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Entradas para la categoría ‘Columnas de La Voz de Galicia’

Letras de verdad. Por Ramón Loureiro

sábado, septiembre 21st, 2013

Disculpen también hoy que nos dejemos llevar así por la emoción, que el entusiasmo resulte tan evidente. Qué vamos a hacerle. A estas alturas, a uno cada vez le cuesta más ocultar los afectos por las personas y por las cosas que quiere, entre las que naturalmente está la verdadera literatura, madre de esos libros que hacen que vivir sea más fácil, o al menos no tan difícil como de un tiempo a esta parte viene siendo.  Tienen ustedes que leer, en cuanto puedan, Breviario del bus, el nuevo y magnífico libro de Luís Pousa, que como saben ve la luz bajo el sello Rey Lear, que dirige un editor de los de verdad, Jesús Egido, y que está prologado por Enrique Vila-Matas, nada menos. La de Luis, permítanme insistir en ello, es una obra de una modernidad absoluta, en la que géneros como la narrativa de ficción o el ensayo se mezclan hasta convertirse en un género sin nombre, habitante de ese tan fértil territorio en el que se diluyen las fronteras que separan la mayor de cuantas verdades existen, la verdad poética, de esa otra forma de la realidad que es, por decirlo de alguna manera, la verdad del día a día, la de los hechos. Pousa, por completo ajeno a toda forma de afectación, habitante de lo esencial y en consecuencia de lo sustantivo, con una generosidad sin límites, invita en este su nuevo libro suyo, ilustrado por Miguel Ángel Martín, a profundizar, también, en la lectura de otros muchos autores. Escritores entre los que no faltan, por cierto, ni Walt Whitman ni Kafka, que pertenecen a su misma estirpe y que aunque habiten ahora eso que nosotros llamamos muerte siguen siendo de manera decidida, a través de los ojos del autor de Breviario…, nuestros contemporáneos. A quienes amamos la literatura, que es el arte de intuir la eternidad haciendo que lo que se dice habite un continuo presente, y también el periodismo, que es el oficio de contar la verdad y de hacer saber lo que no todos quieren que se sepa, nos gusta mucho que siga habiendo libros como éste de Luis, que es periodista y escritor al mismo tiempo como lo fue también —y es el paralelismo más claro que encuentro— aquel Álvaro de Mondoñedo que soñaba, al pie de la catedral, ciervos paseando bajo la nieve. Don Cunqueiro logró que en cada uno de sus artículos estuviese el mundo entero. Y otro tanto va haciendo ya este Luis del libro nuevo. Don Pousa, claro. Para siempre.

*Artículo publicado hoy en la sección Velut Umbra del suplemento Culturas de La Voz de Galicia

