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Entradas para la categoría ‘General’

Literatura para caníbales

Viernes, Octubre 21st, 2016

A Rafael Reig hay que leerlo porque para escribir sobre el ascenso de Francesco Petrarca, el 26 de abril de 1336, al Mont Ventoux primero se da un rodeo —un maravilloso rodeo: qué sería de la vida sin rodeos— por el capítulo 31 de Huckleberry Finn, cuando Huck asume su propio destino y que está dispuesto a ir al infierno con su amigo Tom Sawyer, y por la etapa del Tour de Francia que en julio de 1967 terminó en ese Mont Ventoux. Aquel día murió sobre la bicicleta el gregario Tom Simpson, después de meterse media botella de coñac Rémy Martin y dos tubos de anfetaminas como combustible para subir al puerto. ¿Por qué Huck Finn? ¿Por qué el Tour? Porque ese día de 1336, sostiene Rafael Reig en Señales de humo, murió de forma anticipada la Edad Media y surgió el Renacimiento con la creación de la figura del intelectual. Todo ello desencadenó, nos cuenta Reig, la «guerra bacteriológica del petrarquismo bubónico» que todavía hoy padecemos.
Señales de humo (Tusquets) es la precuela de su celebrado Manual de literatura para caníbales, donde rastreaba desde el siglo XIX hasta la actualidad. Ahora Reig remonta las aguas hasta las jarchas mozárabes para desembocar luego en Lope de Vega y Cervantes, los dos maestros de la inteligencia literaria concebida como humor y compasión que combatieron la maldición de la «alta cultura» en nuestras letras.
Para Reig, el camino se torció al saltar de los juglares al mester de clerecía, cuando los poderosos decidieron que también tenían que invadir «la imaginación de los sometidos». El petrarquismo intelectualoide hizo el resto. Y así llegamos, por otros derroteros, a la lapidación de Bob Dylan por su heterodoxo Nobel. Para curarse de pedanterías y oscuridades, hay que seguir al demente profesor de literatura Martín Belinchón en sus viajes por el tiempo a lo largo de esta novela transgenérica. Aprendemos así a leer de nuevo al Arcipreste de Hita, el Cantar del Mío Cid, La Celestina, El Lazarillo de Tormes y, por supuesto, a Cervantes y Lope, que se inventaron a sí mismos, inventaron sus lectores e inventaron una tradición literaria de la que nunca debimos alejarnos.

Louis Aragon en el pasaje de la Ópera

Viernes, Octubre 14th, 2016

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El flâneur es ese turista de su propia ciudad que vaga sin rumbo, sin destino ni objetivo concretos, por las calles. Todo empezó en París, donde Baudelaire descubrió esta nueva vocación urbana de callejear por el puro placer de mirar detenidamente la gran capital. Walter Benjamin elevó luego este ejercicio a género literario y Robert Walser escribió su obra cumbre: El paseo. Pero la literatura flâneur es inagotable —como la misma ciudad— y después de Walser hay otras cimas, como El aldeano de París, de Louis Aragon, libro que el poeta dadaísta (y luego surrealista) publicó originalmente por entregas en La Revue Européenne y que ahora rescata Errata Naturae.
Aragon vuelve al epicentro del flâneur, París, donde explora cada palmo del pasaje de la Ópera (antes de que el bulevar Haussmann y las Galerías Lafayette acabasen con su encanto de pasadizos y tugurios) y del parque Buttes-Chaumont, que el escritor redescubre durante sus paseos con André Breton.
En su safari sentimental por el pasaje de la Ópera, Aragon se anticipa varias décadas a la Tentativa de agotar un lugar parisino, de Perec, al aplicar su microscopio a cada rincón de estas galerías plagadas de escondrijos de dudosa reputación. Acompañamos al poeta en su viaje por los cafés Petit Grillon y Certâ, las casas de citas, las tiendas, los hotelitos, los teatrillos y pensiones que forman un ecosistema nocturno donde los poetas y las prostitutas cohabitan con “funcionarios jubilados, estafadores, bolsistas, corredores y viajantes de comercio, cantantes, bailarines, dementes precoces, perseguidos, nunca sacerdotes, pero dotados de corazones elegíacos, quincalleros millonarios, conspiradores, políticos corrompidos por los consejos de administración, policías de paisano, camareros en su día libre, periodistas y protestantes, extranjeros, asesinos, empleados del Ministerio de las Colonias, chulos, corredores de apuestas y fantasmas”.
La vida tal cual, que reúne puerta con puerta al proveedor de champán de su alteza real el duque de Orleans con una ortopedia que exhibe sus prótesis de manos en la vitrina o un segundo piso que lanza un lacónico reclamo: “masaje”.

