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La Voz de Galicia
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Capitán general

23 de julio de 2014 a las 9:13

Con ocasión del relevo en la Corona, el ministro de Defensa habló de que la nueva heredera, la princesa Leonor, recibirá instrucción militar cuando tenga la edad adecuada, pues ha de estar preparada para ser algún día jefa suprema de las Fuerzas Armadas con el grado de capitán general. Añadió el ministro que «hay discusiones» sobre si será «capitana o capitán general». Porque cuando ostenta el grado de capitán general una mujer, esta es ¿capitán general, capitana general o capitana generala?
En capitán general, general no es un adjetivo que se aplica a capitán, sino un sustantivo. El conjunto da nombre a un grado, el supremo, entre los generales. Y aunque hay muestras del empleo de la forma generala, el uso más extendido de este sustantivo es como común en cuanto al género: el general y la general. Es más frecuente el femenino capitana, usual cuando se trata de la jugadora que encabeza un equipo deportivo o de la mujer que manda una nave. Cuando es un grado militar, en España se prefiere la capitán. Esta preferencia por aplicar las formas masculinas de los grados militares a las mujeres puede deberse a que las específicamente femeninas designaban antaño a la esposa del militar con el rango en cuestión. Así, la coronela era la mujer del coronel, y la capitana, la del capitán. Además, algunos femeninos tenían una gran carga despectiva. Sargenta, por ejemplo, por ejemplo, se utilizaba hasta hace poco con el sentido de mujer hombruna o mandona.
En el caso de capitán general, hay bastantes precedentes del empleo de las formas femeninas, tanto capitana como generala, aplicadas la mayoría de las veces a advocaciones de la Virgen. «La Virgen del Pilar dice que no quiere ser francesa, sino capitana de la tropa aragonesa», dice una popular jota. El 1908 le fue concedido el título de capitán general. La lista de vírgenes con fajín y bastón de mando es extensa. Arranca en 1571, cuando don Juan de Austria obtuvo de Felipe II el título para la Virgen de Butarque, una réplica de la cual se había llevado a la batalla de Lepanto. En estos casos se emplea, según quien habla o escribe, capitán general, capitana general o capitana generala.
De esa última fórmula han dejado muestras escritores notables. Pérez Galdós escribe en Torquemada en el purgatorio (1894): «Despótica, mandona, gran visira y capitana generala de toda la gobernación del mundo…».
Quizá el Alberti de Marinero en tierra ayude a vencer renuencias al empleo de los femeninos capitana y generala, que él aplica a la Virgen del Carmen: «Sobre el mar que le da su brazo al río / de mi país, te nombran capitana / de los mares, la voz de la mañana / y la sirena azul de mi navío. [...] ¡Campanita de iglesia submarina, / quién te tañera y bajo ti ayudara / una misa a la Virgen del Carmelo, / ya generala y sol de la marina!».

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Políticos en tela de juicio

23 de julio de 2014 a las 9:08

Son tantos y tan variados los episodios de corrupción en la vida pública, que muchos días la información que generan excede el espacio de una página del periódico. Para señalar que se trata de textos sobre la misma materia, se agrupan mediante un rótulo. En La Voz se viene empleando últimamente «Políticos en tela de juicio».  Hace referencia a los hombres públicos sujetos a examen. También se dice que algo está en tela de juicio cuando se duda de ello o de su evolución.
A primera vista, la frase en tela de juicio puede parecer absurda. Tela, con el significado de ‘tejido’, procede del latín tela, ‘paño’. La tela de en tela de juicio tiene su origen en tela, plural del latín telum, ‘arma arrojadiza, venablo, flecha, dardo, lanza’. Escribe Cicerón: «Tela conjicere in aliquem» (disparar dardos contra uno). Un conjunto de pies derechos, como dardos, es una tela, que aquí ya no es un tejido, sino una empalizada. Era la valla que se solía construir para evitar que los dos caballos chocasen en la liza, el campo donde combatían dos caballeros, así como el sitio cerrado dispuesto para lides públicas y otros espectáculos y fiestas. Tela era asimismo el examen, disputa o controversia para dilucidar algo. Se llevaba una cosa a tela de averiguación o se ponía en tela de justicia: «Se pide á España en primer lugar ponga en tela de justicia el derecho que tiene contra Portugal ante jueces desapasionados é independientes» (Jerónimo de Barrionuevo, Avisos, 1654–1658). De ahí procede la actual locución en tela de juicio, que ya empleaba fray Luis de León: «Verdaderamente, dice Job, no podrá ser el hombre justificado si se compara con Dios. Y si se quiere poner con él en tela de juicio, de mil cargos que le haga, no le podrá responder a solo uno» (Libro de la oración y meditación, 1554). Mateo Alemán la utilizó medio siglo después, en la Segunda parte de la vida de Guzmán de Alfarache, con un verbo distinto del habitual poner: «Desde allí propuse para siempre dejarme antes vencer que comparecer en tela de juicio».
De tela ‘empalizada’ surgió telera, que designa varios objetos con forma de palo o travesaño como los que formaban la tela, así como un cercado formado por palos y estacas. Telera tiene su equivalente gallego en tieira, aunque el diccionario de la Academia Galega solo registra teiroa, con una de las acepciones que telera tiene en castellano: «Travesa vertical do arado de pau, que reforza a unión do rostro e o temón». Es la vergueira con la que un indignado fuera de control podría darle un palo a alguno de aquellos políticos en tela de juicio.
Con esto de la corrupción todavía hay mucha tela que cortar.