Breviario del bus en Rey Lear

Ya solo queda Leopoldo María

jueves, septiembre 19th, 2013

La película se tituló El desencanto, pero podría haberse bautizado sin mayores matices La demolición, porque el proceso de disección de las entrañas familiares de los Panero que ejecutan Elías Querejeta y Jaime Chávarri en este icono del cine documental español de los setenta constituye uno de los ejercicios más despiadados de ajustes de cuentas a los que se pueda someter voluntariamente una tribu. Las versiones de los mismos hechos narradas por la aparentemente ingenua Felicidad Blanc, viuda de Leopoldo Panero, y por sus tres devastadores (y devastados) hijos —José Moisés Michi (fallecido en el 2004) Juan Luis y Leopoldo María—, no es que reflejen perspectivas diferentes, sino que demuestran que sus protagonistas habitaban ya entonces en galaxias que distaban entre sí muchos años luz.
En la cinta, mientras silban los puñales que se lanzan entre sí los torturados hijos Panero, van asomando la malvada agudeza de Michi y la inteligencia creativa de Leopoldo María frente a la profunda y refinada cultura de Juan Luis, que en las entrevistas siempre renegaba de esta película y de su secuela, Después de tantos años, que Ricardo Franco rodó en 1994 ya sin Felicidad Blanc (fallecida en 1990) en el dramatis personae. «Me aburrió la primera y me aburrió la segunda», confesaba Juan Luis en 1999 ante la omnipresente pregunta.
Desaparecido Juan Luis, de aquella estirpe que en 1976 asumía sin tapujos la decadencia ya solo queda Leopoldo María, el último mohicano de los Panero y prueba viviente de las extrañas paradojas a las que somete este país a su literatura: quien ha sido uno de los mejores poetas españoles de la segunda mitad del siglo XX se ha pasado buena parte de su existencia deambulando de manicomio en manicomio, desde Mondragón a Canarias, hasta el punto de que ha llegado a ironizar sobre la posibilidad de escribir una guía Campsa de los frenopáticos nacionales. Todo un símbolo de ese derrumbe familiar, social y cultural que anticipaba El desencanto y que ha desembocado, cuarenta años después, en el final más bien poco glorioso de la saga. Solo queda ya Leopoldo María, el poeta maldito que dedicó un libro al psiquiátrico de Mondragón, habitante de un agujero llamado Never More y que, entre otros hallazgos, es autor de una hermosa y hoy inencontrable traducción de Peter Pan en la que explora las conexiones entre la literatura infantil, la de terror y las vanguardias. Allí encontramos una brutal frase de Sir James Matthew Barrie que ya profetizaba este apocalipsis Panero: «Los dos años son el principio del fin».

Niemeyer, la curva infinita

viernes, diciembre 7th, 2012

Por solo diez días no llegó a sumar 105 años. La mirada de Óscar Niemeyer (nacido en Río de Janeiro, el 15 de diciembre de 1907, como Óscar Ribeiro de Almeida Niemeyer Soares Filho) se apagó definitivamente la madrugada del miércoles al jueves en el hospital de Río en el que llevaba ingresado desde el pasado Día de Difuntos (todo un augurio).
El arquitecto brasileño logró doblegar el hormigón armado hasta trazar con este áspero material las poéticas y sensuales curvas que han convertido su obra en un icono de la segunda mitad del siglo XX. Y, a pesar de que dobló de largo la esquina del cambio de centuria y de milenio, Niemeyer es fundamentalmente un símbolo de ese siglo convulso que, cabalgando a lomos del idealismo, inventó algunos de los monstruos más aterradores de la historia. Niemeyer fue hasta su último aliento un comunista irreductible y en su boca se podían oír sentencias como que el sanguinario Stalin fue «un sujeto fantástico» o que la difunta URSS forjó «sesenta años de gloria para la humanidad». Pero ese mismo admirador sin matices del espanto estalinista fue un sutil creador de belleza y un defensor de las clases obreras que, a causa de su militancia comunista, tuvo que exiliarse en París durante la dictadura militar brasileña.
Comenzó su carrera en el estudio de su gran maestro Le Corbusier, con el que colaboró, junto a otros, en el diseño del edificio de las Naciones Unidas a orillas del río Hudson, en Nueva York. Pero Niemeyer será recordado, en esencia, por estampar su indeleble huella en ese otro gran paradigma del siglo XX llamado Brasilia. Entre 1956 y 1960 trabajó con su camarada (en la arquitectura y el comunismo) Lucio Costa para levantar en medio de la nada la que sería desde entonces la nueva capital del Brasil. Llevan su firma seis de los principales edificios de ese extraño sueño burocrático, la obra de un puñado de visionarios que todavía entonces creían en la posibilidad de dar forma a una ciudad ideal despojada de historia. Suyos son los proyectos de la sede del Tribunal Supremo, la Catedral, el Congreso, el Complejo Cultural de la República y los palacios de Alvorada y Planalto (sede de la presidencia, donde se ha instalado su capilla ardiente).

