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La Voz de Galicia
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Salga el sol por donde sea

13 de julio de 2013 a las 5:00

En el tramo final de la película Isi / Disi. Amor a lo bestia, emitida hace unos días por La Primera, Joaquín Sabina canta Rubia de la cuarta fila: «Y que salga el sol por Algeciras / y la media luna por Bagdag / y los sueños sean mentiras de verdad». Aunque siempre podremos ver salir el sol por donde queramos, para lo cual basta con situarse al amanecer al oeste del punto elegido, el cantante da aquí nueva ubicación al orto en un dicho muy frecuente, «Salga el sol por Antequera», que se emplea tras expresar una decisión o un propósito para indicar que se está dispuesto a llevarlo a cabo sin importar las consecuencias: «De modo que a Francia me voy, y salga el sol por Antequera» (Benito Pérez Galdós, La batalla de los Arapiles, 1875).
La frase completa es «Salga el sol por Antequera y póngase por donde quiera», que suele abreviarse en la forma mencionada y también convertida en «Salga el sol por donde quiera». Luis de Granada (Alrededor del mundo, 21 de diciembre de 1899), al que cita José María Iribarren, nuestro mayor experto en dichos, sitúa su origen en el campamento de los Reyes Católicos durante la guerra de Granada. Hay quien precisa que se dijo la víspera del último y definitivo asalto a la ciudad. La ironía estriba en que Antequera está al oeste de Granada, por lo que desde esta ciudad nunca podrá verse salir el sol por la Anticaria bética.
Una versión más piadosa, recogida en las crónicas del rey Juan II, refiere que al sobrino de este, el infante don Fernando, «el de Antequera», que andaba a disputarle tierras al infiel, se le apareció santa Eufemia de Calcedonia, rodeada de leones y ángeles, el 10 de abril de 1410 en su campamento y le dijo: «No temáis y que nos salga el sol por Antequera y sea lo que Dios quiera».
La intención de trasladar el alba antequerana manifestada por Sabina tiene continuidad en otros cantantes, como Alejandro Sanz, que dice en Nena: «Para ti todo es un juego sin guion, / salirte siempre del renglón… / y salga el sol por Alicante». Bueno, pues vistas las cosas desde aquí, que salga el sol por Fisterra.

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Ni chuflan ni furulan

6 de julio de 2013 a las 5:00

Quien acuda a los grandes diccionarios del español en busca de información sobre furular o su variante furrular se quedará con un palmo de narices, pues para esas obras no existen tales voces. Si rastrea donde hoy se mueven más palabras, la web, las encontrará en miles de páginas, empleadas en contextos coloquiales con el significado de ‘funcionar’ o ‘servir [algo] para la función para la que ha sido ideado’, aunque generalmente en oraciones negativas que expresan que algo no marcha bien: El ordenador no furula; El negocio que montó con sus padres no furula.
El uso de furular es amplio en zonas de España, Venezuela, Guatemala, El Salvador (las academias solo le reconocen allí el significado de ‘pensar’) y México. La relación no es exhaustiva. Lo vemos empleado en catalán, aunque ahí parece ser un hispanismo, y en asturiano (El carru nun furula).
El mismo problema de falta de reconocimiento lo tiene un sinónimo de furular, chuflar. Este verbo sí está en los diccionarios, aunque el de la Academia Española limita su uso a Aragón, le reconoce solo la acepción de ‘silbar’ y le aplica las notas de «rural» y «vulgar». A su pariente chiflar (ambos proceden del latín sifilāre) le da estos significados: ‘Mofar, hacer burla o escarnio en público’, ‘Beber mucho y con presteza vino o licores’, ‘Silbar con la chifla, o imitar su sonido con la boca’ —sentido que ya registraba Covarrubias a principios del siglo XVII—, ‘Perder la energía de las facultades mentales’ y ‘Tener sorbido el seso por alguien o algo’. Con el significado de ‘hacer burla’ se usa tanto chiflar como chuflar, y de ahí las chuflas, chufletas y cuchufletas.
En cuanto a chuflar ‘funcionar’, la atribución de este sentido podría tener relación con chuflar ‘silbar’, pues cuando algo da el rendimiento esperado se dice, siempre en el ámbito de lo coloquial, que pita: El negocio no pita.
En fin, no hagamos un drama del hecho de que no siempre esté en los diccionarios aquello que buscamos en ellos. Será que a veces, como ocurre con tantas cosas, no furulan.

