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La Voz de Galicia
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El ébola y otros males

12 de abril de 2014 a las 5:00

Los periódicos han venido informando sobre un brote de ébola que ha causado decenas de muertes en Guinea. En no pocos casos escriben Ébola, con mayúscula inicial, contraviniendo la norma ortográfica que prescribe minúscula para los nombres de enfermedades. Solo se escriben con mayúscula inicial cuando forman parte de una denominación a la que le corresponda (Asociación Española Contra el Cáncer) o si llevan un complemento preposicional con un antropónimo, que suele ser el nombre de un científico o un médico (enfermedad de Still), o un topónimo (enfermedad o fiebre hemorrágica de Marburgo).
El ébola es una enfermedad infecciosa, producida por un virus, cuyos síntomas son múltiples hemorragias internas y externas que producen la muerte en poco tiempo. Ese virus se aisló por primera vez durante una epidemia que se declaró en 1976 en un lugar del Zaire (hoy República Democrática del Congo) a orillas del río Ébola. La enfermedad comenzó conociéndose como fiebre hemorrágica del Ébola, donde la mayúscula indica que Ébola designa aquí el río. En un proceso que tiene antecedentes, la denominación acaba abreviándose en ébola, que, por ser ya nombre de la enfermedad y no del río, debe escribirse con minúscula, la cual se mantiene en el nombre usual del agente que la causa, el ébola, un virus.
Este proceso de lexicalización se da con otros nombres de enfermedades. El diccionario de la Academia, que ignora ébola, recoge enfermedad de Alzheimer, enfermedad de Parkinson y mal de Loanda, así como las formas alzhéimer, párkinson y loanda. Los nombres del neurólogo alemán y del médico inglés se convierten en sustantivos españoles con la adición de las tildes que les corresponden por su pronunciación en este idioma.
Otras expresiones denominativas con nombres propios en proceso de lexicalización son mal de Chagas y síndrome de Down. Ya es frecuente el uso de chagas para designar, sobre todo en los países de América donde esta infección es endémica, la enfermedad causada por el Tripanosoma cruzi, aunque en un alto porcentaje de los casos aparece conservando indebidamente la mayúscula. El sustantivo down, por su parte, se está usando para nombrar tanto el síndrome como a las personas que tienen esta cromosomopatía.
Así evolucionan las lenguas.

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«Déjà vu»

5 de abril de 2014 a las 5:00

Un columnista de La Voz titulaba recientemente un artículo «Debate déjà vu». Tomaba de la psicología el nombre en francés de un trastorno,  déjà vu, que literalmente significa ‘ya visto’. Se trata de una alteración de la memoria por la que se cree recordar algo que en realidad se percibe por primera vez. Se calcula que siete de cada diez personas experimentan alguna vez en su vida un déjà vu. Esta locución adjetiva, que se usa también como nominal, se pronuncia [deyá vî], donde î representa un sonido intermedio entre /i/ y /u/.
El déjà vu es una paramnesia (del francés paramnésie). Aunque hay otras alteraciones de la memoria que son paramnesias, suele emplearse esta voz principalmente para el déjà vu.
Hay una tercera forma de nombrar este trastorno en español, la locución nominal ya visto, aunque es menos frecuente que las anteriores. De las tres posibles, el diccionario de la Academia solo recoge paramnesia.
Pero el uso se impone, y en otros idiomas sucede lo mismo que en español, prima el francés déjà vu, la exitosa expresión acuñada en 1876 por el francés Émile Boirac (1851-1917) en su libro L’avenir des sciences psychiques (El futuro de las ciencias psíquicas). Ocurre en inglés, alemán, italiano, portugués, catalán…
Del amplio uso del galicismo son prueba numerosas obras de creación que abordan el fenómeno y que incluso llegan a titularse Déjà vu. Es el caso de una canción donde Beyoncé, en una interpretación sumamente sensual, nos habla de una mujer que recuerda a un amante. O el de una película de Tony Scott interpretada por Denzel Washington y Val Kilmer.
En el lenguaje usual son ya mucho menos conocidos los nombres de los tipos de déjà vu (déjà vécu ‘ya vivido’; déjà senti ‘ya sentido’, y déjà visité ‘ya visitado’), así como jamais vu (‘nunca visto’) y presque vu (‘casi visto’).
Ya inmersos en el francés, podemos concluir que c’est la vie (‘así es la vida’), aunque corremos el riesgo de que quien lo escuche pronunciado [se la vi] se desconcierte y se pregunte qué visión se ha perdido.

