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La Voz de Galicia
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La mirada en la lengua

Mari, Loli y Mariloli

29 de septiembre de 2012 a las 5:00

En los albores del español era frecuente el uso del nombre María en la forma Mary. «Sepan quantos esta carta vieren —dice un documento de 1369— commo nos doña Juhanna Martinez, por la gracia de Dios abadesa del monesterio de Sant Çalvador cerca Moral, e yo doña Mary Rodriguez priora e nos el convento del dicho monesterio…». Hoy aparecen frecuentemente escritos con -y final hipocorísticos españoles —las formas familiares o cariñosas de los nombres de pila— terminados en el fonema /i/ precedido de consonante. Ello parece deberse a la influencia del inglés. Muchas Marías ven así su nombre escrito como Mary y las Dolores encuentran el suyo como Loly.
En español, las palabras terminadas en el fonema /i/ precedido de consonante se escriben con i. Así, las voces inglesas penalty, derby y pony se han españolizado como penalti, derbi y poni. Por ello los hipocorísticos de María, Dolores y Pilar son, respectivamente, Mari, Loli y Pili. Y la forma familiar del compuesto María Paz es Maripaz, aunque hay quien utilice la forma Marypaz.
En cambio, si ese fonema final /i/ no es tónico y forma diptongo o triptongo con la vocal o las vocales que lo preceden, se representa con y (ley, Uruguay, caray). Esta regla tiene excepciones cuando se trata de palabras procedentes de otros idiomas. Se admiten bonsái y bonsay, así como samurái y samuray, aunque la Academia prefiere los terminados en -ái.
La terminación en -i de algunos hipocorísticos facilita su fusión en casos de nombres compuestos (María Luz > Mari Luz > Mariluz; María del Carmen > Mari Carmen > Maricarmen). También cuando el primer elemento de un nombre de pila compuesto es átono en la pronunciación del conjunto es más fácil su fusión: Luis Miguel > Luismiguel; Juan José > Juanjosé > Juanjo. Algunos nombres fruto de fusiones se ven inicialmente exóticos, pero no por ello son menos correctos. Es el caso de Josemaría, forma con la que se designa a un santo, san Josemaría Escrivá de Balaguer.

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Escrito por Francisco Ríos Comentar
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Estrenamos floteles

22 de septiembre de 2012 a las 5:00

«Los astilleros gallegos construirán dos floteles por 300 millones de euros». La noticia saltó así en los medios de comunicación, que apenas revelaron rechazo o extrañeza ante un sustantivo nuevo en estos pagos. Su significado no era difícil de adivinar, pese a lo cual los periódicos más prudentes usaron como primera referencia buques hotel.
Flotel es un préstamo del inglés flotel, variante gráfica de floatel. Este es el acrónimo de floating hotel (‘hotel flotante’), formado con la primera sílaba de floating y la última de hotel. En inglés se emplea como nombre de los barcos que se utilizan para el alojamiento de los trabajadores de las plataformas petrolíferas marinas. Una empresa estadounidense se anuncia así en español: «Renta [alquiler] y servicio de floteles para proyectos en el mar y golfo de México. Estamos en Houston, Texas».
El caso de flotel es paralelo al de apartotel, ‘hotel de apartamentos’, que el español tomó del inglés apartotel, acrónimo formado mediante el cruce de apartment y hotel. Al igual que se forma sin dificultad el plural del español apartotel (apartoteles), otro tanto ocurre con flotel, del que salen los floteles.
Nos queda la duda de si flotel es, como parece, una importación del inglés o una creación del español de ultramar, pues ya lo venían utilizando empresas turísticas que explotan negocios en grandes ríos de América del Sur. Los floteles son allí un medio cómodo para viajar y alojarse durante las visitas a zonas selváticas. Un anuncio lo deja claro: «De todos los cruceros del Amazonas, La Reina, como llama la población local a este hotel flotante o flotel, es el único crucero amazónico en la Amazonia boliviana que le espera con su estructura tipo catamarán de tres cubiertas, sus 14 camarotes con baño privado, agua caliente y aire acondicionado, sus terrazas exteriores, piscina de red, bar, comedor central…». Otro nos invita al «Flotel, el mejor de la Amazonia ecuatoriana».
Vayan en estos o en los de la industria petrolera, que tengan un viaje reparador.