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El «georadar»

29 de junio de 2013 a las 5:00

Un título a buen tamaño en un periódico de Madrid de los que lucen académicos en su nómina de colaboradores nos alerta de que la escritura de palabras con prefijos y elementos compositivos sigue siendo un problema para muchas personas. «Un ‘georadar’ para hallar el dinero» es el texto periodístico en cuestión.
Constantemente construimos palabras uniendo un prefijo o un elemento compositivo a un sustantivo, un adjetivo, un verbo o un adverbio (a- + moral: amoral; in- + apetente: inapetente; in- + capacitar: incapacitar; super- + rápidamente: superrápidamente). En general, los prefijos y los elementos compositivos que actúan como tales se unen a la palabra base. La sílaba tónica de esta mantiene la tonicidad en la nueva voz (ciber- + esPAcio: ciberesPAcio; anti- + GAS: antiGÁS). Obsérvese que nos referimos al acento prosódico, pues, como en el segundo ejemplo, la palabra base puede no tener acento gráfico y sí llevarlo la voz resultante de la prefijación.
En las palabras formadas por este procedimiento, el fonema /rr/ entre dos vocales debe representarse con el dígrafo rr aunque se representase con r inicial antes de la fusión de los elementos (anti- + reumático: antirreumático). Es el caso de georradar, formada con el elemento compositivo geo-, ‘tierra’, y el sustantivo radar.
También cuando el primer elemento de la composición termina en r y el segundo empieza por la misma letra el resultado es la aparición del dígrafo rr entre dos vocales (super- + ratón: superratón). Sin embargo, se da un fenómeno singular. Rr se percibe unas veces como principio de sílaba (su.pe.rra.tón) y otras se ve cada r como perteneciente a sílabas distintas (su.per.ra.tón). En ello influye la menor o mayor conciencia que el hablante tiene de estar usando dos elementos unidos. Esta se manifiesta en la forma de pronunciar esas palabras ([su.per.rre.ac.tór] o [su.pe.rre.ac.tór]) y en su división a final de línea (supe-/rreactor o super-/reactor).
¿Y qué fue del barbarismo georadar? Aparece nada menos que en medio millón de páginas web e incluso en nombres de empresas que fabrican o explotan esos aparatos. Lo de estas es como si un laboratorio veterinario anunciase que prepara vacunas antirábicas para zoros y peros.

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La «traquea» y el «perone»

15 de junio de 2013 a las 20:11

A lo largo del tiempo, muchas palabras del español han cambiado el acento prosódico. Las causas van desde el afán de aproximarlas a sus étimos hasta meros accidentes y errores. Veamos algunos ejemplos.
El latín imbecillis tenía los significados de ‘débil’, ‘ineficaz’ y ‘cobarde’. El español lo incorporó como voz aguda, imbecil, para calificar al enfermo, flaco o débil. A principios del XIX pasó a escribirse imbécil, quizá por contaminación de la forma francesa imbécile.
En el caso de palabras procedentes del griego a través del latín, cuando se acentúan etimológicamente lo hacen unas veces según el latín y otras atendiendo a su origen griego. Y se dan casos de voces españolas acentuadas según un criterio y que cambian con el tiempo. Ocurre, por ejemplo, con parásito (del latín parasītus y el griego παράσιτος). Fue voz grave, parasito, y a finales del XVIII comenzó a alternar con la esdrújula parásito. Hoy solo se usa esta. El gallego, sin embargo, conserva parasito.
Púdico (del latín pudīcus), ‘casto, pudoroso’, alternó con pudico, más etimológico, que usaba Tirso: «… jamás me dio causa / a enojos ni a quejas, / espejo pudico / de castas y cuerdas».
A los médicos les cambiaron muchas palabras. Peroné (del griego περόνη, aunque nos llegó a través del francés pérone), el hueso de la pierna, fue hasta mediados del XIX perone. Y tráquea (del latín trachīa) aparece como esdrújula en el Diccionario de 1843. Hasta entonces era traquea —como en gallego—, aunque los galenos también le llamaban asperarteria y traquiarteria, que impresionaban más a los pobres diablos que estaban en sus manos.
A veces da vértigo este idioma en que los vizcaínos fueron vizcainos y los arcenes árcenes. Pues bien, vértigo (del latín vertīgo) también fue vertigo, y así lo registró inicialmente la Academia, aunque ya mudó el acento a finales del XVIII.
Algo peor que vértigo era lo que sufría un economista que cuando paseaba por el puerto de A Coruña con su esposa cedía a esta el lado del mar porque a él le daba vértice —decía— ver el agua desde lo alto.