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Puedo prometer y prometo…

29 de marzo de 2014 a las 5:00

De todo lo dicho por Adolfo Suárez en su carrera política, lo que ha quedado más grabado en la memoria de los españoles es el «puedo prometer y prometo», que empleó en un mensaje que Televisión Española emitió el 13 de junio de 1977, dos días antes de las elecciones generales. Suárez, que ocupaba la presidencia del Gobierno por designación real desde un año antes, disponía, como los líderes de los demás partidos, de un espacio televisivo para pedir el voto. Llamó a Fernando Ónega y le pidió que diese forma a las ideas que quería transmitir. Luego modificó algunas partes del texto, excepto el pasaje del «puedo prometer y prometo». Y con esa fórmula, que expresaba que estaba en condiciones de cumplir y que se comprometía a llevar a cabo lo que decía, encabezó siete promesas:
«Puedo prometer y prometo que nuestros actos de gobierno constituirán un conjunto escalonado de medidas racionales y objetivas para la progresiva solución de nuestros problemas.
»Puedo prometer y prometo intentar elaborar una Constitución en colaboración con todos los grupos representados en las Cortes, cualquiera que sea su número de escaños.
»Puedo prometer y prometo [...] dedicar todos los esfuerzos a lograr un entendimiento social…».
Esa repetición cadenciosa fue lo que quedó del mensaje. Hoy suena la música, pero apenas alguien se acuerda de la letra. Esa música es una figura retórica llamada anáfora. También fue empleada por Martin Luther King en un discurso que supuso un punto de inflexión en la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos.
El 28 de agosto de 1963 se celebró una gran manifestación, la Marcha sobre Washington por el Trabajo y la Libertad. Ante el monumento a Lincoln, Luther King pronunció el discurso «Yo tengo un sueño» (I have a dream). Y esa fue la frase que pronunció ocho veces, seis de ellas para expresar sueños como que «un día esta nación se pondrá en pie y vivirá el verdadero significado de su credo [...]: que todos los hombres han sido creados iguales». Y como el «puedo prometer y prometo», el «I have a dream» fue resonando en los oídos y golpeando en la conciencia de los estadounidenses como un aldabonazo repetido. Hoy, ambas expresiones ya forman parte de la historia.

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No es lo mismo

8 de marzo de 2014 a las 5:00

Las lecturas de los últimos días nos confirman la idea de que frecuentemente se modifica el sentido de lo que queremos decir a causa tan solo de la alteración del orden de los elementos de la oración o la sustitución de la palabra precisa por otra parecida.
Así, no es lo mismo lo que leemos en una crónica, «Enfrentamientos con muertos en Ucrania», donde hasta ahora nadie combatía con cadáveres, que «Muertos en enfrentamientos en Ucrania» o «Enfrentamientos mortales en Ucrania». Tampoco es lo mismo «La diputada socialista acumuló una llamada al orden» que «La diputada socialista recibió una llamada al orden», pues para acumularlas hacen falta gran número de llamadas al orden. Ni es lo mismo «De las 457 marcas que fueron al Fórum Gastronómico este año, la práctica unanimidad aseguró que repetiría» que «La práctica totalidad de las 457 marcas que acudieron este año al Fórum Gastronómico aseguraron que repetirán».
No es lo mismo «Sancionan con 2.000 euros al propietario de un edificio catalogado en peligro» que «Sancionan con una multa de 2.000 euros al propietario de un edificio catalogado que está en peligro». Ni es lo mismo «El fiscal pedirá 17 años a Urdangarin y 600.000 euros a la infanta Cristina» que «El fiscal pedirá 17 años de prisión para Urdangarin y una multa de 600.000 euros para la infanta Cristina».
No  es lo mismo «La muerte por un disparo de un vecino de Olot» que «La muerte de un vecino de Olot por un disparo». Ni es lo mismo «Un día, antes de fallecer, encontré a Fulano en Madrid» que «Un día, pocas semanas [o un año, o seis meses] antes de su muerte, encontré a Fulano en Madrid».
Tampoco hubiera sido lo mismo que, en vez de «atravesar con éxito el cabo de Hornos», nuestro líder nos hubiese llevado por el canal de Panamá, donde la navegación es plácida hasta el aburrimiento. A estas horas también estaríamos navegando rumbo a los mares del Sur, el feliz destino que por lo visto nos aguarda, pero no nos habríamos dejado jirones de piel en el camino.

