Tevagustar.es Tevagustar.es Tevagustar.es Tevagustar.es
La Voz de Galicia
Blogs de lavozdegalicia.es
La mirada en la lengua

Eventos

30 de Noviembre de 2013 a las 22:05

Un cualificado lector sensible a los problemas que afectan al buen uso del español nos muestra su inquietud por el arrollador empleo de evento con el significado de ‘acto importante y programado’.
El Diccionario da tres acepciones de evento: 1. Acaecimiento [cosa que sucede]; 2. Eventualidad, hecho imprevisto, o que puede acaecer. 3. Cuba, El Salv., Méx., Perú, Ur. y Ven. Suceso importante y programado, de índole social, académica, artística o deportiva. El uso con el primer sentido fue combatido hasta hace poco por los libros de estilo de algunos medios de comunicación, que creían que evento debía aplicarse solo a lo eventual. Hay también algún diccionario que incluso limita el empleo de evento ‘acaecimiento’ a la frase a cualquier evento y su variante a todo evento, que significan ‘en previsión de todo lo que pueda suceder’ y ‘sin reservas ni preocupaciones’. Lo desmiente la gramática académica, que usa tres centenares de veces evento como ‘acaecimiento’ («… al igual que toser designa uno o varios eventos consecutivos, también ladrar…») y obtiene de él un adjetivo, eventivo (los sustantivos eventivos).
Pero el evento que hoy rechina en muchos oídos y que amenaza con convertirse en dominante —si no lo es ya— es el que se emplea para designar un «suceso importante y programado, de índole social, académica, artística o deportiva». La Academia se decidió a incluir esta acepción en la edición del Diccionario del 2001, aunque con una nota que indica que con tal sentido se usa solo en Cuba, El Salvador, México, Perú, Uruguay y Venezuela. Sin embargo, las academias ultramarinas no lo registran en su Diccionario de americanismos.
Si el evento ‘acaecimiento, especialmente el imprevisto o el que no es seguro que ocurra’ procede del latín eventus, el evento ‘acto importante y programado’ parece deberse a la contaminación del inglés event. Es tal su uso que quizá ya sea imparable, lo que parecen tener claro el diccionario de María Moliner y el Clave cuando lo registran sin reservas. Mientras, parece que los hablantes más cuidadosos seguirán evitándolo.

Sin categoría
Escrito por Francisco Ríos Comentar
Facebook Tuenti Twitter Google Buzz Meneame.net

Los vándalos vandalizan

23 de Noviembre de 2013 a las 4:00

Un verbo nuevo nos invade, como en su día nos invadieron los bárbaros. Lo ha empleado la alcaldesa de Madrid hablando de la huelga de los trabajadores de la recogida de basuras: «Los piquetes vandalizan la ciudad». Vandalizar es el último elemento que enriquece una familia léxica en cuya cima está el sustantivo vándalo. Este, evolución del latín vandali, comenzó designando a un pueblo germánico que los diccionarios y los libros de historia para escolares califican de bárbaro. Debe de ser por la forma en que pasaron por la península ibérica. Pero para hacer una tortilla hay que romper huevos, y los que habitualmente aparecen mencionados junto a los alanos y los suevos hicieron más de una.
Así fue como vándalo pasó de ser solo el individuo de aquel pueblo a ser también el «hombre que comete acciones propias de gente salvaje y desalmada», en palabras, siempre precisas, de nuestra docta Academia. Y para calificar las cosas de los vándalos surgió primero el latín vandalicus y después el castellano vandálico, al que siguió vandalismo, que es tanto la ‘devastación propia de los antiguos vándalos’ como el ‘espíritu de destrucción que no respeta cosa alguna, sagrada ni profana’, siempre en palabras de la RAE. Vandalismo no procede del latín, sino del francés. El obispo Grégoire creó en 1794 vandalisme, que aplicó a quienes en aquellos agitados años de revolución se dedicaban con entusiasmo a la destrucción de tesoros religiosos.
Pues bien, el fecundo vándalo culmina —por ahora— su progenie con el verbo vandalizar. Los transitivos terminados en -izar suelen expresar la reducción del complemento directo al estado que indica el sustantivo del que procede. Si esclavizar es ‘hacer esclavo’ y carbonizar ‘reducir a carbón’, vandalizar podría ser ‘convertir en vándalo’, pero no es ese el significado con que se emplea y con el que lo define el lexicógrafo oficial: ‘Maltratar o destruir una instalación o un bien público’. Lo cual nos hace pensar también que el vándalo que destroza una papelera en la calle la vandaliza, pero si hace otro tanto con el escaparate de una tienda de ultramarinos finos ya no vandaliza nada.
Todo ello nos mueve a reflexionar sobre la poca huella que alanos y suevos dejaron en el lenguaje del orden público y a echar de menos a nuestros gamberros de toda la vida, sus gamberradas, su gamberrear y su gamberrismo. Porque estos también las hacían gordas.

