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Archivo para septiembre, 2010

Más tauromaquias

Jueves, septiembre 23rd, 2010
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De vez en cuando se monta mucho lío con los toros. Pasó hace unos meses con las corridas y ahora mismo con los correbous, una entrañable tradición  que consiste, en plata, en prender fuego a los cuernos del bicho y ponerlo a trotar por las calles del pueblo, más que nada para iluminar la vía pública con energías renovables y para dar lumbre a los despistados, que siempre hay algún pasmón que quiere echar un pitillito y cuando mete la mano en el bolsillo resulta que se ha dejado el mechero en la barra del bar. No hay problema. Pasa el morlaco, le dices que se arrime a la acera, acercas el rubio al pitón izquierdo y listo. Hay mecha para rato. Yo, la verdad, no entiendo mucho de toros. En mi ciudad hay una plaza, pero es uno de esos recintos multiusos que lo mismo valen para la lidia que para un concurso canino o un concierto de Supertramp. Es todo tan prosaico que, cuando el diestro lo corta todo y sale a hombros por la puerta grande, se encuentra de repente en medio del aparcamiento del Carrefour. El maromo se queda tan descolocado que a veces, para salir del paso, mete un euro en el carrito y se pasa por la pescadería vestido de luces, a ver a cuánto van las parrochas. Y así no hay quien se aficione a la tauromaquia, claro. Puestos a elegir, ni corridas, ni correbous, ni mingas. Me quedo con el toro Ferdinando.

Angelitos

Jueves, septiembre 16th, 2010

A los niños los carga el diablo. Lo mismo se encaraman a un árbol y se tiran de morros para probar la resistencia del empedrado que revientan de un balonazo la porcelana de Limoges de la abuelita. Las criaturas vienen así de fábrica, con las trastadas como equipamiento de serie. Vale. El problema son los extras. O sea, cuando al diablo se le va la mano y carga a la chavalada no con balines o munición de fogueo, sino con ojivas nucleares. Ha pasado en Cea, donde el pan es arte. Allí la Guardia Civil acaba de echar el guante a cinco elementos (dos de 18 años y tres menores) acusados de unas fechorías que parecen extraídas del guión de El Vaquilla o de uno de esos videojuegos en los que cosechas bonus por atropellar ancianitas. Sucedió un fin de semana de agosto. Primero los cinco mozos se plantaron en un bar del pueblo (lo más parecido a una ludoteca), birlaron el coche de un lugareño y enfilaron la carretera hacia el colegio público. Después de reventar lo que encontraban a su paso, prendieron fuego al edificio y se llevaron puestos cinco ordenadores. Y, como ya era algo tarde, a casita, a dormir, que al día siguiente tocaba piscina y paseo por el campo. Los muchachos pasaron por la piscina municipal, sí, pero no para aliviar las hormonas con un poco de natación, sino para arrasar los vestuarios con un toque Terminator muy logrado. Luego, para culminar la hazaña, subieron a un monte, quemaron el coche robado y, ya metidos en faena, provocaron un incendio forestal. Qué menos. Claro que, a lo mejor, resulta que todo esto son chorradas y, en el fondo, lo que pasa es que son unos angelitos y la culpa es de los profes (o de la sociedad), que les tienen manía. Al tiempo.

P.S. (15.00 horas). Matizo: Según cuenta Marta Vázquez en su excelente crónica, no fueron los cinco angelitos los que mangaron el coche, sino el más pequeño de todos (de unos 15 años), que luego recogió a las otras criaturas camino del colegio. Ya me quedo mucho más aliviado.

La mirada implacable de Oates

Sábado, septiembre 11th, 2010

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Una de las corrientes subterráneas que atraviesa sin redención la biografía de América —tal vez la de cualquier país— es la violencia. Esa violencia fundacional, sobre la que se alzaron las fronteras de Estados Unidos, y que parece empapar la atmósfera del continente desde la época de las grandes migraciones al Oeste hasta nuestros agitados días. Una de las más agudas indagadoras de esa constelación de violencias, que parece hallarse encriptada en el código genético de su nación, es la escritora Joyce Carol Oates (Lockport, Nueva York, 1938), capaz de adentrarse sin miramientos en ese universo convulso, siempre al borde de la de la erupción, en el que hasta el propio paisaje se contagia de esas raíces estremecidas por el caos: «Si ibas en coche por las zonas rurales al norte de la ciudad —las estribaciones de los montes Adirondack—, veías los restos de antiguos glaciares en su lenta violencia, lo que hacía que el paisaje rocoso se retorciera como algo obligado a pasar por una trituradora de carne» (página 27).
Ese es el oxígeno que se respira en el entorno de Sparta, estado de Nueva York, la población imaginaria y asfixiante a la que regresa Oates en su novela número 57, Ave del paraíso, publicada ahora en castellano por Alfaguara. Por supuesto, el único paraíso que se vislumbra en las 500 páginas de la obra es el de la canción (Little Bird of Heaven, de los Reeltime Travelers) de la que toma su título, porque lo que abunda en este denso relato son precisamente los reversos del cielo, esos infiernos cotidianos que a veces se desploman sobre nuestras cabezas por un golpe de azar y que en otras ocasiones somos nosotros mismos quienes nos empeñamos en construir piedra a piedra con nuestras propias manos.
De esas miserias existenciales se nutre el cosmos de Oates en esta Ave del paraíso, que arranca con aires de novela policíaca tras el asesinato, en febrero de 1983, de Zoe Kruller, camarera y cantante de bluegrass, y evoluciona luego, como ya se ha apuntado, a una cruda travesía por esas violencias a pequeña o gran escala con las que convivimos a diario y que en lugares como Sparta pueden desatarse con sorprendente facilidad. Los dos principales sospechosos del crimen son su amante, Eddy Diehl, y su marido, Delray Kruller. Y serán precisamente la hija de Diehl, Krista, y el hijo de Zoe y Delray, Aaron, quienes tomen la palabra para contarnos, con su torturada voz adolescente, los acontecimientos que rodearon el asesinato.
Al igual que la narrativa de su compatriota Richard Ford, la prosa de Joyce Carol Oates consigue desmenuzar con extremada astucia esas vidas corrientes de la América real, esas existencias mediocres de tipos cosidos a navajazos, perdedores como Eddy Diehl, que a pesar de los golpes recibidos sobreviven con media sonrisa en la cara mientras puedan subirse a un Cadillac Seville 1976 recién lustrado y dar una vuelta a orillas del Black River. Y es en esos retratos de seres a la deriva donde la mirada de Oates se revela implacable. Como un taladro.

