10 de mayo de 2013 a las 23:50
Unas declaraciones del presidente de la Xunta han dejado descolocado a más de uno: «¿Pero usted me pregunta si le falta relato al Gobierno? En mi opinión, sí, le falta. Es muy difícil en una época de crisis como esta hacer un relato. Los políticos nos quejamos siempre de lo mismo, de que no nos entienden».
Hasta el pasado lunes, relato tenía para nosotros dos significados: ‘Conocimiento que se da, generalmente detallado, de un hecho’ (Nos hizo un relato de su viaje a las Azores) y ‘Narración, cuento’ (Disfruta con los relatos de Truman Capote). A raíz de las palabras del jefe del Gobierno gallego nos enteramos —¿en qué mundo vivíamos hasta entonces?— de que relato es una palabra de moda que se emplea con varios sentidos nuevos. El primero, deducible de la cita del principio, es el de ‘comunicación’, ‘buena comunicación’ o ‘estrategia de comunicación’. Así, hemos de suponer que el Gobierno tiene un problema para comunicar con eficacia sus actos y sus políticas.
Claro que hay quien interpreta la falta de relato como el más usual falta de discurso, entendiendo por discurso el conjunto de ideas que manifiesta un político o un partido (Bono alerta del riesgo de un PSOE sin discurso nacional).
Este nuevo e innecesario uso de relato puede ser una importación del inglés, otra más, concretamente de storytelling, ‘narración, relato’. En Estados Unidos se emplea como nombre de una técnica de comunicación que trata de llegar al receptor introduciendo en el mensaje la narración de vivencias propias. Barack Obama es el gran storyteller.
Para la directora de una consultoría especializada en comunicación, «el relato es un elemento de la comunicación política que cohesiona la acción del gobierno y otorga un sentido global al mandato». Pero ese otro sentido de relato se transforma cuando en el mismo texto escribe: «… esta selección [de fútbol] no solo gana, sino que lo hace de una manera determinada, con un relato basado en el esfuerzo, la humildad y la constancia».
A la vista del caos en torno a esta novedad, parece conveniente prescindir de ella en aras de una mejor comunicación (no relato) entre los hablantes.
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27 de abril de 2013 a las 5:00
En los últimos días nos hemos dado de bruces con varios textos donde se habla de campanas. Algunos han sido encuentros violentos, con daños en las canillas. Así, en una biografía de César Borgia leemos que «las campanas de Ferrara repicaban a muerto», cuando el repique es un tañido repetido en señal de fiesta o regocijo. Quizá el biógrafo alegue que el tañedor pretendía mostrar alegría por el paso a mejor vida del cardenal de origen valenciano y, entre otras cosas, hijo de cardenal.
Para aunciar un óbito, las campanas tocan a muerto o doblan. Es muy frecuente el empleo de la expresión doblar a muerto, pero resulta redundante. Ese toque es el doble (Dejó escrito que a su muerte se dieran seis dobles en la torre). Otros nombres del anuncio de muerte mediante toques de campana son clamor y posa. En León y algunas provincias de Castilla, de la campana que toca a muerto se dice que encuerda.
El sonido que el campanero extrae del bronce que dobla es un talán triste y lastimero. Por eso uno se desconcierta al dar con textos como este: «Doblan las campanas en Roma pero no doblan alegres para anunciar el nombramiento de un nuevo pontífice». Porque doblar alegre es una contradictio in terminis, que solo podría ser aceptable como oxímoron en el relato de la muerte de alguien muy odiado.
Este otro, «¿Por quién tañen las campanas en Roma?», es un juego fallido con el celebérrimo título de una novela de Hemingway, Por quién doblan las campanas (For Whom the Bell Tolls), que el escritor norteamericano tomó de una meditación de John Donne de 1624: «Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo del continente, una parte de la tierra; si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia; la muerte de cualquier hombre me disminuye, porque estoy ligado a la humanidad; y por consiguiente, nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas; doblan por ti».
Esto último debería leerlo doña Angela Merkel.
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20 de abril de 2013 a las 5:00
En alguna ocasión se habló aquí de la conveniencia de que los textos que organismos y empresas van a exponer a la atención pública pasen por las manos de una persona experta que los revise para detectar erratas y errores, algunos sonrojantes, como «Urgencias urologícas», «Basilíca de San Francisco el Grande» o «Se vende hielo frío».
El caso más reciente que ha llegado a nuestro conocimiento es el de un cartel colocado en un parque coruñés: «Ayuntamiento de La Coruña, Concello de A Coruña. Obligación de recoger las defecciones. O.M.L. art. 14». Es tarea difícil la que se impone al visitante del jardín, pues defección (del latín defectio, sin relación con defaecare) es la acción de separarse con deslealtad de una causa, una asociación o un partido: «Entonces se comprobó que había sido vendida la Plaza: era aquel escrito una lista de comprometidos a entregar Cartagena a los sitiadores, y consignaba las recompensas de grados y el premio pecuniario que por su defección les concedería el Gobierno Central» (Benito Pérez Galdós, De Cartago a Sagunto, 1911).