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Duquesados

23 de julio de 2014 a las 9:04

Procesar el juez Castro a la infanta Cristina y armarse el belén fue todo uno. Políticos de todo pelaje, periodistas y comentaristas se alborotaron y el asunto ocupó todo cuanto espacio hay en radios y televisiones para informar de lo que pasa y analizarlo. En esas estaba la persona que dirige uno de los informativos radiofónicos más escuchados del país cuando un colaborador suyo abordó uno de los aspectos del caso, el mantenimiento del título nobiliario del que disfrutan la acusada y su consorte. El contertulio planteó que la procesada podría renunciar al duquesado, a lo que su interlocutora le respondió que, alternativamente, el rey podría desposeerla del duquesado. Y así siguió la conversación, duquesado para arriba, duquesado para abajo, sin que nadie se despeinase, hasta que el clarín tocó cambio de tercio.
Contrasta la nula trascendencia que tuvo el episodio con el eco de otro similar ocurrido unas semanas atrás. Una persona que retransmitía en televisión el funeral por el presidente del Gobierno que pilotó la transición a la democracia en España habló del duquesado de Adolfo Suárez. El follón que se montó esta vez pudo deberse en parte a que quien así habló era reincidente en pecados de lengua y de sentido común. Por ejemplo, con ocasión de la muerte de Asunta, la niña de Santiago de trágico final, había comentado ante las cámaras: «Si acaba de ser asesinada, todavía estará blandita».
Los mencionados casos de duquesado no son los únicos. Hay algo que impele a los voluntaristas creadores de lenguaje a esforzarse en ampliar el catálogo de voces nobiliarias. Quizá el encanto, el glamur que envuelve ese mundo. He aquí otra muestra, esta hallada en un artículo dedicado al lacón gallego en una popular guía de viajes: «Vilalba en el pasado fue hogar de familias nobles que se integraron en los Lemos y acabaron formando parte del duquesado [sic] de Alba». ¡Ay si la duquesa de Alba pudiera levantar su inclinada cabeza!
Podríamos continuar el recuento de agravios a la nobleza, pero si insistimos en convertir los ducados en duquesados acabaremos transformando a los duques en duqueses. Pensarán los comentaristas antes citados que si cada marquesado tiene su marqués, a cada duquesado le corresponderá un duqués, espléndida pareja para la duquesa. No será, en cambio, disparatado atribuir al conde un condesado, que, aunque muy raramente usado, es sinónimo aceptado de condado. Esa forma surgió de condesa, ‘mujer que heredó u obtuvo un condado’. Que lo disfrute con el condés, dirán en algunos medios.