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Roturas y rupturas

8 de junio de 2013 a las 5:00

Un periódico informa sobre el testimonio del capitán que precedió a Mangouras al mando del Prestige y dice en el título que «le alertó del riesgo de ruptura» del petrolero. Se plantea aquí el problema del uso indistinto de los sustantivos rotura y ruptura. Ambos tienen el mismo origen, el latín ruptura, y equivalen a rompimiento, ‘acción de romper o romperse’, pero en el tiempo han evolucionado hacia la especialización. Rotura se emplea más para cosas materiales (la rotura de una viga), y ruptura para las inmateriales, especialmente las relaciones entre personas o países (una ruptura sentimental).
No siempre fue así. En los siglos XV y XVI se usaban indistintamente. Pero la Academia Española dice que ambos sustantivos no son hoy intercambiables, e insiste en que cuando se trata de realidades materiales, se prefiere el uso de rotura y si se trata de realidades inmateriales, lo normal es usar ruptura. De ahí lo chocante del empleo de ruptura aplicado al Prestige.
Quedan en el aire algunas rompeduras, como la del saque, en el juego del tenis. Podría hablarse de la ruptura del saque de Nadal, aunque aquí parece predominar en el uso rotura.
También faltan los muchos rompimientos que afrontan los médicos. El Diccionario de autoridades decía de ruptura que era «voz usada de los médicos y cirujanos», y ponía el ejemplo de cierto remedio que «bebido sirve a las ventosidades, flaquezas y cualesquiera dolores de estómago, a los espasmos e rupturas de nervios». Actualmente, los galenos prefieren en algunos casos rotura (rotura renal, rotura tendinosa, rotura vesical) y en otros ruptura (ruptura de membranas, ruptura de la bolsa [amniorrexis]). Para los huesos reservan fractura, quebradura también nombrada con más precisión fractura ósea. Aquí hay que cuidarse de la fractura con minuta, que podría parecer la que viene acompañada de la factura del traumatólogo, y escribir fractura conminuta (de comminutus, ‘roto en pequeños pedazos’), que es aquella en la que hay múltiples fragmentos óseos.
Cuidado con las caídas.

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Una creación léxica popular

1 de junio de 2013 a las 5:00

La diputada Rosa Díez ha hecho unas declaraciones en las que, entre otras cosas, afirma: «Me la repampinfla que digan que somos de derechas o de izquierdas». Emplea su señoría una variante de refanfinflar, verbo que solo aparece en la frase me (o te, se…) la refanfinfla. A pesar de su amplio uso, a la Academia se la refanfinfla a su vez y no lo incluye en el Diccionario, por lo que quien no tenga claro su significado ha de acudir a obras de iniciativa privada. Así, el María Moliner ofrece este artículo: «refanfinflar. Refanfinflársela a alguien. Vulg. Dejarle totalmente indiferente, no importarle».
El pronombre la es aquí el complemento directo. ¿A qué sustantivo sustituye? Su permanencia en la penumbra y la exclusión de la frase de los usos más formales hacen pensar a muchos que se trata de algo que está una cuarta al sur del ombligo. Otro factor coadyuvante de esta impresión son dichos de construcción similar (me la suda, me la trae floja…), igualmente impropios del lenguaje formal.
En contra de esto, podría verse en el me la refanfinfla una jitanjáfora, un enunciado con palabras inventadas, sin significado pero con valor eufónico. No parece descaminada la tesis de la palabra inventada. Así lo creía Cela, que la veía como una creación léxica popular de origen onomatopéyico apoyada en la idea de blandura y bamboleo —decía— de los sonidos /f/ y /n/.
Nuestros escritores aprovechan la expresividad de la frase en sus obras, en contextos adecuados. «Porque la Frans nos la trae floja y Vuecencia nos la refanfinfla, Sire», dice un personaje de La sombra del águila, de Arturo Pérez-Reverte. Más remilgados estuvieron los traductores de la película Lo que el viento se llevó al adaptar el último encuentro entre Rhett Butler y Scarlett O’Hara (la señorita Escarlata).  Cuando el galán la abandona, ella pregunta «¿Adónde iré? ¿Qué haré?», a lo que él responde con una frase que se ha hecho famosa: «Frankly, my dear, I don’t give a damn».  Fue traducida como «Francamente, querida, me importa un bledo». En algún sitio hemos leído la propuesta de sustituirla por «Francamente, querida, me la refanfinfla». Pero la historia hubiese perdido su carga dramática.