Hay quien usa indistintamente defección (abandono de una causa, deserción), desafección y desafecto. Desafección significa, según el Diccionario de la Academia, ‘mala voluntad’, aunque creemos que puede usarse con el sentido de ‘falta de afecto’ y de ‘oposición’, especialmente al referirse a personajes o regímenes políticos. Y desafecto es tanto ‘oposición’ como ‘falta de afecto’. Para expresar esta puede emplearse también desapego o despego.
¿Y qué serán las defecciones que hay que recoger en el mencionado parque coruñés? El rotulista dibuja junto al texto un perrito pizpireto y tras él tres bolitas que nos dan la pista de que aquellas defecciones son en realidad deyecciones o defecaciones expelidas por los canes que acuden al jardín a aliviarse.
Si el Ayuntamiento se animase a corregir la cartelería, podría aprovechar y escribir correctamente su denominación en gallego, Concello da Coruña, en vez de Concello de A Coruña, que aparece aquí y en muchos de sus textos y rótulos.
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13 de abril de 2013 a las 5:00
En cierta ocasión presenciamos en una ceremonia de bautismo cómo el sacerdote que se disponía a cristianar a una niña preguntaba qué nombre iba a dársele a la criatura, y cómo la respuesta «María» le hizo dar un respingo, acostumbrado como estaba al auge aparentemente imparable de nombres exóticos, tomados unos de folletines americanos de televisión y otros de denominaciones comerciales de muñecas.
Los antropónimos que hoy llevan más españolas son María (casi seis millones y medio, en el noventa por ciento de los casos formando nombres compuestos) y Carmen. En España hay 447.000 mujeres que se llaman Carmen y 681.000 María del Carmen. En total, llevan Carmen solo o formando parte de compuestos 1.280.000 españolas.
La elevada posición de Carmen en la lista contrasta con la que tiene entre las niñas que se registran en los últimos tiempos, concretamente el decimosexto en el 2011, tras Lucía, Paula, María, Sara, Daniela, Carla, Sofía, Alba, Claudia, Martina, Julia, Marta, Irene, Laura y Valeria.
Carmen es una alteración del latín Carmel o Carmelus, el monte Carmelo, al que muchos judíos de la Antigüedad acudían el sábado. La advocación de la Virgen María del Monte Carmelo, también conocida como Nuestra Señora del Carmen o Virgen del Carmen —patrona de la gente del mar—, es el origen del nombre de pila Carmen y de la forma Carmela, que tiene el masculino Carmelo.
El antropónimo es rico en hipocorísticos, los principales de los cuales son Carmela, Carmenchu, Carmina, Menchu, Mamen y Maica. Los del gallego Carme son Carmela y Carmiña. La forma catalana es Carme, y las vascas, Karmen y Karmele.
Algún lector se preguntará extrañado a qué viene esta atención sobre Carmen a tres meses del 16 de julio. La explicación se sencilla: celebramos la reciente incorporación a la nómina de Cármenes de una niña aún diminuta, pero cargada de energía, hija de aquella María que un día hizo dar un respingo a un cura. Acaba de llegar al mundo con algunas prisas, aunque esperamos que sea para quedarse muchos años.
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31 de marzo de 2013 a las 16:19
Algunas situaciones generadas por la crisis, principalmente la tragedia de los desahucios de quienes no pueden afrontar sus hipotecas, han dado paso a un modo de protesta nuevo en España. Consiste en acudir un grupo de personas ante el domicilio o el lugar de trabajo de alguien —a quien también puede abordarse en la calle— y manifestar públicamente su protesta por aquello de lo que lo acusan. Estas acciones tienen un nombre, escrache, y un verbo, escrachar. Ambos proceden de Argentina, al igual que el sistema de protesta.
El Diccionario dice de escrachar que es de uso coloquial en Argentina y Uruguay y le atribuye dos significados. El primero, ‘Romper, destruir, aplastar’ (¿recuerdan el gallego escachar ‘romper en cachos’?): «Si el paquete se escracha en la calle, ojalá le pegue en el melón a la de Gutusso, lechuzón repelente» (Julio Cortázar, Rayuela, 1963). El segundo, ‘Fotografiar a una persona’: «Con toda nuestra carga pesada de problemas / hagamos un teorema de nuestra realidad… / ¡Perdamos todo el vento [dinero], la torre y el alfil! / ¡En este escrachamiento, de frente y de perfil!» (Somos como somos, tango de Eladia Blázquez).
Escrachar es una voz del lunfardo, habla popular originaria de Buenos Aires. En Argentina ha adquirido también el significado de ‘denunciar públicamente los hechos repudiables de alguien’. Este sistema fue ideado por una asociación de hijos de desaparecidos y de otras víctimas de la dictadura militar, que emprendieron ese camino tras las leyes de punto final y los indultos a condenados por la represión.
