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La Voz de Galicia
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La mirada en la lengua

Alonso se quita la balaclava

24 de Noviembre de 2012 a las 5:00

Cuando terminó de dar la vuelta previa a la carrera de Austin, Alonso se apeó de su coche y se despojó del casco. A continuación, el locutor explicó: «Alonso se quita la balaclava». Hacía referencia a una de las prendas cuyos nombres están relacionados con un famoso episodio de la guerra de Crimea o con sus protagonistas.
Aunque tiene algún uso en español, balaclava no aparece en los principales diccionarios. Es un préstamo del inglés, donde designa un cubrecabezas que tiene un nombre más castizo, verdugo. Ciñe cabeza y cuello, dejando descubiertos los ojos, la nariz y la boca. Con una prenda de ese tipo se protegían del frío los soldados ingleses que participaron en la batalla de Balaclava (25 de octubre de 1854), cerca de Sebastopol. En inglés se usa balaclava para nombrarla desde unos años después.
El primer comandante en jefe de las tropas británicas en aquella guerra fue el mariscal de campo FitzRoy James Henry Somerset, primer barón Raglan. Su título es el origen del sustantivo inglés raglan, que da nombre a una manga y una prenda. En español se ha adaptado como raglán (‘Especie de gabán de hombre, holgado y con una esclavina corta’) y como manga raglán o manga ranglan (‘La que empieza en el cuello y cubre el hombro’). Su relación con el militar es la forma en que a este le caía la manga del lado del cuerpo del que perdió el brazo en Waterloo y una prenda de abrigo que usaba.
Lord Raglan puso al frente de la Brigada de Caballería Ligera a lord Cardigan. James Thomas Brudenell, séptimo conde de Cardigan, mandó la legendaria carga contra los rusos que destrozó la brigada. Se cuenta que Cardigan salió con vida de la conocida como cabalgada al infierno porque huyó. Al parecer, vestía un tipo de chaqueta de punto que desde entonces lleva su nombre. Y el inglés cardigan se convirtió en el español cárdigan.
Mañana, domingo, Fernando Alonso volverá a enfundarse la balaclava y emprenderá un desesperado galope hacia un mundial que se le escapa. Que gane el mejor.

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Escrito por Francisco Ríos Comentar
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Desahuciados

17 de Noviembre de 2012 a las 5:00

Un escritor que percibía en desahucio la presencia del prefijo des- preguntaba hace unos días por un hipotético ahucio. No existe tal sustantivo. Desahucio es la acción y el efecto de desahuciar. Desahuciar está formado por des- (que denota negación o inversión del significado del simple) y ahuciar. Este, a su vez, viene de afiuciar, evolución de afuciar (‘garantizar, afianzar, avalar’), descendiente del latín fiduciare (‘avalar’).
Ahuciar es un verbo ya en desuso que expresa la idea de ‘esperanzar o dar confianza’.  La inversión de este significado es ‘quitar la esperanza’. Con él nació desahuciar, que Covarrubias definía como «desafiduciar, perder la esperanza de alguna cosa». Por entonces, el desahuciado era «el despedido de todo punto de su pretensión, y particularmente el enfermo de cuya salud desconfían los médicos».
Tres acepciones de desahuciar da el Diccionario. La primera, ‘Quitar a alguien toda esperanza de conseguir lo que desea’: «Ya quedo advertida […], pero agraviada de que seáis tan poco cortesano que a la primera noche me desahuciéis de que no volveréis a hablarme» (Alonso de Castillo Solórzano, Aventuras del Bachiller Trapaza, 1637). La segunda es, dicho de un médico, ‘Admitir que un enfermo no tiene posibilidad de curación’: «El señor Cardenal de Toledo ha estado desahuciado de perlesía» (Noticias de la Corte, 1659-1664). La tercera acepción es aquella con la que estos días aparece este verbo en las primeras páginas de los periódicos, ‘Desalojar a una persona de su casa’, aunque la definición académica parece redactada pensando solo en las viviendas de alquiler y no en las que son propiedad del desalojado: «Dicho de un dueño o de un arrendador: Despedir al inquilino o arrendatario mediante una acción legal».
Con el sentido de desalojar, comenzó a emplearse desahuciar aplicado al ganado, no a las personas. Las reses eran desahuciadas cuando vencía el arrendamiento de la dehesa donde pastaban. Decía la ley de la Mesta: «Para que los dueños de los ganados desahuciados lo averigüen…». A partir de finales del siglo XVIII, las personas recibieron en lo hablado el trato hasta entonces reservado a los animales. Y en ello se sigue.