Sin categoría
Escrito por Francisco Ríos Comentar
Facebook Tuenti Twitter Google Buzz Meneame.net

El «sorpasso»

17 de Noviembre de 2013 a las 20:47

En los últimos tiempos se ha multiplicado el empleo de la exótica voz sorpasso en las informaciones y crónicas sobre asuntos políticos. Parece que quien lo introdujo en España fue Julio Anguita, que en los años ochenta y noventa del siglo pasado desarrolló la teoría del sorpasso. Hoy vuelve a hablarse de un posible sorpasso de IU al PSOE, y por primera vez del sorpasso de AGE al PSdeG.
No se trata, en contra de lo que puedan creer algunos («Si IU fuera capaz de darle el sorpasso al PSOE…»), de un andalucismo por  ‘zarpazo’, ‘sopapo’ o ‘golpe por sorpresa’. Sorpasso es un sustantivo italiano que significa ‘adelantamiento’ [de un vehículo a otro]: «La Scuderia occupa il secondo posto nella graduatoria dei sorpassi effettuati (45), solo uno in meno della Lotus». A partir de ahí se aplica con el sentido de ‘superación’ [de un adversario en una clasificación o en una contienda política]. En Italia se usaba en la segunda mitad del siglo pasado para aludir a una hipotética victoria electoral del Partido Comunista Italiano que le permitiría ocupar el puesto de la Democracia Cristiana en el Gobierno. Nunca se produjo. Pero vieron un sorpasso cuando el PIB español llegó a superar al italiano.
En la mente de los italianos, Il sorpasso será para siempre una amarga comedia de Dino Risi rodada en 1962 y estrenada en España con el título de La escapada. Esta, la escapada, es la de un fin de semana de los personajes que encarnan Vittorio Gassman y Jean-Louis Trintignant, el primero un gamberro maduro, un vividor que conduce un Lancia deportivo. El segundo es un tímido estudiante al que le acaba gustando la fiesta pero que no va a poder disfrutarla mucho de ella.
Solo un diccionario español, el Clave, se hace eco del italianismo sorpasso, que define así: «En política, fenómeno por el que, en unas elecciones, un grupo político supera sobradamente a otro». Pero el español tiene recursos suficientes para hacer innecesario el empleo de sorpasso. Es recomendable, sin embargo, ver, o volver a ver, la película de Risi y, si pasan por Ferrara, ir a comer a Il Sorpasso, una trattoria donde es ineludible un plato de tagliatelle al Sorpasso.
Que aproveche.

