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La Voz de Galicia
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La mirada en la lengua

Capitán general

23 de julio de 2014 a las 9:13

Con ocasión del relevo en la Corona, el ministro de Defensa habló de que la nueva heredera, la princesa Leonor, recibirá instrucción militar cuando tenga la edad adecuada, pues ha de estar preparada para ser algún día jefa suprema de las Fuerzas Armadas con el grado de capitán general. Añadió el ministro que «hay discusiones» sobre si será «capitana o capitán general». Porque cuando ostenta el grado de capitán general una mujer, esta es ¿capitán general, capitana general o capitana generala?
En capitán general, general no es un adjetivo que se aplica a capitán, sino un sustantivo. El conjunto da nombre a un grado, el supremo, entre los generales. Y aunque hay muestras del empleo de la forma generala, el uso más extendido de este sustantivo es como común en cuanto al género: el general y la general. Es más frecuente el femenino capitana, usual cuando se trata de la jugadora que encabeza un equipo deportivo o de la mujer que manda una nave. Cuando es un grado militar, en España se prefiere la capitán. Esta preferencia por aplicar las formas masculinas de los grados militares a las mujeres puede deberse a que las específicamente femeninas designaban antaño a la esposa del militar con el rango en cuestión. Así, la coronela era la mujer del coronel, y la capitana, la del capitán. Además, algunos femeninos tenían una gran carga despectiva. Sargenta, por ejemplo, por ejemplo, se utilizaba hasta hace poco con el sentido de mujer hombruna o mandona.
En el caso de capitán general, hay bastantes precedentes del empleo de las formas femeninas, tanto capitana como generala, aplicadas la mayoría de las veces a advocaciones de la Virgen. «La Virgen del Pilar dice que no quiere ser francesa, sino capitana de la tropa aragonesa», dice una popular jota. El 1908 le fue concedido el título de capitán general. La lista de vírgenes con fajín y bastón de mando es extensa. Arranca en 1571, cuando don Juan de Austria obtuvo de Felipe II el título para la Virgen de Butarque, una réplica de la cual se había llevado a la batalla de Lepanto. En estos casos se emplea, según quien habla o escribe, capitán general, capitana general o capitana generala.
De esa última fórmula han dejado muestras escritores notables. Pérez Galdós escribe en Torquemada en el purgatorio (1894): «Despótica, mandona, gran visira y capitana generala de toda la gobernación del mundo…».
Quizá el Alberti de Marinero en tierra ayude a vencer renuencias al empleo de los femeninos capitana y generala, que él aplica a la Virgen del Carmen: «Sobre el mar que le da su brazo al río / de mi país, te nombran capitana / de los mares, la voz de la mañana / y la sirena azul de mi navío. […] ¡Campanita de iglesia submarina, / quién te tañera y bajo ti ayudara / una misa a la Virgen del Carmelo, / ya generala y sol de la marina!».

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Políticos en tela de juicio

23 de julio de 2014 a las 9:08

Son tantos y tan variados los episodios de corrupción en la vida pública, que muchos días la información que generan excede el espacio de una página del periódico. Para señalar que se trata de textos sobre la misma materia, se agrupan mediante un rótulo. En La Voz se viene empleando últimamente «Políticos en tela de juicio».  Hace referencia a los hombres públicos sujetos a examen. También se dice que algo está en tela de juicio cuando se duda de ello o de su evolución.
A primera vista, la frase en tela de juicio puede parecer absurda. Tela, con el significado de ‘tejido’, procede del latín tela, ‘paño’. La tela de en tela de juicio tiene su origen en tela, plural del latín telum, ‘arma arrojadiza, venablo, flecha, dardo, lanza’. Escribe Cicerón: «Tela conjicere in aliquem» (disparar dardos contra uno). Un conjunto de pies derechos, como dardos, es una tela, que aquí ya no es un tejido, sino una empalizada. Era la valla que se solía construir para evitar que los dos caballos chocasen en la liza, el campo donde combatían dos caballeros, así como el sitio cerrado dispuesto para lides públicas y otros espectáculos y fiestas. Tela era asimismo el examen, disputa o controversia para dilucidar algo. Se llevaba una cosa a tela de averiguación o se ponía en tela de justicia: «Se pide á España en primer lugar ponga en tela de justicia el derecho que tiene contra Portugal ante jueces desapasionados é independientes» (Jerónimo de Barrionuevo, Avisos, 1654–1658). De ahí procede la actual locución en tela de juicio, que ya empleaba fray Luis de León: «Verdaderamente, dice Job, no podrá ser el hombre justificado si se compara con Dios. Y si se quiere poner con él en tela de juicio, de mil cargos que le haga, no le podrá responder a solo uno» (Libro de la oración y meditación, 1554). Mateo Alemán la utilizó medio siglo después, en la Segunda parte de la vida de Guzmán de Alfarache, con un verbo distinto del habitual poner: «Desde allí propuse para siempre dejarme antes vencer que comparecer en tela de juicio».
De tela ‘empalizada’ surgió telera, que designa varios objetos con forma de palo o travesaño como los que formaban la tela, así como un cercado formado por palos y estacas. Telera tiene su equivalente gallego en tieira, aunque el diccionario de la Academia Galega solo registra teiroa, con una de las acepciones que telera tiene en castellano: «Travesa vertical do arado de pau, que reforza a unión do rostro e o temón». Es la vergueira con la que un indignado fuera de control podría darle un palo a alguno de aquellos políticos en tela de juicio.
Con esto de la corrupción todavía hay mucha tela que cortar.