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B&B

1 de marzo de 2014 a las 0:17

En un programa de radio comentaban hace unos días la serie de televisión B&B, que se había estrenado la noche anterior. Alguien vacilaba entre decir [bi an bi] y [be an be], y a continuación informaba de que en la propia serie pronunciaban [be i be]. Decían bien los últimos.
& es un signo que representa la conjunción latina et, que significa ‘y’. Es la evolución gráfica de la ligadura de las letras e y t. Lo ideó Marco Tulio Tirón (104-4 a. C.), escritor y liberto de Cicerón, que creó varios signos taquigráficos, las notas tironianas, para recoger más ágilmente los discursos del mítico orador romano.
En latín se usaba & para representar la conjunción et, además de como ligadura de e y t consecutivas cuando formaban parte de palabras. Las lenguas modernas lo tomaron del latín. En algunas, como el español o el portugués, cayó en desuso porque no suponía ventaja alguna sobre la conjunción equivalente (y, e) y porque su escritura es bastante compleja. Mantiene su uso en otros idiomas, sobre todo en el inglés, donde sustituye a una palabra de tres letras, and. En la lengua de Shakespeare se llama ampersand, contracción de and per se and (y por sí mismo y).
El signo & se empleaba corrientemente en el español medieval. Solía utilizarse, por ejemplo, en la voz etcétera (del latín et cetera), que se escribía &cétera: «El fijo o el heredero, &cétera, en este título» (Fuero Juzgo, hacia 1250). Aunque etcétera tenía la variante en dos palabras (e cétera).
El primer diccionario donde aparece etcétera es el de Francisco del Rosal (1611): «cétera o etcétera. es palabra lat. y quiere decir todas las demás cosas [...]. Suele abreviarse así: &c.». Durante un siglo, el diccionario de la Academia (ediciones de 1884 a 1984, ambas inclusive) dijo, en nuestra opinión equivocadamente, que etcétera «se representa con esta cifra &, que tiene el mismo nombre, o con la siguiente abreviatura: etc.». En la ortografía de 1999 se insistía en dar a & el valor de etcétera, además del de y. Acertaban más las ediciones del DRAE anteriores a 1884, como la de 1869, que decía: «Escríbese comunmente con esta cifra &c, que también se llama así».
Hoy usamos como nombre de este signo et (la Academia ya no le llama etcétera) y cuando lo veamos en un texto en español debemos interpretarlo como equivalente a y, que se pronuncia /i/. Otra cosa será cuando forme parte de una denominación en inglés, de un texto latino o de español medieval.

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Los elefantes blancos

22 de febrero de 2014 a las 19:14

La Xunta ha terminado por rendirse a la evidencia y ha desistido de seguir adelante con la construcción de la Ciudad de la Cultura, que se ha convertido en el símbolo de una época de derroche y falta de prudencia en la administración de la cosa pública. El complejo de edificios del monte Gaiás pasará a la historia como el elefante blanco de la Galicia contemporánea.
En español, un elefante blanco es algo muy costoso de mantener y que no produce utilidad alguna. Generalmente, se aplica a obras grandiosas de promoción pública, cuya explotación y conservación acaban convirtiéndose en una losa difícil de soportar. Con el mismo sentido se emplea en otros idiomas, como el portugués (elefante branco), el francés (éléphant blanc) o el inglés (white elephant).
Como ocurre en otras especies animales, entre los elefantes surge ocasionalmente algún ejemplar albino. En el antiguo reino de Siam, en cuya bandera aparecía un elefante, los blancos eran considerados animales sagrados. Allí pertenecían al rey, que cuando quería gastarle una muy gorda a algún súbdito le regalaba uno de aquellos animales. Su cuidado y mantenimiento eran tan costosos que acababan arruinando a su nuevo propietario. Otras versiones sitúan esta historia en la India, con los príncipes locales como protagonistas.
Con el sentido de marras, elefante blanco se emplea desde la segunda mitad del siglo XIX. Y desde entonces no han dejado de aparecer ejemplares, alguno de los cuales acaba adquiriendo ese nombre como propio. Es el caso de un enorme edificio de Buenos Aires proyectado en 1923 y que iba a ser el mayor hospital de América Latina. Su construcción se abandonó tras la caída de Perón (1955).
Los elefantes blancos sin trompa abundan más que los que la tienen. Fíjense en esta manada, incompleta: los aeropuertos de Ciudad Real y de Castellón, que no se usan; la Ciudad del Circo de Alcorcón, el estadio olímpico de Madrid, la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia… y la inefable Ciudad de la Cultura del monte Gaiás. Si al menos nos sirven de lección…