La ciencia ficción también se fabrica en China

Viernes, Octubre 7th, 2016

A menudo la ciencia ficción es la mejor
forma de aproximarse a la realidad. No por nada,
sino porque en ocasiones es la realidad misma la
que juega a ser extraterrestre. Y cuando la realidad
que nos rodea se pone alienígena, lo mejor es abrir
un libro de Hard Sci-Fi —sí, en este emblemático
género también hay una variante hard— y dejarse
llevar a uno de esos universos paralelos donde la
vida es al menos diferente.
Por eso hay que felicitarse de que Ediciones B
recupere para el lector en español la obra del chino
Cixin Liu, auténtico maestro de la especialidad de
quien publica El problema de los tres cuerpos, primera
entrega de una trilogía que B —a través de
su sello Nova— editará en España durante los
próximos meses. Saturados como
estamos a estas alturas de la rentrée literaria
de textos convencionales y caminos trillados,
resulta más que saludable zambullirse
en esta novela llena de científicos que se
suicidan, antiguos represaliados por la
Revolución Cultural, militares expectantes
ante el advenimiento extraterrestre, astrofísicos
que husmean el cosmos en busca de
una extraña cuenta atrás, un videojuego adictivo en el que tres soles
se turnan para fulminar una civilización tras otra,
y un comisario de policía apodado Da Shi —por
citar algún personaje de esta intensa trama— que
con sus malos modales y su eterno pitillo en los
labios parece escapado de una antigua película
de cine negro.
Cixin Liu adereza El problema de los tres cuerpos
—título que remite a una clásica cuestión
matemática que estudiaron en su día Poincaré,
Laplace o Euler— con nanomateriales, aceleradores
de partículas, radiación de fondo cósmico
de microondas, algoritmos, y otros ingredientes
que alejarán de la mente del lector cualquier rastro
de tópicos o rutinas. Porque esta nada previsible
novela también nos ayuda a dinamitar los prejuicios
que arrastramos sobre el país donde se fabrica
todo. También la nueva y pujante ciencia ficción.

Tocar los libros

Viernes, Octubre 7th, 2016

Jesús Marchamalo escribió en el 2004
un libro de amor a los libros, a las bibliotecas, a
los autores, a los lectores, y lo tituló Tocar los
libros. Desde entonces lo ha publicado tres veces
en tres editoriales distintas. Y, como los enfermos
devoradores de páginas no paraban de reclamar
su reedición, el sello Fórcola ha vuelto a ponerlo
en circulación. Así que hay que regresar a Marchamalo
para redescubrir, con Borges, que somos
lo que leemos. Para ver cómo los volúmenes
van invadiendo cada rincón de la casa, hasta el
punto de que lectores ávidos como Sergio Pitol
van ampliando sus estancias a medida que las
novelas van ganando espacio. O hasta ponerse
drásticos, como Dámaso Alonso, que decía que
a cierta altura de su vida su única ocupación
era plantarse por la mañana en la puerta
de su domicilio «para impedir que entre en
esta casa un solo libro más».
¿Cuántos ejemplares son indispensables
en la biblioteca ideal? Para Perec, la
cifra deseable era 343, que iba renovando
constantemente. A Borges le bastaban
2.000 o 3.000 y cuentan que Eduardo Mendoza tan
solo atesora unos trescientos, porque en cuanto
los termina, los abandona en parques o cafeterías
para que caigan en manos de otros lectores.
El caso más radical de esta economía defensiva
del espacio es el del ensayista Joseph Coubert, que
arrancaba las páginas que no le interesaban de los
libros y se quedaba solo con las imprescindibles.
También arrancaban hojas Julio Cortázar y Aurora
Bernárdez durante sus viajes por Italia, páginas
que se iban pasando uno al otro hasta que, una
vez leídas, las arrojaban por la ventanilla del tren.
Umbral, recuerda aquí Marchamalo, se libraba de
los libros por inmersión: los lanzaba a la piscina.
En los extremos de la profanación y la reverencia
al libro tenemos los casos de Machado, que
se comía literalmente pedacitos de sus lecturas, y
Juan Ramón Jiménez, que se lavaba cuatro veces
las manos antes de tocar la poesía de Verlaine.
Estas y otras perversiones son las múltiples
formas de amar la literatura que nos cuenta Marchamalo
en su delicioso Tocar los libros.