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Topónimos imaginarios

23 de julio de 2014 a las 8:59

Llamamos topónimos imaginarios a los nombres de lugar que no corresponden a una realidad física, pero que tienen existencia en las religiones y las mitologías. Plantean un problema ortográfico de difícil solución: ¿se escriben con mayúscula o con minúscula?
Hay que adelantar que se trata de abordar el asunto con criterios ortográficos, que quedan a un lado cuando quien escribe antepone otros, como los religiosos. Estos usuarios emplean la mayúscula de relevancia, cuyo objetivo es destacar la importancia de los referentes que designa.
Tradicionalmente se han escrito con mayúscula Cielo, Infierno, Purgatorio, Paraíso, Edén y algún otro usados con su sentido primigenio. Lo prescribía la Ortografía de 1999: «[Se escriben con mayúscula] conceptos religiosos como el Paraíso, el Infierno, etc., siempre que se designen directamente tales conceptos».  En el 2005 lo reiteró el Diccionario panhispánico de dudas: «Se escriben con inicial mayúscula [...] los nombres de conceptos religiosos como el Paraíso, el Infierno, el Purgatorio, etc.».
La Ortografía en vigor, del 2010, es, a nuestro modo de ver, un tanto contradictoria. Sobre los topónimos imaginarios en general dice: «Los nombres de aquellos continentes, países, regiones o paraísos imaginarios creados por la fabulación del hombre se escriben asimismo con mayúscula inicial: la Arcadia, la Atlántida, los Campos Elíseos, el Valhala, Macondo, el País de Nunca Jamás». Poco más adelante afirma: «Desde un punto de vista estrictamente lingüístico, no hay razón para escribir con mayúscula los nombres que designan conceptos y entes del ámbito religioso (sacramentos, ritos, pecados, virtudes, etc.), por lo que se recomienda su escritura con minúscula inicial». Y pone entre los ejemplos cielo y purgatorio. Dice a continuación: «Solo resulta justificable la mayúscula desde un punto de vista lingüístico en sustantivos como cielo, paraíso, infierno, etc., cuando designan específicamente los lugares establecidos por las distintas religiones como destino de las almas tras la muerte, por su condición de topónimos, si bien de carácter mítico o imaginario».
Otros ortógrafos escriben con minúscula estas palabras, aunque unas veces sin más argumento que la mayúscula «no es necesaria» y otras con el de que son lugares inexistentes. Tampoco tienen existencia material los Campos Elíseos y, sin embargo, los escriben con mayúscula.
Tanto cuando cielo se usa como nombre  de la morada de Dios, y por tanto es un topónimo, como cuando designa a Dios mismo parece que le corresponde la mayúscula. Sin embargo, los diccionarios tienden hoy a escribirlo con minúscula. También infierno. En los casos de edén y paraíso muestran más inclinación a la mayúscula.
Esto es un infierno (con minúscula).

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Neologismos fugaces

23 de julio de 2014 a las 8:54

Todos los años llegan las perseidas. Es una lluvia de meteoritos que sucede una y otra vez, aunque los meteoritos son distintos en cada ocasión. Con las lenguas ocurre un fenómeno similar, aunque no limitado a un corto período, sino permanente. Se trata de la aparición de palabras nuevas, cuya formación responde unas veces a necesidades expresivas y otras a modas y a fenómenos pasajeros. Estos últimos son neologismos fugaces.
Las comunicaciones e Internet están tras buena parte de esa actividad neológica. Así, por ejemplo, la Academia Española ha decidido llevar a la próxima edición del Diccionario la sigla SMS (short message service, ‘servicio de mensaje corto’), que da nombre a un sistema de mensajes escritos que se transmiten por teléfono y a esos mensajes. Llega la innovación cuando los SMS están en franco declive, desplazados por otros sistemas, como el de la aplicación WhatsApp. Esta ha dado lugar al sustantivo wasap y al verbo wasapear, así escritos o con las formas guasap y guasapear. ¿Durarán como para adquirir entidad y asentarse en el español? Es de suponer que solo lo que permita la competencia de WhatsApp. Algún día surgirá un programa o un servicio con más atractivos para los usuarios y a WhatsApp le llegará el fin, como les llegó a Messenger y a otras aplicaciones.
Puede decirse lo mismo de las palabras españolas formadas a partir de la marca comercial Twitter.  Se tuiteará y se escribirán tuits mientras Twitter mantenga su presencia en la Red. Desaparecida esta, tuit podría mantenerse para designar ese tipo de mensajes en otras redes. Será decisión de los usuarios.
Un anglicismo que últimamente se ha puesto de moda es sexting, que da nombre al envío de mensajes o imágenes de contenido sexual explícito entre teléfonos móviles. Este cruce de sex y texting surgió en el 2007, y en el 2012 lo registró por primera vez un diccionario, el Merriam-Webster. No es una palabra que diga mucho a los hispanohablantes. Quizá por ello, algún organismo dedicado al cuidado del idioma le ha buscado alternativas en español y ha acabado por proponer el sustantivo sexteo y el verbo sextear. Está este demasiado próximo a sestear (‘Pasar la siesta durmiendo o descansando’) como para arriesgarse a caer en equívocos.
Muchas de esas fotos empleadas en el sexting, hechas con teléfonos móviles, son selfies. ¿Es necesario este término inglés para entendernos? En absoluto, pues tenemos las alternativas autorretrato, cuando el fotógrafo y el retratado son la misma persona, y autofoto, si aparecen en la imagen el fotógrafo y otras personas. Y además valen hasta para los que posan con impudicia y luego sufren sexting.

