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La Voz de Galicia
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La mirada en la lengua

Tropezones

23 de febrero de 2013 a las 5:00

El empleo precipitado de expresiones y frases hechas o ignorando su significado puede dejar maltrecha la imagen de cualquiera ante los destinatarios del mensaje. En pocas horas observamos varios casos que ejemplifican el fenómeno. Así, un profesor universitario, exportavoz de su partido en el Congreso, escribe en un diario de Madrid que «La indignación popular está al orden del día», cambiando el femenino la orden del día de la fórmula oracional estar [algo] a la orden del día, que significa ‘ser muy corriente’, por el masculino el orden del día. En cualquier otro contexto, la orden del día es la orden que diariamente se da a una guarnición señalando el servicio que han de prestar las tropas, mientras que el orden del día es la determinación de lo que en el día en cuestión debe tratar una asamblea o corporación.
Alguien escribe sobre un equipo de fútbol en mala situación, del que dice que necesita «levantarse del farolillo rojo», cual si este fuese un banco en el que los jugadores se sientan para disfrutar su indolencia. Farolillo rojo era el farol de ese color que los trenes nocturnos llevaban en la parte trasera del vagón de cola. De ahí lo tomó el habla popular para designar al último en algo.
El autor debía de estar en las patatas, como el cronista que escribió «Aunque la clase política esté en las musarañas», olvidándose de que las musarañas son unos animalitos, no un lugar, cuyo nombre aparece en las frases mirar a las musarañas y pensar en las musarañas, que significan ‘estar distraído’.
El día echaba el cierre cuando se informó de que algunas comparsas carnavalescas lucían este año batas de guatiné, variante —para algunos barbarismo— de boatiné, tela acolchada con relleno de guata. Quizá sea la guata lo que inspire a los usuarios de guatiné, aunque el origen del nombre más parece el francés ouatiné, participio pasado de ouatiner, ‘enguatar, poner forro de algodón’. Algún día se enseñará en las escuelas, más que la etimología de boatiné, que las batas de ese tejido fueron el origen de un imperio textil… y que sacaron mucho frío a las abuelas. Pero esa ya es otra historia.

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Escrito por Francisco Ríos Comentar
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La renuncia

16 de febrero de 2013 a las 5:00

La decisión de Joseph Ratzinger de dejar la silla de Pedro para retirarse a un convento ha suscitado un pequeño debate sobre la palabra adecuada para aplicar a su acción. Dimisión, abdicación y renuncia eran las candidatas.
Abdican los reyes y los príncipes que ceden su soberanía o renuncian a ella. Dimite quien renuncia al cargo que desempeña. Y renuncia quien hace dejación voluntaria, dimisión o apartamiento de algo que tiene o puede tener. Entre quienes renuncian están los que abdican y los que dimiten.  Abdicar y abdicación no son los mejores términos que se pueden aplicar a Ratzinger, pues, aunque como cardenal es un príncipe de la Iglesia, no es su soberano ni cede su cargo a nadie.
No se ve mayor obstáculo para poder decir que Benedicto XVI ha dimitido, aunque muchos lo rehúyen, quizá porque nunca antes se aplicó el verbo dimitir a un papa. Pero los obispos se convierten en obispos dimisionarios cuando llegan a determinada edad y renuncian, y el papa, que también es obispo de Roma, puede ser después del día 28 el papa dimisionario. O el expapa. Antes de llegar ahí, la mayoría de los medios de comunicación han optado por emplear el lenguaje que utiliza la Iglesia. La traducción oficial del anuncio papal que distribuyó el Vaticano dice así: «Bien consciente de la seriedad de este acto, con total libertad declaro que renuncio al ministerio del Obispo de Roma, sucesor de San Pedro, confiado a mí por los cardenales el 19 de abril del 2005».
No es este un uso excepcional. El Código de Derecho Canónico emplea el mismo lenguaje: «Si el Romano Pontífice renunciase a su oficio, se requiere para la validez que la renuncia sea libre y se manifieste formalmente, pero no que sea aceptada por nadie».
Un periódico de Barcelona buscó su propia vía y se garantizó no coincidir con la competencia abriendo su primera página con un título en grandes caracteres extraído de la jerga boxística y colocado sobre una foto de Benedicto XVI: «Tira la toalla».
¡Jesús, María y José!

