Navegar es necesario, vivir no es necesario (Pompeyo)
Ya os he contado muchas veces que todo lo que sé de periodismo lo he aprendido en las redacciones, de mis compañeros. Y una de las personas de las que más he aprendido es de mi buena amiga Rosa Domínguez, que fue durante un buen puñado de años compañera de trinchera en la sección de Local de La Voz. Además de saber escribir formidablemente bien, Rosa también sabe escuchar, que es una virtud periodística hoy un tanto olvidada. Hay gente que va a hacer una entrevista y ya lleva las respuestas escritas, si no en la libreta, por lo menos en la cabeza. Rosa es de las que va a un sitio y deja que hable el otro. Ella escucha y luego nos lo cuenta a los demás. Vamos, lo que se llama periodismo de toda la vida. Y ella lo borda. Al abrir hoy La Voz me he tropezado en las páginas de Local con la magnífica entrevista de Rosa al doctor Alberto Juffé Stein, el cirujano cardíaco que hace ya algo más de tres años reparó mi destartalada válvula aórtica, y que se ha convertido también en un buen amigo. Este es el pedazo de entrevista del que os hablaba. “Creo que hemos ayudado a poner a Galicia en el mapa”.
Durante las Navidades de 1992/1993 me fui de viaje a Estados Unidos, para visitar a una novia americana que tenía entonces y que se llamaba (bueno, y se sigue llamando) Clare. Llegué un atardecer nevado de diciembre al aeropuerto JFK, en el neoyorquino barrio de Queens. Al bajar con mi mochila y Clare al bus lo primero que escuché fue a un pavo que me soltó, en español, que el billete valía un dólar o cinco dólares, no recuerdo. Luego, en el bus que iba a la legendaria Penn Station, fui alucinando al ver las luminarias del Empire State, el edificio Chrysler y las Torres Gemelas, que pude visitar un par de días después. De NYC nos piramos a Newark (New Jersey), al campus de la Rutgers University, una de las grandes universidades de Estados Unidos, donde estudiaba mi santa de entonces. Y, ya digo, después de deambular durante un par de días por Nueva York, cruzamos el continente hasta Bozeman (Montana), un auténtico rincón del Oeste americano incrustado en un paisaje de abrumadora belleza. Pues bien, en aquella ciudad universitaria, de unos 50.000 habitantes, me encontré con una de las librerías más hermosas que he pisado. Con esa amabilidad algo ingenua que se gastan los americanos enrollados, me despacharon tres de los libros que guardo con más cariño en mis destartaladas estanterías: Dublineses, Retrato del artista adolescente y Finnegans Wake. El Ulises ya no me lo compré, porque me había hecho con la pieza un año antes en otro escarceo por Sevilla city. La fiebre joyceana me apretaba las meninges porque el siguiente otoño me iba a ir a estudiar a la University College Dublin, la universidad en la que se había licenciado, hacía ya muchos lustros, el gran James. Recuerdo que el padre de Clare, Mike, que era catedrático de Literatura inglesa en el campus de Bozeman, me dijo muy serio que el Finnegans Wake era un libro ilegible, y más todavía si el inglés no era mi lengua materna. Yo, que entonces era un niñato, no le hice mucho caso, total sólo era un catedrático de Literatura inglesa y tenía publicados un par de libros sobre la poesía de Keats. Así que acabé en Dublín, un año después, tratando de descifrar aquellos párrafos en una cafetería con vistas al río Liffey (Winding Stair Cafe, creo que se llamaba el garito, una de esas librería-café que tanto gustan a los anglosajones). No avancé mucho, claro, porque el libro de marras es probablemente el hueso más duro de roer que se haya parido.