De Mondadori al Sambódromo
Dejó su firma en la sede de la editorial Mondadori, en Milán, en la que trabajó entre 1968 y 1975, y en el Sambódromo de Río, donde también se alzan las elegantes sinuosidades del Museo de Arte Contemporáneo de Niterói. Ya en el último tramo de su existencia levantó su única obra en España: el polémico Centro Cultural Internacional Óscar Niemeyer de Avilés, el enésimo caso autóctono de recinto cultural sin proyecto ni contenido. Un coloso que, tras devorar una inversión de 40 millones de euros, tuvo que echar el cierre hace ahora un año.
Arquitecto, en suma, de luces, sombras y curvas, su trayectoria se tradujo en premios como el codiciado Pritzker (1988) y el Príncipe de Asturias de las Artes (1989).

Roth y Kertész: no va más

domingo, noviembre 18th, 2012

«Cuando no conocía la vida, escribía; ahora que conozco su significado, no tengo nada más que escribir». Oscar Wilde justificaba así por qué durante los dos últimos años de su existencia, atrincherado en el Barrio Latino de París, no añadió ni una sola línea a una de las obras literarias más deslumbrantes del siglo XIX. Padecía lo que Enrique Vila-Matas ha definido como «síndrome Bartleby», en alusión al célebre escribiente del cuento de Herman Melville que, ante cualquier petición, siempre replicaba tajante: «Preferiría no hacerlo». Vila-Matas exploró los abismos mentales y vitales de los escritores que un buen día deciden callar para siembre en su memorable Bartleby y compañía (2000). A este singular inventario de la literatura del No se han sumado esta misma semana dos ilustres autores contemporáneos que acaban de anunciar su retirada definitiva de la escritura: Philip Roth (Newark, 1933) e Imre Kertész (Budapest, 1929).

«Némesis», el punto final
El yanqui aprovechó una entrevista con la cabecera francesa Les Inrockuptibles para confesar que Némesis —publicada originalmente en inglés en el 2010 y en castellano un año más tarde— será su última novela, detalle que confirmó posteriormente su editora, Lori Glazer, vicepresidenta del sello Houghton Mifflin.
«Lo hice lo mejor que pude con lo que tenía», sentenció Roth parafraseando al boxeador Joe Louis al final de sus tiempos. El 23 de octubre, en vísperas de la gala de los premios Príncipes de Asturias, Roth explicaba a la prensa española que no podría asistir a la ceremonia a recoger su galardón en la categoría de Letras por estar convaleciente de una operación. «Si supiera cómo parar de escribir, lo haría», auguraba entonces. El gigante que inventó personajes como Portnoy o Zuckerman no tardó demasiado en hallar la clave para zambullirse en el silencio definitivo.

Un Nobel ingresa en el club
Solo unos días después de que trascendiese el desolador punto final de Roth, Kertész también se sumaba al club Bartleby. El húngaro, premio Nobel en el 2002, admitía la imposibilidad de escribir más al dar por agotada su aportación al tema que vertebra su obra: el Holocausto nazi. «Ya no quisiera escribir más», concluyó el asombroso autor de Sin destino.
«Perdemos más con el silencio de Kertész que con el de Roth. Kertész, al que conocí en Budapest, es un hombre muy inteligente, nunca se le ocurriría —como le ha pasado a Roth, ensimismado en su gloria— pensar que era asombroso que en un país como España la gente se interesara por su obra siendo esta una obra escrita —dijo Roth— para sus compatriotas. Yo creo que Kertész tiene a la humanidad entera como compatriota y su testimonio aún no había terminado», explica Vila-Matas a La Voz.