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El que abdica es un…

12 de junio de 2014 a las 22:55

Andan —andamos— los periodistas un tanto perdidos en busca de un adjetivo que pueda aplicarse al rey de España por su nueva condición tras haber puesto fin a su reinado y abdicado la Corona. En esa situación, la solución provisional es la perífrasis: el rey que ha abdicado. En este asunto tenemos, entre los idiomas de nuestro entorno, el de menos recursos,  junto con el francés (celui qui abdique). Los romanos hasta disponían de un sustantivo femenino, abdicatrix (la que abdica o renuncia).
En efecto, otras lenguas europeas poseen voces específicas para usar en estos casos. Si los portugueses tuviesen monarca y este optase por la jubilación, hablarían del rei abdicador o simplemente del abdicador, e incluso emplearían abdicante. Los ingleses tienen a su disposición abdicator (a person who abdicates a throne), aunque, para desesperación del príncipe Carlos, la reina no les da oportunidad de usarlo. Los italianos, pese a ser republicanos, utilizan abdicatario (sovrano abdicatario), construido con el mismo patrón que dimissionario y rinunciatario.
En español, ante la falta de previsiones [lingüísticas] sucesorias, se está empleando de todo, empezando por rey abdicado, que sería válido si alguien hubiese abdicado al monarca, pero como es él quien ha renunciado no vale ese uso del participio. Pues bien, la prensa de esta semana ofrece decenas de casos de rey abdicado.
Abdicador es una de las posibles soluciones. Está construido con el sufijo -dor, que señala el agente de lo que expresa el verbo al que se aplica (grabador, probador). Francisco Nieva lo pone en boca del personaje principal de Nosferatu (1993): «¡Oh, mi reina abdicadora, qué bien mordida la tengo!».
Abdicante es el participio activo de abdicar. Muchos adjetivos verbales como este se han lexicalizado y se han convertido en sustativos, como presidente, veraneante o dirigente. Y si el que cesa o ha cesado es el cesante, el que abdica puede ser el abdicante. Así, un diario mexicano que informa de la visita del presidente del país a España dice que «será recibido por el abdicante rey Juan Carlos».
Tampoco sería disparatado construir un adjetivo terminado en -ario, abdicatario, como en italiano y similar a dimisionario, tan próximo semánticamente. Porque quien dimite o ha dimitido no está dimitido ni es dimitido, ni dimisor, aunque sí dimitente. De todas las posibles soluciones al problema, esta de abdicatario es la menos usada. La encontramos en un periódico más monárquico que el rey: «Conocido Carlos Alberto, Rey abdicatario de Cerdeña…».
La prudencia aconseja concluir que serán los hablantes quienes elijan… si eligen.

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El rey ha abdicado, ¡viva el rey!

12 de junio de 2014 a las 22:53

Para las ocasiones en que la Corona pasa de unas manos a otras, hay una vieja frase que anuncia el evento cuando el relevo está causado por el óbito del monarca. Es proclama tradicional en algunos países y muy peliculera: «El rey ha muerto, ¡viva el rey!».
Juan Carlos I fue recibido con algo así, aunque con una pausa de un par de días en medio del texto. En efecto, el 20 de noviembre de 1975, el entonces presidente del Gobierno, un compungido Carlos Arias Navarro, anunció por televisión aquel histórico «Españoles, Franco ha muerto». Dos días después recogía la misma televisión el ¡Viva el rey! de las Cortes. Era el acto en el que Juan Carlos de Borbón prestaba juramento como rey. Se cuenta que Alejandro Rodríguez de Valcárcel, presidente de las Cortes y del Consejo de Regencia, se había comprometido a decir: «Señores procuradores, señores consejeros, desde la emoción en el recuerdo a Franco, nueva era: ¡Viva el Rey! ¡Viva España!». De sus labios salió el texto sin la «nueva era».
Fueron aquellas unas circunstancias excepcionales. La Jefatura del Estado pasa ahora del rey a su hijo, el heredero.
Cuando las previsiones sucesorias se ponen en marcha por el deceso del rey, algunos países, como el Reino Unido, tienen la tradición del «The king is dead, long live the king!», con muchos siglos encima. Se usaba para anunciar al pueblo el real óbito, con el mensaje implícito de que no hay vacío de poder.
Esa expresión (El rey ha muerto, larga vida al rey) tiene una versión francesa, «Le roi est mort, vive le roi!» (El rey ha muerto, viva el rey), usada desde el siglo XV hasta el Borbón ultramonárquico Carlos X, que fue rey de Francia entre 1824 y 1830, en que salió pitando al exilio tras hundir la institución.
A propósito de la frase de marras, se cuenta que tras la muerte de Enrique IV, cuando llegó la noticia al Louvre, la reina le dijo a Sillery, el primer ministro: «¡El rey ha muerto!», a lo que el gobernante respondió: «Os engañáis, señora, en Francia jamás muere el rey».
En España, Juan Carlos I deja la Corona en vida, por lo que difícilmente podrá proclamarse un «El rey ha muerto, ¡viva el rey!». Podría anunciarse que ha abdicado y, convertido ya en rey padre (en el Reino Unido tenían reina madre), deseárseles larga vida a los dos, a Felipe VI y a su progenitor.
Aunque los castizos se limitarán a decir que «A rey que ha abdicado, rey puesto».