Quienes recurren al escrache suelen justificarse alegando la impunidad de las personas cuya culpa presumen, pero a su vez son acusadas de intimidación y de acoso. Su objetivo son tanto la persona escrachada como quienes se supone que deberían actuar contra ella. En España, las principales víctimas del escrache de organizaciones como 15MpaRato o la Plataforma de Afectados por la Hipoteca están siendo diputados del PP y financieros. Algunos están recibiendo, como en el tango, de frente y de perfil.
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23 de marzo de 2013 a las 5:00
Hace unos días buscamos en Internet el sintagma bota malaya. Los resultados ofrecidos por Google, Bing y Yahoo! fueron en total 2.804, muchos de ellos repetidos en los tres buscadores. Cuando indagamos por gota malaya, las respuestas ofrecidas fueron 40.780. Lo que, entre otras cosas, es un ejemplo más del gran número de minas y cargas de profundidad al conocimiento que van a la deriva por el ciberespacio.
La bota malaya es un método de tortura consistente en apretar, mediante un torniquete, un pie que se introduce en un aparato. Al aumentar la presión se llega a fracturar los huesos y, consecuentemente, se causa un terrible dolor. El mundo occidental quedó horrorizado por la maldad de los malayos y la bota que se les endilga cuando vio la película Mares de China, de 1935, interpretada por Clark Gable y Jean Harlow. El sufrimiento del mítico galán cuando aquellos hombrecillos de ojos rasgados le pusieron el pie en el chisme solo fue comparable con el de las actrices que sufrieron su halitosis, aromática consecuencia de una gingivitis crónica.
La bota malaya era solo una modalidad de un antiguo método de tortura que dio otros frutos, como la bota española, que por aquí empleamos con fines píos y que exportamos con éxito a otros países europeos. Competía con los brodequins (borceguíes) franceses.
De la bota malaya se pasó a la gota malaya por confusión con la gota china. Esta es otro método de tortura. El reo es colocado boca arriba e inmovilizado. Sobre su frente cae cada pocos segundos una gota de agua. Al cabo del tiempo, el sufrimiento físico y el psicológico corren parejos.
Un líder político se reveló un auténtico creador de lenguaje cuando empleó la expresión gota malaya, que quedó inmortalizada. Fue Felipe González, que dijo de Pasqual Maragall que era una auténtica gota malaya, en referencia a las permanentes demandas de recursos del entonces alcalde de Barcelona, donde iban a celebrarse los juegos olímpicos. Del éxito del invento dan prueba las cifras de Internet mencionadas al principio. Así evoluciona el español.
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16 de marzo de 2013 a las 19:43
Un cronista describía así cómo había sido en el Vaticano el primer día del cónclave: «Miles de personas desafían la meteorología y siguen los principales actos de la jornada». Volvemos a tropezar con la nomenclatura meteorológica. Si nos fijamos en la etimología y en la construcción de los vocablos, es fácil evitar traspiés en esta materia. Los peores de estos son quizá usar metereología, metereológico y metereólogo por meteorología, meteorológico y meteorólogo. Solo hay que conservar la raíz meteoro-, que hace referencia a los meteoros, fenómenos atmosféricos como el viento, la lluvia, los rayos…
Meteorología (tomada tal cual del griego, de meteoro y -logía ‘tratado’, ‘estudio’, ‘ciencia’) es el nombre de la ciencia que trata de la atmósfera y de los meteoros. Hoy es muy frecuente verlo empleado con el significado de ‘conjunto de los meteoros’, ‘tiempo atmosférico’. Es el caso del ya citado «Miles de personas desafían la meteorología». Hubiera sido preferible escribir «Miles de personas desafían el mal tiempo». Sin embargo, va penetrando ese uso, y algún diccionario ya lo recoge.
Otro traspié frecuente en estos asuntos es referirse a la condiciones meteorológicas de un lugar en un momento determinado con el sustantivo climatología, que da nombre al tratado del clima, y este es el ‘conjunto de condiciones atmosféricas que caracterizan una región’. Así, por ejemplo, en vez de El barco zarpó con una climatología adversa debería escribirse El barco zarpó con mal tiempo.
Con climatología ocurrió hace tiempo un proceso como el que ahora se observa con meteorología. De ser el estudio del clima pasó a ser también el conjunto de condiciones propias de un determinado clima, que vienen a ser el clima mismo. La fuerza de ese uso debió de ser importante, pues la Academia registra esta acepción desde la vigésima primera edición del Diccionario, de 1992.
Hay quien ve un enriquecimiento del idioma en este proceso de dotar a las palabras de nuevos significados, pero tiene la grave contrapartida de que pierden precisión. Al final se impondrá el uso, nos guste más o menos. Así que, a mal tiempo, buena cara.
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