colombiana de Pasto en la Navidad de 1822.

La carroza de Bolívar es un ejercicio de estilo sin sombras que demuestra cómo la novela todavía hoy sirve para revelar, de forma quizás más aguda y directa que los concienzudos estudios académicos, las entrañas de la historia. Aunque sea de la amarga y despiadada historia del liberticida Bolívar.

Libertad, de Franzen

Lunes, octubre 31st, 2011

Libertad es una gran novela. Incluso podría decirse que es una novela extraordinaria por su inteligente introspección en el paisaje humano y moral de la sociedad norteamericana contemporánea. El aclamado autor de Las correcciones, Jonathan Franzen (1959), planta su microscopio sobre la familia Berglund y, a lo largo de casi setecientas páginas, exhibe músculo y neuronas para componer un minucioso retrato de ese mundo fragmentario y de «pensamiento sin centro» en el que habitan Walter, Patty, Jessica y Joey Berglund y la entrañable fauna que orbita a su alrededor, entre la que sobresale el golfo roquero Richard Katz, amigo del paterfamilias Walter desde la Universidad (pequeño detalle que no impide que tenga un fulminante lío con su desnortada esposa Patty).

El único problema con Libertad y sus precisos engranajes narrativos es que a los chicos de
márketing se les ha ido la mano (por decirlo muy suavemente) con la desmedida campaña mediática de promoción que ha acompañado el lanzamiento del libro, hace un año en el mercado de lengua inglesa y ahora en España, presentando el volumen, sin mayores matices, como «el acontecimiento literario del año» o «la gran novela del siglo».

En el fondo, Jonathan Franzen es un falible hijo de su tiempo. Cae en las mismas trampas, paradojas y contradicciones que revela certeramente en sus personajes y se olvida de los hallazgos e innovaciones de su amigo David Foster Wallace (que no soportó el vacío del siglo que le tocó vivir y pidió la liquidación antes de que expirase el contrato basura). Franzen cumple fielmente con los deberes del narrador convencional, pero está escribiendo con las técnicas del siglo XIX una novela ambientada en el siglo XXI y, tal vez por eso,
se empeña hasta la extenuación en decorar la trama con imágenes actuales, como el cameo de
los vocalistas de R.E.M. y Wilco (pág. 227) o esa diatriba de Richard (pág. 244) contra el mundo guay diseñado por las mentes de Apple que asombrará a los descarriados huérfanos de Steve Jobs que hace unos días compararon al creador del iPod con Einstein y Da Vinci (otro ejemplo de la falta de mesura de nuestra era).

Libertad es una notable narración. Pero ni es la mejor novela norteamericana del siglo XXI
(recordemos que la fabulosa La conjura contra América, de Philip Roth, data del 2004), ni la intangible «gran novela americana» que busca Estados Unidos desde 1776. Ni mucho menos esa Guerra y Paz que lee Patty (pág. 205) justo antes de llevar a la práctica el triángulo Andréi-Natasha-Pierre del novelón ruso. Franzen no es Tolstói. Y ni siquiera ha divisado las puertas que abrieron en el siglo XX unos tipos llamados James Joyce, Franz Kafka y Marcel Proust.

Inicio
“La noticia sobre Walter Berglund no apareció en la prensa local -Patty y éll se habían trasladado a Washington dos años antes, y en Saint Paul ya no contaban para nadie-, pero la aristocracia urbana de Ramsey Hill no era tan leal a su ciudad como para privarse de leer el New York Times. Según un largo y nada halagüeño artículo de este periódico, Walter había arruinado su vida profesional allá en la capital de la nación”. Libertad, Jonathan Franzen. Ediciones Salamandra. Traducción de Isabel Ferrer.