Pasó el tiempo, volví a España con mis libracos y alguna que otra experiencia en la maleta. Deambulé un par de años por Barcelona y acabé, no se sabe muy bien por qué, trabajando de periodista en mi ciudad de origen, A Coruña. Uno de esos días de curro frenético en el periódico, entre rueda de prensa y rueda de prensa, me tocó entrevistar a Domingo García-Sabell, que acababa de dejar la presidencia de la Real Academia Galega. Este sabio vivía en una casa frente al mar en la que atesoraba unos 25.000 libros. Entre otras gemas guardaba, cómo no, un ejemplar del Finnegans Wake. Como Mike Becker en el año 93, García-Sabell, que hablaba cuatro o cinco idiomas, me confesó que aquella obra de Joyce era, sencillamente, ilegible. Entonces, con algunos palos más en los lomos y algo de experiencia acumulada, me tomé más en serio el consejo y empecé a comprender que la novela tal vez no tuviera arista alguna por la que meterle el diente.
Han vuelto a pasar un puñado de años y, deambulando por la Red, me he tropezado ahora con una web en la que se puede leer el Finnegans Wake paso a paso y con generosas anotaciones que aclaran cada párrafo, cada línea, casi cada palabra. A lo mejor ahora podré descifrar este monumento literario de cuyo riesgo ya me avisó alguna gente sabia (mucho más sabia de lo que yo nunca llegaré a ser). Tal vez Internet obre el milagro.
Y, para añadir otra muesca en las cachas de mi navaja de los inicios de novela, adhiero aquí una versión, de cosecha propia, de las primeras tres líneas del Finnegans Wake (no me atrevo a ir más allá). El río es el Liffey, que atraviesa Dublín, Eve and Adam’s es el nombre con el que es conocida popularmente la iglesia de San Francisco de Asís, situada en la orilla del Liffey, y Howth es la península que se adentra en el mar al norte de la bahía de Dublín.
“corre el río, pasada Eve and Adam’s, desde la curva de la orilla hasta el recodo de la bahía, nos trae por un cómodo vicio de recirculación de regreso al castillo de Howth y alrededores”.
Es conocido que, salvo la traducción de Julián Ríos del capítulo de Anna Livia Plurabelle, y las versiones de otros fragmentos que circulan por la Red (por ejemplo, la del mexicano J. D. victoria en http://www.eloceanodelcaos.com/), el libro no se ha editado en español, entre otras razones porque el texto original es una peculiar amalgama de diferentes idiomas. El vídeo con el que me he tropezado en YouTube, y de cuya autenticidad no respondo, corresponde a la lectura de las páginas 213-216 de la novela (final del famoso capítulo 8, el de Anna Livia) y que enlazo por si alguien quiere seguir el texto acompañado por la (presunta) voz del gran James Joyce.
Suena Shine on me. A la luz de la Torre de Hércules, el flexo posado sobre la mesilla de Monte Alto, esta inmensa canción bien podría ser una especie de himno apócrifo de la ciudad atlántica (de esta o de cualquier otra, por supuesto). “Let the light of the lighthouse shine on me”, reza el coro. Ya sabemos que cantan a otro lighthouse, tal vez al faro aquel al que se dirigía Virginia Woolf, no sé. Pero cuando oigo la palabra lighthouse, qué le vamos a hacer, se me va la mirada a la península de la Torre, que cualquier día se desata de A Coruña y se echa a navegar por el océano sobre su islote de tojos y pedruscos.
Como ya saben los lectores de mi cuaderno de bitácora, que son agudos cinéfilos, este espléndido góspel se esconde en el metraje de Ladykillers, enésima obra maestra de los hermanos Coen, a los que nunca estaré suficientemente agradecido por tesoros como Fargo o Muerte entre las Flores. El coro, no podía llamarse de otra manera, es el Abbot Kinney Lighthouse Choir. Y, para que no me censuren los puristas, aquí dejo la versión original de la canción, del épico Blind Willie Johnson. El vídeo está entre lo friki y lo new-age, lo sé, pero la música es impagable. Shine on me, Willie.
Interroga Lichtenberg en el siglo XVIII: «Cuando un libro choca con una cabeza y suena a hueco, ¿siempre es el libro?». Febrero del 2009, me pregunto ingenuamente: cuando la blogosfera choca con una cabeza y suena a hueco, ¿siempre es la blogosfera?