Rufián

Sábado, Marzo 5th, 2016
Imagen de previsualización de YouTube

Lo mejor del debate de ayer es que, cuando acabó, pusieron en la tele Le llamaban Trinidad, y los frikis de los setenta nos desintoxicamos de tanta tribuna con los guantazos de Terence Hill y Bud Spencer, iconos culturetas de aquella infancia a la sombra de Cruyff y otros gigantes.

Mientras en el backstage de Twitter nos dábamos a la bebida para olvidar, algunos todavía recordábamos haber estado en garitos (incluso en auténticos tugurios) donde los parroquianos guardaban mucho mejor las formas y el equilibrio que sus señorías en la carrera de San Jerónimo.

Menos mal que en medio de esa debacle asomó Gabriel Rufián, un Eugenio pasado de pipermint, como clavó Jorge Bustos en un tuit de media tarde. Rufián es ese tipo por el que los que nacimos después de 1970 llevábamos esperando toda una generación. El puto amo. El elegido. Podría haber traído el equilibrio a la fuerza, pero prefirió pasarse al lado oscuro y convertirse en el Anakin Skywalker charnego del independentismo.

En la sesión de investidura yo sólo eché en falta a Fernando Arrabal sentado en la mesa de las taquígrafas con su jersey amarillo de milenarista o seminarista (seminarista fugado de Mondoñedo, por ejemplo). Y, ya puestos, un Bukowski arrancándose el micro de la pechera en medio del hemiciclo para ir a mear. O incluso un Leopoldo María Panero leyendo desde el atril su Guía Campsa de los manicomios de España y Portugal. Pero no se puede tener todo. Ya tenemos a Rufián.

 

El milenarismo era la máquina de escribir

Sábado, Marzo 5th, 2016

Para los apocalípticos de las nuevas tecnologías, conviene releer este texto publicado el 5 de marzo de 1886 en La Voz de Galicia sobre la llegada de las temibles máquinas de escribir:

Dentro de poco se habrá quizá olvidado el arte de la escritura. Las máquinas de escribir sustituyen a los mejores pendolistas con grandes ventajas.

Recientemente se ha inventado la máquina Hammond. Es un perfeccionamiento de las anteriores. Consta de un teclado en que cada tecla corresponde a una letra.

Un hombre hábil que domine el aparato puede escribir diez o doce letras por segundo. La máquina cuesta 500 francos o menos. La escritura queda con la corrección e igualdad de la letra impresa.

En adelante no será necesario saber escribir. Bastará saber tocar el teclado de la máquina y los escritos podrán hacerse con la misma velocidad que la palabra hablada, resultando la escritura una verdadera taquigrafía.

David Foster Wallace en el Gadis

Sábado, Febrero 13th, 2016

Cada vez que voy al Gadis y me enfrento a la temible cola de la pescadería, donde hay venerables ancianas agazapadas entre los salmonetes, a la espera de que sea tu turno para desenfundar un número previo al tuyo, me acuerdo de David Foster Wallace (DFW) y su maravilloso discurso Esto es agua.

En el arranque cuenta una historia sobre dos peces jóvenes que nadan felices e inconscientes:

-Había una vez dos peces jóvenes que iban nadando y se encontraron por casualidad con un pez mayor que nadaba en dirección contraria: el pez mayor los saludó con la cabeza y les dijo: «Buenos días, chicos. ¿Cómo está el agua?». Los dos peces jóvenes siguieron nadando un trecho; por fin, uno de ellos miró al otro y le dijo: «¿Qué demonios es el agua?».