Sin categoría
Escrito por Francisco Ríos 6 Comentarios
Facebook Tuenti Twitter Google Buzz Meneame.net

Heridos

8 de Noviembre de 2013 a las 23:40

Con ocasión de la reciente tragedia ocurrida en una mina leonesa, algunos medios han vuelto a herir los oídos de su audiencia atribuyendo la condición de heridos a varios mineros afectados por el accidente pero que fueron rescatados con vida y pudieron recuperarse en el hospital. Ninguno de ellos tenía heridas, por lo que no estaban heridos.
La herida es la perforación o desgarramiento en algún lugar de un cuerpo vivo. Más extensa y precisa es la definición de la Academia Nacional de Medicina: «Efracción [rotura] de la piel, de las mucosas o de la superficie de cualquier órgano interno causada por un traumatismo mecánico, accidental o terapéutico».
Hay heridas abiertas (con los bordes separados), contusas (producidas por un agente romo), incisas (causadas por un objeto con filo), incisocontusas, infectadas o sépticas, laceradas (causadas por objetos de bordes dentados), penetrantes, perforantes, en sedal (con orificios de entrada y salida)… Ninguna de ellas la tenían las víctimas de la tragedia minera. Lo que sufrieron aquellos mineros fue asfixia, estado del organismo que se produce por la falta o ausencia total de respiración de aire.
En efecto, hubo una repentina acumulación de grisú, que desplazó el aire y los privó del oxígeno necesario para mantener la vida. El grisú es un gas, mezcla a su vez de varios otros, el principal de los cuales es el metano. Este no es tóxico. Sus peligros son otros: forma mezclas explosivas y en un lugar cerrado puede desplazar el oxígeno. Esto es lo que ocurrió en León.
El problema para los periodistas es que no hay un sustantivo específico que designe con precisión a las víctimas de la asfixia. Las que pierden la vida  son «los muertos», pero las que salen del percance con vida aunque malparadas no tienen un sustantivo que las identifique por sus problemas de salud. Podría emplearse con esa función el participio de asfixiar, asfixiado, pero tiene el inconveniente de que los fallecidos también sufrieron asfixia.
Habrá que echar mano de otros recursos expresivos, pero, en cualquier caso, quienes sufren asfixia no son heridos, como tampoco lo son los quemados y los intoxicados.

Sin categoría
Escrito por Francisco Ríos Comentar
Facebook Tuenti Twitter Google Buzz Meneame.net

Se ha perdido una letra

2 de Noviembre de 2013 a las 23:17

«Acorredme ſeñora mia en eſta primera afrenta, que a eſte vueſtro auaſſallado pecho ſe le ofrece: no me deſfallezca en este primer trãce vueſtro fauor, y amparo». El lector no advertido podría pensar al leer este texto sin adaptar del Quijote que el ingenioso hidalgo hablaba por la efe. En absoluto. Pero es fácil ver f donde hay ſ, un gradema muy parecido. Es este signo una representación gráfica de la ese que no se emplea desde mediados del siglo XVIII.
La ese larga (en cursiva, ſ; en redonda, ſ ) convivió durante mucho tiempo con la s. La primera se empleaba a principio y en el interior de palabra, y la segunda al final. La única mayúscula era la S. Era algo parecido a lo que ocurre en griego con la sigma, que se representa con el signo σ, excepto a final de palabra, donde adopta la forma ς.
Hay quien afirma que la ſ representaba la ese doble, a la que se atribuía un sonido diferente al de la sencilla. Pero la distinción, que se hacía desde tiempos de Alfonso X el Sabio, terminó desapareciendo.
Desde el campo de la tipografía se suele atribuir la desaparición de la ſ de los varios idiomas que la empleaban a la influencia de los impresores italianos del Renacimiento, que lograron que se emplease un solo grafema como representación de la ese. La s se impuso porque la ſ podía confundirse con la f. Sin embargo, el Diccionario de autoridades (1726-1739) y la primera ortografía de la Academia (1741) aún empleaban ſ a principio de palabra y en su interior —tanto para representar la ese sencilla como la doble— y la s como mayúscula (S), a final de palabra y en algunas duplicaciones, en que aparecía junto a la larga (aſsi, pero vinieſſe). Muy pocos años después, la Academia pasó a emplear el signo s como única representación de la letra.
La ſ ha dejado su rastro en una letra del alemán, la eszett (‘ese zeta’), cuya forma es una evolución de la ligadura de una ese larga y una corta (ſ+s= ß).

Sin categoría
Escrito por Francisco Ríos Comentar
Facebook Tuenti Twitter Google Buzz Meneame.net