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Ortografía para «imbeciles»

15 de febrero de 2014 a las 21:44

Un tuit de un personaje de las revistas rosas revolucionó hace unos días las redes sociales. Mostraba una foto del texto que se ha hecho tatuar en el brazo derecho, a pocos centímetros de una axila por la que asoma una mata de vello digna del bigote de un cabo de varas. En vez de reflexionar sobre el mensaje, sin duda profundo, los lectores se fijaron en la ortografía del texto: «Cuando quieras aprender algo habra mucha gente que te dira que no lo hagas, Cuando vean que no te pueden detener te diran como lo tienes que hacer y cuando finalmente vean que lo has logrado diran que siempre creyeron en ti Sigo luchando». Once cacografías, once, grabadas en la piel de uno de los grandes amadores de España.
Mosqueado por el cachondeo que hubo a su costa, el joven pensador difundió un tuit que era un auténtico anatema: «Los imbeciles en vez de fijarse en el significado se fijan en las tildes….anda ya!!!!». Otros seis escupitajos sobre la ortografía que no los limpia ni la que da brillo y esplendor. Pero aquí la clave está en el mensaje: «los imbeciles que se fijan en las tildes».
El desprecio por la ortografía no es generalizado, pero no le falta mucho. Cuando no se sabe lo que no se tiene por qué saber, no da vergüenza reconocerlo. Si, por ejemplo, un teólogo es incapaz de explicar la teoría de cuerdas, no tendrá inconveniente en admitirlo. Pero si alguien con estudios primarios ignora lo más elemental de la ortografía, con frecuencia su justificación es despreciar la importancia de aquella.
Quienes así se manifiestan dejan de lado que la ortografía es el conjunto de normas que regulan la escritura de una lengua, una convención que los hablantes van estableciendo a lo largo del tiempo, muchas veces de siglos. Es lo que hace posible que la comunicación escrita sea no solo comprensible, sino también precisa.
La importancia de la ortografía se pone de manifiesto en esta frase: «Ejecutar imposible indultar». La posición de una coma decidirá el destino del reo.
Por aquí, a alguno tuvieron que indultarlo para poder darle el graduado escolar.

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De concubina a compañera

25 de enero de 2014 a las 18:15

Las informaciones periodísticas sobre el escándalo amoroso protagonizado por el presidente francés, François Hollande, confirman una notable evolución de la terminología de la cohabitación de personas sin vínculo matrimonial.
Valérie Trierweiler, víctima de la traición de Hollande, aparece como la «compañera oficial» del presidente, «compañera sentimental», «pareja sentimental», «primera dama de Francia»… Son expresiones respetuosas con la persona y con la elección de la pareja sobre su forma de convivencia. Es el respeto que se observa hoy, salvo excepciones, hacia cualquier pareja que emprende una vida en común sin pasar por la vicaría o por el registro civil.
Han dejado de emplearse los términos en los que el hablante percibe censura o menosprecio, o ve desfasados en el tiempo, empezando por concubinato y amancebamiento, que dan nombre a la unión en vida marital de dos personas sin estar casadas. En otras épocas, la señora Trierweiler habría sido tachada en su país de entretenue, lo que en España era una entretenida y en Galicia una mantida, la mujer a la que su amante paga los gastos. Lo suyo con monsieur le président sería arreglo, enredo, apaño, lío o arrimo. Y ella sería llamada concubina, barragana, amante, amiga, querida…; con estilo aún menos cortés, querindanga o querindonga, y en tiempos aún más pretéritos, quillotra, daifa o combleza.
Siempre con el ánimo presto a ponerse al día y a colocar a la mujer a la altura del hombre y a este al nivel de aquella, la Academia Española ha enmendado el Diccionario. Donde siempre estuvo concubina («La manceba o mujer que duerme en el mismo lecho con quien no es su legítimo marido»), ahora incorpora el masculino concubino, personaje al que designaba como concubinario: «Nicolás II [...] dispone que nadie asista a la misa del clérigo concubinario» (Emilia Pardo Bazán, San Francisco de Asís. Siglo XIII). Concubino no existía para el diccionario de la Academia, aunque sí para otros, la mayoría de los cuales lo hacían equivalente a bardaje, ‘sodomita paciente’. Pero lo del concúbito ya es meterse en honduras.