La conferencia se puede leer en la Red en su versión original, o en la cuidada traducción de Javier Calvo para Random House Mondadori, y se puede escuchar también en el audio que circula por YouTube, donde oímos al gran escritor norteamericano expresar su teoría entre las risas tímidas de los estudiantes. Esto es agua fue la lección magistral (o como se traduzca commencement speech) que DFW pronunció en el 2005 en la ceremonia de graduación de los estudiantes de Humanidades de la Universidad de Kenyon. En su discurso, trataba de explicar a los recién licenciados que el estudio de las Humanidades es necesario no solo por los conocimientos concretos que uno adquiere, sino porque te enseña una cierta forma de pensar y te concede la libertad para que sigas pensando, eligiendo y aprendiendo a lo largo de tu existencia:

-No tiene que ver en realidad con la capacidad en sí de pensar, sino más bien en la elección de en qué pensar.

La alternativa a no elegir ese sendero es más bien cruda, según el autor de La broma infinita:

-Porque si no podéis o no queréis llevar a cabo esa clase de elecciones en vuestra vida adulta, vais a estar jodidos del todo.

La auténtica libertad, nos revela DFW, la hallamos en la cola del supermercado, a última hora y con todos los clientes ansiosos por acabar con el trámite y poder largarse a casa cuanto antes. Y sirve para no convertirse en uno de esos alienígenas que van por ahí pisando cráneos para trepar en la escala social. Y para eso hay que tener la libertad de elegir ver más allá y creer en algo o alguien fuera de los diminutos límites del propio ombligo:

-Tendréis el poder real de experimentar una situación masificada, calurosa y lenta del tipo infierno consumista como algo no solo lleno de sentido, sino también sagrado, que arde con la misma fuerza que ilumina las estrellas: la compasión, el amor, la unidad última de todas las cosas.

La auténtica libertad, aprendemos con Wallace, está muy lejos de los clichés:

-El tipo realmente importante de libertad implica atención, y conciencia, y disciplina, y esfuerzo, y ser capaz de preocuparse de verdad por otras personas y sacrificarse por ellas, una y otra vez, en una infinidad de pequeñas y nada apetecibles formas, día tras día.

Es una enorme verdad. Y más necesaria que nunca. Porque cada vez hay más y más ombligos compitiendo por ser el ombligo del mundo. Y porque hay demasiados peces en esta pecera que no saben qué demonios es el agua.

Lo terrible es que todo esto lo cuenta David Foster Wallace, que en septiembre del 2008 apareció ahorcado en su casa de Claremont, California. Tal vez porque le resultaba insoportable tener tantas verdades juntas en la cabeza.

 

Saudades de Barcelona

Viernes, Febrero 12th, 2016

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Quienes echamos tanto de menos ir al cine y al teatro como las personas normales hasta echamos de menos, como contó Miguel-Anxo Murado, la forma que teníamos antes de no ir al cine, que consistía en que alguien nos explicase adornándose de qué iba la película en cuestión. Entre los extraños vicios que cultivamos los nostálgicos del cine y el teatro está la manía de leer las reseñas de nuestros críticos de cabecera para vislumbrar qué veríamos si algún día volviésemos al cine o al teatro. Con esa curiosidad patológica leemos a Marcos Ordóñez, un sabio cronista de los escenarios y un escritor al que ya adoramos desde sus libros sobre las agitadas biografías de Perico Vidal o Ava Gardner.
Ahora regresa con Juegos reunidos (Libros del Asteroide), un volumen difícil de encasillar en un solo género, que navega entre la autobiografía y el relato fragmentario. Ordóñez restaura aquí una Barcelona que no es que haya desaparecido, sino que ha sido demolida y que ya no se reconoce en barrios inventados, como Astor, que el autor soñó un día al oír mal una canción del Gato Pérez, o que se llevó por delante los drugstores del paseo de Gracia o el del Liceo, “el más canalla, el que congregaba a todo el nocherío ramblero”. En un cuento que es un tesoro oculto en medio del libro, Nuestra canción, regresamos a las tiendas de discos de la calle Tallers y a las librerías que un día rodearon el antiguo edificio de la universidad en la Gran Vía. En el centro del relato el autor nos deja rastros de otras lecturas y otras vidas, como cuando con una leve frase hace que se aparezca El Gran Gatsby:
—Se cansa uno de lo bueno, creyendo que más allá, donde la luz verde del embarcadero, habrá algo mejor, más nuevo, más brillante.
Juegos reunidos nos habla, entre muchas cosas, de esas minúsculas saudades sobre las que se construye la existencia. Como la mujer de blanco que persigue Richard Dreyfuss en American Graffiti o la joven (también de blanco) con la que sueña toda su vida Everett Sloane en Ciudadano Kane. Por ese luminoso inventario de ausencias y vacíos, tal vez este sea un libro único.