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Escrito por Francisco Ríos Comentar
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Estadounidismos

9 de febrero de 2013 a las 20:04

Estados Unidos es el segundo país del mundo con mayor número de hispanohablantes, 55 millones. La convivencia estrecha con el inglés, y más concretamente la presión de este, ha originado dos fenómenos, el espanglish y los estadounidismos. El primero es una modalidad del habla popular en la que se mezclan, deformándolos, elementos léxicos y gramaticales del español y del inglés. Se limita casi exclusivamente a la comunicación oral. Los estadounidismos, en cambio, son términos procedentes del inglés que pasan a engrosar el vocabulario del español culto que se habla en aquel país.
La Academia Norteamericana de la Lengua Española trabaja en la recopilación de los estadounidismos que se incorporarán a la próxima edición del Diccionario. Y al igual que los términos del español que solo se emplean en Galicia llevan la marca Gal. (alzadero, cachelos, petar…) los anglicismos usados como propios del español de Estados Unidos se identificarán con la indicación EU.
Algunos de los estadounidismos más frecuentes y ya listos para su catalogación como tales son: aplicar (de to apply, con el sentido de ‘solicitar, presentar una solicitud’), bagel (‘panecillo con un agujero en el centro’), billón (con el significado de ‘mil millones’), elegible (‘ser beneficiario’), email (‘mensaje’ o ‘correo electrónico’), hispanounidense (‘persona de habla, origen o ascendencia hispana que reside en los Estados Unidos de América’), latino (‘hispanounidense’), parada (‘desfile popular’), paralegal (‘pasante, asistente de abogados’), phishing (‘adquisición clandestina de datos de usuarios de Internet’), podiatría (‘podología’), pretzel (‘rosquilla con forma de lazo’), rentar (‘alquilar’), suplementar (‘complementar’), trillón (‘billón, un millón de millones’) o van (‘microbús’, ‘furgoneta’).
Entre nosotros circulan algunos estadounidismos como unos anglicismos más. Son los casos de agencia (de agency, designa los entes que en otros países de habla española se nombran también como entidad, dependencia, organismo…), estanflación (de stagflation, ‘mezcla de estancamiento e inflación’) y alguno de los mencionados más arriba.

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Escrito por Francisco Ríos Comentar
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Los sobrecogedores

3 de febrero de 2013 a las 5:00

El verbo sobrecoger tiene dos acepciones. Como transitivo, significa ‘coger de repente y desprevenido’, y como pronominal, ‘sorprenderse, intimidarse’. Relacionado con él aparece sobrecogedor, que como adjetivo significa ‘que sobrecoge’, y como sustantivo, ya anticuado en el uso, da nombre a una persona que coge dinero, concretamente al recaudador, el encargado de la cobranza de caudales, especialmente de los públicos.
Así, por ejemplo, dice el documento de 1291 en el que Sancho IV de Castilla otorga para siempre al monasterio de El Moral: «E mandamos e defendemos que ningun cogedor nuestro, nin sobrecogedor, nin recabdador, nin otro ome ninguno non sea ossado daqui adelante de demandar yantar nin fonsadera en estos logares». Las relaciones de los hombres con el erario tenían algunos rasgos que aún hoy se conservan. Lo muestra un documento de las Cortes de León y Castilla de 1361, que ya tomaba medidas para que las contribuciones a la cosa pública fuesen a la hacienda y no a personajes de calidad: «Non paguen dineros a los rricos omes nin a inffançones nin acavalleros ssinon en los cogedores osobre cogedores».
El ingenio popular ha encontrado estos días una nueva acepción para sobrecogedor: ‘El que coge sobres, especialmente bajo cuerda y de dinero cuyo origen y posterior vida escapan al control de la Agencia Tributaria’. Un periódico digital se refiere a los presuntos beneficiarios de los pagos de Bárcenas como «los sobrecogedores del Cabrón», apelativo cariñoso este con el que, al parecer, llaman a aquel creso sus amigos y parte de sus enemigos. El asunto de los sobres ha sorprendido a los hipotéticos sobrecogedores con los pantalones por los tobillos. Y se han quedado, como el resto del país, sobrecogidos, en el sentido de sorprendidos, intimidados. Aunque también podría aplicárseles el adjetivo con otro significado que el pueblo anónimo empieza a dar a sobrecogido: ‘cogido con sobre’, es decir, con las manos en el pan.
Ojalá que todo fuese un mal sueño o que se demostrase que fue un gigantesco equívoco. El país lo agradecería.

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