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Túzaros

18 de enero de 2014 a las 5:00

El sumario sobre el asesinato de Asunta Basterra recoge una declaración en la que la madre de la niña relata al juez los reproches que le hacía su exesposo a propósito de su nueva relación sentimental: «[Me decía] que le había desgraciado la vida, esto no me lo merezco, estás con un túzaro, ese no es hombre para ti». El documento publicado por La Voz fue recogido el mismo día por el programa estrella de la televisión matinal, cuya presentadora preguntó inmediatamente qué significa túzaro.
Estamos ante una de esas palabras gallegas que se incrustan con absoluta naturalidad en el español que se habla en Galicia, de forma que el hablante no percibe que está usando un préstamo.
Túzaro, femenino túzara, tiene la variante tuzarón. Sus acepciones pueden resumirse en dos: ‘Huraño, hosco, insociable, de difícil trato’ (Es un túzaro, se fue sin despedirse) y ‘bruto, zafio’ (En el piso vivían unos túzaros que lo dejaron hecho un desastre).
Este texto de Torrente Ballester da cuenta de la presencia de túzaro en el español literario: «Lanzarote ponía esa cara de túzaro que ponen los racionalistas ante el misterio, esa cara de cabreo de quien no puede cabrearse con nadie y la toma contra quien ve más que él» (La saga/fuga de J. B.). Cunqueiro también tiene túzaros en su obra en castellano («había un rey, un túzaro sombrío y esquelético…»).
El origen de túzaro no está claro. Corominas lo relaciona con un grupo de voces entre las que está tozudo, y Xosé Lluis García Arias, en Arabismos nel dominiu llingüístico ástur (el bable usa tuzarón: ‘toscu, bruscu, enfocicáu, mal enseñáu’), no descarta su relación con un topónimo bereber, Tuzar, en Túnez. Quizá esté más acertado el Gran dicionario Xerais da lingua, que le atribuye origen onomatopéyico.
Algunas personas tienen escrúpulos a la hora de emplear en su lengua, sea cual sea, préstamos lingüísticos, temerosas de que aquella pierda su carácter y la contaminación la destruya. El temor es infundado cuando se elige con tino lo que enriquece, lo que aporta matices semánticos y se adapta al carácter del idioma de llegada, y se rechazan las masivas incorporaciones acríticas.

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No enmendalla

11 de enero de 2014 a las 0:05

Una de las características de los políticos españoles, al menos de los que soportan graves responsabilidades de gobierno, es la perserverancia en el error. Lo que puede ser virtud en otras circunstancias deviene a veces en una terquedad cuyo único motivo es evitar dar la razón al adversario.
Han heredado uno de los rasgos de los viejos caballeros castellanos, que tantos disgustos les ha costado —y nos ha costado—, reflejado estupendamente en este parlamento del conde Lozano en Las mocedades del Cid: «Esta opinión es honrada. / Procure siempre acertalla / el honrado y principal; / pero si la acierta mal, / defendella y no enmendalla». La metedura de pata del conde, padre de doña Jimena, había sido grande («Confieso que fue locura, / mas no la quiero enmendar»). Había abofeteado a don Diego Laínez de Vivar, quien pidió a su hijo Rodrigo que limpiase la afrenta.
El joven caballero, que acabaría convirtiéndose en el Cid y a quien miraban con interés la infanta doña Urraca y doña Jimena, actuó según los cánones morales del siglo XI y dio muerte al ensoberbecido noble aun sabiendo que arruinaba su futuro con la que nueve siglos después fue encarnada en el cine por una Sophia Loren de escote pletórico. El episodio lo cuenta Guillén de Castro en la obra citada, escrita a principios del siglo XVII, donde viene el defendella y no enmendalla, muchas veces convertido en sostenella y no enmendalla o mantenella y no enmendalla.
Hoy se suele hacer referencia a la porfía con que algunas personas perseveran en actitudes y opiniones erróneas con el sostenella y no enmendalla. Esas viejas formas enclíticas gozan de gran favor, pues ambientan en pleno Medievo castellano cualquier escena. Con esa intención se remedan en este diálogo de origen popular:
—¿A do vais, noble caballero, con tan bella dama?
—A godella.
—¿A Godella de los Infantes?
—No, a godella de fornicalla.
Quizá en un intento de darle verosimilitud, hay quien pretende identificar al noble caballero con un personaje histórico, pero esa ya no cuela.

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