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Concertinas

1 de junio de 2014 a las 18:12

Cada dos por tres, un coro de ayes lastimeros llega a los oídos de los españoles desde Ceuta y Melilla. Es un concierto sin concertinos, pero con concertinas. Esta no es el femenino de concertino, el primer violín de la orquesta, el que ejecuta los solos. Las concertinas del espectáculo melillense o ceutí son un tipo de alambre dentado, de acero galvanizado o inoxidable. Deben su nombre a que se fabrican en rollos que se pueden expandir como una concertina, un instrumento musical.
En el origen de concertina y de sus parientes concierto, concertador, concertación, concertante, concertista… está el latín concertare, derivado de certare, ‘luchar’. Ini­cial­mente, concertare significó ‘combatir, contender’, pero después se empleó con el sentido de ‘discutir’. Del debate hubo una lógica transición al acuerdo. Y cuando varios músicos tocaban acordadamente para que sus instrumentos no chocasen entre sí, daban un concierto. En italiano, de concerto surgió el diminutivo concertino, que era un pequeño concierto, luego un pequeño grupo de instrumentos que concertaba o dialogaba con el grueso de la orquesta y finalmente el solista de violín que asume ese papel. Concertino es un sustantivo masculino, y así debe emplearse aunque se trate de una mujer.
A mediados del siglo XIX, el británico Charles Wheatstone inventó un instrumento parecido al acordeón. Tras varias modificaciones, lo patentó y lo llamó concertina, nombre que comparten varios idiomas, como el español, el inglés, el francés, el italiano y el alemán, este con la forma Konzertina. Es un instrumento musical con depósito de aire y desprovisto de tubos. Se distingue exteriormente del acordeón por su forma, hexa­go­nal u octagonal. Tiene un largo fuelle y lleva los teclados en ambas caras. La apertura del fuelle es lo que evocan las concertinas de seguridad pasiva cuando se despliegan. Eduardo Mendoza emplea el instrumento en La ciudad de los prodigios para describir un ambiente: «… otros bailaban con hetairas escuálidas, de ojos vidriosos, a los com­pa­ses de una concertina tocada por un ciego».
En cuanto a la concertina de seguridad o concertina barbada, una empresa que la fabri­ca en Málaga destaca de ella que «provista de cuchillas de alta resistencia, posee una gran capacidad de penetración [...], a la vez que produce un efecto disuasorio sobre posibles intrusos». Su capacidad de penetración ha quedado patente en las carnes de quie­nes se encaraman a las vallas de Ceuta y Melilla, que, sin embargo, ponen constantemente en entredicho su efecto disuasorio.