Informe sobre ciegos

Martes, mayo 3rd, 2011

Ernesto Sábato (o Sabato: sería conveniente respetar la ortografía de los muertos) no era escritor de pirotecnias y barroquismos, así que aquí dejo, sin mayores orfebrerías, el arranque de su mejor novela, que tal vez no sea El túnel, ni Abaddón el exterminador, ni tampoco exactamente Sobre héroes y tumbas, sino ese tesoro agazapado en la tercera parte de Sobre héroes y tumbas titulado Informe sobre ciegos:
“¿Cuándo empezó esto que ahora va a terminar con mi asesinato? Esta feroz lucidez que ahora tengo es como un faro y puedo aprovechar un intensísimo haz hacia vastas regiones de mi memoria: veo caras, ratas en un granero, calles de Buenos Aires o Argel, prostitutas y marineros; muevo el haz y veo cosas más lejanas: una fuente en la estancia, una bochornosa siesta, pájaros y ojos que pincho con un clavo. Tal vez ahí, pero quién sabe: puede ser mucho más atrás, en épocas que ahora no recuerdo, en períodos remotísimos de mi primera infancia. No sé. ¿Qué importa, además?”.
Sobre héroes y tumbas, III: Informe sobre ciegos, Ernesto Sabato (Rojas, 1911-Santos Lugares, 2011)

La colmena

Lunes, marzo 7th, 2011
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Tuvo que ser en Buenos Aires, refugio y santuario de la literatura española durante la larguísima posguerra, donde vio la luz, hace ahora sesenta años, en febrero de 1951, La colmena, la gran novela coral de Camilo José Cela (Iria Flavia, Padrón, 1916-Madrid, 2002). La censura franquista no dejó llegar el texto a la imprenta en su primera intentona y por eso Cela se largó con su manuscrito bajo el brazo a Argentina, donde lo publicó el prestigioso sello Emecé Editores. Los lectores españoles, salvo los que consiguieron el libro por los truculentos canales alternativos, tuvieron que aguardar más de cuatro años, hasta octubre de 1955, para leer la narración de Cela en la segunda edición, de la casa barcelonesa Noguer, con las maravillosas ilustraciones de Lorenzo Goñi que se mantuvieron en las siguientes versiones. 

En su Nota a la primera edición, el narrador despacha sin mayores detalles el hecho de tener que publicar en Buenos Aires su texto: «Mi novela -por razones particulares- sale en la República Argentina; los aires nuevos -nuevos para mí- creo que hacen bien a la letra impresa». Las razones eran ciertamente de propiedad particular, pero no del autor, sino de los censores, que no vieron con buenos ojos que parte de la trama transcurriese en una casa de citas ni mucho menos el retrato nada amable (aunque sí entrañable) que dibuja Cela del gris Madrid de 1942, una fiel estampa de la cruda posguerra española. «Una humilde sombra de la cotidiana, áspera y entrañable y dolorosa realidad», sentenciaba entonces el escritor. 

Como recuerda el historiador Carlos Fernández en su Bibliografía básica de Camilo José Cela, el prosista gallego ya había tenido un fuerte encontronazo con los funcionarios del régimen al publicar La familia de Pascual Duarte. «Tuvo numerosos problemas con la censura de la época. El libro de Justino Sinova La censura en la España franquista transcribe una carta de un alto mando del Ministerio de Información en la que señala que dicha obra, ?nauseabunda y siniestra?, le había impedido dormir durante varias semanas».

Ni siquiera el autor se había molestado en la primera edición en realizar un recuento detallado del «torrente o colmena de gentes» de la novela. Hablaba en 1951 Cela de una cifra notablemente inferior a la que luego había plasmado sobre el papel: «Los ciento sesenta personajes que bullen -no corren- por sus páginas me han traído durante cinco largos años por el camino de la amargura». Ya en la cuarta edición (1962) el editor replica cordialmente al maestro: «Se trata de un cálculo muy modesto por parte del autor; en el censo que figura en el presente volumen, José Manuel Caballero Bonald recuenta doscientos noventa y seis personajes imaginarios y cincuenta personajes reales: en total, trescientos cuarenta y seis».

Las desventuras de Martín Marco y demás pájaros que pululan por el café de doña Rosa han sobrevivido casi sin rasguños al paso del tiempo, que, más que deteriorar la novela, subraya las carencias de la aséptica prosa actual. «Pero -apuntaba Cela en 1955- no merece la pena que nos dejemos invadir por la tristeza. Nada tiene arreglo: evidencia que hay que llevar con asco y resignación. Y, como los más elegantes gladiadores del circo romano, con una vaga sonrisa en los labios». Como los vapuleados personajes de esta Colmena imperecedera.

Y como hemos empezado con la escena final de la película La colmena, de Mario Camus,en la que el propio Cela hace un fugaz cameo como inventor de palabras, volamos ahora al arranque de la gran novela celiana:

“No perdamos la perspectiva, yo ya estoy harta de decirlo, es lo único importante.