Tres rostros pálidos

Miércoles, septiembre 1st, 2010

Por esas cosas de que no siempre coincide exactamente el periódico con su reflejo en Internet, se me habían quedado en el tintero tres columnas del Rostro Pálido que salieron en papel, pero no en el blog. Aquí las planto por si todavía hay alguien por ahí que no esté saturado del tema. Gracias a todos por vuestros comentarios y ánimos. Un enorme y blogosférico abrazo.

El niño de la pelota (17 de julio)

El experimento es sencillo. Se agarra un puñado de arena y se arroja al suelo. Al rato, como muy tarde a los cinco minutos, aparecen un niño y una pelota. Nadie ha estudiado a fondo este misterio. En Oxford sospechan que tiene algo que ver con la ley de la gravitación universal de Newton. No sé, pero el caso es que igual que los rostros pálidos y el sol nos repelemos mutuamente, la arena y el niño de la pelota se atraen sin remedio. Otro truco para hacer aparecer al niño de la pelota es abrir un libro. Supongamos que, por un error, estamos bajo una sombrilla en la playa y se nos ocurre agarrar esa novela que no conseguimos leer en invierno. Ya en la primera página, qué digo, en el primer párrafo, aparece el niño y de un pelotazo manda el libro a pastar entre las arenas, que no serán movedizas, pero se tragan el tocho en una décima de segundo. Pero este verano promete. Porque al nene del balón le ha comprado su papá un Jabulani, esa esfera que solo Iniesta consiguió domesticar. Ni Einstein podría predecir en qué calva va a aterrizar la bola de las pelotas.

Horteras (18 de julio)

En verano, el hortera que todos llevamos dentro muchos lo llevan por fuera. Probablemente esta sea una de las mayores paradojas de la historia de la humanidad: el hortera playero logra, con un mínimo imprescindible de prendas sobre el pellejo, agredir de forma inmisericorde la vista de los incautos paseantes.
Con el sol sobre el pescuezo aparecen las camisetas de sobaquillos al aire, las bermudas caídas para lucir los gayumbos de flores, las sandalias con calcetines, las gafas de sol calzadas sobre el pelo engominado —¿tal vez para iluminar el cerebro que, suponemos, viaja debajo de la gomina?— y, por supuesto, las omnipresentes riñoneras.
La riñonera, que parecía inofensiva cuando la llevaba el honesto cobrador del tranvía, ha resucitado diabólicamente como alforja posmoderna del hortera, que ni siquiera la deja en la tumbona cuando va a remojarse los pies en la espuma del mar, no vaya a ser que lo llame su cuñado al móvil justo en ese momentito. La riñonera, por sí sola, bastaría para odiar el verano.

Pieles rojas (19 de julio)

El zoo humano del verano es casi el mismo que el de las pelis del Oeste: el mundo se divide en rostros pálidos y pieles rojas. Por lo menos ahora, en estos tiempos sosainas, indios y vaqueros no se lían a tiros, ni se arrancan las cabelleras a las primeras de cambio. A estos especímenes se añade la denominada mojama o uva pasa, que es esa señora que se quedó dormida tres horas en la lámpara del solario —o en la toalla, a la hora del melanoma— y acabó como absorbida, deshidratada, hecha una cecina y lista para envasar. También hay seres mutantes, y no me refiero a los diputados, sino a esos guiris que pasan en cuestión de segundos de rostro pálido a piel roja. Son esos entusiastas nórdicos que miran muy sorprendidos la taquilla de la plaza de toros, porque no entienden que el tendido de sombra sea más caro que el de sol (por el que apoquinan sus buenos euros sin pestañear). Van por ahí, colorados como centollas recién hervidas, hasta que en un semáforo cualquiera los recoge una ambulancia del 061 rumbo a la unidad de quemados, sección churrasco de guiris.