¿Nada que decir?
El escritor barcelonés rechaza de plano la idea de que un escritor se retira porque ya no tiene nada más que decir: «Kafka desmonta este tópico porque siempre dijo que no tenía nada que decir, lo que no fue óbice para que escribiera hasta el fin de sus días». «Y no nos olvidemos de que Walser es un claro ejemplo de que se puede escribir que no se puede escribir», añade.
Por el catálogo de silencios que compone Bartleby y compañía se deslizan, además de los ya mencionados Kafka y Walser, literatos del no como Rimbaud, Salinger o Rulfo quien, cuando le preguntaban por qué ya no escribía más solía contestar: «Es que se me murió el tío Celerino, que era el que me contaba las historias». También se asoman Hofmannsthal y su célebre Carta de Lord Chandos; De Quincey, que dejó la tinta por el opio durante unos lustros; Juan Ramón Jiménez; otro Roth, Henry, que aguardó treinta años para retomar la escritura después de su fulminante Llámalo sueño; y un J. V. Foix que, según descubrió Pere Gimferrer, seguía por las noches soñando poemas aunque no los escribiese ya.
Vila-Matas traza una precisión final sobre esta sutil cuestión: «Pero nunca llegamos a escribir, en el sentido más exigente de la palabra: nunca escribimos de verdad. Y es que escribir es tratar de escribir lo que escribiríamos si verdaderamente escribiéramos».

Goodbye, Emmanuelle

viernes, octubre 19th, 2012

 

Sylvia Kristel fue uno de esos juguetes rotos que el cine se deja olvidados entre las botellas y los ceniceros al final de la fiesta. La actriz, fallecida de cáncer en su Holanda natal la madrugada del miércoles al jueves, sobrevivió cuatro décadas bajo la piel de Emmanuelle, el personaje que la catapultó al estrellato y que la convirtió en icono erótico de una generación.
Mucho antes de sentarse desnuda en su legendario sillón de mimbre Kristel fue la niña que vivía con su hermana Marianne en la habitación 21 del Commerce Hotel de Utrecht, propiedad de sus padres. Si había mucha clientela, las pequeñas tenían que mudarse en plena noche al cuarto 22 que, según contaba años después la actriz, no era más espacioso que un aparador.
Cuando tenía 16 años su padre apareció con una mujer, se la presentó a la familia como su futura esposa y envió al descansillo a Kristel, su madre y su hermana. En ese instante la actriz decidió emprender el vuelo. Primero se convirtió en modelo profesional y, con 17 años, fue elegida Miss TV Europa, un título que le permitió saltar al celuloide. Tras algún que otro escarceo cinematográfico, llegó Just Jaeckin y la transformó en Emmanuelle (1974), papel por el que se embolsó apenas seis mil dólares. El filme, que relata sin tapujos las peripecias eróticas de una joven, se elevó en cuestión de meses a la categoría de símbolo de la libertad sexual que trajeron consigo los setenta. El largometraje, que no se pudo ver en España hasta la llegada de la democracia, permaneció ininterrumpidamente durante trece años en la cartelera de una sala de los Campos Elíseos y más de un español cruzó la frontera solo para descubrir los usos secretos del célebre sillón de mimbre.
A Emmanuelle le siguió un año después, Emmanuelle 2, la antivirgen, por la que Kristel ya cobró 100.000 dólares, y una serie de infumables secuelas que va desde Goodbye, Emmanuelle (1977) a la dudosa trilogía producida en los noventa sucesivamente sobre la venganza, la magia y el amor de Emmanuelle.

Pero en la filmografía de Kristel no todo consistió en lucir carne. También dirigió un excelente corto sobre las ilustraciones de Topor y rodó a las órdenes de Francis Girod y del escritor y cineasta Alain Robbe-Grillet. En 1977 protagonizó su mejor cinta, Alicia o la última fuga, nada menos que del gran Claude Chabrol. Ese fue el instante en que su carrera podría tal vez haber girado a otras latitudes pero, en lugar de seguir el sendero de Chabrol, la actriz holandesa se embarcó en 1979 con rumbo a Hollywood, tras facturar en España un clásico del destape: el bodrio hispano-italiano Camas calientes, en el que compartía escabrosas escenas de colchón con Ursula Andress y los machos carpetovetónicos encarnados por José Sacristán y José Luis López Vázquez.
No subió el listón en Hollywood, donde protagonizó cintas como Aeropuerto 79, El disparatado agente 86 y el que sería su mayor éxito de taquilla: La primera lección, en la que instruía en las artes amatorias a un Eric Brown de solo 15 años (50 millones de dólares de recaudación). Luego, llegaron las adicciones y el descenso a los infiernos entre telefilmes y series B eróticas, y Sylvia Kristel se derrumbó bajo la leyenda de Emmanuelle.

