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La Voz de Galicia
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La mirada en la lengua

El auge de los preparacionistas

29 de diciembre de 2012 a las 5:00

Las noticias sobre la madre del joven que asesinó a veinte niños y a varios adultos en Newtown han descubierto a muchos españoles la existencia de un insólito fenómeno social en Estados Unidos. Se trata de quienes se preparan para el fin del mundo o para una gran catástrofe, que puede ir desde un colapso económico hasta un desastre natural, como un huracán, pasando por una guerra nuclear, una pandemia, etcétera.
Ante el negro futuro que ven, construyen búnkeres y acumulan alimentos, medicinas, agua, armas… Las armas aparecen casi siempre, quizá por la visión simplista de un mundo en el que el bien (nosotros) está amenazado por el mal (ellos). Lo que no se sabe es de qué les servirán las armas si se termina el mundo, una epidemia diezma el país o lo arrasa una tempestad.
En inglés, este exótico movimiento se llama survivalism. Sus integrantes son los survivalists o preppers. El primer sustantivo hace referencia a la supervivencia, y el segundo, que es el que se está imponiendo en el uso, a la preparación. El problema reside en su adaptación al español. De entrada es rechazable survivalista, calcado mocosuena del inglés survivalist. No despierta el menor entusiasmo su adaptación como sobrevivencialista y supervivencialista, sobre todo por la dificultad para su articulación espontánea. Además, ¿quién no es partidario o no desea la supervivencia?
Los primeros traductores, prudentes, emplearon en español fórmulas como «los que se preparan», «los preparados» (aunque los hay que se disponen a ello pero aún no lo están) y, más raramente, «los preparantes». Finalmente, los usuarios han buscado un sustantivo nuevo que expresase además la pertenencia de esa gente a un movimiento o una subcultura. Y ahí surgieron preparacionismo y preparacionista, las formas que más se están empleando, contruidas con preparación y los sufijos -ismo, que significa ‘escuela, doctrina, movimiento’, e -ista, ‘partidario de’.
¿Y los preparacionistas españoles? Pues, más sensatos, el mes que pueden ahorran un par de euros por si la crisis, nuestro apocalipsis particular, va todavía a peor.

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Escrito por Francisco Ríos Comentar
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Ful de Estambul

22 de diciembre de 2012 a las 5:00

La policía difundió recientemente una nota que comenzaba así: «Agentes de la Policía Nacional han detenido a un policía ful que estafó a varias personas». El adjetivo ful volvía a las secciones de sucesos de los periódicos, en las que últimamente escasea.
Este adjetivo, que es invariable, significa ‘falso, fingido, no auténtico’. El policía ful es prototípico, pero hay variedad donde elegir. Pedro Salinas, por ejemplo, tacha a Alberti en una carta de 1931 de «revolucionario ful».
El Diccionario académico da a ful la condición de voz de germanía, pero más parece un término de uso coloquial entre la generalidad de los hablantes. Además de la acepción ya mencionada, se emplea con el sentido de ‘de mala calidad o baja categoría’ (Tiene un empleo ful).
De ful, que parece proceder del caló ful, ‘estiércol, porquería’, se deriva fulero, ‘falso, embustero, charlatán’ (Richard Nixon ha muerto en la cama, ensalzado, añorado y reivindicado por la misma gente que alguna vez poseyó la certidumbre de que este tipo era un fulero de lujo) y ‘chapucero, poco útil’ (Con nieve en enero no hay año fulero).
Conviene distinguir al fulero del fullero, el personaje que hace fullerías, trampas en el juego. Hay una relación clara entre ese nombre y fulla, ‘arte del fullero’, hoy en desuso con ese significado. Coromines ve probable que ambas voces procedan del catalán full, fulla, ‘hoja’, ‘defecto que tiene el metal, las monedas y las piedras preciosas’, y quizá ‘doblez que hace el fullero a los naipes’.
En la boca del fullero, y en la de cualquier jugador de póker, está de continuo la voz inglesa full, que da nombre a la jugada que reúne un trío y una pareja. Es poco explicable que a estas alturas de la partida haya que seguir escribiendo full, con la cursiva denotadora de que es voz inglesa, si se quiere estar a bien con la norma académica, que no reconoce la adaptación ful, homógrafa del adjetivo que significa ‘falso’. Claro que el fullero intentará hacer ver que tiene en la mano un full cuando realmente solo posee cartas sin valor. Y eso es una ful de Estambul, una porquería.

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Escrito por Francisco Ríos Comentar
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Ladran, luego…