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Escrito por Francisco Ríos Comentar
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Duquesados

23 de julio de 2014 a las 9:04

Procesar el juez Castro a la infanta Cristina y armarse el belén fue todo uno. Políticos de todo pelaje, periodistas y comentaristas se alborotaron y el asunto ocupó todo cuanto espacio hay en radios y televisiones para informar de lo que pasa y analizarlo. En esas estaba la persona que dirige uno de los informativos radiofónicos más escuchados del país cuando un colaborador suyo abordó uno de los aspectos del caso, el mantenimiento del título nobiliario del que disfrutan la acusada y su consorte. El contertulio planteó que la procesada podría renunciar al duquesado, a lo que su interlocutora le respondió que, alternativamente, el rey podría desposeerla del duquesado. Y así siguió la conversación, duquesado para arriba, duquesado para abajo, sin que nadie se despeinase, hasta que el clarín tocó cambio de tercio.
Contrasta la nula trascendencia que tuvo el episodio con el eco de otro similar ocurrido unas semanas atrás. Una persona que retransmitía en televisión el funeral por el presidente del Gobierno que pilotó la transición a la democracia en España habló del duquesado de Adolfo Suárez. El follón que se montó esta vez pudo deberse en parte a que quien así habló era reincidente en pecados de lengua y de sentido común. Por ejemplo, con ocasión de la muerte de Asunta, la niña de Santiago de trágico final, había comentado ante las cámaras: «Si acaba de ser asesinada, todavía estará blandita».
Los mencionados casos de duquesado no son los únicos. Hay algo que impele a los voluntaristas creadores de lenguaje a esforzarse en ampliar el catálogo de voces nobiliarias. Quizá el encanto, el glamur que envuelve ese mundo. He aquí otra muestra, esta hallada en un artículo dedicado al lacón gallego en una popular guía de viajes: «Vilalba en el pasado fue hogar de familias nobles que se integraron en los Lemos y acabaron formando parte del duquesado [sic] de Alba». ¡Ay si la duquesa de Alba pudiera levantar su inclinada cabeza!
Podríamos continuar el recuento de agravios a la nobleza, pero si insistimos en convertir los ducados en duquesados acabaremos transformando a los duques en duqueses. Pensarán los comentaristas antes citados que si cada marquesado tiene su marqués, a cada duquesado le corresponderá un duqués, espléndida pareja para la duquesa. No será, en cambio, disparatado atribuir al conde un condesado, que, aunque muy raramente usado, es sinónimo aceptado de condado. Esa forma surgió de condesa, ‘mujer que heredó u obtuvo un condado’. Que lo disfrute con el condés, dirán en algunos medios.

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Escrito por Francisco Ríos Comentar
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Topónimos imaginarios

