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La Voz de Galicia
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La mirada en la lengua

El escrache

31 de Marzo de 2013 a las 16:19

Algunas situaciones generadas por la crisis, principalmente la tragedia de los desahucios de quienes no pueden afrontar sus hipotecas, han dado paso a un modo de protesta nuevo en España. Consiste en acudir un grupo de personas ante el domicilio o el lugar de trabajo de alguien —a quien también puede abordarse en la calle— y manifestar públicamente su protesta por aquello de lo que lo acusan. Estas acciones tienen un nombre, escrache, y un verbo, escrachar. Ambos proceden de Argentina, al igual que el sistema de protesta.
El Diccionario dice de escrachar que es de uso coloquial en Argentina y Uruguay y le atribuye dos significados. El primero, ‘Romper, destruir, aplastar’ (¿recuerdan el gallego escachar ‘romper en cachos’?): «Si el paquete se escracha en la calle, ojalá le pegue en el melón a la de Gutusso, lechuzón repelente» (Julio Cortázar, Rayuela, 1963). El segundo, ‘Fotografiar a una persona’: «Con toda nuestra carga pesada de problemas / hagamos un teorema de nuestra realidad… / ¡Perdamos todo el vento [dinero], la torre y el alfil! / ¡En este escrachamiento, de frente y de perfil!» (Somos como somos, tango de Eladia Blázquez).
Escrachar es una voz del lunfardo, habla popular originaria de Buenos Aires. En Argentina ha adquirido también el significado de ‘denunciar públicamente los hechos repudiables de alguien’. Este sistema fue ideado por una asociación de hijos de desaparecidos y de otras víctimas de la dictadura militar, que emprendieron ese camino tras las leyes de punto final y los indultos a condenados por la represión.
Quienes recurren al escrache suelen justificarse alegando la impunidad de las personas cuya culpa presumen, pero a su vez son acusadas de intimidación y de acoso. Su objetivo son tanto la persona escrachada como quienes se supone que deberían actuar contra ella. En España, las principales víctimas del escrache de organizaciones como 15MpaRato o la Plataforma de Afectados por la Hipoteca están siendo diputados del PP y financieros. Algunos están recibiendo, como en el tango, de frente y de perfil.

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La «gota malaya»

23 de Marzo de 2013 a las 5:00

Hace unos días buscamos en Internet el sintagma bota malaya. Los resultados ofrecidos por Google, Bing y Yahoo! fueron en total 2.804, muchos de ellos repetidos en los tres buscadores. Cuando indagamos por gota malaya, las respuestas ofrecidas fueron 40.780. Lo que, entre otras cosas, es un ejemplo más del gran número de minas y cargas de profundidad al conocimiento que van a la deriva por el ciberespacio.
La bota malaya es un método de tortura consistente en apretar, mediante un torniquete, un pie que se introduce en un aparato. Al aumentar la presión se llega a fracturar los huesos y, consecuentemente, se causa un terrible dolor. El mundo occidental quedó horrorizado por la maldad de los malayos y la bota que se les endilga cuando vio la película Mares de China, de 1935, interpretada por Clark Gable y Jean Harlow. El sufrimiento del mítico galán cuando aquellos hombrecillos de ojos rasgados le pusieron el pie en el chisme solo fue comparable con el de las actrices que sufrieron su halitosis, aromática consecuencia de una gingivitis crónica.
La bota malaya era solo una modalidad de un antiguo método de tortura que dio otros frutos, como la bota española, que por aquí empleamos con fines píos y que exportamos con éxito a otros países europeos. Competía con los brodequins (borceguíes) franceses.
De la bota malaya se pasó a la gota malaya por confusión con la gota china. Esta es otro método de tortura. El reo es colocado boca arriba e inmovilizado. Sobre su frente cae cada pocos segundos una gota de agua. Al cabo del tiempo, el sufrimiento físico y el psicológico corren parejos.
Un líder político se reveló un auténtico creador de lenguaje cuando empleó la  expresión gota malaya, que quedó inmortalizada. Fue Felipe González, que dijo de Pasqual Maragall que era una auténtica gota malaya, en referencia a las permanentes demandas de recursos del entonces alcalde de Barcelona, donde iban a celebrarse los juegos olímpicos. Del éxito del invento dan prueba las cifras de Internet mencionadas al principio. Así evoluciona el español.