Con las cosas de leer no se juega

viernes, septiembre 28th, 2012

Los que sumamos ya alguna cicatriz en el pellejo rescatamos de tiempo en tiempo aquella frase que, de cativos, nos soltaban nuestros mayores. No se juega con las cosas de comer, rezaba la letanía que, cada mediodía, espetaban profes y adultos a los pequeños irredentos empeñados en montar sobre el mantel un silo de ojivas nucleares armadas con miga de pan. La lección quedó incrustada en las neuronas de toda una generación, pero parece que no ha dejado huella en las inquietas mentes de la política. Olvidan que, lo mismo que no se juega con el pan, tampoco conviene andar meneando sin necesidad el Códice Calixtino, un tesoro único en el planeta, que acaba de ser rescatado de las catacumbas tras un año a la sombra de un garaje. Ya sabemos que el Gaiás necesita cebos que atraigan al público a sus desangeladas salas. Y el más goloso que se puede colgar ahora mismo del anzuelo es el manuscrito medieval, estrella del folletín de O Milladoiro. Pero el Calixtino ya tiene desde hace ocho siglos su lugar en el mundo, y no está en medio de un monte de la periferia de Santiago, sino entre los muros de su asombrosa catedral. Así que será mejor no jugar con las cosas de leer. Ni siquiera con guantes.

Gatsby no se acaba nunca

sábado, septiembre 22nd, 2012

«Cuando era joven y más vulnerable mi padre me dio un consejo sobre el que he pensado mucho desde entonces»

El gran Gatsby. Francis Scott Fitzgerald. Traducción de Susana Corral. Reino de Cordelia.

 

Hay en los grandes narradores norteamericanos un cierto tono épico, casi bíblico, que logra por momentos que en su prosa emerja ese asombro inicial ante un mundo tan fieramente nuevo en el que todo estaba todavía por inventar. No es casual la devoción de Mark Twain, uno de esos gigantes de la narrativa estadounidense, por las peripecias de Adán y Eva. Es en esa sutil ingenuidad adánica, no exenta paradójicamente de violencia escénica, donde se encierra la magia fundacional de una literatura.
Lo cuenta en un párrafo de abrumadora belleza uno de los grandes, Francis Scott Fitzgerald (Saint Paul, Minnesota, 1896-Hollywood, 1940), en las postrimerías de El gran Gatsby: «Los árboles desaparecidos —los que habían dejado sitio a la casa de Gatsby— habían satisfecho en susurros el último y el más grande de los sueños de la humanidad; durante un momento transitorio, encantado, la humanidad debió contener la respiración en presencia de este continente, obligada a realizar una contemplación estética que ni entendía ni deseaba, enfrentada por última vez en la historia a algo proporcional a su capacidad de asombro».
El lector, como esa humanidad iniciática, contiene también el aliento al zambullirse una vez más en este libro único, recuperado ahora por el sello Reino de Cordelia en una nueva y espléndida traducción de Susana Carral. ¿Quién no ha soñado alguna vez con ver cruzar el jardín al chófer de Jay Gatsby con una invitación en la mano para asistir a una de sus multitudinarias fiestas en las que los hiperhormonados universitarios sostienen «conversaciones obstétricas» con las coristas y el champán circula en cantidades industriales en copas sospechosamente parecidas a lavafrutas?
La fiesta, por supuesto, desemboca inevitablemente en una cruda y larga resaca. Nada muy diferente de la propia existencia, como sabían bien Fitzgerald y la indómita Zelda Sayre, que escribieron el guion de su vida con la tinta del alcohol y el jazz.
Reino de Cordelia y su sello hermano, Rey Lear, rescatan otros dos títulos cruciales del yanqui. Tres historias en torno a Gatsby, también en versión de Susana Carral, reúne relatos escritos en paralelo a su gran novela de 1925. Los cuentos, entre los que sobresale el formidable Daños, puño americano y guitarra (1923), fueron concebidos como tentativas de la atmósfera y personajes de su obra maestra, que en el fondo no guardan demasiada distancia respecto a las agitadas peripecias que protagonizaron el propio Scott y Zelda.
Y ya asomándose al abismo del devastador crack del 29 publicó Fitzgerald el tercer volumen que ahora edita Reino de Cordelia: La adolescencia de Basil Duke Lee. La novela, que vio la luz por entregas entre 1928 y 1929 en The Saturday Evening Post, resucita en esta edición de Susana Carral con el capítulo Una fiesta especial abriendo el volumen, devolviendo este fragmento al lugar elegido inicialmente por Scott y que, por diversas circunstancias editoriales, se había quedado por el camino en otras versiones. A pesar de la aversión del autor a sus colaboraciones en prensa, el conjunto no se resiente y traza una novela clásica de aprendizaje, anticipándose en cierto modo al Holden Caulfield de Salinger.
Scott, vapuleado durante una época por sectores académicos y críticos, se ha consagrado con el tiempo como uno de los autores mayores de la literatura norteamericana. Y Gatsby, como sus fiestas, no se acaba nunca.

