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La Voz de Galicia
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La mirada en la lengua

De concubina a compañera

25 de Enero de 2014 a las 18:15

Las informaciones periodísticas sobre el escándalo amoroso protagonizado por el presidente francés, François Hollande, confirman una notable evolución de la terminología de la cohabitación de personas sin vínculo matrimonial.
Valérie Trierweiler, víctima de la traición de Hollande, aparece como la «compañera oficial» del presidente, «compañera sentimental», «pareja sentimental», «primera dama de Francia»… Son expresiones respetuosas con la persona y con la elección de la pareja sobre su forma de convivencia. Es el respeto que se observa hoy, salvo excepciones, hacia cualquier pareja que emprende una vida en común sin pasar por la vicaría o por el registro civil.
Han dejado de emplearse los términos en los que el hablante percibe censura o menosprecio, o ve desfasados en el tiempo, empezando por concubinato y amancebamiento, que dan nombre a la unión en vida marital de dos personas sin estar casadas. En otras épocas, la señora Trierweiler habría sido tachada en su país de entretenue, lo que en España era una entretenida y en Galicia una mantida, la mujer a la que su amante paga los gastos. Lo suyo con monsieur le président sería arreglo, enredo, apaño, lío o arrimo. Y ella sería llamada concubina, barragana, amante, amiga, querida…; con estilo aún menos cortés, querindanga o querindonga, y en tiempos aún más pretéritos, quillotra, daifa o combleza.
Siempre con el ánimo presto a ponerse al día y a colocar a la mujer a la altura del hombre y a este al nivel de aquella, la Academia Española ha enmendado el Diccionario. Donde siempre estuvo concubina («La manceba o mujer que duerme en el mismo lecho con quien no es su legítimo marido»), ahora incorpora el masculino concubino, personaje al que designaba como concubinario: «Nicolás II […] dispone que nadie asista a la misa del clérigo concubinario» (Emilia Pardo Bazán, San Francisco de Asís. Siglo XIII). Concubino no existía para el diccionario de la Academia, aunque sí para otros, la mayoría de los cuales lo hacían equivalente a bardaje, ‘sodomita paciente’. Pero lo del concúbito ya es meterse en honduras.

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Escrito por Francisco Ríos Comentar
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Túzaros

18 de Enero de 2014 a las 5:00

El sumario sobre el asesinato de Asunta Basterra recoge una declaración en la que la madre de la niña relata al juez los reproches que le hacía su exesposo a propósito de su nueva relación sentimental: «[Me decía] que le había desgraciado la vida, esto no me lo merezco, estás con un túzaro, ese no es hombre para ti». El documento publicado por La Voz fue recogido el mismo día por el programa estrella de la televisión matinal, cuya presentadora preguntó inmediatamente qué significa túzaro.
Estamos ante una de esas palabras gallegas que se incrustan con absoluta naturalidad en el español que se habla en Galicia, de forma que el hablante no percibe que está usando un préstamo.
Túzaro, femenino túzara, tiene la variante tuzarón. Sus acepciones pueden resumirse en dos: ‘Huraño, hosco, insociable, de difícil trato’ (Es un túzaro, se fue sin despedirse) y ‘bruto, zafio’ (En el piso vivían unos túzaros que lo dejaron hecho un desastre).
Este texto de Torrente Ballester da cuenta de la presencia de túzaro en el español literario: «Lanzarote ponía esa cara de túzaro que ponen los racionalistas ante el misterio, esa cara de cabreo de quien no puede cabrearse con nadie y la toma contra quien ve más que él» (La saga/fuga de J. B.). Cunqueiro también tiene túzaros en su obra en castellano («había un rey, un túzaro sombrío y esquelético…»).
El origen de túzaro no está claro. Corominas lo relaciona con un grupo de voces entre las que está tozudo, y Xosé Lluis García Arias, en Arabismos nel dominiu llingüístico ástur (el bable usa tuzarón: ‘toscu, bruscu, enfocicáu, mal enseñáu’), no descarta su relación con un topónimo bereber, Tuzar, en Túnez. Quizá esté más acertado el Gran dicionario Xerais da lingua, que le atribuye origen onomatopéyico.
Algunas personas tienen escrúpulos a la hora de emplear en su lengua, sea cual sea, préstamos lingüísticos, temerosas de que aquella pierda su carácter y la contaminación la destruya. El temor es infundado cuando se elige con tino lo que enriquece, lo que aporta matices semánticos y se adapta al carácter del idioma de llegada, y se rechazan las masivas incorporaciones acríticas.