Doña Rosa va y viene por entre las mesas del Café, tropezando a los clientes con su tremendo trasero. Doña Rosa dice con frecuencia “leñe” y “nos ha merengao”. Para doña Rosa, el mundo es su Café, y al dedor de su Café, todo lo demás. Hay quien dice que a doña Rosa le brillan los ojillos cuando viene la primavera y las muchachas empiezan a andar de manga corta. Yo creo que todo eso son hablaudrías: doña Rosa no hubiera soltado jamás un buen amadeo de plata por nada de este mundo. Ni on primavera ni sin ella. A doña Rosa lo que le gusta es arrastrar sus arrobas, sin más ni más, por  entre las mesas. Fuma tabaco de noventa, cuando está a solas, y bebe ojén, buenas copas de jovén, desde que se levanta hasta que se acuesta. Después tose y sonríe. Cuando está de buenas, se sienta en la cocina, en una banqueta baja, y lee novelas y folletines, cuanto más sangrientos, mejor: todo alimenta. Entonces le gasta bromas a la gente yles cuenta el crimen de la calle Bordadores o el del expreso de Andalucía”.

Uno de los grandes

Sábado, marzo 13th, 2010

miguel-delibes-con-milano-en-el-hombro

Miguel Delibes, el gran cronista de Castilla, se nos ha ido a los cielos de su tierra ocre, llenos de perdices rojas y de nubes delgadas, elegantes y austeras como su prosa (y como el autor, claro). Hace sólo unos meses, con la excusa de la publicación de dos tomos de sus imbatibles Obras Completas, hablábamos por aquí de la epopeya de lo minúsculo. Ahora no sabría qué añadir de nuevo a aquellas líneas, así que me remito a los excelentes textos que han escrito hoy en La Voz Enrique Clemente, César Casal y Paco Sánchez sobre el último gran clásico de la literatura española.

Y me limito, por último, a reproducir el inicio de Las ratas, trazada, como todas sus novelas, en un idioma formidable, que probablemente dentro de una década ya sólo exista en los libros, y que los lectores, disfrazados de arqueólogos, tendremos que rastrear en bibliotecas y diccionarios. Pero ya me callo, porque, como diría el roedor Firmin, va a hablar uno de los grandes:

“Poco después de amanecer, el Nini se asomó a la boca de la cueva y contempló la nube de cuervos reunidos en consejo. Los tres chopos desmochados de la ribera cubiertos de pajarracos, parecían tres paraguas cerrados con las puntas hacia el cielo. Las tierras bajas de don Antero, el Poderoso, negreaban en la distancia como una extensa tizonera.

La perra se enredó en las piernas del niño y él le acarició el lomo a contrapelo, con el sucio pie desnudo, sin mirarla; luego bostezó, estiró los brazos y levantó los ojos al lejano cielo arrasado:

-El tiempo se pone de helada, Fa. El domingo iremos a cazar ratas -dijo.”.

(Las ratas, Ediciones Destino, 1962)

Ilustración: “Miguel Delibes con milano en el hombro”, de Pablo Gallo.

Afganistán

Jueves, febrero 18th, 2010

escarlata

«El año 1878 me gradué de doctor en Medicina por la Universidad de Londres, y a continuación pasé a Netley con objeto de cumplir el curso que es obligatorio para ser médico-cirujano en el Ejército. Una vez realizados esos estudios fui a su debido tiempo agregado, en calidad de médico-cirujano ayudante, al 5.º de fusileros de Northumberland. Este regimiento se hallaba en aquel entonces de guarnición en la India y, antes de que yo pudiera incorporarme al mismo, estalló la segunda guerra de Afganistán. Al desembarcar en Bombay, me enteré de que mi unidad había cruzado los desfiladeros de la frontera y se había adentrado profundamente en el país enemigo. Yo, sin embargo, junto con otros muchos oficiales que se encontraban en situación idéntica a la mía, seguí viaje, logrando llegar sin percances a Candahar, donde encontré a mi regimiento y donde me incorporé en el acto a mi nuevo servicio».