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A mal tiempo…

16 de Marzo de 2013 a las 19:43

Un cronista describía así cómo había sido en el Vaticano el primer día del cónclave: «Miles de personas desafían la meteorología y siguen los principales actos de la jornada». Volvemos a tropezar con la nomenclatura meteorológica. Si nos fijamos en la etimología y en la construcción de los vocablos, es fácil evitar traspiés en esta materia. Los peores de estos son quizá usar metereología, metereológico y metereólogo por meteorología, meteorológico y meteorólogo. Solo hay que conservar la raíz meteoro-, que hace referencia a los meteoros, fenómenos atmosféricos como el viento, la lluvia, los rayos…
Meteorología (tomada tal cual del griego, de meteoro y -logía ‘tratado’, ‘estudio’, ‘ciencia’) es el nombre de la ciencia que trata de la atmósfera y de los meteoros. Hoy es muy frecuente verlo empleado con el significado de ‘conjunto de los meteoros’, ‘tiempo atmosférico’. Es el caso del ya citado «Miles de personas desafían la meteorología». Hubiera sido preferible escribir «Miles de personas desafían el mal tiempo». Sin embargo, va penetrando ese uso, y algún diccionario ya lo recoge.
Otro traspié frecuente en estos asuntos es referirse a la condiciones meteorológicas de un lugar en un momento determinado con el sustantivo climatología, que da nombre al tratado del clima, y este es el ‘conjunto de condiciones atmosféricas que caracterizan una región’. Así, por ejemplo, en vez de El barco zarpó con una climatología adversa debería escribirse El barco zarpó con mal tiempo.
Con climatología ocurrió hace tiempo un proceso como el que ahora se observa con meteorología. De ser el estudio del clima pasó a ser también el conjunto de condiciones propias de un determinado clima, que vienen a ser el clima mismo. La fuerza de ese uso debió de ser importante, pues la Academia registra esta acepción desde la vigésima primera edición del Diccionario, de 1992.
Hay quien ve un enriquecimiento del idioma en este proceso de dotar a las palabras de nuevos significados, pero tiene la grave contrapartida de que pierden precisión. Al final se impondrá el uso, nos guste más o menos. Así que, a mal tiempo, buena cara.

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El guasap

12 de Marzo de 2013 a las 11:59

En la era de Internet se están acelerando las importaciones de voces extranjeras, que unas veces enriquecen el español y otras lo maltratan. Los mayores problemas consisten en saber cómo se deben adaptar esas palabras y en qué momento hay que darles carta de naturaleza a esas novedades.
Twitter, marca registrada que da nombre a una de las denominadas redes sociales de Internet, es el origen de toda una familia léxica en español. Así, se ha creado tuitero (persona que participa en Twitter), tuitear (enviar un texto por Twitter), retuitear (reenviar en esa red algo recibido en ella) y tuit (mensaje), plural, tuits. Como se ve, hay una importante alteración gráfica respecto al original Twitter. La uve doble de este se ha convertido en una u, que es como la pronunciamos tras la consonante, y las dos tes se han simplificado en una. La gran difusión de estas palabras ha animado a la Academia a incorporarlas al Diccionario.
Algo parecido se está produciendo a partir de WhatsApp, nombre de una aplicación de mensajería instantánea para teléfonos inteligentes (¿?). Es tal su presencia entre nosotros (la tiene todo el mundo menos un servidor), que se ha generado la necesidad de dar nombre a quienes la emplean, a su uso y a los mensajes que mueve. Pero, a diferencia de lo ocurrido con Twitter, la formación de esos neologismos es problemática. La consecuencia es que han surgido formas diferentes para designar lo mismo. Así, por ejemplo, el mensaje enviado por WhatsApp es para unos un whatsapp (el nombre propio convertido en común, escrito con diacrisis tipográfica, generalmente letra cursiva), para otros un wasap, para otros más un wuasap, y para los más atrevidos, un guasap. Si en todos los casos se pronuncia [guasáp], parece que la grafía guasap es la mejor entre las adaptaciones, aunque la menos frecuente hoy. El dilema es optar ya por la adaptación plena guasap (y guasapear) o quedarse en la más conservadora whatsapp (y enviar, recibir o intercambiar whatsapps en vez de guasapear).
No esperen para decidirse a que un diccionario recoja estas palabras. Para entonces ya habrá sido desplazado el WhatsApp por otra cosa.

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Escrito por Francisco Ríos Comentar
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La abdicación

2 de Marzo de 2013 a las 5:00

Pese al plácido discurrir de los días en el siglo I antes de Cristo, se acuñó entonces el tempus fugit. Nos queda la incógnita de lo que diría Virgilio si asistiese a estos momentos de aceleración histórica. Así, el que fue campeón de la democracia española en la transición y llevó durante tiempo el gobernalle a satisfacción del respetable ve hoy su nombre asociado a un verbo estremecedor: abdicar.
El significado principal de abdicar usado como verbo transitivo es traspasar un soberano (sujeto) la corona (complemento directo) a otra persona (complemento introducido por la preposición en): La reina Beatriz abdica el trono en su hijo Guillermo. También es posible —e incluso más frecuente— la aparición del verbo abdicar en uso absoluto, es decir, sin expresar el complemento directo, que se da por sabido: La reina Beatriz abdica en su hijo Guillermo. Es asimismo frecuente prescindir del complemento introducido por en: La reina Beatriz abdica el trono; La reina Beatriz abdica.
Con el significado de marras, abdicar se emplea también como verbo intransitivo. En este caso, aquello a lo que se renuncia es un complemento introducido por de: La reina Beatriz abdica de la corona.
Pero no se abdican solo coronas, tronos y reinos. Otra acepción de abdicar es ‘renunciar a algo, especialmente abstracto (ideas, principios, opiniones…), que se tiene como propio’: El 25 de Agosto de 1330, Pedro Corvario, puesta una cuerda al cuello, y postrado a los pies del verdadero Pontífice Juan XXII, abdicó sus derechos, si pudiera tenerlos, pidiendo humildemente absolución y penitencia (Emilia Pardo Bazán, San Francisco de Asís, 1903).
A propósito de abdicaciones. Fuentes de la Casa del Rey informaron hace unos días de que don Juan Carlos «no se ha planteado en ningún momento la posibilidad de abdicar ni tiene previsto hacerlo». Un acerbo comentarista ha glosado así el comunicado: «Si no se plantea abdicar es que no piensa abdicar, y si no piensa abdicar es que no se lo plantea». Nosotros abdicamos de comentarlo.

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