Philip Roth logra doblegar a la Wikipedia

martes, septiembre 11th, 2012

«Las pantallas nos han derrotado», sentenciaba en el 2008 Philip Roth ante el avance implacable de las nuevas tecnologías sobre las ruinas del mundo de papel en el que creció este excepcional narrador. Cuatro años después, el propio Roth se ha encargado de devolver el golpe (aunque solo sea uno) a las pantallas, en este caso en el rostro de la Wikipedia.

Esta peripecia comienza cuando el propio Roth cae sobre la entrada que la enciclopedia virtual dedica, en su edición en inglés, a su novela «La mancha humana». En el apartado «Inspiración» la Wikipedia apuntaba hasta hace sólo unas horas que la narración se inspiraba en la vida del escritor Anatole Broyard. Airado, Roth se puso en contacto con los responsables del portal para que corrigiesen el «serio error», ya que según el propio autor el relato se basa en un episodio real que protagonizó su amigo Melvin Tumin. Sin embargo, desde la Wikipedia respondieron al escritor que no era «una fuente creíble». «Entendemos su punto de vista de que el autor es la mayor autoridad sobre su propia obra, pero nosotros necesitamos fuentes secundarias», le explicó el administrador de la web.

Más furioso todavía, Philip Roth desenfundó su afilada pluma y remitió una larga y contundente misiva a la revista The New Yorker. En su escrito, el autor detalla que las desventuras de su personaje Coleman Silk, el vecino del indomable Nathan Zuckerman en la novela, se basan en un episodio sufrido por su amigo Melvin Tumin, profesor de Sociología en Princeton. En una de sus clases Tumin, preocupado por la ausencia reiterada de dos alumnos durante todo el semestre, pregunta a sus compañeros si saben algo de ellos: «¿Existen o son solo fantasmas?». El problema fue esa palabra elegida (spooks, en el original inglés), usada en el pasado peyorativamente contra las personas de color. Y esos dos alumnos ausentes que Melvin (Silk en el libro) no conocía eran precisamente dos jóvenes afroamericanos. A partir de ese momento, el fantasma (muy real) de lo políticamente correcto entra en escena y la vida de Melvin se derrumba hecha añicos.