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El que ultima a la vecina…

10 de Noviembre de 2012 a las 5:00

El título sobrecoge: «Hombre mata vecina e hiere concubina en el ensanche Luperón». El texto apenas dice más: «Un hombre ultimó este viernes a una vecina e hirió a su concubina en el ensanche Luperón, en el Distrito Nacional, en un confuso incidente que la Policía investiga». La pérdida de artículos, preposiciones y adjetivos convierte el primer texto en una de aquellas piezas de oratoria que las malas películas de vaqueros ponían en boca de los jefes indios. La construcción del segundo texto impide saber de quién era concubina la herida. El empleo de ultimar con el sentido de ‘matar’, muy americano, da, por último, un toque de exotismo a la trágica noticia.
A lo que conviene prestar atención para evitar caer en el mismo pecado, y no en el de concubinato, es al «e hiere», expresión que disuena e hiede. ¿O serán y hiere e y hiede?
La conjunción copulativa y toma la forma e y se pronuncia /e/ cuando precede a una palabra que empieza por el fonema /i/, que en lo escrito puede ser i, hi o y: doncellas e infantes, tejidos e hilos, La Giralda e Ybarra. La y no se sustituye por e cuando la palabra que sigue empieza por i- o hi- si esta va seguida de otra vocal, formando un diptongo. En ese caso, la i del diptongo se pronuncia espontáneamente como una consonante, /y/, más que como una vocal. Por ello no hay confluencia de dos fonemas vocálicos iguales, lo que permite usar la forma y de la conjunción: mata y hiere [yére], disuena y hiede [yéde].
La regla se complica con una excepción, la de las palabras en que /i/ inicial + vocal puede articularse también como hiato, es decir, en dos sílabas: [i.ó.nes]. En ese caso puede emplearse la conjunción con la forma e: moléculas e iones.
Dice la ortografía académica —y en esto tiene alguna oposición— que cuando la i, hi o y con que empieza la palabra que sigue a la conjunción no representan el fonema vocálico /i/, la conjunción se mantiene como y: Perry Mason y Ironside, Bormann y Himmler, porque pronunciamos [aironsáid] y [jímler]. Y si no empieza en lo escrito por i, hi o y, pero sí por el fonema /i/, se emplea la forma e de la conjunción: Stones e Eagles [ígels].

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La corrección de textos

4 de Noviembre de 2012 a las 5:00

El 27 de octubre se celebró el Día del Corrector de Textos, instituido por la Fundación Litterae, con sede en Buenos Aires, que eligió la fecha por ser el aniversario del nacimiento del humanista y filósofo Erasmo de Róterdam (1467-1536), que llegó a ocuparse de la revisión de textos en una imprenta de Venecia.
La prisa, el descuido y, reconozcámoslo, la ignorancia dejan en escritos de todo tipo su huella en forma de erratas y errores. Los correctores tipográficos y de estilo, que a finales de este mes celebrarán en Guadalajara (México) su segundo congreso internacional, son los profesionales llamados a combatirlos. Es el suyo un oficio al borde de la extinción, que pasa absolutamente inadvertido cuando mejor se ejerce. Sin embargo, su ausencia queda patente en campañas de publicidad, folletos y todo tipo de rótulos y carteles. En la retina de muchos marinos habrá quedado grabado el nombre de la última fragata entregada a la Armada rotulado en los laterales de la escalerilla, «Cristobal Colón», con una tilde inexplicablemente ausente de la ceremonia de hace unos días en el Arsenal ferrolano.
Pero son los medios de comunicación el campo donde con más ardor se combaten las leyes de la lengua. Una agencia de noticias celebró el ya mencionado Día del Corrector de Textos con un despacho de apenas treinta líneas donde informaba de que «Los estudiantes del exclusivo Magdalen College de la Universidad de Oxford se han revelado contra una nueva tasa de casi 200 euros» y de que la polémica surgía después de que la matrícula universitaria pasara «de 3.7345 euros a 11.200».
Erratas y errores se evitan poniendo cuidado al escribir; en caso de duda, consultando buenas fuentes; y adquiriendo una sólida formación. Esta puede encontrarse hasta en cierta universidad española en la cual hay que superar antes unas «pruevas de acceso», según el Gobierno autonómico.
En la errata y el error puede caer cualquiera, por lo que hay que ser humildes. No vaya a ocurrirnos lo que a aquel editor que, según se dice, cerró una obra con esta nota: «Este libro no contiene ninguna errita».

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