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A vuelapluma

25 de mayo de 2013 a las 5:00

Acababa de terminar el partido final de la Copa y uno de los analistas de la televisión se aplicaba a su tarea: «Ahora, a vuelapluma, pensamos…». Con ello ponía sobre el tapete el problema de qué se puede hacer a vuelapluma (la Academia prefiere a vuela pluma) más allá de escribir.
Los romanos ya empleaban calamo currente (‘al correr de la pluma’) para indicar que algo se escribía rápidamente, sin pararse a meditar. En español se usa a vuelapluma desde la segunda mitad del XIX. La expresión es sugerente: la pluma recorre ligera y veloz el papel. Su significado, casi literal: dicho de la forma de escribir, ‘apresuradamente, sin reflexión’. El problema está en aplicar el sintagma adverbial a algo distinto de escribir o lo que sea que se pueda hacer con la pluma, sea esta cálamo, péndola o péñola, plumilla o estilográfica. No hay dificultad en escribir a vuelapluma aunquea sea con bolígrafo o lápiz, o tecleando en un ordenador. Sí la hay para emprender de esa guisa cualquier otra tarea que no se pueda hacer también con una pluma.
Pero la utilidad del a vuelapluma fue tanta que hoy se lee que vuela cualquier cosa, además de las plumas y los aviones. Uno de los casos más frecuentes de sustitución de la pluma en la locución de marras es el de a vuelamicrófono: «… fueron dando sus primeras y perplejas consideraciones a vuelamicrófono». Lo habíamos oído por primera vez en boca de un popular periodista deportivo, antaño dueño de las noches de radio y fútbol y causa de tantas inobservancias del débito conyugal.
Los cambios tecnológicos son padres de la otra gran transformación del a vuelapluma, el a vuelatecla, con todas las grafías imaginables: «… hallarás reflexiones a “vuela-tecla” sobre Política, Derecho y Economía»; «pensamientos a vuela tecla»; «versillos a vuela tecla». No pueden justificarse en innovación alguna construcciones como «versos a vuela luna», «a vuela bitácora» o «evocaciones a vuela voz», que puede encontrar el lector a poco que busque y rasque. Y algunos de sus creadores dirán que escriben bien. Se ve que no tienen a vuela.

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Keynesianos

18 de mayo de 2013 a las 5:00

El debate sobre las posibles soluciones a la crisis que nos agobia ha hecho volver muchas miradas hacia John Maynard Keynes y sus teorías y propuestas de estímulo de la economía. Del apellido del célebre economistas británico han surgido varias palabras en español. Keynesianismo y keynesiano son las principales, aunque también se emplean keynesianista, keynesismo y keynesista. En todos los casos se plantea el problema de cómo representar en el interior de sustantivos y adjetivos españoles el fonema /i/ procedente de un nombre o un sintagma con y. Como norma, la ortografía española rechaza representarlo con y (dieciocho, no diezyocho; vaivén, no vayvén).
Un caso frecuente son los plurales de voces terminadas en y formados con la adición de -s: gay, gais; espray, espráis (otra cosa es el de los plurales formados con -es: rey, reyes; buey, bueyes).
Pero la norma tiene muchas excepciones. La de las palabras formadas a partir de antropónimos y topónimos foráneos es una de las principales y en la que entra el caso de Keynes, que da keynesiano y no keinesiano. Se trata con ello de que el neologismo se aproxime a su origen y lo refleje. Objetivo que lleva a hacer sacrificios en casos como byroniano, que por conservar la y de Byron nos hace caer en el pecado de escribir una palabra española de forma diferente a como se pronuncia: [baironiáno]. Si el préstamo procede, en vez de un nombre propio, de uno común, la y interior de convierte en i (glicina, de glycine; hidroquinona, de hydroquinone).
Otra excepción a la norma son las formas verbales terminadas en -y con pronombres enclíticos, infrecuentes pero no inexistentes en el español de hoy (No creo en las meigas, pero haberlas haylas). También se representa con y el fonema /i/ en el interior de palabra cuando esta es una sigla lexicalizada. El caso más frecuente es pyme. Señalemos por último, aunque la relación de excepciones no es exhaustiva, ciertos arcaísmos, como, por ejemplo, la interjección aymé (‘hay de mí’). Hoy no vemos más aymé que el apellido francés (Marcel Aymé) y un antropónimo de uso en América (Aymé García).
Pues eso, ¡aymé, la troika!, dirán los keynesianos.

