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La Voz de Galicia
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La mirada en la lengua

El que abdica es un…

12 de junio de 2014 a las 22:55

Andan —andamos— los periodistas un tanto perdidos en busca de un adjetivo que pueda aplicarse al rey de España por su nueva condición tras haber puesto fin a su reinado y abdicado la Corona. En esa situación, la solución provisional es la perífrasis: el rey que ha abdicado. En este asunto tenemos, entre los idiomas de nuestro entorno, el de menos recursos,  junto con el francés (celui qui abdique). Los romanos hasta disponían de un sustantivo femenino, abdicatrix (la que abdica o renuncia).
En efecto, otras lenguas europeas poseen voces específicas para usar en estos casos. Si los portugueses tuviesen monarca y este optase por la jubilación, hablarían del rei abdicador o simplemente del abdicador, e incluso emplearían abdicante. Los ingleses tienen a su disposición abdicator (a person who abdicates a throne), aunque, para desesperación del príncipe Carlos, la reina no les da oportunidad de usarlo. Los italianos, pese a ser republicanos, utilizan abdicatario (sovrano abdicatario), construido con el mismo patrón que dimissionario y rinunciatario.
En español, ante la falta de previsiones [lingüísticas] sucesorias, se está empleando de todo, empezando por rey abdicado, que sería válido si alguien hubiese abdicado al monarca, pero como es él quien ha renunciado no vale ese uso del participio. Pues bien, la prensa de esta semana ofrece decenas de casos de rey abdicado.
Abdicador es una de las posibles soluciones. Está construido con el sufijo -dor, que señala el agente de lo que expresa el verbo al que se aplica (grabador, probador). Francisco Nieva lo pone en boca del personaje principal de Nosferatu (1993): «¡Oh, mi reina abdicadora, qué bien mordida la tengo!».
Abdicante es el participio activo de abdicar. Muchos adjetivos verbales como este se han lexicalizado y se han convertido en sustativos, como presidente, veraneante o dirigente. Y si el que cesa o ha cesado es el cesante, el que abdica puede ser el abdicante. Así, un diario mexicano que informa de la visita del presidente del país a España dice que «será recibido por el abdicante rey Juan Carlos».
Tampoco sería disparatado construir un adjetivo terminado en -ario, abdicatario, como en italiano y similar a dimisionario, tan próximo semánticamente. Porque quien dimite o ha dimitido no está dimitido ni es dimitido, ni dimisor, aunque sí dimitente. De todas las posibles soluciones al problema, esta de abdicatario es la menos usada. La encontramos en un periódico más monárquico que el rey: «Conocido Carlos Alberto, Rey abdicatario de Cerdeña…».
La prudencia aconseja concluir que serán los hablantes quienes elijan… si eligen.

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Escrito por Francisco Ríos Comentar
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El rey ha abdicado, ¡viva el rey!