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Escrito por Francisco Ríos Comentar
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No enmendalla

11 de Enero de 2014 a las 0:05

Una de las características de los políticos españoles, al menos de los que soportan graves responsabilidades de gobierno, es la perserverancia en el error. Lo que puede ser virtud en otras circunstancias deviene a veces en una terquedad cuyo único motivo es evitar dar la razón al adversario.
Han heredado uno de los rasgos de los viejos caballeros castellanos, que tantos disgustos les ha costado —y nos ha costado—, reflejado estupendamente en este parlamento del conde Lozano en Las mocedades del Cid: «Esta opinión es honrada. / Procure siempre acertalla / el honrado y principal; / pero si la acierta mal, / defendella y no enmendalla». La metedura de pata del conde, padre de doña Jimena, había sido grande («Confieso que fue locura, / mas no la quiero enmendar»). Había abofeteado a don Diego Laínez de Vivar, quien pidió a su hijo Rodrigo que limpiase la afrenta.
El joven caballero, que acabaría convirtiéndose en el Cid y a quien miraban con interés la infanta doña Urraca y doña Jimena, actuó según los cánones morales del siglo XI y dio muerte al ensoberbecido noble aun sabiendo que arruinaba su futuro con la que nueve siglos después fue encarnada en el cine por una Sophia Loren de escote pletórico. El episodio lo cuenta Guillén de Castro en la obra citada, escrita a principios del siglo XVII, donde viene el defendella y no enmendalla, muchas veces convertido en sostenella y no enmendalla o mantenella y no enmendalla.
Hoy se suele hacer referencia a la porfía con que algunas personas perseveran en actitudes y opiniones erróneas con el sostenella y no enmendalla. Esas viejas formas enclíticas gozan de gran favor, pues ambientan en pleno Medievo castellano cualquier escena. Con esa intención se remedan en este diálogo de origen popular:
—¿A do vais, noble caballero, con tan bella dama?
—A godella.
—¿A Godella de los Infantes?
—No, a godella de fornicalla.
Quizá en un intento de darle verosimilitud, hay quien pretende identificar al noble caballero con un personaje histórico, pero esa ya no cuela.

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Escrito por Francisco Ríos 2 Comentarios
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Un problema de alfabetos

4 de Enero de 2014 a las 10:17

El Gobierno turco ha decidido autorizar el uso en los documentos oficiales de las letras q, w y x, que no existen en el alfabeto turco, pero que son empleadas, por ejemplo, en la prensa y la publicidad. Con la reforma ortográfica de 1928, el turco pasó de escribirse con caracteres árabes a los latinos. Su alfabeto está compuesto por 29 letras, entre las que aparecen ç, ğ, ö, ş, ü y una ı sin punto, además de la i que lo lleva. Carece de las ya mencionadas q, w y x.
La medida ahora anunciada va a beneficiar a la población kurda, que desde tiempos recientes podía usar nombres de persona y de lugar en su lengua, pero con el alfabeto turco, por lo que debían transliterar las letras q, w y x como k, v y ks, respectivamente. El alfabeto kurdo tiene 30 caracteres y cuatro dígrafos (jh, ll, rr, sh).
Los obstáculos que tenían los kurdos para inscribir nacimientos y matrimonios con la grafía propia de su lengua los encuentran también los turcos en los países europeos a los que han emigrado y cuyos alfabetos tienen diferencias con el suyo. Y no por mala voluntad, sino por una natural ignorancia de los hablantes de otras lenguas. El problema se da en muchas direcciones. Nuestra ñ no la emplean otros idiomas, cuyos hablantes suelen ignorar cómo se pronuncia y que no la encontrarán en los teclados de sus ordenadores. Lo mismo que los españoles cuando nos topamos con, por ejemplo, una o barrada (ø), propia del danés y el noruego, o una Eszett (ß), del alemán. Si en España sustituimos la o con Umlaut (ö) de Schröder por oe, cuando un alemán lea Schroeder quizá no reconozca el apellido de un excanciller.
Hay quien propone ignorar los signos exóticos y adaptar como se pueda los nombres que los tengan (en el ámbito oficial, la Ley del Registro Civil permite la adecuación gráfica al español de la fonética de apellidos extranjeros). Otros son partidarios de respetar el original, aunque no sepan interpretar los signos extraños, que deberán buscar en el mapa de caracteres del ordenador. Parece que nos encontramos ante uno de esos problemas que tienen varias soluciones, pero ninguna buena.

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