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Archivo para mayo 23rd, 2009

El poeta de la oficina

Sábado, mayo 23rd, 2009

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Obituario de Mario Benedetti publicado hoy en el suplemento Culturas de La Voz de Galicia, texto que se acompaña de una excelente columna de opinión de Ana Abelenda, titulada Militante de la vida, y de una magnífica caricatura de Leandro.

BENEDETTI, EL POETA DE LA OFICINA*

En apenas unos días, Montevideo ha perdido a dos de sus mayores voces poéticas. A finales de abril se extinguía Idea Vilariño y el 17 de mayo se despedía para siempre del Río de la Plata su buen amigo Mario Benedetti, nacido en 1920 en Paso de los Toros como Mario Orlando Hamlet Hardy Brenno Benedetti Farugia (toda una profecía literaria).

Se ha repetido hasta el infinito que Benedetti era un «escritor comprometido». Comprometido, como es notorio, con la izquierda latinoamericana y sus movimientos revolucionarios, muy especialmente desde 1959, que el propio escritor calificó como su «año decisivo». En esa fecha se produce su primer viaje a Estados Unidos —cuyas impresiones retrata en el poema Cumpleaños en Manhattan—, publica el libro de relatos Montevideanos, escribe la novela La tregua y asiste, como entusiasta espectador, a la Revolución cubana. Su fidelidad a los postulados de la dictadura castrista, para la que trabajó varios años como funcionario de la Casa de las Américas durante su exilio en La Habana, es uno de los puntos más controvertidos de su trayectoria y provocó encendidas polémicas con intelectuales críticos con el régimen, como el poeta gallego José Ángel Valente.

Pero la etiqueta del compromiso político resulta demasiado estrecha para abarcar una obra que suma ochenta títulos, entre poemarios, relatos, novelas, ensayos, textos teatrales y crítica literaria. Incluso el propio autor, hastiado del sambenito, llegó a afirmar que únicamente «seis o siete» de sus libros eran de tema político. Uno de los grandes hallazgos de su literatura fue la precisa descripción de la existencia cotidiana de la clase media uruguaya, que bordó en tres títulos: Poemas de la oficina, Montevideanos y La tregua, novela que suma 200 ediciones, en la que se narra la gris vida de Martín Santomé, un contable viudo a punto de jubilarse que atisba un último soplo de felicidad al enamorarse de su joven compañera Laura Avellaneda.

El golpe de Estado de 1973 forzó a Benedetti a abandonar Uruguay, adonde no pudo regresar hasta el final de la dictadura militar, en 1985. Esos doce años de ausencia, durante los que vivió en Buenos Aires, La Habana y Madrid, convirtieron el exilio en otra de las grandes obsesiones de su literatura, como la indagación en la realidad histórica y el amor, asuntos que manejaba con especial querencia en su obra poética. Porque la poesía era su escondrijo predilecto, el género en el que debutó con tan solo 25 años (La víspera indeleble, 1945) y al que entregó su último aliento creativo (Testigo de uno mismo, 2008). Entre ambos títulos cosechó las sucesivas versiones de su Inventario, que iba nutriendo con nuevos versos en cada reedición del emblemático sello de su amigo Chus Visor. En un tiempo en que la poesía ha sido prácticamente barrida del mercado, Benedetti fue uno de los últimos poetas populares. Sus versos sencillos y directos se transformaron en letras de las canciones de Serrat o Viglietti, aunque esa sencillez ha sido también una de las objeciones que ciertos críticos plantean a su obra, por considerar el tono demasiado coloquial o prosaico.

Su relación con Galicia no fue estrecha, pero dejó algunas muescas en su biografía, como relata Hortensia Campanella en Mario Benedetti, un mito discretísimo. En 1946, el año de su boda con Luz López, la pareja viaja a Europa junto a sus suegros, pero la dictadura franquista impide a Mario —colaborador ya entonces de la publicación izquierdista Marcha— desembarcar en Vigo y tiene que zarpar rumbo a Francia con su esposa. El padre de Luz, Rodrigo López, fallece repentinamente en la ciudad gallega, a la que tiene que volver de inmediato el joven matrimonio para asistir a su entierro.

Tres decenios después, en 1977, A Coruña es una de las primeras ciudades en que se estrena su obra teatral Pedro y el capitán, contundente diálogo entre un verdugo y su víctima. En 1984 visitó A Coruña para asistir a la presentación de la edición facsímil de la revista Alfar, impulsada en la Galicia de los años veinte por los uruguayos Julio J. Casal y Rafael Barradas. Benedetti dedicó al viaje un hermoso artículo, Coruñeses y montevideanos, en el que fijó las afinidades entre las dos ciudades portuarias: su «aire salitroso» y una avenida de la Marina que le recuerda a la Rambla costanera de Montevideo.

En 1998 regresó a A Coruña para ofrecer un multitudinario recital en el Teatro Colón. Entonces recordó en La Voz su primera estancia en la ciudad: «Me sorprendió entrar de repente en un bar y encontrar cuadros de fútbol de equipos de Uruguay y coruñeses tomando mate». Era uno esos itinerarios de ida y vuelta que el exilio y la emigración trazaron sobre el Atlántico, el océano que tantas veces cruzó, con su asma a cuestas, el poeta Mario Benedetti. *Por Luis Pousa

MILITANTE DE LA VIDA**

Hacía cosa de un año que su muerte se había convertido en un presagio difícil de esquivar. Pero el adiós se pospuso y el lector tuvo así ocasión de dar la bienvenida a esa serie de ensayos de lucidez y apostura que reúne Vivir adrede, así como a un último testimonio como poeta en Testigo de uno mismo.

El Día das Letras de Ramón Piñeiro, se cerraban 88 años de una vida que no fue fácil, según dejó dicho el propio Benedetti, pero que, a pesar de exilio y «desexilio», no cejó en el empeño de defender la alegría. Si la voz de Serrat sentaba como un guante a sus poemas de pibe legal (memorable vinilo El sur también existe), es difícil no caer en la tentación de hacer un benedettiano viceversa para etiquetar al uruguayo de Paso de los Toros con ese partidario de vivir que proclamó el autor de Paraules d’amor. Solo un militante de este porte podría remedar a Schopenhauer en una de las antologías poéticas indispensables del corpus de referencia sentimental de cualquier neorromántico que no se cuide de serlo.

En El amor, las mujeres y la vida, Benedetti pone a prueba su complicidad con el «hombre común» que se mira desde el otro lado del libro en el azogue de esa clase de ternuras, ironías, sensateces, calambures y afinaciones semánticas que ayudan a comprender de un vistazo la diferencia entre una táctica y una estrategia o el asombroso parecido que cobran de pronto las cosas más triviales y las importantes.

Poeta ante todo, el novelista prefería La borra del café, su título más experimental, al relato de esa segunda primavera truncada que lo convirtió en el pariente lejano más próximo de todas las familias. Sea o no La tregua el novelón en que se ha convertido por sufragio universal, lo cierto es que aquellos que no conocen a Santomé y Avellaneda no dejan de inspirar cierta desconfianza, esa misma que despiertan, por ejemplo, quienes nunca han hecho el tonto por amor.

Hay mucho que leer de un prolífico autor que ha sabido mantener el tipo, pese al rosario de sus cinco nombres de pila, esa gravedad última del córpore insepulto y un tirón comercial que algunos no perdonan. El poeta bueno, el aguafiestas del poder vano, soberbio y corrupto, logró la ubicuidad muchos años antes de morir. Mario Benedetti está, como siempre, en esta y en todas partes. **Por Ana Abelenda


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