Reivindicación y elegía última del Airgam Boy

Viernes, Enero 29th, 2016

Soy de 1971. De los últimos polvos del baby boom. O casi. No recuerdo a Franco. Solo guardo una borrosa memoria de su muerte, supongo que más bien porque alguien me lo contó muchos años después. Ese día los trolebuses -sí, aún había trolebuses entonces en A Coruña– llevaban crespones negros en los retrovisores. No había colegio, pero tampoco dibujos animados por la tele. Un timo de tarde libre.

De aquellos tiempos, de finales de los setenta y principios de los ochenta, conservo mi colección de antiguos Don Miki. Sus contraportadas, que el avispado editor aprovechaba para vender como espacio publicitario, son una especie de enciclopedia sociológica del juguete tardo y postfranquista. Por allí pululaban las huchas Miss Money de Congost: la Ratita era la favorita de los pequeños ahorradores compulsivos; las muñecas de Berjusa: Miniño cantaba Cinco lobitos con pasmosa tenacidad, Minena 1 añito “ya tiene dos dientes y si tú le ayudas anda poco a poco” e Ilsa, que “ya anda y habla sola”; nuevos retos para las inteligencias en desarrollo: “Venciste al cubo mágico ¿podrás con la serpiente mágica de Rubik’s?”; los Hockey Loco y Moto Rallye de Congost; los hermanos Mocosín y Mocosina “¡cuántos vestiditos y cositas tienen!”; y Bimbovisión 2, “por 10 pesetas y 3 envoltorios Bimbo, con diapositivas gratis en Bony y Bucaneros”, que era el pastelito con el que uno iba currándose una dieta autodestructiva de grasas trans y colesterol en vena a la hora de la merienda, justo cuando Super Ratón aparecía en pantalla para soltar: “Amiguitos, no olviden supervitaminarse y mineralizarse”.

Entre aquellas ingenuas y rudimentarias publicidades de la contra del Don Miki sobresalía un duelo soterrado -o tal vez nada soterrado, sino desatado y perfectamente planificado- entre los únicos juguetes que, al menos en los ejemplares de mi colección, repetían con frecuencia anuncio en la última página: los Clicks de Famobil (nadie los llamaba entonces Playmobil) y los Airgam Boys. Mientras los Clicks se promocionaban con una cuidada escenografía del Oeste para vender su diligencia o con una carretera hiperrealista para dar vida a la laboriosa Guardia Click de Tráfico, los Airgam Boys, de fabricación nacional, protagonizaban unos anuncios de icono pop, muy de portada de los discos de la época, a los que solo faltaba aquella etiqueta que a veces pegaban a traición en los vinilos como un extraño mérito sobrevenido: “Anunciado en TV”. El Airgam Boy, en plan estrella emergente del rock hispano, aparecía disfrazado de soldado británico, de esquiador, de piloto de helicóptero, de romano, del circense y ramoniano Airgam Circus, de gendarme parisino con sidecar o de cosmonauta. Pero el modelo preferido por todos los que entonces jugábamos a las guerras en la alfombra del salón era sin duda la caja dedicada a la Guerra Civil norteamericana, con sus soldados azules de la Unión y sus rebeldes grises de la Confederación.

Siempre montábamos la batalla de Gettysburg entre las plantas de mamá y la mesa camilla, y siempre ganaban los del Norte, o sea, los buenos, porque en aquellos tiempos las cosas estaban claras y no hacían falta tantos matices y claroscuros como en esta edad líquida y cuántica que nos ha tocado sobrevivir. Hay que admitir que el anuncio de Don Miki era premonitorio y nítido en este sentido, porque en él aparecía el rampante soldado del Norte pateando sin contemplaciones el culo del doblado sudista. Gettysburg en estado puro.

