La credibilidad de las instituciones, por los suelos

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No hay tertulia en el mundo real donde no reine el hartazgo hacia la crisis que vivimos –tanto la económica como la de valores– en la que se rezuma cierta desesperación y cabreo generalizado. La credibilidad de nuestras instituciones se va desplomando día a día, dejando claro que vivimos tiempos en los que hay que darle una vuelta a la tortilla con los huevos que haga falta. Estas son las decepciones más escuchadas:

Los políticos

El partidismo les ciega y bloquea a la hora de ser valientes y tomar decisiones eficaces, de interés general y que no sean contradictorias. Eso de la corrupción a mansalva y el «y tú más» como disculpa nos tiene más que hartos. Por eso las calificaciones de nuestros líderes en cada barómetro del CIS dan vergüenza ajena. Ojo, hay buenos políticos, pero los partidos los tienen apartados por aquello del «pienso luego insisto». Hoy en día no interesa la gente que aporte aire fresco.

La Corona

Sus últimos excesos y derrapajes en paraísos fiscales y cacerías amorosas nos tienen hasta la coronilla. Donde debería haber ejemplo hay mucho descontento.

La Justicia

Excesivamente lenta y muy quisquillosa cuando el señalado es un personaje VIP (Very Important Person). Rápida e incisiva cuando el que se sienta en el banquillo es un mangante de tres al cuarto. Como en los embutidos, hay chorizos delicattesen y chorizos del montón.

La Banca

Sigue a lo suyo, a ganar dinero, a autoadjudicarse megasueldos con stock options insultantes y a batir récords de beneficios, caiga quien caiga. Eso de dar explicaciones o rendir cuentas por gestiones pésimas, que dan lugar a intervenciones, aún no se lleva. El ejemplo de las mentiras alrededor de las participaciones preferentes es suficiente para comprender que esta crisis de la avaricia tardaremos muchos años en limpiarla. Quedan muy pocos bancos buenos, en los que los clientes son personas no números. Hay que decirlo.

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El Congreso

Salvo contadas excepciones, los parlamentarios son muy avispados para cobrar dietas y hacer puentes festivos y son tremendamente perezosos para trabajar clavaditos en su escaño. La imagen, tan repetida, del Parlamento español semivacío es un tortazo al pueblo que les vota.

El Senado

Nos sale caro ese cementerio de elefantes políticos. Los españoles aún nos seguimos preguntando para qué sirve una institución que nos cuesta cada año unos 60 millones de euros (10.000 millones de las antiguas pesetas, que duele más).

Las diputaciones

Claramente sobran. Lo sabemos todos y nadie se atreve a dar el paso de cerrarlas o, al menos, fusionarlas. Pero hay que hacerlo cuanto antes. Nos ahorraríamos miles de millones de euros e infinidad de horas perdidas despotricando entre tanta ventanilla.

Defensores del Pueblo

Ejem. Al no ser vinculantes son simples floreros del sistema. Algunos ni defienden al pueblo y por eso renuncian.


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