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La Voz de Galicia
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La mirada en la lengua

Doblan las campanas

27 de abril de 2013 a las 5:00

En los últimos días nos hemos dado de bruces con varios textos donde se habla de campanas. Algunos han sido encuentros violentos, con daños en las canillas. Así, en una biografía de César Borgia leemos que «las campanas de Ferrara repicaban a muerto», cuando el repique es un tañido repetido en señal de fiesta o regocijo. Quizá el biógrafo alegue que el tañedor pretendía mostrar alegría por el paso a mejor vida del cardenal de origen valenciano y, entre otras cosas, hijo de cardenal.
Para aunciar un óbito, las campanas tocan a muerto o doblan. Es muy frecuente el empleo de la expresión doblar a muerto, pero resulta redundante. Ese toque es el doble (Dejó escrito que a su muerte se dieran seis dobles en la torre). Otros nombres del anuncio de muerte mediante toques de campana son clamor y posa. En León y algunas provincias de Castilla, de la campana que toca a muerto se dice que encuerda.
El sonido que el campanero extrae del bronce que dobla es un talán triste y lastimero. Por eso uno se desconcierta al dar con textos como este: «Doblan las campanas en Roma pero no doblan alegres para anunciar el nombramiento de un nuevo pontífice». Porque doblar alegre es una contradictio in terminis, que solo podría ser aceptable como oxímoron en el relato de la muerte de alguien muy odiado.
Este otro, «¿Por quién tañen las campanas en Roma?», es un juego fallido con el celebérrimo título de una novela de Hemingway, Por quién doblan las campanas (For Whom the Bell Tolls), que el escritor norteamericano tomó de una meditación de John Donne de 1624: «Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo del continente, una parte de la tierra; si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia; la muerte de cualquier hombre me disminuye, porque estoy ligado a la humanidad; y por consiguiente, nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas; doblan por ti».
Esto último debería leerlo doña Angela Merkel.

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Escrito por Francisco Ríos 6 Comentarios
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Las defecciones

20 de abril de 2013 a las 5:00

En alguna ocasión se habló aquí de la conveniencia de que los textos que organismos y empresas van a exponer a la atención pública pasen por las manos de una persona experta que los revise para detectar erratas y errores, algunos sonrojantes, como «Urgencias urologícas», «Basilíca de San Francisco el Grande» o «Se vende hielo frío».
El caso más reciente que ha llegado a nuestro conocimiento es el de un cartel colocado en un parque coruñés: «Ayuntamiento de La Coruña, Concello de A Coruña. Obligación de recoger las defecciones. O.M.L. art. 14».  Es tarea difícil la que se impone al visitante del jardín, pues defección (del latín defectio, sin relación con defaecare) es la acción de separarse con deslealtad de una causa, una asociación o un partido: «Entonces se comprobó que había sido vendida la Plaza: era aquel escrito una lista de comprometidos a entregar Cartagena a los sitiadores, y consignaba las recompensas de grados y el premio pecuniario que por su defección les concedería el Gobierno Central» (Benito Pérez Galdós, De Cartago a Sagunto, 1911).
Hay quien usa indistintamente defección (abandono de una causa, deserción), desafección y desafecto. Desafección significa, según el Diccionario de la Academia, ‘mala voluntad’, aunque creemos que puede usarse con el sentido de ‘falta de afecto’ y de ‘oposición’, especialmente al referirse a personajes o regímenes políticos. Y desafecto es tanto ‘oposición’ como ‘falta de afecto’. Para expresar esta puede emplearse también desapego o despego.
¿Y qué serán las defecciones que hay que recoger en el mencionado parque coruñés? El rotulista dibuja junto al texto un perrito pizpireto y tras él tres bolitas que nos dan la pista de que aquellas defecciones son en realidad deyecciones o defecaciones expelidas por los canes que acuden al jardín a aliviarse.
Si el Ayuntamiento se animase a corregir la cartelería, podría aprovechar y escribir correctamente su denominación en gallego, Concello da Coruña, en vez de Concello de A Coruña, que aparece aquí y en muchos de sus textos y rótulos.

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Escrito por Francisco Ríos Comentar
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Carmen

13 de abril de 2013 a las 5:00

En cierta ocasión presenciamos en una ceremonia de bautismo cómo el sacerdote que se disponía a cristianar a una niña preguntaba qué nombre iba a dársele a la criatura, y cómo la respuesta «María» le hizo dar un respingo, acostumbrado como estaba al auge aparentemente imparable de nombres exóticos, tomados unos de folletines americanos de televisión y otros de denominaciones comerciales de muñecas.
Los antropónimos que hoy llevan más españolas son María (casi seis millones y medio, en el noventa por ciento de los casos formando nombres compuestos) y Carmen. En España hay 447.000 mujeres que se llaman Carmen y 681.000 María del Carmen. En total, llevan Carmen solo o formando parte de compuestos 1.280.000 españolas.
La elevada posición de Carmen en la lista contrasta con la que tiene entre las niñas que se registran en los últimos tiempos, concretamente el decimosexto en el 2011, tras Lucía, Paula, María, Sara, Daniela, Carla, Sofía, Alba, Claudia, Martina, Julia, Marta, Irene, Laura y Valeria.
Carmen es una alteración del latín Carmel o Carmelus, el monte Carmelo, al que muchos judíos de la Antigüedad acudían el sábado. La advocación de la Virgen María del Monte Carmelo, también conocida como Nuestra Señora del Carmen o Virgen del Carmen —patrona de la gente del mar—, es el origen del nombre de pila Carmen y de la forma Carmela, que tiene el masculino Carmelo.
El antropónimo es rico en hipocorísticos, los principales de los cuales son Carmela, Carmenchu, Carmina, Menchu, Mamen y Maica. Los del gallego Carme son Carmela y Carmiña. La forma catalana es Carme, y las vascas, Karmen y Karmele.
Algún lector se preguntará extrañado a qué viene esta atención sobre Carmen a tres meses del 16 de julio. La explicación se sencilla: celebramos la reciente incorporación a la nómina de Cármenes de una niña aún diminuta, pero cargada de energía, hija de aquella María que un día hizo dar un respingo a un cura. Acaba de llegar al mundo con algunas prisas, aunque esperamos que sea para quedarse muchos años.

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Escrito por Francisco Ríos 1 Comentario
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