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Rufianes

24 de mayo de 2014 a las 10:14

Se ha observado en algunas personas extrañeza, casi perplejidad, al ver mencionado como rufián a un personaje que se ha hecho tristemente famoso por los pingües beneficios que obtenía de la explotación de mujeres y por la mala vida que les daba. Es, quizá, la consecuencia de una tendencia a usar solo uno de los varios nombres aplicables a una misma cosa.
En la materia apuntada al principio, muchos utilizan únicamente el sustantivo proxeneta para designar a quien obtiene beneficios de la prostitución de otra persona. Pero hay más, como el mencionado rufián. Es esta voz de origen incierto, aunque podría proceder del italiano ruffiano, evolución a su vez del latín ruffus, ‘pelirrojo, rubio’. Su adopción se explicaría por la prevención de algunos contra los pelirrojos o como alusión a la costumbre de las rameras romanas de adornarse con pelucas rubias. La Academia lo define con toda una sentencia moral: «Hombre que hace el infame tráfico de mujeres públicas». Rufián designa también al «hombre sin honor, perverso, despreciable».
Con el primer sentido aparece en La Celestina (c. 1499–1502), donde un personaje presume de espada: «Por ella le dieron Centurio por nombre a mi abuelo, y Centurio se llamó mi padre, y Centurio me llamo yo». A lo que responde otro: «Pues ¿qué hizo el espada por que ganó tu abuelo ese nombre? Dime, ¿por ventura fue por ella capitán de cien hombres?». «No —aclara Centurio—, pero fue rufián de cien mujeres».
El diccionario de Palet (1604) lo equipara al maquereau francés, origen de nuestro macarra, con paso por el catalán macarró.
Rufián es el padre de otras voces españolas, como rufianear (‘hacer cosas propias de rufián’), rufianería (‘tráfico de mujeres públicas’ y ‘dichos o hechos propios de rufián’), rufianesco (‘perteneciente o relativo a los rufianes’), rufianesca (‘conjunto de rufianes’), arrufianado (‘parecido al rufián en las costumbres, modales u otras cualidades’)… Algunas otras pertenecen a la germanía, la antigua jerga de ladrones y rufianes, nombre que también se daba a la propia hampa. Ahí llamaban al rufián rufo, que también es ‘rubio, rojo o bermejo’, y en algunos lugares ‘rezagante, lustroso’ y ‘robusto’. En gallego, rufo se dice de una persona mayor que se mantiene ágil y saludable (Aínda está moi rufo).
Allí, en la rufianesca, jacarandana o chanfaina, el pequeño rufián era el rufezno, y el respetado por todos los demás, el jayán.
El lenguaje evoluciona, pero en pleno siglo XXI sigue habiendo chulos y lumis que se enchulan. Cosas de la naturaleza humana.

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Gentilicios mexicanos

17 de mayo de 2014 a las 18:49

De la existencia en México de tres realidades que comparten ese topónimo —el país, uno de sus estados federados y la ciudad— se deriva un problema, el de los adjetivos aplicables en cada caso. Los habitantes de la ciudad de México y del estado homónimo son mexicanos, pero lo son ya como nacionales de los Estados Unidos Mexicanos, al igual que, por ejemplo, los guerrerenses y los tabasqueños, que tienen además estos gentilicios propios, que los distinguen del resto de los mexicanos.
Los propios hablantes han percibido esa necesidad, y han surgido, con mayor o menor fortuna, varios adjetivos, algunos de los cuales van adquiriendo arraigo, mientras otros son rechazados. En el caso del aplicable a lo perteneciente o relativo al estado de México, el único de los 31 que hasta entonces no tenía gentilicio, va cuajando la voz mexiquense, implantada en el diccionario de la Academia Española desde la edición de 1992.
Hay varias opciones —no todas aceptables— para referirse a los vecinos de la ciudad de México: defeño, chilango, capitalino y mexiqueño. La primera, alfónimo de D. F., abreviatura del Distrito Federal, con el que se suele identificar la urbe, es reciente (está en el Diccionario desde el año 2001), pero va ganando aceptación. Chilango data de las últimas décadas del siglo XX, pero según la Academia Española es de uso coloquial. El lingüista José G. Moreno de Alba, que fue presidente de la Academia Mexicana de la Lengua, afirma que, por no ser derivación del topónimo, chilango no es gentilicio, y además subraya que su uso, más que coloquial, es despectivo. Capitalino tampoco es un verdadero gentilicio. Puede servir a los mexicanos para designar lo relativo a la capital de su país, pero para una persona de otra nacionalidad capitalino hace referencia a la capital del país donde esté o del que esté hablando. Por último, mexiqueño, en el Diccionario desde el 2001, ha sido rechazado por los defeños. Y en cuestiones de lengua son los hablantes quienes hacen la ley.
Aunque en cuestión de gentilicios destaca, por la creatividad demostrada por quienes lo propusieron,  uno de los ideados para los habitantes del estado mexicano de Aguascalientes, que pueden ser llamados, además de con el tradicional aguascalentense, con el más reciente y singular hidrocálido.

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