Habla John H. Watson, doctor en Medicina y compañero de aventuras del detective de detectives: Sherlock Holmes. Se trata del arranque de Estudio en escarlata, el primer libro en el que aparece ese dúo imperecedero de sabuesos. Por los curiosos bucles que trazan el tiempo y del azar, en el año 2010 Afganistán sigue en los titulares de la prensa mundial. Watson nos contaba sus desventuras en la segunda guerra de Afganistán.  No sé qué número corresponde a la actual contienda de Estados Unidos y sus aliados contra los talibanes afganos. Ya hemos perdido la cuenta de cuántas van, incluida una bastante reciente en la que también andaban por ahí los rusos. Sólo puedo decir que la humanidad progresa que es una barbaridad. Aunque los muertos son casi los mismos, británicos en un bando y afganos en el otro, las armas de ahora son mucho más eficaces que las de 1878. Dónde va a parar.

Por cierto, aunque nuestro ombliguismo habitual caricaturice ese país como un territorio de lunáticos pulgosos, inflamados por la intolerancia islámica, lo cierto es que de Afganistán salieron dos de las mentes más certeras de la historia: el matemático Al-Jwarizmi, fundador del álgebra, y el poeta Omar Jayyam, autor de las maravillosas Rubaiyyat. Dos fuera de serie. Pero, claro, si últimamente nos reímos hasta de Grecia, que lo inventó todo (pero absolutamente todo), qué no haremos con Afganistán. Como mínimo, invadirlo, bombardearlo, aplastarlo. Y así llevamos ya desde octubre del 2001. Elemental, que diría el otro.

Bajo el volcán

Lunes, noviembre 2nd, 2009

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No es el inicio de Bajo el volcán. Pero casi. Es parte del arranque de esta novela torrencial y, como dijo el otro, fieramente humana. Crónica de una autodestrucción, que también fue la autodemolición del propio Malcolm Lowry. Todo empezaba (o terminaba) el Día de de Muertos (en México no se andan con eufemismos) de 1939. Hace hoy setenta años. El libro contiene otra frase magistral perdida en medio de su prosa, cuando Geoffrey Firmin deambula por la calle y, de pronto, percibe cómo la acera se levanta hasta encontrarse con su rostro.

«Hacia la hora del crepúsculo del Día de Muertos, en noviembre de 1939, dos hombres, vestidos con pantalón de franela blanca, estaban sentados bebiendo anís en la terraza principal del Casino. Habían jugado primero al tenis, luego al billar, y las raquetas envueltas en fundas impermeables y cautivas en sus prensas -la del doctor, triangular, la del otro, cuadrangular- descansaban frente a ellos en su parapeto. Mientras se acercaban las procesiones que descendían serpenteando por la colina detrás del hotel, llegaban hasta ambos los sonidos reverberantes de sus cánticos; se volvieron para mirar a los dolientes, a los que sólo pudieron distinguir poco después como melancólicas luces de velas girando entre los lejanos haces de maíz. El doctor Arturo Díaz Vigil acercó la botella de Anís del Mono a M. Jacques Laruelle, que ahora se asomaba, absorto, por encima del parapeto».  (Bajo el volcán, Malcolm Lowry, Tusquets Editores).

Pero, en realidad, todo había empezado justo un año antes, el Día de Muertos de 1938, cuando durante 24 horas asistimos al desplome (literal) de Firmin y su vida.

Pascual Duarte

Lunes, junio 1st, 2009

«Yo, señor, no soy malo, aunque no me faltarían motivos para serlo. Los mismos cueros tenemos todos los mortales al nacer y sin embargo, cuando vamos creciendo, el destino se complace en variarnos como si fuésemos de cera y en destinarnos por sendas diferentes al mismo fin: la muerte. Hay hombres a quienes se les ordena marchar por el camino de las flores, y hombres a quienes se les manda tirar por el camino de los cardos y de las chumberas. Aquéllos gozan de un mirar sereno y al aroma de su felicidad sonríen con la cara del inocente; estos otros sufren del sol violento de la llanura y arrugan el ceño como las alimañas por defenderse. Hay mucha diferencia entre adornarse las carnes con arrebol y colonia, y hacerlo con tatuajes que después nadie ha de borrar ya».

Ya sé que está de moda ningunear la literatura de Camilo José Cela. Ya sé que hay mucha gente que se ufana de ignorar sus libros amparándose en las boutades que soltaba con frecuencia el personaje público CJC. Ya lo sé. Pero, a pesar de todo eso, a mí me sigue pareciendo un enorme escritor. Y este arranque de Pascual Duarte es un ejemplo de cómo Cela sabía manejar, como muy pocos, la mezcla de violencia y ternura que hizo grande su narrativa.

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