12 de junio de 2014 a las 22:53

Para las ocasiones en que la Corona pasa de unas manos a otras, hay una vieja frase que anuncia el evento cuando el relevo está causado por el óbito del monarca. Es proclama tradicional en algunos países y muy peliculera: «El rey ha muerto, ¡viva el rey!».
Juan Carlos I fue recibido con algo así, aunque con una pausa de un par de días en medio del texto. En efecto, el 20 de noviembre de 1975, el entonces presidente del Gobierno, un compungido Carlos Arias Navarro, anunció por televisión aquel histórico «Españoles, Franco ha muerto». Dos días después recogía la misma televisión el ¡Viva el rey! de las Cortes. Era el acto en el que Juan Carlos de Borbón prestaba juramento como rey. Se cuenta que Alejandro Rodríguez de Valcárcel, presidente de las Cortes y del Consejo de Regencia, se había comprometido a decir: «Señores procuradores, señores consejeros, desde la emoción en el recuerdo a Franco, nueva era: ¡Viva el Rey! ¡Viva España!». De sus labios salió el texto sin la «nueva era».
Fueron aquellas unas circunstancias excepcionales. La Jefatura del Estado pasa ahora del rey a su hijo, el heredero.
Cuando las previsiones sucesorias se ponen en marcha por el deceso del rey, algunos países, como el Reino Unido, tienen la tradición del «The king is dead, long live the king!», con muchos siglos encima. Se usaba para anunciar al pueblo el real óbito, con el mensaje implícito de que no hay vacío de poder.
Esa expresión (El rey ha muerto, larga vida al rey) tiene una versión francesa, «Le roi est mort, vive le roi!» (El rey ha muerto, viva el rey), usada desde el siglo XV hasta el Borbón ultramonárquico Carlos X, que fue rey de Francia entre 1824 y 1830, en que salió pitando al exilio tras hundir la institución.
A propósito de la frase de marras, se cuenta que tras la muerte de Enrique IV, cuando llegó la noticia al Louvre, la reina le dijo a Sillery, el primer ministro: «¡El rey ha muerto!», a lo que el gobernante respondió: «Os engañáis, señora, en Francia jamás muere el rey».
En España, Juan Carlos I deja la Corona en vida, por lo que difícilmente podrá proclamarse un «El rey ha muerto, ¡viva el rey!». Podría anunciarse que ha abdicado y, convertido ya en rey padre (en el Reino Unido tenían reina madre), deseárseles larga vida a los dos, a Felipe VI y a su progenitor.
Aunque los castizos se limitarán a decir que «A rey que ha abdicado, rey puesto».

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Escrito por Francisco Ríos Comentar
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Concertinas

1 de junio de 2014 a las 18:12

Cada dos por tres, un coro de ayes lastimeros llega a los oídos de los españoles desde Ceuta y Melilla. Es un concierto sin concertinos, pero con concertinas. Esta no es el femenino de concertino, el primer violín de la orquesta, el que ejecuta los solos. Las concertinas del espectáculo melillense o ceutí son un tipo de alambre dentado, de acero galvanizado o inoxidable. Deben su nombre a que se fabrican en rollos que se pueden expandir como una concertina, un instrumento musical.
En el origen de concertina y de sus parientes concierto, concertador, concertación, concertante, concertista… está el latín concertare, derivado de certare, ‘luchar’. Ini­cial­mente, concertare significó ‘combatir, contender’, pero después se empleó con el sentido de ‘discutir’. Del debate hubo una lógica transición al acuerdo. Y cuando varios músicos tocaban acordadamente para que sus instrumentos no chocasen entre sí, daban un concierto. En italiano, de concerto surgió el diminutivo concertino, que era un pequeño concierto, luego un pequeño grupo de instrumentos que concertaba o dialogaba con el grueso de la orquesta y finalmente el solista de violín que asume ese papel. Concertino es un sustantivo masculino, y así debe emplearse aunque se trate de una mujer.
A mediados del siglo XIX, el británico Charles Wheatstone inventó un instrumento parecido al acordeón. Tras varias modificaciones, lo patentó y lo llamó concertina, nombre que comparten varios idiomas, como el español, el inglés, el francés, el italiano y el alemán, este con la forma Konzertina. Es un instrumento musical con depósito de aire y desprovisto de tubos. Se distingue exteriormente del acordeón por su forma, hexa­go­nal u octagonal. Tiene un largo fuelle y lleva los teclados en ambas caras. La apertura del fuelle es lo que evocan las concertinas de seguridad pasiva cuando se despliegan. Eduardo Mendoza emplea el instrumento en La ciudad de los prodigios para describir un ambiente: «… otros bailaban con hetairas escuálidas, de ojos vidriosos, a los com­pa­ses de una concertina tocada por un ciego».
En cuanto a la concertina de seguridad o concertina barbada, una empresa que la fabri­ca en Málaga destaca de ella que «provista de cuchillas de alta resistencia, posee una gran capacidad de penetración […], a la vez que produce un efecto disuasorio sobre posibles intrusos». Su capacidad de penetración ha quedado patente en las carnes de quie­nes se encaraman a las vallas de Ceuta y Melilla, que, sin embargo, ponen constantemente en entredicho su efecto disuasorio.

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Escrito por Francisco Ríos Comentar
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