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La mirada en la lengua

Orthographía y ortografía

25 de octubre de 2013 a las 22:58

«Una de las principáles calidádes, que no solo adornan, sino compónen qualquier Idióma, es la Orthographía, porque sin ella no se puede comprehender bien lo que se escribe, ni se puede percebir con la claridád conveniente lo que se quiere dár à entender». ¿Ve el lector muchas faltas de ortografía en esta cita? Si bien puede apreciar varias contradicciones con las normas ortográficas hoy en vigor, no las hay con lo que se consideraba correcto cuando fue escrito este texto. Pertenece al «Discurso proemial de la Orthographía de la Lengua Castellana», que la Academia Española publicó en el primer volumen del Diccionario de autoridades (1726). Eran las primeras normas ortográficas de la institución, creada solo trece años antes, aunque varios autores la habían precedido en su intento de poner orden en la forma de escribir el español.
La ortografía es una convención, plasmada en unas reglas, que regula la escritura de una lengua. Como tal convención, puede modificarse, y de hecho se cambia, generalmente para ganar simplicidad, eficacia y coherencia y para responder a situaciones nuevas. Un ejemplo: dos signos hoy dobles, los de exclamación (¡!) y de interrogración (¿?), eran sencillos en las normas del Diccionario de autoridades (!, ?) y se colocaban al final del período al que afectaban («O immensa Bondád de Dios! O tiempos! O costumbres!», «Como no respondes à lo que se te pregunta?»).
La Academia escribía en aquel primer cuarto del siglo XVIII el verbo haber con v y majestad con g («Fenecida esta primera obligación, se dispuso imprimir los estatútos que su Magestad havía aprobado»). Ya en 1734 cambió a haber y un siglo después a majestad.
A la mayoría de los hablantes les escandaliza hoy el mínimo cambio en la norma, si llegan a tener noticia de la novedad. Extremadamente conservadores, se aferran a las reglas aprendidas en sus más o menos lejanos años escolares. Sin embargo, una lengua, que tarda siglos en moldearse, nunca llega a estar concluida.

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Escrito por Francisco Ríos Comentar
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Vaporeando espero…

18 de octubre de 2013 a las 22:50

Cobra fuerza la moda de los cigarrillos electrónicos, conocidos por algunos con los exóticos nombres de eCigarro, eCigarrillo, eCig… Son dispositivos con apariencia de pitillo con boquilla. En su interior, una resistencia calienta y convierte en vapor una solución que puede contener nicotina y otras sustancias. El usuario inhala y expele ese vapor al igual que el fumador aspira y espira el humo del tabaco.
El hecho de que lo que se consume no sea humo de tabaco mueve a algunas personas a evitar decir que los cigarrillos electrónicos se fuman. Así, como lo que se aspira no es humo, sino vapor, hay quien emplea un verbo nuevo, vapear. Sin necesidad de crear neologismos, tiene el español léxico suficiente para describir ese consumo de vapores. Convertir un líquido en vapor es vaporar, evaporar o vaporizar. Echar vaho o vapor es vahear. Los supera en el caso que nos ocupa vaporear, que significa tanto ‘convertir en vapor’ como ‘exhalar vapores’. Así, los amantes de los vocablos superespecializados pueden decir de quien utiliza un cigarrillo electrónico para consumir vapores que vaporea.
Vaporear se construye, además, como otros verbos derivados de un sustantivo terminado en -or, a los que se añade el sufijo -ear: rumorear, alborear, pastorear.
Llegados a este punto, cabe preguntarse si no nos la estaremos cogiendo con papel de fumar. Si al aparato del que se aspira lo llamamos cigarrillo electrónico, ¿por qué no decir de quien lo usa que fuma? No es tabaco, sino otra sustancia, y no genera humo, sino vapor, pero son sustitutivos de aquellos, y los fumadores los consumen para obtener resultados similares o para controlar los niveles de la nicotina que entra en su cuerpo.
Lo que se pierde, sin embargo, es el glamur tóxico que rezumaba la ya desaparecida Sara Montiel cuando, envuelta en volutas de humo espeso, cantaba aquello de «fumar es un placer genial, sensual… Dame el humo de tu boca. / Anda, que así me vuelvo loca».  ¿Se la imaginan cantanto «Vaporear es un placer…»?

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Escrito por Francisco Ríos Comentar
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Peleados con la etimología

4 de octubre de 2013 a las 22:21

Uno de los elementos que determinan la forma de escribir las palabras es la etimología, la grafía de las voces de otras lenguas de las que proceden, principalmente el griego y el latín. Pero se dan casos en que, por distintas razones, no se respeta la etimología y se crean palabras antietimológicas. Sucede, por ejemplo, con boda, que procede del latín vota, plural de votum, ‘voto, promesa’. También en catalán es boda, quizá por influjo del castellano. Se mantiene fiel a su origen la voda del gallego. Ocurre otro tanto con abogado, del latín advocatus, cuya v se conserva en el gallego avogado.
El cambio de la b por v o de la v por b es uno de los casos más frecuentes de antietimología: avellana (del latín abellana) debería ser abellana (en gallego, abelá); barrer pierde la v del latín verrere (en gallego, varrer); sucede lo mismo con esbelto, del italiano svelto (en gallego esvelto).
Procesos similares se observan en voces con g o j. En español se escriben con j muchas palabras tomadas del francés, donde llevan g: alijar (de alléger), conserje (de concierge), extranjero (de estrangier), etcétera. Con carácter general, los préstamos del francés que originalmente terminan en -age se han adaptado al español con la terminación -aje: garaje (de garage), aterrizaje (de atterrissage), brevaje (de breuvage), bricolaje (de bricolage)…
Hay palabras con h hijas de voces latinas que no la llevan, como tampoco f, que suele evolucionar a h en español: hinchar (de inflare), hielo (de gelum), henchir (de implere)…
Tampoco son inusuales las acentuaciones antietimológicas. Es proverbial el caso de élite (del francés élite, que se pronuncia [elít]). En español se ha asentado como élite, aunque se admite la forma más etimológica elite. También va contra la etimología la forma con diptongo del elemento compositivo -mancia (nigromancia, quiromancia), admitida al igual que la etimológica -mancía (nigromancía, quiromancía).
Al final, prevalece el uso consolidado. Si solo se atendiese a la etimología, hasta los vellacos sin avolengo tocarían marabillosamente el hoboe.

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Escrito por Francisco Ríos Comentar
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