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Su pierna y su esposa

11 de mayo de 2013 a las 23:25

La noticia es sobrecogedora: «El Juli tendrá una larga recuperación por la cornada en su pierna». Ya fuera de peligro el diestro, lo que perturba es el empleo del posesivo su donde solo debió ponerse una venda, es decir, en la pierna del diestro. Porque emplearlo aquí constituye pleonasmo, pero no la figura retórica que enfatiza el discurso, sino la redundancia viciosa de palabras. Porque no hace falta explicitar que se trata de su pierna para que el lector sepa que la extremidad herida es del Juli. Si el cronista hubiese escrito «El Juli tendrá una larga recuperación por la cornada en la pierna», quedaría igualmente claro que el remo era suyo y no del picador o de un banderillero de su cuadrilla.
Ese inelegante su pierna es el pan nuestro de cada día. Si el lector se toma la molestia de preguntarle al tío Google por el sintagma en cuestión, le responderá en cosa de centésimas de segundo que aparece 1.560.000 veces en la cibercosa, en un alto porcentaje de ellas con la misma tara. Si le preguntamos por su brazo, las apariciones se disparan a 3.260.000 casos, incluido el de un trovador cubano que, según Granma, «ofrece su brazo fraternal a Venezuela». Podríamos seguir con el recuento, pero corremos el riesgo de montar una macabra desmembración.
Cuando el pronombre es innecesario para transmitir el mensaje con claridad y no le aporta expresividad ni énfasis, se incurre en delito de leso estilo (Yo escribo a mis parientes por Escribo a mis parientes, pero La cama la hago por la mañana y Tú te callas).
Se aprecia redundancia en frases del tipo He conocido a su padre de usted, hoy en declive. Sin embargo, la fórmula puede ser necesaria para evitar ambigüedades y hasta algún equívoco, como queda de manifiesto en un chiste que contaba don Fernando Lázaro: Un empleado de un banco le dice a su jefe: «Señor director, tengo el penoso deber de comunicarle que Martínez, el interventor, cuando acaba el trabajo por las tardes se va a su casa, recoge a su mujer en su coche y se van a un hotel de mala nota». El director muestra extrañeza por tal comportamiento, pero no ve razón para actuar, ante lo cual el pelota chivato le pide permiso para tutearlo. Obtenida la anuencia, relata de nuevo: «Martínez, el interventor, cuando acaba el trabajo por las tardes se va a tu casa, recoge a tu mujer en tu coche y se van a un hotel de mala nota».
¡Caramba, caramba!

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El relato

10 de mayo de 2013 a las 23:50

Unas declaraciones del presidente de la Xunta han dejado descolocado a más de uno: «¿Pero usted me pregunta si le falta relato al Gobierno? En mi opinión, sí, le falta. Es muy difícil en una época de crisis como esta hacer un relato. Los políticos nos quejamos siempre de lo mismo, de que no nos entienden».
Hasta el pasado lunes, relato tenía para nosotros dos significados: ‘Conocimiento que se da, generalmente detallado, de un hecho’ (Nos hizo un relato de su viaje a las Azores) y ‘Narración, cuento’ (Disfruta con los relatos de Truman Capote). A raíz de las palabras del jefe del Gobierno gallego nos enteramos —¿en qué mundo vivíamos hasta entonces?— de que relato es una palabra de moda que se emplea con varios sentidos nuevos. El primero, deducible de la cita del principio, es el de ‘comunicación’, ‘buena comunicación’ o ‘estrategia de comunicación’. Así, hemos de suponer que el Gobierno tiene un problema para comunicar con eficacia sus actos y sus políticas.
Claro que hay quien interpreta la falta de relato como el más usual falta de discurso, entendiendo por discurso el conjunto de ideas que manifiesta un político o un partido (Bono alerta del riesgo de un PSOE sin discurso nacional).
Este nuevo e innecesario uso de relato puede ser una importación del inglés, otra más, concretamente de storytelling, ‘narración, relato’. En Estados Unidos se emplea como nombre de una técnica de comunicación que trata de llegar al receptor introduciendo en el mensaje la narración de vivencias propias. Barack Obama es el gran storyteller.
Para la directora de una consultoría especializada en comunicación, «el relato es un elemento de la comunicación política que cohesiona la acción del gobierno y otorga un sentido global al mandato». Pero ese otro sentido de relato se transforma cuando en el mismo texto escribe: «… esta selección [de fútbol] no solo gana, sino que lo hace de una manera determinada, con un relato basado en el esfuerzo, la humildad y la constancia».
A la vista del caos en torno a esta novedad, parece conveniente prescindir de ella en aras de una mejor comunicación (no relato) entre los hablantes.

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