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Escrito por Francisco Ríos Comentar
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El ocaso de los ordinales

15 de septiembre de 2012 a las 5:00

Los numerales ordinales, que indican el lugar que ocupa un elemento en una serie ordenada, van perdiendo uso en el lenguaje corriente. Tienden a ser sustituidos por cardinales, aunque, si el cambio se hace mal, el resultado puede ser tan disonante como «el cien gran premio de Martínez de la Rosa», del que oímos hablar hace unos días en televisión. Habría sido más sencillo decir «el centésimo premio» o «el premio número cien».
Los mayores obstáculos para el empleo de los ordinales son la ignorancia —mayor cuanto más elevado sea el número— y la complejidad de la expresión de muchos de ellos. Este año se ha celebrado el octingentésimo aniversario de la batalla de las Navas de Tolosa y también se cumple el dosmilésimo quingentésimo segundo de la de Maratón. Es evidente que en casos así es más sencillo emplear ordinales: el 800 aniversario de la batalla de las Navas de Tolosa y el 2.502 de la de Maratón.
Pero en lo escrito hay una forma simple de expresar esos ordinales. Se trata de sus abreviaturas, que se forman mediante los números arábigos seguidos de la última letra del ordinal, una a si es femenino (34.ª edición) o una o si es masculino (800.º aniversario), salvo en los casos que lleven las formas apocopadas primer y tercer, en que se emplean las letras er (3.er). Estas letras son de un tamaño menor que el del resto del texto y se alinean con la parte alta del renglón, por lo que se llaman voladas. Como son abreviaturas, entre el último dígito y la letra o letras voladas debe ponerse punto abreviativo (500.º).
Uno de los errores más frecuentes en que se incurre al emplear ordinales es confundirlos con partitivos o fraccionarios (onceavo por undécimo, doceavo por duodécimo, etcétera). Ello se debe a que en muchos casos son homógrafos. Así, milésimo es tanto lo que sigue inmediatamente en orden al noningentésimo nonagésimo nono (999.º, 1.ooo.º) como cada una de las mil partes iguales en que se divide un todo (1/1000).

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Escrito por Francisco Ríos 2 Comentarios
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Más de 6.000 municiones

8 de septiembre de 2012 a las 16:02

Lo soltó una agencia de noticias con traductores presuntamente agobiados, y centenares de medios de comunicación lo repitieron tal cual, sin corrección alguna: «El sospechoso compró más de 6.000 municiones: más de 3.000 balas calibre 22 para un rifle de asalto, 3.000 de calibre 40 para las dos pistolas Glock que llevaba consigo, así como 300 para una escopeta calibre 12». Dejemos al margen el ahorro misérrimo de preposiciones y artículos, que ni estos tiempos de zozobras económica justifican, y centrémonos en el balazo al español, las «más de 6.000 municiones».
Munición es un sustantivo no contable, de esos que admiten cuantificadores indefinidos (abundante munición, poca munición, muchas municiones), pero no ordinales (*tres municiones). La usan los igualmente maltratados efectivos (*veinte efectivos de la Guardia Civil) y las también despreciadas tropas (*doscientas tropas sirias). A diferencia de efectivos con el sentido del ejemplo, munición admite su uso en singular y en plural. Designa un conjunto de proyectiles de las armas de fuego, generalmente balas, postas o perdigones. Para cuantificar la munición hay que recurrir a otro sustantivo (Le dieron a cada uno un fusil y veinte balas).
Aunque la munición mencionada es la única que conocen la mayoría de los hispanohablantes, hasta hace dos días, como quien dice, los diccionarios daban como primera acepción del sustantivo esta otra: ‘Conjunto de toda clase de cosas necesarias para el sostenimiento de un ejército o una plaza en la guerra’. Las municiones de boca no eran balas que los soldados sostenían entre los dientes, sino los víveres con los que subsistían (pan de munición). Y es que la locución adjetiva de munición se aplica, o se aplicaba, a aquello que el Estado suministra por contrata a la tropa para su manutención y equipo, a diferencia de lo que el soldado compra de su bolsillo (ropa de munición, botas de munición). Y como quiera que el Estado no se estira mucho y los contratistas lo hacen aún menos, de munición acabó adquiriendo el significado ‘de baja calidad’.

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