¡MÍREME A LOS OJOS!
Martes, febrero 9th, 2010Hace más de cuatro lustros, un compañero se inmiscuyó en mi vida, o me hizo en parte confidente de la suya diciéndome: Nunca escribas una carta de amor tras una ruptura. Es probable que dijese más cosas, él o yo, pero esa frase me devolvió en cierta forma a la introspección de los sentimientos, al recato de sentires que no significa frialdad, gelidez.
Pero todo es demasiado difícil: amor-generosidad, amor-pasión, amor- obsesión, amor-amor que dirían algunos. La sombra se estremece de vez en cuando y me pincha recordando el drama de Don Juan, y yo le respondo, ligeramente taciturna, que el drama, en realidad fue de doña Inés. Ese ¡Ámame porque te amo!, exigente, apremioso, inútil se escuche como se escuche…
Anoche, por primera vez en mucho tiempo y no estando de viaje, me acosté -minutos más o menos- a medianoche, lo que convulsionó la estructura familiar creyendo que me encontraba enferma y había renunciado a esos preciosos minutos u horas de silencio nocturno, interrumpido alguna vez por el ladrido de un can, la llamada en celo de los gatos que crecen y pululan en torno a los ecológicos contenedores de basuras orgánicas.
Pero la noche no es una poética sucesión de minutos con luna o sin ella, con Vía Láctea o nubarrones. Hay motores en marchas prohibidas, derrapes, pitido de tren en lejanía, canciones de borrachos y un rumor de olas desde esta playa en la que vivo… La noche se cierra en mis ojos tras un bostezo y el abrazo a una almohada diseñada ex profeso para los que dormimos lateralmente sobre el costado que no nos gusta y la abrazamos con cierta desesperación para hundirnos en el mar proceloso del sueño.
¡Ay!, pero esta noche tan prometedora, alargada por los imprevistos bostezos, guardaba en si misma una bomba de relojería para instaurar la in-somnolencia. A las cinco de la mañana, como una cita torera en otro hemisferio, con fiereza una voz de mujer reclamó un ¡Míreme a los ojos! Dilo mirándome. He retoñado gracias a ti, a este amor que me crece cada día, porque sabes, Luis, que te amo, que doy mi vida por ti. ¡Míreme a los ojos!
Al apremiante alegato, la noche esperó una respuesta, la sombra se estremeció, yo recupere totalmente la consciencia ante el drama que se intuía bajo mi ventana, en la calle, en un recodo de la vida. Y la respuesta estaba allí, desnuda de afeites, un hombre lloraba y gemía en una trastocada escena de amor, en una calderoniana renuncia. Y a cada exigente ¡Míreme! Respondía una varonil andanada de sollozos. Docta la noche siguió amparando a los amantes y los demás nos sumergimos de nuevo en nuestras sábanas-arena.