No se trata aquí de hacer historiografía sobre el auge, esplendor y caída de la familia Magriá, cuyo apellido se convirtió en anagrama de su juguete estrella. Tampoco de redactar un inventario de emergencia de la serie Super Stars de Airgam Comics, con unos superhéroes más yanquis que los propios yanquis de la Marvel. Quien quiera catálogos prolijos de muñecos y atuendos ya tiene la Red, con sus taxonomías y sus sesudos pies de foto para entendidos de la cosa. Ni siquiera se trata de adornarse con una faena de literatura comparada sobre el Airgam Boy y el Click de Famobil. Da igual si medía un centímetro más o si tenía articulaciones con las que todavía hoy sueñan los rígidos y sonrientes Playmobil. De lo que se trata aquí es de hacer una elegía y una reivindicación de los pequeños perdedores de plástico, de esos Airgam Boys y Miss Airgam que ahora deambulan a disposición del mejor postor por Internet, como buques a la deriva a la espera de un friki o un fetichista que los salve del último naufragio.

Porque toda infancia, y a fin de cuentas toda existencia, es una larga cadena de elecciones para quedarse con ese puñado de afinidades electivas de las que hablaba Goethe. En realidad, mucho antes de llegar a Goethe, a los nueve años o así, ya había que escoger entre Madrid o Barça, Rolling o Beatles, Dépor o Celta, mamá o papá, Cola Cao o Nesquik, Geiperman o Madelman, Stallone o Schwarzenegger. Pero sobre todo había que elegir entre Clicks y Airgam Boys.

Yo siempre he sentido una fascinación patológica por los perdedores. Pero no por unos perdedores fracasados cualquiera, sino por los perdedores gloriosos, por los vocacionales, por los que justo cuando tienen el mundo agarrado por las pelotas sobre la palma de la mano deciden largarse a otra parte y empezar de nuevo. O simplemente llegan a la cima y en ese preciso instante lo tiran todo por la borda. Y luego se arrojan ellos mismos por la borda. E incluso tiran la borda por la borda. Así que, fiel a esa tendencia suicida, me quedé con los Airgam Boys, que en algún momento posterior que no recuerdo fueron borrados de la faz de la Tierra por los Clicks. Y aunque ahora cada Navidad tengo en la sala un belén de Playmobil que mi gata Copito se encarga de arrasar metódicamente mientras mordisquea el musgo de pega, no me arrepiento de haber elegido el bando equivocado. Porque tiene que ser muy aburrido ganar siempre. Y porque al quedarme con aquellos Airgam Boys segundones y en vías de extinción ya me estaba forjando una educación sentimental de la derrota que me preparó para que el 14 de mayo de 1994 Miroslav Djukic estrellase una Liga contra las manos de un tal González. Era sábado. Fue la primera de muchas estrepitosas pérdidas. Y eso que aquella Liga se la llevó el Barcelona y yo, además de ser del Dépor y de los Airgam Boys, también soy del Barça. Entonces aprendí que, más que nada, uno se pasa la vida perdiendo contra uno mismo. Justo como los malditos Airgam Boys sobre la alfombra.

El verano inexistente

Martes, Agosto 25th, 2015

Pinga un poco el cielo vestido de plomo, caen cuatro gotas mal contadas, y ya me recriminan que de qué verano me quejo, si en Galicia no hay verano. No, qué va, en Ourense fríen huevos en el empedrado porque les peta, no te digo, y los pinos rumorosos arden por hectáreas porque en el fondo somos esquimales y el fin de semana, en vez de ir a la aldea, vamos al iglú del abuelo. Además, el verano, como todo, es un estado mental, y aquí, digan lo que digan los papanatas de siempre, no nos libramos de sudar la gota gorda hasta que pasa septiembre, con sus migueliños dulzones, y llega octubre perfumado de musgo, hojarasca y rabos de pulpo. Al rostro pálido el calabobos de agosto, vaya ful, le amansa algo la quemazón, como cuando la niebla se posa como un inmenso telón de acero sobre la costa y ahuyenta de golpe a los bañistas, pero lo único que le cura de todos sus males es uno de esos diluvios universales del otoño que en Galicia, la verdad, nos salen bordados.