Aunque a regañadientes, la Wikipedia recoge desde hoy esta enmienda planteada por Roth en la entrada en inglés de «The Human Stain». No obstante, sus responsables se aferran a la teoría inicial e insisten en que críticos literarios como la afamada Michiko Kakutani, de The New York Times, han comentado también que Coleman Silk está inspirado en Anatole Broyard, algo que Roth ha venido negando reiteradamente en las entrevistas.

El saludable debate abre, a partir de ahora, una interesante reflexión sobre la autoridad competente para analizar una obra literaria. ¿Quién sabe más? ¿El propio autor o los sesudos críticos y académicos? Al menos en esta colisión el escritor ha ganado la batalla.

En busca de la sombra perdida

domingo, agosto 26th, 2012

Hasta el aire, ya lo contó Luis Pimentel, traza su sombra sobre la hierba. Lo sabía Peter Pan, que pidió a Wendy que le cosiera la suya al talón para que no huyera por las techumbres y chimeneas de Londres. Manhattan, sin ir más lejos, no es más que una gran sombra de rascacielos de vidrio y acero. Y las catedrales y las pirámides se alzaron solo para proyectar su oscura silueta sobre el suelo de la antigüedad. Por eso, ahora que hasta para pedir un gin-tonic en el bareto del pueblo hay que escudriñar dos cartas de tónicas y ginebras más abultadas que la última parida de la literatura de aeropuerto, convendría que algún sesudo doctorando pusiera por escrito el catálogo de sombras del verano atlántico. Poco queda ya de aquella Hispania de Astérix y Obélix que una ardilla podía recorrer brincando de encina en encina, pero aún resisten un par de charcas verdes y umbrías. Sobreviven la sombra severa del castaño, la sombra de filigrana de los pinos, la sombra barroca y boscosa de la buganvilla, la sombra perfecta de la parra de vino del país (nada de parras travestis de kiwis peludos) e incluso la sombra proustiana de las muchachas en flor. Pero agoniza agosto y la sombra que salva al rostro pálido del sopapo solar que le fríe las meninges, la sombra que emerge del humus para oxigenar la epidermis y el tuétano, es la sombra sagrada de la vieja piedra tallada por los canteros en los soportales de Galicia hace dos o tres siglos. Porque, después de la liturgia del aperitivo, la sombra es el mayor invento de la historia de la humanidad.

Agitado, no mezclado

domingo, agosto 19th, 2012

Este verano viene agitado –pero no mezclado, matizaría 007 aferrado a su martini- por la fiesta jolgorio que han montado bancos, banqueros y bancarios con las finanzas mundiales en general y las españolas en particular. Pensaba ingenuamente el rostro pálido que los bancos eran los lugares donde se guardaba la pasta de unos para prestársela luego a otros con ciertas virguerías contables por medio, pero resulta que lo que se custodiaba en estas lúgubres y blindadas casonas no eran fajos de billetes, sino agujeros. Redondos, contantes y sonantes como los inexistentes euros. La colección de cráteres, hoyos, buratos y simas suma a ojo un diámetro de cien mil millones de euros. Los mismos tipos que cavaron esa fosa de la Marianas con sus manos y sus bolsillos, o sea, los banqueros y los políticos (cargo que paradójicamente en algún caso incluso ha coincidido en el mismo avispado individuo) se afanan ahora en pontificar por esquinas y tertulias televisivas (que en muchos casos se parecen demasiado a las esquinas) las recetas para salir de la madriguera. Menos mal que cuando se apaga la tele y su absurda coreografía de corbatas, gominas y listillos, cuando se esfuman las pantallas y sus borrosos inquilinos, se enciende sobre la parra la astronomía del viejo mundo analógico y uno todavía puede ejercer su desobediencia civil abriendo un anticuado y amarillento libro de papel -sí, de papel, qué pasa, yo también soy un zombi- bajo el fanal donde crepitan los grillos y los coleópteros se meten un chute de luz.