Siempre me ha hecho gracia esa polémica ontológica de si fue primero el huevo o la gallina, porque para mí, incauto filósofo de andar por casa, está claro que primero fue el huevo, otra cosa es de dónde demonios salió el huevo si no había ninguna gallina merodeando por el corral. Eso queda para el CSI. Y hablando de huevos, gallinas y de quién se sube antes al tren de la historia, tenemos la gran paradoja del grito de Wilhelm. Porque en el caso del grito de Wilhelm, primero fue el grito y luego, cuando ya nadie esperaba a Wilhelm, ni al huevo, ni a la gallina, llegó Wilhelm y puso el grito en el cielo.
Este del vídeo es el primer grito de Wilhelm, el auténtico, el primigenio. El chillido suena por primera vez en esta espeluznante escena de Tambores lejanos (1951), aunque no fue bautizado oficialmente hasta que en 1953 en La carga de los jinetes indios (The Charge at the Feather River) los pieles rojas se cargan de un flechazo al soldado Wilhelm y este, antes de palmarla, suelta su famoso alarido. 39 escalones explica muy bien la historia en este artículo de Cinissimo, que incluye otra recopilación de berridos más actualizada.
Cuando veo los gráficos de la economía en los periódicos, con esas líneas descendentes que parece que se van a salir del papel, y sobre todo cuando escucho a los agoreros y a los profetas del apocalipsis, pienso que esta crisis me suena al alarido más famoso de la historia del cine, que no es el chillido de Tarzán, sino el el grito de Wilhelm, que nació con Tambores lejanos y se fue reproduciendo luego, película a película, en algunos de los títulos más celebrados del celuloide (véase la recopilación del vídeo).
A veces, ya digo, abro el periódico y escucho el grito de Wilhelm. Luego me calmo un poco, me pongo el abrigo (no tengo sombrero), abandono como Walser el cuarto de los escritos o de los espíritus y me echo a andar por la ciudad. Incluso, en algún momento de inesperado coraje, me atrevo a cruzar la línea Maginot y abandono mi barrio. Entonces vuelvo a escuchar el grito de Wilhelm, que se me ha colado sin saber cómo en un bolsillo del abrigo o del cráneo.
“Declaro que una hermosa mañana, ya no sé exactamente a qué hora, como me vino en gana dar un paseo, me planté el sombrero en la cabeza, abandoné el cuarto de los escritos o de los espíritus, y bajé la escalera para salir a un buen paso a la calle”.
Robert Walser, El paseo, Ediciones Siruela, traducción de Carlos Fortea
Como algunos detractores me acusan (seguramente con razón) de ser un apologeta de la infancia, que si demasiado revival, que si demasiada nostalgia, que si demasiados años ochenta, pues he revuelto en los estantes hasta encontrar algo con lo que compensar tanto peterpanismo. Y como andaba estos días a vueltas con la vida y obra de Mario Benedetti, me he tropezado con este poema, La infancia es otra cosa. Aquí va un fragmento, que yo creo que equilibra un poco la balanza:
«Los geniales demagogos de la infancia/ así se llamen Amicis o Proust o Lamorisse/ sólo recapitulan turbadores sacrificios móviles campanarios globos que vuelven a su nube de origen/ su paraíso recobrable no es exactamente nuestro siempre perdido paraíso/ su paraíso tan seguro como dos y dos son cuatro no cabe en nuestro mezquino walhalla/ ese logaritmo que nunca está en las tablas».
P. S. El amigo Benedetti se pasa un pelo al meter en el mismo saco de «los geniales demagogos de la infancia» a Amicis y Proust. Creo que si nos quedásemos sólo con seis o siete escritores de toda la historia, ahí estarían siempre James Joyce, Franz Kafka y Marcel Proust. Amicis, ni de coña, claro.
P. D. Y además, qué pasa, sí, yo también soy un demagogo de la infancia. Me gustan los demagogos de la infancia y hasta me gusta mi infancia, a pesar de que no todo fueron risas y juegos. Vivan los setenta, e incluso los horteras ochenta.
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