15 de diciembre de 2012 a las 5:00

Cada dos por tres aparece la frase «Ladran, luego cabalgamos», bien aplicada en el discurso por su sentido, bien para discutir su origen. Pongamos por delante que es quizá la más famosa cita apócrifa del Quijote. Cervantes nunca puso este entimema en boca de Alonso Quijano, ni como queda mencionado ni en su variante «Ladran, Sancho, luego cabalgamos».
La frase se emplea generalmente con el sentido de que si algo que hacemos suscita protestas o críticas entre quienes no son de nuestro aprecio es señal de que surte efecto.
Puesto a buscar el origen del dicho, algún entusiasta llega hasta el Cantar de Mio Cid, y no son pocos quienes lo atribuyen a Manuel Azaña. El que fue jefe del Gobierno de la República le dio un buen impulso cuando lo empleó en un discurso durante una sesión parlamentaria, el 9 de marzo de 1932. Según el relato del periódico La Libertad, dijo: «Las propuestas vuestras refuerzan mi energía y refuerzan las bridas de la mayoría, y podemos repetir las palabras del poeta: “Ladran, señal [de] que cabalgamos”». Stanley G. Payne menciona en El colapso de la República la expresión usada por Azaña como «su tan citada y desdeñosa frase».
Pero la frase no es de Azaña, sino, como él mismo dijo, «del poeta». Y hoy parece haber pocas dudas de que este es Goethe, que dice en el poema titulado Labrador: «Quisieran los perros de la cuadra acompañarnos, pero sus ladridos son solo señal de que cabalgamos». En español es citado desde principios del siglo XX, en un proceso que va acortando el original. Así, Pedro Miquel escribe en El País, diario republicano, del 22 de junio de 1910: «Recuerdo las palabras del dulce Goethe: “Los perros ladran. Señal de que cabalgamos”. Vinieron a mi memoria, lector, asociándolas a los ladridos que…».
Pocos años después va adquiriendo las formas que se usan hoy. Así, Alfredo Jara Urbano escribe en 1919 —trece años antes del discurso de Azaña— en la revista Cervantes: «Oigamos siempre solo a nosotros mismos, y despreciando aquellas pequeñas y arbitrarias acometidas, repitámonos la afirmación de Goethe: “¿Ladran? Luego cabalgamos”».

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Escrito por Francisco Ríos Comentar
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El bidé, ese invento

8 de diciembre de 2012 a las 16:42

Uno de los personajes más populares de nuestra televisión descubrió recientemente a su audiencia la existencia del bidel. Concretamente, dijo que en su casa tiene tres bideles. El contexto nos lleva a pensar que hacía referencia al bidé.
El español bidé es una adaptación del francés bidet, nombre que el popular recipiente toma del de un caballo fuerte y de poca alzada, el bidet, y no de un supuesto marqués de Bidet, como sostenía La Trinca en una canción. En el bidé hay que sentarse a horcajadas, como en el bidet, de ahí que le tomase prestado el nombre. Fue en Francia donde se inventó el vaso higiénico, a principios del siglo XVIII. Todavía se conserva el de madame de Pompadour, favorita de Luis XV, de madera tallada.
Las primeras menciones en español son de un siglo largo después. Leandro Fernández de Moratín lo escribe sin adaptación y forma el plural a la española: «Dos sillas de pórfido, con el asiento abierto, destinadas al mismo uso que los bidetes modernos». La Academia Española accedió a este refinamiento en 1899, en que lo incluyó en el suplemente del Diccionario como bidé. Lo definía como «mueble que contiene una cubeta de figura de caja de guitarra, la cual sirve para lavarse ciertas partes del cuerpo». Hasta entonces era cosa de la alcoba.
En los albores del siglo llegó la fontanería de plomo y el mueble de dormitorio evolucionó a pieza de cuarto de baño, aunque en el Diccionario de 1956 seguía apareciendo como mueble. Poco a poco se fue modernizando la definición, y desde 1992 cuenta hasta con grifería: «Recipiente ovalado instalado en el cuarto de baño que recibe el agua de un grifo y que sirve para el aseo de las partes pudendas».
El recipiente destinado a las abluciones más íntimas tuvo no ha muchos años un momento de gloria cuando La Trinca compuso una canción dedicada a un supuesto barón de Bidet. «Para el diseño del artefacto / el barón muy oportuno / le tomó las hechuras / a madame la Pompadour. / En poco tiempo toda la nobleza / se enjuagaba de buena gana / el aparato hacía tal limpieza /que quedó homologado».

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Las obispas

1 de diciembre de 2012 a las 5:00

El sínodo de la Iglesia anglicana decidió hace unos días rechazar la propuesta de que las mujeres pudiesen acceder a la dignidad del obispado. La noticia llegó de dos formas a los hispanohablantes. Unos diarios informaron de que no habrá obispas en la Iglesia de Inglaterra, y otros, de que las mujeres no serán ordenadas obispo en esa comunidad cristiana.
Atendiendo a criterios morfológicos, los femeninos de los sustantivos terminados en -o que designan profesiones, títulos y cargos generalmente se forman cambiando la -o por –a: médico/médica, joyero/joyera. Hay excepciones, como algunos nombres que son comunes en cuanto al género: el/la testigo, el/la piloto.
Pero en la formación de femeninos de profesiones, títulos y cargos intervienen no solo criterios morfológicos, sino también condicionantes de tipo histórico y sociocultural. En muchas actividades y profesiones la presencia de la mujer es reciente. Los nombres de aquellas no tenían forma femenina, pues solo las desempeñaban varones. A la hora de incorporarse la mujer a esas funciones, a muchos hablantes les cuesta emplear formas nuevas, unas veces porque les disuenan por su novedad, otras porque al no estar en el Diccionario hay quien cree que son rechazas por la que se suele ver como la autoridad lingüística.
Hay un conservadurismo espontáneo que se rompe si antes lo hacen un líder de opinión o una institución. Algo así pasó con las obispas de la Iglesia de Inglaterra. Crear un femenino a partir de obispo no tenía dificultad. El problema era emplearlo cuando ni siquiera existen mujeres con esa dignidad. La Fundación del Español Urgente distribuyó hace días una nota con la recomendación de que se emplease el femenino obispa y esta forma triunfó inmediatamente en los medios de comunicación, aunque no en todos.
Por aquí no se ha planteado la elevación de la mujer al obispado, pero sí se ha debatido su ordenación sacerdotal. Y nombrarla como la sacerdote o la sacerdotisa, elección en la que intervienen condicionantes históricos y socioculturales, como con las poetas y las poetisas. Pero eso debe quedar para otra ocasión.

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