23 de julio de 2014 a las 8:59

Llamamos topónimos imaginarios a los nombres de lugar que no corresponden a una realidad física, pero que tienen existencia en las religiones y las mitologías. Plantean un problema ortográfico de difícil solución: ¿se escriben con mayúscula o con minúscula?
Hay que adelantar que se trata de abordar el asunto con criterios ortográficos, que quedan a un lado cuando quien escribe antepone otros, como los religiosos. Estos usuarios emplean la mayúscula de relevancia, cuyo objetivo es destacar la importancia de los referentes que designa.
Tradicionalmente se han escrito con mayúscula Cielo, Infierno, Purgatorio, Paraíso, Edén y algún otro usados con su sentido primigenio. Lo prescribía la Ortografía de 1999: «[Se escriben con mayúscula] conceptos religiosos como el Paraíso, el Infierno, etc., siempre que se designen directamente tales conceptos».  En el 2005 lo reiteró el Diccionario panhispánico de dudas: «Se escriben con inicial mayúscula […] los nombres de conceptos religiosos como el Paraíso, el Infierno, el Purgatorio, etc.».
La Ortografía en vigor, del 2010, es, a nuestro modo de ver, un tanto contradictoria. Sobre los topónimos imaginarios en general dice: «Los nombres de aquellos continentes, países, regiones o paraísos imaginarios creados por la fabulación del hombre se escriben asimismo con mayúscula inicial: la Arcadia, la Atlántida, los Campos Elíseos, el Valhala, Macondo, el País de Nunca Jamás». Poco más adelante afirma: «Desde un punto de vista estrictamente lingüístico, no hay razón para escribir con mayúscula los nombres que designan conceptos y entes del ámbito religioso (sacramentos, ritos, pecados, virtudes, etc.), por lo que se recomienda su escritura con minúscula inicial». Y pone entre los ejemplos cielo y purgatorio. Dice a continuación: «Solo resulta justificable la mayúscula desde un punto de vista lingüístico en sustantivos como cielo, paraíso, infierno, etc., cuando designan específicamente los lugares establecidos por las distintas religiones como destino de las almas tras la muerte, por su condición de topónimos, si bien de carácter mítico o imaginario».
Otros ortógrafos escriben con minúscula estas palabras, aunque unas veces sin más argumento que la mayúscula «no es necesaria» y otras con el de que son lugares inexistentes. Tampoco tienen existencia material los Campos Elíseos y, sin embargo, los escriben con mayúscula.
Tanto cuando cielo se usa como nombre  de la morada de Dios, y por tanto es un topónimo, como cuando designa a Dios mismo parece que le corresponde la mayúscula. Sin embargo, los diccionarios tienden hoy a escribirlo con minúscula. También infierno. En los casos de edén y paraíso muestran más inclinación a la mayúscula.
Esto es un infierno (con minúscula).

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Neologismos fugaces

23 de julio de 2014 a las 8:54

Todos los años llegan las perseidas. Es una lluvia de meteoritos que sucede una y otra vez, aunque los meteoritos son distintos en cada ocasión. Con las lenguas ocurre un fenómeno similar, aunque no limitado a un corto período, sino permanente. Se trata de la aparición de palabras nuevas, cuya formación responde unas veces a necesidades expresivas y otras a modas y a fenómenos pasajeros. Estos últimos son neologismos fugaces.
Las comunicaciones e Internet están tras buena parte de esa actividad neológica. Así, por ejemplo, la Academia Española ha decidido llevar a la próxima edición del Diccionario la sigla SMS (short message service, ‘servicio de mensaje corto’), que da nombre a un sistema de mensajes escritos que se transmiten por teléfono y a esos mensajes. Llega la innovación cuando los SMS están en franco declive, desplazados por otros sistemas, como el de la aplicación WhatsApp. Esta ha dado lugar al sustantivo wasap y al verbo wasapear, así escritos o con las formas guasap y guasapear. ¿Durarán como para adquirir entidad y asentarse en el español? Es de suponer que solo lo que permita la competencia de WhatsApp. Algún día surgirá un programa o un servicio con más atractivos para los usuarios y a WhatsApp le llegará el fin, como les llegó a Messenger y a otras aplicaciones.
Puede decirse lo mismo de las palabras españolas formadas a partir de la marca comercial Twitter.  Se tuiteará y se escribirán tuits mientras Twitter mantenga su presencia en la Red. Desaparecida esta, tuit podría mantenerse para designar ese tipo de mensajes en otras redes. Será decisión de los usuarios.
Un anglicismo que últimamente se ha puesto de moda es sexting, que da nombre al envío de mensajes o imágenes de contenido sexual explícito entre teléfonos móviles. Este cruce de sex y texting surgió en el 2007, y en el 2012 lo registró por primera vez un diccionario, el Merriam-Webster. No es una palabra que diga mucho a los hispanohablantes. Quizá por ello, algún organismo dedicado al cuidado del idioma le ha buscado alternativas en español y ha acabado por proponer el sustantivo sexteo y el verbo sextear. Está este demasiado próximo a sestear (‘Pasar la siesta durmiendo o descansando’) como para arriesgarse a caer en equívocos.
Muchas de esas fotos empleadas en el sexting, hechas con teléfonos móviles, son selfies. ¿Es necesario este término inglés para entendernos? En absoluto, pues tenemos las alternativas autorretrato, cuando el fotógrafo y el retratado son la misma persona, y autofoto, si aparecen en la imagen el fotógrafo y otras personas. Y además valen hasta para los que posan con impudicia y luego sufren sexting.

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